Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»
Part 18
Cuando el viento reunido en los profundos subterráneos hacia un lado se acumula con todas sus fuerzas y con toda su violencia, la Tierra oscila en igual dirección; y los edificios que sobre ella se encuentran, igualmente se inclinan tanto más cuanto más elevados sean; amenazan ruina; pierden la línea vertical: los hombres ante aquellos indicios temen sucumbir y que la Naturaleza no pueda ya contener la demolición del mundo. Y con efecto, si los vientos no necesitaran reponerse, nada habría capaz de refrenarlos y nada sería suficiente para evitar sus destructores efectos; pero como unas veces se contraen y otras se dilatan, no siempre los peligros se convierten en funestas realidades; la Tierra se levanta después de haberse inclinado; pierde el equilibrio, pero pronto lo recupera por su propio peso. De esta manera se explica que los edificios vacilen más cuanto más elevados son, hasta el punto de que los más bajos apenas sienten las trepidaciones del suelo.
Algunos temblores pueden ser ocasionados por vientos súbitos, impetuosos, que soplan en la superficie de la Tierra; pero otros son producidos por grandes masas de aire que se acumulan en cavernas subterráneas, donde se agitan de mil maneras hasta que abren en la corteza terrestre una salida que se convierte en un abismo: así fueron destruidas la fenicia Sidón y Egina del Peloponeso: innumerables ciudades han sucumbido en grandes terremotos; muchas otras con todos sus habitantes han sido también sorbidas por los mares. Pero si el viento permanece en lo interior de la Tierra, con furioso ímpetu penetra por todas las cavidades que en ella existen y origina fuertes movimientos sísmicos: de modo parecido á éste el frío que penetra en nuestro cuerpo se introduce en nuestros miembros todos y temblor convulsivo nos produce aun contra nuestra voluntad. Durante los terremotos, los moradores de las ciudades, embargados por el miedo, temen que debajo de sus piés y encima de su cabeza la muerte amenazadora se presente: creen que va á hundirse el techo de sus casas y que la Naturaleza de un solo golpe va á desquiciar el mundo para henchir con sus despojos los abiertos é insaciables abismos. Y aun cuando tales temerosas gentes creen que el Cielo y la Tierra son incorruptibles y destinados, por consiguiente, á vida eterna, la presencia del peligro hace vacilar su fe y lleva á su alma el temor de que en la Tierra se abran cavernas profundas en las que el mundo entero se precipite y la Naturaleza de este modo quede convertida en montón informe de ruinas.
605. _Nunc ratio reddunda, augmen cur nesciat æquor_...
Debo ahora explicar de qué depende que el mar nunca aumente su volumen: causa, en efecto, sorpresa á primera vista, la consideración de que el caudal de aguas que en él penetra, ya procedente de ríos numerosos, ya de tempestades, ora de lluvias, ora de manantiales, no determine crecimiento en el Océano; pero se desvanece la admiración cuando se observa que todas esas masas líquidas que en el mar se pierden con relación á la importancia de éste son como una gota imperceptible.
En cambio, el calor del Sol evapora del mar una cantidad de agua no pequeña; y si los rayos solares pronto dejan secos los vestidos mojados sometidos á su influencia, ¿cuál no será el efecto que produzcan en toda la dilatada extensión de los mares? Hemos, pues, de pensar que el Sol, aunque débil se muestre, por más que en cada sitio del mar produzca escasa evaporación, en el total del Océano ha de causar enormes pérdidas.
También los vientos que barren toda la superficie de los mares han de arrebatar á éstos alguna parte de su caudal: pues observamos que durante una sola noche con su fuerte soplo secan los encharcados caminos y endurecen el barro acuoso.
Te he informado igualmente de que las nubes se apoderan de una cantidad de agua del mar, con la cual riegan todas las tierras cuando á impulso de los vientos se deshacen en lluvias.
Y, por último, si la tierra es un cuerpo innegablemente poroso y está en contacto con el mar, éste recibe de aquélla tributos que reponen su caudal; también da á la tierra aguas que, bien por filtraciones, bien por retrocesos abundantes, en los manantiales se acumulan, y ya purificadas suben á la superficie y corren por los cauces que les facilitan paso.
637. _Nunc ratio quæ sit, per fauces montis ut Ætnæ_...
Ahora me propongo inquirir la causa de que el Etna por sus espantosas fauces arroje torbellinos de fuego: no creas que la terrible tempestad ardiente que abrasó los sicilianos campos fuese prevista por los pueblos vecinos y que éstos después de contemplar el Cielo envuelto en amenazadoras llamas y torbellinos de humo que henchían el espacio y con sus horrores presagiaban una próxima ruina esperasen, aunque llenos de temor, los sucesos que la Naturaleza les deparara.
Á fin de que puedas comprender esos fenómenos, será necesario que estudies todo el orden natural en sus múltiples manifestaciones, que medites reposadamente acerca de la Suma de todas las cosas y consideres que la inmensidad del Cielo es apenas una partícula del Universo, como el hombre es una molécula de nuestro mundo. Cuando te hayas penetrado bien de estas verdades, muchos hechos naturales que hoy te admiran dejarán de sorprenderte.
¿Quién de nosotros se extraña de que haya personas cuyos órganos sean embargados por el ardor de la fiebre ó cuyos miembros padezcan dolores sintomáticos de acerba enfermedad? De pronto los piés del enfermo se entumecen; agudo malestar ataca sus dientes, invade sus ojos; erisipela gangrenosa lentamente se apodera de su cuerpo y lo quema: hechos de esta clase á nadie admiran, porque es general la creencia de que emanaciones procedentes de muchos cuerpos, vapores de la Tierra derivados y exhalaciones del aire engendran numerosos males que al crecer y progresar causan funestos accidentes. Hay, pues, motivos suficientes para afirmar que la Naturaleza, infinita como es en la Tierra y en el Cielo, ha acumulado elementos en número bastante para que en ocasiones puedan sacudir el mundo, producir tempestades en el mar y en la Tierra, proveer de fuego el Etna é incendiar el Cielo. De este modo se comprende bien que el celeste espacio pueda arder en llamas como sucede en días tormentosos cuando, estrechada la cohesión de las moléculas del agua, lluvias torrenciales inundan la Tierra. Grande se considera ese incendio: también parece grande un río á aquel que no haya visto otro mayor; grande parece un hombre, un árbol, un cuerpo de cualquiera especie si no se conocen otros que los excedan en tamaño; pero todos los seres y aun el Cielo, el mar y la Tierra no son más que pequeñas partes de la Suma universal.
Voy ahora á explicar de qué modo el Etna, repentinamente irritado, arroja llamas que suben al espacio desde los hornos encendidos en su seno: la montaña del volcán no es una masa compacta; cavernas profundas formadas entre enormes piedras la componen; esas cavernas están llenas de viento, y por tanto, de aire, porque el viento no es más que el aire violentamente agitado; cuando éste se inflama comunica su calor á las piedras, á la Tierra, de donde rápidas llamas y fuego devorador se elevan, hasta las gargantas de la montaña y por ellas salen para invadir una extensión inmensa entre espeso y negro humo y piedras de gran tamaño: no debe dudarse de que tanta fuerza desarrollada proviene del viento inflamado.
Nótese además que esa montaña arranca de las proximidades del mar cuyas olas van á batir el principio de su base; algunas de sus cavernas se comunicarán con el lecho de las aguas y desde allí subirán hasta la cima del encendido monte; por esas aberturas penetrarán vientos que motivarán la formación de llamas, levantarán torbellinos de arenas, desprenderán de las cuevas corpulentas rocas, y dispararán á las nubes esa mezcla que sale de los abiertos cráteres, palabra griega que equivale á las dos latinas de _bocas y fauces_.
Hay hechos cuya causa ocasional no puede precisarse, aunque desde luego se comprende que estará entre varias conocidas; por ejemplo, si desde cierta distancia vieses un hombre muerto en el suelo tendido, no podrás afirmar con seguridad de acierto el motivo originario de la desgracia; pensarás que la muerte habrá sido causada por hierro, frío, enfermedad ó veneno, y solamente los testigos oculares de ella podrán determinar entre esas causas posibles y necesarias la única verdadera: esta observación tiene muchas aplicaciones.
Un caso á este propósito digno de atención nos ofrece en Egipto el Nilo, único río que después de crecer en el verano se desborda y se extiende por los campos: sin duda sus periódicas inundaciones han de proceder de una de las causas que á continuación expongo:
Tal vez en la estación estival el viento aquilón sople en las bocas del río en dirección contraria al curso de éste y al de los vientos etesios que dominan durante la misma época del año en toda aquella región; en este supuesto, las aguas, repelidas, acumuladas, llenarán sus cauces, rebosarán de ellos é inundarán los campos: sirve de apoyo á este aserto el hecho de que la corriente del viento Norte, que viene de las constelaciones heladas, es opuesta á la dirección del río, que sigue la del austro, originado en clima cuyos habitantes por la influencia del extremado calor son negros.
Quizá en la desembocadura del río durante una época en que el mar es agitado por fuertes vientos se acumulen montones de arena que levanten en esa parte el lecho del Nilo, é impidan el curso libre de la corriente y aun el desagüe de ésta.
Puede suceder que las nubes procedentes de las regiones septentrionales en tiempos dados sean impelidas por los vientos etesios, hacia las comarcas donde el río tiene sus fuentes, y acumuladas y condensadas allí, por su propia gravedad descarguen abundantes lluvias.
Y, por último, es posible que las nieves de las altas etiópicas montañas, derretidas por el calor del Sol cuando este astro dirige á la Tierra más directamente sus rayos, sirvan para acrecentar el caudal del Nilo.
736. _Nunc age, Averna tibi quæ sint loca cumque, lacusque..._
Ahora te explicaré la procedencia de las tradiciones referentes á los terrenos y lagos conocidos por _avernos_[74]. Desde luego, el nombre vale tanto como sitios dañosos para las aves, porque, en efecto, inmediatamente que en su vuelo llegan á los parajes que fueron designados con aquella denominación, impresionadas por los aires que de ellos se desprenden, olvidan el vuelo, pierden la fuerza de las alas, se precipitan con la cabeza para abajo, hacia la tierra ó hacia el agua, según el averno de que se trate. En Cumas del monte Vesubio hay uno de esta clase del cual se exhalan vapores calientes, espesos como el humo: en los muros de Atenas, precisamente en la cima de la ciudadela, hay otro cerca del cual se erigió el templo de la tritonia Palas: á él no se atreven á acercarse las rudas cornejas aun cuando el humo de los holocaustos las convide, y no porque teman el furor de la diosa Minerva, á cuyo servicio están destinadas según los poetas griegos han fingido y cantado, sino porque huyen de las exhalaciones de aquel lugar para ellas muy perjudiciales.
[74] Averna, pl. de avernus = ἄορνος = α (sin) + ὄρνιξ, χος (ave).
Se cuenta que en Siria existe otro averno á cuyas proximidades no pueden los cuadrúpedos impunemente llegar, porque al intentarlo, vapor mefítico los envenena y los deja muertos de improviso como si hubieran sido inmolados por fuerza oculta en honor de los dioses que en ellos residen. Todas las cosas han sido creadas por leyes naturales; el estudio de sus causas nos da á conocer su origen, y es necedad el creer que aquellos sitios sean las entradas del Orco por donde los manes atraen hacia las márgenes del Aqueronte á las almas de este mundo, como piensa el vulgo que la aspiración de los ciervos arrastra á las serpientes por escondidas que se hallen; escucha y sabrás que esas opiniones repugnan á la razón: acerca de este asunto me propongo hablar ahora.
Ya en otras ocasiones he dicho que la Tierra contiene un crecido número de corpúsculos de variadas figuras, que son origen de la vida, causa de enfermedades, motivo de muerte: esos principios elementales según las diferencias de su forma, de su naturaleza y de su disposición para las combinaciones, son más ó menos beneficiosos á los animales; algunos hay que nos lastiman los oídos; otros con emanaciones picantes nos dañan el órgano olfatorio; varios son peligrosos al tacto; muchos molestan al paladar; no pocos ofenden el aparato de la visión, y además hay otros cuerpos simples en escaso número que influyen en todas las sensaciones, algunas muy dolorosas, que experimentamos.
Algunos árboles con sus emanaciones producen fuerte dolor de cabeza al inadvertido que bajo su engañadora sombra se recuesta en la hierba: en los altos montes de Helicón se halla un árbol cuyas flores matan á los hombres que las huelen, y sin duda esas peligrosas exhalaciones surgen de la Tierra, la cual contiene elementos de formas diferentes, de varias propiedades, y aptos para muy distintas combinaciones. El humo de la pavesa que resulta en lámpara recién apagada tiene un olor tan incómodo é ingrato que á veces provoca ataques nerviosos á los que lo perciben; las mujeres dejan escapar de las manos la delicada labor en que se entretenían, por causa de una extremada languidez que de ellas se apodera al aspirar el fuerte olor del castóreo, especialmente si se hallan en uno de los períodos en que pagan á la Naturaleza el tributo mensual; hay también otras substancias que relajan los miembros y hacen languidecer el alma en su residencia: si se toma un prolongado baño caliente, ó bien si en él se entra después de haber asistido á opíparo banquete, hay peligro de sufrir grave daño: el olor del carbón encendido, ¿no puede perturbar nuestro cerebro si no tomamos la precaución de beber agua antes de aspirarlo? Las emanaciones del vino matan al que está abatido por fiebre ardiente: ¿no ves también que de la Tierra se deriva el azufre y en ella se conglutina el betún de infecto olor? Cuando el duro hierro descubre las minas de oro y plata, ¿no deja también paso á envenenados vapores que del fondo de ellas se exhalan? ¿dónde tienen los auríferos metales esos miasmas que tanto ofenden? ¡qué rostros, qué colores tienen los mineros! ¿no has visto, no has oído que mueren en poco tiempo y en muy temprana edad los infelices que se ven reducidos á trabajos tan duros? Necesario es que la Tierra expulse esos vapores y que éstos se dispersen por el espacio.
Esos lugares, llamados avernos, de los cuales se derivan exhalaciones mortíferas que se elevan por los aires y corrompen las auras respirables, son focos de infección hacia los que se precipitan las aves que en su atmósfera penetran influidas por la acción del veneno que aspiran, y cuando caen sus miembros se relajan y su vida se extingue: en el primer momento las domina especial angustiosa convulsión, pero después cuando sin fuerzas descienden hasta el mismo sitio donde tienen salida los venenosos vapores, sofocadas por el aire denso que las rodea exhalan el último aliento.
Puede ser también que las exhalaciones del averno corrompan el aire de tal manera que formen una especie de atmósfera viciada ó rarificada, y tan pronto como las aves lleguen á ese lugar pierdan las fuerzas y sus alas claudiquen: en ese estado no pueden las aves usar del aire ni de las alas, y caen á tierra, donde yacen después que sus almas les salen por los poros y se esparcen por el vacío.
838. _Frigidior porrò in puteis æstate fit humor..._
El agua de los pozos refresca en el verano porque el calor afloja las tierras y por los dilatados poros de ésta da salida á los ígneos elementos que ella misma encierra; por consiguiente, cuanto más denso es el calor que en el suelo de un lugar se experimenta, más fresca está el agua que en lo interior se oculta; y, por lo contrario, si el frío oprime y contrae la superficie de un terreno, las moléculas de calor extendidas por todas partes entran en los pozos donde permanecerán como sujetas por compresión.
Cerca del templo de Júpiter Ammón hay un surtidor de agua que, según vulgar opinión, es fría mientras brilla luz diurna y caliente por la noche: ese manantial es objeto de admiración para los hombres capaces de creer que oculto el Sol por debajo de la Tierra llena la fuente con sus fuegos mientras la noche nos envuelve con sus sombras. Pero la razón rechaza esa hipótesis; porque si el Sol, con la fuerza de sus rayos, cuando está sobre nuestro horizonte no puede por contacto directo calentar el agua, mucho menos lo podrá hacer cuando se halla debajo de nosotros, y cuando tendría que atravesar con sus fulgores una masa de espesor considerable: ¿pues no vemos que los rayos del Sol apenas dan razón de su presencia á través de los muros de nuestras casas? ¿Cuál será, pues, la causa productora de ese fenómeno? Sin duda la tierra en que se halla ese manantial es más permeable que otras y compuesta de moléculas más impresionables al calor; durante el tiempo en que las tinieblas dominan, la tierra se enfría y se contrae como si por la mano fuese apretada; entonces las moléculas de fuego se recogen en el agua y comunican su calor á ésta, que á su vez lo transmite al paladar y al tacto; y cuando el Sol naciente con sus rayos abre los poros de la tierra, pasan por ésta las ígneas moléculas y el calor escapa del agua; por este motivo es fresca durante el día la de aquella fuente. Pero además debe notarse que el agua por la influencia del calor se enrarece y pierde mediante la evaporación muchas partículas ígneas que encierra, de igual modo que otras veces expulsa las de frías nieves que en sí contiene, disuelve el hielo y desata los vínculos con que éste la retuviera.
Un manantial hay cuyas aguas, aunque al tacto son frías, hacen arder la estopa y encienden las hachas resinosas que en ellas se arrojen: esas aguas deben contener una cantidad extraordinaria de principios ígneos, y aun así, no tienen bastante actividad para calentar sus raudales. Una especial influencia obliga á sus moléculas á elevarse desde el fondo de la fuente á la superficie del agua y dispersarse en los aires, como surtidor de agua dulce que brota en el mar y separa á un lado las ondas salíferas. Hay, con efecto, regiones en que el mar ofrece á los navegantes sedientos un surtidor de agua dulce, libre de sal: de un modo parecido en aquellos otros sitios se escaparán de los manantiales algunos elementos ígneos que sirvan para inflamar la estopa y las teas, pues tanto la una como las otras se componen también de partículas comburentes. ¿No has reparado que si á una lámpara apagada aproximas una luz vuelve á encenderse aun antes de que ésta la toque? ¿No sucede lo mismo con la tea? Otros muchos cuerpos hay que arden sólo por las exhalaciones del fuego y sin necesidad de ponerse en contacto con éste: una cosa parecida á la que indico debe ocurrir en la mencionada fuente.
904. _Quod superest, agere incipiam quo fœdere fiat..._
Ahora trato de inquirir la ley de atracción que sobre el hierro ejerce la piedra por los Griegos llamada magnética del nombre de la provincia de Magnesia en que tiene su nacimiento; á los hombres causa admiración el ver que varios trozos de la citada piedra forman una cadena de anillos, que se sostienen por recíprocas atracciones, y que algunas veces cinco piedras ó más, adheridas las unas á las otras, aunque agitadas por el viento no se desunan: tan activa es la energía que desarrollan.
Para explicar cierto orden de hechos hay que establecer algunos principios elementales que faciliten los medios para llegar á la posesión de la verdad: te pido, pues, que me concedas atento oído y ánimo sereno.
Si vemos los cuerpos es porque de todos surgen emanaciones que se extienden por nuestro alrededor, tocan nuestros ojos y determinan la visión: de muchos se exhalan moléculas odoríferas como del agua se desprende frío, del Sol calor y de las olas del mar el vapor saliginoso que socava los edificios situados en la playa: las ondas sonoras nunca dejan de impresionar nuestro oído; paladeamos el sabor de sal mientras pasamos por las orillas de los mares, y nos incomoda el amargor del ajenjo cuando asistimos á su preparación. Luego es indudable que todas las cosas tienen desprendimientos moleculares que afectan nuestros sentidos; y no hay quien no admita que alguna vez sufran intermitencias esas emisiones, pues es un hecho que en todo momento la vista, el olfato y el oído pueden impresionarse.
Repetiré ahora para auxiliar tu memoria que todos los cuerpos son porosos como he demostrado al principio de la presente obra poética: esta afirmación envuelve un dato fundamental para el conocimiento de muchas verdades, y especialmente para la dilucidación del asunto que voy ahora á tratar: necesario se hace, por tanto, que insista en la prueba de que las moléculas componentes de todos los cuerpos están separadas por pequeños intersticios. Por las bóvedas de las grutas se filtra el agua gota á gota; en todas las partes de nuestro cuerpo hay conductos para la transpiración; de nuestra piel brota la barba y el vello; el alimento diluido en los conductos venosos lleva la vida y el sostenimiento á todos los miembros y órganos del cuerpo y no priva de su influencia ni aun á las uñas; el calor y el frío se transmiten á través del bronce, y pasan la plata y el oro, como puede comprobarse en vasos de uno de esos metales que tengamos en la mano y en los que hayamos vertido cualquiera substancia líquida; los sonidos y algunos olores fuertes atraviesan gruesos muros; el calor y el frío traspasan las corazas de hierro que sirven para ceñir el cuerpo; muchas enfermedades infecciosas penetran en nosotros por las puertas de nuestros poros porque la Tierra y los aires están llenos de corpúsculos que se insinúan en nosotros y nos dañan. Después de fijarnos en esos detalles, convendremos en que ningún cuerpo carece de poros. También sucede que las emanaciones de los seres no tienen todas las mismas propiedades, y, por tanto, no producen igual efecto en todos los cuerpos sobre los cuales obran: el Sol que seca y endurece la tierra también derrite el hielo, liquida enormes témpanos de nieves aglomerados en la cima de las montañas y disuelve la cera; el fuego que licua el oro y el bronce, aprieta y condensa las carnes y las pieles; el agua que endurece el hierro ablandado por el calor, ablanda la piel y la carne por el calor endurecidas: el pino silvestre, cuyas hojas son para las barbudas cabras manjar delicioso preferible al néctar y á la ambrosía, para los hombres tiene insufrible sabor amargo: el cerdo huye de la mejorana y de toda substancia olorosa como de venenos mortíferos que á nosotros nos deleitan, y, por lo contrario, nosotros consideramos abominable y repugnante el lodo que para el cerdo es delicioso baño, de cuyo disfrute nunca se encuentra satisfecho.