Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 11
--Tenemos 3,500 pesos de presupuesto. Pues bien, con esta cantidad podremos celebrar una fiesta que eclipse en magnificencia á todas las que hasta aquí se han visto, ya en nuestra provincia ya en las vecinas.
--¡Hum!--exclamaron los incrédulos;--el pueblo A. tenía 5,000, el B. 4,000, ¡hum! ¡hambuguería! [79]
--¡Oidme, señores, y os convenceréis!--continuó don Filipo impertérrito.--¡Propongo que se levante un gran teatro en medio de la plaza, que cueste 150 pesos!
--¡No bastan 150, hay que poner 160!--objetó un tenaz conservador.
--¡Apuntad, señor director, 200 pesos para el teatro!--dijo don Filipo.--Propongo que se contrate á la comedia de Tondo para que dé funciones por siete noches seguidas. Siete funciones á 200 pesos noche, hacen 1,400: ¡apuntad 1,400, señor director!
Viejos y jóvenes se miraron sorprendidos: sólo los que estaban en el secreto no se movieron.
--Propongo además grandes fuegos artificiales; nada de lucecitas ni de ruedecitas que gustan á niños y solteras; nada de esto. Nosotros queremos grandes bombas y colosales cohetones. Propongo, pues, 200 grandes bombas á dos pesos una, y 200 cohetones del mismo precio. Los encargaremos á los castilleros de Malabón.
--¡Hum!--interrumpió un viejo:--una bomba de á dos pesos no me espanta ni deja sordo; tiene que ser de á tres pesos.
--¡Apuntad 1,000 pesos para 200 bombas y doscientos cohetones!
Los conservadores ya no pudieron contenerse; algunos se levantaron y conferenciaron entre sí.
--Además, para que vean nuestros vecinos que somos gente espléndida y nos sobra dinero,--continuó don Filipo levantando la voz y lanzando una rápida mirada al grupo de los viejos,--propongo: 1.o cuatro hermanos mayores para los dos días de fiesta, y 2.o que cada día se arrojen al lago 200 gallinas fritas, 100 capones rellenos y 50 lechones, como lo hacía Sila, contemporáneo de ese Cicerón, de quien acaba de hablar Cpn. Basilio.
--¡Eso es, como Sila!--repitió Cpn. Basilio lisonjeado.
El asombro subía por grados.
--Como va á acudir mucha gente rica y cada uno se trae miles y miles de pesos y sus mejores gallos, y el liam-pó [80] y las cartas, propongo quince días de gallera, libertad de abrir todas las casas de juego...
Pero los jóvenes le interrumpieron levantándose: creían que el teniente mayor se había vuelto loco. Los viejos discutían con calor.
--Y por último, para no descuidar los placeres del alma...
Los murmullos y los gritos que se levantaron de todos los rincones de la sala cubrieron totalmente su voz: aquello no fué ya más que un tumulto.
--¡No!--gritaba un intransigente conservador;--¡no quiero que se alabe de haber hecho la fiesta, no! ¡Dejadme, dejadme hablar!
--¡Don Filipo nos ha engañado!--decían los liberales. ¡Votaremos en contra! ¡Se ha pasado á los viejos! ¡Votemos en contra!
El gobernadorcillo, más abatido que nunca, no hacía nada para restablecer el orden: esperaba que lo restableciesen ellos.
El capitán de cuadrilleros pidió la palabra; se la otorgaron, pero no abrió la boca y volvió á sentarse confuso y avergonzado.
Por fortuna se levantó Cpn. Valentín, el más moderado entre todos los conservadores, y habló:
--No podemos admitir lo que ha propuesto el teniente mayor, por parecernos una exageración. Tantas bombas y tantas noches de comedia sólo las puede desear un joven, como el teniente mayor, que puede pasar muchas noches en vela y oir muchas detonaciones sin volverse sordo. He consultado la opinión de las personas sensatas, y todas desaprueban unánimemente el proyecto de don Filipo. ¿No es esto, señores?
--¡Sí! ¡sí!--dijeron jóvenes y viejos á una voz. Los jóvenes estaban encantados de oir hablar así á un viejo.
--¿Qué vamos á hacer nosotros con cuatro hermanos mayores?--prosiguió el anciano.--¿Qué quieren decir esas gallinas, capones y lechones arrojados al lago? ¡Hambuguería! dirán nuestros vecinos, y luego ayunaremos medio año. ¿Qué tenemos que ver con Sila ni con los romanos? ¿Nos han invitado acaso alguna vez á sus fiestas? ¡Yo, por lo menos, no he recibido ningún billete de su parte y cuidado que ya soy viejo!
--¡Los romanos viven en Roma, donde está el Papa!--le murmuró por lo bajo Cpn. Basilio.
--¡Ahora lo comprendo!--exclamó el anciano sin turbarse.--Celebrarían sus fiestas en vigilia y el Papa mandaría arrojar la comida al mar para no cometer un pecado. Pero, de todos modos, vuestro proyecto de fiesta es inadmisible, imposible, ¡es una locura!
Don Filipo, combatido vivamente, tuvo que retirar su proposición.
Los conservadores más intransigentes, satisfechos de la derrota de su mayor enemigo, vieron sin inquietud levantarse á un joven cabeza de barangay y pedir la palabra.
--Pido á VV. SS. me excusen, si, joven como soy, me atrevo á hablar delante de tantas personas respetabilísimas tanto por su edad, como por la prudencia y el discernimiento con que en todos los asuntos juzgan; pero puesto que el elocuente orador, Cpn. Basilio, ha invitado á todos á manifestar aquí sus opiniones, sirva su autorizada palabra de disculpa á la pequeñez de mi persona.
Los conservadores movían la cabeza satisfechos.
--¡Este joven habla bien!--¡Es modesto!--¡Raciocina admirablemente!--se decían unos á otros.
--¡Es lástima que no sepa gesticular bien!--observó Cpn. Basilio.--Pero ¡ya se ve! no ha estudiado á Cicerón y aún es muy joven.
--Si os presento, señores, un programa ó proyecto,--continuó el joven,--no lo hago con el pensamiento de que lo encontraréis perfecto, ni lo aceptaréis; quiero, al mismo tiempo que me someto una vez más á la voluntad de todos, probar á los viejos que pensamos siempre como ellos, puesto que hacemos nuestras todas las ideas que tan elegantemente ha expresado Cpn. Basilio.
--¡Bien dicho, bien dicho!--decían los lisonjeados conservadores.
Cpn. Basilio hacía señas al joven para decirle cómo debía mover el brazo y poner el pie. El único que permanecía impasible era el gobernadorcillo, distraído ó preocupado: ambas cosas parecía. El joven prosiguió, animándose:
--Mi proyecto, señores, se reduce á lo siguiente: inventar nuevos espectáculos que no sean los ordinarios y comunes que vemos cada día, y procurar que el dinero recaudado no salga del pueblo, ni se gaste vanamente en pólvoras, sino que se emplee en alguna cosa de utilidad para todos.
--¡Eso es! ¡eso es!--asintieron los jóvenes;--eso queremos.
--¡Muy bien!--añadieron los viejos.
--¿Qué sacamos nosotros de una semana de comedias que pide el teniente mayor? ¿Qué aprendemos con los reyes de Bohemia y Granada, que mandan cortar la cabeza á sus hijas ó las cargan en un cañón y luego el cañón se convierte en trono? Ni somos reyes, ni somos bárbaros, ni tenemos cañones, y si les imitásemos nos ahorcarían en Bagumbayan. ¿Qué son esas princesas que se mezclan en las batallas, reparten tajos y mandobles, pelean con príncipes y vagan solas por montes y valles, como seducidas del Tikbalang [81]? En nuestras costumbres amamos la dulzura y la ternura en la mujer y temeríamos estrechar unas manos de doncella, manchadas en sangre, aun cuando esa sangre fuese la de un moro ó gigante; entre nosotros menospreciamos y tenemos por vil al hombre que levanta la mano sobre una mujer, ya sea príncipe, alférez, ó rudo campesino. ¿No sería mil veces mejor que representásemos la pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios y defectos y ensalzar las buenas cualidades?
--¡Eso es! ¡eso es!--repitieron sus partidarios.
--¡Tiene razón!--murmuraron pensativos algunos viejos.
--¡En eso no había yo pensado jamás!--prosiguió Cpn. Basilio.
--Pero ¿cómo vais á hacer eso?--le objetó el intransigente.
--¡Muy fácilmente!--contestó el joven.--Traigo aquí dos comedias, que seguramente el buen gusto y conocido discernimiento de los respetables ancianos, aquí reunidos, encontrarán muy aceptables y divertidas. Titúlase una «La Elección del Gobernadorcillo;» es una comedia en prosa, en cinco actos, escrita por uno de los presentes. La otra en nueve actos, para dos noches, es un drama fantástico de carácter satírico, escrito por uno de los mejores poetas de la provincia, y se titula Mariang Makiling [82]. Viendo nosotros que se retardaba la discusión de los preparativos de la fiesta, y temiendo que nos faltase tiempo, hemos buscado en secreto nuestros actores y les hemos hecho aprender sus papeles. Esperamos que con una semana de ensayo, tendrán más que lo suficiente para salir airosos de su cometido. Esto, señores, además de ser nuevo, útil y razonable, resulta económico: trajes no necesitamos, los nuestros sirven, los de la vida común.
--¡Yo costeo el teatro!--exclamó entusiasmado Cpn. Basilio.
--¡Si salen soldados, presto los míos!--dijo el capitán de cuadrilleros.
--Y yo... y yo... si necesitan un viejo...--balbuceaba otro, y se erguía con prosopopeya.
--¡Aceptado! ¡aceptado!--gritaron muchas voces.
El teniente mayor estaba pálido de emoción; llenáronse de lágrimas sus ojos.
--¡Llora de despecho!--pensó el intransigente y gritó:
--¡Aceptado, aceptado sin discusión!
Y satisfecho de su venganza y de la completa derrota de su adversario, el hombre empezó á elogiar el proyecto del joven. Este prosiguió:
--Una quinta parte del dinero recaudado se puede emplear para distribuir algunos premios, por ejemplo, al mejor chico de la escuela, al mejor pastor, labrador, pescador, etc. Podremos organizar regatas en el río y en el lago, carreras de caballos, levantar cucañas é instituir otros juegos en que puedan tomar parte nuestros campesinos. Concedo que por razón de nuestras inveteradas costumbres tengamos fuegos artificiales: ruedas y castillos ofrecen espectáculos muy hermosos y divertidos, pero no creo que necesitemos las bombas que propuso el teniente mayor. Para alegrar la fiesta dos bandas de música son suficientes; así, evitamos esas riñas y enemistades, que hacen de los pobres músicos, que vienen á alegrar nuestras fiestas con su trabajo, unos verdaderos gallos de pelea, retirándose después mal pagados, mal alimentados, contusos y á veces heridos. Con el dinero que ha de sobrar se puede principiar la construcción de un pequeño edificio para servir de escuela, pues no hemos de esperar que Dios mismo descienda y nos la levante: es triste cosa que mientras tenemos una gallera de primer orden, nuestros niños aprendan poco menos que en la cuadra del cura. He aquí el proyecto á la ligera: el perfeccionarlo será la obra de todos.
Un alegre murmullo se levantó en la sala: casi todos asentían á lo dicho por el joven; sólo algunos murmuraban:
--¡Cosas nuevas! ¡cosas nuevas! En nuestra juventud...
--Aceptémoslo por ahora,--decían los otros;--humillemos á aquél.
Y señalaban al teniente mayor.
Cuando se restableció el silencio, todos estaban ya conformes. Faltaba la decisión del gobernadorcillo.
Este sudaba, se agitaba inquieto, se pasaba la mano por la frente y por fin pudo tartamudear con los ojos bajos:
--Yo también estoy conforme... pero ¡ejem!
El tribunal le escuchaba en silencio.
--¿Pero?--preguntó Cpn. Basilio.
--¡Muy conforme!--repitió el gobernadorcillo:--es decir... no estoy conforme... sí, pero...
Y se frotó los ojos con el dorso de la mano.
--Pero el cura,--continuó el infeliz,--el padre cura quiere otra cosa.
--¿Paga el cura la fiesta ó la pagamos nosotros? ¿Ha dado un cuarto siquiera?--exclamó una voz penetrante.
Todos miraron hacia el sitio de donde partieron estas preguntas: allí estaba el filósofo Tasio.
El teniente mayor estaba inmóvil con los ojos fijos, mirando al gobernadorcillo.
--Y ¿qué quiere el cura?--preguntó Cpn. Basilio.
--Pues el padre cura quiere... seis procesiones, tres sermones, tres grandes misas... y si sobra dinero, comedia de Tondo y canto en los intermedios.
--¡Pues nosotros no los queremos!--dijeron los jóvenes y algunos viejos.
--¡El padre cura lo quiere!--repitió el gobernadorcillo.--Yo he prometido al cura que se cumpliría su voluntad.
--Entonces ¿por qué nos habéis convocado?
--Precisamente... para decíroslo.
--Y ¿por qué no lo habéis dicho desde un principio?
--Quería decirlo, señores, pero Cpn. Basilio habló y no he tenido tiempo... ¡Hay que obedecer al cura!
--¡Hay que obedecerle!--repitieron algunos viejos.
--¡Hay que obedecer! de lo contrario el Alcalde nos encarcela á todos,--añadieron tristemente otros viejos.
--¡Pues obedeced y haced la fiesta vosotros!--exclamaron los jóvenes levantándose.--Nosotros retiramos nuestra contribución.
--¡Todo está cobrado ya!--dijo el gobernadorcillo.
Don Filipo se le acercó y le dijo amargamente:
--Sacrifiqué mi amor propio en favor de una buena causa; vos sacrificásteis vuestra dignidad de hombre en favor de una mala y todo lo derribásteis.
Ibarra decía al maestro de escuela:
--¿Quiere usted algo para la cabecera de la provincia? Hoy parto inmediatamente.
--¿Tiene usted un negocio?
--¡Tenemos un negocio!--contestó Ibarra con misterio.
Por el camino decía el viejo filósofo á don Filipo, que maldecía su suerte:
--¡La culpa es nuestra! ¡Vosotros no protestásteis cuando os dieron por jefe un esclavo, y yo, loco de mí, lo he olvidado!
XXI
HISTORIA DE UNA MADRE
Andaba incierto--volaba errante, Un solo instante--sin descansar....
(Alaejos).
Sisa corría á su casa con ese trastorno en las ideas que se produce en nuestro sér, cuando en medio de una desgracia nos vemos desamparados de todos y huyen de nosotros las esperanzas. Entonces parece que todo se oscurece en torno nuestro, y si vemos alguna lucecita brillar á lo lejos, corremos á ella, la perseguimos; ¡no importa si en medio del sendero se abre un abismo!
La madre quería salvar á sus hijos; ¿cómo? Las madres no preguntan por los medios cuando se trata de sus hijos.
Corría desalada, perseguida por los temores y los siniestros presentimientos. ¿Habrían preso ya á su hijo Basilio? ¿A dónde ha huido su Crispín?
Cerca de su casa distinguió los capacetes de dos soldados por encima del cercado de su huerta. Imposible describir lo que pasó en su corazón: olvidóse de todo. Ella no ignoraba la audacia de aquellos hombres, que no guardaban miramientos aun con los más ricos del pueblo; ¿qué iba á ser ahora de ella y de sus hijos, acusados de hurto? Los guardias civiles no son hombres; sólo son guardias civiles; no oyen súplicas y están acostumbrados á ver lágrimas.
Sisa, instintivamente, levantó los ojos al cielo, y el cielo sonreía con luz inefable: algunas blancas nubecillas nadaban en el transparente azul. Detúvose para reprimir el temblor que se apoderaba de todo su cuerpo.
Los soldados dejaban su casa y venían solos: no habían prendido más que la gallina que Sisa engordaba. Respiró y cobró ánimo.
--¡Qué buenos son y qué buen corazón tienen!--murmuró casi llorando de alegría.
Hubieran los soldados quemado la casa, pero dejando en libertad á sus hijos, y ella los habría colmado de bendiciones.
Miró otra vez agradecida al cielo, que surcaba una bandada de garzas, esas nubes ligeras de los cielos de Filipinas, y, renaciendo en su corazón la confianza, prosiguió su camino.
Al aproximarse á aquellos hombres temibles, Sisa hacía de mirar á todas partes como distraída y fingía no ver su gallina, que piaba pidiendo socorro. Apenas pasó á su lado, quiso correr, pero la prudencia moderó sus pasos.
No se había alejado mucho cuando oyó que la llamaban imperiosamente. Estremecióse, pero hízose la desentendida y continuó andando. Tornaron á llamarla, pero esta vez con un grito y una palabra insultante. Volvióse á pesar suyo toda pálida y temblorosa. Un guardia civil le hacía señas con la mano.
Acercóse Sisa maquinalmente, sintiendo su lengua paralizarse de terror y secándosele la garganta.
--¡Dinos la verdad ó si no te atamos á aquel árbol y te pegamos dos tiros!--dijo uno de ellos con voz amenazadora.
La mujer miró hacia el árbol.
--¿Eres la madre de los ladrones, tú?--preguntó el otro.
--¡Madre de los ladrones!--repitió Sisa maquinalmente.
--¿Dónde está el dinero que te han traído anoche tus hijos?
--¡Ah! el dinero...
--¡No nos lo niegues, que será peor para tí!--añadió el otro.--Hemos venido para prender á tus hijos y el mayor se nos ha escapado; ¿dónde has escondido al menor?
Al oir esto, Sisa respiró.
--¡Señor! contestó; hace muchos días que no he visto á mi hijo Crispín: esperaba verle esta mañana en el convento y allí solamente me dijeron que...
Los dos soldados cambiaron una mirada significativa.
--¡Bueno!--exclamó uno de ellos;--danos el dinero y te dejaremos en paz.
--¡Señor!--suplicó la desgraciada mujer;--mis hijos no roban aunque tengan hambre: estamos acostumbrados á padecerla. Basilio no me ha traído ni un cuarto; registrad toda la casa y si encontráis un solo real, haced de nosotros lo que queráis. Los pobres ¡no somos todos ladrones!
--Entonces,--repuso el soldado lentamente y fijando sus miradas en los ojos de Sisa--vienes con nosotros; tus hijos ya procurarán parecer y soltar el dinero que han robado. ¡Síguenos!
--¿Yo?... ¿seguiros?--murmuró la mujer retrocediendo y mirando con espanto los uniformes de los soldados.
--Y ¿por qué no?
--¡Ah! ¡compadeceos de mí!--suplicó casi de rodillas.--Soy muy pobre, no tengo ni oro, ni alhajas que ofreceros: lo único que tenía me lo habéis sacado ya, la gallina que yo pensaba vender... llevaos todo lo que encontréis en mi choza, pero dejadme aquí en paz, ¡dejadme aquí morir!
--¡Adelante! tienes que venir, y si no sigues á gusto te ataremos.
Sisa rompió en amargo llanto. Aquellos hombres eran inflexibles.
--¡Dejadme al menos ir delante á una distancia!--suplicó cuando sintió que la cogían brutalmente y la empujaban.
Los dos soldados se conmovieron y conferenciaron entre sí en voz baja.
--¡Bien!--dijo uno;--como de aquí hasta que entremos en el pueblo puedes correr, estarás entre nosotros dos. Una vez allá podrás marchar delante á unos veinte pasos; pero ¡cuidado! no entres en ninguna tienda, no te detengas. ¡Adelante y aprisa!
Vanas fueron las súplicas, vanas las razones, inútiles las promesas. Los soldados decían que se comprometían bastante y le concedían demasiado.
Al verse en medio de los dos sintió morirse de vergüenza... Nadie en verdad venía por el camino, pero y ¿el aire y la luz del día? El verdadero pudor ve miradas en todas partes. Cubrióse la cara con el pañuelo, y marchando á ciegas lloró en silencio sobre su humillación. Conocía su miseria, sabía que estaba abandonada de todos, aun de su mismo marido, pero hasta ahora se había considerado honrada y estimada: hasta ahora había mirado con compasión á aquellas mujeres, vestidas escandalosamente, que el pueblo denomina concubinas de los soldados. Ahora le parecía haber descendido una grada más que aquéllas en la escala de la vida.
Oyéronse pisadas de caballos: eran los que llevaban pescados á los pueblos del interior. Hacían sus viajes en pequeñas caravanas hombres y mujeres montados en malos jacos, entre dos cestos colgados á los costados del animal. Varios de ellos, al pasar delante de su choza, le habían pedido agua para beber y regalado algunos pescados. Ahora, al pasar á su lado, le parecía que la atropellaban y pisoteaban y que sus miradas, compasivas ó desdeñosas, penetraban al través de su pañuelo y asaeteaban su cara.
Al fin los viajeros se alejaron, y Sisa suspiró. Apartó un instante el pañuelo para ver si aún estaban lejos del pueblo. Quedaban algunos postes de telégrafos antes de llegar al bantayan ó garita. Jamás le había parecido tan larga aquella distancia.
A orillas del camino crecía un frondoso cañaveral, á cuya sombra descansaba ella en otros tiempos. Allí le daba dulce conversación su novio; él la ayudaba á llevar el cesto de frutas y legumbres; ¡ay! aquello pasó como un sueño; el novio fué marido y al marido le hicieron cabeza de barangay y entonces la desgracia comenzó á llamar á su puerta.
Como el sol empezaba á arder, preguntáronla los soldados si quería descansar.
--¡Gracias!--respondió horrorizada.
Pero donde se apoderó de ella verdadero terror fué al acercarse al pueblo. Angustiada, dirigió una mirada en torno suyo: ¡vastos arrozales, un pequeño canal de riego, árboles raquíticos; ni un precipicio ni una roca contra la cual estrellarse! Arrepintióse de haber seguido á los soldados hasta allí; echó de menos el profundo río que corría cerca de su choza, cuyas altas orillas, sembradas de puntiagudas rocas, ofrecían tan dulce muerte. Pero el pensamiento de sus hijos, de su hijo Crispín cuya suerte aún ignoraba, la alumbró en aquella noche, y pudo murmurar resignada:
--¡Después... después iremos á vivir en el fondo del bosque!
Secóse los ojos, procuró serenarse y dirigiéndose á los guardias, les dijo en voz baja:
--¡Ya estamos en el pueblo!
Su acento era indefinible; era queja, reconvención, lamento; era una plegaria, era el dolor condensado en sonido.
Los soldados, conmovidos, le respondieron con un gesto. Sisa se adelantó rápidamente y procuró afectar un aire tranquilo.
En aquel momento empezaron á repicar las campanas anunciando que había terminado la misa mayor. Sisa avivó el paso para no encontrarse, si posible era, con la gente que salía. Pero en vano; no había medio de esquivar su encuentro.
Saludó con amarga sonrisa á dos conocidas suyas que la interrogaban con la mirada, y en adelante, para evitarse aquellas mortificaciones, bajó la cabeza y sólo se puso á mirar al suelo, ¡y cosa extraña! tropezaba con las piedras del camino.
La gente se paraba un momento al verla, conversaban entre sí siguiéndola con los ojos: todo esto lo veía, lo sentía á pesar de tener constantemente los ojos bajos.
Oyó una voz desvergonzada de mujer que preguntaba detrás de ella casi gritando:
--¿Dónde la habéis cogido? Y ¿el dinero?
Era una mujer, sin tapis ó túnica, con saya amarilla y verde y camisa de gasa azul; se podía conocer por su traje que era una querida de la soldadesca.
Sisa creyó sentir un bofetón: aquella mujer la había desnudado delante de la multitud. Levantó un momento sus ojos para saciarse en la burla y en el desprecio; vió á la gente lejos, muy lejos de ella, y sin embargo sentía el frío de sus miradas y oía sus cuchicheos. La pobre mujer andaba sin sentir el suelo.
--¡Eh, por aquí!--le gritó un guardia.
Como un autómata cuyo mecanismo se rompe, giró rápidamente sobre sus talones. Y sin ver nada, sin pensar, corrió á esconderse; vió una puerta con un centinela, trató de penetrar por ella, pero otra voz, más imperiosa aún, la apartó de su camino. Con paso vacilante buscó la dirección de aquella voz, sintió que la empujaban por las espaldas, cerró los ojos, dió dos pasos y faltándole las fuerzas, se dejó caer en el suelo, primero de rodillas y sentada después. Un llanto sin lágrimas, sin gritos, sin ayes, la agitaba convulsivamente.
Aquello era el cuartel. Allí había soldados, mujeres, cerdos y gallinas. Algunos cosían sus ropas mientras su querida estaba acostada sobre el banco, teniendo por almohada el muslo del hombre, fumando y mirando aburrida hacia el techo. Otras ayudaban á los hombres á limpiar las prendas de vestir, las armas, etc., cantando á media voz canciones lúbricas.
--¡Parece que los pollos se han escapado! ¡No traéis más que la gallina!--dijo una mujer á los recién llegados: no se ha averiguado si aludía á Sisa ó á la gallina que continuaba piando.
--¡Sí, siempre vale más la gallina que los pollos!--se contestó ella misma cuando vió que los soldados se callaban.
--¿Dónde está el sargento?--preguntó en tono disgustado uno de los guardias civiles.--¿Han dado ya parte al alférez?
Movimientos de hombros que se encogían fueron las contestaciones: nadie se molestaba para averiguar algo acerca de la suerte de la pobre mujer.
Allí pasó ella dos horas en un estado de semimbecilidad, acurrucada en un rincón, oculta la cabeza entre las manos, los cabellos desgreñados y en desorden. A mediodía se enteró el alférez, y lo primero que hizo fué no dar crédito á la acusación del cura.
--¡Bah! ¡cosas del mezquino fraile!--dijo, y ordenó que soltaran á la mujer y que no se ocupase nadie del asunto.