Part 4
—En efecto, señora—dijo como quien habla desde otro mundo Augusto—, el primer paso es verse y conocerse...
—Y yo creo que así que ella le conozca a usted, pues... ¡la cosa es clara!
—No tan clara—arguyó don Fermín—. Los caminos de la Providencia son misteriosos siempre... Y en cuanto a eso de que para casarse sea preciso o siquiera conveniente conocerse antes, discrepo... discrepo... El único conocimiento eficaz es el conocimiento _post nuptias_. Ya me has oído, esposa mía, lo que en lenguaje bíblico significa conocer. Y, créemelo, no hay más conocimiento sustancial y esencial que ése, el conocimiento penetrante...
—Cállate, hombre, cállate, no desbarres.
—El conocimiento, Ermelinda,...
Sonó el timbre de la puerta.
—¡Ella!—exclamó con misteriosa voz el tío.
Augusto sintió una oleada de fuego subirle del suelo hasta perderse, pasando por su cabeza, en lo alto, encima de él. Y empezó el corazón a martillarle el pecho.
Se oyó abrir la puerta, y ruido de unos pasos rápidos e iguales, rítmicos. Y Augusto, sin saber cómo, sintió que la calma volvía a reinar en él.
—Voy a llamarla—dijo don Fermín haciendo conato de levantarse.
—¡No, de ningún modo!—exclamó doña Ermelinda, y llamó.
Y luego a la criada al presentarse:—¡Di a la señorita Eugenia que venga!
Se siguió un silencio. Los tres, como en complicidad, callaban. Y Augusto se decía: «¿Podré resistirlo? ¿no me pondré rojo como una amapola o blanco cual un lirio cuando sus ojos llenen el hueco de esa puerta? ¿no estallará mi corazón?»
Oyóse un lijero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah! breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos irradiaba. Y sólo al oir que doña Ermelinda empezaba a decir a su sobrina: «Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez...», volvió en sí y se puso en pie procurando sonreír.
—Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez, que desea conocerte...
—¿El del canario?—preguntó Eugenia.
—Sí, el del canario, señorita—contestó Augusto acercándose a ella y alargándole la mano. Y pensó: «¡Me va a quemar con la suya!»
Pero no fué así. Una mano blanca y fría, blanca como la nieve y como la nieve fría, tocó su mano. Y sintió Augusto que se derramaba por su ser todo como un fluido de serenidad.
Sentóse Eugenia.
—Y este caballero...—empezó la pianista.
«¡Este caballero... este caballero...—pensó Augusto rapidísimamente—este caballero! ¡Llamarme caballero! ¡Esto es de mal agüero!»
—Este caballero, hija mía, que ha hecho por una feliz casualidad...
—Sí, la del canario.
—¡Son misteriosos los caminos de la Providencia!—sentenció el anarquista.
—Este caballero, digo—agregó la tía—, que por una feliz casualidad ha hecho conocimiento con nosotros y resulta ser el hijo de una señora a quien conocí algo y respeté mucho; este caballero, puesto que es amigo ya de casa, ha deseado conocerte, Eugenia.
—¡Y admirarla!—añadió Augusto.
—¿Admirarme?—exclamó Eugenia.
—¡Sí, como pianista!
—¡Ah, vamos!
—Conozco, señorita, su gran amor al arte...
—¿Al arte? ¿A cuál, al de la música?
—¡Claro está!
—¡Pues le han engañado a usted, don Augusto!
«¡Don Augusto! ¡Don Augusto!—pensó éste—. ¡Don...! ¡De qué mal agüero es este don! ¡casi tan malo como aquel caballero!» Y luego, en voz alta:
—¿Es que no le gusta la música?
—Ni pizca, se lo aseguro.
«Liduvina tiene razón—pensó Augusto—; ésta después que se case, y si el marido la puede mantener, no vuelve a teclear un piano.» Y luego, en voz alta:
—Como es voz pública que es usted una excelente profesora...
—Procuro cumplir lo mejor posible con mi deber profesional, y ya que tengo que ganarme la vida...
—Eso de tener que ganarte la vida...—empezó a decir don Fermín.
—Bueno, basta—interrumpió la tía—; ya el señor don Augusto está informado de todo...
—¿De todo? ¿De qué?—preguntó con aspereza y con un lijerísimo ademán de ir a levantarse Eugenia.
—Sí, de lo de la hipoteca...
—¿Cómo?—exclamó la sobrina poniéndose en pie—. Pero ¿qué es esto, qué significa todo esto, a qué viene esta visita?
—Ya te he dicho, sobrina, que este señor deseaba conocerte... Y no te alteres así...
—Pero es que hay cosas...
—Dispense a su señora tía, señorita—suplicó también Augusto poniéndose a su vez en pie, y lo mismo hicieron los tíos—; pero no ha sido otra cosa... Y en cuanto a eso de la hipoteca y a su abnegación de usted y amor al trabajo, yo nada he hecho para arrancar de su señora tía tan interesantes noticias; yo...
—Sí, usted se ha limitado a traer el canario unos días después de haberme dirigido una carta...
—En efecto, no lo niego.
—Pues bien, caballero, la contestación a esa carta se la daré cuando mejor me plazca y sin que nadie me cohiba a ello. Y ahora vale más que me retire.
—¡Bien, muy bien!—exclamó don Fermín—. ¡Esto es entereza y libertad! ¡Esta es la mujer del porvenir! ¡Mujeres así hay que ganarlas a puño, amigo Pérez, a puño!
—¡Señorita...!—suplicó Augusto acercándose a ella.
—Tiene usted razón—dijo Eugenia, y le dio para despedida la mano, tan blanca y tan fría como antes y como la nieve.
Al dar la espalda para salir y desaparecer así los ojos aquéllos, fuentes de misteriosa luz espiritual, sintió Augusto que la ola de fuego le recorría el cuerpo, el corazón le martillaba el pecho y parecía querer estallarle la cabeza.
—¿Se siente usted malo?—le preguntó don Fermín.
—¡Qué chiquilla, Dios mío, qué chiquilla!—exclamaba doña Ermelinda.
—¡Admirable! ¡majestuosa! ¡heroica! ¡una mujer! ¡toda una mujer!—decía Augusto.
—Así creo yo—añadió el tío.
—Perdone, señor don Augusto—repetíale la tía—, perdone; esta chiquilla es un pequeño erizo; ¡quién lo había de pensar!...
—Pero ¡si estoy encantado, señora, encantado! ¡Si esta recia independencia de carácter, a mí, que no le tengo, es lo que más me entusiasma!; ¡si es ésta, ésta, ésta y no otra la mujer que yo necesito!
—¡Sí, señor Pérez, sí—declamó el anarquista—; ésta es la mujer del porvenir!
—¿Y yo?—arguyó doña Ermelinda.
—¡Tú, la del pasado! ¡Esta es, digo, la mujer del porvenir! ¡Claro, no en balde me ha estado oyendo disertar un día y otro sobre la sociedad futura y la mujer del porvenir; no en balde la he inculcado las emancipadoras doctrinas del anarquismo... sin bombas!
—¡Pues yo creo—dijo de mal humor la tía—que esta chicuela es capaz hasta de tirar bombas!
—Y aunque así fuera...—insinuó Augusto.
—¡Eso no! ¡eso no!—el tío.
—Y ¿qué más da?
—¡Don Augusto! ¡Don Augusto!
—Yo creo—añadió la tía—que no por esto que acaba de pasar debe usted ceder en sus pretensiones...
—¡Claro que no! Así tiene más mérito.
—¡A la conquista, pues! Y ya sabe usted que nos tiene de su parte y que puede venir a esta su casa cuantas veces guste, y quiéralo o no Eugenia.
—Pero, mujer, ¡si ella no ha manifestado que le disgusten las venidas acá de don Augusto!... ¡Hay que ganarla a puño, amigo, a puño! Ya irá usted conociéndola y verá de qué temple es. Esto es todo una mujer, don Augusto, y hay que ganarla a puño, a puño. ¿No quería usted conocerla?
—Sí, pero...
—Entendido, entendido. ¡A la lucha, pues, amigo mío!
—Cierto, cierto, y ahora ¡adiós!
Don Fermín llamó luego aparte a Augusto, para decirle:
—Se me había olvidado decirle que cuando escriba a Eugenia lo haga escribiendo su nombre con jota y no con ge, Eujenia, y del Arco con ka: Eujenia Domingo del Arko.
—Y ¿por qué?
—Porque hasta que no llegue el día feliz en que el esperanto sea la única lengua, ¡una sola para toda la humanidad!, hay que escribir el castellano con ortografía fonética. ¡Nada de ces! ¡guerra a la ce! Za, ze, zi, zo, zu con zeda, y ka, ke, ki, ko, ku con ka. ¡Y fuera las haches! ¡La hache es el absurdo, la reacción, la autoridad, la edad media, el retroceso! ¡Guerra a la hache!
—¿De modo que es usted foneticista también?
—¿También? ¿por qué también?
—Por lo de anarquista y esperantista...
—Todo es uno, señor, todo es uno. Anarquismo, esperantismo, espiritismo, vegetarianismo, foneticismo... ¡todo es uno! ¡Guerra a la autoridad! ¡guerra a la división de lenguas! ¡guerra a la vil materia y a la muerte! ¡guerra a la carne! ¡guerra a la hache! ¡Adiós!
Despidiéronse y Augusto salió a la calle como alijerado de un gran peso y hasta gozoso. Nunca hubiera presupuesto lo que le pasaba por dentro del espíritu. Aquella manera de habérsele presentado Eugenia la primera vez que se vieron de quieto y de cerca y que se hablaron, lejos de dolerle, encendíale más y le animaba. El mundo le parecía más grande, el aire más puro y más azul el cielo. Era como si respirase por vez primera. En lo más íntimo de sus oídos cantaba aquella palabra de su madre: ¡cásate! Casi todas las mujeres con que cruzaba por la calle parecíanle guapas, muchas hermosísimas y ninguna fea. Diríase que para él empezaba a estar el mundo iluminado por una nueva luz misteriosa desde dos grandes estrellas invisibles que refulgían más allá del azul del cielo, detrás de su aparente bóveda. Empezaba a conocer el mundo. Y sin saber cómo se puso a pensar en la profunda fuente de la confusión vulgar entre el pecado de la carne y la caída de nuestros primeros padres por haber probado del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.
Y meditó en la doctrina de don Fermín sobre el origen del conocimiento.
Llegó a casa, y al salir Orfeo a recibirle lo cojió en sus brazos, le acarició y le dijo: «Hoy empezamos una nueva vida, Orfeo. ¿No sientes que el mundo es más grande, más puro el aire y más azul el cielo? ¡Ah, cuando la veas, Orfeo, cuando la conozcas...! ¡Entonces sentirás la congoja de no ser más que perro como yo siento la de no ser más que hombre! Y dime, Orfeo, ¿cómo podéis conocer si no pecáis, si vuestro conocimiento no es pecado? El conocimiento que no es pecado no es tal conocimiento, no es racional».
Al servirle la comida su fiel Liduvina se le quedó mirando.
—¿Qué miras?—preguntó Augusto.
—Me parece que hay mudanza.
—¿De dónde sacas eso?
—El señorito tiene otra cara.
—¿Lo crees?
—Naturalmente. ¿Y qué, se arregla lo de la pianista?
—¡Liduvina! ¡Liduvina!
—Tiene usted razón, señorito; pero ¡me interesa tanto su felicidad!
—¿Quién sabe qué es eso?...
—Es verdad.
Y los dos miraron al suelo, como si el secreto de la felicidad estuviese debajo de él.
IX
Al día siguiente de esto hablaba Eugenia en el reducido cuchitril de una portería con un joven, mientras la portera había salido discretamente a tomar el fresco a la puerta de la casa.
—Es menester que esto se acabe, Mauricio—decía Eugenia—; así no podemos seguir, y menos después de lo que te digo pasó ayer.
—Pero ¿no dices—dijo el llamado Mauricio—que ese pretendiente es un pobre panoli que vive en Babia?
—Sí, pero tiene dinero y mi tía no me va a dejar en paz. Y, la verdad, no me gusta hacer feos a nadie, y tampoco quiero que me estén dando la jaqueca.
—¡Despáchale!
—¿De dónde? ¿de casa de mis tíos? ¿Y si ellos no quieren?
—No le hagas caso.
—Ni le hago ni pienso hacerle, pero se me antoja que el pobrete va a dar en la flor de venir de visita a hora que esté yo. No es cosa, como comprendes, de que me encierre en mi cuarto y me niegue a que me vea, y sin solicitarme va a dedicarse a mártir silencioso.
—Déjale que se dedique.
—No, no puedo resistir a los mendigos de ninguna clase, y menos a esos que piden limosna con los ojos. ¡Y si vieras qué miradas me echa!
—¿Te conmueve?
—Me encocora. Y, la verdad, ¿por qué no he de decírtelo?, sí, me conmueve.
—¿Y temes?
—¡Hombre, no seas majadero! No temo nada. Para mí no hay más que tú.
—¡Ya lo sabía!—dijo lleno de convicción Mauricio, y poniendo una mano sobre una rodilla de Eugenia la dejó allí.
—Es preciso que te decidas, Mauricio.
—Pero ¿a qué, rica mía, a qué?
—¿A qué ha de ser, hombre, a qué ha de ser? ¡A que nos casemos de una vez!
—Y ¿de qué vamos a vivir?
—De mi trabajo hasta que tú lo encuentres.
—¿De tu trabajo?
—¡Sí, de la odiosa música!
—¿De su trabajo? ¡Eso sí que no!; ¡nunca! ¡nunca! ¡nunca!; ¡todo menos vivir yo de tu trabajo! Lo buscaré, seguiré buscándolo, y en tanto, esperaremos...
—Esperaremos... esperaremos... ¡y así se nos irán los años!—exclamó Eugenia taconeando en el suelo con el pie sobre que estaba la rodilla en que Mauricio dejó descansar su mano.
Y él, al sentir así sacudida su mano, la separó de donde la posaba, pero fué para echar el brazo sobre el cuello de ella y hacer juguetear entre sus dedos uno de los pendientes de su novia. Eugenia le dejaba hacer.
—Mira, Eugenia, para divertirte le puedes poner, si quieres, buena cara a ese panoli.
—¡Mauricio!
—¡Tienes razón, no te enfades, rica mía!—y contrayendo el brazo atrajo a su cabeza la de Eugenia, buscó con sus labios los de ella y los juntó, cerrando los ojos, en un beso húmedo, silencioso y largo.
—¡Mauricio!
Y luego le besó en los ojos.
—¡Esto no puede seguir así, Mauricio!
—¿Cómo? Pero ¿hay mejor que esto? ¿crees que lo pasaremos nunca mejor?
—Te digo, Mauricio, que esto no puede seguir así. Tienes que buscar trabajo. Odio la música.
Sentía la pobre oscuramente, sin darse de ello clara cuenta, que la música es preparación eterna, preparación a un advenimiento que nunca llega, eterna iniciación que no acaba cosa. Estaba harta de música.
—Buscaré trabajo, Eugenia, lo buscaré.
—Siempre dices lo mismo y siempre estamos lo mismo.
—Es que crees...
—Es que sé que en el fondo no eres más que un haragán y que va a ser preciso que sea yo la que busque trabajo para ti. Claro, ¡como a los hombres os cuesta menos esperar...!
—Eso creerás tú...
—Sí, sí, sé bien lo que me digo. Y ahora, te lo repito, no quiero ver los ojos suplicantes del señorito don Augusto como los de un perro hambriento...
—¡Qué cosas se te ocurren, chiquilla!
—Y ahora—añadió levantándose y apartándole con la mano suya—, quietecito y a tomar el fresco, ¡que buena falta te hace!
—¡Eugenia! ¡Eugenia!—le suspiró con voz seca, casi febril, al oído—, si tú quisieras...
—El que tiene que aprender a querer eres tú, Mauricio. Conque... ¡a ser hombre! Busca trabajo, decídete pronto; si no, trabajaré yo; pero decídete pronto. En otro caso...
—En otro caso, ¿qué?
—¡Nada! ¡Hay que acabar con esto!
Y sin dejarle replicar se salió del cuchitril de la portería. Al cruzar con la portera le dijo:
—Ahí queda su sobrino, señora Marta, y dígale que se resuelva de una vez.
Y salió Eugenia con la cabeza alta a la calle, donde en aquel momento un organillo de manubrio encentaba una rabiosa polca. «¡Horror! ¡horror! ¡horror!», se dijo la muchacha, y más que se fué huyó calle abajo.
X
Como Augusto necesitaba confidencia se dirigió al Casino, a ver a Víctor, su amigote, al día siguiente de aquella su visita a casa de Eugenia y a la misma hora en que ésta espoleaba la pachorra amorosa de su novio en la portería.
Sentíase otro Augusto y como si aquella visita y la revelación en ella de la mujer fuerte—fluía de sus ojos fortaleza—le hubiera arado las entrañas del alma, alumbrando en ellas un manantial hasta entonces oculto. Pisaba con más fuerza, respiraba con más libertad.
«Ya tengo un objetivo, una finalidad en esta vida—se decía—, y es conquistar a esta muchacha o que ella me conquiste. Y es lo mismo. En amor lo mismo da vencer que ser vencido. Aunque ¡no... no! Aquí ser vencido es que me deje por el otro. Por el otro, sí, porque aquí hay otro, no me cabe duda. ¿Otro? ¿otro qué? ¿Es que acaso yo soy uno? Yo soy un pretendiente, un solicitante, pero el otro... el otro se me antoja que no es ya pretendiente ni solicitante; que no pretende ni solicita porque ha obtenido. Claro que no más que el amor de la dulce Eugenia. ¿No más...?»
Un cuerpo de mujer irradiante de frescura, de salud y de alegría, que pasó a su vera, le interrumpió el soliloquio y le arrastró tras de sí. Púsose a seguir, casi maquinalmente, al cuerpo aquel, mientras proseguía soliloquizando:
«¡Y qué hermosa es! Ésta y aquélla, una y otra. Y el otro acaso en vez de pretender y solicitar es pretendido y solicitado; tal vez no le corresponde como ella se merece... Pero ¡qué alegría es esta chiquilla! ¡y con qué gracia saluda a aquel que va por allá! ¿De dónde habrá sacado esos ojos? ¡Son casi como los otros, como los de Eugenia! ¡Qué dulzura debe de ser olvidarse de la vida y de la muerte entre sus brazos! ¡dejarse brezar en ellos como en olas de carne! ¡El otro...! Pero el otro no es el novio de Eugenia, no es aquel a quien ella quiere; el otro soy yo. ¡Sí, yo soy el otro; yo soy otro!»
Al llegar a esta conclusión de que él era otro la moza a que seguía entró en una casa. Augusto se quedó parado, mirando a la casa. Y entonces se dio cuenta de que la había venido siguiendo. Recapacitó que había salido para ir al Casino y emprendió el camino de éste. Y proseguía:
«Pero ¡cuántas mujeres hermosas hay en este mundo, Dios mío! Casi todas. ¡Gracias, Señor, gracias; _gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam_! ¡tu gloria es la hermosura de la mujer, Señor! Pero ¡qué cabellera, Dios mío, qué cabellera!»
Era, en efecto, una gloriosa cabellera la de aquella criada de servicio, que con su cesta al brazo cruzaba en aquel momento con él. Y se volvió tras ella. La luz parecía anidar en el oro de aquellos cabellos, y como si éstos pugnaran por soltarse de su trenzado y esparcirse al aire fresco y claro. Y bajo la cabellera un rostro todo él sonrisa.
«Soy otro, soy el otro—prosiguió Augusto mientras seguía a la de la cesta—; pero ¿es que no hay otras? ¡Sí, hay otras para el otro! Pero como la una, como ella, como la única, ¡ninguna! ¡ninguna! Todas éstas no son sino remedos de ella, de la una, de la única, ¡de mi dulce Eugenia! ¿Mía? Sí; yo por el pensamiento, por el deseo la hago mía. Él, el otro, es decir, el uno, podrá llegar a poseerla materialmente; pero la misteriosa luz espiritual de aquellos ojos es mía, ¡mía, mía! Y ¿no reflejan también una misteriosa luz espiritual estos cabellos de oro? ¿Hay una sola Eugenia, o son dos, una la mía y otra la de su novio? Pues si es así, si hay dos, que se quede él con la suya, y con la mía me quedaré yo. Cuando la tristeza me visite, sobre todo de noche; cuando me entren ganas de llorar sin saber por qué, ¡oh, qué dulce habrá de ser cubrir mi cara, mi boca, mis ojos, con estos cabellos de oro y respirar el aire que a través de ellos se filtre y se perfume! Pero...»
Sintióse de pronto detenido. La de la cesta se había parado a hablar con otra compañera. Vaciló un momento Augusto, y diciéndose: «¡Bah, hay tantas mujeres hermosas desde que conocí a Eugenia...!», echó a andar, volviéndose camino del Casino.
«Si ella se empeña en preferir al otro, es decir, al uno, soy capaz de una resolución heroica, de algo que ha de espantar por lo magnánimo. Ante todo, quiérame o no me quiera, ¡eso de la hipoteca no puede quedar así!»
Arrancóle del soliloquio un estallido de goce que parecía brotar de la serenidad del cielo. Un par de muchachas reían junto a él, y era su risa como el gorjeo de dos pájaros en una enramada con flores. Clavó un momento sus ojos sedientos de hermosura en aquella pareja de mozas, y apareciéronsele como un solo cuerpo geminado. Iban cojidas de bracete. Y a él le entraron furiosas ganas de detenerlas, cojer a cada una de un brazo e irse así, en medio de ellas, mirando al cielo, adonde el viento de la vida los llevara.
«Pero ¡cuánta mujer hermosa hay desde que conocí a Eugenia!—se decía, siguiendo en tanto a aquella riente pareja—¡esto se ha convertido en un paraíso!; ¡qué ojos! ¡qué cabellera! ¡qué risa! La una es rubia y morena la otra; pero ¿cuál es la rubia? ¿cuál la morena? ¡Se me confunden una en otra!...»
—Pero, hombre, ¿vas despierto o dormido?
—Hola, Víctor.
—Te esperaba en el Casino, y como no venías...
—Allá iba...
—¿Allá? ¿y en esta dirección? ¿Estás loco?
—Sí, tienes razón; pero mira, voy a decirte la verdad. Creo que te hablé de Eugenia...
—¿De la pianista? Sí.
—Pues bien; estoy locamente enamorado de ella, como un...
—Sí, como un enamorado. Sigue.
—Loco, chico, loco. Ayer la vi en su casa, con pretexto de visitar a sus tíos; la vi...
—Y te miró, ¿no es eso? ¿y creíste en Dios?
—No, no es que me miró, es que me envolvió en su mirada; y no es que creí en Dios, sino que me creí un dios.
—Fuerte te entró, chico...
—¡Y eso que la moza estuvo brava! Pero no sé lo que desde entonces me pasa; casi todas las mujeres que veo me parecen hermosuras, y desde que he salido de casa, no hace aún media hora seguramente, me he enamorado ya de tres, digo, no, de cuatro: de una primero que era todo ojos, de otra después con una gloria de pelo, y hace poco de una pareja, una rubia y otra morena, que reían como los ángeles. Y las he seguido a las cuatro. ¿Qué es esto?
—Pues eso es, querido Augusto, que tu repuesto de amor dormía inerte en el fondo de tu alma, sin tener dónde meterse; llegó Eugenia, la pianista, te sacudió y remejió con sus ojos esa charca en que tu amor dormía; se despertó éste, brotó de ella, y como es tan grande se extiende a todas partes. Cuando uno como tú se enamora de veras de una mujer se enamora a la vez de todas las demás.
—Pues yo creí que sería todo lo contrario... Pero, entre paréntesis, ¡mira qué morena! ¡es la noche luminosa! ¡Bien dicen que lo negro es lo que más absorbe la luz! ¿No ves qué luz oculta se siente bajo su pelo, bajo el azabache de sus ojos? Vamos a seguirla...
—Como quieras...
—Pues sí, yo creí que sería todo lo contrario; que cuando uno se enamora de veras es que concentra su amor, antes desparramado entre todas, en una sola, y que todas las demás han de parecerle como si nada fuesen ni valiesen... Pero ¡mira! ¡mira ese golpe de sol en la negrura de su pelo!
—No; verás, verás si logro explicártelo. Tú estabas enamorado, sin saberlo por supuesto, de la mujer, del abstracto, no de ésta ni de aquélla; al ver a Eugenia, ese abstracto se concretó y la mujer se hizo una mujer y te enamoraste de ella, y ahora vas de ella, sin dejarla, a casi todas las mujeres, y te enamoras de la colectividad, del género. Has pasado, pues, de lo abstracto a lo concreto y de lo concreto a lo genérico, de la mujer a una mujer y de una mujer a las mujeres.
—¡Vaya una metafísica!
—Y ¿que es el amor sino metafísica?
—¡Hombre!
—Sobre todo en ti. Porque todo tu enamoramiento no es sino cerebral, o como suele decirse, de cabeza.
—Eso lo creerás tú...—exclamó Augusto un poco picado y de mal humor, pues aquello de que su enamoramiento no era sino de cabeza le había llegado, doliéndole, al fondo del alma.
—Y si me apuras mucho te digo que tú mismo no eres sino una pura idea, un ente de ficción...
—¿Es que no me crees capaz de enamorarme de veras, como los demás...?
—De veras estás enamorado, ya lo creo, pero de cabeza sólo. Crees que estás enamorado...
—Y ¿qué es estar uno enamorado sino creer que lo está?
—¡Ay, ay, ay, chico, eso es más complicado de lo que te figuras!...
—¿En qué se conoce, dime, que uno está enamorado y no solamente que cree estarlo?
—Mira, más vale que dejemos esto y hablemos de otras cosas.
Cuando luego volvió Augusto a su casa tomó en brazos a Orfeo y le dijo: «Vamos a ver, Orfeo mío, ¿en qué se diferencia estar uno enamorado de creer que lo está? ¿Es que estoy yo o no estoy enamorado de Eugenia? ¿es que cuando la veo no me late el corazón en el pecho y se me enciende la sangre? ¿es que yo no soy como los demás hombres? ¡Tengo que demostrarles, Orfeo, que soy tanto como ellos!»
Y a la hora de cenar, encarándose con Liduvina le preguntó:
—Di, Liduvina, ¿en qué se conoce que un hombre está de veras enamorado?
—Pero ¡qué cosas se le ocurren a usted señorito...!
—Vamos, di, ¿en qué se conoce?