Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau

Part 12

Chapter 123,904 wordsPublic domain

--¡Si quiere recobrar lo perdido,--añadió,--que lo pida á su San Antonio ó que se queje al nuncio! ¡Despejen!

A consecuencia de esto, Sisa fué echada del cuartel, casi á empujones, porque ella no quería moverse.

Al verse en medio de la calle echó á andar maquinalmente hacia su casa, aprisa, con la cabeza descubierta, el cabello desarreglado y la mirada fija en el lejano horizonte. El sol ardía en su zenit y no había una nube que velara su resplandeciente disco; el viento agitaba débilmente las hojas de los árboles, el camino estaba ya casi seco; ni un ave se atrevía á dejar la sombra de las ramas.

Sisa llegó al fin á su casita. Entró en ella, muda, silenciosa; la recorrió, salió, echó á andar en todas direcciones. Corrió después á casa del viejo Tasio, llamó á la puerta, pero el viejo no estaba allí. La infeliz volvió á su casa y empezó á llamar á gritos: ¡Basilio! ¡Crispín! deteniéndose á cada momento y aplicando el oído con atención. El eco repetía su voz; el dulce susurro del agua en el vecino río, la música de las hojas de las cañas eran las únicas voces de la soledad. Volvía á llamar, subía á una altura, bajaba á un barranco, descendía al río; sus ojos erraban con expresión siniestra, se iluminaban de cuando en cuando con vivos resplandores, después se obscurecían, como el cielo en una noche de tormenta: diríase que la luz de la razón chisporroteaba y estaba próxima á apagarse.

Volvió á subir á su casita, sentóse en la estera donde se acostaran la noche anterior, levantó los ojos y vió un jirón de la camisa de Basilio en el extremo de una caña del dinding ó tabique, que cae cerca del precipicio. Levantóse, cogiólo y lo examinó á la luz del sol: el jirón tenía manchas de sangre. Pero Sisa acaso no las viera, pues bajó y continuó examinándolo en medio de los rayos abrasadores, levantándolo á lo alto; y como si sintiese obscurecerse todo y le faltase la claridad, miró al sol frente á frente y con los ojos desmesuradamente abiertos.

Siguió aún vagando de un lado á otro, gritando ó aullando extraños sonidos; habría tenido miedo quien la hubiese oído: su voz tenía un raro timbre como no suele producirlo la laringe humana. Durante la noche, cuando la tempestad brama y el viento vuela con vertiginosa rapidez batiendo con sus invisibles alas un ejército de sombras que le persiguen, si os encontráis en un edificio arruinado y solitario, oís ciertos quejidos, ciertos suspiros que supondréis ser el roce del viento al azotar las altas torres ó derruídos muros, pero que os llenan de terror y hacen que os estremezcáis sin poderlo remediar; pues bien, el acento de aquella madre era aún más lúgubre que esos desconocidos lamentos en las noches obscuras cuando brama la tempestad.

Así la sorprendió la noche. Quizás el cielo le concediera algunas horas de sueño, durante las cuales el ala invisible de un ángel, rozando su pálido semblante, haya borrado su memoria, reducida toda á dolores; quizás tantos sufrimientos no estarían á la medida de la débil resistencia humana, é intervendría entonces la Madre Providencia con su dulce lenitivo, el olvido; sea de ello lo que fuere, es el caso que, al día siguiente, Sisa vagaba sonriendo, cantando ó hablando con todos los seres de la Naturaleza.

XXII

LUCES Y SOMBRAS

Han pasado tres días desde los acontecimientos que hemos narrado. Estos tres días con sus noches ha dedicado el pueblo de San Diego á hacer preparativos de la fiesta y comentarios, murmurando al mismo tiempo.

Mientras se saboreaban los futuros regocijos, unos hablaban mal del gobernadorcillo, otros del teniente mayor, otros de los jóvenes, y no faltaba quien echase la culpa de todo á todos.

Comentaban la llegada de María Clara, acompañada de tía Isabel. Se alegraban de ello porque la querían, y á la vez que admiraban mucho su hermosura, se admiraban también de los cambios que sufría el carácter del padre Salví.--«Se distrae muchas veces durante el santo sacrificio; no habla ya mucho con nosotras y se pone á ojos vistas más delgado y taciturno», decían sus penitentes. El cocinero le veía enflaquecerse por minutos y se quejaba del poco honor que hacía á sus platos. Pero lo que más exaltaba la murmuración de la gente era el hecho de verse en el convento más de dos luces durante la noche mientras el P. Salví está de visita en una casa particular... ¡en casa de María Clara! Las beatas se hacían cruces, pero continuaban murmurando.

Juan Crisóstomo Ibarra había telegrafiado desde la cabecera de la provincia saludando á tía Isabel y á su sobrina, pero sin explicar la causa de su ausencia. Muchos le creían preso por su conducta con el P. Salví en la tarde del día de Todos los Santos. Pero los comentarios subieron de punto, cuando, á la tarde del tercer día, le vieron bajar de un coche delante de la casita de su futura y saludar cortésmente al religioso que también se dirigía á ella.

De Sisa y de sus hijos nadie se ocupaba.

Si ahora vamos á la casa de María Clara, un hermoso nido entre naranjos é ilang ilang, alcanzaremos aún á los dos jóvenes, asomados á una ventana que da vistas al lago. Sombreábanla flores y enredaderas, que trepaban en cañas y alambres esparciendo un ligero perfume.

Sus labios murmuran palabras, más suaves que el susurro de las hojas y más perfumadas que el aire impregnado de aromas, que vaga por el jardín. Era la hora en que las sirenas del lago, aprovechándose de las sombras del rápido crepúsculo de la tarde, asomaban por encima de las olas sus alegres cabecitas para admirar y saludar con sus cantos al sol moribundo. Dicen que sus ojos y cabellos son azules, que van coronadas de plantas acuáticas con flores blancas y rojas; dicen que de cuando en cuando descubre la blanca espuma sus esculturales formas, más blancas aún que la espuma misma, y que al descender completamente la noche empiezan ellas sus divinos juegos y dejan oir acordes misteriosos como de arpas eólicas; dicen también... pero volvamos á nuestros jóvenes y oigamos el final de su conversación. Ibarra decía á María Clara.

--Mañana, antes de que raye el alba, se cumplirá tu deseo. Esta noche lo dispondré todo para que nada falte.

--Entonces escribiré á mis amigas, para que vengan. ¡Haz de modo que no pueda seguir el cura!

--Y ¿por qué?

--Porque parece que me vigila. Me hacen daño sus ojos hundidos y sombríos; cuando los fija en mí, me dan miedo. Cuando me dirige la palabra, tiene una voz... me habla de cosas tan raras, incomprensibles, tan extrañas... me preguntó una vez si no había soñado en cartas de mi madre; creo que está medio loco. Mi amiga Sinang y Andeng, mi hermana de leche, dicen que está algo tocado porque no come ni se baña y vive á obscuras. ¡Haz que no venga!

--No podemos menos de no invitarle,--contesta Ibarra pensativo.--Las costumbres del país lo requieren; está en tu casa y además se ha portado conmigo con nobleza. Cuando el alcalde le consultó sobre el negocio que te he hablado, sólo ha tenido alabanzas para mí y no ha pretendido poner el más pequeño obstáculo. Pero veo que te pones seria; descuida, que no nos podrá acompañar en la banca.

Oyéronse ligeros pasos: era el cura que se acercaba con una forzada sonrisa en los labios.

--¡El viento es frío!--dijo;--cuando se coge un catarro no se le suelta hasta que venga el calor. ¿No temen ustedes resfriarse?

Su voz era temblorosa y sus miradas se dirigían al lejano horizonte; no miraba á los jóvenes.

--¡Por el contrario la noche nos parece agradable y el viento delicioso!--contestó Ibarra.--En estos meses tenemos nuestro otoño y nuestra primavera; caen algunas hojas, pero brotan siempre flores.

El fraile suspiró.

--Hallo muy hermoso el consorcio de estas dos estaciones sin que intervenga el frío invierno,--continuó Ibarra.--En Febrero brotarán las yemas en las ramas de los árboles frutales, y en Marzo tendremos ya las frutas maduras. Cuando vengan los meses de calor nos iremos á otra parte.

Fray Salví se sonrió. Empezaron á hablar de cosas indiferentes, del tiempo, del pueblo, de la fiesta; María Clara buscó un pretexto y se alejó.

--Y pues que hablamos de fiestas, permítame usted que le invite á la que celebraremos mañana. Es una fiesta campestre que mutuamente nos damos nuestros amigos y nosotros.

--Y ¿en donde se hará?

--Las jóvenes la desean en el arroyo que corre en el vecino bosque, cerca del balitî: por eso nos levantaremos temprano para que no nos alcance el sol.

El religioso reflexionó; un momento después, contestó:

--La invitación es muy tentadora y acepto para probarle que ya no le guardo rencor. Pero tendré que ir más tarde después que haya cumplido con mis obligaciones. ¡Feliz usted que está libre, enteramente libre!

Minutos después, Ibarra se despedía para cuidar de la fiesta del día siguiente.--Era ya noche oscura.

En la calle se le acercó uno que le saludó reverentemente.

--¿Quién sois?--preguntóle Ibarra.

--No conocéis, señor, mi nombre,--contestó el desconocido.--Os he estado esperando dos días.

--Y ¿por qué?

--¡Porque en ninguna parte se han apiadado de mí, porque dicen que soy un bandido, señor! ¡Pero he perdido mis hijos, mi mujer está loca y todos dicen que merezco mi suerte!

Ibarra examinó rápidamente al hombre y preguntó:

--¿Qué queréis ahora?

--¡Implorar vuestra piedad para mi mujer y mis hijos!

--No puedo detenerme,--contestó Ibarra.--Si queréis seguirme, caminando me podréis contar lo que os ha sucedido.

El hombre dió las gracias, y pronto desaparecieron en las tinieblas de las mal alumbradas calles.

XXIII

LA PESCA

Todavía brillaban las estrellas en la bóveda de zafiro, y las aves dormitaban aún en las ramas, cuando una alegre comitiva recorría ya las calles del pueblo dirigiéndose al lago, á la alegre luz de las antorchas de brea, que llaman comunmente huepes.

Eran cinco jovencitas, que marchaban aprisa, cogidas de las manos ó de la cintura, seguidas de algunas ancianas y de varias criadas, que llevaban graciosamente sobre sus cabezas cestos llenos de provisiones, platos, etc. Al ver los semblantes en que ríe la juventud y brillan las esperanzas, al contemplar como flota al viento la abundante y negra cabellera y los anchos pliegues de sus vestidos, las tomaríamos por divinidades de la noche huyendo del día, si no supiésemos que son María Clara con sus cuatro amigas: la alegre Sinang, su prima la severa Victoria, la hermosa Iday y la pensativa Neneng, de belleza modesta y temerosa.

Conversaban animadamente, reían, se pellizcaban, se hablaban al oído y después prorrumpían en carcajadas.

--¡Vais á despertar á la gente que aún está durmiendo!--les reprendía la tía Isabel;--cuando éramos jóvenes no alborotábamos tanto.

--¡Tampoco madrugarían ustedes como nosotras, ni serían los viejos tan dormilones!--contestaba la pequeña Sinang.

Callábanse un momento, procuraban bajar la voz, pero pronto se olvidaban, reían y llenaban la calle con sus juveniles y frescos acentos.

--¡Hazte la resentida; no le hables!--decía Sinang á María Clara:--¡ríñele para que no se acostumbre mal!

--No seas tan exigente,--decía Iday.

--¡Sé exigente, no seas tonta! ¡El novio debe obedecer mientras es novio, que después cuando es marido hace lo que le da la gana!--aconsejaba la pequeña Sinang.

--¿Qué entiendes tú de eso, niña?--le corregía su prima Victoria.

--¡Pst, silencio, que vienen!

En efecto, venía un grupo de jóvenes alumbrándose con grandes antorchas de caña. Marchaban bastante serios al són de una guitarra.

--¡Parece guitarra de mendigo!--dijo Sinang riendo.

Cuando los dos grupos se encontraron, eran las mujeres las que guardaban un continente serio y formal como si aún no hubiesen aprendido á reir; por el contrario, los hombres hablaban, saludaban, sonreían y hacían seis preguntas para obtener media contestación.

--¿Está el lago tranquilo? ¿Creéis que vamos á tener buen tiempo?--preguntaban las madres.

--No os inquietéis, señoras; yo sé nadar bien,--contestaba un joven flaco, alto y delgado.

--¡Debíamos antes haber oído misa!--suspiraba tía Isabel juntando las manos.

--Aún es tiempo, señora; Albino, que ha sido seminarista, la puede decir en la banca,--contestó otro señalando al joven flaco y alto.

Este, que tenía una fisonomía de socarrón, al oir que le aludían, adoptó un ademán compungido, caricaturizando al padre Salví.

Ibarra, sin perder su seriedad, tomaba también parte en la alegría de sus compañeros.

Al llegar á la playa, escapáronse involuntariamente de los labios de las mujeres exclamaciones de asombro y alegría. Veían dos grandes bancas, unidas entre sí, pintorescamente adornadas con guirnaldas de flores y hojas, con telas abollonadas de varios colores: farolitos de papel colgaban de la improvisada cubierta alternando entre rosas y claveles, frutas, como piñas, kasuy, plátanos, guayabas y lanzones [83], etc. Ibarra había traído sus alfombras, tapices y cojines, y formado con ellos cómodos asientos para las mujeres. Los tikines [84] y los remos tenían también sus adornos. En la banca mejor adornada había un arpa, guitarras, acordeones y un cuerno de carabao; en la otra ardía el fuego en kalanes [85] de barro; preparábase té, café y salabat [86] para el desayuno.

--¡Aquí las mujeres, allí los hombres!--decían las madres al embarcarse.--¡Estaos quietas! No moverse mucho que vamos á naufragar.

--¡Hacer antes la señal de la cruz!--decía tía Isabel persignándose.

--Y ¿estaremos aquí tan solas?--preguntaba Sinang haciendo un mohín;--¿nosotras solamente?... ¡aray!

Este ¡aray! lo causaba un pellizco que á tiempo le propinó su madre.

Las bancas se iban alejando lentamente de la playa reflejando la luz de los faroles en el espejo del lago, completamente tranquilo. En el Oriente aparecían las primeras tintas de la aurora.

Reinaba bastante silencio; la juventud, con la separación establecida por las madres, parecía dedicarse á la meditación.

--¡Ten cuidado!--dijo en voz alta Albino, el seminarista, á otro joven;--pisa bien la estopa que hay debajo de tu pie.

--¿Qué es?

--Puede saltar y entrar el agua: esta banca tiene muchos agujeros.

--¡Ay, que nos hundimos!--gritaron las mujeres espantadas.

--¡No tengáis cuidado, señoras!--les afirmó el seminarista.--Esa banca está segura: no tiene más que cinco agujeros y no muy grandes.

--¡Cinco agujeros! ¡Jesús! ¿Es que queréis ahogarnos?--exclamaron las mujeres horrorizadas.

--¡Nada más que cinco, señoras, y así de grandes!--aseguraba el seminarista enseñándoles la pequeña circunferencia formada por sus dedos índice y pulgar.--Pisad bien las estopas para que no salten.

--¡Dios mío! ¡María Santísima! ¡Ya entra agua!--gritó una vieja que sentía mojarse.

Hubo un pequeño tumulto; unas chillaban, otras pensaban saltar al agua.

--¡Pisad bien las estopas, allí!--continuaba Albino, señalando hacia el sitio donde estaban las jóvenes.

--¿Dónde? ¿Dónde? ¡Dios! ¡No lo sabemos! ¡Por piedad, venid que no lo sabemos!--imploraron las temerosas mujeres.

Fué menester que cinco jóvenes pasasen á la otra banca para tranquilizar á las aterradas madres. ¡Casualidad rara! parecía que al lado de cada una de las dalagas había un peligro: las viejas no tenían juntas ni un agujero comprometido. Y ¡más extraño aún! Ibarra estaba sentado al lado de María Clara, Albino al de Victoria, etc. La tranquilidad volvió á reinar en el círculo de las cuidadosas madres, pero no en el de las jóvenes.

Como el agua estaba completamente tranquila, los corrales de pesca no lejos, y era aún muy temprano, se decidió que se dejasen los remos y todo el mundo se desayunase. Apagáronse los faroles, pues la aurora iluminaba ya el espacio.

--¡No hay cosa que pueda compararse con el salabat, tomado por la mañana antes de ir á misa!--decía capitana Ticá, la madre de la alegre Sinang;--tomad salabat con poto [87], Albino, y veréis que hasta os dará ganas de rezar.

--Es lo que hago,--contestó éste:--pienso confesarme.

--¡No!--decía Sinang,--tomad café, que da ideas alegres.

--Ahora mismo, porque me siento un poco triste.

--¡No hagáis eso!--le advertía la tía Isabel;--tomad té con galletas; dicen que el té tranquiliza el pensamiento.

--¡También tomaré té con galletas!--contestaba el complaciente seminarista;--por fortuna ninguna de estas bebidas es el catolicismo.

--Pero ¿podéis?...--pregunta Victoria.

--¿Tomar también chocolate? ¡Ya lo creo! Con tal que el almuerzo no tarde mucho...

La mañana era hermosa: las aguas comenzaban á brillar, y de la luz directa del cielo y de la reflejada por las aguas, resultaba una claridad que iluminaba los objetos, casi sin producir sombras, una claridad brillante y fresca, saturada de colores, que adivinamos en algunas marinas.

Casi todos estaban alegres, aspiraban la ligera brisa que comenzaba á despertarse: hasta las madres, tan llenas de prevenciones y advertencias, reían y bromeaban entre sí.

--¿Te acuerdas?--decía una á capitana Ticá,--te acuerdas de cuando nos bañábamos en el río, cuando aún éramos solteras? Descendían á lo mejor la corriente, en banquitas hechas con corteza de plátano, con frutas de varias clases entre olorosas flores. Cada una llevaba una banderita en donde leíamos nuestros nombres...

--Y ¿cuando volvíamos á casa?--añadía otra sin dejar concluir á la primera;--encontrábamos los puentes de caña destrozados y entonces teníamos que vadear los arroyos... ¡los pícaros!

--¡Sí!--decía capitana Ticá,--pero yo prefería mojar los bordes de mi falda antes que descubrir el pie: sabía que en los matorrales de la orilla había ojos que observaban.

Las jóvenes que oían estas cosas se miraban y sonreían; las demás tenían sus propias conversaciones y no hacían caso.

Sólo un hombre, el que hacía el oficio de piloto, permanecía silencioso y ajeno á toda aquella alegría. Era un joven de formas atléticas y de una fisonomía interesante por sus grandes ojos tristes y el severo dibujo de sus labios. Los cabellos negros, largos y descuidados, caían sobre su robusto cuello; una camisa de tela basta y oscura, dejaba adivinar al través de sus pliegues los poderosos músculos que contribuían con sus nervudos y desnudos brazos á manejar, como una pluma, un ancho y descomunal remo, que le servía de timón para guiar las dos bancas.

María Clara le había sorprendido más de una vez observándola: él entonces volvía rápidamente la vista á otra parte y miraba á lo lejos, al monte, á la orilla. Compadecióse la joven de su soledad y cogiendo unas galletas se las ofreció. El piloto la miró con cierta sorpresa, pero esta mirada sólo duró un segundo; tomó una galleta y dió las gracias brevemente y en voz apenas perceptible.

Y nadie volvió á acordarse más de él. Las alegres risas y las ocurrencias de los jóvenes no contraían ningún músculo de su rostro; no le hacía sonreír la alegre Sinang recibiendo pellizcos, que la obligaban á fruncir las cejas un instante para volver otra vez á su alegría como antes.

Concluído el desayuno, continuaron la excursión hacia los corrales de pesca.

Estos eran dos, colocados á cierta distancia uno del otro: ambos pertenecían á capitán Tiago. Desde lejos veíanse algunas garzas posadas sobre las puntas de las cañas del cercado, en actitud contemplativa, mientras algunas aves blancas, que los tagalos llaman kalauay ó calao volaban en distintas direcciones, rozando con sus alas la superficie del lago y llenando el aire de estridentes graznidos.

María Clara siguió con la vista á las garzas que, al aproximarse las bancas, echáronse á volar en dirección al vecino monte.

--¿Anidan esas aves en el monte?--preguntó la joven al piloto, acaso más que para saberlo para hacerle hablar.

--Probablemente, señora,--contestó;--pero nadie hasta ahora ha visto sus nidos.

--¿No tienen nido esas aves?

--Supongo que deben tenerlos, pues de lo contrario serían muy desgraciadas.

María Clara no notó el acento de la tristeza con que pronunció el piloto estas palabras.

--¿Entonces?...

--Dicen, señora,--contestó el joven,--que los nidos de esas aves son invisibles y poseen la cualidad de hacer invisible al que los tenga en su poder; y, como el alma que sólo se ve en el terso espejo de los ojos, es también en el espejo de las aguas donde únicamente estos nidos se dejan contemplar.

María Clara se puso pensativa.

Entretanto habían llegado al baklad [88]: el viejo banquero ató las embarcaciones á una caña.

--¡Espera!--dijo tía Isabel al hijo del viejo, que se preparaba á subir provisto de su panalok, ó sea la caña con la bolsa de red;--es menester que esté dispuesto el sinigang para que los peces pasen del agua al caldo.

--¡Buena tía Isabel!--exclamó el seminarista;--no quiere que el pez pueda echar de menos ni un momento el agua.

Andeng, la hermana de leche de María Clara, á pesar de su cara limpia y alegre, tenía fama de buena cocinera. Preparó agua de arroz, tomates y camias, ayudándola ó estorbándola algunos, que acaso querían merecer sus simpatías. Las jóvenes limpiaban los cogollos de calabaza, los guisantes, y cortaban los paayab [89] en cortos pedazos, largos como cigarrillos.

Para distraer la impaciencia de los que deseaban ver cómo saldrían los peces de su cárcel, vivitos y coleando, la hermosa Iday cogió el arpa: Iday no solamente tocaba bien este instrumento, sino que tenía además muy hermosos dedos.

La juventud batió las palmas, María Clara le dió un beso; el arpa es el instrumento que más se toca en aquella provincia y era el propio de aquellos momentos.

--¡Canta, Victoria, la canción del matrimonio!--pidieron las madres.

Los hombres protestaron y Victoria, que tenía buena voz, se quejó de ronquera. «La canción del matrimonio» es una hermosa elegía tagala en que se pintan todas las miserias y tristezas de este estado, sin mentar ninguna de sus alegrías.

Entonces pidieron que cantase María Clara.

--Todas mis canciones son tristes.

--¡No importa, no importa!--dijeron todas.

No se hizo de rogar, cogió el arpa, tocó un preludio y cantó con voz vibrante, armoniosa y llena de sentimiento.

¡Dulces las horas en la propia patria Donde es amigo cuanto alumbra el sol, Vida es la brisa que en sus campos vuela, Grata la muerte y más tierno el amor!

Ardientes besos en los labios juegan, De una madre en el seno al despertar, Buscan los brazos á ceñir el cuello, Y los ojos sonriendo al mirar.

Dulce es la muerte por la propia patria, Donde es amigo cuanto alumbra el sol: ¡Muerte es la brisa para quien no tiene Una patria, una madre y un amor!

Extinguióse la voz, cesó el canto, enmudeció el arpa y aún seguían escuchando: ninguno aplaudió. Las jóvenes sentían sus ojos llenarse de lágrimas. Ibarra parecía contrariado y el joven piloto miraba inmóvil á lo lejos.

De repente se oyó un atronador estruendo: las mujeres soltaron un grito y se taparon las orejas. Era el exseminarista Albino, que soplaba con toda la fuerza de sus pulmones en el cuerno de carabao, llamado tambulî. La risa y la animación volvieron; los ojos, llenos de lágrimas, brillaron alegremente.

--Pero ¿es que nos vas á volver sordas, hereje?--le gritó tía Isabel.

--Señora,--contesta el exseminarista solemnemente;--he oído hablar de un pobre trompetero, allá en las orillas del Rhin, que por tocar la trompeta se casó con una noble y rica doncella.

--Cierto, el trompetero de Säckingen,--añadió Ibarra, no pudiendo menos de tomar parte en la nueva animación.

--¿Lo oís?--continúa Albino;--pues yo quiero ver si tengo la misma suerte.

Y volvió á soplar aún con más bríos en el resonante cuerno, acercando particularmente la trompa á los oídos de las jóvenes que más tristes se habían puesto. Naturalmente, hubo un pequeño alboroto; las madres le hicieron callar á fuerza de chinelazos y pellizcos.

--¡Aray! ¡aray!--decía palpándose los brazos.--¡La distancia que separa Filipinas de las orillas del Rhin! ¡Oh tempora! ¡oh mores! ¡A unos les dan encomiendas y á otros sambenitos!

Ya todas reían, hasta la Victoria misma; sin embargo, Sinang, la de los alegres ojos, decía en voz baja á María Clara: