Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau

Part 16

Chapter 163,783 wordsPublic domain

Las casas principiaban á iluminarse, y en las calles, que recorría la música, encendíanse las arañas de caña y madera, imitación de las de la iglesia.

Desde la calle, al través de las abiertas ventanas, se veía á la gente bullir en las casas, en una atmósfera de luz y perfumes de las flores, á los acordes del piano, arpa ú orquesta. Cruzaban las calles chinos, españoles, filipinos, y éstos ya vistiendo el traje europeo, ya el del país. Andaban confundidos codeándose y empujándose criados cargando carne y gallinas, estudiantes vestidos de blanco, hombres y mujeres, exponiéndose á ser atropellados por coches y calesas, que á pesar del tabî [105] de los conductores, difícilmente se abrían paso.

Delante de la casa de Cpn. Basilio, algunos jóvenes saludaron á nuestros conocidos y los invitaron á que visitaran la casa. La alegre voz de Sinang que descendía las escaleras corriendo puso fin á toda escusa.

--Subid un momento para que yo pueda salir con vosotras,--decía.--Me aburre estar entre tantos desconocidos, que sólo hablan de gallos y barajas.

Subieron.

La sala estaba llena de gente. Algunos se adelantaron para saludar á Ibarra cuyo nombre era conocido de todos; contemplaban extasiados la hermosura de María Clara, y algunas viejas murmuraban mientras mascaban buyo: «¡Parece la Virgen!»

Allí tuvieron que tomar chocolate. Capitán Basilio se había hecho íntimo amigo y defensor de Ibarra desde el día de campo. Supo por el telegrama, regalado á su hija Sinang, que estaba enterado de que el pleito había sido sentenciado á su favor, por lo cual, no queriendo dejarse vencer en generosidad, trataba de anular lo del juego de ajedrez. Pero, no consintiendo Ibarra en ello, capitán Basilio propuso que el dinero con que debía pagar las costas, se emplease en pagar á un maestro en la futura escuela. A consecuencia de esto, el orador empleaba su oratoria para que los otros contrarios desistiesen de sus extrañas pretensiones y les decía:

--¡Creedme: en los pleitos el que gana se queda sin camisa!

Pero no llegaba á convencer á nadie, á pesar de citar á los romanos.

Después de tomar el chocolate, nuestros jóvenes tuvieron que oir el piano, tocado por el organista del pueblo.

--Cuando le oigo en la iglesia,--decía Sinang señalándole,--me dan ganas de bailar; ahora que toca el piano se me ocurre rezar. Por esto me marcho con vosotras.

--¿Quiere usted venir con nosotros esta noche?--preguntaba capitán Basilio al oído de Ibarra al despedirse:--el P. Dámaso va á poner una pequeña banca.

Ibarra se sonrió y contestó con un movimiento de cabeza que tanto equivalía á un sí como á un no.

--¿Quién es ése? preguntó María Clara á Victoria señalando con una rápida mirada á un joven que las seguía.

--Ese... ése es un primo mío, contestó algo turbada.

--Y ¿el otro?

--Ese no es primo mío,--contestó vivamente Sinang;--es un hijo de mi tía.

Pasaron por delante de la casa parroquial, que por cierto no era de las menos animadas. Sinang no pudo contener una exclamación de asombro al ver que ardían las lámparas, de una forma antiquísima, que el P. Salví no dejaba nunca encender por no gastar petróleo. Oíanse gritos y sonoras carcajadas, veíase á los frailes andar lentamente moviendo á compás la cabeza y el grueso puro que adornaba sus labios. Los seglares que entre ellos estaban procuraban imitar cuanto hacían los buenos religiosos. Por el traje europeo que vestían debían ser empleados ó autoridades en la provincia.

María Clara distinguió los redondos contornos del P. Dámaso al lado de la correcta silueta del P. Sibyla. Inmóvil en su sitio estaba el misterioso y taciturno P. Salví.

--¡Está triste!--observó Sinang;--piensa en lo que le van á costar tantas visitas. Pero ya veréis como no lo paga él, sino los sacristanes. Sus visitas siempre comen en otra parte.

--¡Sinang!--le reprende Victoria.

--No le puedo sufrir desde que rompió la Rueda de la Fortuna; yo ya no me confieso con él.

Entre todas las casas, se distinguía una que ni estaba iluminada, ni tenía las ventanas abiertas: era la del alférez. Extrañóse de ello María Clara.

--¡La bruja! ¡la Musa de la Guardia Civil, como dice el viejo! exclamó la terrible Sinang. ¿Qué tiene ella que ver con nuestras alegrías? ¡Estará rabiando! Deja que venga el cólera y verás como da un convite.

--¡Pero, Sinang!--vuelve á reprender su prima.

--Nunca la he podido sufrir y menos desde que turbó nuestra fiesta con sus guardias civiles. A ser yo arzobispo, la casaba con el P. Salví... ¡vería qué hijitos! Mira que hacer prender al pobre piloto, que se arrojó al agua por complacer...

No pudo concluir la frase: en el ángulo de la plaza donde un ciego cantaba al són de una guitarra el romance de los peces, se presentaba un raro espectáculo.

Era un hombre cubierto con un ancho salakot de hojas de palma, y vestido miserablemente. Consistía su traje en una levita, hecha jirones, y unos calzones anchos, como los de los chinos, rotos en diferentes sitios. Miserables sandalias calzaban sus pies. Su rostro quedaba todo en sombras gracias á su salakot, pero de aquellas tinieblas partían de cuando en cuando dos fulgores, que se apagaban al instante. Era alto y por sus movimientos debía creerse que era joven. Depositaba un cesto en tierra, y se alejaba después pronunciando sonidos extraños, incomprensibles; permanecía de pie, completamente aislado, como si él y la muchedumbre se esquivasen mutuamente. Entonces, acercábanse algunas mujeres á su cesta, depositaban frutas, pescado, arroz, etc. Cuando ya no había nadie que se acercase, salían de aquellas sombras otros sonidos más tristes, pero menos lastimeros, acción de gracias tal vez; recogía su cesta y se alejaba para repetir lo mismo en otro sitio.

María Clara presintió allí una desgracia y preguntó, llena de interés, por aquel extraño sér.

--Es el leproso,--contestó Iday.--Hace cuatro años ha contraído esa enfermedad: unos dicen por cuidar á su madre, otros por haber estado en la húmeda prisión. Vive allá en el campo, cerca ya del cementerio de los chinos; no se comunica con nadie, todos huyen de él por temor de contagiarse. ¡Si vieras su casita! Es la casita de Giring-giring [106]: el viento, la lluvia y el sol entran y salen como la aguja en la tela. Le han prohibido tocar nada que perteneciese á la gente. Un día cayó un chiquillo en el canal, el canal no era profundo, pero él, que pasaba cerca, le ayudó á salir de allí. Súpolo el padre, se quejó al gobernadorcillo, y éste le mandó dar seis azotes en medio de la calle, quemando después el bejuco. ¡Aquello era atroz! el leproso corría huyendo, el azotador le perseguía y el gobernadorcillo le gritaba: «¡Aprende! más vale que uno se ahogue que no que enferme como tú.»

--¡Es verdad!--murmuró María Clara.

Y sin darse cuenta de lo que hacía, acercóse rápidamente á la cesta del desgraciado y depositó en ella el relicario que acababa de regalarle su padre.

--¿Qué has hecho?--le preguntaron sus amigas.

--¡No tenía otra cosa!--contestó disimulando con una risa las lágrimas de sus ojos.

--Y ¿qué va él á hacer con tu relicario?--le dijo Victoria.--Un día le dieron dinero, pero con una caña le alejó de sí: ¿para qué lo quería si nadie acepta nada que venga de él? ¡Si el relicario pudiera comerse!

María Clara miró con envidia á las mujeres que vendían comestibles, y se encogió de hombros.

Pero el lazarino se acercó á la cesta, cogió la alhaja que brilló entre sus manos, se arrodilló, la besó y después descubriéndose hundió la frente en el polvo que la joven había pisado.

María Clara ocultó el rostro detrás de su abanico y se llevó el pañuelo á los ojos.

Entretanto se había acercado una mujer al desgraciado que parecía orar. Traía la larga cabellera suelta y desgreñada, y á la luz de los faroles se vieron las facciones extremadamente demacradas de la loca Sisa.

Al sentir su contacto, el lazarino soltó un grito y se levantó de un salto. Pero la loca se agarró á su brazo, con gran horror de la gente, y decía:

--¡Recemos, recemos! ¡Hoy es el día de los muertos! Esas luces son las vidas de los hombres; ¡recemos por mis hijos!

--¡Separadla, separadlos! ¡que se va á contagiar la loca!--gritaba la multitud, pero nadie se atrevía á acercarse.

--¿Ves aquella luz en la torre? ¡Aquella es mi hijo Basilio que baja por una cuerda! ¿Ves aquella allá en el convento? Aquella es mi hijo Crispín, pero yo no voy á verlos porque el cura está enfermo y tiene muchas onzas, y las onzas se pierden. ¡Recemos, recemos por el alma del cura! Yo le llevaba amargoso y zarzalidas; mi jardín estaba lleno de flores, y tenía dos hijos. ¡Yo tenía jardín, cuidaba flores, y tenía dos hijos!

Y soltando al lazarino se alejó cantando:

«¡Yo tenía jardín y flores, yo tenía hijos, jardín y flores!»

--¿Qué has podido hacer por esa pobre mujer?--preguntó María Clara á Ibarra.

--¡Nada; estos días había desaparecido del pueblo y no se la podía encontrar!--contestó medio confuso el joven.--He estado además muy ocupado, pero no te aflijas; ¡el cura se interesa mucho por ella!

--¿No decía el alférez que haría buscar á los niños?

--¡Sí, pero entonces estaba un poco... bebido!

Apenas acabada de decir esto, cuando vieron á la loca, arrastrada más bien que conducida por un soldado: Sisa oponía resistencia.

--¿Por qué la prendéis? ¿Qué ha hecho?--preguntó Ibarra.

--¿Qué? ¿No habéis visto cómo ha alborotado?--contestó el custodio de la pública tranquilidad.

El lazarino recogió precipitadamente su cesto y se alejó.

María Clara quiso retirarse, pues había perdido la alegría y el buen humor.

--¡También hay gentes que no son felices!--murmuraba.

Al llegar á la puerta de su casa, sintió aumentar su tristeza al ver que su novio se negaba á subir y se despedía.

--¡Es necesario!--decía el joven.

María Clara subió las escaleras pensando en lo aburridos que son los días de fiesta, cuando vienen las visitas de los forasteros.

XXVIII

CORRESPONDENCIAS

Cada cual habla de la feria según le va en ella.

No habiendo sucedido nada importante para nuestros personajes, ni en la noche de la víspera ni al siguiente día, saltaríamos gustosos al último, si no considerásemos que acaso algún lector extranjero desee conocer cómo celebran sus fiestas los filipinos. Para esto copiaremos al pie de la letra varias cartas, una de ellas la del corresponsal de un serio y distinguido periódico de Manila, venerable por su tono y alta severidad. Nuestros lectores rectificarán algunas ligeras y naturales inexactitudes.

El digno corresponsal del noble periódico escribía así:

«Sr. Director...

»Mi distinguido amigo: Jamás presencié, ni espero ver en provincias, fiesta religiosa tan solemne, espléndida y conmovedora como la que se celebra en este pueblo por los M. M. R. R. y virtuosos P. P. Franciscanos.

»La concurrencia es grandísima; aquí he tenido la felicidad de saludar á casi todos los españoles, residentes en esta provincia, á tres R. R. P. P. Agustinos de la Provincia de Batangas, á dos R. R. P. P. Dominicos, uno de ellos el M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla, que con su presencia ha venido á honrar este pueblo, lo cual no deben olvidar jamás sus dignos habitantes. He visto también á gran número de principales de Cavite, Pampanga, á muchos ricos de Manila, y muchas bandas de música, entre ellas la refinadísima de Pagsanghan, propiedad del escribano, don Miguel Guevara, y á multitud de chinos é indios, que con la curiosidad que caracteriza á los primeros y religiosidad de los últimos, esperaban con ansia el día en que había de celebrarse la solemne fiesta, para asistir al espectáculo cómico-mímico-lírico-coreográfico-dramático, para cuyo fin se había levantado un grande y espacioso tablado en medio de la plaza.

»A las nueve de la noche del día diez, la víspera de la fiesta, después de la opípara cena con que nos obsequió el Hermano mayor, llamaron la atención de cuantos españoles y frailes estábamos en el convento, los acordes de dos músicas que con acompañamiento de apiñada multitud y al ruido de cohetes y bombazos, y precedidas por los principales del pueblo, venían al convento para sacarnos y conducirnos al sitio preparado y destinado para nosotros á fin de presenciar el espectáculo.

»Tuvimos que ceder á tan galante ofrecimiento, por más que yo hubiera preferido descansar en los brazos de Morfeo y dar grato reposo á mis doloridos miembros, gracias á las sacudidas del vehículo que nos proporcionó el gobernadorcillo del pueblo de B.

»Bajamos, pues, y fuimos á buscar á nuestros compañeros que cenaban en la casa que aquí tiene el piadoso y opulento don Santiago de los Santos. El cura del pueblo, el M. R. P. Fr. Bernardo Salví, y el M. R. P. Fr. Dámaso Verdolagas, que ya está por especial favor del Altísimo restablecido de la dolencia, que mano impía sobre él causara, en compañía del M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla y el virtuoso cura de Tenauan, con otros españoles más, eran los invitados en casa del Creso filipino. Allí hemos tenido la dicha de admirar, no solamente el lujo y el buen gusto de los dueños de la casa, que no es común entre los naturales, sino también á la preciosa, bellísima y rica heredera, que demostró ser una consumada discípula de Santa Cecilia tocando en su elegante piano, con una maestría que me hizo recordar á la Gálvez, las mejores composiciones alemanas é italianas. Lástima que tan perfecta señorita sea tan excesivamente modesta y oculte sus méritos á la sociedad que para ella sólo tiene admiraciones. No debo dejar en el tintero que en casa del anfitrión nos hicieron tomar champaña y finos licores, con la profusión y esplendidez que caracterizan al capitalista conocido.

»Asistimos al espectáculo. Ya conoce usted á nuestros artistas Ratia, Carvajal y Fernández; sus gracias sólo fueron comprendidas por nosotros, pues la clase no ilustrada no pescó de ello ni una jota. Chananay y Balbino, bien, aunque algo ronquillos: el último soltó un pollito, pero en conjunto y buena voluntad admirables. A los indios, sobre todo el gobernadorcillo, gustó mucho la comedia tagala: este último se frotaba las manos y nos decía que era una lástima que no hubiesen hecho pelear á la princesa con el gigante que la había robado, lo cual en su opinión habría sido más maravilloso, y más, si el gigante llegaba á ser invulnerable menos en el ombligo, como un tal Ferragús de que habla la historia de los Doce Pares. El M. R. P. Fr. Dámaso, con esa bondad de corazón que le distingue, participaba de la opinión del gobernadorcillo y añadía que en tal caso la princesa ya se arreglaría para descubrirle al gigante su ombligo y darle el golpe de gracia.

»Excuso decirle que durante el espectáculo no permitió que faltase nada la amabilidad del Rothschildt filipino: sorbetes, limonadas gaseosas, refrescos, dulces, vinos, etcétera, etc. corrían con profusión entre los que estábamos allí. Notóse mucho y con razón la ausencia del conocido é ilustrado joven don Juan Crisóstomo Ibarra que, como usted sabe, debe mañana presidir la bendición de la primera piedra para el gran monumento que tan filantrópicamente hace levantar. Este digno descendiente de los Pelayos y Elcanos (porque, según he sabido, uno de sus abuelos paternos es de nuestras heroicas y nobles provincias del Norte, acaso uno de los primeros compañeros de Magallanes ó Legaspi) tampoco se ha dejado ver en el resto del día, á causa de un pequeño malestar. Su nombre corre de boca en boca y sólo lo pronuncian con alabanzas que no pueden menos de redundar en gloria de España y de los legítimos españoles como nosotros, que no desmentimos jamás nuestra sangre, por mezclada que pudiese estar.

»Hoy, 11, por la mañana, presenciamos un espectáculo altamente conmovedor. Este día, como es público y notorio, es la fiesta de la Virgen de la Paz, y la celebran los Hermanos del Smo. Rosario. Mañana será la fiesta del Patrón San Diego y toman parte en ella principalmente los Hermanos de la V. O. T. Entre estas dos corporaciones hay una emulación piadosa para servir á Dios, y esta piedad llega hasta el extremo de provocar santos disgustos entre ambas, como lo sucedido últimamente por disputarse el gran predicador de reconocida fama, el tantas veces nombrado M. R. P. Fr. Dámaso, que ocupará mañana la cátedra del Espíritu Santo con un sermón que será, según creencia general, un acontecimiento religioso y literario.

»Pues, como íbamos diciendo, presenciamos un espectáculo altamente edificante y conmovedor. Seis jóvenes religiosos, tres que debían decir misa y los otros tres de acólitos, salieron de la sacristía, y postrados ante el altar, entonó el celebrante, que era el M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla, el Surge Dómine, con que debía empezar la procesión al rededor de la iglesia, con aquella magnífica voz y religiosa unción que todo el mundo le reconoce y le hacen tan digno de la admiración general. Terminado el Surge Dómine, el gobernadorcillo, vestido de frac, con el guión, seguido de cuatro acólitos con incensarios, empezó la procesión. Tras ellos venían los ciriales de plata, la municipalidad, las preciosas imágenes vestidas de raso y oro, representando á Santo Domingo, San Diego y la Virgen de la Paz con un magnífico manto azul con planchas de plata dorada, regalo del virtuoso exgobernadorcillo, muy digno de imitarse y nunca suficientemente nombrado, don Santiago de los Santos. Todas estas imágenes iban en carros de plata. Tras la madre de Dios veníamos los españoles y los otros religiosos: el oficiante iba protegido por un palio que llevaban los cabezas de barangay, y cerraba la procesión el benemérito cuerpo de la guardia civil. Creo inútil decir que una multitud de indios formaban las dos filas de la procesión, llevando con gran piedad cirios encendidos. La música tocaba religiosas marchas; repetidas salvas hacían bombas y ruedas de fuego. Causa admiración ver la modestia y fervor que estos actos inspiran en el corazón de los creyentes, la fe pura y grande que á la Virgen de la Paz profesan, la solemnidad y ferviente devoción con que tales solemnidades celebramos los que tuvimos la dicha de nacer bajo el sacrosanto é inmaculado pabellón de España.

»Terminada la procesión, se dió principio á la misa ejecutada por la orquesta y los artistas del teatro. Después del Evangelio, subió al púlpito el M. R. P. fray Manuel Martín, agustino que ha venido de la provincia de Batangas, el cual ha tenido absorto y pendiente de su palabra á todo el auditorio y principalmente á los españoles en el exordio en castellano, que dijo con valentía y frases tan fácilmente traídas y adecuadas, que llenaban nuestros corazones de fervor y entusiasmo. Esta palabra, pues, es lo que debe darse á lo que se siente ó sentimos cuando se trata de la Virgen y de nuestra querida España, y sobre todo cuando pueden intercalarse en el texto, puesto que la materia se presta, las ideas de un príncipe de la Iglesia, el señor Monescillo [107], que son con seguridad las de todos los españoles.

»Concluída la misa subimos todos al convento juntamente con los principales del pueblo y otras personas de importancia, donde fueron muy bien obsequiados con la finura, atención y prodigalidad que caracterizan al M. R. P. fray Salví, ofreciéndoles cigarros y un fuerte tente-en-pie que el Hermano mayor había preparado debajo del convento, para todo el que necesitase acallar las necesidades de su estómago.

»Durante el día no faltó nada para hacer alegre la fiesta y para conservar la animación característica de los españoles, que en ocasiones tales no pueden contenerse, demostrando ya en canciones ó bailes, ya en otras sencillas y alegres distracciones, que tienen corazón noble y fuerte, que las penas no les abaten y que basta se reunan en un sitio dado tres españoles para que la tristeza y malestar de allí se ausenten. Rindióse, pues, culto á Terpsícore en muchas casas, pero principalmente en la del ilustrado millonario filipino, á donde fuimos todos invitados á comer. Excuso decirle á usted que el banquete, opípara y brillantemente servido, fué la segunda edición de las bodas de Caná ó Camacho, corregida y aumentada. Mientras gozábamos de los placeres de la bucólica que dirigía un cocinero de la Campana, tocaba la orquesta armoniosas melodías. La hermosísima señorita de la casa lucía un traje de mestiza y una cascada de brillantes, y fué como siempre la reina de la fiesta. Todos deploramos en el fondo de nuestra alma que una ligera torcedura de su lindo pie la haya privado de los placeres del baile, pues si hemos de juzgar por lo que sus perfecciones en todo demuestran, la señorita de los Santos debe bailar como una sílfide.

»El alcalde de la provincia ha llegado esta tarde con objeto de solemnizar con su presencia la ceremonia de mañana. Ha deplorado el malestar del distinguido propietario señor Ibarra, que, gracias á Dios, según se nos ha dicho, ya está mejor.

»Esta noche hubo procesión solemne, pero de esto le hablaré en mi carta de mañana, porque, además de los bombazos que me han aturdido y vuelto algo sordo, estoy muy cansado y me caigo de sueño. Mientras, pues, recupero fuerzas en los brazos de Morfeo ó sea en el catre del convento, deseo á usted, mi distinguido amigo, buenas noches y hasta mañana, que será el gran día.

Su affmo. amigo q. b. s. m.

»San Diego, 11 de Noviembre.

El corresponsal.»

Esto escribía el bueno del corresponsal. Veamos ahora qué escribía capitán Martín á su amigo Luis Chiquito:

«Querido Choy: Ven corriendo, si puedes, que la fiesta es muy alegre; figúrate que capitán Joaquín está casi desbancado: capitán Tiago le ha doblado tres veces y las tres en puertas, con lo que Cabezang Manuel, el dueño de la casa, se vuelve cada vez más pequeño de alegría. El padre Dámaso rompió de un puñetazo una lámpara porque hasta ahora no ha ganado una carta; el cónsul ha perdido en sus gallos y en la banca todo lo que nos ha ganado en la fiesta de Biñang y en la del Pilar de Santa Cruz.

»Esperábamos que capitán Tiago nos trajese á su futuro yerno, el rico heredero de don Rafael, pero parece que quiere imitar á su padre, porque ni siquiera se ha dejado ver. ¡Lástima! Parece que no será nunca de provecho.

»El chino Carlos está haciendo una grande fortuna con el liam-pó; sospecho que lleva algo oculto, tal vez un imán: se queja continuamente de dolores de cabeza que lleva vendada, y cuando el cubo del liam-pó se pára poco á poco, entonces se inclina casi hasta tocarle, como si lo quisiese observar bien. Estoy escamado, porque sé otras historias parecidas.

»Adiós, Choy; mis gallos van bien y mi mujer está alegre y se divierte.

»Tu amigo

Martín Aristorenas.»

Ibarra había recibido también un billetito perfumado, que Andeng, la hermana de leche de María Clara, le había entregado á la noche del primer día de la fiesta. El billete decía: