Part 11
«Lo que he hecho con Rosarito—prosiguió pensando—ha sido ridículo, sencillamente ridículo. ¿Qué habrá pensado de mí? Y ¿qué me importa lo que de mí piense una mozuela así?... ¡pobrecilla! Pero... ¡con qué ingenuidad se dejaba hacer! Es un ser fisiológico, perfectamente fisiológico, nada más que fisiológico, sin psicología alguna. Es inútil, pues, tomarla de conejilla de Indias o de ranita para experimentos psicológicos. A lo sumo fisiológicos... Pero ¿es que la psicología, y sobre todo la femenina, es algo más que fisiología, o si se quiere psicología fisiológica? ¿Tiene la mujer alma? Y a mí para meterme en experimentos psicofisiológicos me falta preparación técnica. Nunca asistí a ningún laboratorio... carezco, además, de aparatos. Y la psicofisiología exige aparatos. ¿Estaré, pues, loco?»
Después de haberse desahogado con estas meditaciones callejeras, por en medio de la atareada muchedumbre indiferente a sus cuitas, sintióse ya tranquilo y se volvió a casa.
XXV
Fué Augusto a ver a Víctor, a acariciar al tardío hijo de éste, a recrearse en la contemplación de la nueva felicidad de aquel hogar, y de paso a consultar con él sobre el estado de su espíritu. Y al encontrarse con su amigo a solas, le dijo:
—¿Y de aquella novela o... ¿cómo era?... ¡ah, sí, _nivola!_... que estabas escribiendo? ¿supongo que ahora, con lo del hijo, la habrás abandonado?
—Pues supones mal. Precisamente por eso, por ser ya padre, he vuelto a ella. Y en ella desahogo el buen humor que me llena.
—¿Querrías leerme algo de ella?
Sacó Víctor las cuartillas y empezó a leer por aquí y por allá a su amigo.
—Pero, hombre, ¡te me han cambiado!—exclamó Augusto.
—¿Por qué?
—Porque ahí hay cosas que rayan en lo pornográfico y hasta a las veces pasan de ello...
—¿Pornográfico? ¡De ninguna manera! Lo que hay aquí son crudezas, pero no pornografía. Alguna vez algún desnudo, pero nunca un desvestido. Lo que hay es realismo...
—Realismo, sí, y además...
—Cinismo, ¿no es eso?
—¡Cinismo, sí!
—Pero el cinismo no es pornografía. Estas crudezas son un modo de excitar la imaginación para conducirla a un examen más penetrante de la realidad de las cosas; estas crudezas son crudezas... pedagógicas. ¡Lo dicho, pedagógicas!
—Y algo grotescas...
—En efecto, no te lo niego. Gusto de la bufonería.
—Que es siempre en el fondo tétrica.
—Por lo mismo. No me agradan sino los chistes lúgubres, las gracias funerarias. La risa por la risa misma me da grima, y hasta miedo. La risa no es sino la preparación para la tragedia.
—Pues a mí esas bufonadas crudas me producen un detestable efecto.
—Porque eres un solitario, Augusto, un solitario, entiéndemelo bien, un solitario... Y yo las escribo para curar... No, no, no las escribo para nada, sino porque me divierte escribirlas, y si divierten a los que las lean me doy por pagado. Pero si a la vez logro con ellas poner en camino de curación a algún solitario como tú, de doble soledad...
—¿Doble?
—Sí, soledad de cuerpo y soledad de alma.
—A propósito, Víctor.
—Sí, ya sé lo que vas a decirme. Venías a consultarme sobre tu estado, que desde hace algún tiempo es alarmante, verdaderamente alarmante, ¿no es eso?
—Sí, eso es.
—Lo adiviné. Pues bien, Augusto, cásate y cásate cuanto antes.
—Pero ¿con cuál?
—¡Ah!, pero ¿hay más de una?
—Y ¿cómo has adivinado también esto?
—Muy sencillo. Si hubieses preguntado: pero ¿con quién?, no habría supuesto que hay más de una ni que esa una haya; mas al preguntar: pero ¿con cuál?, se entiende con cuál de las dos, o tres, o diez, o ene.
—Es verdad.
—Cásate, pues, cásate, con una cualquiera de las ene de que estás enamorado, con la que tengas más a mano. Y sin pensarlo demasiado. Ya ves, yo me casé sin pensarlo; nos tuvieron que casar.
—Es que ahora me ha dado por dedicarme a las experiencias de psicología femenina.
—La única experiencia psicológica sobre la Mujer es el matrimonio. El que no se casa, jamás podrá experimentar psicológicamente el alma de la Mujer. El único laboratorio de psicología femenina o de ginepsicología es el matrimonio.
—Pero ¡eso no tiene remedio!
—Ninguna experimentación de verdad le tiene. Todo el que se mete a querer experimentar algo, pero guardando la retirada, no quemando las naves, nunca sabe nada de cierto. Jamás te fíes de otro cirujano que de aquel que se haya amputado a sí mismo algún propio miembro, ni te entregues a alienista que no esté loco. Cásate, pues, si quieres saber psicología.
—De modo que los solteros...
—La de los solteros no es psicología; no es más que metafísica, es decir, más allá de la física, más allá de lo natural.
—Y ¿qué es eso?
—Poco menos que en lo que estás tú.
—¿Yo estoy en la metafísica? Pero ¡si yo, querido Víctor, no estoy más allá de lo natural, sino más acá de ello!
—Es igual.
—¿Cómo que es igual?
—Sí, más acá de lo natural es lo mismo que más allá, como más allá del espacio es lo mismo que más acá de él. ¿Ves esta línea?—y trazó una línea en un papel. Prolóngala por uno y otro extremo al infinito y los extremos se encontrarán, cerrarán en el infinito, donde se encuentra todo y todo se lía. Toda recta es curva de una circunferencia de radio infinito y en el infinito cierra. Luego lo mismo da lo de más acá de lo natural que lo de más allá. ¿No está claro?
—No, está oscurísimo, muy oscuro.
—Pues porque está tan oscuro, cásate.
—Sí, pero... ¡me asaltan tantas dudas!
—Mejor, pequeño Hamlet, mejor. ¿Dudas?, luego piensas; ¿piensas?, luego eres.
—Sí, dudar es pensar.
—Y pensar es dudar y nada más que dudar. Se cree, se sabe, se imagina sin dudar; ni la fe, ni el conocimiento, ni la imaginación suponen duda y hasta la duda las destruye, pero no se piensa sin dudar. Y es la duda lo que de la fe y del conocimiento, que son algo estático, quieto, muerto, hace pensamiento, que es dinámico, inquieto, vivo.
—¿Y la imaginación?
—Sí, ahí cabe alguna duda. Suelo dudar lo que les he de hacer decir o hacer a los personajes de mi _nivola_, y aun después de que les he hecho decir o hacer algo dudo de si estuvo bien y si es lo que en verdad les corresponde. Pero... ¡paso por todo! Sí, sí, cabe duda en el imaginar, que es un pensar...
* * * * *
_Mientras Augusto y Víctor sostenían esta conversación_ nivolesca, _yo, el autor de esta_ nivola, _que tienes, lector, en la mano y estás leyendo, me sonreía enigmáticamente al ver que mis_ nivolescos _personajes estaban abogando por mí y justificando mis procedimientos, y me decía a mí mismo: «¡cuán lejos estarán estos infelices de pensar que no están haciendo otra cosa que tratar de justificar lo que yo estoy haciendo con ellos! Así cuando uno busca razones para justificarse no hace en rigor otra cosa que justificar a Dios. Y yo soy el Dios de estos dos pobres diablos_ nivolescos.»
XXVI
Augusto se dirigió a casa de Eugenia dispuesto a tentar la última experiencia psicológica, la definitiva, aunque temiendo que ella le rechazase. Y encontróse con ella en la escalera, que bajaba para salir cuando él subía para entrar.
—¿Usted por aquí, don Augusto?
—Sí, yo; mas puesto que tiene usted que salir, lo dejaré para otro día; me vuelvo.
—No, está arriba mi tío.
—No es con su tío, es con usted, Eugenia, con quien tenía que hablar. Dejémoslo para otro día.
—No, no, volvamos. Las cosas en caliente.
—Es que si está su tío...
—¡Bah! ¡es anarquista! No le llamaremos.
Y obligó a Augusto a que subiese con ella. El pobre hombre, que había ido con aires de experimentador, sentíase ahora rana.
Cuando estuvieron solos en la sala, Eugenia, sin quitarse el sombrero, con el traje de calle con que había entrado, le dijo: Bien, sepamos qué es lo que tenía que decirme.
—Pues... pues...—y el pobre Augusto balbuceaba—pues... pues...
—Bien; pues ¿qué?
—Que no puedo descansar, Eugenia; que les he dado mil vueltas en el magín a las cosas que nos dijimos la última vez que hablamos, y que a pesar de todo no puedo resignarme, ¡no, no puedo resignarme, no lo puedo!
—Y ¿a qué es a lo que no puede usted resignarse?
—Pues ¡a esto, Eugenia, a esto!
—Y ¿qué es esto?
—A esto, a que no seamos más que amigos...
—¡Más que amigos...! ¿Le parece a usted poco, señor don Augusto? ¿o es que quiere usted que seamos menos que amigos?
—No. Eugenia, no, no es eso.
—Pues ¿qué es?
—Por Dios, no me haga sufrir...
—El que se hace sufrir es usted mismo.
—¡No puedo resignarme, no!
—Pues ¿qué quiere usted?
—¡Que seamos... marido y mujer!
—¡Acabáramos!
—Para acabar hay que empezar.
—¿Y aquella palabra que me dio usted?
—No sabía lo que me decía...
—Y la Rosario aquella...
—¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso! ¡No pienses en la Rosario!
Eugenia entonces se quitó el sombrero, lo dejó sobre una mesilla, volvió a sentarse y luego pausadamente y con solemnidad dijo:
—Pues bien, Augusto, ya que tú, que eres al fin y al cabo un hombre, no te crees obligado a guardar la palabra, yo que no soy nada más que una mujer tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan envolverte. Lo que no hizo la gratitud por tu desprendimiento ni hizo el despecho de lo que con Mauricio me pasó—ya ves si te soy franca—hace la compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena!—y al decir esto le dio dos leves palmaditas con la diestra en una rodilla.
—¡Eugenia!—y le tendió los brazos como para cojerla.
—¡Eh, cuidadito!—exclamó ella apartándoselos y hurtándose de ellos—¡cuidadito!
—Pues la otra vez... la última vez...
—¡Sí, pero entonces era diferente!
«Estoy haciendo de rana»—pensó el psicólogo experimental.
—¡Sí—prosiguió Eugenia—, a un amigo, nada más que amigo, pueden permitírsele ciertas pequeñas libertades que no se debe otorgar al... vamos, al... novio!
—Pues no lo comprendo...
—Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo explicaré. Y ahora, quietecito, ¿eh?
«Esto es hecho»—pensó Augusto, que se sintió ya completa y perfectamente rana.
—Y ahora—agregó Eugenia levantándose—voy a llamar a mi tío.
—¿Para qué?
—¡Toma, para darle parte!
—¡Es verdad!—exclamó Augusto consternado.
Al momento llegó don Fermín.
—Mire usted, tío—le dijo Eugenia—, aquí tiene usted a don Augusto Pérez que ha venido a pedirme la mano. Y yo se la he concedido.
—¡Admirable!, ¡admirable!—exclamó don Fermín—, ¡admirable! Ven acá, hija mía, ven acá que te abrace; ¡admirable!
—¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?
—No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin medianeros... ¡viva la anarquía! Y es lástima, es lástima que para llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad... Por supuesto sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia, ¿eh?, _pro formula_, nada más que _pro formula_. Porque yo sé que os consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable! ¡admirable! Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.
—¿Desde hoy?
—Tiene usted razón, sí, lo fué siempre. Mi casa... ¿mía? Esta casa que habito fué siempre de usted, fué siempre de todos mis hermanos. Pero desde hoy... usted me entiende.
—Sí, le entiende a usted, tío.
En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo: ¡La tía! Y al entrar ésta en la sala y ver aquello, exclamó:—Ya, ¡enterada! ¿Conque es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.
Augusto pensaba: «¡rana, rana completa! Y me han pescado entre todos».
—Se quedará usted hoy a comer con nosotros, por supuesto, para celebrarlo...—dijo doña Ermelinda.
—¡Y qué remedio!—se le escapó al pobre rana.
XXVII
Empezó entonces para Augusto una nueva vida. Casi todo el día se lo pasaba en casa de su novia y estudiando no psicología, sino estética.
¿Y Rosario? Rosario no volvió por su casa. La siguiente vez que le llevaron la ropa planchada fué otra la que se la llevó, una mujer cualquiera. Y apenas se atrevió a preguntar por qué no venía ya Rosario. ¿Para qué, si lo adivinaba? Y este desprecio, porque no era sino desprecio, bien lo conocía y, lejos de dolerle, casi le hizo gracia. Bien. Bien se desquitaría él en Eugenia. Que, por supuesto, seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito y manos quedas!» ¡Buena era ella para otra cosa!
Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista, encendiéndole el apetito. Una vez le dijo él:—«¡Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos!», y ella le contestó:—«¡Hazlos!»
—Mas para ello—agregó él—sería conveniente que tocases un poco el piano. Oyéndote en él, en tu instrumento profesional, me inspiraría.
—Pero ya sabes, Augusto, que desde que, gracias a tu generosidad, he podido ir dejando mis lecciones no he vuelto a tocar el piano y que lo aborrezco. ¡Me ha costado tantas molestias!
—No importa, tócalo, Eugenia, tócalo para que yo escriba mis versos.
—¡Sea, pero por única vez!
Sentóse Eugenia a tocar el piano y mientras lo tocaba escribió Augusto esto:
Mi alma vagaba lejos de mi cuerpo en las brumas perdida de la idea, perdida allá en las notas de la música que según dicen cantan las esferas; y yacía mi cuerpo solitario sin alma y triste errando por la tierra. Nacidos para arar juntos la vida no vivían; porque él era materia tan sólo y ella nada más que espíritu buscando completarse, ¡dulce Eugenia! Mas brotaron tus ojos como fuentes de viva luz encima de mi senda y prendieron a mi alma y la trajeron del vago cielo a la dudosa tierra, metiéronla en mi cuerpo, y desde entonces y ¡sólo desde entonces vivo, Eugenia! Son tus ojos cual clavos encendidos que mi cuerpo a mi espíritu sujetan, que hacen que sueñe en mí febril la sangre y que en carne convierten mis ideas. ¡Si esa luz de mi vida se apagara, desuncidos espíritu y materia, perderíame en brumas celestiales y del profundo en la voraz tiniebla!
—¿Qué te parecen?—le preguntó Augusto luego que se los hubo leído.
—Como mi piano, poco o nada musicales. Y eso de «según dicen...»
—Sí, es para darle familiaridad...
—Y lo de «dulce Eugenia» me parece un ripio.
—¿Qué? ¿que eres un ripio tú?
—¡Ahí, en esos versos, sí! Y luego todo eso me parece muy... muy...
—Vamos, sí, muy _nivolesco_.
—¿Qué es eso?
—Nada, un timo que nos traemos entre Víctor y yo.
—Pues mira, Augusto, yo no quiero timos en mi casa luego que nos casemos, ¿sabes? Ni timos ni perros. Conque ya puedes ir pensando lo que has de hacer de Orfeo...
—Pero ¡Eugenia, por Dios! ¡si ya sabes cómo le encontré, pobrecillo! ¡si es además mi confidente...! ¡si es a quien dirijo mis monólogos todos...!
—Es que cuando nos casemos no ha de haber monólogos en mi casa. ¡Está de más el perro!
—Por Dios, Eugenia, siquiera hasta que tengamos un hijo...
—Si lo tenemos...
—Claro, si lo tenemos. Y si no, ¿por qué no el perro? ¿por qué no el perro, del que se ha dicho con tanta justicia que sería el mejor amigo del hombre si tuviese dinero...?
—No, si tuviese dinero el perro no sería amigo del hombre, estoy segura de ello. Porque no lo tiene es su amigo.
Otro día le dijo Eugenia a Augusto:
—Mira, Augusto, tengo que hablarte de una cosa grave, muy grave, y te ruego que me perdones de antemano si lo que voy a decirte...
—¡Por Dios, Eugenia, habla!
—Tú sabes aquel novio que tuve...
—Sí, Mauricio.
—Pero no sabes por qué le tuve que despachar al muy sinvergüenza...
—Ni quiero saberlo.
—Eso te honra. Pues bien; le tuve que despachar al haragán y sinvergüenza aquel, pero...
—¿Qué, te persigue todavía?
—¡Todavía!
—¡Ah, como yo le coja...!
—No, no es eso. Me persigue, pero no ya con las intenciones que tú crees, sino con otras.
—¡A ver! ¡a ver!
—No te alarmes. Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde, ladra.
—Ah, pues haz lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino, nunca llegarás al fin de él». No sirve tirarles piedras. No le hagas caso.
—Creo que hay otro medio mejor.
—¿Cuál?
—Llevar a prevención mendrugos de pan en el bolsillo e irlos tirando a los perros que salen a ladrarnos, porque ladran por hambre.
—¿Qué quieres decir?
—Que ahora Mauricio no pretende sino que le busque una colocación cualquiera o un modo de vivir y dice que me dejará en paz, y si no...
—Si no...
—Amenaza con perseguirme para comprometerme...
—¡Desvergonzado! ¡Bandido!
—No te exaltes. Y creo que lo mejor es quitárnosle de en medio buscándole una colocación cualquiera que le dé para vivir y que sea lo más lejos posible. Es, además, de mi parte algo de compasión porque el pobrecillo es como es, y...
—Acaso tengas razón, Eugenia. Y mira, creo que podré arreglarlo todo. Mañana mismo hablaré a un amigo mío y me parece que le buscaremos ese empleo.
Y, en efecto, pudo encontrarle el empleo y conseguir que le destinasen bastante lejos.
XXVIII
Torció el gesto Augusto cuando una mañana le anunció Liduvina que un joven le esperaba y se encontró luego con que era Mauricio. Estuvo por despedirlo sin oirle, pero le atraía aquel hombre que fué en un tiempo novio de Eugenia, a la que ésta quiso y acaso seguía queriendo en algún modo; aquel hombre que tal vez sabía de la que iba a ser mujer de él, de Augusto, intimidades que éste ignoraba; de aquel hombre que... Había algo que les unía.
—Vengo, señor—empezó sumisamente Mauricio—, a darle las gracias por el favor insigne que merced a la mediación de Eugenia usted se ha dignado otorgarme...
—No tiene usted de qué darme las gracias, señor mío, y espero que en adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer.
—Pero ¡si yo no la he molestado lo más mínimo!
—Sé a qué atenerme.
—Desde que me despidió, e hizo bien en despedirme porque no soy yo el que a ella corresponde, he procurado consolarme como mejor he podido de esa desgracia y respetar, por supuesto, sus determinaciones. Y si ella le ha dicho a usted otra cosa...
—Le ruego que no vuelva a mentar a la que va a ser mi mujer, y mucho menos que insinúe siquiera el que haya faltado lo más mínimo a la verdad. Consuélese como pueda y déjenos en paz.
—Es verdad. Y vuelvo a darles a ustedes dos las gracias por el favor que me han hecho proporcionándome ese empleíto. Iré a servirlo y me consolaré como pueda. Por cierto que pienso llevarme conmigo a una muchachita...
—Y ¿a mí qué me importa eso, caballero?
—Es que me parece que usted debe de conocerla...
—¿Cómo? ¿cómo? ¿quiere usted burlarse...?
—No... no... Es una tal Rosario, que está en un taller de planchado y que me parece le solía llevar a usted la plancha...
Augusto palideció. «¿Sabrá éste todo?», se dijo, y esto le azaró aún más que su anterior sospecha de que aquel hombre supiese de Eugenia lo que él no sabía. Pero repúsose al pronto y exclamó:
—Y ¿a qué me viene usted ahora con eso?
—Me parece—prosiguió Mauricio, como si no hubiese oído nada—que a los despreciados se nos debe dejar el que nos consolemos los unos con los otros.
—Pero ¿qué quiere usted decir, hombre, qué quiere usted decir?—y pensó Augusto si allí, en aquel que fué escenario de su última aventura con Rosario, estrangularía o no a aquel hombre.
—¡No se exalte así, don Augusto, no se exalte así! No quiero decir sino lo que he dicho. Ella... la que usted no quiere que yo miente, me despreció, me despachó, y yo me he encontrado con esa pobre chicuela, a la que otro despreció, y...
Augusto no pudo ya contenerse; palideció primero, se encendió después, levantóse, cojió a Mauricio por los dos brazos, lo levantó en vilo y le arrojó en el sofá sin darse clara cuenta de lo que hacía, como para estrangularlo. Y entonces, al verse Mauricio en el sofá, dijo con la mayor frialdad:
—Mírese usted ahora, don Augusto, en mis pupilas y verá qué chiquitito se ve...
El pobre Augusto creyó derretirse. Por lo menos se le derritió la fuerza toda de los brazos, empezó la estancia a convertirse en niebla a sus ojos, pensó: «¿estaré soñando?», y se encontró con que Mauricio, de pie ya y frente a él, le miraba con una socarrona sonrisa:
—¡Oh, no ha sido nada, don Augusto, no ha sido nada! Perdóneme usted, un arrebato... ni sé siquiera lo que me hice... ni me di cuenta... Y ¡gracias, gracias, otra vez gracias! ¡gracias a usted y a... ella! ¡Adiós!
Apenas había salido Mauricio, llamó Augusto a Liduvina.
—Di, Liduvina, ¿quién ha estado aquí conmigo?
—Un joven.
—¿De qué señas?
—Pero ¿necesita usted que se lo diga?
—¿De veras, ha estado aquí alguien conmigo?
—¡Señorito!
—No... no... júrame que ha estado aquí conmigo un joven y de las señas que me digas... alto, rubio, ¿no es eso?, de bigote, más bien grueso que flaco, de nariz aguileña... ¿ha estado?
—Pero ¿está usted bueno, don Augusto?
—¿No ha sido un sueño...?
—Como no lo hayamos soñado los dos...
—No, no pueden soñar dos al mismo tiempo la misma cosa. Y precisamente se conoce que algo no es sueño en que no es de uno solo...
—Pues ¡sí, estese tranquilo, sí! Estuvo ese joven que dice.
—Y ¿qué dijo al salir?
—Al salir no habló conmigo... ni le vi...
—Y tú ¿sabes quién es, Liduvina?
—Sí, sé quién es. El que fué novio de...
—Sí, basta. Y ahora, ¿de quién lo es?
—Eso ya sería saber demasiado.
—Como las mujeres sabéis tantas cosas que no os enseñan...
—Sí, y en cambio no logramos aprender las que quieren enseñarnos.
—Pues bueno, di la verdad, Liduvina: ¿no sabes con quién anda ahora ese... prójimo?
—No, pero me lo figuro.
—¿Por qué?
—Por lo que está usted diciendo.
—Bueno, llama ahora a Domingo.
—¿Para qué?
—Para saber si estoy también todavía soñando o no, y si tú eres de verdad Liduvina, su mujer, o si...
—¿O si Domingo está soñando también? Pero creo que hay otra cosa mejor.
—¿Cuál?
—Que venga Orfeo.
—Tienes razón; ¡ése no sueña!
Al poco rato, habiendo ya salido Liduvina, entraba el perro.
«¡Ven acá, Orfeo—le dijo su amo—, ven acá! ¡Pobrecito! ¡qué pocos días te quedan ya de vivir conmigo! No te quiere ella en casa. Y ¿adónde voy a echarte? ¿qué voy a hacer de ti? ¿qué será de ti sin mí? Eres capaz de morirte, ¡lo sé! Sólo un perro es capaz de morirse al verse sin amo. Y yo he sido más que tu amo, ¡tu padre, tu dios! ¡No te quiere en casa; te echa de mi lado! ¿Es que tú, el símbolo de la fidelidad, le estorbas en casa? ¡Quién lo sabe...! Acaso un perro sorprende los más secretos pensamientos de las personas con quienes vive, y aunque se calle... ¡Y tengo que casarme, no tengo más remedio que casarme... si no, jamás voy a salir del sueño! Tengo que despertar.»
«Pero ¿por qué me miras así, Orfeo? ¡Si parece que lloras sin lágrimas...! ¿Es que me quieres decir algo? Te veo sufrir por no tener palabra. ¡Qué pronto aseguré que tú no sueñas! ¡Tú sí que me estás soñando, Orfeo! ¿Por qué somos hombres los hombres sino porque hay perros y gatos y caballos y bueyes y ovejas y animales de toda clase, sobre todo domésticos? ¿Es que a falta de animales domésticos en que descargar el peso de la animalidad de la vida habría el hombre llegado a su humanidad? ¿Es que a no haber domesticado el hombre al caballo no andaría la mitad de nuestro linaje llevando a cuestas a la otra mitad? Sí, a vosotros se os debe la civilización. Y a las mujeres. Pero ¿no es acaso la mujer otro animal doméstico? Y de no haber mujeres, ¿serían hombres los hombres? ¡Ay, Orfeo, viene de fuera quien de casa te echa!»
Y le apretó contra su seno, y el perro, que parecía en efecto llorar, le lamía la barba.
XXIX
Todo estaba dispuesto ya para la boda. Augusto la quería recojida y modesta, pero ella, su mujer futura, parecía preferir que se le diese más boato y resonancia.
A medida que se acercaba aquel plazo, el novio ardía por tomarse ciertas pequeñas libertades y confianzas, y ella, Eugenia, se mantenía más en reserva.
—Pero ¡si dentro de unos días vamos a ser el uno del otro, Eugenia!
—Pues por lo mismo. Es menester que empecemos ya a respetarnos.
—Respeto... respeto... El respeto excluye el cariño.
—Eso creerás tú... ¡Hombre al fin!