Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau

Part 17

Chapter 173,970 wordsPublic domain

«Crisóstomo: Hace más de un día que no te dejas ver; he oído que estás algo enfermo, he rezado por tí y encendido dos cirios por más que papá dice que no estás enfermo de gravedad. Anoche y hoy me han aburrido mandándome tocar el piano é invitándome á bailar ¡No sabía que hubiese tantos fastidiosos en la tierra! Si no fuera por el padre Dámaso, que procura distraerme contando y diciéndome muchas cosas, me habría encerrado en mi alcoba para dormir. Escríbeme qué tienes, pues diré á papá que te visite. Por ahora, te envío á Andeng, para que te haga té: ella lo sabe cocer bien y acaso mejor que tus criados.

María Clara.

»P. D. Si no vienes mañana, no iré á la ceremonia. Vale.»

XXIX

LA MAÑANA

Las bandas de música tocaron diana á los primeros albores de la aurora, despertando con aires alegres á los fatigados vecinos del pueblo. La vida y la animación renacieron, las campanas volvieron á repicar y las detonaciones comenzaron.

Era el último día de la fiesta, era verdaderamente la fiesta misma. Se esperaba ver mucho más que el día anterior. Los hermanos de la V. O. T. eran más numerosos que los del Santísimo Rosario, y los cofrades sonreían piadosamente, seguros de humillar á sus rivales. Habían comprado mayor número de velas: los chinos cereros hicieron su agosto, y en agradecimiento pensaban bautizarse, por más que algunos aseguraban que no era fe en el catolicismo, sino por el deseo de tomar mujer. Pero á esto respondían las piadosas mujeres:

--Aunque así fuera, el casarse tantos chinos á la vez no dejaría de ser un milagro, y ya les convertirían sus esposas.

La gente se puso los mejores trajes; salieron de sus cajitas todas las alhajas. Los tahures y los jugadores mismos lucieron camisas bordadas con botones de gruesos brillantes, pesadas cadenas de oro y blancos sombreros de jipijapa. Sólo el viejo filósofo seguía como siempre: la camisa de sinamay [108] con rayas obscuras, abotonada hasta el cuello, zapatos holgados y ancho sombrero de fieltro color de ceniza.

--¡Está usted hoy más triste que nunca!--le dijo el teniente mayor;--¿no quiere usted que nos alegremos de vez en cuando, puesto que tenemos mucho que llorar?

--¡Alegrarse no quiere decir cometer locuras!--contestó el viejo.--¡Es la insensata orgía de todos los años! Y todo ¿por qué? ¡Malgastar el dinero cuando hay tantas miserias y necesidades! ¡Ya lo entiendo, es la orgía, es la bacanal para apagar las lamentaciones de todos!

--Ya sabe usted que participo de su opinión,--repuso don Filipo, medio serio medio sonriendo.--La he defendido, pero ¿qué podía hacer contra el gobernadorcillo y el cura?

--¡Dimitir!--contestó el filósofo y se alejó.

Don Filipo se quedó perplejo, siguiendo con la vista al anciano.

--¡Dimitir!--murmuraba dirigiéndose á la iglesia,--¡dimitir! ¡Sí! si este cargo fuese una dignidad y no una carga, sí, ¡dimitiría!

El patio de la iglesia estaba lleno de gente: hombres y mujeres, niños y viejos, vestidos con los mejores trajes, confundidos unos con otros, entraban y salían por las estrechas puertas. Olía á pólvora, á flores, á incienso, á perfume; bombas, cohetes y buscapiés hacían correr y gritar á las mujeres, reir á los niños. Una banda de música tocaba delante del convento, otras, conduciendo á la municipalidad, recorrían las calles, donde flotaban y ondeaban multitud de banderas. Luz y colores abigarrados distraían la vista, armonías y estruendos el oído. Las campanas no cesaban de repicar; cruzábanse coches y calesas cuyos caballos á veces se espantaban, encabritaban, se ponían de manos, lo cual, sin embargo de no figurar en el programa de la fiesta, constituía un espectáculo gratis y de los más interesantes.

El Hermano mayor de este día había enviado criados para buscar convidados en la calle, como el que dió el festín de que nos habla el Evangelio. Se invitaba, casi á la fuerza, á tomar chocolate, café, té, dulces, etc. No pocas veces la invitación tomaba las proporciones de una querella.

Iba á celebrarse la misa mayor, la misa que llaman de dalmática, como la de ayer de que hablaba el digno corresponsal, sólo que ahora el celebrante sería el padre Salví y entre las personas que iban á oirla estaría el alcalde de la provincia con otros muchos españoles y gente ilustrada para escuchar al padre Dámaso, que gozaba de gran fama en la provincia. El alférez mismo, escarmentado y todo de las predicaciones del padre Salví, acudía también para dar una prueba de su buena voluntad y desquitarse si era posible de los malos ratos que el cura le había dado. Tal fama tenía el padre Dámaso, que ya el corresponsal escribió de antemano al director del periódico lo siguiente:

«Como le había anunciado á usted en mis mal pergeñadas líneas de ayer, así ha sucedido. Hemos tenido la especial dicha de oir al M. R. P. fray Dámaso Verdolagas, antiguo cura de este pueblo, transferido hoy á otro mayor en premio de sus buenos servicios. El insigne orador sagrado ocupó la cátedra del Espíritu Santo pronunciando un elocuentísimo y profundísimo sermón, que edificó y dejó pasmados á todos los fieles que aguardaban ansiosos ver brotar de sus fecundos labios la saludable fuente de la eterna vida. Sublimidad y atrevimiento en los conceptos, novedad en las frases, elegancia en el estilo, naturalidad en los gestos, gracia en el hablar, gallardía en las ideas, he aquí las prendas del Bossuet español, que tiene justamente ganada su alta reputación, no sólo entre los ilustrados españoles, sino aun entre los rudos indios y los astutos hijos del Celeste Imperio.»

Sin embargo, el confiado corresponsal por poco no se ve obligado á borrar cuanto había escrito. El padre Dámaso se quejaba de cierto ligero catarro que había cogido la noche anterior: después de cantar unas alegres peteneras se había tomado tres vasos de sorbete y asistido un momento al espectáculo. A consecuencia de esto quería renunciar á ser el intérprete de Dios para con los hombres, pero no encontrándose otro que se hubiese aprendido la vida y milagros de San Diego,--el cura los sabía, es verdad, mas tenía que oficiar,--los otros religiosos hallaron unánimemente que el timbre de voz del padre Dámaso era inmejorable y que sería una gran lástima dejar de pronunciar sermón tan elocuente como el ya escrito y aprendido. Por esto, la antigua ama de llaves le preparó limonadas, le untó pecho y cuello con ungüentos y aceites, le envolvió en paños calientes, le sobó, etc., etc. El padre Dámaso tomó huevos crudos batidos en vino, y en toda la mañana ni habló ni se desayunó; apenas bebió un vaso de leche, una taza de chocolate y una docenita de bizcochos, renunciando heroicamente á su pollo frito y á su medio queso de la Laguna de todas las mañanas, porque, según el ama, pollo y queso tenían sal y grasa y podrían provocar la tos.

--¡Todo para ganar el cielo y convertirnos!--decían conmovidas las hermanas de la V. O. T., al enterarse de estos sacrificios.

--¡La Virgen de la Paz le castiga!--murmuraban las hermanas del Santísimo Rosario, que no le podían perdonar el haberse inclinado al lado de sus enemigas.

A las ocho y media salió la procesión á la sombra del entoldado de lona. Era por el estilo de la de ayer, si bien había una novedad: la Hermandad de la V. O. T. Viejos, viejas y algunas jóvenes camino de viejas exhibían largos hábitos de guingón; los pobres los gastaban de tela basta, los ricos de seda ó sea del guingón franciscano, que llaman por usarlo más los reverendos frailes franciscanos. Todos aquellos sagrados hábitos eran legítimos, venían del convento de Manila de donde el pueblo los adquiere por limosna, á cambio de dinero prix fixe, si se permite la frase de una tienda. Este precio fijo puede aumentarse, pero no disminuirse. Lo mismo que estos hábitos se venden también otros en el mismo convento y en el monasterio de Santa Clara, que poseen, además de la gracia especial de procurar muchas indulgencias á los muertos que en ellos se amortajan, la gracia más especial aún de ser más caros cuanto más viejos, raídos é inservibles son. Escribimos esto por si algún piadoso lector necesita de tales reliquias sagradas, ó algún tuno trapero de Europa quiere hacer fortuna llevándose á Filipinas un cargamento de hábitos zurcidos y mugrientos, pues llegan á costar dieciséis pesos ó más según el aspecto más ó menos haraposo.

San Diego de Alcalá iba en un carro adornado con planchas de plata repujada. El Santo, bastante delgado, tenía el busto de marfil de una expresión severa y majestuosa, á pesar del abundante cerquillo rizado como el de los negritos. Su vestido era de raso bordado de oro.

Nuestro venerable padre San Francisco seguía. Después la Virgen, como ayer, sólo que el sacerdote que venía debajo del palio, era esta vez el padre Salví y no el elegante padre Sibyla de modales tan distinguidos. Pero si bien al primero le faltaba hermoso continente, le sobraba unción: tenía las manos juntas en actitud mística, los ojos bajos, y andaba medio encorvado. Los que llevaban el palio eran los mismos cabezas de barangay, sudando de satisfacción al verse á la vez que semisacristanes, cobradores de tributos, redentores de la humanidad vagabunda y pobre, y por consiguiente Cristos que dan su sangre por los pecados de los otros. El coadjutor, de sobrepelliz, iba de un carro á otro llevando el incensario, con cuyo humo regalaba de tiempo en tiempo el olfato del cura, que entonces se ponía más serio aún y más grave.

Así andaba la procesión lenta, pausadamente al són de bombas, cantos y religiosas melodías, lanzadas al aire por las bandas de música, que seguían detrás de cada carro. Con tal afán, entretanto, distribuía el Hermano mayor cirios, que muchos de los acompañantes se retiraron á sus casas con luz para cuatro noches mientras juegan á las cartas. Devotamente se arrodillaban los curiosos al pasar el carro de la Madre de Dios y rezaban con fervor credos y salves.

Frente á una casa en cuyas ventanas, adornadas de vistosas colgaduras, se asomaban el alcalde, capitán Tiago, María Clara, Ibarra, varios españoles y señoritas, detúvose el carro; el padre Salví acertó levantar la vista, pero no hizo el más pequeño gesto que demostrase saludo ó que los reconociese: únicamente se irguió, se puso más derecho y la capa pluvial cayó sobre sus hombros con cierta gracia y más elegantemente.

En la calle, debajo de la ventana, había una joven de rostro simpático, vestida con mucho lujo, llevando en sus brazos un niño de corta edad. Nodriza ó niñera debía ser, pues el chico era blanco y rubio, y ella morena, y sus cabellos más negros que el azabache.

Al ver al cura, extendió el tierno infante sus manecitas, rióse con esa risa de la infancia que no provoca dolores ni es por ellos provocada, y gritó balbuceando en medio de un breve silencio: «¡Pa... pá! ¡Papá! ¡papá!»

La joven se estremeció, puso precipitadamente su mano sobre la boca y alejóse corriendo muy confusa. El niño echóse á llorar.

Los maliciosos se guiñaron unos á otros, y los españoles que vieron la corta escena se sonrieron. La natural palidez del padre Salví se trocó en un rojo amapola.

Y sin embargo, la gente no tenía razón: el cura no conocía siquiera á la mujer, que era una forastera.

XXX

EN LA IGLESIA

De extremo á extremo estaba lleno el camarín, que los hombres asignan por casa al Criador de cuanto existe.

Se empujaban, se oprimían, se machucaban unos á otros, exhalando ayes los pocos que salían y los muchos que entraban. Todavía, desde lejos, extendíase ya el brazo para mojar los dedos en agua bendita, pero á lo mejor venía la oleada y apartaba la mano: entonces se oía un gruñido, una mujer pisoteada renegaba, pero continuaban los empujones. Algunos viejos que conseguían refrescar sus dedos en el agua aquella, ya de color de cieno, en donde se lavara una población entera con más los forasteros, se untaban con ella devotamente, si bien con trabajo, el cogote, la coronilla, la frente, la nariz, la barba, el pecho y el ombligo, en la convicción de que así santificaban todas aquellas partes y no padecerían ni tortícolis, ni dolores de cabeza, ni tisis, ni indigestiones. Las personas jóvenes, bien porque no fuesen tan enfermizas ó no creyesen en aquella sagrada profilaxis, apenas humedecían la puntita del dedo--para que la gente devota no tuviese nada que decir,--y hacían de señalar la frente sin tocarla, por supuesto. «Será bendita y todo lo que se quiera,» pensaría alguna joven, «¡pero tiene un color!»

Se respiraba á duras penas; hacía calor y olía á animal bimano; pero el predicador valía todas aquellas molestias: su sermón le costaba al pueblo doscientos cincuenta pesos. El viejo Tasio había dicho:

--¡Doscientos cincuenta pesos por un sermón! ¡Un hombre solo y una sola vez! ¡La tercera parte de lo que cuestan los comediantes que trabajarán durante tres noches!... ¡Necesariamente debéis ser muy ricos!

--¿Qué tiene eso que ver con la comedia?--contestó malhumorado el nervioso maestro de los Hermanos de la V. O. T.;--con la comedia se van las almas al infierno, y con el sermón al cielo. Si hubiese pedido mil, le pagaríamos y todavía se lo tendríamos que agradecer...

--¡Después de todo, tenéis razón!--replicó el filósofo;--á mí al menos me divierte más el sermón que la comedia.

--¡Pues á mí ni la comedia!--gritaba furioso el otro.

--¡Lo creo, tanto entendéis del uno como del otro!

Y el impío se marchaba sin hacer caso de los insultos y funestas profecías que el irritable maestro hacía sobre su vida futura.

Mientras se esperaba al alcalde, la gente sudaba y bostezaba: agitaban el aire abanicos, sombreros y pañuelos; gritaban y lloraban los niños, lo que daba que trabajar á los sacristanes para echarlos del templo. Esto hacía pensar al concienzudo y flemático maestro de la Cofradía del Santísimo Rosario:

--«Dejad que los niños se acerquen á mí», decía N. S. Jesucristo, es verdad; pero aquí debe sobrentenderse «niños que no lloran.»

Una vieja, de las vestidas de guingón, la Hermana Putê, decía á su nieta, una chiquilla de seis años, que estaba á su lado arrodillada:

--¡Condenada! ¡estáte atenta, que vas á oir un sermón como el de Viernes Santo!

Y le dió un pellizco despertando la piedad de la chiquilla, que hizo una mueca, alargó el hocico y arrugó las cejas.

Algunos hombres, sentados en cuclillas, dormitaban cerca de los confesonarios. Un viejo, cabeceando, hacía creer á nuestra vieja que mascullaba rezos y hacía correr rápidamente los dedos por las cuentas de su rosario, que aquella era la manera más reverente de acatar los designios del cielo y poco á poco se puso á imitarle.

Ibarra estaba en un rincón; María Clara, arrodillada cerca del altar mayor en un sitio que el cura tuyo la galantería de hacer despejar por los sacristanes. Capitán Tiago, vestido de frac, se sentaba en los bancos destinados á las autoridades, por lo cual los chicos que no le conocían, le tomaban por otro gobernadorcillo y no osaban acercársele.

Por fin llegó el señor alcalde con su estado mayor, viniendo de la sacristía y ocupando uno de los magníficos sillones, sobre una alfombra colocados. El alcalde iba vestido de gran gala, luciendo la banda de Carlos III y cuatro ó cinco condecoraciones más.

El pueblo no le reconoció.

--¡Abá!--exclamó un labriego;--¡un civil vestido de comediante!

--¡Simple!--le contestó el vecino codeándole:--¡es el príncipe Villardo, que vimos anoche en el teatro!

El alcalde subió de categoría á los ojos del pueblo, llegando á ser encantado príncipe, vencedor de gigantes.

Empezó la misa. Los que estaban sentados se levantaron, los que dormían se despertaron por el campanilleo y la sonora voz de los cantores. El P. Salví, á pesar de su gravedad, parecía muy satisfecho, pues le servían de diácono y subdiácono nada menos que dos agustinos.

Cada cual cantó bien, cuando le llegó el turno, con voz más ó menos nasal y pronunciación obscura, menos el oficiante que la tenía algo temblorosa, desafinando no pocas veces, con gran extrañeza de los que le conocían. Se movía sin embargo, con precisión y elegancia; decía el Dóminus vobiscum con unción ladeando un poco la cabeza y mirando hacia la bóveda. Al verle recibir el humo del incienso, se habría dicho que Galeno tenía razón admitiendo el paso del humo de las fosas nasales al cráneo por la criba del etmoides, pues se erguía, echaba hacia atrás la cabeza, caminaba después hacia el centro del altar con tal prosopopeya y gravedad, que capitán Tiago le halló más majestuoso que el comediante chino de la noche anterior, vestido de emperador, pintarrajeado, con banderitas en la espalda, barba cerda de caballo y babuchas de alta suela.

--Indudablemente,--pensaba,--un solo cura nuestro tiene más majestad que todos los emperadores.

Por fin llegó el deseado momento de oir al P. Dámaso. Los tres sacerdotes se sentaron en sus sillones en actitud edificante, como diría el honrado corresponsal; el alcalde y demás gente de varas y bastones los imitaron; la música cesó.

Aquel paso del ruido al silencio, despertó á nuestra vieja hermana Putê, que ya roncaba, gracias á la música. Como Sigismundo, ó como el cocinero del cuento de Dornröschen, lo primero que hizo al despertarse fué dar un cogotazo á su nieta, que también se había dormido. Esta chilló, pero se distrajo pronto viendo á una mujer darse golpes de pecho convencida y entusiasmada.

Todos procuraron colocarse cómodamente; los que no tenían banco se sentaron en cuclillas, las mujeres sobre el suelo ó sus mismas piernas.

El P. Dámaso atravesó la multitud, precedido de dos sacristanes y seguido de otro fraile que llevaba un gran cuaderno. Desapareció al subir la escalera de caracol, pero pronto reapareció su redonda cabeza, después el grueso cogote seguido inmediatamente de su cuerpo. Miró á todas partes con seguridad, medio tosiendo; vió á Ibarra; un pestañeo particular dió á entender que no se olvidaría de él en sus oraciones; después una mirada de satisfacción al P. Sibyla y otra de desdén al P. Manuel Martín, el predicador de ayer. Concluida esta revista, volvióse disimuladamente al compañero diciéndole: «¡Atención, hermano!» Este abrió el cuaderno.

Pero el sermón merece capítulo aparte. Un joven que entonces aprendía la taquigrafía y que idolatra á los grandes oradores, lo estenografió; gracias á esto podemos traer aquí un trozo de la oratoria sagrada de aquellas regiones.

XXXI

EL SERMÓN

Fray Dámaso empezó lentamente, pronunciando á media voz:

«Et spíritum tuum bonum dedisti, qui dóceret eos, et manna tuum non prohibuisti ab ore eorum, et aquam dedisti eis in siti.»

«¡Y les diste tu espíritu bueno para que los enseñase y no quitaste tu maná de su boca y les diste agua en su sed!»

«Palabras que dijo el Señor por boca de Esdras, libro II, cap. IX, vers. 20.»

El P. Sibyla miró sorprendido al predicador; el P. Manuel Martín palideció y se tragó saliva; aquello era mejor que el suyo.

Sea que el P. Dámaso lo notara ó estuviese aún ronco, es el caso que tosió varías veces poniendo ambas manos sobre el antepecho de la santa tribuna. El Espíritu Santo estaba sobre su cabeza, acabado de pintar: blanco, limpio, con las patitas y el pico color de rosa.

«¡Excelentísimo Señor (al alcalde), virtuosísimos sacerdotes, cristianos, hermanos en Jesucristo!»

Aquí hizo solemne pausa, paseando de nuevo sus miradas por el auditorio, cuya atención y recogimiento le llenaron de satisfacción.

La primera parte del sermón debía ser en castellano y la otra en tagalo: loquebantur omnes linguas [109].

Después de los vocativos y de la pausa, extendió majestuosamente la mano derecha hacia el altar fijando la vista en el alcalde; después se cruzó de brazos lentamente sin decir una sola palabra, pero pasando de esta calma á la movilidad, echó hacia atrás la cabeza, señaló hacia la puerta mayor cortando el aire con el borde de la mano, con tanto ímpetu, que los sacristanes interpretaron el gesto por un mandato y cerraron las puertas; el alférez se inquietó y estuvo dudando sobre si salir ó quedarse, pero ya el predicador empezaba á hablar con voz fuerte, llena y sonora: decididamente la antigua ama era inteligente en medicina.

«Esplendoroso y relumbrante es el altar, ancha la puerta mayor, el aire es el vehículo de la santa palabra divina que brotará de mi boca, oid pues vosotros con los oídos del alma y del corazón, para que las palabras del Señor no caigan en terreno pedregoso y las coman las aves del Infierno, sino que crezcáis y brotéis como una santa simiente en el campo de nuestro venerable y seráfico P. S. Francisco. Vosotros, grandes pecadores, cautivos de los moros del alma, que infestan los mares de la vida eterna en poderosas embarcaciones de la carne y del mundo, vosotros que estáis cargados con los grilletes de la lascivia y concupiscencia y remáis en las galeras del Satán infernal, ved ahí con reverente compunción al que rescata las almas de la cautividad del demonio, al intrépido Gedeón, al esforzado David, al victorioso Roldán del Cristianismo, al guardia civil celestial, más valiente que todos los guardias civiles juntos, habidos y por haber»...--(El alférez arruga el ceño),--«sí, señor alférez, más valiente y prepotente, que sin más fusil que una cruz de palo, vence con denuedo al eterno tulisán de las tinieblas y á todos los secuaces de Luzbel y habría á todos para siempre extirpado, si los espíritus no fuesen inmortales. Esta maravilla de la creación divina, este portento imposible es el bienaventurado Diego de Alcalá, que, valiéndome de una comparación, porque las comparaciones ayudan bien á la comprensión de las cosas incomprensibles, como dijo el otro, digo pues que este gran santo es únicamente un soldado último, un ranchero en nuestra poderosísima compañía, que desde el cielo manda nuestro seráfico P. S. Francisco, á la que tengo la honra de pertenecer como cabo ó sargento por la gracia de Dios.»

Los rudos indios, que dice el corresponsal, no pescaron del párrafo otra cosa que las palabras guardia civil, tulisán, S. Diego y S. Francisco, observaron la mala cara que había puesto el alférez, el gesto belicoso del predicador y dedujeron que regañaba á aquél porque no perseguía á los tulisanes. San Diego y S. Francisco se encargarían de ello, y muy bien, como le prueba una pintura, existente en el convento de Manila, en que S. Francisco con sólo su cordón había contenido la invasión china en los primeros años del descubrimiento. Alegráronse, pues, no poco los devotos, agradecieron á Dios esta ayuda, no dudando que una vez desaparecidos los tulisanes, S. Francisco destruiría también á los guardias civiles. Redoblaron, pues, la atención siguiendo al P. Dámaso, que continuó:

«Excelentísimo señor: Las grandes cosas siempre son grandes cosas aun al lado de las pequeñas, y las pequeñas siempre son pequeñas aun al lado de las grandes. Esto dice la Historia, pero como la Historia da una en el clavo y ciento en la herradura, como cosa hecha por los hombres, y los hombres se equivocan: errarle es hominum [110] como dice Cicerón, el que tiene boca se equivoca, como dicen en mi país, resulta que hay más profundas verdades que no dice la Historia. Estas verdades, Excmo. Señor, ha dicho el Espíritu divino en su suprema sabiduría que jamás comprendió la humana inteligencia desde los tiempos de Séneca y Aristóteles, esos sabios religiosos de la antigüedad, hasta nuestros pecadores días, y estas verdades son que no siempre las cosas pequeñas son pequeñas, sino son grandes, no al lado de las chicas, sino al lado de las más grandes de la tierra y del cielo y del aire y de las nubes y de las aguas y del espacio y de la vida y de la muerte...»

--¡Amén!--contestó el maestro de la V. O. T. y se santiguó.

Con esta figura de retórica, que aprendiera de un gran predicador en Manila, quería el P. Dámaso sorprender á su auditorio, y en efecto, su Espíritu Santo, embobado con tantas verdades, necesitó que le tocara con el pie para recordarle su misión.

--¡Patente está á vuestros ojos!--dijo el Espíritu desde abajo.