Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»

Part 16

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Cuando, además, consideraba el orden constante y regular del Cielo y el cambio periódico de las estaciones y no sabía explicarse la causa de esos fenómenos, hallaba cómodo el pensar que eran árbitros de la Naturaleza unos dioses que disponían de todas las cosas á su antojo. Y supuso colocada la residencia de esos dioses allá en las mismas alturas donde entendía que el Sol y la Luna habitan y se mueven; donde creía ver que surge la luz, nacen las sombras, se forman los meteoros, giran las noctívagas estrellas, vuelan fuegos errantes, se condensan las nubes, soplan los vientos, se forja el rayo y tienen su origen las heladas nieves, los destructores granizos, las furiosas tempestades, los horrísonos truenos que le parecían espantoso eco de las amenazas de los dioses.

Infeliz especie humana, que atribuye tales hechos á seres imaginarios, á los cuales considera influidos por acerbas iras. ¡Cuántos gemidos ha arrancado, cuántas heridas ha abierto, cuántas lágrimas ha producido á la descendencia de los hombres esa invención! La piedad no puede consistir en cubrirse la cabeza con espesos velos, dar vueltas alrededor de una estatua y visitar altares; ni tampoco en prosternarse y levantar las manos ante los templos de los dioses, y menos en inundar las aras con la sangre de cuadrúpedos, ni en hacer votos con juramento, sino en observar atentamente con ánimo sereno los sucesos todos. Cuando se levanta la vista y se contemplan los palacios celestiales del Universo, las regiones etéreas tachonadas de estrellas rutilantes y el movimiento regular del Sol y de la Luna, siente el pecho cierta vaga inquietud que anubla la abrumada frente, porque se recela que exista un alto poder capaz de gobernar á su gusto los astros; pero las dudas que asaltan la mente engendradas son por la ignorancia, la cual hace temer que el mundo haya tenido principio y tenga, por tanto, fin; que sus murallas no puedan resistir el movimiento y los choques á que están expuestas, y que, aun admitido un divino creador de la mansión terrestre, ésta no pueda vencer las inmensas dificultades de una eterna duración.

Y, además de lo dicho, ¿á quién no apoca el ánimo el espanto de los dioses, y á quién no causa estremecimientos de pavor el trepidar de la Tierra cuando ruge el estruendo formidable de horrísona tormenta y retumba el rayo en los ámbitos del Cielo? ¿No se asustan en esas ocasiones los pueblos y los individuos? Los soberbios reyes, por el temor poseídos, ¿no se abrazan temblorosos á las imágenes de sus dioses, de las que esperan que aplacen el momento en que hayan de sufrir el temido castigo correspondiente á sus crímenes? Y cuando viento impetuoso encrespa las ondas del mar y barre de la cubierta de los buques las legiones y los elefantes que llevan, el jefe de la flota, ¿no procura con súplicas, votos y promesas, aplacar la ira de los dioses para que el viento deponga su furor, se calmen las olas y el tiempo abonance? Pero clama en vano, y tal vez envuelto en agitado torbellino sea lanzado sobre las rocas donde halle infausta muerte. Parece, sin duda, que un poder oculto se burla de las preocupaciones humanas y considera despreciables las hoces y las segures que los hombres tienen en tanta estima[71]. Y si el hombre observa que bajo sus piés la Tierra se estremece y que en ocasiones las ciudades se convierten en ruinas, ¿tiene algo de extraño que de su propia debilidad persuadido crea en poderes misteriosos de ilimitada fuerza que gobiernen arbitrariamente el Universo?

[71] En opinión del traductor, Lucrecio se expresa aquí (versos 1232 á 1235 del canto V) en sentido irónico. Bayle, Gassendi, Molière, Pongerville y Lima Leitao interpretan de otro modo el pasaje transcrito.

1240. _Quod superest, æs, atque aurû, ferrûque repertû est..._

Más adelante se descubrieron el bronce, el oro, el hierro, la pesada plata y la esencia del plomo cuando las ingentes selvas de los elevados montes quedaron consumidas por el fuego, ya fuera éste prendido por el rayo, bien propagado en las florestas por los guerreros para combatirse los unos á los otros, ya encendido por hombres pacíficos deseosos de convertir las selvas en prados y tierras de labor, ó quizá utilizado por esos mismos para destruir las fieras, con cuyos despojos intentaran enriquecerse, pues el foso y el fuego se emplearon en las empresas venatorias antes de que se destinaran para ellas la engañadora red y la ruidosa jauría. Como quiera que fuese, cuando las llamas con chisporroteos crujientes devoraron los bosques y consumieron desde las altas ramas hasta las profundas raíces de los árboles, la Tierra, lo mismo que si hubiera sido cocida por el fuego, de sus abrasadas venas produjo ríos de oro, de plata, de bronce y de plomo que se precipitaron á los sitios cóncavos, donde, enfriados, ofrecieron color brillante, lustre, gracia, y al solidificarse tomaron la forma de las cavidades que los contenían. Al observar este último fenómeno, los hombres tuvieron la idea de fundir los metales y hacer con ellos objetos de distinta figura, después de batidos y adelgazados; de esta manera llegaron á fabricar unas armas que sirvieron para ataque y defensa en las batallas, otras para labrar las tierras y otras para serrar, pulir, cortar, abrir á golpes, romper y taladrar. Quisieron hacer del oro y de la plata el mismo uso que del bronce, pero inútilmente, porque ninguno de esos metales tenía la dureza necesaria para el áspero trabajo á que lo destinaban: por este motivo el bronce era muy estimado, mientras que el oro se miraba como inútil, porque fácilmente se embotaba la punta de las armas que se fundían con él; hoy, por lo contrario, el bronce ha caído en depreciación, y el oro es tenido en alta estima. Así todo muda en el tiempo: lo que un día estuvo en auge, al siguiente cayó en descrédito; lo que una vez estuvo en olvido, otra vez fué muy celebrado y de todos los hombres mereció alabanzas, honores y agasajos.

Ahora, mediante los datos que ya tienes, puedes comprender cómo se llegó al uso del hierro: las primeras y más antiguas armas fueron las manos, las uñas, los dientes, las piedras, las ramas de los árboles, y, por último, las llamas y el fuego tan pronto como fueron conocidos: poco tiempo después se descubrieron el hierro y el bronce, pero el bronce fué primeramente utilizado porque se ofrecía en abundancia y era fácil de trabajar: de bronce eran los instrumentos para labrar la tierra, las armas usadas en los combates y las empleadas para llevar la muerte por todos los sitios y proteger el hurto de ganados, pues los hombres, desnudos é inermes, se veían en la precisión de ceder ante los que llevaban armas. El hierro fué después convertido en espada; la hoz de bronce perdió la preferencia; la tierra se trabajó con férreo arado, y la voluble suerte de los combates fué encomendada al hierro.

Antes de que se usara el carro tirado por dos corceles montaban los guerreros en caballos cuyos frenos dirigían con la mano izquierda mientras con la derecha peleaban; después de la biga se inventaron la cuadriga y los carros falcíferos; más adelante, el Cartaginés astuto adiestró para los combates el torreado elefante de trompa anguina que soporta las heridas y pone en dispersión á las turbas de Marte: poco á poco la discordia acumuló medios destructores y la guerra se hizo cada vez más horrorosa; en ella tomaron parte enfurecidos toros, crueles jabalíes enseñados para atacar á los enemigos, y aun leones poderosos usados por los Partos en las avanzadas de su ejército. Esos terribles animales, sujetos por fuertes frenos y conducidos por hombres convenientemente armados para moderar la bravura de las fieras, cuando sentían la sangre humeante se enardecían, dispersaban los ejércitos de un lado y de otro, sacudían la melena, y, sin que nadie pudiese contenerlos, se lanzaban á la matanza; entonces los caballos, aterrorizados con los rugidos, no obedecían al jinete, se revolvían y en carrera desenfrenada huían hacia el campo enemigo. Las leonas con furia corrían indistintamente de un ejército á otro, destruían cuanto encontraban á su paso, atacaban por la espalda á sus víctimas, y después de herirlas y de arrojarlas á tierra se entretenían en despedazarlas con sus terribles dientes y sus corvas uñas. Los toros embrocaban y pisoteaban á los jabalíes y amurcaban á los caballos, á los cuales, todavía después de muertos embestían con rabia. Los jabalíes, de prolongados colmillos, mataban á sus propios aliados, y cuando las flechas teñidas en sangre se quebraban en su cuerpo, con nueva irritación hacían destrozos entre infantes y caballeros: en vano era que los corceles para evitar las dentelladas de esas fieras se encabritaran, porque pronto sucumbían con las extremidades posteriores destrozadas. Aun los mismos brutos domesticados, cuando se hallaban en el foco de la batalla y de la furia, entre lamentos, gritos, horrores, heridas, estrago, recobraban su olvidada ferocidad, y sin que nadie pudiera sujetarlos se dispersaban, como vemos que los elefantes gravemente heridos en las guerras de nuestros días, después de hacer muchos destrozos en el ejército á que pertenecen, huyen despavoridos. Así en los tiempos ya pasados sucedió, y así hoy ocurre; pero creo que los hombres no habrán dejado quizá de presentir y de ver que tantos desastres producen grandes sufrimientos, no sólo para los que han sido sus causantes, sino también para las generaciones futuras. Y puedes creer que este mal no ha de limitarse á nuestro mundo, sino á todos los mundos formados con vario origen. Tal vez la fiereza revelada en esas luchas no haya sido inspirada por el exclusivo deseo de la victoria, sino por el instinto de propia defensa que mueve á hacer el mayor daño posible al enemigo que fiado en su fuerza amenaza con la muerte.

1349. _Nexilis antè fuit vestis, quam textile tegmen..._

Vestidos anudados se usaban antes de que fuera inventado el telar; los tejidos fueron posteriores á la aplicación del hierro, porque las telas usadas ahora se prepararon con auxilio del hierro, que permitió la construcción de instrumentos delicados, tales como el cilindro, las cárcolas, el huso, el peine y la ruidosa lanzadera.

La Naturaleza indujo al hombre antes que á la mujer á trabajar la lana, porque el hombre es más ingenioso y más apto para las artes que la mujer; pero el agricultor, después de reconvenirse por dedicar su tiempo á delicadas labores, entregó éstas á su compañera y se reservó los ejercicios penosos que, después de todo, se acomodaban á la contextura de sus miembros y de sus manos.

Igualmente enseñó la Naturaleza en el principio de las sociedades á hacer las operaciones de siembra y de injerto, porque pudo observarse que de los árboles caían al suelo semillas que después, en apropiados tiempos, daban numerosos retoños; también se ensayó el ingerir brotes de una planta en otra y trasladar los arbustos: de este modo, por medio de multiplicadas tentativas, el cultivo de los campos se mejoró, y con las esmeradas labores de las tierras se consiguió ablandar los frutos salvajes. Los bosques reducidos quedaron á los más altos montes, al mismo tiempo que por las planicies y colinas se extendieron los campos cultivados, el prado, el lago, el arroyo, y con pujante lozanía el trigo, la viña y el verdoso olivar que ocupó las llanuras y montículos. Este sistema de trabajo por muchos años seguido ha dado vida á esos amenos lugares que ves llenos de árboles frutales de variedad encantadora.

Mucho antes de que los hombres supieran con harmonioso acento entonar versos agradables para el oído, habían intentado imitar con su voz el suave gorjeo de los pájaros; el céfiro que, al introducirse en lo hueco de las cañas, silba, guió al hombre para inventar los cálamos agrestes; la flauta, luego, animada por dedos flexibles y acompañada por el canto, se usó en las apartadas selvas, en los bosques, en las sombrías soledades que dieron á los pastores los primeros motivos musicales para entretener sus ocios, pues indudable es que el tiempo da ocasión para que se creen las artes que después el ingenio perfecciona. En estos dulces recreos se entretenían, con ellos alegraban su ánimo después de haber satisfecho la necesidad de alimentarse, pues todas las aspiraciones eran entonces muy sencillas: muchas veces, reunidos los pastores en sitio agradable, tendidos junto á la fuente, bajo la sombra de un árbol, gozaban del placer más puro, especialmente cuando la alegre primavera cubría los verdes prados con matizadas flores; conversaban con ingenuidad, jugaban con inocencia, reían candorosamente y en sus entretenimientos daban vida á la musa agreste; se adornaban la cabeza con brillantes coronas de flores y los hombros con guirnaldas; con rudos piés sin medida ni concierto golpeaban la tierra, madre de todos, y entre carcajadas se divertían de su propia impericia y se aconsejaban para dar novedad á sus pasatiempos. En ocasiones, á fin de estar vigilantes y defenderse del sueño, cantaban con variaciones de tono y recorrían con los labios á medio cerrar los agujeros del cálamo. También hoy pasamos distraídos las veladas, y aunque ajustamos nuestros recreos á reglas de buen gusto no saboreamos con certeza el agrado y la dulzura de nuestros ratos de solaz en mayor proporción que la gente rústica de otros días.

En mucho estimamos lo que está presente, si antes no hemos conocido algo mejor; pero lo nuevo perjudica á lo antiguo, y cambia las costumbres; así hemos despreciado el fruto de la encina, el lecho de hojas secas y el uso de las pieles: también el vestido formado con restos de fieras fué en su tiempo una extraña novedad, y no me atreveré á decir que su inventor no fuera objeto de enconada envidia; quizá el infeliz sucumbiera víctima de la traición de algunos que se apoderaran de sus despojos teñidos en sangre, aunque los asesinos fueran de cierto incapaces para aprovechar útilmente el fruto de su maldad[72].

[72] La amarga ironía de Lucrecio deja comprender los sufrimientos morales que debería tener por vivir en lucha contra el convencionalismo religioso de su época.

En aquellos tiempos remotos se luchaba por la posesión de pieles de animales; hoy se combate por obtener el oro y la púrpura; más culpables somos indudablemente que nuestros antecesores, porque ellos necesitaban las pieles para preservarse del frío, y nosotros para ningún objeto de verdadera precisión utilizamos el oro, la púrpura y los ricos bordados, ya que para vestirnos serían suficientes las plebeyas telas. ¡Es triste que la raza humana gaste la vida en contiendas y disgustos motivados por cosas fútiles, y no ponga freno á la codicia que la corroe, quizá porque aún no sabe que los goces puros tienen un límite que no se puede franquear sin peligro! Las vanidades quebrantan la existencia de los individuos, crean perturbaciones entre los pueblos y originan guerras que destruyen las sociedades.

1435 _á_ 1456. _At vigiles Mundi magnum et versatile templum..._

El Sol y la Luna, antorchas luminosas que con luz perenne recorren toda la extensión del movedizo templo del mundo, enseñan á los hombres que los tiempos se repiten en constantes estaciones, porque todo en la Naturaleza existe con sujeción á leyes fijas y con orden invariable.

Ya el hombre vivía abrigado en sus palacios, ya en la Tierra se habían constituido las naciones, y el mar era surcado por numerosos buques, y en vigor había pactos federativos entre los pueblos, cuando los poetas comenzaron á consignar en versos los hechos pasados; pero como los elementos de la escritura eran de muy reciente invención, nuestra Edad apenas conoce de los pueblos antiguos más sucesos que los indagados por el raciocinio, apoyado en los vestigios existentes.

Las artes de la navegación, del cultivo de los campos, de las fortificaciones, de la aplicación de las leyes, de la fabricación de armas, apertura de caminos, tejidos de telas y otras de igual utilidad, y también las artes recreativas como la poesía, la pintura y la escultura, de la necesidad y de la experiencia han sido fruto. Paulatinamente el tiempo, en oportuna sazón, ha producido inventos que la industria humana ha mejorado; más adelante las artes se han concedido mutuo auxilio, y de este modo se elevarán hasta la cumbre de la perfección.

LIBRO SEXTO

1. _Primæ frugiferos fœtus mortalibus ægris..._

La primera ciudad que á los hombres facilitó con abundancia los frutos de los campos y proporcionó comodidades por virtud de sabias leyes que supo dictar fué Atenas, de nombre esclarecido, ciudad insigne que hizo placentera la vida al producir aquel varón ilustre, nacido solamente para anunciar verdades, el cual, aunque fallecido ya hace mucho tiempo, como recompensa por las investigaciones divinas que hizo y divulgó conserva su gloria hasta los cielos elevada. Ese genio, cuando vió que los hombres, aun con el uso de muchas cosas originarias de satisfacciones, riquezas, honores, grandezas, reputación distinguida transmisible á los descendientes, llevaban el corazón á duras penas reducido y el ánimo sujeto á esclavitud de tristes incertidumbres, pensó que el mal no estaba en las cosas, sino en el hombre mismo, es decir, no en el líquido, sino en el vaso, que por estar envenenado corrompe todo lo que en él se vierte, ó que nunca se llena por ser excesivamente permeable, ó que da ingrato sabor á su contenido por estar manchado interiormente. Con sanas verdades empezó á limpiar el corazón de los seres humanos; encerró la codicia y el temor de éstos en reducida esfera; hizo conocer en qué consiste el sumo bien á que todos podemos aspirar y el camino que á su posesión en línea recta nos lleva; investigó la causa de los males que los hombres sufren; explicó los motivos de que todas las personas, según sus peculiares condiciones, estén sujetas á contingencias engendradas necesariamente por la Naturaleza y atribuidas por necedad al acaso ó á la fortuna; hizo patente el medio libertador de todas las preocupaciones, y mostró al género humano cuán vanos y fútiles son los temores que inquietan el pecho. Como niños que de todo tienen miedo por la noche, así nosotros durante el día nos vemos rodeados por ilusorias sombras y fantasmas vanos que no se disipan con el rayo solar ó con la luz diurna, pero que se desvanecen mediante el uso de la razón tranquila y el estudio reflexivo de la Naturaleza[73]: investiguemos con perseverancia sus arcanos.

[73] Hay aquí siete versos del canto II, repetido también en el III.

Y como ya he demostrado que el mundo es perecedero, que el cielo ha tenido principio y que los cuerpos todos por cuanto nacieron han de caer en disolución, escucha, pues, el resto de mi discurso, ya que he limpiado de estorbos mi camino y tengo la esperanza de poder recorrerlo con mi carro victorioso. En presencia de los fenómenos que se desarrollan en el Cielo y en la Tierra, los hombres, sobrecogidos por el temor, con ánimo humillado han creído en dioses, y ante la fingida representación de éstos se han postrado, porque la ignorancia de las causas de los fenómenos les ha permitido pensar que todo lo existente podía estar sometido al imperio de seres arbitrarios y que todo lo que no se podían explicar era obra de númenes. Aquellos mismos que están convencidos de que los dioses por nada se preocupan y de que todas las cosas de la Naturaleza se realizan dentro de un orden invariable, cuando los ojos levantan para contemplar las etéreas regiones vuelven á caer en superstición religiosa y admiten la existencia de tiranos á los cuales ¡míseros! atribuyen supremo y despótico poder para repartir á su capricho el bien y el mal, porque ignoran las condiciones de lo que puede ser y de lo que no puede ser, y los límites en que toda energía se encierra: este error fundamental trasciende á toda la esfera de su pensamiento. Si no apartas de tu mente esas ideas, si no crees que tales cuidados son impropios de los dioses é incompatibles con la paz de que gozan, tendrás presentes sus imágenes en todo momento, no porque pura substancia de dioses pueda ser de enconos susceptible y de entretenerse en preparar crueles castigos, sino porque tú mismo, si crees que hay dioses movidos por resentimientos, no tendrás un instante de paz, no entrarás sosegado en los templos, y los simulacros de sus cuerpos santos como nuncios de sus divinas formas, á ti no llegarán sin que la inquietud y el temor te agiten. De este proceder ¡qué vida tan triste se origina! Aunque en servicio de la razón he expuesto ya muchas verdades, me restan por declarar otras de las que te hablaré en pulidos versos, con especialidad referentes á los fenómenos del Cielo. Trataré, pues, de los efectos de las tempestades y del rayo, para que te abstengas de considerar el Cielo dividido en partes, y de indagar cuál es la que dió origen al fuego, dónde estaba éste escondido, la manera cómo pudo rasgar las capas del espacio y salir de ellas sin hallar obstáculo, efectos que sólo puede atribuir á seres imaginarios el que desconoce la causa de que proceden. Y para que pueda llegar felizmente al término de mi carrera, muéstrame el camino que debo recorrer, hábil Musa Calíope, recreo de los hombres y encanto de los dioses, pues si tú me guías ganaré corona insigne de alto aprecio.

95. _Principio Tonitru quatiuntur cærula Cœli..._

El cerúleo firmamento es perturbado con ruidoso trueno cuando nubes impelidas por contrarios vientos se mueven en las altas regiones del aire y chocan entre sí: el sonido, sin embargo, no parte del sitio en que sereno el Cielo se muestre; allí donde las nubes se condensan y se amontonan es donde se engendra el estampido redoblante del bronco trueno. Las nubes son cuerpos cuya densidad es extraordinariamente menor que la de la madera ó de las piedras, pero mayor que la de la nieve y la del humo, como lo hace patente el hecho de que no se rinden bajo su propia gravedad como ceden las piedras, y reunen en sí materiales para la formación del granizo y de la nieve, que el humo no podría contener.

Unas veces en la ilimitada extensión del espacio producen las nubes ruido semejante al que ocasionan en los teatros los fluctuantes paños pendientes de las vigas y columnas de esos edificios; otras veces lo mismo que si fuesen rotas violentamente por los vientos crepitan como tenues láminas que se rasgan, y éste es el crujido propio de los truenos, ó como hojas de papiro que vuelan llevadas por el viento, ó como ropas colgadas sacudidas por el vendaval; también algunas veces no chocan las nubes unas con otras, sino corren juntas en la misma dirección y se tropiezan y rozan con ruido seco y prolongado que lastima nuestro oído y dura hasta que se desenlazan.

También ocurre otro fenómeno que origina fragoroso estruendo bastante para ocasionar un horrible temblor en todo el mundo, como si los fundamentos de éste se derrumbaran por tan violenta acción: cuando una corriente de viento huracanado se halla contrariada y envuelta por las nubes, pretende escapar de la prisión, forma torbellinos que desarrollan mayor energía mientras más obstáculos encuentran en las nubes, y, por último, en éstas el viento abre una salida por donde huye precipitadamente con atronador ruido. Y no debe sorprender este hecho, cuando vemos que el aire contenido en una vejiga que de repente se rompe, al salir de ella causa una explosión atronadora.