Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»
Part 8
La naturaleza ó manera de ser de cada individuo está constituida por todo el cuerpo, del cual es norma y regla de vida: entre el cuerpo y su propia naturaleza no hay diferencias de origen ni puede haber separación: la muerte los disuelve. De igual modo que no es factible desligar el incienso y su propio olor sin destruir la naturaleza de ambos, así también no es posible extraer del cuerpo los constitutivos del ánimo y del ánima sin que los tres se deshagan: sus respectivos elementos desde el principio de cada existencia determinada, se hallan de tal modo enlazados, que por igual contribuyen á la vida íntegra del ser: en nada puede revelarse el ánimo sin el cuerpo, y nada puede éste sentir sin la impulsión del ánimo: sus acciones combinadas encienden la vida y dan sensibilidad á los órganos.
339. _Præterea, corpus per se nec gignitur unquam..._
Además, cuerpo sin alma nunca es engendrado, ni crece, ni subsiste después de la muerte: podrá el agua por la acción del calor evaporarse en parte y en parte quedar incólume; pero los órganos corporales no pueden tener vida sin alma: cuando ésta falta es cuando aquéllos perecen penetrados de corrupción. Desde la iniciación vital del ser, el alma y el cuerpo con movimientos mutuos están íntimamente unidos, de tal manera que si en el útero materno quedaran desligados sería cuando el ser muriera: luego si una y la misma es la causa de la existencia del cuerpo y del alma, una y la misma ha de ser su naturaleza.
352. _Quod superest, si quis corpus sentire renutat..._
Aún más: si alguien supusiera que el cuerpo no experimenta sensaciones y pensara que solamente el alma, por todo aquél extendida, es capaz de ese movimiento á que damos el nombre de facultad de sentir, sostendría una opinión opuesta á la verdad; y, por lo contrario, ¿quién se atreverá á decir que el cuerpo siente por sí propio, sin la intervención del alma, cuando ésta se revela constantemente? El cuerpo deja de ser sensible cuando el alma de él se retira: pierde el cuerpo durante la vida muchas cosas que no le son adecuadas, y en el momento de la muerte pierde otras. Decir, pues, que los ojos no pueden objeto alguno distinguir porque son meras aberturas que sirven al ánimo para hacer sus observaciones, es delirar y proceder contra el dictamen de los sentidos: con auxilio de los ojos se forman las imágenes para las representaciones. Muchas veces la presencia de una luz muy viva, al molestarnos, perturba también el fenómeno de la visión; pero si los ojos no fuesen más que ventanas para mirar, no podrían influir en las funciones visuales. Además, si los trastornos que en ocasiones sufrimos no pasaran de los ojos, sin ellos el alma podría distinguir las cosas y nunca experimentaría contrariedades.
372. _Illud in is rebus nequaquam sumere possis..._
Acerca de este orden de ideas no debes admitir como verdaderas todas las que afirmaba el ilustre Demócrito, el cual entendía que los elementos primarios del cuerpo en precisa relación corresponden á otros iguales del alma; porque es lo cierto que los principios de ésta han de ser más tenues y en número más reducido que los del cuerpo en el cual aquéllos se encuentran esparcidos. Lo que podemos asegurar es, que los elementos constitutivos del alma son todos los que en los órganos existen capaces de sensaciones. No nos produce molestia el polvo que á nuestros piés se adhiere, ni el color gredoso que tiñe el semblante[35], ni la niebla nocturna; tampoco nos afectan los débiles filamentos que las arañas en los caminos colocan, ni los despojos que lanzan al suelo, ni las plumas de las aves, ni el vilano que del cardo se desprende y después de fluctuar en el aire cae lentamente con vacilaciones debidas á su levedad; ni aun siquiera notamos el paso de los insectos que se arrastran ó el de los débiles mosquitos que sobre nosotros se posan. Por tanto, las partes de que se compone la textura de nuestros miembros deben ser impresionadas con cierta relativa intensidad para que los elementos del alma dispersos en todo el cuerpo reciban la sensación correspondiente, se activen, choquen y ejerciten sus acciones concertadas.
[35] Horacio y Petronio escribieron acerca de las mujeres que se embadurnaban el rostro con greda.
394. _Et magis est Animus vitai claustra coercens..._
Más decisiva influencia ejerce el ánimo que el alma en la función de moderar la vida y dirigir las acciones de los seres racionales: inmediatamente que falta el ánimo, no puede el alma permanecer ni un solo instante en nuestros miembros y abandona el cuerpo al frío de la muerte para elevarse por las regiones del infinito espacio; pero disfrutan de la vida los seres que del ánimo gozan, aunque el cuerpo sufra incomodidades y haya perdido parte del alma entre dolorosos estremecimientos de próxima descomposición: mientras exista la potencia sensitiva que reside en el ánimo, no se extingue el aliento vital: por muy contrariados que se encuentren los miembros, es posible la reposición de la vida que se les escapa, en tanto conserven un pequeño lazo con el alma; como es fácil que subsista la facultad de la visión aunque los ojos se hallen lesionados. Puedes ofender las órbitas, cortar los párpados, herir el globo ocular, pero si dejas intacta la pupila, conservarás la vista sin grave modificación; por lo contrario, si dañas la parte central del ojo, á pesar de ser tan pequeña y aun cuando todos los demás órganos exteriores de aparato visual se hallen en buen estado, perderás la vista, y la obscuridad te envolverá quizá para siempre: de modo igual se cumplen las leyes relativas al ánimo y al ánima.
Ahora debes de considerar que juntamente con los animales nacen y mueren sus respectivos ánimos y almas[36]. Procuraré explicarte en versos dignos de tu atención, esa verdad que he adquirido en virtud de continuados é incesantes estudios; pero ten desde ahora en cuenta que aquellas dos substancias, por su unión indisoluble, constituyen una sola y voy á comprenderlas también bajo una sola denominación; así, cuando en lo sucesivo te hable del alma y te diga que es mortal, entiende que me refiero lo mismo al ánimo que al alma.
[36] La inmortalidad del alma, ó mejor dicho, la perpetuidad del alma fué enseñada, según Cicerón, por Phereces, de Siria, y adoptada por Tales de Mileto, Anaxágoras, Platón, Diógenes, etc. Ptolomeo Filadelfo, el mismo que reunió en Alejandría sabios de todas las escuelas filosóficas para formar una sola doctrina que fuese confesada por todo el mundo, prohibió (hace 2177 años) la propaganda de aquella idea por creerla peligrosa para el reposo público. En Grecia y en Roma tendría seguramente muchos partidarios, cuando tanto empeño mostraron en combatirla Epicuro (hace 2150 años) y Lucrecio (hace 1980 años).
427. _Principio, quoniam tenuem constare minutis..._
Ya he procurado hacer patente que en la formación del alma sólo entran elementos muy delicados y aún más sutiles que los componentes del agua, de las nubes y del humo, supuesto que su movilidad característica se exalta prontamente por la más sencilla causa, aunque ésta no sea más que la mera representación de atmosféricos vapores, como sucede cuando en sueños nos emocionan el simulacro de los perfumes de los altares y el humo de las víctimas sacrificadas en honor de los dioses. Así como se extiende por todas partes el agua contenida en un vaso que se quiebra, y como en los aires el humo y las nieblas se disipan, cree que de igual manera nuestra alma, cuando del cuerpo se aleja, se desvanece en menos tiempo del que los miembros necesitan para su descomposición. Y si el cuerpo, que es como el vaso del alma, queda abatido por un golpe mortal ó extenuado por falta de sangre, ¿podrá retener el alma aunque sea con auxilio de la presión del aire, fluido que al cabo es más fácil de penetrar que nuestros músculos?
447. _Præterea, gigni pariter cum corpore, et una..._
El alma y el cuerpo se forman simultáneamente; á la vez se desarrollan y al mismo tiempo envejecen: si tierno y endeble es el cuerpo durante los primeros años de la vida, tenue y débil es el alma; cuando la edad fortalece los miembros, el alma se activa y la razón se muestra ampliada; cuando el desgaste de las fuerzas durante los años transcurridos encorva el cuerpo y embota los órganos, también se rebaja el ingenio, se entorpece la lengua y se apaga el entendimiento; y, por último, cuando el instante de la muerte llega, todo acaba. En esta ocasión el alma como humo se desvanece, confundida en las etéreas auras: viene á la vida juntamente con el cuerpo, con él crece, y juntamente sucumbe con él bajo el peso de las fatigas acumuladas por los años.
461. _Huc accedit uti videamus corpus ut ipsum..._
Podemos también observar que al cuerpo atacan excesivos males y duros dolores, y al alma afligen cuidados, tristezas y sobresaltos; luego están igualmente sujetos á la muerte.
Muchas veces, por causa de las dolencias que ofenden al cuerpo, el ánimo se turba, el juicio se extravía, la razón desfallece: cae el cuerpo abatido por letargo invencible que le obliga á cerrar los ojos é inclinar la cabeza, y en tanto el ánimo yace en sopor imperturbable; en ese estado el paciente no oye la voz ni conoce las facciones de los circunstantes que junto á su lecho se esfuerzan, entre suspiros profundos y lágrimas que les bañan el rostro, por restituirlo al goce de la vida. Luego si la enfermedad afecta íntegramente á todo el ser que la sufre, es indispensable confesar que el alma se disuelve cuando en ella penetra el contagio morboso. El dolor y los padecimientos son precursores de la muerte: nos lo ha enseñado la experiencia.
470. _Denique, cur hominem, cùm vini vis penetravit..._
Finalmente, cuando al hombre domina la fuerte acritud del vino, cuyo intenso ardor se extiende por sus venas, ¿por qué los miembros lo abaten, las piernas le flaquean, la lengua le vacila, el entendimiento le falta, los ojos le lloran? ¿Por qué ese hombre, rendido por la embriaguez, exhala gritos, vierte llanto, profiere injurias, comete excesos? ¿Cuál es el motivo inmediato de esos fenómenos sino la fuerza del vino, que perturba el alma cuando también trastorna las funciones del cuerpo? Y todo lo que puede ser alterado con seguridad perece cuando una causa extraña modifica radicalmente las necesarias condiciones de su existencia.
487. _Quin etiam, subita vi morbi sæpe coactus..._
Más aún; no pocas veces ante nuestros ojos se presenta el triste espectáculo de un infeliz que atacado repentinamente por grave mal cae al suelo como herido por un rayo: de la boca le salen espumas á borbotones; temblor convulsivo se apodera de sus miembros; estertores pavorosos de su pecho brotan; se agita con violencia, se retuerce con angustias, se arquea con frenesí: la enfermedad ha invadido todo el cuerpo, ha penetrado en el organismo, y el alma, afectada, manifiesta su estado por estremecimientos epilépticos, de igual manera que las más inferiores capas de agua cuando en el mar penetra el viento se mueven, se arremolinan y se muestran á la superficie convertidas en espumosas irritadas olas: el dolor de aquel desdichado tiene un cierto desahogo en los gemidos que exhala; cuando menos disminuye al escapar algunos gases del modo que tienen salida los elementos de la voz: algunas veces, perturbaciones de esa clase ocasionan la demencia cuando el ánimo y el ánima sorprendidos por un daño imprevisto en su primer movimiento rompen el concierto de su unión. Al disminuir la causa del ataque sufrido por el enfermo, el humor corrompido se restituye á los vasos linfáticos de donde proviniera, el paciente comienza á incorporarse, tembloroso y vacilante se yergue y recobra poco á poco el uso de la razón y de los sentidos. Puedes conocer, ante la consideración de casos como el que te he presentado, que el alma es combatida por diferentes quebrantos, muy penosos, y que en ocasiones se agita dolorosamente en el cuerpo cuya vida integra. ¿Y creerás que si la vida se ausenta de un cuerpo subsistirá por sí sola en medio del aire expuesta á todos los vientos?
510. _Et quoniam mentem sanari, corpus ut ægrum..._
Cuando podemos comprobar que el entendimiento y el cuerpo que en enfermedad caen se curan por la Medicina, tenemos que reconocer que ese hecho da testimonio de la condición mortal del ánimo, el cual, si experimenta modificaciones, ha de estar sujeto á pérdidas y aumentos como todas las demás substancias que pueden cambiar; pero lo que es inmortal no es susceptible de alteraciones, porque si alguna vez dejara de ser lo que antes ha sido, ó perdiera la más mínima parte de su estructura, al traspasar los límites de su naturaleza, podría también llegar hasta la muerte; luego el ánimo ya padezca ó ya sea curado con auxilio de la Medicina, como perecedero se nos muestra en ambos casos. De esta manera la verdad combate los sofismas, cierra el camino á todo subterfugio y con razonados argumentos alcanza victoria sobre los errores.
Muchas veces presenciamos la muerte lenta de un hombre cuyos miembros pierden poco á poco la sensibilidad; primeramente quedan lívidas sus extremidades inferiores; después la muerte, desde los piés se apodera de las piernas; luego sube, avanza y en todas partes deja las señales de su letal aliento. Como el alma, por su naturaleza, no existe reducida á un lugar sino se halla en todo el cuerpo, ante la consideración del caso precedente, debe calificarse de mortal, porque si piensas que puede refugiarse y encogerse en órganos que no están invadidos por la destrucción que adelanta, habrías de admitir que las sensaciones se acumulan en aquellos puntos donde las energías anímicas se concentran; pero como nada que autorice esta suposición se ha observado hasta ahora, hay que reconocer que el alma queda lacerada en los miembros dañados, y, por consiguiente, es víctima de la muerte; pero aun en el caso de que el alma pudiera replegarse para huir de los miembros atacados, deberíamos también considerarla mortal, porque, en definitiva, lo mismo importa que perezca dispersada en los aires ó encogida en una masa. De todas maneras, siempre resulta que para el hombre las sensaciones poco á poco se extinguen y la vida poco á poco se consume.
548. _Et quoniam mens est hominis pars una, locoque..._
El entendimiento forma parte del hombre, y en la constitución de éste ocupa lugar determinado, como los oídos, los ojos y los demás órganos que ejercen funciones propias en circunstancias dadas para el cumplimiento de las leyes de la vida. Así como no sería posible que las manos, la nariz y los ojos gozaran de sensaciones separados del cuerpo correspondiente, sino que en este caso, corrompidos caerían en disolución, así también el ánimo no puede tener existencia real fuera del cuerpo en que está contenido; aunque más exacto fuera decir que el ánimo y el cuerpo forman una sola substancia que mutuamente se integran.
En fin; el cuerpo y el alma viven en cuanto están unidos: alma sin cuerpo, aun admitida la suposición de que pudiera existir, no produciría las sensaciones de la vida; y cuerpo sin alma carece de energías y de movimientos voluntarios: si de la órbita queda separado el globo ocular, no servirá para la función de ver; igualmente el alma y el ánimo por sí mismos nada son, porque sus partes componentes se hallan distribuidas por las vísceras, venas, huesos y nervios, están adaptadas al cuerpo adecuadamente constituido, y no pueden vivir independientes: si la actividad anímica y el cuerpo rompieran sus antiguas relaciones, se dispersarían y no podrían volver á la vida; pero inmediatamente después que el alma se aleja del cuerpo, los principios formativos de una y de otro disueltos quedan: si el alma pudiera ser en el aire como era antes en un cuerpo organizado, también funcionaría en el aire y éste llegaría á ser animado. Cuando en los aparatos de los animales hay algún desequilibrio, sobreviene la espiración del aura vital y se extinguen la sensación del ánimo y la actividad del alma, sensación y actividad que son dos efectos dependientes de una misma causa.
580. _Denique cùm corpus nequeat perferre Animai..._
Además, es un hecho que no puede soportar el cuerpo la ausencia del alma: inmediatamente que ésta falta, aquél presenta pestilenciales síntomas de próxima descomposición: ¿es posible dudar de que la vitalidad anímica escapa, y en el espacio se desvanece como el humo? La alteración que sufre todo cuerpo vivo cuando es alcanzado por la muerte, ¿no es claro indicio de que el alma, fundamento de la vida, en un momento descompuesta, huye por todos los poros y conductos del cuerpo? Debes declarar que son muchas las pruebas de que deshecha la estructura del alma, sus elementos se ausentan del cuerpo y disgregados se confunden en las auras etéreas.
Frecuentemente el alma, sacudida por violencias extrañas y aun dentro de las condiciones ordinarias de la vida, conmueve los órganos y parece que va á abandonar repentinamente el cuerpo: una extrema languidez altera el semblante como si la muerte fuera inmediata; una debilidad excesiva se apodera de los miembros que amenazan con una inminente dislocación; los sentidos suspenden sus funciones; las fuerzas del organismo carecen de suficiente energía para mantener los lazos de la existencia; el ánima y el ánimo perturbados, parecen próximos á perecer, y positivamente dejarían el cuerpo si el choque experimentado por ellos adquiriera alguna mayor violencia. Y si convulsiones y trastornos tales sufre el alma dentro del cuerpo, ¿cómo puedes pensar que fuera de él y confundida en el inmenso espacio, sea capaz de resistir los embates exteriores y vivir, no ya perpetuamente, sino un solo instante?
607. _Nec sibi enim quisquam moriens sentire videtur..._
No parece que el moribundo note que el alma se le escape íntegra del cuerpo, ni que le suba por el tubo aéreo hasta la faringe, sin duda porque la parte existente en cada órgano en él se extingue, como desaparece la actividad de todos los sentidos en la misma región donde se manifiesta; pero si fuera inmortal nuestra potencia de conocer, al desprenderse del cuerpo inspiraría alborozo y no tristeza al moribundo, porque gozaría de verse libre de la vestimenta que la había envuelto, así como la serpiente se alegra al dejar la piel que la cubre ó como el venado se regocija cuando pierde las viejas astas.
¿Por qué la reflexión y la inteligencia no se ofrecen jamás como originadas solamente en la cabeza, ó en los piés ó en las manos, sino en sede establecida á la vez en todas las regiones corporales, ya que desde el momento en que se produce un ser cada sentido surge y permanece en un determinado sitio del cuerpo, de tal modo, que nunca se da el caso de que se interrumpa el orden existente y todas las funciones indiferentemente se ejecuten por todos los órganos? Entre las cosas hay correlación estable, y nunca en las aguas de los ríos estallará un incendio ni el agua se helará entre voraces llamas.
Si fuera inmortal la naturaleza del alma y ésta pudiera sentir del cuerpo separada, en ese estado independiente poseería, según mi entender, cinco sentidos que le fueran propios; no de otra manera podemos suponer que las almas vaguen en los infiernos, y así lo han pensado los pintores y los poetas de todos los siglos cuando representan á las almas revestidas de sentidos corporales; pero si es cierto que el alma sin cuerpo no puede tener ojos ni conservar la nariz, ni las manos, ni la lengua ni los oídos, cierto ha de ser también que no puede tener sensaciones ni existir.
635. _Et quoniam toto sentimus corpore inesse..._
Es indudable que las funciones vitales residen en todo el cuerpo y que todo éste se encuentra igualmente animado; si repentinamente un golpe divide en dos porciones á un ser vivo, y cada una de esas partes cae en diferente dirección, no debe dudarse de que también el alma quede fraccionada en dos mitades, cada una de las cuales acompañará á la parte correspondiente del cuerpo; empero, si puede partirse no puede ser eterna. Frecuente es que, en los combates, carros falcíferos con rapidez extraordinaria separen miembros que siguen calientes y palpitantes sobre el suelo, ya porque sobrecogida el alma por lo instantáneo del golpe no ha sentido el dolor del daño, ya porque absorta en los accidentes de la pelea no ha cuidado más que de valerse de los miembros como instrumentos de batalla. Un guerrero no se entera durante algunos instantes de que arrebatadoras hoces y rápidos carros lo han privado ¡infeliz! del brazo izquierdo y del escudo con que se amparaba de los golpes; otro, empeñado en escalar un muro, no advierte por un momento que ha perdido el brazo derecho; otro intenta apoyarse en un pié que le falta y que á su lado ve tendido en el suelo, donde, moribundos, tartalean los dedos; también la cabeza, del cuerpo separada, rueda, cubierta en sangre, y mueve los ojos y muda el semblante, mientras que el tronco vida y calor conserva hasta que se evaporan las reliquias del alma. Si de una serpiente que vibra la lengua y te amenaza cortas la cola en varias partes con afilado hierro, pero de manera que la porción anterior le quede intacta, notarás que durante algún tiempo cada pedazo se agita, se retuerce y despide substancias venenosas, en tanto que la cabeza se vuelve y clava los dientes en el sitio herido para atenuar el dolor. ¿Supondremos que hay tantas almas como partes separadas? Entonces cada ser animado tendría á su disposición un número de almas no determinable. Lo que podemos afirmar es que el alma se fracciona al dividirse el cuerpo; y en este caso alma y cuerpo, igualmente divisibles, son igualmente mortales.
671. _Præterea, si inmortalis natura Animai..._
Si el alma fuere de inmortal naturaleza y se uniera al cuerpo en el instante en que éste apareciera á luz, ¿cómo no sabemos de propia experiencia absolutamente nada anterior á la vida y no conservamos el menor vestigio de las acciones pasadas? Y si tanto se altera el alma que llega á olvidar todo lo pasado, entiendo que el estado á que se reduce difiere poco de la muerte. Conducidos por estas observaciones hemos de vernos obligados á confesar que todas las almas que antes hayan vivido murieron, y que las ahora existentes ahora se han producido.
Además de lo expuesto, si el cuerpo ya formado recibe la potencia vivificadora del alma cuando traspasa los umbrales de la vida, entonces, con seguridad, no la sentiríamos crecer con los miembros en todo el cuerpo, en la sangre toda, sino viviría, como en una jaula, indiferente á las mudanzas que el cuerpo tiene durante la edad, y no se desenvolvería con el desarrollo del cuerpo. Así, dígase y repítase que las almas tienen principio y están sujetas á las leyes de la muerte. Y tampoco puede racionalmente pensarse que una substancia determinada, sólida, se junte estrechamente al cuerpo y no siga la suerte de éste; lo contrario es lo que los hechos manifiestan, porque el alma se halla en todas las partes del cuerpo, en las vísceras, en las venas, en los nervios, en los huesos y hasta en los dientes, como lo patentiza el dolor que en éstos experimentamos frecuentemente, las sensaciones desagradables que sufrimos cuando se toma en la boca agua helada y las molestias que al masticar se tienen cuando en los alimentos se hallan algunas asperezas. Y como la unión es tan perfecta, no es creíble que el alma se salve de las incomodidades que padecen las articulaciones, los nervios y los huesos, que tan íntimamente la poseen.
699. _Quod si fortè putas extrinsecus insinuatam..._