Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau

Part 14

Chapter 144,021 wordsPublic domain

Pero María Clara, toda encarnada, le tapó la boca con sus manos, y no la dejó continuar.

--¡Entonces, dadme la rueda!--dijo Crisóstomo sonriendo.

--Pregunto: «¿Si saldré bien en mi actual empresa?»

--¡Vaya una fea pregunta!--exclamó Sinang.

Ibarra echó los dados, y con arreglo á su número buscaron la página y el renglón.

--«¡Los sueños sueños son!»--leyó Albino.

Ibarra sacó el parte telegráfico y lo abrió temblando:

--¡Esta vez, vuestro libro ha mentido!--exclamó lleno de alegría.--¡Leed!

«Proyecto escuela aprobado, otro sentenciado á su favor.»

--¿Qué significa esto?--le preguntaron.

--¿No decíais que hay que regalar algo á la que mejor contestación obtenga?--preguntó con voz temblorosa de emoción mientras partía cuidadosamente el papel en dos pedazos.

--¡Sí! ¡Sí!

--Pues bien, este es mi regalo,--dijo entregando á María Clara la mitad;--en el pueblo he de levantar una escuela para niños y niñas; esta escuela será mi regalo.

--Y ese otro pedazo ¿qué quiere decir?

--Esto se lo regalaré á quien haya obtenido la peor respuesta.

--¡Pues yo! ¡entonces á mí!--gritó Sinang.

Ibarra le dió el papel y se alejó rápidamente.

--Y esto ¿qué quiere decir?

Pero el feliz joven ya estaba lejos y volvía á proseguir su partida de ajedrez.

Fray Salví se acercó como distraído al alegre círculo de los jóvenes. María Clara se secaba una lágrima de alegría.

Cesó entonces la risa y enmudeció la conversación. El cura miraba á los jóvenes sin acertar á decir una sola palabra; éstos esperaban que él hablase y guardaban silencio.

--¿Qué es esto?--pudo al fin preguntar cogiendo el librito y medio hojeándolo.

--«La rueda de la Fortuna,» un libro de juego,--contestó León.

--¿No sabéis que es un pecado creer en estas cosas?--dijo, y rasgó con ira las hojas.

Gritos de sorpresa y disgusto se escaparon de todos los labios.

--¡Mayor pecado es disponer de lo que no es suyo contra la voluntad del dueño!--replicó Albino levantándose.--Padre cura, eso se llama robar, y Dios y los hombres lo prohiben.

María Clara juntó las manos y miró con ojos llorosos los restos de aquel libro que hace poco la había hecho tan feliz.

Fray Salví, contra lo que esperaban los presentes, no le replicó á Albino: quedóse viendo cómo revoloteaban las desgarradas hojas, yendo á parar algunas en el bosque, otras en el agua; después se alejó tambaleando con las dos manos sobre la cabeza. Detúvose algunos segundos hablando con Ibarra, que le acompañó hasta uno de los coches, dispuestos para llevar ó conducir á los invitados.

--¡Hace bien en marcharse ese espanta-alegrías!--murmuraba Sinang.--Tiene una cara que parece decir: «No te rías, que conozco tus pecados.»

Después del regalo que había hecho á su prometida, Ibarra estaba tan contento, que empezó á jugar sin reflexionar ni entretenerse examinando con cuidado el estado de las piezas.

De esto resultó que, aunque capitán Basilio se defendía ya sólo á duras penas, la partida llegó á igualarse, gracias á muchas faltas que el joven cometió después.

--¡Sobreseemos, sobreseemos!--decía capitán Basilio alegremente.

--¡Sobreseemos!--repitió el joven,--sea cualquiera el fallo que los jueces hayan podido dar.

Ambos se dieron la mano y se la estrecharon con efusión.

Mientras los presentes celebraban este acontecimiento que daba fin á un pleito que tenía á ambas partes ya fastidiadas, la repentina llegada de cuatro guardias civiles y un sargento, armados todos y con la bayoneta calada, turbó la alegría é introdujo el espanto en el círculo de las mujeres.

--¡Quieto todo el mundo!--gritó el sargento.--¡Un tiro al que se mueva!

A pesar de esta brutal fanfarronada, Ibarra se levantó y se le acercó.

--¿Qué quiere usted?--preguntó.

--Que nos entregue ahora mismo á un criminal llamado Elías, que les servía de piloto esta mañana,--contestó con tono de amenaza.

--¿Un criminal?... ¿El piloto? ¡Debe usted estar equivocado!--repuso Ibarra.

--No, señor: ese Elías está nuevamente acusado de haber puesto la mano en un sacerdote...

--¡Ah! y ¿es ése el piloto?

--El mismo, según se nos dice. Admite usted en sus fiestas á gente de mala fama, señor Ibarra.

Este le miró de pies á cabeza y le contestó con soberano desprecio:

--¡No tengo que dar á usted cuenta de mis acciones! En nuestras fiestas todo el mundo es bien recibido, y usted mismo que hubiera venido, habría encontrado un sitio en la mesa, como su alférez, que hace dos horas estaba entre nosotros.

Y dicho esto, le volvió las espaldas.

El sargento se mordió los bigotes, y considerando que era la parte más débil, ordenó que buscasen en todas partes y entre los árboles al piloto cuyas señas traían en un pedazo de papel. Don Filipo le decía:

--Note usted que esas señas convienen á las nueve décimas partes de los naturales; ¡no vaya usted á dar un paso en falso!

Al fin volvieron los soldados diciendo que no habían podido ver ni banca ni hombre alguno que infundiese sospechas: el sargento balbuceó algunas palabras y se marchó como había venido.

La alegría volvió poco á poco á renacer, llovieron las preguntas y abundaron los comentarios.

--¡Con que ése es el Elías que arrojó al alférez á un charco!--decía León pensativo.

--Y ¿cómo fué eso? ¿cómo fué?--preguntaban algunos curiosos.

--Dicen que por Septiembre, en un día muy lluvioso, se encontró el alférez con un hombre que venía cargando leña. La calle estaba muy encharcada y solamente en la orilla había un estrecho paso, transitable para una persona. Dicen que el alférez, en vez de detener su caballo, picó espuelas, gritando al hombre que retrocediese: éste parecía que tenía pocas ganas de desandar lo andado por la carga que llevaba sobre el hombro, ó no quería hundirse en el charco y siguió adelante. El alférez, irritado, le quiso atropellar, pero el hombre cogió un trozo de leña y dió al animal en la cabeza con tal fuerza, que el caballo cayó arrastrando al jinete al lodazal. Dicen también que el hombre siguió tranquilo su camino sin hacer caso de las cinco balas, que desde el charco le envió una tras otra el alférez, ciego de furia y de lodo. Como el hombre era enteramente desconocido para él, se supuso que sería el célebre Elías, llegado á la provincia hacía algunos meses, venido sin saberse de dónde, y que se ha dado á conocer á los guardias civiles de algunos pueblos por hechos parecidos.

--¿Es, pues, un tulisán?--preguntó Victoria estremeciéndose.

--No lo creo, porque dicen que se ha batido una vez contra los tulisanes que saqueaban una casa.

--¡No tiene cara de malhechor!--añadió Sinang.

--No, sólo que su mirada es muy triste: no le he visto sonreir en toda la mañana,--repuso pensativa María Clara.

Así pasó la tarde y vino la hora de volver al pueblo.

A los últimos rayos del sol moribundo salieron del bosque pasando en silencio cerca de la misteriosa tumba del antepasado de Ibarra. Después las alegres conversaciones volvieron á reanudarse vivas, llenas de color, bajo las ramas aquellas, poco acostumbradas á escuchar tantos acentos. Los árboles parecían tristes, las enredaderas se balanceaban como diciendo: «¡Adiós, juventud! ¡Adiós, sueño de un día!»

Y ahora, á la luz de las rojizas y gigantescas antorchas de caña y al són de las guitarras, dejémoslos en su camino hacia el pueblo. Los grupos disminuyen, las luces se apagan, el canto cesa, la guitarra enmudece á medida que se van acercando á las moradas de los hombres. ¡Poneos la máscara, que estáis otra vez entre vuestros hermanos!

XXV

EN CASA DEL FILÓSOFO

A la mañana del día siguiente, Juan Crisóstomo Ibarra, después de visitar sus tierras, se dirigió á casa del anciano Tasio.

Completa tranquilidad reinaba en el jardín, pues las golondrinas, que revoloteaban en torno de los aleros, apenas hacían ruido. El musgo crecía en el viejo muro donde una especie de yedra trepaba, bordando las ventanas. Aquella casita parecía la mansión del silencio.

Ibarra ató cuidadosamente su caballo á un poste, y caminando casi de puntillas, atravesó el jardín, limpia y escrupulosamente mantenido; subió las escaleras y, como la puerta estaba abierta, entró.

Lo primero que se presentó á sus ojos fué el viejo, inclinado sobre un libro en el que parecía escribir. En las paredes se veían colecciones de insectos y hojas, entre mapas y viejos estantes llenos de libros y manuscritos.

El viejo estaba tan absorto en su ocupación que sólo notó la llegada del joven en el punto que éste, no queriendo estorbarle, trataba de retirarse.

--¿Cómo estaba usted ahí?--preguntó mirando á Ibarra con cierta extrañeza.

--Usted dispense,--contestó éste,--veo que está muy ocupado...

--En efecto, escribía un poco, pero no urge, y quiero descansar. ¿Puedo serle útil en algo?

--¡En mucho!--contestó Ibarra acercándose;--pero...

Y echó una mirada al libro que estaba sobre la mesa.

--¿Cómo?--exclamó sorprendido;--¿se dedica usted á descifrar jeroglíficos?

--¡No!--contestó el viejo ofreciéndole una silla;--no entiendo el egipcio ni el copto siquiera, pero comprendo algo el sistema de escritura y escribo en jeroglíficos.

--¿Escribe usted en jeroglíficos? Y ¿por qué?--preguntó el joven dudando de lo que veía y oía.

--¡Para que no me puedan leer ahora!

Ibarra le miró de hito en hito, pensando si el viejo estaría en efecto loco. Examinó rápidamente el libro para ver si aquello era cierto y vió muy bien dibujados animales, círculos, semicírculos, flores, pies, manos, brazos, etc.

--Y ¿por qué escribe usted si no quiere que le lean?

--Porque no escribo para esta generación, escribo para otras edades. Si ésta me pudiese leer, quemaría mis libros, el trabajo de toda mi vida; en cambio, la generación que descifre estos caracteres será una generación instruída, me comprenderá y dirá: «¡No todos dormían en la noche de nuestros abuelos!» El misterio ó estos curiosos caracteres salvarán mi obra de la ignorancia de los hombres, como el misterio y los extraños ritos han salvado á muchas verdades de las destructoras clases sacerdotales.

--Y ¿en qué idioma escribe usted?--preguntó Ibarra, después de una pausa.

--En el nuestro, en el tagalo.

--Y ¿sirven los signos jeroglíficos?

--Si no fuera por la dificultad del dibujo, que exige tiempo y paciencia, casi le diría que sirven mejor que el alfabeto latino. El antiguo egipcio tenía nuestras vocales; nuestra o, que sólo es final y que no es como la española, sino una vocal intermedia entre o y u; como nosotros, el egipcio no tenía verdadero sonido de e; se encuentran en él nuestro ha y nuestro kha que no tenemos en el alfabeto latino tal como lo usamos en español. Por ejemplo: en esta palabra mukhâ,--añadió señalando en el libro,--trascribo la sílaba ha más propiamente con esta figura de pez que con la h latina, que en Europa se pronuncia de diferentes maneras. Para otra aspiración menos fuerte, por ejemplo, en esta palabra hain, donde la h tiene menos fuerza, me valgo de este busto de león, ó de estas tres flores de loto según la cantidad de la vocal. Es más; tengo el sonido de la nasal que tampoco existe en el alfabeto latino españolizado. Repito que si no fuera por la dificultad del dibujo, que debe ser perfecto, casi se podrían adoptar los jeroglíficos, pero esta misma dificultad me obliga á ser conciso y á no decir más que lo justo y necesario; este trabajo además me hace compañía, cuando mis huéspedes de la China y del Japón se marchan.

--¿Cómo?

--¿No les oye usted? Mis huéspedes son las golondrinas; este año falta una; algún mal muchacho chino ó japonés debe haberla cogido.

--¿Cómo sabe usted que vienen de esos países?

--Sencillamente: hace algunos años, antes de partir, les ataba al pie un papelito con el nombre de Filipinas en inglés, suponiendo que no debían ir muy lejos, y porque el inglés se habla en casi todas estas regiones. Durante años mi papelito no obtuvo contestación, hasta que últimamente lo hice escribir en chino, y he aquí que el Noviembre siguiente vuelven con otros papelitos que hice descifrar: el uno estaba escrito en chino y era un saludo desde las orillas del Hoang-ho, y el otro, supone el chino á quien consulté debe ser japonés. Pero le estoy á usted entreteniendo con estas cosas y no le pregunto en qué puedo serle útil.

--Venía á hablarle de un asunto de importancia,--contestó el joven:--ayer tarde...

--¿Han preso á ese desgraciado?--interrumpió el viejo lleno de interés.

--¿Habla usted de Elías? ¿Cómo lo ha sabido usted?

--He visto á la Musa de la guardia civil.

--¡La Musa de la guardia civil! Y ¿quién es esa Musa?

--La mujer del alférez, á quien usted no invitó á su fiesta. Ayer mañana se divulgó por el pueblo lo sucedido con el caimán. La Musa de la guardia civil tiene tanta penetración como malignidad, y supuso que el piloto debía ser el temerario que arrojó á su marido al charco y apaleó al padre Dámaso; y como ella lee los partes que debe recibir su marido, apenas hubo llegado éste á su casa borracho y sin juicio, despachó, para vengarse de usted, al sargento con los soldados á fin de que turbaran la alegría de la fiesta. ¡Tenga usted cuidado! Eva era una buena mujer, salida de las manos de Dios... ¡Doña Consolación dicen que es mala y no se sabe de qué manos vino! La mujer, para poder ser buena, necesita haber sido siquiera una vez ó doncella ó madre.

Ibarra se sonrió ligeramente, y repuso sacando de su cartera algunos papeles:

--Mi difunto padre solía consultar á usted en algunas cosas, y recuerdo que sólo ha tenido que felicitarse de haber seguido sus consejos. Tengo entre manos una pequeña empresa, cuyo buen éxito necesito asegurar.

E Ibarra le refirió brevemente el proyecto de la escuela, que había ofrecido á su novia, desarrollando á la vista del estupefacto filósofo los planos que le llegaron de Manila.

--Quisiera que usted me dijese qué personas debo ganar primero en el pueblo para el mejor éxito de la obra. Usted conoce bien á los habitantes; yo acabo de llegar y soy casi extranjero en mi país.

El viejo Tasio examinaba con ojos humedecidos por las lágrimas los planos que tenía delante.

--¡Lo que usted va á realizar era mi sueño, el sueño de un pobre loco!--exclamó conmovido;--y ahora, lo primero que le aconsejo es no venir á consultarme jamás.

El joven le miró sorprendido.

--Porque las personas sensatas--continuó con amarga ironía--le tomarían á usted por loco también. La gente cree locos á los que no piensan como ellos; por eso me tienen por tal, y lo agradezco, porque ¡ay de mí! el día en que quieran devolverme el juicio; ese día me privarían de la pequeña libertad que me he comprado á costa de mi reputación de sér razonable. Y ¿quién sabe si tienen razón? No pienso ni vivo según sus leyes; mis principios, mis ideales son otros. Fama de cuerdo goza entre ellos el gobernadorcillo porque, no habiendo aprendido más que á servir el chocolate y sufrir el mal genio del padre Dámaso, ahora es rico, turba los pequeños destinos de sus conciudadanos, y á veces hasta habla de justicia. «¡Ese es el hombre de talento!» piensa el vulgo; «¡ved, con nada se ha hecho grande!» Pero yo, yo he heredado fortuna, consideración, he estudiado, y ahora soy pobre; no me han confiado ni el más ridículo cargo, y todos dicen: «¡Ese es un loco; ése no entiende la vida!» El cura me llama filósofo por mote, y da á entender que soy un charlatán que hace gala de lo que aprendió en las aulas universitarias, cuando precisamente es lo que menos me sirve. Acaso sea yo verdaderamente el loco y ellos los cuerdos; ¿quién lo podrá decir?

Y el viejo sacudió su cabeza como para alejar un pensamiento y continuó:

--Lo que le puedo también aconsejar es que consulte al cura, al gobernadorcillo, á todas las personas de posición: ellos le darán á usted malos, torpes ó inútiles consejos, pero consultar no quiere decir obedecer; aparente usted seguirles siempre que le sea posible y haga constar que obra según ellos.

Ibarra estuvo un momento reflexionando y después repuso:

--El consejo es bueno, pero difícil de seguir. ¿No podría yo llevar adelante mi idea sin que sobre ella se refleje una sombra? ¿No podría lo bueno hacerse paso al través de todo, y que la verdad no necesita pedir prestado vestidos al error?

--¡Nadie ama la verdad desnuda por eso!--replica el viejo.--Eso es bueno en teoría, factible en el mundo que la juventud sueña. Ahí está el maestro de escuela que se ha agitado en el vacío; corazón de niño que quiso el bien y sólo recogió burla y carcajadas. Usted me ha dicho que es extranjero en su país, y lo creo. Desde el primer día de su llegada, empezó usted por herir el amor propio de un religioso, que tiene fama de santo entre la gente y de sabio entre los suyos. Dios quiera que este paso no haya decidido de su porvenir. No crea usted que porque los dominicos y agustinos miran con desprecio el hábito de guingón [91], el cordón y el indecente calzado; porque haya recordado una vez un gran doctor de Santo Tomás que el papa Inocencio III había calificado los estatutos de esta orden como más propios para puercos que para hombres, no se dan todos ellos la mano para afirmar lo que un procurador decía: «El lego más insignificante puede más que el gobierno con todos sus soldados.» Cave ne cadas [92]. El oro es muy poderoso; el becerro de oro ha derribado muchas veces á Dios de sus altares, y ya desde los tiempos de Moisés.

--No soy tan pesimista ni me parece tan peligrosa la vida en mi país,--contestó sonriendo Ibarra.--Creo que esos temores son un poco exagerados, y espero poder realizar todos mis propósitos sin encontrar resistencia grande por ese lado.

--Sí, si ellos le tienden la mano; nó, si ellos se la retiran. Todos los esfuerzos de usted se estrellarían contra las paredes de la casa parroquial con sólo agitar el fraile su cordón ó sacudir el hábito; el alcalde, con cualquier pretexto, le negaría mañana lo que hoy ha concedido; ninguna madre dejaría que su hijo frecuentase la escuela, y entonces todas sus fatigas tendrían un efecto contraproducente: desanimarían á los que después quisiesen intentar generosas empresas.

--Con todo,--repuso el joven,--no puedo creer en ese poder que usted dice, y aun suponiéndolo, admitiéndolo, tendría todavía á mi lado al pueblo sensato, al gobierno que está animado de muy buenos propósitos, lleva grandes miras y quiere francamente el bien de Filipinas.

--¡El gobierno! ¡El gobierno!--murmuró el filósofo levantando los ojos para mirar al techo.--Por más animado que esté del deseo de engrandecer el país en beneficio del mismo y de la madre patria; por más que el generoso espíritu de los Reyes Católicos lo recuerde aún alguno que otro funcionario y lo piense á sus solas, el gobierno no vé, no oye, no juzga más que por lo que le hace ver, oir y juzgar el cura ó el provincial; está convencido de que sólo descansa en ellos, de que si se sostiene es porque ellos le sostienen, que si vive es porque le consienten que viva y el día en que le falten, caerá como un maniquí que perdió su sostén. Al gobierno se le amedrenta con levantar al pueblo y al pueblo con las fuerzas del gobierno: de aquí se origina un sencillo juego que se parece á lo que sucede á los medrosos al visitar lugares lúgubres: toman por fantasmas las propias sombras y por extrañas voces los propios ecos. Mientras el gobierno no se entienda con el país, no saldrá de esa tutela; vivirá como esos jóvenes imbéciles que tiemblan á la voz de su ayo, cuya condescendencia mendigan. El gobierno no sueña en ningún porvenir robusto, es un brazo; la cabeza es el convento, y por esta inercia con que se deja arrastrar de abismo en abismo, se convierte en sombra, desaparece su entidad, y débil é incapaz todo lo confía á manos mercenarias. Compare usted, si no, nuestro sistema gubernamental con los de los países que ha visitado...

--¡Oh!--interrumpió Ibarra;--eso es mucho pedir, contentémonos con ver que nuestro pueblo no se queja, ni sufre como el pueblo de otros países, y eso es gracias á la religión y á la benignidad de los gobernantes.

--El pueblo no se queja porque no tiene voz, no se mueve porque está aletargado, y dice usted que no sufre, porque no ha visto lo que sangra su corazón. Pero un día usted lo verá y lo oirá y ¡ay de los que basan su fuerza en la ignorancia ó en el fanatismo! ¡ay de los que gozan con el engaño y trabajan en la noche creyendo que todos duermen! Cuando la luz del día alumbre el aborto de las sombras, vendrá la reacción espantosa: tanta fuerza, durante siglos comprimida, tanto veneno destilado gota á gota, tantos suspiros ahogados saldrán á la luz y estallarán... ¿Quién pagará entonces esas cuentas que los pueblos presentan de tiempo en tiempo y que nos conserva la Historia en sus páginas ensangrentadas?

--¡Dios, el gobierno y la religión no permitirán que llegue ese día!--repuso Crisóstomo, impresionado á pesar suyo.--Filipinas es religiosa y ama á España; Filipinas sabrá cuanto por ella hace la nación. Hay abusos, sí, hay defectos, no lo he de negar, pero España trabaja para introducir reformas que los corrijan, madura proyectos, no es egoísta.

--Lo sé, y esto es lo peor. Las reformas que vienen de lo alto se anulan en las esferas inferiores, gracias á los vicios de todos, gracias por ejemplo, al ávido deseo de enriquecerse en poco tiempo y á la ignorancia del pueblo que todo lo consiente. Los abusos no los corrige un real decreto mientras una autoridad celosa no vigile su ejecución, mientras no se conceda la libertad de la palabra contra las demasías de los tiranuelos: los proyectos quedan proyectos, los abusos abusos, y el ministro, satisfecho, dormirá más tranquilo, sin embargo. Aun más; si acaso viene un personaje de alto puesto con grandes y generosas ideas, pronto empieza por oir, mientras por detrás le tienen por loco: «Vuecencia no conoce el país, V. E. no conoce el carácter de los indios, V. E. los va á perder, V. E. hará bien en fiarse en fulano y zutano, etc.», y como S. E. no conocía efectivamente el país, que hasta ahora había colocado en América, y además tiene defectos y debilidades como todo hombre, se deja convencer. Su excelencia recuerda también que para conseguir el puesto, ha tenido que sudar mucho y sufrir más, que lo tiene únicamente por tres años, que se hace viejo y es menester no pensar en quijoterías sino en su porvenir: un hotelito en Madrid, una casita en el campo y una buena renta para vivir con lujo en la corte; hé aquí lo que debía buscar en Filipinas. No pidamos milagros, no pidamos que se interese por el bien del país quien viene como extranjero para hacer su fortuna y marcharse después. ¿Qué le importa el agradecimiento ó las maldiciones de un pueblo que no conoce, en donde no tiene sus recuerdos, en donde no tiene sus amores? La gloria, para ser agradable, es menester que resuene en los oídos de los que amamos, en la atmósfera de nuestro hogar ó de la patria que ha de guardar nuestras cenizas: queremos que la gloria se siente sobre nuestro sepulcro para calentar con sus rayos el frío de la muerte, para que no nos reduzcamos por completo á la nada, sino que quede algo de nosotros. Nada de esto podemos prometer al que viene á cuidarse de nuestros destinos. Y lo peor de todo esto es que se marchan cuando empiezan á enterarse de su deber. Pero nos alejamos de nuestra cuestión.

--No, antes de volver á ella, necesito aclarar ciertas cosas,--interrumpió el joven vivamente.--Puedo conceder que el gobierno desconozca al pueblo, pero creo que el pueblo conoce menos al gobierno. Hay funcionarios inútiles, malos, si usted quiere, pero también los hay buenos y si éstos no pueden hacer nada, es porque se encuentran con una masa inerte: la población que toma poca participación en las cosas que le atañen. Pero no he venido á discutir con usted sobre este punto: venía para pedirle un consejo y usted me dice que doble ante grotescos ídolos la cabeza.

--Sí, y lo repito, porque aquí hay que bajar la cabeza ó dejarla caer.