Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 13
--¡Feliz tú! ¡Ay, yo también cantaría si pudiese!
Andeng anunció al fin que el caldo estaba ya dispuesto á recibir á sus huéspedes.
El jovencito, el hijo del pescador, subió entonces sobre el encerradero ó bolsa del corral, colocado en el extremo más estrecho de éste, donde se podría escribir el Lasciati ogni speranza voi ch'entrate, si los desgraciados peces supiesen leer el italiano y entenderlo: pez que entraba allí no salía sino para morir. Es un espacio casi circular de un metro de diámetro próximamente, dispuesto de manera que un hombre pueda tenerse en pie en la parte superior, para desde allí retirar los peces con la redecilla.
--¡Allí sí que no me aburriría el pescar con caña!--decía Sinang estremeciéndose de placer.
Todos estaban atentos: ya algunos creían ver los peces colear y agitarse dentro de la red, brillar sus relucientes escamas, etc. Sin embargo, al introducirla el joven, no saltó pez alguno.
--Debe estar lleno,--decía Albino en voz baja;--hace más de cinco días que no se ha visitado.
El pescador retiró la caña... ¡ay! ni un pececito adornaba la red; el agua, al caer en abundantes gotas que el sol iluminaba, parecía reir con risa argentina. Un ¡ah! de admiración, de disgusto, de desengaño se escapó de los labios de todos.
El joven repitió la misma operación, y el mismo resultado.
--¡No entiendes tu oficio!--le dijo Albino trepando al encerradero y arrancando la red de las manos del joven.
--¡Ahora veréis! ¡Andeng, abre la olla!
Pero Albino tampoco lo entendía y siguió vacía la red. Todos se echaron á reir.
--¡No hagáis ruido, que os oyen los peces y no se dejan coger!--dijo.--Esta red debe estar rota.
Pero la red tenía íntegras todas sus mallas.
--Déjame á mí,--díjole León, el novio de Iday.
Este se aseguró bien del estado del cerco, examinó la red y, satisfecho, preguntó:
--¿Estáis seguros de que no se ha visitado desde hace cinco días?
--¡Segurísimos! La última vez fué la vigilia de Todos los Santos.
--Pues entonces, ó el lago está encantado ó yo saco algo.
León introdujo la caña en el agua, pero el asombro se pintó en su semblante. Silencioso miró un momento al vecino monte y siguió paseando la caña dentro del agua: después, sin retirarla, murmuró en voz baja:
--Un caimán.
--¡Un caimán!--repitieron.
La palabra corrió de boca en boca en medio del espanto y de la estupefacción general.
--¿Qué decís?--le preguntaron.
--Digo que hay un caimán cogido,--afirmó León, é introduciendo el mango de la caña en el agua, continuó:
--¿Oís ese sonido? eso no es la arena, es la dura piel, la espalda del caimán. ¿Veis como se mueven las cañas? es él que forcejea, pero está arrollado sobre sí mismo; esperad... es grande; su cuerpo mide casi un palmo ó más de ancho.
--¿Qué hacer?--fué la pregunta.
--¡Cogerlo!--dijo una voz.
--¡Jesús! ¿y quién lo coge?
Nadie se atrevía á descender al abismo. El agua era profunda.
--¡Debíamos atarle á nuestra banca y arrastrarle en triunfo!--dijo Sinang;--¡comerse los peces que debíamos comer!
--¡No he visto hasta ahora un caimán vivo!--murmuró María Clara.
El piloto se levantó, cogió una larga cuerda y subió ágilmente á la especie de plataforma. León le cedió el sitio.
Excepto María Clara, nadie hasta entonces se había fijado en él: ahora admiraban todos su esbelta estatura.
Con gran sorpresa y á pesar de los gritos de todos, el piloto saltó dentro del encerradero.
--¡Llevaos este cuchillo!--le gritó Crisóstomo sacando una ancha hoja toledana.
Pero ya el agua subía en forma de mil surtidores y el abismo se cerró misterioso.
--¡Jesús, María y José!--exclamaban las mujeres.--Vamos á tener una desgracia! ¡Jesús, María y José!
--No tengáis cuidado, señoras,--les decía el viejo banquero;--si hay en toda la provincia uno que lo puede hacer, ése es él.
--¿Cómo se llama ese hombre?--preguntaron.
--Nosotros le llamamos el Piloto: es el mejor que he visto; sólo que no ama el oficio.
El agua se movía, el agua se agitaba: parecía que en el fondo se trababa una lucha; vacilaba el cerco. Todos callaban y contenían la respiración. Ibarra apretaba con mano convulsiva el puño del agudo cuchillo.
La lucha pareció terminarse. Asomóse por encima la cabeza del joven, que fué saludado con gritos alegres: los ojos de las mujeres estaban llenos de lágrimas.
El piloto trepó llevando en la mano el estremo de la cuerda, y una vez en la plataforma tiró de ella.
El monstruo apareció: tenía la soga atada en forma de doble banda por el cuello y debajo de las extremidades anteriores. Era grande, como ya lo había anunciado León, pintado, y sobre sus espaldas crecía verde musgo, que es á los caimanes lo que las canas á los hombres. Mugía como un buey, azotaba con la cola las paredes de caña, se agarraba á ellas, y abría las negras y tremendas fauces, descubriendo sus largos colmillos.
El piloto le izaba solo: nadie se acordaba de ayudarle.
Fuera ya del agua y colocado sobre la plataforma, púsole el pie encima, con robusta mano cerró sus descomunales mandíbulas y trató de atarle el hocico con fuertes nudos. El reptil tentó un nuevo esfuerzo, arqueó el cuerpo, batió el suelo con la potente cola, y, escapándose, se lanzó de un salto al lago, fuera del corral, arrastrando á su domador. El piloto era hombre muerto; un grito de horror se escapó de todos los pechos.
Rápido como el rayo, cayó otro cuerpo al agua; apenas tuvieron tiempo de ver que era Ibarra. María Clara no se desmayó, porque las filipinas no saben aún desmayarse.
Vieron las olas colorearse, teñirse en sangre. El joven pescador saltó al abismo con su bolo [90] en la mano, su padre le siguió: pero apenas desaparecían, cuando vieron á Crisóstomo y al piloto reaparecer agarrados al cadáver del reptil. Este tenía todo el blanco vientre rasgado y en la garganta clavado el cuchillo.
Imposible es describir la alegría de los circunstantes: mil brazos se tendieron para sacar á los jóvenes del agua. Las viejas estaban medio locas y reían y rezaban. Andeng olvidó que su sinigang había hervido tres veces: todo el caldo se derramó y apagó el fuego. La única que no podía hablar era María Clara.
Ibarra estaba ileso, el piloto tenía en el brazo un ligero rasguño.
--¡Os debo la vida!--dijo á Ibarra, que se envolvía en mantas de lana y tapices.
La voz del piloto parecía revelar cierta pena.
--Sois demasiado intrépido,--contestóle Ibarra;--otra vez no tentaréis á Dios.
--¡Si me hubieses seguido, si hubiésemos muerto,--contestó el joven completando su pensamiento,--en el fondo del lago, habría yo estado en familia!
Ibarra no se acordaba de que allí yacían los restos de su padre.
Las viejas ya no querían ir al otro baklad, sino retirarse, alegando que el día había comenzado mal y podrían sobrevenir muchas desgracias.
--¡Todo es porque no hemos oído misa!--suspiraba una.
--Pero ¿qué desgracia hemos tenido, señoras?--preguntaba Ibarra.--¡El caimán sí que es desgraciado!
--Lo cual prueba--concluyó el exseminarista--que en toda su pecadora vida jamás ha oído misa este reptil. Nunca le he visto entre los numerosos caimanes que frecuentan la iglesia.
Las bancas se dirigieron, pues, hacia el otro baklad, y fué menester que Andeng preparase otro sinigang.
El día adelantaba; soplaba la brisa; las olas despertaban y se rizaban en torno del caimán, levantando «montes de espuma do tersa brilla, rica en colores, la luz solar», que dice el poeta Paterno.
La música volvió á resonar: Iday tocaba el arpa; los hombres, los acordeones y guitarras con mayor ó menor afinación, pero el que mejor lo hacía era Albino, que la rascaba verdaderamente desafinada y perdía el compás á cada instante, ó se olvidaba á lo mejor y se pasaba á otra sonata enteramente distinta.
El otro corral fué visitado con desconfianza. Muchos esperaban encontrar allí la hembra del caimán; pero la naturaleza es burlona, y salía siempre llena la red.
Tía Isable mandaba:
--El ayungin es bueno para el sinigang; dejad el biâ para el escabeche, el dalay y el buan-buan para pesâ: el dalag puede vivir mucho. Ponedlos en la red para que continúen en el agua. ¡Las langostas á la sarten! El bânak es para asado, envuelta en hojas de plátano y relleno de tomates.
--Dejad los demas para que sirvan de reclamo: no es bueno vaciar el baklad completament añadía.
Entonces trataron de abordar á la orilla, en aquel bosque de árboles seculares perteneciente á Ibarra. Allí, á la sombra y junto al cristalino arroyo, almorzarían entre las flores ó debajo de improvisadas tiendas.
La música resonaba en el espacio; el humo de los kalanes se levantaba alegre en forma de tenues torbellinos; el agua cantaba dentro de la ardiente vasija, acaso palabras de consuelo para los peces muertos, acaso palabras de sarcasmo y burla; el cadáver del caimán daba vueltas, presentaba ya el blanco y destrozado vientre, ya la pintada y verdosa espalda, y el hombre, favorito de la naturaleza, no se inquietaba por tantos fratricidios, que dirían los bramines ó los vegetarianos.
XXIV
EN EL BOSQUE
Temprano, muy temprano había dicho su misa el padre Salví y limpiado en pocos minutos una docena de almas sucias, lo cual no era su costumbre.
Después, con la lectura de unas cartas que llegaron bien selladas y lacradas, perdió el digno cura su apetito y dejó que el chocolate se enfriara completamente.
--El padre se pone enfermo,--decía el cocinero mientras preparaba otra taza;--hace días que no come: de los seis platos que le pongo en la mesa, no toca dos.
--Es que duerme mal,--contesta el otro criado;--tiene pesadillas desde que cambió de alcoba. Sus ojos se hunden cada vez más, enflaquece de día en día, y está muy amarillo.
En efecto, da lástima ver al padre Salví. Ni ha querido tocar la segunda taza de chocolate, ni probar los hojaldres de Cebú: paséase pensativo por la espaciosa sala, arrugando entre sus huesudas manos unas cartas que lee de cuando en cuando. Al fin pide su coche, se arregla y ordena le conduzcan al bosque donde se encuentra el fatídico árbol, y en cuyas cercanías se celebra la partida campestre.
Llegado al sitio, el padre Salví despachó su vehículo y se internó solo en el bosque.
Un sombrío sendero franquea trabajosamente la espesura y conduce á un arroyo, formado de varias fuentes termales como muchas de las faldas del Makiling. Adornan sus orillas flores silvestres, muchas de las cuales no han recibido aún nombre latino, pero sin duda son ya conocidas de los dorados insectos, de las mariposas de todos tamaños y colores, azul y oro, blancas y negras, matizadas, brillantes, pavonadas, llevando rubíes y esmeraldas en sus alas, y de los millares de coleópteros de reflejos metálicos, espolvoreados de oro fino. El zumbido de estos insectos, el chirrido de la cigarra que alborota día y noche, el canto del pájaro, ó el ruido seco de la podrida rama que cae enganchándose en todas partes, son los únicos que turban el silencio de aquel misterioso paraje.
Algún tiempo estuvo vagando entre las espesas enredaderas, evitando los espinos que le agarraban por el hábito de guingón como para detenerle, las raíces de los árboles que salían del suelo, haciendo tropezar á cada momento al no acostumbrado caminante. Detúvose repentinamente: alegres carcajadas y frescas voces llegaron á sus oídos, y las carcajadas partían del arroyo y se acercaban cada vez más.
--Voy á ver si encuentro un nido,--decía una hermosa y dulce voz que el cura conocía:--quisiera verle sin que él me viese, quisiera seguirle á todas partes.
El padre Salví ocultóse detrás del grueso tronco de un árbol y púsose á escuchar.
--¿Es decir que quieres hacer con él lo que contigo hace el cura, que te vigila en todas partes?--contestó una alegre voz.--¡Ten cuidado que los celos hacen enflaquecer y hunden los ojos!
--¡No, no son celos, es pura curiosidad!--replicaba la voz argentina, mientras la alegre repetía: «¡Sí, celos, celos!» y reía á carcajadas.
--Si yo tuviera celos, en vez de hacerme invisible á mí, le haría á él para que nadie le pudiese ver.
--Pero tú tampoco le verías, y eso no está bien. Lo mejor es que si encontramos el nido, se lo regalemos al cura: así puede vigilarnos á nosotras sin que tengamos necesidad de verle, ¿no te parece?
--Yo no creo en los nidos de las garzas,--contestaba otra voz;--pero si alguna vez tuviese celos, ya sabría vigilar y hacerme invisible...
--Y ¿cómo? ¿cómo? ¿Acaso como sor Escucha?
Alegres carcajadas provocó este recuerdo de colegiala.
--¡Ya sabes cómo se la engaña á sor Escucha!
El padre Salví vió desde su escondite á María Clara, á Victoria y á Sinang recorriendo el río. Las tres andaban con la vista en el espejo de las aguas, buscando el misterioso nido de la garza: iban mojadas hasta la rodilla, dejando adivinar en los anchos pliegues de sus sayas de baño las graciosas curvas de sus piernas. Llevaban la cabellera suelta y los brazos desnudos, y cubría el busto una camisa de anchas rayas y alegres colores. Las tres jóvenes, á la vez que buscaban un imposible, recogían flores y legumbres que crecían en la orilla.
El Acteón religioso contemplaba pálido é inmóvil á aquella púdica Diana: sus ojos, que brillaban en las obscuras órbitas, no se cansaban de admirar aquellos blancos y bien modelados brazos, aquel cuello elegante con el comienzo del pecho; los diminutos y rosados pies, que jugaban con el agua despertaban en su empobrecido sér extrañas sensaciones y hacían soñar en nuevas ideas á su ardiente cerebro.
Tras un recodo del riachuelo, entre espesos cañaverales, desaparecieron aquellas dulces figuras y dejaron de oirse sus crueles alusiones. Ebrio, vacilante, cubierto de sudor, salió el padre Salví de su escondite y miró en torno suyo con ojos extraviados. Detúvose inmóvil, dudoso; dió algunos pasos como si tratase de seguir á las jóvenes, pero volvió y, andando por la orilla, trató de buscar el resto de la comitiva.
A alguna distancia de allí vió en medio del arroyo una especie de baño, bien cercado, cuyo techo lo formaba un frondoso cañaveral: de él salían alegres y femeniles acentos. Adornábanle hojas de palma, flores y banderolas.--Más allá vió un puente de caña y á lo lejos á los hombres bañándose, mientras una multitud de criados y criadas bullían alrededor de improvisados kalanes, atareados en desplumar gallinas, lavar arroz, asar lechón, etc. Y allá, en la orilla opuesta, en un claro que habían hecho, se reunían muchos hombres y mujeres bajo un techo de lona, colgado en parte de las ramas de los árboles seculares, en parte de estacas nuevamente levantadas. Allí estaban el alférez, el coadjutor, el gobernadorcillo, el teniente mayor, el maestro de escuela y muchos capitanes y tenientes pasados, hasta capitán Basilio, el padre de Sinang, antiguo adversario del difunto don Rafael en un viejo litigio. Ibarra le había dicho: «Discutimos un derecho, y discutir no quiere decir ser enemigos.» Y el célebre orador de los conservadores aceptó con entusiasmo la invitación, enviando tres pavos y poniendo sus criados á la disposicion del joven.
El cura fué recibido con respeto y deferencia por todos, hasta por el alférez.
--Pero ¿de dónde viene vuestra reverencia?--preguntóle éste al ver su cara llena de rasguños y su hábito cubierto de hojas y pedazos de ramas secas.--¿Se ha caído vuestra reverencia?
--No, me he extraviado!--contestó el padre Salví, bajando los ojos para examinar su traje.
Se abrían frascos de limonadas, se partían cocos verdes para que los que salían del baño bebiesen su agua fresca y comiesen su tierna carne, más blanca que la leche; las jóvenes recibían además un rosario de sampagas, entremezcladas de rosas é ilang-ilang, que perfumaban la suelta cabellera. Sentábanse ó recostábanse en las hamacas, suspendidas de las ramas, ó se entretenían jugando alrededor de una ancha piedra, sobre la cual se veían naipes, tableros, libritos, sigüeyes y pedrezuelas.
Enseñáronle al cura el caimán, pero al parecer estaba distraído y sólo prestó atención cuando le dijeron que aquella ancha herida la había hecho Ibarra. Por lo demás no era posible ver al célebre y desconocido piloto; había desaparecido ya antes de la llegada del alférez.
Al fin salió María Clara del baño, acompañada de sus amigas, fresca como una rosa en su primera mañana cuando brilla el rocío, con chispas de diamante, en los divinos pétalos. Su primera sonrisa fué para Crisóstomo, y la primera nube de su frente para el padre Salví. Este lo notó y no suspiró.
Llegó la hora de comer. El cura, el coadjutor, el alférez, el gobernadorcillo y algunos capitanes más con el teniente mayor, sentáronse en una mesa que presidía Ibarra. Las madres no permitieron que ningún hombre comiese en la mesa de las jóvenes.
--Esta vez, Albino, no inventas agujeros como en las bancas,--dijo León al exseminarista.
--¿Qué? ¿Qué es eso?--preguntaron las viejas.
--Las bancas, señoras, estaban tan enteras como este plato,--aclaró León.
--¡Jesús!--exclamó tía Isabel sonriendo.
--¿Sabe usted algo ya, señor alférez, del criminal que maltrató al padre Dámaso?--preguntaba fray Salví en la comida á aquel.
--¿De qué criminal, padre cura?--preguntó el alférez, mirando al fraile al través del vaso de vino que vaciaba.
--¿De quién ha de ser? ¡Del que anteayer tarde golpeó al padre Dámaso en el camino!
--¿Golpeó al padre Dámaso?--preguntaron varias voces.
El coadjutor pareció sonreir.
--¡Sí, y el padre Dámaso está ahora en cama! Se cree sea el mismo Elías que le arrojó á usted en el charco, señor alférez.
El alférez se puso colorado de vergüenza ó de vino.
--Pues yo creía--continuó el padre Salví con cierta burla--que estaba usted enterado del asunto ... que el alférez de la guardia civil...
Mordióse el militar los labios y balbuceó una tonta excusa.
En esto, apareció una mujer pálida, flaca, vestida miserablemente; nadie la había visto venir, pues iba silenciosa y hacía tan poco ruido que de noche se la habría tomado por un fantasma.
--¡Dad de comer á esa pobre mujer!--decían las viejas:--¡oy! ¡venid aquí!
Pero ella continuó su camino y se acercó á la mesa donde estaba el cura: éste volvió la cara, la reconoció y se le cayó el cuchillo de la mano.
--¡Dad de comer á esta mujer!--ordenó Ibarra.
--¡La noche es obscura y desaparecen los niños!--murmuraba la mendiga.
Pero, á la vista del alférez que le dirigió la palabra, la mujer se espantó y echó á correr desapareciendo por entre los árboles.
--¿Quién es ésa?--preguntó.
--¡Una infeliz que se ha vuelto loca á fuerza de sustos y dolores!--contestó don Filipo;--hace cuatro días que está así.
--¿Es acaso una tal Sisa?--preguntó con interés Ibarra.
--La han preso sus soldados de usted,--continuó con cierta amargura el teniente mayor;--la han conducido por todo el pueblo por no sé qué cosas de sus hijos que ... no se han podido aclarar.
--¿Cómo?--preguntó el alférez volviéndose al cura:--¿es acaso la madre de sus dos sacristanes?
El cura afirmó con la cabeza.
--¡Que han desaparecido sin averiguarse nada de ellos!--añadió severamente don Filipo, mirando al gobernadorcillo que bajó los ojos.
--¡Buscad á esa mujer!--mandó Crisóstomo á los criados.--He prometido trabajar para averiguar el paradero de sus hijos...
--¿Que han desaparecido dicen ustedes?--preguntó el alférez.--¿Sus sacristanes de usted han desaparecido, padre cura?
Este apuró el vaso de vino que tenía delante é hizo señas con la cabeza de que sí.
--¡Caramba, padre cura!--exclama el alférez con risa burlona, y alegre con el pensamiento de una revancha;--desaparecen algunos pesos de V. R. y se me despierta á mi sargento muy temprano para que los haga buscar; desaparecen dos sacristanes, y V. R. no dice nada, y usted, señor capitán... Verdad es también que usted...
Y no concluyó su frase, sino que se echó á reir hundiendo su cuchara en la roja carne de una papaya silvestre.
El cura, confuso y perdiendo la cabeza, contestó:
--Es que yo tengo que responder del dinero...
--¡Buena respuesta, reverendo pastor de almas!--interrumpió el alférez con la boca llena.--¡Buena respuesta santo varón!
Ibarra quiso intervenir, pero el padre Salví, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, repuso con una sonrisa forzada:
--Y ¿sabe usted, señor alférez, qué se dice de la desaparición de esos chicos? ¿No? ¡Pues pregúntelo usted á sus soldados!
--¿Cómo?--exclama aquél, perdiendo la alegría.
--¡Dícese que en la noche de la desaparición han sonado varios tiros!
--¿Varios tiros?--repitió el alférez mirando á los presentes.
Estos hicieron un movimiento de cabeza afirmativo.
El padre Salví repuso entonces lentamente y con cruel burla:
--Vamos, veo que usted ni coge á los criminales ni sabe lo que hacen los de su casa, y quiere meterse á predicador y enseñar á los otros su deber. Usted debe saber el refrán de «Más sabe el loco en su casa...»
--¡Señores!--interrumpe Crisóstomo, viendo que el alférez se ponía pálido;--á propósito de esto quisiera saber qué dicen ustedes de un proyecto mío. Pienso confiar esa loca á los cuidados de un buen médico, y en el entretanto con el auxilio y los consejos de ustedes, buscar á sus hijos.
La vuelta de los criados que no habían podido encontrar á la loca, acabó de pacificar á los dos enemigos, llevando la conversación á otro asunto.
Terminada la comida, y mientras se servía el té y el café, distribuyéronse jóvenes y viejos en varios grupos. Unos cogieron los tableros, otros los naipes, pero las jovencitas, curiosas de saber el porvenir, prefirieron hacer preguntas á la Rueda de la Fortuna.
--¡Venga usted, señor Ibarra!--gritaba capitán Basilio que estaba un poco alegre.--Tenemos un pleito de hace quince años, y no hay juez en la Audiencia que lo falle: vamos á ver si lo terminamos en el tablero.
--¡Al instante y con mucho gusto!--contestó el joven.--Un momento, que el alférez se despide.
Al saberse esta partida, todos los viejos que comprendían el ajedrez se reunieron en torno del tablero: la partida era interesante y atraía hasta á los profanos. Las viejas, sin embargo, rodearon al cura para conversar con él sobre asuntos espirituales, pero fray Salví no juzgaría apropiado el sitio ni la ocasión, pues daba vagas contestaciones y sus miradas, tristes y algo irritadas, se fijaban en todas partes, menos en sus interlocutoras.
Comenzó la partida con mucha solemnidad.
--Si el juego sale tablas, sobreseemos, se entiende,--decía Ibarra.
A la mitad del juego, Ibarra recibió un parte telegráfico que le hizo brillar los ojos y ponerse pálido. Intacto lo guardó en su cartera, no sin dirigir una mirada al grupo de la juventud, que continuaba entre risas y gritos preguntando al Destino.
--¡Jaque al rey!--dijo el joven.
Capitán Basilio no tuvo más remedio que esconderle detrás de la reina.
--¡Jaque á la reina!--volvió á decir amenazándola con su torre, que resultaba defendida por un peón.
No pudiendo cubrir á la reina ni retirarla á causa del rey que estaba detrás, capitán Basilio pidió tiempo para reflexionar.
--¡Con mucho gusto!--contestó Ibarra;--tenía precisamente algo que decir ahora mismo á algunos en aquella reunión.
Y se levantó, concediendo á su contrario un cuarto de hora.
Iday tenía el disco de cartón en que estaban escritas cuarenta y ocho preguntas, Albino el libro de las respuestas.
--¡Mentira! ¡no es verdad! ¡mentira!--gritaba medio llorosa Sinang.
--¿Qué te pasa?--preguntóle María Clara.
--Figúrate, pregunto yo: «¿Cuándo tendré juicio?» echo los dados, y ése, ese cura trasnochado lee en el libro: «¡Cuando la rana críe pelo!» ¿Te parece?
Y Sinang le hace una mueca al exseminarista, que continúa riendo.
--¿Quién te manda hacer esa pregunta?--le dice su prima Victoria.--¡El hacerla basta para merecer tales contestaciones!
--¡Preguntad!--le dijeron á Ibarra presentándole la rueda.--Hemos decidido que quien obtuviese la mejor contestación recibiría un regalo de los demás. Todos hemos preguntado ya.
--Y ¿quién ha obtenido la mejor?
--¡María Clara, María Clara!--contestó Sinang.--Le hicimos preguntar quieras ó no quieras: «¿Es su cariño fiel y constante?» y el libro contestó...