Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»
Part 19
Aún añadiré otra observación antes de entrar de lleno en el estudio del asunto que me he propuesto poner en claro. Los innumerables poros que en el cuerpo hay, por cuanto sirven para funciones diversas, han de ser entre sí desemejantes: es innegable que todos los animales poseen varios sentidos, cada uno de los cuales tiene su especial esfera de actividad: la impresión del sonido se recibe en un propio órgano, en otro la del gusto, en otro la del sabor, con arreglo á muy complejas circunstancias; pero si es cierto que algunos simulacros atraviesan las piedras, otros se introducen por los poros de la madera y otros, como los del calor, pasan á través del oro, de la plata y del vidrio, mientras hay muchos incapaces para comunicarse de ese modo, también debe ser cierto que tan variadas apariencias de un mismo fenómeno en una principalísima parte sean debidas, como ya en otra ocasión he demostrado, á las diferencias de los huecos ó poros que la Naturaleza deja abiertos entre las moléculas de todos los cuerpos. Conocidos estos antecedentes, se nos muestra al descubierto la causa que origina la atracción del hierro.
Primeramente, es necesario que de la piedra magnética se desprenda una especie de fluido muy activo que tenga la propiedad de rarificar el aire que media entre la misma piedra y la anilla ó cualquier otro objeto de hierro; luego que de ese modo queda entre los dos cuerpos un espacio vacío las exhalaciones de los elementos férricos se precipitan en él y la anilla de que proceden seguirá la misma dirección. No hay cuerpo que tenga sus moléculas más apretadas ni sus elementos más estrechamente unidos que el hierro, cuya estructura, por lo densa, es más inaccesible para el calor: por ese motivo no es de admirar que si las partículas componentes de una anilla de hierro se dirigen hacia el vacío, la anilla íntegra siga la misma ruta hasta encontrar la piedra magnética á la cual quede unida por invisibles lazos. Las emanaciones magnéticas forman alrededor de la piedra que las produce una especie de circuito y quedan sujetos á su acción todos los cuerpos de hierro que en él se hallen, los cuales, como no pueden por su propia gravedad elevarse en las auras, han de recibir sucesivas impulsiones del aire.
Otro motivo hay que favorece la progresión y aumenta el movimiento de la anilla, la cual, no bien se halla dentro del vacío formado por la piedra magnética es empujada hacia adelante por las capas de aire que la rodean; y como el mismo aire penetra también en los intersticios del hierro, obra en la anilla de igual modo que el viento cuando hincha las velas de un buque é impulsa la marcha de éste. Los cuerpos contienen aire en sus poros; y ese fluido sutilísimo que permanece oculto en el hierro, agitado por la influencia del imán que sobre la anilla obra contribuirá también de varias maneras á que ésta siga la dirección que la atrae.
Pero la piedra magnética unas veces atrae al hierro y otras lo rechaza: en Samotracia tuve ocasión de ver una cubeta de bronce en la cual habían introducido trozos y limaduras de hierro y encima de ellos una piedra imán: el hierro se movía de un lado á otro como fugitivo impaciente; parecía que el bronce había provocado una discordia entre aquellos cuerpos: este fenómeno que observé quizá proviniera de que las exhalaciones vaporosas del bronce habían ocupado los intersticios del hierro antes de que las de la piedra de Magnesia hubieran podido en ellos penetrar, y tal vez estas últimas pugnaran por apoderarse de la substancia férrica y henchir su tejido: lo cierto es que mediante la interposición del bronce el hierro siempre rechaza al imán, al cual fácilmente se adhiere en otras circunstancias.
Y se comprende bien que la piedra magnética no atraiga á todos los cuerpos: el oro, por su densidad, no es accesible á su influencia; la madera tiene poros muy abiertos y por ellos pasan las emanaciones del imán sin producir efecto; pero el hierro, con respecto á su textura, se halla colocado entre aquellas dos substancias; y cuando está impregnado en moléculas de bronce la piedra magnética lo rechaza.
Pero no todos los cuerpos son extraños á especiales uniones, y pudiera citarte muchos casos de afinidad íntima entre cosas diferentes: la cal sirve de lazo para juntar unas piedras con otras; con la pasta hecha de piel de toro los trozos de madera se unen de tal modo, que podrán romperse por cualquiera parte más bien que por los bordes adheridos con auxilio de la cola; el jugo de la uva se mezcla muy bien con los raudales cristalinos de murmuradoras fuentes, alianza que no puede aquélla efectuar con la pez, que es muy pesada, ni con el aceite, que es muy ligero; el color purpúreo del conchil se identifica notablemente con la tela de lana, y no pueden separarse con el agua, aunque ésta se emplease en la misma cantidad que los mares juntos contienen; el oro y la plata perfectamente se incorporan; varias clases de cobre con el plomo forman distintas especies de bronce. De muchos otros enlaces y de otras varias aleaciones pudiera hablarte; pero considero que una detenida relación de este género sería inútil y además te produciría cansancio y enojo, cuando persigo el objeto de hablarte poco para decirte mucho. La alianza de cuerpos que tienen prominencias correspondientes á depresiones de otros afines resulta perfecta y durable: también los cuerpos se ligan fuertemente por medio de anillos ó de ganchos; y de esta manera última es como se establece la unión entre las moléculas de la piedra de Magnesia y las del hierro.
1087. _Nunc, ratio quæ sit morbis, aut unde repentè..._
Ahora te explicaré el origen de las epidemias que de improviso invaden muchas veces algunas comarcas y causan horrible mortandad entre los hombres y entre las bestias. En primer término, existen en el espacio, como ya te he demostrado, muchísimos corpúsculos, de los cuales unos son favorables á la vida y otros son auxiliares de la muerte. Cuando estos últimos se congregan casualmente en gran número, inficionan el aire y perturban la marcha regular de la existencia. Los gérmenes de enfermedades pestilentes, ó vienen transportados por las nubes y las tempestades, quizá desde lejanos climas, ó surgen del mismo país mediante alteraciones producidas en el cielo y en la atmósfera, por intempestivas lluvias y calores excesivos. ¿No has observado que los productos de una región llevados á otra se resienten y se corrompen con la mudanza de clima y de aguas? La influencia del aire es evidente: ¿es el mismo el cielo británico y el de Egipto por donde el eje del mundo se abate[75]? ¿Es igual la temperatura media del Ponto, y la que desde las poblaciones gaditanas se extiende hasta los territorios en que el calor del Sol ennegrece á la raza humana? Aunque esas cuatro regiones se hallan expuestas á todos los vientos, bajo un mismo cielo, hay tanta diferencia en el color y la fisonomía de sus respectivos habitantes, como en las dolencias á que estos últimos están expuestos.
[75] Lucrecio entendía que el eje del mundo se levantaba hacia el Norte y se bajaba en el Sur; y, por tanto, creía que en Egipto comenzaba su declinación.
La elefantiasis es una molestia que domina en las proximidades del Nilo, en medio del Egipto, y no en otra parte; en Ática se padecen dolores de piernas, y en Acaya mal de ojos. De igual modo hay otros muchos lugares que son propensos á varios dolores, sin duda por la influencia del aire. Cuando éste, saturado ya de miasmas infectos, forma corrientes que invaden algunas comarcas, se extienden por ellas con lentitud como las nubes y corrompen su atmósfera; al llegar á la nuestra, la inficiona, se la asimila, pero la hace extraña á nosotros mismos.
El contagio de la nueva calamidad prontamente se apodera de las aguas, se posesiona de los frutos de la tierra y de otras substancias que sirven de alimento á los hombres y de pasto á los animales, y se mezcla con el aire que nos vemos precisados á respirar, aun cuando conozcamos el peligro de absorber el veneno que lo emponzoña. Con igual energía que á los hombres, la pestilencia ataca á la especie bovina y á los baladores rebaños. El mismo efecto nos produciría el aspirar voluntariamente un aire viciado, que el apropiarnos por necesidad el que la Naturaleza nos proporciona, dañado con substancias nocivas para nuestra salud y para nuestra vida.
Una epidemia de esa clase causada por vapores mortíferos ocasionó horribles estragos en Cecropia, y dejó desiertos sus campos y ciudades; hizo su aparición en el centro de Egipto; por el aire atravesó el espacio, por el mar recorrió las distancias, y se estableció en los muros de Pandión, cuyos habitantes fueron víctimas de repugnante dolencia ó de angustiosa muerte[76]. La enfermedad se iniciaba por una intensa fiebre, á la que seguía fuerte dolor de cabeza; después los ojos de los pacientes se entumecían é inflamaban, su laringe se llenaba de úlceras que brotaban negra sangre y obstruían los conductos de la voz; su lengua, intérprete del ánimo, rodeada por ensangrentada costra purulenta, quedaba inmóvil aunque penetrada por dolor agudo; con las secreciones ponzoñosas que se escurrían por el esófago de los enfermos, éstos sentían que el mal se amparaba de su pecho, se apoderaba de su corazón y entorpecía todos los hilos de la vida; su boca exhalaba hedor no menos fétido que el de cadáveres corrompidos; su alma carecía de fuerzas para manifestarse, y su cuerpo, como desmadejado, parecía yacer tendido á las puertas de la muerte. Pero luego sobrevenían aflicciones y tormentos nuevos, estertores profundos, gemidos redoblados por el día y por la noche, rigidez en los miembros, nerviosas contracciones, extenuación, abatimiento, fatigas; los pacientes no tenían mucho calor en su piel, y sus extremidades estaban templadas, y eso no obstante, su cuerpo lleno de profundas llagas, parecía rojo, como si lo hubiese invadido la erisipela; fuego interior consumía á los desdichados, y les penetraba los huesos; en su estómago, como si fuese encendida hornaza, ardía llama devoradora; les abrumaba el peso de las ropas, y se exponían desnudos al frío y al aire; algunos, impelidos por el ardor que les quemaba las entrañas, en su furor desesperado se precipitaban á helados ríos; otros, rabiosamente, con la boca abierta, se arrojaban á los pozos, como si quisieran beberse toda el agua que en ellos encontraran, aun cuando la sed que sufrían tan insaciable era con un torrente como con la que pudiera contener un pequeño vaso; el malestar no les permitía punto de reposo; sus miembros se rendían abatidos; ningún bienestar les proporcionaba la medicina, que ante la epidemia se declaraba impotente; faltos de sueño, movían con frenesí los ojos desencajados, sufrían mortales angustias, horror y espanto perturbadores de la mente, ira y tristeza manifestadas con fruncimientos de cejas y convulsiones del rostro, zumbido en los oídos, respiración anhelante, sudor que les bañaba el cuello, tos violenta que entre ahogos les arrancaba tenues y escasos esputos de color amarillento y de sabor salado, retorsiones de las manos, temblor intenso, frío helado, que desde los piés avanzaba poco á poco hasta dominar el tronco. Ya en el último período, los enfermos tenían la nariz comprimida y afilada, los ojos y las sienes hundidos, la piel fría y dura, los labios estirados, el semblante horroroso. Y en ese estado morían; á los ocho ó diez días de enfermedad exhalaban el último suspiro. Si alguno de los atacados podía librarse de la muerte, porque sus abiertas llagas supurasen todo el humor corrompido que en ellas se contenía, ó porque expulsara abundante cantidad de negras materias excrementicias, al cabo, en una próxima recaída perdía la existencia; de la nariz le brotaba sangre fétida, penosos dolores de cabeza le torturaban, y de este modo sus fuerzas se extinguían. Si la hemorragia se contenía pronto, la dolencia aparecía en los nervios, se extendía á los miembros todos, y se fijaba especialmente en los órganos de la generación; algunos enfermos, guiados por el instinto de conservar la vida, entregaban al cortante hierro la parte de su cuerpo elegida por el mal; unos perdían la característica de su viril sexo, otros las manos, otros los piés; ¡tan grande era el horror que la muerte inspiraba! Había personas que perdían totalmente sus facultades intelectuales, y ni aun siquiera conservaban idea de su propia personalidad. Aunque los cadáveres quedaban insepultos y yacían amontonados, ni los cuadrúpedos ni las aves de rapiña se les aproximaban por no poder resistir el pestilente olor que despedían; si los tocaba algún animal, éste era en el acto víctima de la muerte: ni ave alguna osaba mostrarse á la luz del día, ni las fieras dejaban por las noches el obscuro bosque; la epidemia había debilitado á todas y mataba á muchas; los perros, animales fieles, caían abatidos en las calles, y entre fatigas y horribles tormentos, quedaban sin vida, que la dolencia les arrebataba. Los cadáveres eran sacados sin pompa alguna de las casas. No había remedio conocido contra el mal; la medicina que había asegurado á unos enfermos el goce de la vida y el disfrute de la luz del Sol, precipitaba la ruina de otros.
[76] La peste de Atenas, con sujeción á los datos que se hallan en el segundo libro de Tucídides, es descrita magistralmente por Lucrecio, que dió á Virgilio el modelo para pintar la peste de los animales en el tercer libro de sus _Geórgicas_.
1227 _á_ 1283. _Illud in his rebus miserandum et magnopere unum..._
Lo más aflictivo y terrible en aquel período calamitoso, era que todo el que se hallaba acometido por la dolencia, sabía desde luego que iba á morir; y, como criminal sentenciado á la última pena, veía de continuo ante sus ojos la amenaza de la muerte y perecía entre desesperaciones y terrores. Numerosas víctimas hacía el contagio; la enfermedad se propagaba fácilmente de unos individuos á otros; aquellos que por miedo á la muerte huían de la vista de sus deudos y amigos sucumbían también, pero sin recibir el menor socorro, abandonados, lo mismo que ganado vacuno ó rebaño lanígero; y los que auxiliaban á parientes y amigos y por decoro ó compasión entraban en lucha con la pestilencia, entre dolores, quejas, lamentos y ayes eran arrollados por la asoladora catástrofe, que de este modo la vida se llevó de los mejores ciudadanos; muchos, después de haber inhumado los restos de todas las personas de su estima, fatigados, tristes, lacrimosos, dominados por el espanto, abatidos, cansados y sin fuerzas, se tendían en el lecho donde, rendidos, se entregaban á la muerte. En aquel tiempo no se veían por todos sitios más que enfermos desesperados, cadáveres en montón, enlutados que arrastraban su pena. Lo mismo el pastor de cualquiera clase de animales que el robusto conductor del corvo arado eran vencidos por la epidemia, y allá, ocultos en sus chozas, languidecían de dolores y de miseria y espiraban. Revueltos yacían los cadáveres de los padres y de los hijos: éstos daban el último suspiro sobre el cuerpo, inanimado ya, de la madre ó del padre. El mayor contingente que á la enfermedad se ofrecía era procedente de los campos, cuyos moradores, tan pronto como experimentaban los primeros síntomas de la dolencia, se acogían á la ciudad, en la cual la muerte hallaba juntas numerosas víctimas en todas las casas.
Muchos hombres, tocados por la peste, morían en las calles; otros, movidos por sed abrasadora, á rastras, con mil trabajos, llegaban á las fuentes públicas donde bebían con ánimo de hartarse, pero antes de conseguirlo, morían sofocados. Los caminos se hallaban invadidos por enfermos, desfallecidos, moribundos, cubiertos de harapos y llenos de podredumbres, con los huesos descarnados en algunos sitios y en otros con la piel lívida, llena de llagas que manaban asqueroso pus y ya con la corrosión misma de la tumba. Despojos impuros de la muerte habían sido con profusión depositados en los alcázares de los dioses; cadáveres en gran número eran llevados á los templos, cuyos guardas á su antojo disponían de sus improvisados huéspedes sin tratar de inquirir cuál fuese la religión y cuáles fueran los dioses de cada uno, porque el dolor excedía á toda preocupación; las ceremonias fúnebres, con tanto rigor observadas en otro tiempo, se habían dejado olvidadas: la consternación era general; los habitantes, como dislocados, en todas sus acciones daban pruebas de la perturbación que les trastornaba el juicio; cada uno enterraba á sus parientes como podía; de hogueras preparadas por unas familias, otras extrañas se apoderaban á viva fuerza para sus difuntos, y entre clamores ingentes sostenían sangrientos combates á fin de impedir que arrojaran de la pira los cadáveres antes de que fueran consumidos por el fuego[77].
[77] Es probable que Lucrecio dejara sin terminar su poema, como se advierte que lo dejó sin corregir.
FIN DE LA OBRA
ÍNDICE
Págs.
_Noticia biográfica._ III
NATURALEZA DE LAS COSAS
LIBRO I. -- Invocación: dedicatoria: asunto del poema. -- El ser no se origina de la nada, ni en la nada se disipa. -- Cuerpos simples. -- Materia y vacío. -- Propiedades esenciales y accidentales de los cuerpos. 1
LIBRO II. -- Movimiento y mudanza. -- Excelencia de la razón. -- Lo sensible surge de lo insensible. -- El Universo infinito: el Mundo, como parte del Universo. 57
LIBRO III. -- El alma y el ánimo. 117
LIBRO IV. -- Simulacros: imágenes: sensaciones. -- Los sentidos. -- Las ideas. -- Los sueños. -- El amor. 173
LIBRO V. -- Formación y desenvolvimiento del mundo: el hombre: las sociedades humanas. -- Progresos: artes é industrias. 233
LIBRO VI. -- Meteoros. -- Terremotos: volcanes. -- Inundaciones del río Nilo. -- Avernos. -- Imán. -- Enfermedades: peste de Atenas. 301
End of Project Gutenberg's Naturaleza de las cosas, by Tito Lucrecio Caro