Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 10
--No atribuya usted mi pregunta á una vana curiosidad,--repuso Ibarra gravemente, mirando al lejano horizonte.--He reflexionado mejor, y creo que realizar los pensamientos de mi padre, vale más que llorarle, mucho más que vengarle. Su tumba es la sagrada Naturaleza, y sus enemigos han sido el pueblo y un sacerdote: perdono al primero por su ignorancia, y respeto al segundo por su carácter, y porque quiero que se respete la religión que educó á la sociedad. Quiero inspirarme en el espíritu del que me dió el sér, y por esto desearía conocer los obstáculos que encuentra aquí la enseñanza.
--El país--dijo el maestro--bendecirá su memoria de usted, si realiza usted los hermosos propósitos de su difunto padre. ¿Quiere usted conocer los obstáculos en que tropieza la enseñanza? Pues bien, en las circunstancias en que estamos, sin un poderoso concurso la enseñanza nunca será un hecho; primero, porque en la niñez no hay aliciente ni estímulo, y segundo, porque aún cuando los hubiera, los matan la carencia de medios y muchas preocupaciones. Dicen que en Alemania estudia el hijo del campesino ocho años en la escuela del pueblo; ¿quién querrá emplear aquí la mitad de ese tiempo, cuando se recogen tan escasos frutos? Leen, escriben y se aprenden de memoria trozos y á veces libros enteros en castellano, sin entender de ellos una palabra; ¿qué utilidad saca de la escuela el hijo de nuestros aldeanos?
--Y usted que ve el mal ¿cómo no ha pensado en remediarlo?
--¡Ay!--contestó moviendo tristemente la cabeza;--un pobre maestro, solo, no lucha contra las preocupaciones, contra ciertas influencias. Necesitaría antes que todo tener escuela, un local, y no como ahora que enseño al lado del coche del padre cura, debajo del convento. Allí los niños que gustan de leer en voz alta, incomodan, como es natural, al padre, que á veces desciende nervioso, sobre todo cuando tiene sus ataques, les grita y me insulta á mí á veces. Comprenderá usted que así no se puede enseñar ni aprender; el niño no respeta al maestro desde el instante en que le ve maltratado sin hacer prevalecer sus derechos. El maestro, para ser escuchado, para que su autoridad no se ponga en duda, necesita prestigio, buen nombre, fuerza moral, cierta libertad, y permítame usted que le hable de tristes pormenores. Yo he querido introducir reformas y se han reído de mí. Para remediar aquel mal de que le hablaba, traté de enseñar el español á los niños, porque además de que el Gobierno lo ordenaba, juzgué que sería también una ventaja para todos. Empleé el método más sencillo, de frases y nombres, sin valerme de grandes reglas, esperando enseñarles la gramática cuando ya comprendiesen el idioma. Al cabo de algunas semanas los más listos casi me comprendían y componían algunas frases.
El maestro se detuvo y pareció dudar; después, como si se hubiera decidido, continuó:
--No debo avergonzarme de la historia de mis agravios; cualquiera en mi lugar se habría portado lo mismo. Como decía, principiaba bien; mas, algunos días después, el padre Dámaso, el cura de entonces, me hizo llamar por el sacristán mayor. Como conocía su carácter y temía hacerle esperar, subí inmediatamente, le saludé y le dí los buenos días en castellano. Él, que por todo saludo me alargaba la mano para que se la besara, la retiró y sin contestarme, empezó á reir á carcajadas, burlonamente. Quedéme desconcertado; delante estaba el sacristán mayor. Al pronto no supe qué decir; me quedé mirándole pero él siguió riendo. Yo ya me impacientaba y veía que iba á cometer una imprudencia, pues ser buen cristiano y ser digno á la vez no son cosas incompatibles. Iba ya á preguntarle, cuando de repente, pasando de la risa al insulto, me dijo con socarronería: «¿Con que buenos días? ¡buenos días! ¡gracioso! ¡ya sabes hablar español!» Y continuó riendo.
Ibarra no pudo reprimir una sonrisa.
--Usted se rie,--repuso el maestro riéndose también;--confieso que entonces no tuve ganas de reirme. Estaba de pie; sentí que la sangre se me subía á la cabeza, y un relámpago oscurecía mi cerebro. Al cura le ví lejos, muy lejos; me adelanté hacia él para replicarle, sin saber lo que iba á decir. El sacristán mayor se interpuso, él se levantó y me dijo serio en tagalo:--«No me uses prendas prestadas; conténtate con hablar tu idioma y no me eches á perder el español, que no es para vosotros. ¿Conoces al maestro Ciruela? Pues Ciruela era un maestro que no sabía leer y ponía escuela.» Quise detenerle, pero entróse en su cuarto y cerró la puerta violentamente. ¿Qué iba yo á hacer, yo que apenas tengo para vivir con mi sueldo, que para cobrarlo necesito el visto bueno del cura y hacer un viaje á la cabecera de la provincia, qué podía yo hacer contra él, la primera autoridad moral, política y civil en un pueblo, sostenido por su Corporación, temido del Gobierno, rico, poderoso, consultado, escuchado, creído y atendido siempre por todos? Si me insulta, debo callarme; si replico, se me arroja de mi puesto, perdiendo para siempre mi carrera, y no por eso ganaría la enseñanza, por el contrario, todos se pondrían del lado del cura, me execrarían y llamarían vanidoso, orgulloso, soberbio, mal cristiano, mal educado, y cuando no, anti-español y filibustero. Del maestro de escuela no se espera saber ni celo; sólo se le pide resignación, humillación, inercia, y perdóneme Dios si he renegado de mi conciencia y razón, pero he nacido en este país, tengo que vivir, tengo una madre y me abandono á mi suerte como un cadáver que arrastra la ola.
--Y ¿por este obstáculo se ha desanimado usted para siempre? ¿Y así ha vivido usted después?
--¡Ojalá hubiera escarmentado!--contestó;--¡se hubieran limitado á eso mis infortunios! Verdad es que desde entonces cobré aversión á mi carrera; pensaba buscar otro oficio como mi predecesor, porque el trabajo, cuando se hace á disgusto y con vergüenza, es un martirio, y porque la escuela me recordaba cada día mi afrenta, haciéndome pasar horas muy amargas. Pero ¿qué hacer? No podía desengañar á mi madre; tenía que decirle que sus tres años de sacrificios para darme esta carrera, hacen ahora mi felicidad; es menester hacerle creer que la profesión es honradísima, el trabajo delicioso, el camino sembrado de flores; que el cumplimiento de mi deber sólo me produce amistades; que el pueblo me respeta y me llena de consideraciones; de lo contrario, sin dejar de ser infeliz, haría otra desgraciada, lo que además de ser inútil es un pecado. Permanecí, pues, en mi puesto y no quise desanimarme: intenté luchar.
El maestro de escuela hizo una breve pausa y después prosiguió:
--Desde el día en que fuí tan groseramente insultado, me examiné á mí mismo y me ví en efecto muy ignorante. Púseme á estudiar día y noche el español y todo lo que se relacionaba con mi carrera; el viejo filósofo me prestaba algunos libros, leía cuanto encontraba, y analizaba cuanto leía. Con las nuevas ideas que de una parte y otra he ido adquiriendo cambió mi punto de vista, y ví muchas cosas bajo un aspecto diferente del que tenían antes. Ví errores donde antes sólo veía verdades, y verdades en muchas cosas que me parecieron errores. Los azotes, por ejemplo, que desde tiempo inmemorial eran el distintivo de las escuelas, y que antes tenían por el único medio eficaz de hacer aprender--así nos habían acostumbrado á creerlo,--me parecieron después que, lejos de contribuir al adelanto del niño, le inutilizaban considerablemente. Me convencí de que era imposible raciocinar teniendo la palmeta ó las disciplinas á la vista; el miedo y el terror turban al más sereno, además de que la imaginación del niño es más viva, más impresionable. Y como, para que en el cerebro se impriman las ideas, es menester que reine la calma, exterior é interiormente, que haya serenidad de espíritu, tranquilidad material y moral y buen ánimo, creí que ante todo debía infundir en los niños confianza, seguridad y aprecio de sí mismos. Comprendí además que el espectáculo diario de los azotes mataba la piedad en el corazón y extinguía esa llama de la dignidad, la palanca del mundo, perdiéndose con ella la vergüenza que vuelve ya difícilmente. He observado también que cuando uno es azotado, halla un consuelo en que los demás lo sean á su vez, y sonríe con satisfacción al oir el llanto de los otros; y el que se encarga de azotar, si bien obedece el primer día con repugnancia, después se acostumbra y halla un deleite en tu triste misión. El pasado me horrorizó, quise salvar el presente modificando el antiguo sistema. Traté de hacer amable y risueño el estudio, quise hacer de la cartilla, no el librito negro y bañado en lágrimas de la niñez, sino un amigo que le va á descubrir secretos maravillosos; de la escuela, no un lugar de dolores, sino un sitio de recreo intelectual. Suprimí, pues, poco á poco los azotes, me llevé á casa las disciplinas y las reemplacé con la emulación y el aprecio de sí mismos. Si se descuidaba una lección, lo atribuía á falta de voluntad, nunca á falta de capacidad; les hacía creer que tenían mejores disposiciones de las que en realidad podían tener, y esta creencia que procuraban confirmar, los obligaba á estudiar, así como la confianza conduce al heroísmo. Al principio parecía que el cambio de método era impracticable: muchos dejaron de estudiar; pero yo seguí y noté que poco á poco se iban levantando los ánimos, acudían más niños y con más frecuencia; y el que una vez era alabado delante de todos, al día siguiente aprendía el doble. Pronto se divulgó por el pueblo que yo no pegaba; el cura me hizo llamar, y temiendo yo otra escena, saludéle secamente en tagalo. Esta vez estuvo él muy serio conmigo. Me dijo que echaba á perder á los niños, que malgastaba el tiempo, que no cumplía con mi deber, que el padre que perdonaba el palo odiaba á su hijo, según el Espíritu Santo, que la letra con sangre entra, etc., etc.; me trajo una porción de dichos de los tiempos bárbaros, como si bastase que una cosa haya sido dicha por los antiguos para ser indiscutible; según esto, deberíamos creer que han existido realmente los monstruos, que aquellas edades crearon y han esculpido en sus palacios y catedrales. En fin, me recomendó ser diligente y que volviese al antiguo sistema, pues de lo contrario daría parte al alcalde en contra mía. No quedó aquí mi desgracia: días después se presentaban debajo del convento los padres de los chicos, y he tenido necesidad de llamar en mi auxilio toda mi paciencia y resignación. Empezaron ponderándome los antiguos tiempos en que los maestros tenían carácter y enseñaban como habían enseñado sus abuelos. «¡Aquellos sí que eran sabios! decían; aquellos pegaban y enderezaban el árbol torcido. ¡Aquellos no eran jóvenes, eran viejos de mucha experiencia, canosos y severos! Don Catalino, el rey de todos ellos y fundador de aquella escuela, no daba nunca menos de veinticinco palos, y por eso sacó hijos sabios y sacerdotes. ¡Ah! los antiguos valían más que nosotros, sí, señor, más que nosotros.» Otros no se contentaban con estas groseras indirectas; me decían claramente que, si seguía mi sistema, sus hijos no aprenderían nada y que se verían obligados á sacarlos de la escuela. Inútil fué razonar con ellos: como joven no me concedían gran razón. ¡Cuánto hubiera yo dado por tener canas! Citábanme la autoridad del cura, de Fulano, de Zutano y se citaban á ellos mismos, diciendo que, si no hubiera sido por los azotes de sus maestros, no habrían aprendido nada. La simpatía que algunas personas me demostraron dulcificó un poco la amargura de este desengaño.
En vista de esto, tuve que renunciar á un sistema, que después de mucho trabajo empezaba á darme sus frutos. Desesperado, llevé al día siguiente á la escuela los azotes, y comencé de nuevo mi bárbara tarea. La serenidad desapareció y volvió á reinar la tristeza en los semblantes de los niños que ya me empezaban á querer: eran mis únicas relaciones, mis únicos amigos. Aunque procuraba economizar los azotes y darlos con toda la lenidad posible, los niños se sentían sin embargo vivamente heridos, rebajados, y lloraban con amargura. Aquello me llegaba al corazón, y aunque interiormente estaba irritado contra sus estúpidas familias, no podía vengarme en aquellas inocentes víctimas de las preocupaciones de sus padres. Sus lágrimas me quemaban; el corazón no me cabía dentro del pecho, y aquel día abandoné la clase antes de la hora y me fuí á mi casa á llorar á solas... Acaso le extrañe á usted mi sensibilidad, pero si estuviese en mi lugar, la comprendería. El viejo don Anastasio me decía: «¿Piden azotes los padres? ¿Por qué no se los dió usted á ellos?» De resultas de esto caí enfermo.
Ibarra escuchaba pensativo.
--Apenas restablecido, volví á la escuela y encontré á mis discípulos reducidos á una quinta parte. Los mejores habían desertado á la vuelta del antiguo sistema, y de los que quedaban, unos cuantos que iban á la escuela para huir de los trabajos domésticos, ninguno manifestó alegría, ninguno me felicitó por mi convalecencia: les era igual que sanase ó no, quizás hubieran preferido que hubiese continuado enfermo, porque el sustituto, si bien pegaba más, iba en cambio raras veces á clase. Mis otros alumnos, aquellos que sus padres conseguían obligar á ir á la escuela, íbanse de paseo á otra parte. Culpábanme de haberlos mimado y me llenaban de recriminaciones. Uno, sin embargo, el hijo de una campesina que me visitaba durante mi enfermedad, no volvió porque se había hecho sacristán: el sacristán mayor dice que los sacristanes no deben frecuentar la escuela: se rebajarían.
--Y ¿se resignó usted con sus nuevos alumnos?--preguntó Ibarra.
--¿Podía hacer otra cosa?--contestó.--Sin embargo, como durante mi enfermedad habían sucedido muchas cosas, cambiamos de cura. Concebí una nueva esperanza é intenté hacer otra prueba para que los niños no perdiesen del todo el tiempo y aprovechasen en lo posible los azotes; que al menos que aquellas vergüenzas den para ellos algún fruto, pensé. Quise hacer, ya que ahora no me podían amar, que al menos conservando algo útil de mí, me recordasen después con menos amargura. Usted ya sabe que en la mayor parte de las escuelas están en castellano los libros, á excepción del Catecismo tagalo, que varía según la corporación religiosa á que pertenece el cura. Estos libros suelen ser novenas, trisagios, el catecismo del padre Astete, de los que tanta piedad sacan como de los libros de los herejes. En la imposibilidad de enseñarles el castellano ni de traducir tantos libros, he procurado sustituirlos poco á poco por cortos trozos, sacados de obras útiles tagalas, como el tratado de Urbanidad de Hortensio y Feliza, algunos manualitos de Agricultura, etc., etc. A veces yo mismo traducía obritas como la historia de Filipinas del padre Barranera y los dictaba después, para que los reuniesen en cuadernos, aumentándolos á veces con propias observaciones. Como no tenía mapas para enseñarles Geografía, copié uno de la provincia que ví en la Cabecera, y con esta reproducción y las baldosas del suelo les dí algunas ideas del país. Esta vez fueron las mujeres las que se alborotaron; los hombres se contentaban con sonreir viendo en ello una de mis locuras. El nuevo cura me hizo llamar, y si bien no me reprendió, me dijo que primero debía cuidarme de la religión, y que antes de enseñar estas cosas, debían los niños probar en un examen que saben bien de memoria los Misterios, el Trisagio y el Catecismo de la Doctrina Cristiana.
En el entretanto, pues, estoy trabajando para que los chicos se conviertan en papagayos y puedan saber de memoria tantas cosas de las cuales no entienden una sola palabra. Muchos saben ya los Misterios y el Trisagio, pero me temo que no se estrellen mis esfuerzos con el padre Astete, pues la mayor parte de mis alumnos no distinguen aún muy bien las preguntas de las respuestas y lo que ambas cosas pueden significar. ¡Y así moriremos y así harán los que han de nacer, y en Europa se hablará del Progreso!
--¡No seamos tan pesimistas!--repuso Ibarra levantándose.--El teniente mayor me ha pasado una invitación para asistir á una junta en el tribunal... ¿Quién sabe si allí tendrá usted una respuesta á sus preguntas?
El maestro se levantó también, pero sacudiendo la cabeza en señal de duda, respondió:
--¡Va usted á ver cómo el proyecto ese de que me hablaron se queda también como los míos! Y si no, ¡veámoslo!
XX
LA JUNTA EN EL TRIBUNAL [75]
Era una sala de doce á quince metros de larga por ocho á diez de ancha. Sus muros, blanqueados de cal, estaban cubiertos de dibujos al carbón, más ó menos feos, más ó menos indecentes, con inscripciones que completaban su sentido. En un rincón y adosados ordenadamente al muro, se veían unos diez viejos fusiles de chispa entre sables roñosos, espadines y talibones: aquello era el armamento de los cuadrilleros [76].
En un extremo de la sala, que adornan sucias cortinas rojas, se escondía colgado de la pared el retrato de S. M.; debajo del retrato, sobre una tarima de madera, un viejo sillón abría sus destrozados brazos; delante, una grande mesa de madera, manchada de tinta, picada y tallada de inscripciones y monogramas, como muchas mesas de las tabernas alemanas que frecuentan los estudiantes. Bancos y sillas desvencijadas completaban el mueblaje.
Esta es la sala de las sesiones, del tribunal, de la tortura, etc. Aquí conversan ahora las autoridades del pueblo y de los barrios: el partido de los viejos no se mezcla con el de los jóvenes, y unos y otros no se pueden sufrir: representan el partido conservador y el liberal, sólo que sus luchas adquieren en los pueblos un carácter extremado.
--¡La conducta del gobernadorcillo me escama!--decía don Filipo, el jefe del partido liberal, á sus amigos;--lleva un plan preconcebido en esto de dejar hasta la última hora la discusión del presupuesto. Notad que apenas nos quedan once días.
--¡Y se ha quedado en el convento á conferenciar con el cura que está enfermo!--observó uno de los jóvenes.
--¡No importa!--repuso otro;--todo lo tenemos ya preparado Con tal que el proyecto de los viejos no obtenga la mayoría...
--¡No lo creo!--dijo don Filipo;--yo presentaré el proyecto de los viejos.
--¿Cómo? ¿qué decís?--preguntaron sus oyentes sorprendidos.
--Digo que si hablo el primero, presentaré el proyecto de nuestros enemigos.
--Y ¿el nuestro?
--De presentarlo os encargaréis vos,--contestó el teniente sonriendo y dirigiéndose á un joven cabeza de barangay [77]; hablaréis después que haya yo sido derrotado.
--¡No os comprendemos, señor!--decían los interlocutores, mirándole llenos de duda.
--¡Oid!--dijo don Filipo en voz baja á dos o tres que le escuchaban.--Esta mañana me encontré con el viejo Tasio.
--Y ¿qué?
--El viejo me dijo: «Vuestros enemigos os odian á vos más que á vuestras ideas. ¿Queréis que una cosa no se haga? pues proponedla, y aunque fuese más útil que una mitra será rechazada. Una vez que os hayan derrotado, haced que exponga lo que queríais el más modesto de entre todos, y vuestros enemigos, por humillaros, lo aprobarán.» Pero guardadme el secreto.
--Pero...
--Por eso propondré el proyecto de nuestros enemigos exagerándolo hasta el ridículo. ¡Silencio! ¡El señor Ibarra y el maestro de escuela!
Ambos jóvenes saludaron á unos grupos y otros sin tomar parte en sus conversaciones.
Momentos después entró el gobernadorcillo con el rostro disgustado: era el mismo que vimos ayer llevando una arroba de velas. A su entrada cesaron los murmullos, cada cual tomó asiento, reinando poco á poco el silencio.
Sentóse el capitán [78] en el sillón colocado debajo del retrato de Su Majestad, tosió cuatro ó cinco veces, pasóse las manos por la cabeza y la cara, puso los codos sobre la mesa, los retiró, volvió á toser y así sucesivamente.
--¡Señores!--repuso al fin con voz desfallecida:--me he atrevido á convocaros á todos para esta junta... ¡ejem! ¡ejem!... tenemos que celebrar la fiesta de nuestro patrón San Diego, el 12 de este mes... ¡ejem! ¡ejem! hoy estamos á dos... ¡ejem! ¡ejem!
Y aquí le atacó una tos pausada y seca, que le redujo al silencio.
Levantóse entonces del banco de los viejos un hombre de unos cuarenta años, de aspecto arrogante. Era el rico capitán Basilio, contrario del difunto don Rafael, un hombre que pretendía que desde la muerte de Santo Tomás de Aquino el mundo no había dado un paso hacia adelante, y que desde que él dejó San Juan de Letrán, la humanidad empezó á retroceder.
--Permítanme VV. SS. que tome la palabra en un asunto tan interesante,--dijo.--Hablo el primero, si bien otros de los que aquí están presentes tienen más derechos que yo, pero hablo el primero porque me parece que en estas cosas el hablar el primero no significa que sea uno el primero, así como hablar el último no significa tampoco que sea uno el último. Además, las cosas que tendré que decir son de una importancia tal, que no son para dejadas ni dichas al último, y por eso quisiera hablar el primero para darle su tono correspondiente. Me permitirán pues VV. SS. que hable el primero en esta junta donde veo muy notabilísimas personas como el capitán actual; el capitán pasado, mi distinguido amigo don Valentín; el capitán pasado, mi amigo de la infancia don Julio; nuestro célebre capitán de cuadrilleros, don Melchor, y tantas otras señorías más, que para ser breve no quiero mentar, que VV. SS. ven aquí presentes. Suplico á VV. SS. que me permitan el uso de la palabra antes que otro alguno hable. ¿Tendría yo la fortuna de que la Junta accediese á mi humilde ruego?
Y el orador se inclinó respetuosamente sonriendo.
--¡Ya podéis hablar, que os escuchamos con ansia!--dijeron los amigos aludidos y otras personas que le tenían por un gran orador: los viejos tosían con satisfacción y se frotaban las manos.
Capitán Basilio, después de limpiarse el sudor con su pañuelo de seda, prosiguió:
--Ya que VV. SS. han sido tan amables y tan complacientes con mi humilde persona, concediéndome el uso de la palabra antes que á otro cualquiera de los que aquí están presentes, me aprovecharé de este permiso, tan generosamente concedido, y voy á hablar. Me imagino con mi imaginación que me encuentro en medio del respetabilísimo Senado romano, senatus populusque romanus que decíamos en aquellos hermosos tiempos, que fatalmente para la humanidad no volverán ya, y pediré á los patres conscripti, que diría el sabio Cicerón, si estuviera en mi lugar, pediré, puesto que nos falta tiempo, y el tiempo es oro como decía Salomón, que en esta importante cuestión cada uno exponga su parecer clara, breve y sencillamente. He dicho.
Y satisfecho de sí mismo y de la atención de la sala, el orador se sentó no sin dirigir una mirada de superioridad á Ibarra que estaba sentado en un rincón, y otra de mucha significación á sus amigos como diciéndoles: «¡Ah! ¿He hablado bien? ¡ah!»
Sus amigos reflejaron también ambas miradas, dirigiéndose hacia los jóvenes como para matarlos de envidia.
--Ahora puede hablar el que quiera, ¡ejem!--repuso el gobernadorcillo sin poder acabar su frase... que la tos y los suspiros interrumpieron.
A juzgar por el silencio, ninguno quería dejarse llamar uno de los patres conscripti, ninguno se levantaba: entonces don Filipo aprovechó la ocasión y pidió la palabra.
Los conservadores guiñaron los ojos y se hicieron señas significativas.
--Yo voy á presentar mi presupuesto, señores, para la fiesta,--dijo don Filipo.
--¡No lo podemos admitir!--contestó un viejo tísico, conservador intransigente.
--¡Votamos en contra!--dijeron los otros adversarios.
--¡Señores!--dijo don Filipo reprimiendo una sonrisa;--aún no he expuesto el proyecto que nosotros, los jóvenes, traemos aquí. Este gran proyecto, estamos seguros de que será preferido por todos al que idean ó pueden idear nuestros adversarios.
Este presuntuoso exordio acabó de irritar los ánimos de los conservadores, quienes juraron in corde hacerle una terrible oposición. Don Filipo prosiguió: