Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»

Part 11

Chapter 113,816 wordsPublic domain

Las naves en el mar batidas por el oleaje parecen destrozadas y con las banderolas deshechas, al ignorante que desde el puerto las mira; porque observa que una parte de los remos y del timón es recta, pero otra parte, sumergida en las aguas, por efecto de la refracción de la luz, á sus ojos se ofrece como si estuviera rota: durante la noche suelen verse espléndidos astros que más allá de las nubes se mueven, por el viento impelidos, en dirección opuesta á aquéllas; y claro es que vemos lo contrario de lo que es en realidad: si con un dedo te haces presión en la parte inferior del globo ocular podrás ver duplicadas las cosas; contemplarás dos luces en cada luz que mires, dobles los muebles de tu casa y los hombres con dos rostros y dos cuerpos.

449. _Denique, cùm suavi devinxit membra sopore..._

Finalmente; cuando el sueño domina los sentidos con dulce sopor y el cuerpo yace en completo reposo, nos parece en ocasiones que estamos vigilantes y que nuestros miembros se mueven: en noche envuelta por densa obscuridad, creemos ver el Sol y gozar de la luz diurna; que varían de lugar los astros, el mar, los ríos, los montes; que recorremos á pié campos extensos; que de noche en el silencio oimos varios ruidos, y por último, que respondemos cuando estamos callados. Aunque muchos hechos de esa especie sean, en verdad, sorprendentes, no deben servir para quebrantar la confianza que tengamos en el testimonio de los sentidos, por más que den como realidades ilusiones fantaseadas por el ánimo y en algunas veces creamos distinguir cosas que no pueden existir. Difícil es, ciertamente, el fijar la diferencia que existe entre las apariencias fenomenales y la realidad de las cosas, pero no debe el ánimo dejarse vencer por las dudas.

Quien dice que nada se sabe, afirma contra su propia opinión; pues nada podrá saber aquél que confiesa que no puede saberse nada[46]. No pretendo contender con el que se pone en desacuerdo consigo mismo; pero si concediese como probado el principio de que nada se sabe, aún habría de preguntar al que negase toda seguridad en el juicio formado: ¿De qué medio se vale para diferenciar lo que sea saber y no saber, y dónde pudo adquirir noticia de la verdad y del error, ya que no es posible discriminar la duda y la certeza?

[46] Aristóteles decía á los escépticos: Ó sabéis ó no sabéis: si sabéis que no sabéis, algo sabéis; si no sabéis que no sabéis no podéis afirmar que no sabéis.

474. _Invenies primis ab sensibus esse creatam..._

Comprenderás que las ideas fundamentales provienen de los sentidos, que si no pueden engañar deben inspirarnos confianza, porque mediante la investigación de verdades nuevas ellos mismos pueden vencer sus antiguos errores. ¿Hay algo que nos merezca mayor fe que los sentidos? ¿Puede suponerse que la razón deponga contra ellos cuando todos los datos de que se vale solamente de los sentidos proceden? Si fueran falsos los antecedentes que ministran á la razón, falso ha de ser el juicio que ésta forme acerca de las cosas. ¿Podrá el oído corregir á los ojos, ó el tacto al oído? ¿Podrá el sabor rectificar al tacto, ó á los ojos el paladar? Entiendo que no, porque tiene cada aparato sensitivo su acción privativa y su peculiar energía; por esta causa ocurre que la blandura, la dureza, la frialdad y el calor se determinan por el órgano adecuado, el cual da también á conocer cómo sea lo blando, lo duro, lo frío y lo caliente; los colores de las cosas y todo lo que á los colores pertenece afectan á otro órgano, y separadamente el sabor, el olor y el sonido se originan en esfera propia. Es un hecho que unos sentidos no pueden corregir á otros ni reprenderse á sí mismos; luego todos deben inspirarnos igual confianza: lo que para los sentidos es verdad confirmada por el transcurso del tiempo, verdad es.

Y si la razón no pudiese alcanzar la causa de que los objetos realmente cuadrados nos parezcan redondos vistos á distancia, vale más traducir equivocadamente la defectuosa idea que tengamos de ambas figuras, que dejar escapar de la mano los hechos patentes, negar el principio de toda certeza y destruir los fundamentos en que descansa todo nuestro bienestar y nuestra vida. No solamente se trata de evitar que la razón por falta de base caiga arruinada, sino que la vida misma se haga imposible como sucedería en el instante en que dejáramos de confiar en los sentidos: hay que tramontar los precipicios que amenazan la existencia racional, poner en fuga los daños que puedan perjudicarla y atraer todo lo que la beneficie. Debes, pues, considerar como palabras baldías todas las que sirvan para declamar contra los sentidos.

Así como en la construcción de un edificio, si imperfectos son los planos que sirven de guía, ó si alguno de los muros que se levantan en la fábrica se aparta de la perpendicular, ó si el nivel es falso en alguna parte, la obra resulta disforme, defectuosa, inclinada, torcida, sin gracia, de techos peligrosos, y amenazará ruina, ó al cabo se desplomará como levantada contra las reglas más elementales del arte de las construcciones, así también la razón habrá de admitir errores si funciona sobre falsos datos de los sentidos.

519. _Nunc alii sensus quo pacto quisque suam rem..._

No me parece difícil de explicar ahora el proceso que sigue para manifestarse la acción de los otros sentidos: en primer término, las ondulaciones sonoras y la voz afectan el oído cuando los elementos correspondientes llegan al pabellón de la oreja y penetran por el conducto auditivo: luego si las vibraciones excitadas por la voz y cualquier otro sonido obran sobre nuestros órganos propios, no puede negarse que son de naturaleza corpórea. En ocasiones la voz emitida ofende la garganta y los gritos lanzados con violencia irritan la tráquea, porque los principios materiales que forman la voz se precipitan en número considerable por el estrecho tubo aéreo, lo llenan, y luego al salir dañan el orificio laríngeo por donde se esparce la voz en las auras: luego si la voz y el sonido en ocasiones pueden producirnos dolor, sus elementos, no podemos negarlo, han de ser corpóreos. Y no ignoras que si alguien comienza á hablar desde que la aurora dibuja en el horizonte su tenue luz, y no cesa hasta que las sombras de la noche se extienden, experimenta cansancio de fuerzas, debilidad de nervios, languidez en todo el cuerpo, y mucho más si mantuvo la conversación en voz alta: luego es indudable que la voz es corpórea si produce detrimento mayor cuanto más se ejercita.

De elementos rudos procede la aspereza de la voz y su dulzura de elementos suaves; también corresponden á otros apropiados el atronador ruido que la trompeta envía á largas distancias, el áspero zumbido que retumba de corneta retorcida y los amargos quejidos con voz lúgubre lanzados por los cisnes que habitan los helados valles del Helicón. Cuando intentamos representar por medio de palabras nuestro pensamiento, formamos voces que los órganos bucales emiten, la lengua articula y los labios moldean con su especial configuración. Siempre que la voz articulada no tiene que recorrer un largo espacio desde los órganos que la producen hasta los oídos que la reciben, las palabras se oyen claras, distintas, con su propio sonido; pero cuando atraviesa dilatada extensión se descompone, se desvanece en las corrientes de aire; así, aun cuando oigas la voz, no podrás precisar sus inflexiones, y, por tanto, no comprenderás el significado que tengan, porque habrá llegado confusa á tu oído.

561. _Præterea, Edictum sæpe unum perciet aures..._

No pocas veces un edicto publicado por el pregonero llega á los oídos de varias personas como si una sola voz se dividiera en muchas y cada una fuera distintamente conducida por el aire al órgano apropiado de cada individuo. Las voces que no encuentran oído que las recoja, siguen su camino y se pierden esparcidas por los aires ó chocan en algunos cuerpos que las devuelven por repercusión: en este último caso producen muchas ilusiones porque las palabras se propagan en el espacio que las rechaza de un modo parecido á la manera como los espejos reflejan las imágenes. Enterados en las causas que producen este fenómeno, bien podremos comprender y explicar á los demás, por qué en ciertos lugares solitarios las peñas repiten los gritos articulados con que llamamos á los demás compañeros perdidos. Hay sitios, y yo conozco alguno, que reproducen seis ó siete veces las palabras que una sola vez hayamos pronunciado; inmediatamente que son emitidas, de otero en otero vuelan fielmente reflejadas. Los pueblos que residen en las cercanías de esos lugares, suponen que éstos se hallan ocupados por sátiros de piés de cabra, ninfas y faunos, los cuales bailan en las soledades, interrumpen de los bosques el silencio con nocturnos conciertos, y exhalan quejumbrosas voces acompañadas por el sonido suave de instrumentos de cuerda, y por la plañidera flauta que muy hábiles manejan. Dicen, además, que los habitantes de esos campos reciben la visita del dios Pan, el cual se les presenta con la semisalvaje cabeza adornada por pínea corona, con el caramillo entre sus labios ondulados que de los cañutos hacen brotar interminables notas, para recordar la harmonía perenne de la campestre musa. Otros varios prodigios nos cuentan los vecinos de aquellas comarcas, ya para que entendamos que su país merece las atenciones de los dioses, ó ya con otros fines, pues es muy cierto que á los hombres seduce el misterio.

593. _Quod superest, non est mirandum, quâ ratione..._

Después de lo dicho, no deberá sorprender que las ondas sonoras penetren en lugares que no pueden los ojos invadir. Nadie ignora que podemos conversar con otra persona que se halle detrás de una puerta cerrada. La voz se transmite intacta en corrientes que pasan por canales tortuosos á través de los objetos, pero los simulacros de los seres no pueden circular de ese modo, porque los obstáculos que se les oponen los disgregan; en línea recta, se propagan lo mismo que las imágenes se ofrecen intactas en los espejos. Los sonidos pueden ser llevados en todas direcciones, porque de una vibración sonora se forman otras muchas, á la manera como la fugaz chispa ígnea se divide en varias que se dispersan. La voz, reproducida considerablemente, llena todos los sitios que están á nuestro alrededor, y pasa por todas partes; pero los simulacros sólo en línea recta pueden impresionar los ojos: por ese motivo nadie ve lo que hay encima de su cabeza, en tanto que ésta conserve su posición normal: si bien percibimos la voz, cualquiera que sea la dirección en que se emita, la distancia la desvanece, y al tocar nuestro oído llega confusa, por haber perdido las modulaciones características de cada palabra.

El proceso de las sensaciones gustativas es más complicado y de más difícil explicación. Como en la mano se exprime una esponja, así en el acto de la masticación extraemos de la materia alimenticia el jugo que desde luego penetra en los conductos absorbentes del paladar y en los sinuosos é intrincados que existen en la substancia porosa de la lengua: si esos jugos se componen de moléculas suaves y lisas, estimulan agradablemente los órganos del gusto al extenderse por toda la húmeda región del aparato lingual; pero si esas moléculas son ásperas, ofenden el paladar, tanto más fuertemente, cuanto mayor sea su rudeza. El placer que los sabores nos proporcionan tiene su asiento en el fondo del paladar; cuando los sucos estimulantes de la sensación gustativa, después de haber pasado por las fauces llegan al esófago, el placer desaparece, porque entonces quedan anuladas todas las cualidades sápidas de los alimentos y actúan las que sirven para la digestión, para la asimilación y para el útil entretenimiento del estómago.

633. _Nunc aliis alius cur sit cibus, ut videamus..._

Tratemos ahora de indagar por qué los mismos alimentos no convienen á todos los animales, ya que unos encuentran agradable y dulce lo que á otros molesta por amargo y áspero. Desde luego es notable que hay substancias muy útiles para el sostenimiento de algunos seres vivos, pero que son irremediablemente venenosas para otros; por el sólo contacto del humor salival humano, la serpiente se enfurece, y después de inferirse varias mordeduras muere entre congojas; para nosotros es veneno acre el eléboro que á las cabras y á las codornices nutre. Á fin de que puedas conocer el fundamento natural de esas diferencias, debes el recuerdo traer á tu memoria de lo que ya hemos dicho acerca de la distinta composición elemental de los cuerpos; si todos los animales en su forma exterior, en sus miembros, en su aspecto, son desemejantes y constituyen especies variadas, necesario es también que sean distintos sus principios integrantes, su estructura, sus vasos, todos sus órganos, su misma boca y aun su mismo paladar; lo que en unos sea pequeño, en otros será de gran volumen; lo triangular en éstos, será cuadrado, redondo ó de muchos lados en aquéllos; los conductos y sus orificios serán proporcionales, y las moléculas que en ellos se ingieran corresponderán á la figura de los órganos. Ha de haber un perfecto enlace entre la posición de los cuerpos elementales y la forma y movimiento de las moléculas, y, por tanto, la textura de los órganos de cada animal, y sus poros y sus venas han de guardar relación completa. Luego no es para extrañar el hecho de que unos hallen dulces substancias alimenticias que otros encuentran amargas, porque en los conductos del paladar de los primeros entrarán elementos muy finos, mientras que en los de los segundos se introducirán moléculas toscas, ásperas, que lesionarán las fauces.

Ahora te será fácil con estos datos resolver muchos problemas: así, cuando la abundancia de bilis origina fiebre, ó cuando cualquiera otra causa produce trastorno en el organismo, se experimentan los efectos del malestar en todo el cuerpo, sencillamente porque los elementos primarios cambian de posición; antes se hallaban dispuestos como convenía á la condición del ser que informan; ahora, dislocados, no funcionan regularmente y en ellos dominan influencias morbosas. Ya en otra ocasión hemos podido considerar que de la conjunción de elementos contrarios resulta el sabor de la miel.

675. _Nunc age, quo pacto nares adjectus odoris..._

Voy á explicar ahora el procedimiento seguido por las emanaciones odoríferas para influir en el aparato olfatorio. Necesario es que de los cuerpos se desprendan y se evaporen muchas partículas que inunden con sus efluvios extensos espacios, supuesto que los percibimos como provenientes de todas direcciones. En verdad, las aptitudes y los estímulos que con relación á los olores tienen los animales, han de ser variadas tanto como sus especies; las abejas, desde largas distancias son atraídas por el perfume de las flores apropiadas para la elaboración de la miel; el buitre es guiado por la fetidez cadavérica; el olor que deja en su fuga la fiera de hendida pesuña despierta la especial disposición de los perros; el cándido pato, guardador del romúleo alcázar, presiente por las corrientes del aire la aproximación del hombre. Así, por el olfato los animales se sienten obligados á buscar el alimento que les sea propio, y á huir de aquellos que les perjudiquen; de ese modo se conservan las razas vivientes.

699. _Hic odor ipse igitur, nares cuicunque lacessit..._

Este mismo olor, pues, irrita las fosas nasales, y aunque las moléculas que lo producen tienen bastante alcance, no pueden ir tan lejos como las del sonido y la voz, y especialmente, según ya he dicho, como los simulacros que hieren los ojos y excitan la visión, porque aquéllas se esparcen, se propagan lentamente, se descomponen con facilidad en las auras y mueren con rapidez. Este fenómeno se realiza, en primer término, porque las emanaciones se originan sólo de la parte superficial de los cuerpos, y no admite duda que la energía de los efluvios de lo interior procede, como lo prueba el hecho de que más olor den los cuerpos que se fracturan, se machacan ó se descomponen al fuego; y en segundo lugar, se nota que las partículas estimulantes del olfato son más gruesas que las del sonido, por cuanto aquéllas no pueden penetrar á través de los muros, mientras que éstas fácilmente se transmiten. Demás de lo dicho, fácil es comprobar que las emanaciones odoríferas no dan á conocer el lugar en que se hallan los cuerpos de que dimanan; las auras los contrarían y marchan con lentitud ó se disipan; nunca proceden como diligentes mensajeros que llevan rápidas noticias de las cosas al sentido correspondiente: por esa causa muchas veces los perros pierden el rastro que siguen.

Y no solamente las emanaciones sápidas y olfatorias tienen acomodamiento desigual para los seres; también unas mismas imágenes y unos mismos colores impresionan de manera distinta á diferentes ojos, y aun á algunos produce afección dolorosa lo que á otros no molesta; por ejemplo, el gallo, que ahuyenta la noche con sus alas y saluda con vibrante voz la aurora, causa terror á los leones, que ante su presencia huyen, tal vez porque del cuerpo de aquella ave doméstica surgen substancias moleculares que se introducen en la pupila de los ojos del león, el cual, á pesar de su ferocidad, sufre con ellas dolor fuerte é irresistible; sin embargo, á nosotros no nos causan daño, bien porque las mencionadas partículas no tienen acceso en nuestros ojos, bien porque si en ellos penetran encuentran fácil salida sin ofender nuestro aparato visual.

734. _Nunc age, quæ moveant Animû res, accipe; et unde..._

Aprende ahora, pues, aprende á conocer en pocas palabras las substancias que mueven el ánimo, de dónde proceden y cómo á él llegan. Primeramente digo que en toda la extensión del espacio vagan y giran de variados modos innumerables y muy tenues simulacros de las cosas, los cuales al encontrarse en las auras fácilmente se coaligan, como los hilos de araña y las hojuelas de oro; es su levedad aún mayor que la de las efigies, cuyas finísimas partículas tocan en los ojos y motivan la visión, y de seguida penetran por el aparato visual, mueven la íntima naturaleza del ánimo y excitan de éste la potencia sensible; merced á ese proceso podemos representarnos Centauros, personificaciones de Escilas, triplicadas cabezas de cerberos, y aun imágenes de personas cuyos huesos cubre ya la tierra. En todas partes existen simulacros de variadas especies; unos que espontáneamente se forman en el aire, otros que son procedentes de las cosas y fuera de ellas se combinan de múltiples modos: ciertamente la imagen del Centauro no responde á ningún ser real, porque nunca ha existido un animal de su figura; pero las imágenes del hombre y del caballo pueden fácilmente encontrarse, y unirse como antes he dicho, á causa de su naturaleza sutilísima, apropiada para conjunciones sutiles. De manera igual se han formado otras representaciones; porque los simulacros por su agilidad se mueven instantáneamente y con su delicado impulso pueden mover la acción del ánimo, dotado también de admirable movilidad y de sutileza extrema.

Fácilmente puedes comprender la manera cómo se realizan esos hechos de que ya he hablado, si consideras que nuestros ojos son capaces de ver lo que en nuestra alma se halla, supuesto que la percepción de la imagen y la representación en nuestra alma son dos instantes de un mismo fenómeno; y si no podemos ver leones, como ya he dicho, sino por medio de simulacros que nuestros ojos impresionen, lícito ha de ser pensar que los simulacros de los leones llegarán á nuestro entendimiento como otros de la misma especie tocan á nuestros ojos, si bien aquéllos deben ser más tenues que los segundos. Y no por otra razón es posible que el ánimo se halle vigilante cuando el sueño abate los miembros, á no ser porque los simulacros estimulen nuestro ánimo lo mismo que si estuviéramos despiertos, y así, dormidos nos figuramos ver á personas que llegaron al término de la vida y de las cuales se apoderó la muerte. En la Naturaleza se realizan esas ilusiones por causa del profundo sueño de los sentidos que imposibilita á éstos para conocer la verdad, y del abatimiento de la memoria que, adormecida, no distingue que pertenece á la muerte algo de lo que la imaginación nos da revestido con las apariencias de la vida.

Tampoco debe extrañar que los simulacros se muevan y al parecer agiten con regularidad los brazos y otros órganos; forman una imagen más fugaz que el mismo sueño, porque en éste, apenas una primera ilusoria efigie se disipa, otra quizá muy diferente le sucede, tal vez sin solución de continuidad, y por esta causa varias imágenes sucesivas parecen una sola que cambia y varía repentinamente de gesto. Aún respecto á este orden de ideas tenemos que hacer muchas indagaciones y muchos puntos obscuros tenemos que aclarar si deseamos exponer con claridad el asunto que ahora nos preocupa.

788. _Quæritur imprimis quare, quod quoique libido..._

Averigüemos antes de todo la causa de los deseos que en el alma se despiertan y de las determinaciones que ésta adopta entre dos extremos. ¿Acaso los simulacros, obedientes á las excitaciones de nuestro apetito, combinan imágenes á nuestro gusto? ¿Quizá la Naturaleza para complacernos forma en nuestra mente, sin la presencia de objeto, fantásticas efigies del cielo, de la tierra, de los mares, de asambleas, ceremonias, festines y combates, y tal vez las crea en la misma región y en el mismo lugar donde el ánimo encuentra cosas muy diferentes?

En verdad, cuando en sueños distinguimos simulacros que marchan acompasadamente, que emplean los miembros con gallardía, que usan con ligereza las extremidades torácicas y abdominales y que acompañan esos movimientos con gestos adecuados, ¿hemos de suponer que han aprendido un arte á cuyas reglas sujetan sus juegos nocturnos; ó más acertadamente creeremos que en nuestra imaginación se presentan confundidos muchos instantes diversos, como sucede con las palabras de un discurso que en gran número se juntan en sucesión apenas diferenciada por los sentidos, pero discriminada por la razón? De igual modo se presentan confundidos simulacros de muy variadas formas y especies relativas á circunstancias múltiples de tiempo y de lugar: ¡tanta es su movilidad y tanto es su número! Y como la tenuidad de esas partículas es muy grande, el ánimo para distinguirlas necesita concentrarse: todas las imágenes que una vez han sido presentes para el ánimo han desaparecido si éste no se ha dispuesto para retenerlas; con esta última condición podemos ver en lo futuro alguna cosa ya pasada, y así en efecto sucede.

¿No observas que cuando queremos ver objetos muy pequeños tenemos que fijar en ellos los ojos con atención sostenida, porque de lo contrario no llegaríamos á adquirir de los mismos una bastante representación? Y si para conocer las cosas que tenemos presentes necesitamos predisponer el ánimo á fin de que éste las contemple como si hubieran estado siempre á largas distancias, y este es un hecho comprobado por la experiencia de todos los días, ¿debe admirar que los simulacros, aun cuando existan, sean perdidos para el que no los estudia? No pocas veces aumentamos en la fantasía el tamaño de los signos de las cosas, y de este modo caemos en error y el ánimo se engaña.

824. _Fit quoque ut inter dum non suppeditetur Imago..._