Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 19
Ibarra presentó al alcalde una llana de albañil, sobre cuya ancha hoja de plata estaba grabada la fecha; pero S. E. pronunció antes una alocución en castellano.
«¡Vecinos de San Diego!--dijo con grave acento: tenemos el honor de presidir una ceremonia de una importancia que vosotros comprenderéis sin que Nos os lo digamos. Se funda una escuela; la escuela es la base de la sociedad, la escuela es el libro donde está escrito el porvenir de los pueblos! Enseñadnos la escuela de un pueblo, y os diremos qué pueblo es.
«¡Vecinos de San Diego! ¡Bendecid á Dios, que os ha dado virtuosos sacerdotes, y al gobierno de la madre patria que difunde incansable la civilización en estas fértiles islas, amparadas por ella bajo su glorioso manto! ¡Bendecid á Dios, que se ha apiadado de vosotros trayéndoos estos humildes sacerdotes que os iluminan y os enseñan la divina palabra! ¡Bendecid al Gobierno que tantos sacrificios ha hecho, hace y hará por vosotros y por vuestros hijos!
«¡Y ahora que se bendice la primera piedra de este tan transcendental edificio. Nos, alcalde mayor de esta provincia, en nombre de S. M. el rey, que Dios guarde, rey de las Españas, en nombre del preclaro gobierno español, y al amparo de su pabellón inmaculado y siempre victorioso, Nos consagramos este acto y principiamos la edificación de esta escuela!
«¡Vecinos de San Diego, viva el rey! ¡Viva España! ¡Vivan los religiosos! ¡Viva la religión católica!»
--¡Viva! ¡viva!--contestaron muchas voces,--¡viva el señor alcalde!
Este descendió después majestuoso á los acordes de la música que empezó á tocar; depositó unas cuantas cucharadas de lechada sobre la piedra y con igual majestad que al principio volvió á subir.
Los empleados aplaudieron.
Ibarra ofreció otra cuchara de plata al cura que, después de fijar los ojos en él un momento, descendió lentamente. A la mitad de la escalera levantó la vista para mirar la piedra que colgaba sujeta por los poderosos cables, pero fué sólo un segundo, y continuó descendiendo. Hizo otro tanto que el alcalde, pero esta vez se oyeron más aplausos: á los empleados se habían agregado algunos frailes y capitán Tiago.
El padre Salví parecía que buscaba á alguien á quien entregar la cuchara; miró como dudoso á María Clara, pero cambiando de opinión se la ofreció al escribano. Este, por galantería se acerca á María Clara, quien rehusa sonriendo. Los frailes, los empleados y el alférez bajan todos uno tras otro. Capitán Tiago no fué olvidado.
Faltaba Ibarra, y ya se iba á ordenar que el hombre amarillo hiciese descender la piedra, cuando el cura se acordó del joven, diciéndole en tono de broma y afectando familiaridad:
--¿No mete usted su cuchara, señor Ibarra?
--¡Sería un Juan Palomo; yo me lo guiso y yo me lo como!--contestó éste en el mismo tono.
--¡Ande usted!--dijo el alcalde empujándole suavemente; si no, doy orden de que no descienda la piedra y nos estaremos aquí hasta el día del juicio.
Ante tan terrible amenaza, Ibarra tuvo que obedecer. Cambió la pequeña llana de plata por otra grande de hierro, lo que hizo sonreir á algunas personas, y adelantóse tranquilamente. Elías le miraba con expresión indefinible; al verle, se habría dicho que toda su vida se reconcentraba en sus ojos. El hombre amarillo miraba al abismo abierto á sus pies.
Ibarra, después de dirigir una rápida mirada al sillar que pendía sobre su cabeza y otra á Elías y al hombre amarillo, dijo á ñor Juan con voz algo temblorosa:
--¡Dadme el cubo y buscadme otra llana arriba!
El joven quedó sólo. Elías ya no le miraba: sus ojos estaban clavados en la mano del hombre amarillo, que inclinado á la fosa, seguía con ansia los movimientos del joven.
Oíase el ruido de la cuchara removiendo la masa de arena y cal al través de un débil murmullo de los empleados, que felicitaban al alcalde por su discurso.
De repente un estrépito estalla: la polea, atada á la base de la cabria, salta y tras ella el torno que golpea el aparato como un ariete: los maderos vacilan, vuelan las ligaduras y todo se derrumba en un segundo y con espantoso estruendo. Una nube de polvo se levanta: un grito de horror, compuesto de mil voces, llena el aire. Huyen y corren casi todos, muy pocos se precipitan al foso. Solamente María Clara y el padre Salví permanecen en su sitio sin poderse mover, pálidos y sin palabra.
Cuando la polvareda se hubo algún tanto desvanecido, vieron á Ibarra de pie, entre vigas, cañas, cables, entre el torno y la mole de piedra, que al descender tan rápidamente, todo lo había sacudido y aplastado. El joven tenía aún en su mano la cuchara y miraba con ojos espantados el cadáver de un hombre, que yacía á sus pies, medio sepultado entre las vigas.
--¿No se ha muerto usted?--¿Vive usted todavía?--¡Por Dios hable usted!--decían algunos empleados, llenos de terror é interés.
--¡Milagro! ¡Milagro!--gritaron algunos.
--¡Venid y sacad el cadáver de este desgraciado!--dijo Ibarra, como despertando de un sueño.
Al oir su voz, María Clara sintió que la abandonaban las fuerzas y cayó medio desmayada en brazos de sus amigas.
Reinaba una gran confusión: todos hablaban, gesticulaban, corrían de un lado á otro, bajaban á la fosa, subían, todos aturdidos y consternados.
--¿Quién es el muerto? ¿Vive todavía?--preguntaba el alférez.
Reconocieron en el cadáver al hombre amarillo que estaba de pie al lado del torno.
--¡Que procesen al maestro de obras!--fué lo primero que pudo decir el alcalde.
Examinaron el cadáver, pusieron la mano sobre el pecho, pero el corazón ya no latía. El golpe le había alcanzado en la cabeza y la sangre brotaba por las narices, boca y oídos. Vieron en el cuello unas huellas extrañas: cuatro depresiones profundas por un lado y una por el opuesto aunque algo más grande: al verlas se habría creído que una mano de acero le había cogido como una tenaza.
Los sacerdotes felicitaban calurosamente al joven, estrechaban su mano. El franciscano de aspecto humilde, que servía de Espíritu Santo al P. Dámaso, decía con ojos llorosos:
--¡Dios es justo, Dios es bueno!
--¡Cuando pienso que momentos antes estaba allí!--decía uno de los empleados á Ibarra,--¡digo! si llego á ser el último, ¡Jesús!
--¡A mí se me ponen los pelos de punta!--decía otro medio calvo.
--¡Y bueno que á usted le pasó eso y no á mí!--murmuraba tembloroso aún un viejo.
--¡Don Pascual!--exclamaron algunos españoles.
--Señores, decía eso porque el señor no se ha muerto: yo, si no salía aplastado, me habría muerto después con sólo pensar en ello.
Pero Ibarra ya estaba lejos enterándose del estado de María Clara.
--¡Que esto no impida que la fiesta continúe, señor de Ibarra!--decía el alcalde--¡alabado sea Dios! El muerto no es sacerdote, ni español. Hay que festejar su salvación de usted. ¡Mire que si le coge la piedra debajo!
--¡Hay presentimientos, hay presentimientos!--exclamaba el escribano;--yo ya lo decía: El señor Ibarra no bajaba á gusto. ¡Yo ya lo veía!
--¡El muerto es no más que un indio!
--¡Que siga la fiesta! ¡Música! ¡no resucita al muerto la tristeza! ¡Capitán, aquí se practicarán las diligencias!... ¡Que venga el directorcillo!... ¡Preso el maestro de obras!
--¡Al cepo con él!
--¡Al cepo! ¡Eh! ¡música, música! ¡Al cepo el maestrillo!
--Señor alcalde, repuso gravemente Ibarra: si la tristeza no ha de resucitar al muerto, menos lo conseguirá la prisión de un hombre sobre cuya culpabilidad nada sabemos. Yo salgo garante de su persona y pido su libertad por estos días al menos.
--¡Bien! ¡bien! pero ¡que no reincida!
Circulaban toda clase de comentarios. La idea del milagro era ya cosa admitida. Fr. Salví parecía, sin embargo, alegrarse poco del milagro, que á un santo de su corporación y de su parroquia atribuían.
No faltó también quien añadiera haber visto bajar al foso, mientras todo se desplomaba, una figura vestida de un traje oscuro como el de los franciscanos. No había duda: era el mismo San Diego. Súpose también que Ibarra había oído misa y el hombre amarillo nó; claro como la luz del sol.
--¿Ves? tú no querías oír misa,--decía una madre á su hijo;--si no te llego á pegar para obligarte, ahora irías tu al tribunal como ese, ¡en carreta!
En efecto el hombre amarillo ó su cadáver, envuelto en una estera, era conducido al tribunal.
Ibarra corría á su casa para mudarse.
--¡Mal comienzo, hum!--decía el viejo Tasio alejándose.
XXXIII
LIBRE PENSAMIENTO
Estaba concluyendo Ibarra de arreglarse, cuando un criado le anunció que un campesino preguntaba por él.
Suponiendo fuese uno de sus trabajadores, ordenó le introdujesen en su despacho ó gabinete de estudio, biblioteca á la vez que laboratorio químico.
Pero con extrañeza vió allí la severa y misteriosa figura de Elías.
--Me habéis salvado la vida,--dijo éste en tagalo comprendiendo el movimiento de Ibarra;--os he pagado mi deuda á medias y no tenéis nada que agradecerme, antes al contrario. He venido para pediros un favor...
--¡Hablad!--contestó el joven en el mismo idioma, sorprendido de la gravedad de aquel campesino.
Elías fijó algunos segundos su mirada en los ojos de Ibarra y repuso:
--Cuando la justicia de los hombres quiera aclarar este misterio, os suplico no habléis á nadie de la advertencia que os hice en la iglesia.
--Descuidad,--contestó el joven con cierto tono de disgusto;--sé que os persiguen, pero yo no soy ningún delator.
--¡Oh, no es por mí, no es por mí!--exclamó con cierta viveza y altivez Elías;--es por vos: yo no temo nada de los hombres.
La sorpresa de nuestro joven se aumentó: el tono con que hablaba aquel campesino, antes piloto, era nuevo y no parecía estar en relación ni con su estado ni su fortuna.
--¿Qué queréis decir?--preguntó interrogando con sus miradas á aquel hombre misterioso.
--Yo no hablo por enigmas, procuro expresarme con claridad. Para mayor seguridad vuestra, es menester que os tengan por desprevenido y confiado vuestros enemigos.
Ibarra retrocedió.
--¿Mis enemigos? ¿Tengo enemigos?
--¡Todos los tenemos, señor, desde el más pequeño insecto hasta el hombre, desde el más pobre al más rico y poderoso! ¡La enemistad es la ley de la vida!
Ibarra miró en silencio á Elías.
--¡Vos no sois piloto ni campesino!...--murmuró.
--Tenéis enemigos en las altas y en las bajas esferas,--continuó Elías sin advertir las palabras del joven;--meditáis una empresa grande, tenéis un pasado, vuestro padre, vuestro abuelo han tenido enemigos, porque han tenido pasiones, y en la vida no son los criminales los que más odio provocan, sino los hombres honrados.
--¿Conocéis á mis enemigos?
Elías no contestó por de pronto y meditó.
--Conocí á uno, al que ha muerto, repuso. Ayer noche descubrí que él tramaba algo contra vos, por algunas palabras cambiadas con un desconocido que se perdió entre la multitud. «A éste no le comerán los peces como á su padre: lo veréis mañana», decía. Estas palabras llamaron mi atención no sólo por su sentido, sino por el que las pronunciaba, que hace días se había presentado al maestro de obras, con el deseo expreso de dirigir los trabajos de la colocación de la piedra, no pidiendo gran salario y haciendo gala de grandes conocimientos. Yo no tenía motivo suficiente para creer en su mala voluntad, pero algo en mí me decía que mis presunciones eran ciertas, y por esto escogí, para advertiros, un momento y una ocasión propios para que no me pudieseis hacer preguntas. Lo demás ya lo visteis.
Largo rato había callado ya Elías y aún no había contestado ni dicho una palabra Ibarra. Estaba meditabundo.
--¡Siento que ese hombre haya muerto!--repuso al fin;--¡de él se habría podido saber algo más!
--Si hubiese vivido se habría escapado de la temblorosa mano de la ciega justicia humana. ¡Dios le ha juzgado, Dios le ha matado, Dios sea el único Juez!
Crisóstomo miró un momento al hombre que así le hablaba, y descubriendo sus musculosos brazos, llenos de cardenales y grandes contusiones:
--¿Creéis también en el milagro?--dijo sonriendo;--¡ved el milagro de que habla el pueblo!
--Si creyese en milagros, no creería en Dios: creería en un hombre deificado, creería que efectivamente el hombre había criado á Dios á su imagen y semejanza,--contestó solemnemente:--pero yo creo en El; he sentido más de una vez su mano. Cuando todo se derrumbaba amenazando destrucción á cuanto se encontraba en el sitio, yo, yo sujeté al criminal, me puse al lado suyo: él fué herido y yo estoy sano y salvo.
--¿Vos? ¿de manera que vos?...
--¡Sí! yo le sujeté cuando quería escaparse, una vez comenzada su obra fatal: yo vi su crimen. Y os digo: sea Dios el único juez entre los hombres, sea El el único que tenga derecho sobre la vida; ¡que el hombre no piense nunca en sustituirle!
--Y sin embargo, vos esta vez...
--¡No!--interrumpió Elías adivinando la objeción,--no es lo mismo. Cuando el hombre condena á los otros á muerte ó destruye para siempre su porvenir, lo hace á mansalva y dispone de la fuerza de otros hombres para ejecutar sus sentencias, que después de todo pueden ser equivocadas ó erróneas. Pero yo, al exponer al criminal en el mismo peligro que él ha preparado á los otros, participaba de los mismos riesgos. Yo no le maté, dejé que la mano de Dios le matara.
--¿No creéis en la casualidad?
--Creer en la casualidad es como creer en milagros: ambas cosas suponen que Dios desconoce el porvenir. ¿Qué es milagro? Una contradicción, un trastorno de las leyes naturales. Imprevisión y contradicción en la Inteligencia que dirige la máquina del mundo significan dos grandes imperfecciones.
--¿Quién sois?--volvió á preguntar Ibarra con cierto temor;--¿habéis estudiado?
--He tenido que creer mucho en Dios, porque he perdido la fe en los hombres,--contestó el piloto eludiendo la pregunta.
Ibarra creyó comprender á aquel joven perseguido: negaba la justicia humana, desconocía el derecho del hombre á juzgar á sus iguales, protestaba contra la fuerza y la superioridad de ciertas clases sobre las otras.
--Con todo, debéis admitir la necesidad de la justicia humana, por imperfecta que ella pueda ser,--repuso.--Dios, por más ministros que tenga en la tierra, no puede, es decir, no dice claramente su juicio para dirimir los millones de contiendas que suscitan nuestras pasiones. ¡Es menester, es necesario, es justo que el hombre juzgue alguna vez á sus semejantes!
--Sí, para hacer el bien, no el mal, para corregir y mejorar, no para destruir, porque si fallan sus juicios, él no tiene el poder de remediar el mal que ha hecho. Pero, añadió cambiando de tono, esta discusión está por encima de mis fuerzas, y os entretengo ahora que os esperan. No olvidéis lo que yo os acabo de decir: tenéis enemigos; conservaos para el bien de vuestro país.
Y se despidió.
--¿Cuándo os volveré á ver?--preguntó Ibarra.
--Siempre que queráis y siempre que os pueda ser útil. ¡Aún soy vuestro deudor!
XXXIV
LA COMIDA
Allá bajo el adornado kiosco comían los grandes hombres de la provincia.
El alcalde ocupaba un extremo de la mesa; Ibarra, el otro. A la derecha del joven se sentaba María Clara, y el escribano á su izquierda. Capitán Tiago, el alférez, el gobernadorcillo, los frailes, los empleados y las pocas señoritas que se habían quedado se sentaban, no según el rango, sino según sus aficiones.
La comida era bastante animada y alegre, pero, á la mitad de ella, vino un empleado de telégrafos en busca de Cpn. Tiago, trayendo un parte. Capitán Tiago pide naturalmente permiso para leerlo, y naturalmente todos se lo suplican.
El digno Capitán frunce primero las cejas, después las levanta: su rostro palidece, se ilumina y, doblando precipitadamente el pliego y levantándose:
--¡Señores,--dice azorado,--S. E. el Capitán general viene esta tarde á honrar mi casa!
Y echa á correr llevándose el parte y la servilleta, pero sin sombrero, acosado por exclamaciones y preguntas.
El anuncio de la venida de los tulisanes no habría producido más efecto.
--¡Pero oiga usted!--¿Cuándo viene?--¡Cuéntenos usted!--¡Su Excelencia!
Capitán Tiago ya estaba lejos.
--¡Viene S. E. y se hospeda en casa de Cpn. Tiago!--exclaman algunos sin considerar que allí estaban la hija y el futuro yerno.
--¡La elección no podía ser mejor!--repuso éste.
Los frailes se miran unos á otros; la mirada quería decir: «El Capitán general comete una de las suyas; nos ofende»; piensan así, se callan y nadie expresa su pensamiento.
--Ya me habían hablado de eso ayer,--dice el alcalde,--pero entonces S. E. no estaba aún decidido.
--¿Sabe V. E, señor alcalde, cuánto tiempo piensa el Capitán general quedarse aquí?--pregunta inquieto el alférez.
--Con certeza no; á S. E. le gusta dar sorpresas.
--¡Aquí vienen otros partes!
Eran para el alcalde, el alférez y el gobernadorcillo, anunciando lo mismo: los frailes notan bien que ninguno va dirigido al cura.
--¡S. E. llegará á las cuatro de la tarde, señores!--dice el alcalde solemnemente;--podemos comer con tranquilidad!
Mejor no podía haber dicho Leonidas en las Termópilas: «¡Esta noche cenaremos con Plutón!»
La conversación volvió á tomar su curso ordinario.
--¡Noto la ausencia de nuestro gran predicador!--dice tímidamente uno de los empleados, de aspecto inofensivo, que no había abierto la boca hasta el momento de comer y hablaba ahora por primera vez en toda la mañana.
Todos los que sabían la historia del padre de Crisóstomo hicieron un movimiento y un guiño que querían decir: «¡Ande usted! ¡Al primer tapón zurrapas!» pero algunos más benévolos contestaron:
--Debe usted estar algo cansado...
--¿Qué algo?--exclama el alférez;--rendido debe estar y, como dicen por aquí, malunqueado. ¡Cuidado con la plática!
--¡Un sermón soberbio, gigante!--dice el escribano.
--¡Magnífico, profundo!--añade el corresponsal.
--Para poder hablar tanto, se necesita tener los pulmones que él tiene,--observa el P. Manuel Martín.
El agustino no le concedía más que pulmones.
--Y la facilidad de expresarse,--añade el P. Salví.
--¿Saben ustedes que el señor de Ibarra tiene el mejor cocinero de la provincia?--dice el alcalde cortando la conversación.
--Eso decía, pero su hermosa vecina no quiere honrar la mesa, pues apenas prueba bocado,--repuso uno de los empleados.
María Clara se ruborizó.
--Doy gracias al señor ... se ocupa demasiado de mi persona,--balbuceó tímidamente,--pero...
--Pero que la honra usted bastante con sola su asistencia,--concluyó el galante alcalde, y volviéndose al P. Salví:
--Padre cura,--añadió en voz alta,--noto que todo el día está V. R. callado y pensativo...
--¡El señor alcalde es un terrible observador!--exclama el P. Sibyla en un tono particular.
--Esa es mi costumbre,--balbucea el franciscano;--me gusta más oir que hablar.
--¡V. R. atiende siempre á ganar y no perder!--dice en tono de broma el alférez.
El P. Salví no tomó la cosa á broma: su mirada brilló un momento y replicó:
--¡Ya sabe bien el señor alférez que estos días no soy yo el que más gana ó pierde!
El alférez disimuló el golpe con una falsa risa y no se dió por aludido.
--Pero, señores, yo no comprendo cómo se puede hablar de ganancias ó pérdidas,--interviene el alcalde;--¿qué pensarían de nosotros esas amables y discretas señoritas, que nos honran con su presencia? Para mí, las jóvenes son como las arpas eólicas en medio de la noche: hay que escucharlas y prestar atento oído, para que sus inefables armonías, que elevan al alma á las celestiales esferas de lo infinito y de lo ideal...
--¡V. E. está poetizando!--dice alegremente el escribano, y ambos apuran la copa.
--No puedo menos,--dice el alcalde limpiándose los labios;--la ocasión, si no siempre hace al ladrón, hace al poeta. En mi juventud compuse versos, y por cierto, no malos.
--¡De modo que V. E. ha sido infiel á las musas por seguir á Temis!--dice enfáticamente nuestro mítico ó mitólogo corresponsal.
--¡Psh! ¿qué quiere usted? Recorrer toda la escala social fué siempre mi sueño. Ayer recogía flores y entonaba cantos, hoy empuño la vara de la justicia y sirvo á la humanidad, mañana...
--Mañana arrojará V. E. la vara al fuego para calentarse con ella en el invierno de la vida y tomará una cartera de ministro,--añade el P. Sibyla.
--¡Psh! sí... no... ser ministro no es precisamente mi bello ideal: cualquier advenedizo lo llega á ser. Una villa en el norte para pasar el verano, un hotel en Madrid y unas posesiones en Andalucía para el invierno... ¡Viviremos acordándonos de nuestra querida Filipinas!... De mí no dirá Voltaire: Nous n'avons jamais été chez ces peuples que pour nous y enrichir et pour les calomnier [117].
Los empleados creyeron que S. E. había dicho una gracia y se echaron á reir celebrándola; los frailes los imitaron, pues no sabían que Volter era el Voltaïré tantas veces maldecido por ellos y puesto en el infierno. Sin embargo el P. Sibyla lo sabía y se puso serio, suponiendo que el alcalde había dicho una herejía ó impiedad.
En el otro kiosco comían los niños, presididos por su maestro. Para ser chicos filipinos hacían bastante ruido, pues generalmente en la mesa y delante de otras personas pecan más de cortos que de sueltos. Aquel que equivocaba el uso de los cubiertos era corregido por el vecino; de aquí surgía una discusión y ambos encontraban partidarios: quienes optaban por la cuchara, quienes por el tenedor ó el cuchillo, y como no consideraban á nadie como una autoridad, allí se armaba la de Dios es Cristo ó, más claramente, una discusión de teólogos.
Los padres se guiñaban, se codeaban, se hacían señas y en sus sonrisas se podía leer que eran felices.
--¡Ya!--decía una campesina á un viejo que trituraba buyo en su kalíkut [118];--por más que mi marido no quiera mi Androy será sacerdote. Somos en verdad pobres, pero ya trabajaremos, y si fuese necesario, pediremos limosna. No falta quien dé dinero para que los pobres puedan ordenarse. ¿No dice el hermano Mateo, hombre que no miente, que el Papa Sixto era un pastor de carabaos en Batangas? ¡Pues mirad á mi Andoy, miradle si no tiene ya la cara de San Vicente!
Y á la buena madre se le hacía agua la boca viendo á su hijo coger el tenedor con ambas manos.
--¡Dios nos ayude!--añade el viejo mascando el sapá;--si Andoy llega á ser papa, nos iremos á Roma, ¡jejé! todavía puedo andar bien. Y si me muero... ¡jejé!
--¡Perded cuidado, abuelo! Andoy no se olvidará de que le habéis enseñado á tejer cestos de caña y dikines [119].
--Tienes razón, Petra; yo también creo que tu hijo será gran cosa ... cuando menos patriarca. ¡No he visto otro que en menos tiempo haya aprendido el oficio! Ya, ya se acordará de mí cuando Papa ú obispo se entretenga en hacer cestos para su cocinera. Ya dirá misas por mi alma, ¡jejé!
Y el buen anciano, con esta esperanza, cargó de lleno su kalíkut con mucho buyo.
--Si Dios oye mis ruegos y mis esperanzas se cumplen, diré á Andoy: Hijo, quítanos á todos los pecados y mándanos al cielo. Ya no tendremos necesidad de rezar, ayunar, ni comprar bulas. ¡Quien tiene un hijo santo Papa ya puede cometer pecados!
--Envíale mañana á casa, Petra,--dice entusiasmado el viejo;--le voy á enseñar á labrar el nitô! [120]
--¡Hum! ¡abá! ¿Qué creéis, abuelo? ¿Pensáis que los curas mueven todavía las manos? ¡El cura, con ser no más que cura, sólo trabaja en la misa... cuando da vueltas! El arzobispo ya no da vueltas, dice la misa sentado; con que el Papa... el Papa la dirá en la cama, con abanico!... ¿Qué os figurábais?
--No está de más, Petra, que él sepa cómo se prepara el nitô. Bueno es que pueda vender salakots y petacas para no tener que pedir limosna, como lo hace aquí todos los años el cura en nombre del Papa. Me da compasión ver un santo pobre y doy siempre lo que economizo.
Acercóse otro campesino diciendo:
--¡Está decidido, cumare, mi hijo ha de ser doctor; no hay como ser doctor!
--¡Doctor! callaos, cumpare [121],--contesta la Petra;--¡no hay como ser cura!
--¿Cura? ¡brr! ¿cura? ¡El doctor cobra mucho dinero, los enfermos le veneran, cumare!