Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»

Part 13

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Ni evitan númenes divinos la reproducción de los seres ni se oponen á que reciba el dulce nombre de padre ningún hombre, ni tienen eficacia las súplicas dirigidas á Venus, como suponen los ilusos que vierten sangre de sacrificios en los altares y dedican obsequios á dioses, mientras que piden abundantes medios para que su matrimonio sea fecundo. Se fatigan inútilmente con tales súplicas y tales ofrendas: es inevitable la esterilidad cuando la simiente es muy densa ó demasiado tenue; si es débil resulta inútil por falta de adherencia; si es crasa tiene gravedad inconveniente para la invasión de las células apropiadas y para la identificación consiguiente en ellas. Es indudable que para la eficacia de las funciones regidas por Venus son necesarias condiciones de adaptación entre los esposos: no todos los enlaces producen el mismo resultado: mujeres hay que han sido estériles en varios himeneos, y al celebrar otro, han podido rodearse de numerosos juguetones hijos; y también hay hombres que no han logrado sucesión con varias compañeras, y de un nuevo contrato han conseguido varios hijos que les alegren su vejez. Estos hechos, por su repetición, prueban que el humor espermático masculino y femenino debe tener adecuidad y no ser más craso ni más tenue que lo conveniente para que su conjunción no sea baldía. Los alimentos contribuyen mucho á la calidad del fluido generador, pues con unos se forma pesado y denso y con otros suave y ligero; y, por último, en los efectos de la función influye la forma de realizarla; según dicen, ésta es más eficaz _more ferarum quadrapedumque ritu_, porque la eyaculación se facilita cuando el pecho femenino está inclinado y alzada la región lumbar. Ciertos movimientos impúdicos son perjudiciales para la generación; hay cansancio inútil, fuerzas perdidas, la reja del arado fuera del surco, la simiente arrojada en terreno yermo: hagan lo que gusten las meretrices para producir mayores alucinaciones y para evitar resultados futuros, pero nuestras esposas no deben caer en deshonestidades.

La mujer menos hermosa consigue hacerse amar sin la intervención de dioses y sin las saetas de Venus; pues una conducta morigerada, unos modales dignos y un cuidado honesto de su persona harán apetecible su trato; después el hábito creará el amor. Golpes sucesivos, aunque débiles, triunfan de los cuerpos duros: ¿no ves de qué manera gotas de agua que sin cesar caen, al cabo de algún tiempo llegan á horadar las peñas?

LIBRO QUINTO

1. _Quis potis est dignum pollenti pectore carmen..._

¿Quién puede cantar dignamente con inspirado estro en honor de tales asuntos y de investigaciones tales? ¿Quién tiene bastante elocuencia para expresar los elogios que merece el esclarecido genio del que nos enriqueció con dones tan preciados? Nadie, pues creo que varón tan ilustre no tuvo mortal naturaleza, y todo el que aprecie la sublimidad de su obra sin duda habrá de exclamar, ínclito Memmio: «Un dios fué, un dios[53] el que descubrió las causas de la vida cuyo conocimiento se llama ahora Sabiduría, el que por arte propia separó nuestra existencia de las agitadas olas y profundas tinieblas que la rodeaban y la transportó á mar sereno por clara luz iluminado.»

[53] Sin duda Lucrecio usa aquí de la palabra _dios_ en su acepción primitiva: sabido es que el vocablo _deus_ latino, como el griego θεός, provienen de la raíz sanscrita _div_ que significa _brillar_; en este sentido es dios, y por tanto inmortal, aquel que por sus hechos vive siempre en la memoria de los hombres. Lucrecio juzga que Epicuro no era de naturaleza mortal y debe ser considerado como dios supremo, porque entiende que el filósofo de Samos, por sus enseñanzas, brilla en la historia más que los otros genios de la mitología griega y romana.

Compara con las suyas las empresas antiguas realizadas por otros que se estiman como dioses. Ceres, según dicen, dió á los hombres los cereales y Baco el vino; dos regalos sin los cuales bien podríamos vivir, como pasan muchas naciones que aun hoy mismo no los poseen; pero nadie puede ser feliz si carece de virtudes, y por tanto, debe ser considerado como dios supremo aquel que entre las gentes divulgó lecciones que endulzan las amargas aflicciones de la vida.

Si pensaras que Hércules por sus trabajos merece tan distinguida preferencia, te colocarías á mucha distancia de la razón: ¿qué terror pueden causarnos hoy el león de Nemea con su inmensa boca siempre abierta, y el horrendo jabalí de Arcadia? ¿qué valdrían en nuestro tiempo el toro de Creta y la hidra de serpientes venenosas que representa la peste de Lerna? ¿qué importancia tendrían para nosotros la triple fuerza del tricorpóreo Gerión, y los caballos de Diómedes que por la nariz lanzaban fuego en Tracia, en la comarca de Bistania próxima al monte Ismaro? ¿y las temibles garras de las aves que habitaban las riberas del lago Estínfalo en Arcadia? ¿y el furioso dragón de encarnizados ojos que enroscado en el árbol correspondiente guardaba las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, situado en el litoral Atlántico, á cuyos puertos ni nosotros ni los Bárbaros pretenden arribar? ¿qué daño nos podrían causar los otros monstruos de parecida especie si vivieran hoy como eran antes de ser vencidos? Creo que ninguno: en toda la tierra hay animales feroces que invaden los elevados montes y las profundas selvas, y fácilmente podemos evitar su arriesgado encuentro.

Pero si los vicios penetran en el corazón ¡qué rudas batallas nos dan y qué peligros nos crean! ¡Cuántos anhelos, temores é inquietudes produce la sórdida avaricia! ¡cuántos males corroen nuestra alma evocados por la soberbia, la deshonestidad, la petulancia, la ociosidad y el lujo!

Y el haber subyugado á tantos enemigos, no con el empuje de las armas, sino con las enseñanzas de la razón, ¿no es motivo suficiente para que un hombre sea colocado entre los dioses? Pero hizo todavía más: habló divinamente acerca de los dioses inmortales y puso de relieve ante el mundo los arcanos de la Naturaleza.

57. _Quojus ergo ingressus vestigia, nunc rationes..._

De este genio he de seguir la senda, y desde luego continuaré la exposición de mis razonamientos, destinados á patentizar que tienen todos los seres criados una cierta necesaria duración, porque nada hay que pueda substraerse á las leyes de la vida. He tratado ya del alma, que se forma con el cuerpo y no puede ser eterna, y también de los simulacros ó imágenes que en sueños se nos presentan como sombras de personas que han existido y nos asustan: ahora el orden exige que te hable de la creación y descomposición del mundo; acerca de las atracciones y repulsiones de los cuerpos simples que han podido originar la Tierra, el Cielo, el Mar, las Estrellas, el Sol y el globo de la Luna; de qué modo nacieron los animales terrestres y tenemos representaciones de otros que nunca han existido; de la manera cómo los individuos de la especie humana comenzaron á comunicarse mediante la palabra modulada por inflexiones de la voz; de cómo el temor de lo ignorado engendró en nuestra alma la idea de los dioses y dió motivo para la invención de los sagrados bosques, lagos, templos, altares y simulacros de los númenes.

Te explicaré, además, las causas del curso del Sol y de los movimientos de la Luna y de la energía con que la Naturaleza gobernante los dirige, para que no entiendas que entre el Cielo y la Tierra han surgido por libre determinación de ellos mismos y bajo la inspección de dioses con el fin de favorecer el desarrollo de los animales y de los frutos. Muchos hombres que llegaron á considerar imposible la existencia de esas divinidades en las regiones celestes, cuando tratan de conocer la marcha regular del Universo, y especialmente en lo que se refiere al etéreo espacio, empujados por su ignorancia se despeñan de nuevo en las obscuridades profundas de las religiones y consideran cómodo admitir los tiranos dioses que á su gusto reparten el bien y el mal: los desgraciados no saben distinguir entre lo que puede ser y lo que no puede ser, y no conocen que todo lo existente en cierto grado participa de la potencia universal.

93. _Quod superest, ne te in promissis plura moremur..._

Ahora, pues, para no cansarte más con promesas, observa primeramente los mares, las tierras y el cielo, tres cuerpos que son, ¡oh Memmio! de naturaleza desemejante, de especie diferente, de textura diversa, pero que serán arruinados en un día y así quedará deshecha la máquina del mundo, por tantos años conservada. No se me oculta lo extraña que parecerá la teoría de la subversión futura y lo difícil que me ha de ser la divulgación de verdades nunca enunciadas y que no pueden comprobarse con los sentidos, únicas puertas por donde es posible que la evidencia penetre en nuestra alma; pero las expondré, á pesar de estos inconvenientes, pues quizá no esté muy lejano el día en que pruebas claras apoyen mis enseñanzas, y aun tal vez que nuestro mundo llegue á trastornarse entre convulsiones: ¡ojalá no sucedan así las cosas, y no sean los hechos sino la reflexión despertada por mis ideas el medio que te demuestre que es posible la demolición del mundo!

Antes de que empiece á explicarte las leyes en que descansa el orden universal, leyes más sagradas y más ciertas que los oráculos dictados por la Pitonisa de laurel coronada y subida en el trípode apolónico, voy á ofrecerte algunas consideraciones que tu ánimo levanten: no caigas en la debilidad de creer que en consonancia con lo que las religiones dicen, la Tierra, el Sol, el cielo, el mar, las estrellas y la Luna sean cuerpos divinos que han de permanecer como ahora se muestran, eternamente, y que son impíos como los Gigantes[54], y merecedores de horribles penas aquellos malvados que afirman la posibilidad de que se deroguen los fundamentos del mundo, se apague el rutilante luminar del día y mueran los llamados seres inmortales.

[54] Los Gigantes que pretendieron escalar el cielo, es decir, los hombres atrevidos que desearon conocer la ciencia del mal y del bien.

Tan distantes se hallan de la condición divina esos cuerpos y tan indignos son de figurar colocados entre los dioses, como que, según cuanto puede comprenderse, constan solamente de una materia bruta incapaz de sensaciones; porque no puede suponerse que á todos los cuerpos sea dado poseer alma inteligente y sensible: así como no pueden existir árboles en el aire, nubes en el mar, peces en el campo, en la madera sangre y savia en la piedra, de igual modo no puede nacer alma sin cuerpo ni existir sin nervios y sangre, porque el orden consiste en la determinación de cada ser con arreglo á sus condiciones constitutivas; y si otra cosa fuera posible, también sería fácil que el ánimo surgiese en la cabeza, en los hombros ó en otra parte del cuerpo, si de cualquier modo estaba en el mismo individuo, en el mismo vaso; pero como ya sabemos que el ánimo y el alma crecen y se desarrollan en esfera propia, no tenemos razón para afirmar que fuera de los seres animados puedan existir, ya sea en las profundidades de la Tierra ó en el fuego del Sol, ya en las masas de agua ó en la extensión del aire. Luego no tan solamente aquellos cuerpos carecen de esencia divina, sino también de sensaciones que les den vitalidad animada.

Y por este motivo no debes creer que en alguna parte del mundo haya mansiones destinadas para residencia de númenes: si éstos son delicadas substancias que los sentidos no pueden percibir y la inteligencia apenas comprender, y si escapan además á nuestro tacto, deberán tener relaciones con algo que del orden sensible exceda, porque no puede tocar lo que es incapaz de ser tocado. Luego la morada propia de los dioses debe ser muy diferente de la nuestra y tan sutil como su cuerpo; afirmación que en otro lugar te demostraré extensamente[55].

[55] Es opinión generalmente admitida que Lucrecio no cumplió su promesa, quizá por su prematura muerte.

157. _Dicere porrò hominum causâ voluisse parare..._

Decir, pues, que para bien de los hombres quisieron los dioses formar el mundo y que por este favor les debemos gratitud; pensar que eterno es é inmortal ha de ser lo existente; añadir que es un crimen aportar razones encaminadas á probar que es destructible ese edificio labrado por inteligencia divina, y fingir otras invenciones de esa especie ¡oh Memmio! es delirar. ¿Qué beneficio habría de producir á los inmortales nuestra gratitud, para que ese incentivo los moviera á realizar una obra destinada solamente para nuestra dicha? ¿Qué motivos podrían tener los dioses que desde toda eternidad habían vivido en reposo, para concebir deseos de cambiar de vida en un momento dado? Aspira á una mudanza de posición aquel que en su antiguo estado se encuentra mal; pero el que no ha sufrido nunca daño y en serenidad pasa ilimitado tiempo, ¿cómo puede sentir impulsiones para alterar su calma? Y si la eternidad yacía en triste confusión hasta que brilló el origen creador de las cosas, á nosotros ¿qué mal podía causarnos el no haber nacido? Puede apetecer la vida el que felicidades goza desde que participa de ella; pero el que nunca gustó delicias, ¿qué pierde si no es creado?

¿Cómo pudo germinar para los dioses el modelo de todas las cosas y la idea del hombre? ¿cómo los númenes concibieron la obra que después llevaran á cabo? Si la Naturaleza misma en desdoblamientos sucesivos no dió la creación hecha, ¿de qué modo los dioses conocieron la fuerza de los elementos simples y las aplicaciones que ofrecía? En todo tiempo los primeros principios atraídos y repelidos mutuamente, por la acción de su propia gravedad se han agitado con movimientos múltiples en el espacio y de variadas maneras se han asociado en combinaciones creadoras: no es, pues, admirable el hecho de que en el transcurso de los tiempos, como resultado preciso de sus mudanzas y movimientos, hayan constituido una Suma total con energías bastantes para ser renovada perpetuamente.

Pero aunque no conociera las cualidades propias de los principios generadores de todas las cosas, aún me atrevería á asegurar, mediante la contemplación del cielo y de todas las cosas existentes en el espacio, que de ningún modo el Universo ha podido ser hecho para nosotros por inspiración divina: ¡tantos defectos contiene!

202. _Principio, quantùm Cœli tegit impetus ingens..._

Primeramente, en todo cuanto cubre la inmensa extensión del cielo hay una parte considerable ocupada por altas montañas, por bosques donde las fieras dominan, por estériles rocas, inmensos lagos, y el mar, que en su dilatada extensión comprende muchas regiones, y además, dos partes vedadas al hombre por insufrible calor y asiduo hielo[56]; aun lo restante sería convertido por la Naturaleza espontáneamente en selva si la acción humana, estimulada por las necesidades de la vida, no acometiera trabajos muy penosos para remover la tierra con el rudo arado, para excitar los gérmenes asimilables del suelo y promover la fecundidad de las glebas; porque sin esta labor la tierra no se desenvolvería para dar producto útil; todavía en muchas ocasiones, después de costosos esfuerzos cuando las plantas florecen ó cuando fructifican son quemadas por ardiente sol, ó azotadas por fuertes huracanes, ó destruidas por los hielos, ó dispersados sus frutos por tempestades violentas.

[56] Consideraban los antiguos que la tierra estaba dividida en cinco regiones: Lucrecio se apartó de esa opinión; Ovidio y Virgilio la sostuvieron.

¿Por qué en el mar y en la tierra nacen y se propagan razas de horribles fieras, enemigas crueles de la especie humana? ¿por qué las estaciones del año vienen acompañadas de un propio séquito de enfermedades? ¿por qué hay tantas muertes prematuras?

También el niño, como náufrago arrojado á la playa por embravecidas olas, yace desnudo en el suelo, necesitado con urgencia de todo auxilio, desde el momento en que la Naturaleza lo arranca del seno materno para presentarlo á la clara luz: con tristes lamentos llena el lugar en que se halla, y motivadamente, pues el desgraciado comienza desde aquel instante una carrera de infortunios[57]. En cambio los mansos ganados y las armadas fieras crecen cómodamente, no experimentan necesidad de juguetes ni aun siquiera de aprender el medio expresivo de que se vale su cariñosa nodriza; tampoco tienen que preocuparse con los vestidos que han de usar en las varias estaciones, y no echan de menos armas para defenderse ni fortalezas que los guarden, porque, para ellos, abundantemente la tierra produce y la Naturaleza es pródiga.

[57] Todos los pueblos pensaban que el nacer era una desgracia; de esta creencia surgió la idea del celibato como virtud, entre los egipcios, entre las sectas hebraicas de esenios y nazarenos, y en algunas escuelas de India, Persia y Grecia.

Y pues los cuerpos sólidos, los líquidos, las leves auras, los cálidos vapores y cuanto constituye el Universo nacen y mueren, también nuestro mundo ha de estar sujeto á la misma ley; porque no puede un todo substraerse de la condición que afecta por igual á todas sus partes. Si veo que todos los miembros y todos los organismos del mundo perecen y se remueven, lícito ha de serme afirmar que también el Cielo y la Tierra habrán tenido un tiempo de aparición y caerán en ruina.

No supongas, Memmio, que discurro precipitadamente al afirmar que la Tierra y el fuego serán consumidos por la muerte, y que el agua y el aire también perecerán: he dicho que desaparecerán para renacer y crecer de nuevo.

Una parte de la Tierra abrasada por el fuego del Sol y pisada por nuestros piés se convierte en torbellinos de polvo que la violencia de los vientos dispersa; otra parte es destruida por las lluvias y aun las márgenes de los ríos son continuamente devoradas por el batir de las corrientes; y, por último, como todo cuerpo que sirve de alimento á otro necesariamente ha de sufrir diminución, y la Tierra no solamente es sepulcro sino también es madre de muchos seres, indudable es que la Tierra ha de estar sujeta á pérdidas y reposiciones continuas.

262. _Quod superest, humore novo mare, flumina, fontes..._

Con sucesivas renovaciones de agua el mar, los ríos, las fuentes siempre abundan y se perpetúan; y no es menester decir que su caudal es favorecido por continuos tributos que de varias partes les llegan, pero también disminuido por incesantes evaporaciones que causa el Sol con su ardiente influencia y por otras pérdidas que ocasionan los vientos con su fuerte soplo: otras porciones de agua penetran en la tierra por medio de filtraciones ó en sal se convierten, ó vuelven sobre su curso y se juntan al nacimiento de los ríos para correr límpidas por los cauces que les facilitan paso.

Tratemos ahora del aire, el cual en todos los momentos sufre numerosas variaciones: los efluvios que brotan de los cuerpos en ese vasto Océano se pierden y á la vez éste da materiales para la renovación de todas las cosas; de lo contrario, todo cuanto existe con el tiempo en aire se convertiría: contribuyen, pues, todos los cuerpos mediante sus continuas emanaciones á la formación del aire, y éste da elementos para la composición de todos los seres.

El Sol, perenne foco de claridad, etéreo astro que baña el cielo con su brillo continuamente renovado, sin cesar enriquece su corriente luminosa con no interrumpidas producciones de luz, porque siempre sus rayos se extinguen al llegar á su destino. Te será fácil convencerte de la exactitud de esa observación si reparas en que al ponerse las nubes entre el Sol y nosotros el manantial luminoso queda cortado é inmediatamente desaparece en su parte inferior; entonces la Tierra se obscurece en la porción correspondiente á las nubes interpuestas: de este hecho puedes inferir que los cuerpos necesitan luz de renovación no interrumpida, que todo rayo luminoso al momento en que surge se consume, y que no podríamos ver los objetos si faltasen las continuas emisiones de luz solar.

También las luces de que nos valemos por la noche, artificialmente obtenidas en lámparas y antorchas de las que se derivan torrentes de humo y de llamas, dan fulgores vacilantes pero no interrumpidos, porque la rapidez con que su corriente se renueva es tal que súbitamente reemplaza á la luz que va á extinguirse por otra nueva que se forma. Algo parecido sucede con el Sol, la Luna y las estrellas, y, por tanto, lejos de considerar inalterables esos cuerpos debes creer que nos alumbran por efecto de sus continuas emisiones tan pronto consumidas como renovadas.

Finalmente; ¿no ves de qué manera el tiempo deja marcado su paso en las piedras, y cómo torres elevadas sucumben, rocas se deshacen en polvo, templos y estatuas de dioses se destruyen y acaban en ruinas, sin que esos dioses puedan salvar los límites de las cosas ó contrariar las leyes de la Naturaleza? ¿No vemos que otros monumentos levantados en honor de los hombres también se quebrantan como cuerpos minados por vejez? ¿No sabemos que de lo alto de algunas montañas se desprenden enormes bloques de granito incapaces para sufrir inmutables la demolición del continuo suceder? Pues no caerían como arrancados repentinamente ó bajo la acción de un choque si hubieran resistido los continuados asaltos del tiempo.

319. _Denique jam tuere hoc circùm supràque, quod omnê..._

Considera esa inmensa capa que rodea la Tierra, la cual, según algunos dicen, en sí contiene y absorbe todo cuanto existe; principio también tuvo y tendrá fin porque toda materia que sirve para nutrir á otros seres se desgasta, así como aumenta cuando varios elementos se le incorporan.

Además, si el Cielo y este mundo que habitamos carecieran de principio y siempre hubieran existido, ¿por qué no se conoce algún poeta que haya cantado hechos gloriosos anteriores á la guerra de Tebas y á la destrucción de Troya? ¿por qué no se conserva de otras nobles acciones el recuerdo engalanado con fama inmortal?

Con certeza el Universo tiene cierta novedad y nuestro mundo aún está en sus comienzos; su edad es muy corta: por este motivo aún las artes no han adelantado y algunas hay que ahora se inventan; hasta hoy no ha empezado la marina á hacer progresos y la harmonía musical á perfeccionarse; en fin, el conocimiento de la naturaleza de las cosas hace muy poco tiempo que se ha iniciado, y soy el primero que lo puede comunicar en nuestra lengua patria.

Porque si crees que todas estas cosas han existido antes de ahora, pero que la razón humana pereció consumida por fuego devorador y que las ciudades fueron arruinadas por los trastornos del mundo, ó que torrentes copiosos de lluvias han podido sobre éste furiosos descargar hasta sumergirlo, más fácil te será creer en la futura destrucción del Cielo y de la Tierra; pues si una vez cayeron tantas desdichas sobre el mundo y éste pasó tantos peligros, el efecto sería más destructor si la causa que lo combatiese fuera más enérgica: y, en verdad, nosotros mismos para creernos mortales el único fundamento que tenemos es el de saber que participamos de la misma condición que otros á quienes la Naturaleza arrebató la vida.