Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 18
«¡Patente está á vuestros ojos la prueba concluyente y contundente de esta eterna verdad filosófica! Patente está ese sol de virtudes, y digo sol y no luna, porque no hay gran mérito en que la luna brille durante la noche: en tierra de ciegos el tuerto es el rey; por la noche puede brillar una luz, una estrellita: el mayor mérito es poder brillar aun en medio del día como lo hace el sol: así brilla el hermano Diego aun en medio de los más grandes santos. Ahí tenéis patente á vuestros ojos, á vuestra impía incredulidad la obra maestra del Altísimo para confundir á los grandes de la tierra, sí, hermanos míos, patente, patente á todos, ¡patente!»
Un hombre se levantó pálido y tembloroso y se escondió en un confesonario. Era un vendedor de alcoholes, que dormitaba y soñó que los carabineros le pedían la patente que no tenía. Asegúrase que no volvió á salir de su escondite mientras duró el sermón.
«¡Humilde y recogido santo, tu cruz de palo»--(la que tenía la imágen era de plata),--«tu modesto hábito honran al gran Francisco de quien somos los hijos é imitadores! Nosotros propagamos tu santa raza en todo el mundo, en todos los rincones, en las ciudades, en los pueblos sin distinguir al blanco del negro»--(el alcalde contiene la respiración)--«sufriendo abstinencias y martirios, tu santa raza de fe y de religión armada»--(¡Ah! respira el alcalde)--«que sostiene al mundo en equilibrio y le impide que caiga en el abismo de la perdición.»
Los oyentes, hasta el mismo capitán Tiago, bostezaban poco á poco. María Clara no atendía al sermón; sabía que Ibarra estaba cerca y pensaba en él mientras miraba, abanicándose, el toro de uno de los evangelistas, que tenía todas las trazas de un pequeño carabao.
«Todos debíamos saber de memoria las Santas Escrituras, la vida de los santos y así no tendría yo que predicaros, pecadores; debíais saber cosas tan importantes y necesarias como el padrenuestro, por más que muchos de vosotros lo habéis olvidado ya viviendo como los protestantes ó herejes, que no respetan á los ministros de Dios, como los chinos, pero os vais á condenar, peor para vosotros, ¡condenados!»
--¡Abá cosa ese pale Lámaso [111], ese!--murmuró el chino Carlos mirando con ira al predicador, que seguía improvisando, desencadenando una serie de apóstrofes é imprecaciones.
«¡Moriréis en la impenitencia final, raza de herejes! ¡Dios os castiga ya desde esta tierra con cárceles y prisiones! ¡Las familias, las mujeres debían huir de vosotros, los gobernantes os deberían ahorcar á todos para que no se extienda la semilla de Satanás en la villa del Señor!... ¡Si tenéis un miembro malo que os induce al pecado, cortadlo, arrojadlo al fuego...!»
Fray Dámaso estaba nervioso, había olvidado su sermón y su retórica.
--¿Oyes?--preguntó un joven estudiante de Manila á su compañero;--¿te lo cortas?
--¡Ca! ¡que lo haga él antes!--contestó el otro señalando al predicador.
Ibarra se puso inquieto: miró en derredor suyo buscando algún rincón, pero toda la iglesia estaba llena. Nada oía ni veía María Clara, que analizaba el cuadro de las benditas ánimas del purgatorio, almas en forma de hombres y mujeres en cueros, con mitras, capelos ó tocas, asándose en el fuego y agarrándose al cordón de S. Francisco, que no se rompía á pesar de tanto peso.
El Espíritu Santo fraile, con aquella improvisación, perdió el hilo del sermón y saltó tres largos párrafos, apuntando mal al P. Dámaso, que descansaba jadeante de su apóstrofe.
«¿Quién de vosotros, pecadores que me escucháis, lamería las llagas de un pobre y andrajoso mendigo? ¿Quién? ¡Que responda y levante la mano! ¡Ninguno! Ya lo sabía yo: sólo un santo como Diego de Alcalá puede hacerlo; él lamió toda podredumbre diciendo á un asombrado hermano: ¡Así se cura á este enfermo! ¡Oh caridad cristiana! ¡Oh piedad sin ejemplo! ¡Oh virtud de virtudes! ¡Oh dechado inimitable! ¡Oh talismán sin mancha!...»
Y siguió con una larga lista de exclamaciones, poniendo los brazos en cruz, subiéndolos y bajándolos como si quisiese volar ó espantar á los pájaros.
«Antes de morir habló en latín sin saber latín. ¡Pasmaos, pecadores! Vosotros, á pesar de que lo estudiáis y os dan por ello azotes, no hablaréis latín, ¡moriréis sin saberlo! Hablar latín es una gracia de Dios, por eso la iglesia habla latín. ¡Yo también hablo latín! ¿Cómo? ¿Dios iba á negar este consuelo á su querido Diego? ¿Podía morir, podía dejarle morir sin hablar latín? ¡Imposible! ¡Dios no sería justo, no sería Dios! Habló, pues, latín, y de ello dan testimonio los autores de aquella época.» Y terminó su exordio con el trozo que más trabajo le costara y que plagiara de un gran escritor, Sinibaldo de Más.
«Yo te saludo, pues, esclarecido Diego, honra de nuestra corporación. Tú eres dechado de virtudes, modesto con honra, humilde con nobleza, sumiso con entereza, sobrio con ambición, enemigo con lealtad, compasivo con perdón, religioso con escrúpulo, creyente con devoción, crédulo con candidez, casto con amor, callado con secreto, sufrido con paciencia, valiente con temor, continente con voluptuosidad, atrevido con resolución, obediente con sujeción, vergonzoso con pundonor, cuidadoso en tus intereses con desprendimiento, diestro con capacidad, ceremonioso con urbanidad, astuto con sagacidad, misericordioso con piedad, recatado con vergüenza, vengativo con valor, pobre por laboriosidad con conformidad, pródigo con economía, activo con negligencia, económico con liberalidad, inocente con penetración, reformador con consecuencia, indiferente con ansia de aprender. ¡Dios te crió para sentir los deliquios del amor platónico...! ¡Ayúdame á cantar tus grandezas y tu nombre más alto que las estrellas y más claro que el sol mismo que gira á tus pies! Ayudadme, vosotros, pedid á Dios la inspiración suficiente rezando el avemaría.»
Todos se arrodillaron levantando un murmullo como el zumbido de mil moscardones. El alcalde dobló trabajosamente una rodilla, moviendo la cabeza disgustado; el alférez estaba pálido y contrito.
--¡Al diablo con el cura!--murmuró uno de los dos jóvenes que venían de Manila.
--¡Silencio!--contesta el otro,--que nos oye su mujer...
Entretanto, el P. Dámaso, en vez de rezar el avemaría, reñía á su Espíritu Santo por haber saltado tres de sus mejores párrafos, tomaba dos merengues y un vaso de Málaga, seguro de encontrar en ellos mayor inspiración que en todos los Espíritus santos ya sean de madera en figura de paloma, ya de carne bajo la forma de un distraido fraile. Iba á empezar con el sermón tagalo.
La vieja devota da otro cogotazo á su nieta, quien despierta malhumorada y pregunta:
--¿Es hora ya de llorar?
--¡Aún no, pero no te duermas, condenada!--contestó la buena abuela.
De la 2.a parte del sermón, ó sea del tagalo no tenemos más que ligeros apuntes. El P. Dámaso improvisaba en este idioma, no porque lo poseyese mejor, sino porque, teniendo á los filipinos de provincia por ignorantes en retórica, no temía cometer disparates delante de ellos. Con los españoles ya era otra cosa: había oido hablar de reglas de la oratoria y entre sus oyentes podía haber alguno que hubiese saludado las aulas, acaso el señor alcalde mayor; por lo cual escribía sus sermones, los corregía, los limaba y después se los aprendía de memoria y se ensayaba unos dos días antes.
Es fama que ninguno de los presentes comprendió el conjunto del sermón: eran tan obtusos de entendimiento y el predicador era muy profundo, como decía hermana Rufa; así que el auditorio esperó en vano una ocasión para llorar, y la condenada nieta de la vieja beata volvió á dormirse.
No obstante, esta parte tuvo más consecuencias que la primera, al menos para ciertos oyentes, como veremos más adelante.
Empezó con un Maná capatir con cristiano [112], al que siguió una avalancha de frases intraducibles; habló del alma, del Infierno, del mahal na santo pintacasi [113], de los pecadores indios y de los virtuosos Padres Franciscanos.
--¡Menche! [114]--dijo uno de los irreverentes manileños á su compañero;--eso está en griego para mí, yo me voy.
Y viendo cerradas las puertas, se salió por la sacristía con gran escándalo de la gente y del predicador, que se puso pálido y se detuvo á la mitad de su frase; algunos esperaban un violento apóstrofe, pero el P. Dámaso se contentó con seguirle con la vista y prosiguió su sermón.
Se desencadenaron maldiciones contra el siglo, contra la falta de respeto, la naciente irreligiosidad. Este asunto parecía su fuerte, pues se mostraba inspirado y se expresaba con fuerza y claridad. Habló de los pecadores que no se confiesan, que mueren en las cárceles sin sacramentos, de familias malditas, de mesticillos orgullosos y soplados, de jóvenes sabiondos, filosofillos ó pilosopillos, de abogadillos, estudiantillos, etc. Conocida es la costumbre que tienen muchos cuando quieren ridiculizar á sus enemigos: sacan en todo la terminación en illo, porque el cráneo parece no dar otra cosa, y se quedan muy felices.
Ibarra lo oía todo y comprendía las alusiones. Conservando una aparente tranquilidad, buscaba con los ojos á Dios y á las autoridades, pero allí no había más que imágenes de santos, y el alcalde dormitaba.
Entretanto el entusiasmo del predicador subía por grados. Hablaba de los antiguos tiempos en que todo filipino, al encontrar á un sacerdote, se descubría, doblaba una rodilla en tierra y le besaba una mano.--«¡Pero ahora--añadía--sólo os quitáis el salakot ó el sombrero de castorillo, que colocáis medio ladeado sobre vuestra cabeza para no desarreglar el peinado! Os contentáis con decir: buenos días, ¡among! [115], y hay orgullosos estudiantillos de poco latín, que por haber estudiado en Manila ó en Europa, se creen con derecho á estrecharnos la mano en lugar de besarla... ¡Ah! ¡el día del juicio pronto viene, el mundo se acaba, muchos santos lo han profetizado! ¡va á llover fuego, piedra y ceniza para castigar nuestra soberbia!»
Y exhortaba al pueblo á que no imitase á esos salvajes, sino que los huyese y aborreciese, porque estaban excomulgados.
--«¡Oid lo que dicen los santos Concilios!--clamaba.--Cuando un indio encontrare en la calle á un cura, doblará la cabeza y ofrecerá el cuello para que el among se apoye en él; si el cura y el indio van á caballo ambos, entonces el indio se parará, se quitará el salakot ó sombrero reverentemente; en fin, si el indio va á caballo y el cura á pie, el indio bajará del caballo y no volverá á montar hasta que el cura le diga: ¡Sulung! [116] ó esté ya muy lejos. Esto dicen los santos Concilios, y el que no obedezca estará excomulgado.»
--Y ¿cuándo uno monta un carabao?--pregunta un escrupuloso labriego á su vecino.
--¡Entonces... sigue adelante!--contesta éste, que es un casuista.
Pero á pesar de los gritos y gestos del predicador muchos se dormían ó distraían, pues aquellos sermones eran los de siempre y de todos: en vano algunas devotas trataron de suspirar y de lloriquear sobre los pecados de los impíos; tuvieron que desistir de su empresa por falta de socios. La misma hermana Putê pensaba todo lo contrario. Un hombre sentado á su lado se había de tal manera dormido, que se cayó sobre ella, descomponiéndole el hábito: la buena anciana cogió su zueco y á golpes empezó á despertarle, gritando:
--¡Ay! ¡quita salvaje, animal, demonio, carabao, perro, condenado!
Armóse un tumulto, como era consiguiente. Paróse el predicador, enarcó las cejas, sorprendido de tanto escándalo. La indignación ahogó la palabra en su garganta y sólo consiguió berrear, golpeando con sus puños la tribuna. Esto produjo su efecto: la vieja soltó el zueco refunfuñando y, santiguándose repetidas veces, se puso devotamente de rodillas.
--«¡Aaah! ¡aaah!--pudo al fin exclamar el indignado sacerdote, cruzando los brazos y agitando la cabeza; ¡para eso os predico yo aquí toda la mañana, salvajes! Aquí, en la casa de Dios, reñís y decís malas palabras, ¡desvergonzados! ¡Aaaaah! ¡ya no respetáis nada!... ¡Esta es la obra de la lujuria é incontinencia del siglo! ¡Ya lo decía, aaah!
Y sobre este tema siguió predicando por espacio de media hora. El alcalde roncaba, María Clara cabeceaba: la pobrecita no podía resistir el sueño, no teniendo ya ninguna pintura ni imagen que analizar ni en que distraerse. A Ibarra ya no le hacían mella las palabras, ni las alusiones; pensaba ahora en una casita en la cima de un monte y veía á María Clara en un jardín. ¡Que en el fondo del valle se arrastren los hombres en sus miserables pueblos!
El padre Salví había hecho tocar dos veces la campanilla, pero esto era echar leña al fuego: fray Dámaso era terco y prolongó más el sermón. Fray Sibyla se mordía los labios y arreglaba repetidas veces sus anteojos de cristal de roca montados en oro: fray Manuel Martín era el único que parecía escuchar con placer, pues sonreía.
Por fin, dijo Dios basta: el orador se cansó y bajó del púlpito.
Todos se arrodillaron para dar gracias á Dios. El alcalde se restregó los ojos, extendió un brazo como para desperezarse, soltando un ¡ah! profundo y bostezando.
Continuó la misa.
Cuando, al cantar Balbino y Chananay el Incarnatus est, todos se arrodillaban y los sacerdotes bajaban la cabeza, un hombre murmuró al oído de Ibarra: «¡En la ceremonia de la bendición no os alejéis del cura, no descendáis al foso, no os acerquéis á la piedra, que os va la vida en ello!»
Ibarra vió á Elías, que, dicho esto, se perdía entre la muchedumbre.
XXXII
LA CABRIA
El hombre amarillo había cumplido su palabra: no era una sencilla cabria lo que había construído sobre el abierto foso para hacer descender la enorme mole de granito; no era el trípode que ñor Juan había deseado para suspender una polea de su vértice, era algo más; era á la vez que una máquina, un adorno, pero un grandioso é imponente adorno.
Sobre ocho metros de altura se eleva la confusa y complicada andamiada: cuatro gruesos maderos hundidos en el suelo servían de almas, sujetos entre sí por colosales vigas cruzadas formando diagonales, unidas unas á otras por gruesos clavos hundidos sólo hasta la mitad, acaso porque, teniendo el aparato un carácter provisional, pudiera ser después fácilmente deshecho. Enormes cables, colgando por todos lados, daban un aspecto de solidez y grandiosidad al conjunto, coronado allá arriba por banderas de abigarrados colores, flotantes gallardetes y monstruosas guirnaldas de flores y hojas, artísticamente entretejidas.
Allá arriba, en la sombra que proyectan maderos, guirnaldas y banderas, pende sujeta por cuerdas y ganchos de hierro una descomunal polea de tres ruedas, sobre cuyos brillantes bordes pasan acabalgados tres cables aún mayores que los otros, y llevan suspendido el enorme sillar lleno, socavado en su centro, para formar con la excavación de la otra piedra, ya colocada en el foso, el pequeño espacio destinado á guardar la historia del día, como periódicos, escritos, monedas, medallas, etc., y transmitirla acaso á muy lejanas generaciones. Estos cables descendían de arriba abajo, se enlazaban con otra no menos gruesa polea atada al pie del aparato, é iban á arrollarse al cilindro de un torno, sujeto en tierra merced á gruesos maderos. Este torno, que se puede poner en movimiento por medio de dos manubrios, centuplica la fuerza de un hombre merced á un juego de ruedas dentadas, si bien lo que en fuerza se gana, se pierde en velocidad.
--Mirad,--decía el hombre amarillo haciendo girar el manubrio:--mirad, ñor Juan, como con mis fuerzas únicamente hago subir y bajar la inmensa mole... Está tan bien dispuesto, que á voluntad puedo graduar, pulgada por pulgada, el ascenso ó descenso, de modo que un hombre desde el fondo pueda con toda comodidad hacer adaptar ambas piedras, mientras yo lo manejo desde aquí.
Ñor Juan no podía menos de admirar al hombre que se sonreía tan particularmente. Los curiosos hacían comentarios y alababan al hombre amarillo.
--¿Quién os enseñó la maquinaria?--le preguntó ñor Juan.
--¡Mi padre, mi difunto padre!--contestaba con su particular sonrisa.
--¿Y á vuestro padre?...
--Don Saturnino, el abuelo de don Crisóstomo.
--No sabía que don Saturnino...
--¡Oh! ¡sabía muchas cosas! No solamente pegaba bien y exponía al sol á sus trabajadores; sabía además despertar á los dormidos y hacer dormir á los despiertos. ¡Ya veréis con el tiempo lo que mi padre me ha enseñado, ya veréis!
Y el hombre amarillo se reía, pero de un modo extraño.
Sobre una mesa, cubierta de un tapiz de Persia, estaban el cilindro de plomo y los objetos que iban á guardar en aquella especie de tumba: una caja de cristal de gruesas paredes contendría aquella momia de una época y guardaría para el porvenir los recuerdos de un pasado. El filósofo Tasio, que discurría por allí pensativo, murmuraba:
--Quizás algún día, cuando la obra que hoy comienza á nacer, envejecida después de tantas vicisitudes, caiga en ruinas, ya á las sacudidas de la naturaleza, ya á la destructora mano del hombre, y sobre las ruinas crezcan la yedra y el musgo; después, cuando el tiempo destruya el musgo, la yedra y las ruinas y esparza sus cenizas al viento, borrando de las páginas de la Historia el recuerdo de ella y de los que la destruyeron, ya largo tiempo perdido en la memoria de los hombres; quizás, cuando las razas con las capas del suelo se hayan sepultado ó desaparecido, sólo por alguna casualidad el pico de algún minero, haciendo brotar del granito la chispa, podrá desenterrar del seno de la roca misterios y enigmas. Quizás los sabios de la nación que habite estas regiones trabajarán, como trabajan los actuales egiptólogos con los restos de una grandiosa civilización, preocupada de la eternidad y que no sospechaba iba á descender sobre ella una tan larga noche. Quizás algún sabio profesor diga á sus alumnos de cinco y siete años en un idioma hablado por todos los hombres: «¡Señores! Estudiados y examinados cuidadosamente los objetos encontrados en el subsuelo de nuestro terreno, descifrados algunos signos y traducidas algunas palabras, podemos, sin género alguno de temor, presumir que tales objetos pertenecían á la edad bárbara del hombre, á la era obscura que solemos llamar fabulosa. En efecto, señores; para que os podáis formar una aproximada idea del atraso de nuestros antepasados, bastará que os diga, que los que vivían aquí no sólo reconocían aún reyes, sino que para resolver cuestiones de su gobierno interior, tenían todavía que acudir al otro extremo del mundo, que es como si dijéramos un cuerpo que para moverse necesitase consultar su cabeza existente en otra parte del globo, acaso en los parajes que hoy ocultan las olas. Esta increíble imperfección, por inverosímil que os parezca, deja de ser así si consideramos las circunstancias de aquellos seres, que apenas me atrevo á llamar humanos. En aquellos primitivos tiempos, estos seres estaban aún (ó al menos así lo creían) en relación directa con su Criador, pues tenían ministros del mismo, seres diferentes de los demás y denominados siempre con los misteriosos caracteres: M. R. P. fray, sobre cuya interpretación nuestros sabios no están de acuerdo. Según el mediano profesor de lenguas que tenemos, pues no habla más que ciento de los defectuosos idiomas del pasado, M. R. P. significaría Muy Rico Propietario, pues estos ministros eran una especie de semidioses, virtuosísimos, elocuentísimos oradores, ilustradísimos, y á pesar de su gran poder y prestigio, jamás cometerían la más ligera falta, lo cual fortalece mi creencia al suponerlos de otra naturaleza distinta de los demás. Y si esto no bastase para apoyar mi opinión, quédame aún el argumento, no negado por nadie y cada día más y más confirmado, de que tales misteriosos seres hacían descender á Dios sobre la tierra con sólo pronunciar algunas palabras, que Dios no podía hablar sino por boca de ellos, y á quien se comían, bebían la sangre y no pocas veces lo daban también á comer á los hombres comunes...
Estas y otras cosas más ponía el incrédulo filósofo en boca de todos los corrompidos hombres del porvenir. Acaso el viejo Tasio se equivoque, lo que es muy fácil, pero volvamos á nuestra narración.
En los kioscos que vimos anteayer ocupar al maestro de escuela y á los alumnos, se preparaba ahora el almuerzo, opíparo y abundante. Sin embargo, en la mesa destinada á los chicos de la escuela, no había ni una botella de vino, pero en cambio abundaban más las frutas.--En la enramada estaban los asientos para los músicos y una mesa cubierta de dulces y confituras, frascos de agua coronados de hojas y flores para el sediento público.
El maestro de escuela había hecho levantar cucañas, barreras, colgar sartenes, ollas para alegres juegos.
La multitud, luciendo trajes de alegres colores, se aglomeraba huyendo del sol brillante, ya bajo la sombra de los árboles, ya bajo el emparrado. Los muchachos se subían á las ramas, sobre las piedras, para ver mejor la ceremonia, supliendo así su pequeña estatura; miraban con envidia á los chicos de la escuela que, limpios y bien vestidos, ocupaban un sitio destinado para ellos. Los padres estaban entusiasmados; ellos, pobres campesinos, verían á sus hijos comer sobre blanco mantel casi como el cura y el alcalde. Basta pensar en ello para no tener hambre, y tal suceso se contaría padres á hijos.
Pronto se oyeron los lejanos acordes de la música; la precedía una abigarrada turba, compuesta de todas las edades y vestida de todos los colores. El hombre amarillo se puso inquieto y examinó con una mirada todo su aparato. Un curioso campesino seguía su mirada y observaba todos sus movimientos: era Elías que acudía también á presenciar la ceremonia; por su salakot y su manera de vestir, casi estaba desconocido. Se había procurado el mejor sitio, casi al lado mismo del torno, al borde de la excavación.
Con la música venían el alcalde, los munícipes, los frailes, menos el padre Dámaso, y los empleados españoles. Ibarra conversaba con el primero, de quien se había hecho muy amigo desde que le dirigiera unos finos cumplidos por sus condecoraciones y bandas: los humos aristocráticos eran el flaco de S. E. capitán Tiago; el alférez y algunos ricos más iban en la dorada pléyade de las jóvenes que lucían sus sombrillas de seda. El padre Salví seguía, como siempre, silencioso y pensativo.
--Cuente usted con mi apoyo siempre que se trate de una buena acción,--decía el alcalde á Ibarra;--yo le proporcionaré cuanto usted necesite, y si no, haré que se lo proporcionen los otros.
A medida que se iban acercando, sentía el joven palpitar su corazón. Instintivamente dirigió una mirada á la extraña andamiada, allí levantada; vió al hombre amarillo saludarle respetuosamente y fijar en él un momento la vista. Con sorpresa descubrió á Elías, quien con un significativo pestañeo le dió á entender se acordase de lo que le había dicho en la iglesia.
El cura se puso las vestiduras sacerdotales y empezó la ceremonia: el tuerto sacristán mayor tenía el libro, y un monaguillo el hisopo y la vasija de agua bendita. Los demás, en derredor, de pie y descubiertos, guardaban un tan profundo silencio, que, á pesar de leer en voz baja, se conocía que temblaba la voz del padre Salví.
Entretanto se había colocado en la caja de cristal cuanto había que poner, como manuscritos, periódicos, medallas, monedas, etc., y el todo encerrado dentro del cilindro de plomo y herméticamente soldado.
--Señor Ibarra, ¿quiere usted colocar la caja en su sitio? ¡El cura espera á usted!--murmuró el alcalde al oído del joven.
--Con mucho gusto,--murmuró éste;--pero usurparía ese honroso deber al señor escribano: ¡el señor escribano debe dar fe del acto!
El escribano lo tomó gravemente, descendió la alfombrada escalera que conducía al fondo de la excavación, y con la solemnidad conveniente lo depositó en el hueco de la piedra. El cura cogió entonces el hisopo y roció las piedras con agua bendita.
Llegó el momento de poner cada uno su cucharada de lechada sobre la superficie del sillar, que yacía en el foso, para que el otro se adaptase bien y se agarrase.