Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»

Part 17

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Hay otra razón que explique el fuerte ruido que ocasiona en las nubes el viento impetuoso: vemos que muchas veces se muestran como divididas en forma arborescente y tal vez entonces produzca el viento en ellas un resultado parecido al que origina en las ramas y las hojas de un espeso bosque. También los vientos pueden acometer de frente y con violencia á las nubes hasta romperlas; pues podemos comprender que su ímpetu en las altas regiones sea muy enérgico si tenemos en cuenta que en las capas inferiores ha de ser más moderada, y no obstante, descuaja los árboles. Nubes hay, además, acumuladas á manera de ondas que al separarse batidas por el viento braman horrísonas como río desbordado que halla obstáculos á su paso, ó como el Océano agitado por una tempestad.

También en ocasiones el fuego del rayo caerá de unas nubes en otras, y si estas últimas contienen extraordinaria cantidad de vapor acuoso, aquél se extinguirá con estruendo, así como el hierro incandescente arrojado al agua en el momento en que extraído es de la forja se apaga con estridente chirrido; pero si el rayo cae en nube seca ésta se inflamará con estrépito, lo mismo que monte laurífero en que se prenda fuego animado por torbellinos de viento impetuoso; porque no hay combustible que arda en llamas voraces con más crepitante ruido que el délfico laurel á Febo consagrado.

Muchas veces el hielo y el granizo se forman cuando el viento condensa, empuja y amontona las nubes, las cuales en este caso ruidosamente se deshacen en lluvia congelada.

El relámpago se produce mediante la inflamación de moléculas de fuego procedentes de contrarias nubes; y puede cualquiera representarse este fenómeno si observa que del choque violento del hierro ó de una piedra contra otra piedra surgen chispas que brillan á distancia: aunque el relámpago y el trueno son simultáneos, llega á nuestra vista el fenómeno óptico antes que á nuestro oído el fenómeno acústico, porque la marcha de las ondas luminosas es mucho más rápida que la de las ondas sonoras; y de esta verdad puedes convencerte si observas desde lejos el trabajo del podador que corta las ramas inútiles de un árbol, pues verás el ademán del golpe antes que oigas el sonido que éste ocasione, y de igual modo y por la misma causa ves el relámpago antes de que oigas el trueno.

Otra explicación puede también darse del relámpago que las nubes colora con luz trémula durante la tempestad: cuando el viento se introduce en cualquier nube y mediante agitación continua llega á abrir en el centro de ella una salida como hace pocos momentos he dicho, en su vertiginosa movilidad se inflama, porque, según puedes comprobar, todo cuerpo que en virtud del movimiento alcance una temperatura muy elevada arde; y aun una bala de plomo se funde cuando voltea por un largo trayecto. Entonces el aire comprimido, al romper la nube obscura, con estrépito se desparrama convertido en relámpagos cuyos fulgores ofuscan la vista; el estruendo atronador llega al oído algún tiempo después que la luz haya impresionado los ojos, pero tales fenómenos suponen una aglomeración de nubes impelidas con violencia.

184. _Nec tibi sit fraudi, quod nos infernè videmus..._

Pero no te engañes en el juicio que formes de las nubes, y considera que desde aquí vemos su longitud y su anchura pero no su volumen ni la distancia á que se hallan de nosotros; hay que representarse las nubes como si fuesen masas enormes parecidas á montañas que se transportaran de un lado á otro por el ímpetu de los vientos, ó se acumulasen y comprimiesen en las alturas cuando el aire está encalmado: podrás de este modo tener idea de la importancia de sus moles en las cuales aparecen huecos que semejan cavernas abiertas en las rocas aéreas: aquellas cavidades son ocupadas por el viento engendrador de tempestades, el cual, como si no pudiera permanecer encerrado ruge amenazador á manera de fiera cautiva, corre en todas direcciones, produce dentro de las nubes espantosos ruidos, se traslada de una parte á otra, extrae chispas de fuego del lugar en que se halla, las reune, y en los cóncavos hornazos las agita hasta que rompe la nube y escapa con brillantes ráfagas de luz.

También el relámpago con su color dorado y su velocidad extraordinaria dirigida hacia la Tierra podrá originarse de la substancia formativa de las nubes que estará mezclada con elementos ígneos, si bien cuando las nubes están secas y tienen el color y el brillo de la llama deben ese aspecto á la luz del Sol que las colora y les comunica alguna parte del fuego que el astro luminoso esparce. Después, cuando el viento reune las partículas de fuego dispersas y comprime las nubes, aquellas partículas se escapan y presentan los colores brillantes de la llama.

Y aun solamente la rarefacción de las nubes puede originar la formación del relámpago, porque el viento, al separarlas y disolverlas, de ellas deriva los elementos capaces de producir fulgores; pero en este caso el destello que se engendra no va acompañado por terrorífico tumulto.

216. _Quod superest, quali naturâ prædita constent..._

Los efectos del rayo dan á conocer la naturaleza de éste: la violencia que lleva en su caída, el destrozo que ocasiona en los cuerpos con que choca, el vapor sulfúreo de que satura la atmósfera por el sitio que recorre, son indicios de fuego y no signos de viento ni de agua. Al caer incendia los tejados de las casas y luego la llama que en ellos se levanta quema los edificios: en la Naturaleza se forma el rayo de los más sutiles elementos ígneos existentes, los cuales fuerza tienen bastante para que nada los pueda resistir; el rayo atraviesa, como el sonido, los más sólidos muros, traspasa los metales, funde instantáneamente el oro y el bronce, impresiona de tal modo los vasos llenos de vino, que obliga á éste á disiparse porque las paredes de la vasija se relajan, sus poros se agrandan y por ellos los elementos del vino se escapan fácilmente, efecto que no podría seguramente producir el Sol en el espacio de muchos años; ¡tanto en potencia calórica y en actividad el rayo excede al Sol!

Ahora, acerca de la formación del rayo y del ímpetu con que destroza de un solo golpe las torres, arruina los edificios, arranca techos y vigas, desmocha y demuele monumentos levantados por los hombres, deja exánimes á éstos, mata ganados y hace otras cosas de este género, voy á hablar; y sin detenerme en promesas entro desde luego en el asunto.

En las nubes amontonadas y condensadas allá á grandes alturas se forma el rayo; así es que no hay motivo para recelar de él ó temerlo cuando el Cielo está sereno ó ligeramente intranquilo; y la experiencia nos lo testifica: pero cuando las nubes se ennegrecen y se acumulan en toda la extensión de la atmósfera, crecen las tinieblas, el aqueronte llena todas las cavidades del Cielo, pavorosa noche nos llena de temor y el miedo nos embarga, entonces la tempestad se prepara y el rayo comienza á formarse.

Negra nube se resuelve en copiosa lluvia como río de pez del cielo descendido que en abundantes ondas al mar se precipita; allá á distancia densas tinieblas se extienden acompañadas por tempestades, y con ellas, rayos, huracanes, fuegos, terribles remolinos, y en la Tierra las gentes asustadas, transidas de temor, buscan refugio en sus casas; debemos creer que el volumen de las nubes que por encima de nosotros se forma es tal que deja la Tierra á obscuras y con su extraordinaria mole tapa la luz del Sol: en la Tierra no caería tan enorme cantidad de agua, bastante para llenar los campos y los ríos, si la etérea región no hubiera sido invadida por las nubes.

Todo, pues, está lleno de elementos ígneos y aéreos, y por este motivo en todas partes se oyen roncos truenos y se ven los esplendores del relámpago, pues según ya te he dicho, elementos innumerables de fuego que se dilatan y se encienden con el Sol, llenan algunas cavidades de las nubes, y cuando el viento empuja á éstas, las arroja unas sobre otras y las oprime, también segrega de ellas una cantidad de corpúsculos de fuego, con los cuales se confunde: así el huracán estalla y en fragua ardiente el rayo se forja.

El viento se inflama de uno de estos dos modos: ó bien por causa de la rapidez con que se mueve, ó bien porque roza con el fuego; cuando este hecho ocurre, ya por causa de su propio movimiento, ya por el contacto del fuego, el rayo se completa, rasga las nubes desde la parte alta á la inferior, esplendor instantáneo ilumina el cielo con luz sulfúrea que deslumbra á los mortales, y con rudo estruendo el trueno ruge como si la bóveda celeste se derrumbara sobre la Tierra; una trepidación sacude nuestro globo, y por todo el espacio en repercusión repetida se transmite el estruendo, propagado por las nubes en contacto: sigue fuerte aguacero, como si el Cielo se deshiciera en lluvia, ó como si un nuevo diluvio sobre nosotros viniera; ¡tanto es el terror que producen el soplar furioso del viento, el rasgarse de las nubes, el correr impetuoso del encendido rayo!

Puede ocurrir que una corriente de aire en su rápida carrera encuentre una voluminosa nube poseedora del rayo, la rompa con su violencia, y de este modo abra libre paso á un torbellino de fuego al que llamamos rayo en nuestra lengua. Y sucesivamente acontecerá lo mismo con otras nubes al impulso de los vientos.

También puede suceder que el viento, desprovisto de calor durante su carrera, se inflame después de perder en su curso partículas groseras que en sí contenga y no puedan atravesar las auras, y después de apropiarse elementos ígneos que mezclados á los de su propia composición produzcan fuego; como vemos que acontece con los cuerpos glandiformes de plomo lanzados con violencia á largas distancias y que en su veloz marcha dejan elementos fríos, y de otros cálidos se apoderan.

Quizá la violencia de mismo choque excite el fuego, aun cuando en su primer impulso esté frío el viento, ya que éste por su propio ímpetu puede producir moléculas de fuego y extraerlas, además, de otro cuerpo con el que se ponga en contacto: de igual modo que de un pedernal golpeado con hierro se arrancan chispas, y aun cuando el metal se halle frío el choque es suficiente para que de él broten ígneas partículas, así también el impulso de los vientos podrá ser bastante para que los objetos que reciban su acción se inflamen si contienen moléculas apropiadas. Sería una temeridad el decir que el viento, capaz de recorrer inmensas distancias, por su propia naturaleza ha de ser necesariamente frío; aunque no se inflamara en su curso, al término de su carrera debería llegar, cuando menos, entibiado por el calor.

320. _Mobilitas autem fit fulminis, et gravis ictus..._

La velocidad del rayo, la potencia que desarrolla en su caída y la rapidez con que ejerce su acción provienen de la energía natural de sus elementos desde que se asociaron en el seno de la nube, energía aumentada y desenvuelta en su lucha con el medio vaporoso en que se hallaron: cuando la nube no puede resistir el redoblado empuje que sobre sus paredes internas ejerce el fuego destructor, abre una salida por donde el rayo se escapa como piedra lanzada por la catapulta.

No debe olvidarse que los elementos componentes del rayo han de ser muy fríos y muy diminutos y sus efectos irresistibles supuesto que se introducen por todas partes; no hay nada capaz de contener su marcha; pero todos los cuerpos más pesados que el aire tienden á caer, y si á esa propiedad se añaden los efectos de la impulsión, se comprenderá que el rayo, mientras desciende, aumente su velocidad como si aumentara su peso: de esta manera es fácil de explicarse que aquel meteoro con energía poderosa destruya todos los obstáculos que para su marcha encuentre en su camino.

Además, como la velocidad de los cuerpos que caen aumenta en proporción al espacio recorrido, y el ímpetu de ellos crece á medida que se hace mayor su velocidad, es evidente que el choque de esos mismos cuerpos, de grandes alturas procedentes, ha de ser muy enérgico, porque durante su carrera habrán logrado agregar á su masa muchos elementos dispersos. Por consiguiente, el rayo podrá asimilarse del aire, durante su descenso rápido, algunos principios que aumenten su potencia y su velocidad. Conviene recordar que hay algunos cuerpos que permanecen incólumes á la acción del rayo, pues como éste es fuego, se abre su camino por los más imperceptibles poros y sólo destruye aquellos cuerpos formados de moléculas que no se descomponen fácilmente y reciben el choque de la exhalación: el bronce bajo su acción se funde sin resistencia y el oro se liquida porque son metales compuestos de cuerpos simples cuyos apretados lazos se desatan mediante la influencia del calor.

Las regiones aéreas y la Tierra son frecuentemente agitadas por fúlgidos fuegos en el otoño y durante los floridos y alegres días de la primavera. No hay en el invierno condensación de calórico; no hay en el estío vendavales ni acumulación de nubes; y en cambio en las estaciones medias se reunen todas las condiciones apropiadas para la formación del rayo: el calor y el frío se presentan en lucha, entablan discordia, originan corrientes impetuosas de los aires y producen tormentas: la primavera es la transición del frío al calor, ó bien el período en que el frío y el calor combaten; el otoño, que es también la transición del calor al frío, igualmente es otra época de lucha entre aquellos dos estados de la temperatura; por ese motivo ambas estaciones se llaman de guerra del año; y si épocas de guerra son, no ha de extrañarse que en ellas los rayos y las borrascas perturben el espacio como consecuencia de la discordia etérica mantenida por el fuego de un lado, y de otro por los vientos y las nubes.

376. _Hoc est igniferi naturam fulminis ipsam..._

Cuando se indaga sin prevenciones es fácil conocer las causas del ignífero rayo y sus efectos; pero nada se aprende con las inútiles canturías del fanatismo tirreno que pretende averiguar intenciones de misteriosos númenes mediante la observación de la llama del fuego y de la forma con que el rayo penetra en el muro y sale de él por el opuesto lado, y aun supone vaticinar lo porvenir por las circunstancias concurrentes en aquel meteoro.

Porque si es Júpiter ó cualquiera de los otros dioses el autor del terrorífico estruendo que hace temblar la bóveda celeste y de los rayos que por todas partes caen, ¿por qué estos últimos no se dirigen contra los criminales que impunemente cometen infamias sin que el fuego divino les traspase el pecho, castigo que serviría de ejemplaridad para los mortales, y en cambio el hombre justo que nunca ha hecho el menor daño y no tiene falta alguna que expiar se encuentra muchas veces envuelto en llamas y devorado por el fuego del Cielo? y ¿por qué en ocasiones caen los rayos en lugares desiertos y se pierde su acción? ¿será para que se ejerciten y den luego certeros golpes? y ¿por qué el Padre divino se ha de entretener en disparar dardos que se embotan en la tierra y no los reserva para lanzarlos contra sus enemigos? ¿por qué el mismo Júpiter jamás en tiempo tranquilo fulmina rayos ni produce truenos? ¿acaso condensa las nubes para bajar en ellas y disparar sus dardos con más certera puntería? entonces ¿para qué los hace caer algunas veces en el mar y con ellos traspasa las ondas, líquido insensible, cuerpo acuoso?

Pero si quiere que precavidos evitemos el rayo ¿por qué no permite que los hombres lo vean cuando es lanzado? Y si quiere sorprendernos desprevenidos ¿por qué lo arroja en ocasiones en que podemos evitarlo? ¿por qué permite que se extienda la obscuridad y haya estruendos y ruido precursores? ¿Y puedes creer que al mismo tiempo dispare rayos con direcciones diversas, ya que es conocido el hecho de que simultáneamente caigan en distintos sitios? Luego, indudablemente, la misma razón hay para que á diferentes lugares bajen rayos al mismo tiempo como para que llueva á la vez en varias regiones.

Finalmente, ¿qué argumentos serán bastantes para justificar la resolución de los númenes, si de ellos depende que el rayo destroce templos, soberbios edificios que para honra suya fueron erigidos, y caigan por tierra sus primorosas estatuas, destinadas exclusivamente para su culto? ¿por qué especialmente ataca el rayo las alturas, según puede comprobarse por los vestigios que de ellos siempre se encuentran en la cima de las montañas?

Por lo expuesto fácil es comprender la formación de los torbellinos ígneos que desde las nubes al mar descienden, y á los cuales dieron los Griegos el nombre de serpientes de fuego, por su aspecto; figuran á veces columnas que parecen poner en comunicación las nubes y los mares y se ven rodeados de numerosas olas movidas por viento huracanado; los buques sorprendidos por el meteoro corren grave peligro: cuando la violencia del viento no es bastante para romper las nubes que lo envuelve, se extiende poco á poco hacia la parte inferior en forma de columna que descansa en el mar, ó como una masa que mediante la tensión conseguida por un brazo poderoso, desde las nubes llegara hasta las olas y por ellas se esparciera. Cuando el viento consigue penetrar en la nube con ella desciende y se introduce en las olas, que se agitan y revuelven horriblemente; la nube lo sigue en todos sus movimientos y cuando la masa que ambos forman se apodera del Océano, levanta espantoso huracán en el cual parece que el mar hierve con estrépito extraordinario.

Pero también ocurre que el torbellino del viento después que contribuye para que en los aires se junten los elementos que forman la nube, en ésta se envuelve, y en la Tierra forma una columna como la tromba marina: la nube cuando llega hasta las planicies se resuelve en huracán terrible, en viento fuerte que todo lo arrasa á su paso: verdad es que en la Tierra son raros estos meteoros porque las montañas oponen á los vientos innumerables obstáculos, en tanto que son frecuentes en los mares porque su plana superficie deja á los vientos campo libre.

Se forman las nubes cuando muchos cuerpos ásperos que vuelan diseminados por la región del Cielo se asocian de repente, y á pesar de su débil ligadura forman un tejido apretado. Al principio constituyen solamente ligeras nubes, pero éstas se reunen, se estrechan, se acumulan, é influidas por la acción del viento producen una tempestad.

Observa, además, que mientras más elevadas son las montañas, más obscurecida con una especie de vapor amarillento se nos presenta su cima, sin duda porque las nubes en el primer momento de su formación no son para nosotros perceptibles hasta que el viento las condensa; y cuando se reunen en número considerable, se aglomeran y desde los húmedos vértices de las montañas se elevan y se extienden por las aéreas planicies; la razón nos hace, por tanto, comprender que son más ventosos los sitios más elevados, y fácilmente podemos comprobar la verdad de este aserto si ascendemos á elevados montes.

De la amplia superficie de los mares la Naturaleza segrega un crecido número de corpúsculos, como lo testifica la saliginosa humedad que se apodera de los trajes colocados en la playa: esos cuerpos que del mar proceden en forma de vapores también contribuyen á la composición de las nubes; de la misma sangre se desprende vapor acuoso; de los ríos y de la Tierra surgen emanaciones cálidas que se elevan, invaden el Cielo y forman espesas nubes que por las ondas etéreas son impelidas para abajo y condensadas, y de esto modo el azul del Cielo queda obscurecido.

Puede también suceder que partículas propias de nubes y tempestades vengan de otros mundos para reunirse á las del nuestro; pues ya he demostrado que los cuerpos simples son innumerables, que son eternos, y que dotados están de suma agilidad, condición esta última por la cual en poco tiempo recorren un dilatado espacio: no te sorprenderá seguramente, el hecho de que las tempestades se desaten y las tinieblas se extiendan, desde el lugar en que empiezan á condensarse por las tierras llanas, por los montes y por el mar, supuesto que los elementos encuentran expeditas las entradas y las salidas por la mediación del fluido etéreo que forma para las moléculas aéreas como una especie de canales conductores.

492. _Nunc age, quo pacto pluvius concrescat in altis..._

Ahora intento explicarte el fenómeno de acumulación de vapores en las altas nubes y la manera de condensarse y formar las lluvias que riegan toda la superficie de la Tierra. Observa primeramente que de los cuerpos terrestres se desprende vapor acuoso que unido con otras materias apropiadas forman las nubes con las cuales crecen de modo parecido á lo que sucede en nuestro organismo, en el que al mismo tiempo que los miembros crecen, también aumentan los elementos del sudor, de la sangre y de otros humores: las emanaciones del mar en cantidad considerable llevadas por el viento, como vemos que algunas veces suben movidos por el aire pequeños flequillos de lana, constituyen las nubes en unión con los vapores de los ríos, y de otros muchos corpúsculos de agua provenientes de varios sitios: cuando los vapores acumulados se condensan por el soplo de los vientos, se desvanecen en lluvia, ora por la presión que el aire sobre ellos ejerce de continuo, bien porque el mismo peso de los vapores condensados aumenta la gravitación de las nubes y determina las lluvias.

Pero cuando la acción del aire ha separado mucho las nubes, por efecto del calor del Sol, la lluvia es simplemente como una destilación parecida á la que se nota en la cera, cuando impresionada por el fuego se deshace en gotas: el fuerte aguacero sobreviene cuando á la gravedad propia de los vapores condensados se une la presión y el ímpetu iracundo de los irritados vientos que obran sobre las masas de agua.

Si muchos elementos de agua en las nubes se congregan, la lluvia es muy pertinaz, y, mientras cae, los hombres se ven obligados á permanecer largo tiempo refugiados en las casas, especialmente si en una región se amontonan voluminosas nubes procedentes de varios lados y si la Tierra por medio de los vapores restituye á la atmósfera la humedad que de ella recibe y á medida que la recibe.

Cuando en días tempestuosos los rayos solares se hallan en oposición á las nubes que se deshacen en lluvia, del fondo obscuro de la atmósfera se destacan los colores del arco iris. Y cuanto á los otros meteoros que en las alturas se ofrecen y tienen relación con las nubes y los vientos, como las nieves, el granizo y el hielo que las aguas endurece y con frecuencia anula el ímpetu de veloces ríos, fácil es por sus efectos determinar sus orígenes, especialmente cuando se conocen las propiedades de los elementos simples y por ellas el poder que éstos desarrollan.

Ahora escucha mis razonamientos acerca del origen de los terremotos: sin duda la Tierra es interiormente lo mismo que en el exterior, y así como en la superficie suya hay vientos, cavernas, lagos, lagunas, precipicios y rocas, también se hallarán en el seno de la Tierra: ríos internos habrá en gran número, los cuales con su impetuosa corriente arrastrarán sumergidas rocas; y razonable es afirmar que cosas iguales dondequiera que se hallen han de parecerse.

Admitidas como conformes á la realidad estas ideas, se comprenderá que la Tierra sufra estremecimientos cuando se derrumben en su seno enormes cavernas abatidas por la acción del tiempo: montañas que en lo interior de la Tierra se desploman han de producir profundos sacudimientos que en lo exterior se dejen sentir como temblores á veces espantosos: de igual manera un carro aunque no sea muy pesado hace tremer los edificios de las calles por donde pasa, y lo mismo acontece cuando brioso caballo arrastra una carroza cuyas ruedas están férreamente guarnecidas.

Quizá masa enorme de tierra por la vejez quebrantada caiga en depósito de aguas subterráneo y con su caída ocasione á la Tierra un movimiento de trepidación; como vemos que un vaso lleno de agua agitada vacila y no queda inmóvil hasta que el líquido en él contenido entra en reposo.