Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 20
--¡Por favor! El cura, con dar tres ó cuatro vueltas, y decir déminos pabiscum, come á Dios y recibe dinero. Todos, hasta las mujeres le cuentan sus secretos!
--Y ¿el doctor? Pues ¿qué creéis que es el doctor? El doctor ve todo lo que tenéis las mujeres, toma el pulso á las dalagas... ¡Yo sólo quisiera ser doctor una semana!
--Y ¿el cura? ¿acaso el cura no ve también lo que vuestro doctor? ¡Y todavía mejor! ya sabéis el refrán: gallina gorda y pierna redonda para el cura.
--¿Pues qué? ¿comen los médicos sardinas secas? ¿se lastiman los dedos comiendo sal?
--¿Se ensucia el cura la mano como vuestros médicos? Para eso tiene grandes haciendas, y cuando trabaja, trabaja con música y le ayudan los sacristanes.
--¿Y el confesar, cumare? ¿No es un trabajo?
--¡Vaya un trabajo! ¡Ya quisierais estar confesando á todo el mundo! Con que trabajamos y sudamos para averiguar qué hacen los hombres y las mujeres, qué nuestros vecinos! El cura no hace más que sentarse, y todo se lo cuentan; á veces se duerme, pero suelta dos ó tres bendiciones y somos otra vez hijos de Dios! ¡Yo quisiera ser cura en una tarde de cuaresma!
--Y ¿el... el predicar? eso no me diréis que no es trabajo. ¡Ved, si no, cómo sudaba esta mañana el cura grande!--objetaba el hombre, que sentía batirse en retirada.
--¿El predicar? ¿Un trabajo el predicar? ¿Dónde tenéis el juicio? ¡Ya quisiera yo estar hablando medio día, desde el púlpito, regañando y riñendo á todos, sin que ninguno se atreva á replicar, y pagándome por ello todavía! ¡Ya quisiera yo ser cura no más que una mañana cuando estén oyendo misa los que me deben! ¡Ved, ved no más al padre Dámaso cómo engorda de tanto reñir y pegar!
En efecto venía el padre Dámaso con el andar de hombre gordo, medio sonriendo, pero de una manera tan maligna, que Ibarra al verle perdió el hilo de su discurso.
El padre Dámaso fué saludado, si bien con cierta extrañeza, con muestras de alegría por todos, menos por Ibarra. Estaban ya en los postres y el champaña espumaba en las copas.
La sonrisa del padre Dámaso se hizo nerviosa cuando vió á María Clara sentada á la derecha de Crisóstomo; pero, tomando una silla al lado del alcalde, preguntó en medio de un silencio significativo:
--¿Se hablaba de algo, señores? ¡continúen ustedes!
--Se brindaba,--contestó el alcalde.--El señor de Ibarra mencionaba á cuantos le habían ayudado en su filantrópica empresa y hablaba del arquitecto, cuando V. R...
--Pues yo no entiendo de arquitectura,--interrumpió el padre Dámaso,--pero me río de los arquitectos y de los bobos que á ellos acuden. Ahí está: yo tracé el plano de esa iglesia, y está construída perfectamente: así me lo dijo un joyero inglés que se hospedó un día en el convento. ¡Para trazar un plano basta tener dos dedos de frente!
--Sin embargo,--repuso el alcalde viendo que Ibarra se callaba,--cuando ya se trata de ciertos edificios, por ejemplo, como esta escuela, necesitamos un perito!...
--¡Qué perito ni qué peritas!--exclama con burla el padre Dámaso.--¡Quien necesite de peritos es un perrito! ¡Hay que ser más bruto que los indios, que se levantan sus propias casas, para no saber hacer construir cuatro paredes y ponerles un tapanco encima, que es todo una escuela!
Todos miraron hacia Ibarra, pero éste, si bien se puso pálido, siguió como conversando con María Clara.
--Pero considere V. R...
--Vea usted,--continúa el franciscano no dejando hablar al Alcalde,--vea V. cómo un lego nuestro, el más bruto que tenemos, ha construído un hospital bueno, bonito y barato. Hacía trabajar bien y no pagaba más que ocho cuartos diarios á los que tenían aún que venir de otros pueblos. Ese sabía tratarlos, no como chiflados y mesticillos, que los echan á perder pagándoles tres ó cuatro reales.
--¿Dice V. R. que sólo pagaba ocho cuartos? ¡Imposible!--dice el alcalde para cambiar el curso de la conversación.
--Sí, señor, y eso debían imitar los que se precian de buenos españoles. Ya se ve, desde que el canal de Suez se ha abierto, la corrupción ha venido acá. ¡Antes, cuando teníamos que doblar el Cabo, ni venían tantos perdidos, ni iban allá otros á perderse!
--Pero ¡padre Dámaso!...
--Usted ya conoce lo que es el indio: tan pronto como aprende algo, la echa de doctor. Todos esos mocosos que se van á Europa...
--Pero ¡oiga V. R...!--interrumpía el alcalde, que se inquietaba por lo agresivo de aquellas palabras.
--Todos van á acabar como merecen,--continúa el fraile; la mano de Dios se ve en medio, se necesita estar ciego para no verlo. Ya en esta vida reciben el castigo los padres de semejantes víboras... se mueren en la cárcel ¡je je! como si dijéramos, no tienen donde...
Pero no concluyó la frase. Ibarra, lívido, le había estado siguiendo con la vista; al oir la alusión á su padre, se levantó y de un salto, dejó caer su robusta mano sobre la cabeza del sacerdote, que cayó de espaldas atontado.
Llenos de sorpresa y terror, ninguno se atrevió á intervenir.
--¡Lejos!--gritó el joven con voz terrible,--y extendió su mano á un afilado cuchillo mientras sujetaba con el pie el cuello del fraile, que volvía de su atolondramiento;--¡el que no quiera morir que no se acerque!
Ibarra estaba fuera de sí: su cuerpo temblaba, sus ojos giraban en sus órbitas amenazadores. Fray Dámaso, haciendo un esfuerzo, se levantó, pero él, cogiéndole del cuello le sacudió hasta ponerle de rodillas y doblarle.
--¡Señor de Ibarra! ¡Señor de Ibarra!--balbucearon algunos.
Pero ninguno, ni el mismo alférez, se atrevía á acercarse viendo el cuchillo brillar, calculando la fuerza y el estado de ánimo del joven. Todos se sentían paralizados.
--¡Vosotros, ahí! vosotros os habéis callado, ahora me toca á mí. Yo lo he evitado. Dios me lo trae, ¡juzgue Dios!
El joven respiraba trabajosamente, pero con brazo de hierro seguía sujetando al franciscano, que en vano pugnaba por desasirse.
--Mi corazón late tranquilo, mi mano va segura...
Y mirando al rededor suyo:--Antes, ¿hay entre vosotros alguno, alguno que no haya amado á su padre, que haya odiado su memoria, alguno nacido en la vergüenza y la humillación?... ¿Ves? ¿oyes ese silencio? Sacerdote de un Dios de paz, que tienes la boca llena de santidad y religión, y el corazón de miserias, tú no debiste conocer lo que es un padre... ¡hubieras pensado en el tuyo! ¿Ves? ¡Entre esa multitud que tú desprecias no hay uno como tú! ¡Estás juzgado!
La gente que le rodeaba, creyendo que iba á cometer un asesinato, hizo un movimiento.
--¡Lejos!--volvió á gritar con voz amenazadora;--¡qué! ¿teméis que manche mi mano en sangre impura? ¿No os he dicho que mi corazón late tranquilo? ¡Lejos de nosotros! ¡Oid, sacerdotes, jueces, que os creeis otros hombres y os atribuís otros derechos! Mi padre era un hombre honrado; preguntadlo á ese pueblo que venera su memoria. Mi padre era un buen ciudadano: se ha sacrificado por mí y por el bien de su país. ¡Su casa estaba abierta, su mesa dispuesta para el extranjero ó el desterrado que acudía á él en su miseria! Era buen cristiano: ha hecho siempre el bien y jamás oprimió al desvalido, ni acongojó al miserable... A éste le ha abierto las puertas de su casa, le ha hecho sentarse en su mesa y le ha llamado su amigo. ¿Cómo ha correspondido? Le ha calumniado, perseguido, ha armado contra él á la ignorancia, valiéndose de la santidad de su cargo; ha ultrajado su tumba, deshonrado su memoria y le ha perseguido en el mismo reposo de la muerte. Y, no contento con esto, ¡persigue al hijo ahora! Yo le he huído, he evitado su presencia... Vosotros le oisteis esta mañana profanar el púlpito, señalarme al fanatismo popular, y yo me he callado. Ahora viene aquí á buscarme querella; he sufrido en silencio con sorpresa vuestra; pero insulta de nuevo la memoria más sagrada para todos los hijos... Vosotros los que estáis aquí, sacerdotes, jueces, ¿vísteis á vuestro anciano padre desyelarse trabajando para vosotros, separarse de vosotros para vuestro bien, morir de tristeza en una prisión, suspirando por poderos abrazar, buscando un sér que le consuele, solo, enfermo, mientras vosotros en el extranjero?... ¿Oisteis después deshonrar su nombre, hallasteis su tumba vacía cuando quisisteis orar sobre ella? ¿No? ¡Os calláis, luego le condenáis!
Levantó el brazo; pero una joven, rápida como la luz, se puso en medio y con sus delicadas manos detuvo el brazo vengador: era María Clara.
Ibarra la miró con una mirada que parecía reflejar la locura. Poco á poco se aflojaron los crispados dedos de sus manos dejando caer el cuerpo del franciscano y el cuchillo, y cubriéndose la cara huyó al través de la multitud.
XXXV
COMENTARIOS
Pronto se divulgó el acontecimiento en el pueblo. Al principio nadie lo quería creer, pero, teniendo que ceder á la realidad, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa.
Cada cual según el grado de su elevación moral hacía sus comentarios.
--¡El padre Dámaso está muerto!--decían algunos;--cuando le levantaron, tenía toda la cara bañada en sangre y no respiraba.
--¡Descanse en paz, pero no ha hecho más que saldar su deuda!--exclamaba un joven.--Mirad que lo que ha hecho esta mañana en el convento no tiene nombre.
--¿Qué ha hecho? ¿Ha vuelto á pegar al coadjutor?
--¿Qué ha hecho? ¡A ver! Cuéntanoslo.
--¿Habéis visto esta mañana á un mestizo español salir por la sacristía durante el sermón?
--¡Sí! sí que le vimos. El padre Dámaso se fijó en él.
--Bueno... después del sermón, le hizo llamar y le preguntó por qué había salido. «No entiendo el tagalo, padre», contestó, «Y ¿por qué te has burlado diciendo que aquello era griego?» le gritó el padre Dámaso, dándole un bofetón. El joven contestó, y anduvieron los dos á puñetazos hasta que los separaron.
--Si me ocurriese eso...--murmuró entre dientes un estudiante.
--No apruebo la acción del franciscano,--repuso otro,--pues la religión no se debe imponer á nadie como un castigo ó una penitencia; pero casi lo celebro porque conozco á ese joven, sé que es de San Pedro Macati, y habla bien el tagalo. Ahora, quiere que le tengan por recién venido de Rusia y se honra con aparentar ignorar el idioma de sus padres.
--Entonces, ¡Dios los cría y ellos se pegan!
--Sin embargo debemos protestar contra el hecho,--exclamaba otro estudiante;--callarse sería asentir y lo sucedido puede repetirse en cualquiera de nosotros. ¡Volvemos á los tiempos de Nerón!
--¡Te equivocas!--le replicaba otro.--¡Nerón era un gran artista y el P. Dámaso un pésimo predicador!
Los comentarios de las personas de edad eran otros.
Mientras esperaban la llegada del capitán general en una casita fuera del pueblo, decía el gobernadorcillo:
--Decir quién tiene y quién no tiene razón, no es cosa fácil; sin embargo, si el señor Ibarra hubiese guardado más prudencia...
--¿Si el padre Dámaso hubiese tenido la mitad de la prudencia del señor Ibarra, queriais decir probablemente?--interrumpía don Filipo.--El mal está en que se han trocado los papeles; el joven se ha mostrado como un viejo, y el viejo como un joven.
--Y ¿decís que ninguno se movió, ninguno acudió á separarlos, fuera de la hija de Cpn. Tiago?--pregunta capitan Martín.--¿Ninguno de los frailes, ni el alcalde? ¡Hum! ¡Peor que te peor! No quisiera estar en la pelleja del joven. Nadie le podrá perdonar el haberle tenido miedo. ¡Peor que te peor, hum!
--¿Lo creeis?--pregunta con interés capitán Basilio.
--Espero,--dice don Filipo cambiando con éste una mirada,--que el pueblo no le ha de abandonar. Debemos pensar en lo que su familia ha hecho y en lo que está haciendo ahora. Y si acaso, acobardado, el pueblo se calla, sus amigos...
--Pero, señores,--interrumpe el gobernadorcillo,--¿qué podemos hacer nosotros? ¿qué puede hacer el pueblo? Suceda lo que suceda, los frailes siempre tienen razón.
--Tienen siempre razón, porque nosotros siempre se la damos,--contesta don Filipo con impaciencia recargando el acento en la palabra «siempre»;--¡démonosla una vez y entonces hablaremos!
El gobernadorcillo se rascó la cabeza y mirando al techo repuso con voz agria:
--¡Ay! ¡el calor de la sangre! Parece que no sabéis aún en qué país estamos; no conocéis á nuestros paisanos. Los frailes son ricos y están unidos, y nosotros divididos y pobres. ¡Sí! tratad de defenderle y veréis cómo os dejan solo en el compromiso.
--¡Sí!--exclama D. Filipo con amargura,--eso sucederá, mientras se piense así, mientras miedo y prudencia sean sinónimos. Se atiende más á un mal eventual que al bien necesario; al instante se presenta el miedo y no la confianza; cada cual piensa en sí solo, nadie en los demás; por eso todos somos débiles.
--¡Pues bien, pensad en los otros antes que en vos mismo y veréis cómo os dejan colgado!--¿No sabéis el refrán español: la caridad bien entendida empieza por sí mismo?
--¡Mejor diríais--contesta exasperado el teniente mayor--que la cobardía bien entendida empieza por el egoísmo y acaba por la vergüenza! Ahora mismo presento mi dimisión al alcalde; harto estoy de pasar por ridículo sin ser á nadie útil... ¡Adiós!
Las mujeres opinaban de otra manera.
--¡Ay!--suspiraba una mujer de expresión bondadosa;--los jóvenes siempre serán así. Si viviese su buena madre, ¿qué diría? ¡Ay, Dios! Cuando pienso que otro tanto puede pasarle á mi hijo, que también tiene la cabeza caliente... ¡ay, Jesús! casi le tengo envidia á su difunta madre ... me moriría de pena.
--Pues yo no,--contestaba otra mujer;--no me daría pena si tal pasase á mis dos hijos.
--¿Qué decís, capitana María?--exclamaba la primera juntando las manos.
--Me gusta que los hijos defiendan la memoria de sus padres, capitana Tinay; ¿qué diríais si un día, viuda, oyéseis hablar de vuestro marido, y vuestro hijo Antonio bajase la cabeza y se callase?
--¡Yo le negaría mi bendición!--exclama una tercera, la hermana Rufa,--pero...
--¡Negarle la bendición, jamás!--interrumpe la bondadosa capitana Tinay,--una madre no debe decir eso ... pero yo no sé lo que haría ... no sé ... creo que me moriría ... le ... ¡no! ¡Dios mío! pero no querría verle más ... pero ¿qué pensamientos tenéis, capitana María?
--Con todo,--añadía hermana Rufa,--no hay que olvidar que es un gran pecado poner la mano sobre una persona sagrada.
--¡La memoria de los padres es más sagrada!--replica capitana María. ¡Ninguno, ni el Papa, y menos el padre Dámaso puede profanar tan santa memoria!
--¡Es verdad!--murmuraba capitana Tinay admirando la sabiduría de ambas;--¿de dónde sacáis tan buenas razones?
--Pero y ¿la excomunión y la condenación?--replicaba la Rufa.--¿Qué son los honores y el buen nombre en esta vida si en la otra nos condenamos? Todo pasa pronto ... pero la excomunión ... ultrajar á un ministro de Jesucristo... ¡eso no lo perdona nadie más que el Papa!
--¡Lo perdonará Dios que manda honrar padre y madre; Dios no le excomulgará! Y yo os digo: si ese joven viene á mi casa, yo le recibo y hablo con él; si tuviese una hija, le querría por yerno: ¡el que es buen hijo será buen marido y buen padre, creedlo, hermana Rufa!
--Pues yo no pienso así; decid lo que queráis, y aunque parezca que tengáis razón, siempre le creeré más al cura. Ante todo, salvo yo mi alma, ¿qué decís, capitana Tinay?
--¡Ah! ¡qué queréis que diga! Ambas tenéis razón; el cura la tiene, ¡pero Dios también la debe tener! Yo no sé, no soy más que una tonta... ¡Lo que voy á hacer es decirle á mi hijo que no estudie más! Dicen que los sabios mueren ahorcados. ¡María Santísima! ¡mi hijo que quería ir á Europa!
--¿Qué pensáis hacer?
--Decirle que se queda á mi lado; ¿para qué saber más? Mañana ó pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante ... la cuestión es vivir en paz.
Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.
--Pues yo,--decía gravemente la capitana María,--si fuese rica como vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jóvenes y deben un día ser hombres ... yo ya he de vivir poco ... nos veríamos en la otra vida ... los hijos deben aspirar á ser algo más que sus padres, y en nuestros senos sólo les enseñamos á ser niños.
--¡Ay, qué pensamientos tan raros tenéis!--exclamaba espantada capitana Tinay, juntando las manos;--¡parece que no habéis parido con dolor á vuestros gemelos!
--Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado á pesar de nuestra pobreza, no quiero que, después de tantas fatigas como me han costado, sean no más que medio hombres...
--¡Me parece que no amáis á vuestros hijos como Dios manda!--dice en tono algo severo hermana Rufa.
--Perdonad, cada madre ama á sus hijos á su manera: unas los aman para sí, otras por sí, y algunas para ellos mismos. Yo soy de estas últimas; mi marido así me lo ha enseñado.
--Todos vuestros pensamientos, capitana María,--dice la Rufa como predicando,--son poco religiosos: haceos hermana del Santísimo Rosario, de San Francisco, de Santa Rita ó Santa Clara!
--¡Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, trataré de ser hermana de los santos,--contestaba la otra sonriendo.
Para acabar con este capítulo de comentarios, y para que los lectores vean siquiera de paso qué pensaban del hecho los sencillos campesinos, nos iremos á la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos, veremos allí á un conocido nuestro, el hombre que soñaba con los doctores en medicina.
--¡Lo que más siento,--decía éste,--es que la escuela ya no se termina!
--¿Cómo? ¿cómo?--preguntaban los circunstantes con interés.
--¡Mi hijo ya no será doctor, sino carretero! ¡Nada! ¡Ya no habrá escuela!
--Quién dice que ya no habrá escuela?--pregunta un rudo y robusto aldeano, de anchas quijadas y estrecho cráneo.
--¡Yo! Los padres blancos han llamado á don Crisóstomo plibastiero [122]. ¡Ya no hay escuela!
Todos se quedaron preguntándose con la mirada. El nombre era nuevo para ellos.
--Y ¿es malo ese nombre?--se atreve al fin á preguntar el rudo aldeano.
--¡Lo peor que un cristiano puede decir á otro!
--¿Peor que tarantado y saragate? [123]
--¡Si no fuese más que eso! Me lo han llamado varias veces así, y ni siquiera me ha dolido el estómago.
--¡Vamos, no será peor que indio [124], que dice el alférez!
El que va á tener un hijo carretero se pone más sombrío; el otro se rasca la cabeza y piensa.
--¡Entonces será como betelopora [125], que dice la vieja del alférez! Peor que eso es escupir en la hostia.
--Pues, peor que escupir en la hostia en Viernes santo,--contestaba gravemente.--Ya os acordáis de la palabra ispichoso, que bastaba aplicar á un hombre para que los civiles de Villa-Abrille se le llevasen al desierto ó á la cárcel; pues plebestiero es mucho peor. Según decían el telegrafista y el directorcillo, plibestiro dicho por un cristiano, un cura ó un español á otro cristiano como nosotros parece santusdeus con requimiternam: si te llaman una vez plibustiero, ya puedes confesarte y pagar tus deudas, pues no te queda más remedio que dejarte ahorcar. Ya sabes si el directorcillo y el telegrafista deben estar enterados: el uno habla con alambres y el otro sabe español y no maneja más que la pluma.
Todos estaban aterrados.
--¡Que me obliguen á ponerme zapatos y no beber en toda mi vida más que esa orina de caballo que llaman cerveza, si alguna vez me dejo llamar pelbistero!--jura cerrando sus puños el aldeano.--¿Quién? ¡Yo, rico como don Crisóstomo, sabiendo el español como él, y pudiendo comer aprisa con cuchillo y cuchara, me río de cinco curas!
--¡Al primer civil que vea yo robando gallinas, le llamo palabistiero..... y me confesaré en seguida!--murmura en voz muy baja, alejándose del grupo, uno de los campesinos.
XXXVI
LA PRIMERA NUBE
En casa de capitán Tiago reinaba menos confusión que en la imaginación de la gente. María Clara no hacía más que llorar y no escuchaba las palabras de consuelo de su tía, y de Andeng, su hermana de leche. Le había prohibido su padre que hablase con Ibarra hasta tanto que los sacerdotes no le absolviesen de la excomunión.
Capitán Tiago, que estaba muy ocupado preparando su casa para recibir dignamente al capitán general, había sido llamado al convento.
--No llores, hija,--decía tía Isabel pasando la gamuza sobre las brillantes lunas de los espejos;--ya le retirarán la excomunión, ya escribirán al Santo Papa ... haremos una grande limosna... ¡El padre Dámaso no ha tenido más que un desmayo ... no ha muerto!
--No llores,--le decía Andeng en voz baja;--ya haré yo que le hables: ¿para qué han hecho los confesonarios, si no es para pecar? ¡Todo se perdona con decirlo al cura!
¡Por fin, capitán Tiago llegó! Ellas buscaron en su cara la respuesta á muchas preguntas; pero la cara de capitán Tiago anunciaba el desaliento. El pobre hombre sudaba, se pasaba la mano por la frente y no conseguía articular una palabra.
--¿Qué hay, Santiago?--pregunta ansiosa la tía Isabel.
Este contesta con un suspiro, enjugándose una lágrima.
--¡Por Dios, habla! ¿Qué pasa?
--¡Lo que yo ya me temía!--prorrumpe al fin medio llorando.--¡Todo está perdido! ¡El padre Dámaso manda que rompa el compromiso, de lo contrario me condeno en esta vida y en la otra! Todos me dicen lo mismo, ¡hasta el padre Sibyla! Debo cerrarle las puertas de mi casa y... ¡le debo más de cincuenta mil pesos! He dicho esto á los padres, pero no han querido hacerme caso: ¿Qué prefieres perder, me decían, cincuenta mil pesos ó tu vida y tu alma? ¡Ay, San Antonio! ¡si lo hubiese sabido, si lo hubiese sabido!
María Clara sollozaba.
--No llores, hija mía,--añadía volviéndose á ésta; tú no eres como tu madre que no lloraba nunca..... no lloraba más que por antojos... El padre Dámaso me ha dicho que ha llegado ya un pariente suyo de España ... y te lo destina por novio...
María Clara se tapó los oídos.
--Pero, Santiago, ¿estás loco?--le gritó tía Isabel;--¡hablarle de otro novio ahora! ¿Crees que tu hija muda de novios como de camisa?
--Eso mismo pensaba yo, Isabel; don Crisóstomo es rico ... los españoles sólo se casan por amor al dinero ... pero ¿qué quieres que haga? Me han amenazado con otra excomunión..... dicen que corre gran peligro no sólo mi alma sino también el cuerpo..... el cuerpo, ¿oyes? ¡el cuerpo!
--¡Pero tú no haces más que desconsolar á tu hija! ¿No es amigo tuyo el arzobispo? ¿Por qué no le escribes?
--El arzobispo también es fraile, el arzobispo no hace más que lo que los frailes le dicen. Pero, María, no llores; vendrá el Capitán general, querrá verte y tus ojos estarán encarnados..... ¡Ay! yo que pensaba pasar una tarde feliz... sin esta gran desgracia sería el más feliz de los hombres y todos me tendrían envidia..... ¡Cálmate, hija mía: yo soy más desgraciado que tú y no lloro! ¡Tú puedes tener otro novio mejor, pero yo, yo pierdo cincuenta mil pesos! ¡Ay, Virgen de Antipolo, si esta noche al menos tuviese suerte!
Detonaciones, rodar de coches, galope de caballos, música tocando la marcha real anunciaron la llegada de S. E. el Gobernador general de las Islas Filipinas. María Clara corrió á esconderse en su alcoba... ¡Pobre joven! juegan con tu corazón groseras manos que no conocen sus delicadas fibras.
Mientras la casa se llenaba de gente, y fuertes pasos, voces de mando, ruidos de sables y espuelas resonaban por todas partes, la atribulada joven yacía medio arrodillada delante de una estampa de la Virgen, que la representaba en aquella actitud de dolorosa soledad, sólo sentida por Delaroche, como si la hubiese sorprendido al volver del sepulcro de su Hijo. María Clara no pensaba en el dolor de aquella madre, pensaba en el suyo propio. Con la cabeza doblada sobre el pecho y las manos apoyadas contra el suelo, parecía el tallo de una azucena doblado por la tempestad. ¡Un porvenir soñado y acariciado durante años, cuyas ilusiones, nacidas en la infancia y crecidas con la juventud, daban forma á las células de su organismo, querer borrarlo ahora, con una sola palabra, de la mente y del corazón! ¡Tanto valía paralizar los latidos de uno y privar á la otra de su luz!