Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»
Part 7
Y los cuerpos que ves llegar á su madurez con paulatino é incesante crecimiento se asimilan más que gastan, porque el producto de las substancias alimenticias circula en ellos sin obstáculo por las venas y los vasos, en tanto que los poros no se dilatan cuanto sería necesario para que dichos cuerpos sufrieran grandes pérdidas; es indudable que éstas siempre existen, pero el ser las repara fácilmente mientras que no llega al término del crecimiento. Desde que alcanza esa altura, empieza á descender y poco á poco el vigor se le agota y las fuerzas se le extinguen: cuanta más extensión ocupe un cuerpo vivo que haya tocado la meta del regular desarrollo, mayores pérdidas ha de experimentar: ya el jugo de las substancias nutricias no circula bien por sus venas; ya le es insuficiente la alimentación; ya la Naturaleza no renueva en aquel ser las fuerzas que el mismo consume diariamente; entonces el cuerpo debe perecer porque lentamente ha disminuido en densidad todo lo que ha perdido en emanaciones, y de este modo ha entibiado la energía de la vida: los seres en la vejez no pueden suplir lo que les falta, y abatidos, incapaces para resistir los choques de todos los cuerpos que giran á su alrededor, necesariamente sucumben.
1138. _Sic igitur magni quoque circùm mœnia Mundi..._
Así, combatido por todos lados, el edificio del Mundo quedará alguna vez destruido; porque si bien no cesará de improviso la renovación de los medios que sirven para rehacer y sustentar los seres, como las corrientes de la vida poco á poco dejarán de recibir los recursos que enriquecen su caudal, porque la Naturaleza extinguirá los manantiales tributarios, los siglos morirán por consunción. Observemos que hoy la Tierra mantiene animales exiguos, cuando en el principio de la vida organizada creó individuos corpulentos, razas fuertes; pensemos también que las actuales especies no descenderían de los espacios por dorada cuerda ni serían producidas por los mares que baten con furor las rocas; la Tierra pudo antes crearlas y ahora sólo puede sostenerlas; espontáneamente hacía surgir del suelo tallos de doradas mieses, sonrientes viñas que utilizaban los mortales, viciosos pastos y sabrosas frutas; pero hoy esos vegetales, para dar buenos productos, exigen el auxilio del trabajo nuestro: los bueyes sufren bajo el peso del arado; los agricultores consumen sus fuerzas en la ruda tarea de labrar los campos; las cosechas disminuyen, los esfuerzos aumentan: el viejo campesino apenado considera la esterilidad de sus continuadas fatigas, compara los tiempos actuales con los pasados y envidia la fortuna que disfrutaban sus abuelos; refiere que en aquellos remotos días los hombres respetaban lo ajeno y estaban satisfechos con el producto de sus terrenos, que aunque muy reducidos, producían abundosos frutos. Lo que ese humilde labrador no ve, es que todo cuanto existe consume lentamente su propio vigor, hasta que extenuado se pierde en el piélago de la decrepitud.
1167 _á_ 1181. _Quæ bene cognita si teneas, Natura videtur..._
Si de estas verdades te penetras, considerarás desde luego á la Naturaleza como libre del dominio de soberbios señores, gobernada por sí propia, y de númenes completamente desligada. ¡Oh, dioses que en dulce paz vivís con tranquila, sosegada calma! ¿cuál de vosotros rige el Universo y sustenta en su mano vigorosa el poder moderador de todo cuanto existe? ¿cuál gobierna los espacios siderales? ¿cuál hace fructíferas las tierras con la mediación de fenómenos etéreos y provee oportunamente en todos sitios á la vida? ¿cuál extiende las tinieblas, condensa las nubes, desata las tempestades y fulmina rayos que muchas veces destruyen vuestros mismos templos y con frecuencia recorren extensiones dilatadas en la que dejan ilesos á muchos malvados y matan á hombres virtuosos no merecedores de tan fatal desastre[28]?
[28] En todas las antiguas ediciones del poema de Lucrecio este pasaje aparece en otro lugar del mismo canto segundo; pero el traductor ha creído que Lagrange estuvo muy acertado al colocarlo en este sitio, de donde tal vez lo separaron en tiempos remotos copistas poco expertos.
* * * * *
Erratas. En la nota última de la pág. 7, donde dice _su Infierno_, debe decir _el Infierno_ de su _Divina Comedia_.
Y en la línea undécima de la pág. 81, donde dice _aspergios_ debe decir _arpegios_.
LIBRO TERCERO
1. _E tenebris tantis tam clarum extollere lumen..._
Á ti ¡oh varón ilustre, gloria de las gentes griegas, primero que de tenebrosa obscuridad supo extraer clara luz que iluminase los senderos de la vida! á ti sigo. Sobre las huellas de tus pasos coloco mis piés, no porque pretenda rivalizar contigo, sino porque deseo imitarte. ¿Cómo podría la golondrina contender con el cisne, ó cómo débil cordero de miembros trémulos podría disputar en la carrera con fogoso caballo? ¡Oh genio creador de la ciencia! Tus sabias lecciones son para nosotros rico patrimonio, y en tus discursos, lo mismo que en el floreciente prado la abeja liba miel de color de rosa, nosotros tomamos áureos conceptos, áureos y dignos de ser repetidos eternamente. Bastó que tu razón clamara que el orden universal no era obra de inteligencia divina, para que se disiparan los terrores del ánimo y el Mundo quedara abierto á nuestra investigación: vemos el Todo formarse en el vacío, y se nos aparece el poder de los dioses en sede neutral jamás sacudida por los vientos ni rociada por nubes tempestuosas, ni violada por los copos de nieve que penetrante frío condensa, pero rodeada siempre del límpido éter lleno de sonriente luz difundida á largas distancias. La Naturaleza todo lo da hecho á los dioses; éstos no sienten alterada en ningún tiempo y con motivo alguno la paz del ánimo: por lo contrario, nunca ven los antros aquerusios, y pueden siempre observar, sin que bajo sus piés les estorbe el suelo, todas las escenas que se ejecutan en el vacío. Ante esas consideraciones experimento divino placer y cierto asombro, porque, merced á tus investigaciones, están para nosotros de manifiesto los arcanos todos y toda la obra de la Naturaleza.
31. _Et quoniam docui, cunctarum exordia rerum..._
Hasta aquí he discurrido acerca de los elementos que son principios constitutivos de todas las cosas, y acerca de las distintas figuras de las moléculas que espontáneamente giran en el espacio con movimiento eterno. Ahora debemos estudiar la naturaleza del ánimo, aclarar en qué consiste la esencia del alma, y poner en ruinas el temible Aqueronte[29], que turba todo bienestar de la vida humana, tiñe todas las cosas con las preocupaciones de la muerte, y no permite el goce tranquilo de ningún placer puro y honesto.
[29] Aqueronte, río de Epiro, llamado hoy Veliqui; río del infierno, según los poetas; el infierno mismo.
41. _Nam, quod sæpe homines morbos magis esse timendos..._
Porque si bien no faltan hombres que alardean de considerar más temibles la infamia y las enfermedades que los abismos de la muerte, y entienden que el origen de nuestra alma es el mismo que el de la sangre[30], y dicen, por último, que nuestras lecciones les son inútiles, advierte que hacen esas afirmaciones, más por vana presunción y deseo de renombre, que por tener firmes convicciones. Esos mismos hombres, si proscriptos de la patria se encuentran, ó si retirados de la vida social se hallan, ó si les abruma torpe acusación, ó viven, finalmente, afligidos por numerosas desdichas, adondequiera que, míseros, se retiran, celebran funerales, inmolan ovejas negras, dedican sacrificios á los Manes, y cuanto más el infortunio los agobia, tanto más inclinan su ánimo á la superstición. En tiempos de adversidades, es cuando conviene observar á los hombres, porque entonces se dan éstos fácilmente á conocer: proceden como sienten, la máscara se les cae y se muestran como son.
[30] Alusión á ciertas ideas defendidas por Critias y por Empedocles, según las cuales el alma es sangre pura del cuerpo vivo: también en el versículo 23, cap. 12 del Deuteronomio y en el Levítico, cap. 17, vers. 11 y 13 se hacen indicaciones análogas con referencia á los animales.
59. _Denique avarities, et honorum cæca cupido..._
La avaricia y el ciego afán de honores que á tantos míseros hombres empujan á traspasar los linderos de la justicia, á hacerse criminales ó encubridores de crímenes, y á pasar días y noches engolfados en inquietud penosa que les permita acumular riquezas, son calamidades que afligen la vida, y que se deben en mucha parte al temor de la muerte[31]. El menosprecio, la indigencia y la ignominia, se consideran estados incompatibles con la dulzura de la vida, y casi como antesalas de la muerte. Para huir de tales situaciones, y colocarse lejos de ellas, los hombres, desatentados, compran honores con sangre que vierten de sus conciudadanos, amontonan crímenes para multiplicar ávidos sus tesoros, se alegran, impíos, de los funerales del hermano, y aun odian y temen, recelosos, los festines de sus próximos parientes.
[31] Según la antigua Mitología, la pobreza figuraba en el cortejo de la muerte. Virgilio (_Eneida_, canto VI) coloca en la puerta de los infiernos al hambre y la pobreza.
La envidia, por igual razón, con temores mortificantes, se despierta en muchos, ante cuya vista se muestra el poder como la presa de unos cuantos que disfrutan riquezas y distinciones brillantes, mientras que ellos viven en las tinieblas y se arrastran por el lodo: algunos mueren con la preocupación de las estatuas y el renombre, y otros, á quienes el temor de la muerte inspira odio contra la vida y la luz, llevan el infierno en su triste pecho; se olvidan de que es manantial de todos los males ese miedo que veja la inocencia, rompe los vínculos entre amigos y arranca de los corazones la piedad. ¡Y aun muchas veces ha habido hombres que por vivir, para retardar las penas del Aqueronte, han hecho traición á sus padres y á su patria! Como niños que de todo tienen miedo por la noche, así nosotros, durante el día, nos vemos rodeados por ilusorias sombras y fantasmas vanos que no se disipan con el rayo solar ó con la luz diurna, pero que se desvanecen mediante el uso de la razón tranquila y el estudio reflexivo de la Naturaleza[32].
[32] Lucrecio repite los versos 51 al 61 del canto II.
94. _Primum Animum dico, mentem quem sæpe vocamus..._
Primeramente digo que el ánimo, al que damos con frecuencia el nombre de entendimiento, es régimen y consejo de la vida, y forma parte de nosotros no menos que las manos, los piés y los ojos. Muchos sabios piensan que el ánimo no reside en lugar determinado, por cuanto es la exteriorización de la vitalidad del cuerpo ó la harmonía de los sentidos, según dicen los Griegos; y aunque nos hace vivir consciamente, no es susceptible de ocupar espacio, como sucede respecto á la salud que no es parte del cuerpo, sino modo regular de la existencia de éste, y no se halla fija en sitio alguno; pero entiendo que esa opinión es errónea. Algunas veces el cuerpo exteriormente sufre mientras que se experimenta bienestar interno; otras veces el ánimo se halla triste y el cuerpo disfruta salud, y en ocasiones el dolor que ofende los piés no daña la cabeza. Además, aunque blando sueño debilita los miembros y priva al cuerpo del uso de los sentidos, hay personas que en ese estado se agitan de muchos modos, y tienen sensaciones de alegría, de inquietud y de tristeza.
118. _Nunc animam quoque ut in membris cognoscere possis..._
Ahora puedes conocer que también el alma se halla en los miembros del ser sensible, y que no es la harmonía el sostén del cuerpo. Desde luego se observa que si á éste se priva de algunas partes, la vida subsiste muchas veces conservada por el resto del organismo; pero si decrece la temperatura de nuestro cuerpo, ó si se espira una cantidad de aire mayor que la conveniente, en el momento las venas saltan y se descomponen los huesos. Puedes inducir de repetidas observaciones de esta clase, que no todas las partes del cuerpo son de igual importancia, ni todas contribuyen igualmente á la salud, y que los vapores cálidos y el aire vital son los primeros agentes de la vida y las últimas resistencias que escapan de los miembros moribundos.
131. _Quapropter, quoniam est Animi natura reperta..._
Por tanto, averiguada ya la naturaleza del ánimo y del alma que son partes constitutivas del hombre, la palabra Harmonía debe devolverse á los Griegos, que faltos de expresiones adecuadas para representar ciertos pensamientos nuevos, quizá la derivaron de ignoradas fuentes ó la adquirieron de la elevada cima del sonoro Helicón[33]; guárdenla ellos y sigamos nuestro discurso. Opino que el ánimo y el ánima entre sí mantienen unión estrecha, de la que resulta una substancia distribuida en todo el cuerpo; ésta, en cuanto dirige los actos humanos, recibe el nombre de ánimo y también entendimiento ó inteligencia, y tiene su centro en lo íntimo del pecho, donde laten las emociones de pavor y miedo, y se originan los estímulos del placer; pero el alma se extiende por todo el cuerpo, y aun cuando recibe impulsos del ánimo, tiene conciencia de sí misma, y en sí propia se ocupa cuando ninguna cosa exterior la solicita. Y así como la cabeza y los ojos, en muchos casos duelen, pero no hacen partícipes de su malestar á todo el cuerpo, así también la mente alguna vez sufre daño ó goza beneficio, y no transmite al alma las sensaciones correspondientes; empero, cuando terror extraordinario perturba el ánimo, también el alma en todos los órganos se impresiona; todo el cuerpo se cubre de sudor y palidez, la lengua vacila, se extingue la voz, los ojos se nublan, los oídos zumban, los miembros se relajan.
[33] Helicón, monte de Beocia consagrado á las artes rítmicas (Apolo y Musas).
Muchas veces vemos que los hombres sucumben al peso del terror del ánimo: por este hecho observado, fácilmente puede conocerse cuál sea la conjunción que hay entre el ánimo y el ánima; ésta, golpeada por la fuerza del ánimo, inmediatamente comunica á todo el cuerpo la impresión recibida.
161. _Hæc eadem ratio naturam Animi, atque Animai..._
Las consideraciones precedentes nos enseñan que el ánimo y el alma son corpóreos; porque si agitan los miembros, si privan de reposo al cuerpo, si alteran nuestro semblante y dirigen al hombre (ya que la observación nos hace ver que ninguno de aquellos hechos se realizan sino mediante un contacto, y que no puede haber contacto sino entre cuerpos), ¿no estaremos obligados á confesar que el ánimo y el alma son de naturaleza corpórea?
Pero es, además, seguro que las funciones del cuerpo y del ánimo se corresponden, y que este último no recibe más impresiones que las comunicadas por aquél; si horrible dardo que hiere nuestros nervios y punza nuestros huesos, no nos roba la vida, nos producirá, cuando menos, un desfallecimiento invasor del organismo y una dulce pesadez que nos obligará á inclinarnos, á pesar de los esfuerzos que hagamos para erguirnos. Luego indudablemente es corpórea la naturaleza del ánimo ya que experimenta los efectos de penetrante arma.
177. _Is tibi nunc Animus quali sit corpore, et unde..._
Voy ahora á tratar de explicarte lo que entiendo acerca de la esencia del ánimo y de las substancias que lo componen. Desde luego afirmo que es un concreto sutil de elementos sutilísimos: considera reflexivamente esta opinión, y la hallarás confirmada. Nada hay que tenga la rapidez con que el ánimo concibe y realiza sus proyectos; la Naturaleza no ha formado ningún cuerpo más activo. Como es tan móvil, debe estar integrado por glóbulos muy tenues que pueden ser agitados por cualquier débil impulso; el agua, apenas tocada, se mueve y fluctúa por estar compuesta de elementos sutiles; más consistente la miel, es más pesada, corre con lentitud, sus moléculas se adhieren entre sí porque son poco pulidas, algo pesadas, menos globosas; el viento más leve dispersa con prontitud una grande cantidad de simiente de adormideras, pero no produce efecto sobre pesadas masas de hierro ó de piedra. Los cuerpos son movedizos en proporción al pulimento y tenuidad de sus moléculas, y son más resistentes aquellos que contienen elementos ásperos y voluminosos.
Ahora bien: como la naturaleza del ánimo es notablemente movible, necesario es que esté formada por corpúsculos simplicísimos, muy ligeros y redondos. Y el conocimiento de este postulado ¡oh querido amigo! te será muy útil y de oportunas aplicaciones.
208. _Hæc quoque res etiam naturam deliquat ejus..._
De otra observación se infiere cuál sea la tenue contextura del ánimo y en qué reducido lugar se contendría si pudiera condensarse: cuando el hombre llega al reposo de la muerte, después de quedar deshecho el tejido propio del ánimo y del alma, bien podrás ver que el cuerpo no pierde forma ni peso: la muerte se lleva la sensibilidad y el aura de la vida, pero deja intacto lo demás. Luego es necesario que el alma, unida á las venas, vísceras y nervios, esté formada por principios muy tenues, ya que al desvanecerse ella el cuerpo no pierde gravedad ni pierde su forma: también, cuando por evaporación se disipan la esencia del vino, el aroma de los perfumes ó el delicado sabor de los manjares, los cuerpos respectivos conservan la misma apariencia y el mismo peso, porque los elementos que les daban color y sabor, diluidos en el conjunto, eran extraordinariamente sutiles. Ante la consideración de estos hechos, una y muchas veces deberemos de afirmar que el ánimo y el ánima constan de principios materiales mínimos, cuya desaparición de un cuerpo, en que se manifiestan, no disminuye en nada el peso y el volumen del cuerpo mismo.
No por eso ha de pensarse que el alma sea simple; el moribundo exhala cierta aura tibia que supone especial combinación de calor y de aire frío: las moléculas del calor están muy separadas, y entre ellas pueden penetrar y situarse elementos primordiales aéreos.
237. _Jam triplex Animi est igitur natura reperta._
Hasta ahora hemos hallado que la naturaleza del ánimo tiene tres componentes[34], pero no son bastantes por su condición para engendrar las sensaciones: no se puede concebir que aquellos principios, por sí solos, puedan crear movimientos sensoriales y dar actividad á la inteligencia: es necesario que admitamos un cuarto principio impulsor, aunque no sepamos darle nombre, si bien consideremos que ha de ser movedizo, de elementos muy finos, pequeños y veloces: este agente innominado imprime en nuestros nervios la acción y la energía de la vida; puesto en agitación, transmite su corriente al calor y al aura vital, y establece el movimiento para todo el organismo; entonces la sangre late en las venas; las vísceras devienen sensibles, y los huesos y la médula se hallan capacitados para sentir impresiones de dolor y de placer.
[34] Principio frío (aire); principio cálido (calor); principio templado (aura vital).
Pero si en esa cuarta esencia substancial del ánimo penetra el dolor, se produce una conmoción general del cuerpo, y en éste no queda sitio donde la vida se refugie; por tanto, las partes del alma tienden á salir por todos los poros: sin embargo, las más de las veces, el trastorno ocasionado por efecto del dolor no traspasa la superficie del cuerpo, y la vida se repone para nueva larga duración.
258. _Nunc ea quo pacto inter sese mista, quibusque..._
Defectos de nuestra lengua patria no me permiten, á pesar de mis deseos, explicarte claramente las relaciones que entre sí mantienen aquellos elementos mezclados; intentaré, no obstante, dilucidar el asunto, aunque sea sumariamente y hasta donde me sea posible. En concertada indestructible unión se mueven los primeros principios; nada hay que pueda separarlos; son como varias fuerzas unidas en un solo cuerpo; la potencia de todos en ningún caso puede ser ejercida por cualesquiera de ellos aisladamente. De igual modo que en las vísceras de los animales se producen condiciones adecuadas para la percepción del olor, calor y sabor, y constituyen facultades propias, no de órganos aislados, sino de un cuerpo que sea perfecto; así también el calor, el aire y el aura vital, combinados, integran una sola substancia, en la cual surge aquel agente que da impulso al movimiento de todo el organismo y dota de sensibilidad á las vísceras: este poder motor se encarna en lo interior de nuestros miembros: nada hay más íntimo en nuestro cuerpo que ese agente; es como el alma de nuestra alma, que ejerce influencia en todo nuestro ser; es la fuerza impulsora del ánimo y la esencia del alma, fuerza y esencia ocultamente unidas; en su formación entran elementos muy pequeños y muy pocos, pero aun así late y domina en todo el cuerpo, y es, volveré á decirlo, el alma de nuestra alma. Deberemos, pues, afirmar que el aura, el aire y el calor se extienden, combinados, por todo el cuerpo en regular proporción; porque si alguno de esos elementos preponderase, no formarían un solo todo. Si el nexo entre el aire, el calor y el aura vital se rompiese, de su desequilibrio sobrevendría la muerte.
288. _Est etiam calor ille Animo, quem sumit in irâ..._
El calor enciende, además, en ira el ánimo: con su ardiente impulso la sangre hierve y los ojos brillan: por su parte el aire, que es frío extremadamente, provoca el temor y por excitación de éste se agita en convulsiones; por último, el aura, que es tibia, de plácida calma nos llena el corazón y lleva la serenidad á todo el organismo. El calor predomina en aquellos seres que se distinguen por temperamento efervescente dispuesto á la ira, entre los cuales figura en primer término el león que es todo bravura y valentía; de su pecho brotan pavorosos rugidos; no puede contener los ímpetus de la violencia: el aire influye especialmente en los venados, los cuales, agitados por el frío que hiela sus vísceras, tiemblan por cualquier motivo: por efecto del aura templada los bueyes gozan vida apacible; ni los torbellinos de ciegas cóleras los arrebatan con accesos de ira, ni del hálito helado los entorpecen con temores los miasmas que penetran hasta la médula; es, por tanto, el buey, animal que tiene su propia situación entre el tímido venado y el fogoso león.
307. _Sic hominum genus est: quamvis doctrina politos..._
Así pasa al género humano: la educación puede modificar la índole de algunos hombres; pero éstos conservan siempre vestigios de la señal que en su constitución les marcó Naturaleza. No creas posible arrancar la propensión á los vicios que en algunos se manifiesta, ni evitar que otros dejen arrebatarse por la ira, aquél sucumba á injustificado temor, ó éste se dedique excesivamente á determinadas complacencias: mucho difieren entre sí los caracteres de los hombres y las costumbres que de ellos se derivan. No pretendo hacer ahora una disquisición acerca de las causas ocasionales de esos fenómenos que señalo, ni tampoco á exponer los dictados que corresponden á las figuras de los elementos que tantas variedades crean; pero por inducción de los hechos observados me atrevo á decir que las naturales inclinaciones se modifican notablemente con auxilio de la enseñanza y con auxilio de la razón; nada hay que nos incapacite para gozar vida propia de dioses.
325. _Hæc igitur natura tenetur corpore ab omni..._