Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»
Part 14
Para que un cuerpo subsista eternamente es necesario, ó que sus componentes sean por completo sólidos y resistan el choque, la penetración y la disociación producidos por otros cuerpos, como sucede á los elementos de la materia, de los cuales con extensión hemos tratado anteriormente, ó que no sea susceptible de choques, como el vacío, que permanece siempre intacto y nunca puede ser destruido, ó, por último, que no esté rodeado por un espacio al que sean lanzados sus fragmentos; de esta manera última es eterna la Suma de las sumas, fuera de la cual no hay nada que pueda alterarla ó disolverla, ni lugar en que se disipe, ni agentes que la disminuyan ó quebranten. Pero como ya he demostrado, el mundo no tiene solidez absoluta, porque en todas las concreciones hay que admitir intersticios; ni tiene las condiciones del vacío porque hay en la Naturaleza otros cuerpos que pueden producir trastornos en su composición y rodearlo de invencibles peligros; existe, además, un espacio infinito donde el globo terráqueo puede anularse y sus elementos ser precipitados á la disolución[58]. Por tanto, el Cielo, el Sol, la Tierra y los mares no tienen cerradas las puertas de la muerte, sino franqueadas de par en par. Y si el mundo está sujeto á muerte no ha podido existir sin tener comienzo; alguna vez debió salir de la indeterminación durable de los tiempos.
[58] Lucrecio repite los versos 808 al 827 del canto III, si bien con algunas pequeñas variaciones.
381. _Denique tantopere inter se cùm maxima Mundi..._
Y la impía guerra que los más importantes organismos del mundo entre sí mantienen desde tiempos muy remotos, ¿crees que nunca tendrá fin? Tienden el Sol y otros focos de calor á absorber todos los líquidos y á obtener sobre ellos una victoria hasta ahora no alcanzada á pesar de sus esfuerzos; intentan acumuladas aguas caer en aluvión sobre el Océano y ocasionar un diluvio ó producir extensa inundación, pero los vientos arrebatadores y los ardientes rayos de Sol secarían los mares antes de que las aguas llegaran á conseguir aquel resultado. Con igual constancia sostienen los dos rivales guerra llevada á todas las cosas; pero consideremos que, si la tradición no miente, ya una vez se dió el caso de que el fuego dominase victorioso en toda la Tierra y otra vez ocurrió que las aguas la invadieron casi por completo. Cuando el fuego venció, parte del mundo fué abrasado por causa de la inexperiencia del jovenzuelo Faetonte, que dejó marchar en fogosa carrera los caballos del Sol por todas las tierras y considerable extensión del espacio; pero el Padre Omnipotente, impulsado por terrible indignación, disparó rayo certero sobre el atrevido mozo, y éste cayó herido; entonces Febo, después de la desgracia de su hijo se presentó en el Cielo, tomó la dirección del eterno luminar del mundo, sujetó los caballos, aún jadeantes, los colocó en el camino que debían recorrer y restableció el orden: esta fábula y otras semejantes cantadas por los poetas griegos de la antigüedad son desechadas con desprecio por la razón, porque ésta comprende que si el fuego hubiera llegado á dominar en la Tierra mediante una inmensa cantidad de moléculas ígneas por todas partes extendidas, forzosamente ó el fuego habría sido apagado por contraria fuerza ó el mundo habría quedado consumido por voraz incendio. Y cuando las aguas resultaron vencedoras, según dicen, muchas ciudades fueron destruidas y en su trabajo demoledor las contuvo una opuesta energía procedente de fuera del Universo; entonces las lluvias cesaron y los ríos disminuyeron su furia.
417. _Sed quibus ille modis conjectus materiai..._
De cuál sea el proceso que los principios de la materia hayan seguido para la formación del Cielo, de la Tierra, del profundo Océano y del curso del Sol y de la Luna, trataré ahora con método; pues ciertamente ni por deliberación se han colocado en orden los elementos de las cosas, ni por combinaciones concertadas han adoptado los movimientos que siguen: por su propia gravedad impelidos, por choques numerosos empujados los unos por los otros, de múltiples maneras atraídos, se juntaron, se repelieron, se combinaron, se desunieron, y después de variaciones indefinidas, llegaron á asociarse en masas y éstas formaron el protoplasma que se desenvolvió en tierra, mar, cielo y seres animados.
Aún el disco del Sol no iluminaba con su espléndida luz el espacio, ni existían las estrellas del mundo, ni mar, cielo, tierra ó aire ni cosa alguna semejante á las que nos rodean; había solamente confusión caótica de elementos. Pero algunas partes comenzaron á disgregarse de esa masa; por afinidad se formaron moléculas, se configuró el mundo, seguidamente en la continuación del propio desenvolvimiento de éste se determinaron sus miembros, y de toda clase de cuerpos simples se constituyeron sus órganos; entonces la discordia de los principios materiales, motivada por la diversidad de sus atracciones, movimientos, gravedad y resistencia, se hizo más cruda; sus varias formas sirvieron de obstáculo para que en unidad indiferenciada se mantuviesen, y por necesidad se formaron masas homogéneas disgregadas del conjunto; de la tierra quedó separado el alto cielo; todas las aguas constituyeron el mar y el fuego etéreo brilló aparte.
Primeramente, los elementos más graves y más intrincados se unieron y se colocaron en medio de las capas inferiores, y cuanto más se enredaron apretadamente, con mayor rapidez se desprendió de ellos la materia idónea para la formación del mar, las estrellas, el Sol, la Luna y el ámbito del mundo; de estos últimos los principios generadores son más ligeros, más redondos y más pequeños que los de la Tierra, y por la misma causa, el éter, con algunas partículas ígneas que le acompañaron, fueron los primeros cuerpos determinados que por los poros de la masa térrea pudieron escapar y constituirse; así como frecuentemente vemos brillantes gotas de rocío que bajo la acción de matutina áurea luz de claro sol centellean sobre las hierbas, ó como exhalan suaves nieblas los lagos y los ríos, ó como de la tierra se desprenden emanaciones vaporosas que forman en las alturas una especie de tejido que oculta á nuestra vista el cielo, así también el éter, aunque fluido y ligero, por condensación formó una especie de envoltura que rodea nuestro mundo. Siguió la formación del Sol y de la Luna, globos que en los espacios giran entre el éter y la Tierra; ni ésta ni aquél pudieron atraerlos, porque dichos globos no son bastante pesados para quedarse en la parte inferior, ni tan ligeros que puedan volar por las mayores alturas: así han permanecido en una intermedia situación donde se revuelven como cuerpos vivos y partes que son del mundo; también algunos órganos de nuestro cuerpo no pueden cambiar de posición mientras otros se mueven.
Ya esta obra cumplida, la Tierra, de repente, en el sitio en que existe la inmensa extensión cerúlea, abrió amplias fosas donde se recogió el líquido salado: en el decurso de los días, condensada la tierra cada vez más y batida por los rayos solares en la dirección del centro á la periferia quedó libre de los elementos acuosos y los mares aumentaron su volumen; también las moléculas de aire y fuego se acumularon en las alturas hasta muy lejos del mundo; al mismo tiempo los montes se levantaron y aparecieron formadas las llanuras; porque no es posible que las rocas sobresalgan sino cuando el resto de la tierra queda abatido. Así el globo terrestre en concreción diferenciada por su peso y consistencia se constituyó, y el limo del mundo por su propia gravedad se precipitó, como heces, á su fondo.
Primeramente está el mar, por encima el aire, después el éter y el fuego, fluidos todos que si bien constan de elementos puros simples, por su composición resultan unos más ligeros que otros; el menos denso de todos es el éter, que se acumula sobre las ondas del aire, con las cuales nunca se confunde, y libre les deja el dominio de las peligrosas tempestades y de las violentas borrascas; y con marcha regular circula de su brillante luz acompañado. Una muestra del movimiento con que el éter puede moverse, nos da el mar que en constante flujo y reflujo se agita.
510. _Motibus Astrorum nunc quæ sit causa, canamus._
La causa del movimiento de los astros canto é investigo ahora. Si lo que en realidad gira es el vasto recinto que los contiene[59], será necesario suponer que los dos polos del mundo se hallan comprimidos y estrechados por corrientes de aire que tienden á encontrarse; una superior, que empuja á nuestro cielo en la misma dirección que siguen los cuerpos relucientes del mundo, y otra inferior, que en sentido contrario casi los arrastra, como vemos que en los ríos se mueven las ruedas y los cangilones de noria. Si el cielo permanece inmóvil[60], será necesario admitir que los astros giran con movimientos circulares, ya porque el fluido etéreo, elástico y sutil como es, tienda á escaparse y en movimiento rápido siga la dirección de la superficie curva, fenómeno que daría motivo á la revolución de los cuerpos siderales, ya porque el movimiento sea dado á éstos por el aire exterior, ó bien porque esos mismos seres estén dotados de propias energías para buscar de una parte á otra del espacio el alimento ígneo que los atrae[61]. Difícil es declarar cuál de estos sistemas que tratan de explicar el movimiento del mundo sea el más conforme á la realidad; y por mi parte, después de atender á los hechos que la observación nos da á conocer, referentes á tantos mundos parecidos al nuestro como la Naturaleza ha constituido, me limito á exponerte las causas, admitidas como bastantes, que pueden poner en movimiento á los astros: una ha de haber, sin duda, que desempeñe funciones tan graves; pero cuál sea ella, no se atreverá á afirmarlo quien proceda cautamente en asunto de tanta importancia.
[59] Esta era opinión de Anaxágoras, según testimonio de Diógenes Laercio.
[60] Así pensaba Anaxímenes, si hemos de creer á Plutarco.
[61] Algunos griegos y romanos suponían que los astros eran seres vivos necesitados de alimento.
Nos veremos obligados á admitir que la Tierra pierde poco á poco su volumen y disminuye en la misma proporción su gravedad si la suponemos inmóvil en el centro del Universo y asentada sobre capas de aire, á las cuales se halle unida en relación perfecta, como lo testifica el hecho de que no actúe sobre ellas de modo que las haga descender, de igual modo que los miembros del hombre no oprimen á éste, ni la cabeza ejerce presión sobre el cuello, ni el peso de todo el cuerpo abruma á los piés, aunque un objeto extraño menos grave que su propio individuo cause molestia á cualquiera persona. Para apreciar el equilibrio que resulta entre varias cosas, debe tenerse en cuenta el lazo de unión que las liga: la Tierra no es un cuerpo extraño que de repente se haya colocado encima de masas de aire, sino un ser que en todo tiempo se ha desenvuelto con ellas, y de este modo es del Universo un sumando, lo mismo que todo miembro de un cuerpo es parte de este mismo[62].
[62] El sistema acariciado por Lucrecio para explicarse las leyes de la gravitación, que hasta Newton no fueron más que entrevistas confusamente por los pensadores, es el mismo que sostuvo Plinio, no más exacto, pero no menos erróneo que los admitidos por Jenófanes, Empedocles, Anaximandro y Aristóteles.
Tan pronto como la Tierra sufre el sacudimiento de una tempestad comunica el impulso recibido á todo lo que se halla en su propia superficie, fenómeno que no se podría efectuar si no estuviese ligada en unión íntima con los fluidos aeriforme y eterino: los tres cuerpos tienen raíces entrelazadas y las mismas desde toda la duración de los tiempos. ¿No ves de qué manera, aun siendo el cuerpo con su pesantez carga abrumadora para el alma con su delicadeza, lo puede ésta sostener en virtud de la íntima unión que entre ellos existe? ¿Y qué fuerza puede regir los veloces movimientos del cuerpo, sino el poder del alma, que gobierna los miembros? ¿No has notado que siempre la unión de una débil substancia y de un cuerpo muy pesado ofrece como producto una considerable energía, según se observa en la combinación del aire con la Tierra y en la formación del alma con el cuerpo?
565. _Nec nimiò Solis major rota, nec minor ardor..._
Ni el disco del Sol puede ser mayor ni menor su fuego de lo que á los sentidos se muestran. Si de un foco ígneo surgen luz y calor que hasta nosotros llegan con toda la plenitud de su influencia á pesar del espacio que hayan recorrido, parece que en el trayecto no han debido perder volumen ni intensidad; y puesto que el calor y la luz del Sol mueven nuestras sensaciones y tiñen de color los objetos, el tamaño y la forma de aquel astro serán, con escasa diferencia, tales como los vemos[63].
[63] Los errores de Epicuro y de Lucrecio acerca de esta materia sorprenden, porque están en contradicción con los principios que sostenían respecto á las apariencias fenomenales.
La Luna, ya se mueva en el espacio iluminada con luz propia, ya brille con fulgores reflejados, como quiera que sea, no tiene mayor volumen, según parece, que el que distinguimos desde la Tierra. Todos los cuerpos que á distancia colocados vemos á través de grandes masas de aire, se nos muestran confusos y como si no tuvieran delineadas sus márgenes; pero la Luna se nos ofrece claramente con forma bien determinada y con límites perfectamente marcados: luego necesario es que sea, allá en las alturas, tal como desde aquí la percibimos. Últimamente, los puntos brillantes que ves en el etéreo espacio (ya que distinguimos en la Tierra su luz y notamos su claro centelleo y su ardor, y por tanto, nada han de haber perdido en la distancia, cualquiera que sea ésta, que los separa de nosotros), lícito es pensar que no han de ser mucho mayores ni menores que los contemplamos.
Y no te admire el hecho de que el Sol, aunque no sea muy grande, pueda emitir luz bastante para llenar los mares, la Tierra, el cóncavo Cielo, y esparcir por todas partes su calor; tal vez sea como un manantial único de donde proceda toda la luz de este mundo, ó sea foco donde los elementos ígneos se acumulen para repartirla después por toda la Naturaleza. ¿No ves cómo una fuente, quizá pequeña, riega extensos prados y á veces inunda las campiñas? Puede suceder que el fuego del Sol, aunque escaso, toque en las capas de aire que rodean al astro luminoso, y éstas conviertan en llamas el fuego que reciben, como las mieses y la paja son devoradas por incendio que produce una sola chispa; y acaso el Sol, aunque resplandece mucho con luz rosácea, en el espacio del éter esté rodeado por abundantes fuegos sin brillantez, los cuales cumplan la función de aumentar, los rayos y el calor del astro luminoso.
Ni es fácil de explicar ni aún se conoce perfectamente la causa que al Sol obligue á pasar desde las calientes regiones á las heladas de Capricornio y después se traslade al signo de Cáncer para volver al solsticio del estío; ni por qué la Luna emplee un solo mes en recorrer el mismo espacio que representa la carrera del Sol durante un año: no es simple ni conocida, vuelvo á decir, la causa de este fenómeno, si bien es verosímil la explicación que Demócrito da acerca de este asunto: según aquel pensador, los astros, cuanto más se aproximan á la Tierra, tanto menos pueden ser envueltos en las corrientes etéreas, porque la velocidad y fuerza de éstas decrecen á medida que descienden; por este motivo el Sol, colocado en la parte inferior de las constelaciones ardientes, se atrasa en su carrera con relación á otros cuerpos sobre los cuales se encuentra, y la Luna, que aún está más baja, más distante de los cielos y más aproximada á la Tierra, acompaña mucho menos á los signos en sus movimientos; y como el torbellino la arrastra levemente, con facilidad es alcanzada por los astros que la exceden en sus giros. Por tanto, aunque parece que llega muy pronto á los signos, lo que en realidad sucede es que éstos llegan á ella más pronto.
Quizá haya en el mundo corrientes alternativas de aire procedentes de regiones diversas que puedan á tiempos fijos empujar al Sol desde los signos del estío hasta el solsticio del invierno, y después desde los helados climas hacia los cálidos signos; si fuera exacta la teoría esta, sería necesario suponer que la Luna y las estrellas, impelidas por esas corrientes alternas de aire, describen una revolución en los grandes años[64].
[64] Tal vez se refiera Lucrecio á los años comprendidos en un ciclo de revolución sideral de que hablan las tradiciones de más remoto origen. Los Brahmanes de la India admitían el año cósmico formado por doce mil años divinos, cada uno de los cuales se componía de algunos millares de años solares. Pueden consult. págs. 101 y sigs. de _El Alma según las esc. fil. de la Ind._, por M. R. Navas.
¿No ves que las nubes impulsadas por los vientos contrarios ya suben, ya bajan, y siempre siguen opuestas direcciones? ¿Y por qué los astros no han de ser llevados de igual modo por diversas corrientes y con distinto rumbo?
649. _At nox obruit ingenti caligine terras..._
La noche cubre de impenetrable obscuridad la Tierra, ya porque el Sol llega disipado al término de su curso, y deja apagar sus fuegos que en el camino se han debilitado por el rozamiento con el aire, ya porque la misma fuerza que obliga á los rayos del Sol para remontarse tanto, podrá también obligarlos á prolongar su marcha por debajo de nosotros en dirección contraria.
La Aurora se presenta en tiempos fijos en los vastos dominios del éter y descubre la luz, ya porque el Sol tienda á anticipar su regreso de las regiones que debajo de nosotros quedan, y dore con sus rayos el cielo; ya porque diariamente en períodos regulares se junten fuegos y corpúsculos ígneos, y todos los días formen un nuevo Sol[65]; así pueden verse, como la tradición dice, desde las elevadas cumbres del monte Ida, algunos fuegos dispersos que se juntan por las madrugadas y forman un globo luciente que recorre el espacio[66].
[65] Opinión de Heráclito: Jenófanes pensaba también que había un Sol para cada clima.
[66] Diodoro de Sicilia, Estrabón y Juvenal hablan de esa tradición.
Y no debe causarte admiración el hecho de que en épocas fijas puedan reunirse tantas partículas de fuego que restauren el brillo y el calor del Sol, porque vemos que otros muchos fenómenos ocurren también en tiempos fijos: en las mismas épocas todos los años florecen los árboles y maduran las frutas; en la vejez se caen los dientes debilitados, y á tiempos fijos los jóvenes se cubren de menudo vello y sienten en el rostro los empujes de la barba; la lluvia, la nieve, el rayo, los vientos y las nubes siguen movimiento regular en las estaciones. Al determinarse cada ser muestra una propia energía que puesta en acción sigue invariablemente el turno que le corresponde en el orden universal. Aumenta la duración de los días cuando la de las noches disminuye y ésta crece cuando aquélla se acorta, porque el Sol, que siempre es el mismo, sobre las tierras y debajo de ellas, describe arcos desiguales que cortan el Cielo en porciones diferentes, y lo hace con tal regularidad, que da á cada parte del mundo la porción de luz de que ha privado al hemisferio opuesto, hasta que en su curso llega al fin del signo donde las noches son iguales á los días, porque la parte del espacio en que se halla se encuentra á igual distancia del aquilón y del austro, término de la rotación anual del Sol, y punto desde donde con igualdad esparce su fuego, tanto por el Cielo como por la Tierra: así á lo menos lo enseñan aquellos que han representado por medio de imágenes las regiones del cielo. Puede también suceder que el aire, muy denso en algunos sitios, no dé acceso á los vacilantes rayos del Sol, y éstos no puedan penetrar con facilidad en los rumbos del Oriente, y por este motivo las noches del invierno son muy lentas y parecen interminables por lo mucho que se retarda la aparición de la luz diurna; ó puede suceder que del año en partes alternas corren, ya más despacio, ya más aprisa, las moléculas de fuego que reunidas componen el Sol, y determinan así las estaciones.
703. _Luna potest Solis radiis percussa nitere..._
Quizá brilla la Luna porque en ella se reflejan los rayos de la luz del Sol: en este supuesto, la claridad que nos comunique ha de ser más amplia cuanto más distante se halle del Sol, hasta que al estar enfrente de ese astro su bello y redondo aspecto brille con plena luz en el horizonte, donde contempla la desaparición del Sol por el mismo sitio en que ella se levanta. Después, en dirección contraria ocultará su luz poco á poco y esconderá su brillo á medida que se acerque al disco del Sol y camine por la mitad opuesta á la posición de los signos. Así piensan los que en la Luna no ven otra cosa más que una esfera que tiene los movimientos por debajo del Sol; y entiendo que esa opinión es aceptable.
Y puede ser que la luz que nos muestra sea propia y que en la emisión de los fulgores ofrezca distintas formas. En ese caso deberá admitirse la intervención de un cuerpo opaco que se mueva al mismo tiempo que la Luna y paralelo á ésta, á la cual tape su luz en ocasiones; y también puede la Luna ser considerada como una esfera que tenga una sola mitad iluminada y al girar en movimiento de rotación presente varios aspectos, porque primeramente nos ofrecería su parte iluminada y poco á poco ésta se ocultaría hasta desaparecer totalmente de nuestra vista; en esta opinión descansa el sistema que los Caldeos sostienen en contra del parecer de los Griegos; pero ambas explicaciones son verosímiles, y no hay bastantes datos para considerar una cualquiera de esas doctrinas superior á la otra.
No es imposible que una nueva Luna sea creada con variadas formas, de las cuales se destruya en un día la que en el anterior se haya formado, se dé otra para el siguiente día y reemplace cada una á la anterior. Es difícil negar este aserto, porque se conforma con el régimen del Universo, en el cual se rehacen las cosas: aparece la primavera acompañada por el Amor y precedida del Céfiro que bate las alas, mientras que la madre Flora le prepara camino de flores y de perfumes: después síguese el calor, tras éste la aridez y luego viene Ceres llena de polvo por el soplo de los vientos etesios[67]; sigue el otoño, compañero de Baco, en cuyo séquito vienen tempestades, vientos, el altisonante Vulturno[68] y el ruidoso Austro[69] que anuncian las tormentas. Después de ellos nos visitan la nieve, el entorpecedor frío y el insufrible invierno que hace batir los dientes. Y si en tiempos fijos y con regular orden se suceden esos hechos, ¿habríamos de admirarnos si naciera y muriera la Luna en tiempos dados?
[67] Etesios, vientos del Nordeste.
[68] Vulturno, viento entre el euro (Levante) y el noto (del Sur).
[69] Austro, vendaval fuerte del Sur.
Los eclipses de Sol y los de Luna pueden ser atribuidos á varias causas: quizá pueda la Luna substraer á la Tierra la claridad del Sol y ocultar el brillo de éste por medio de la interposición de su opaca masa que absorba ó intercepte los rayos del foco luminoso: ¿y no podría existir otro cuerpo, opaco igualmente, que produzca ese efecto? ¿y no puede suceder también que el Sol en ciertas ocasiones se amortigüe y pierda su brillo que después recupere cuando haya pasado por regiones donde el aire no ofrezca adecuadas condiciones para hacer luminosas las emanaciones de aquel astro? Y si alternativamente puede la Tierra privar de luz á la Luna, y tener por debajo el Sol, mientras que el astro de revolución mensual se muestra obscurecido por la cónica sombra que se le pone delante, ¿no podrá suceder que otro cuerpo cualquiera se coloque frente al Sol, interrumpa su fulgor y nos despoje de su brillante luz? Pero si la luz de la Luna es propia, y no reflejada del Sol, ¿no podrá languidecer al pasar por ciertas regiones donde haya algún fluido contrario que apague todos sus fuegos?