Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura»

Part 10

Chapter 103,978 wordsPublic domain

Finalmente, ¿por qué el deseo de vivir nos abate con tantos males, y por qué nos hacen temblar tan dudosos peligros? Ciertamente el fin de la existencia, para todos los mortales, ha de llegar, y no es posible evadirse de él ni evitarlo; hay que morir.

Sabemos además que aquí, donde siempre hemos residido, ningún completo goce hemos de tener, aunque se prolongara nuestra existencia, porque siempre nos ha de parecer mejor que lo presente aquello que no tenemos, y después que lo hubiéramos conseguido con el mismo afán desearíamos otra cosa; de este modo, siempre nos ha de abrasar la misma sed de prolongar la vida, y nunca dispondremos de un solo instante en que deje de preocuparnos la suerte futura y el destino que en lo por venir nos aguarda.

Y, por último, no ha de pensarse que la duración de la eternidad sea menor cuanto más vivamos; aunque lográsemos aumentar el número de los días de nuestra existencia, y aunque pudiéramos vivir muchos siglos, siempre nos esperará eterna muerte. Aquél que hoy mismo haya alcanzado el término de su vida, no estará muerto menos tiempo que los que sucumbieron hace ya muchos meses y muchos años.

LIBRO CUARTO

1. _Avia Pieridum peragro loca, nullius antè..._

Voy á elevarme á las cimas del Parnaso, y á recorrer campos hasta ahora no hollados por ninguna planta; iré á beber grato licor de fuentes vírgenes, y me apresuraré á coger desconocidas flores, con las que tejeré para mi cabeza corona insigne mejor que todas las que hasta hoy las Musas han concedido; primeramente, porque enseño altas verdades, é intento romper la dura esclavitud con que las religiones han abatido los ánimos, y, además, porque suavizaré un estudio árido con las gracias de la poesía, que convierte en agradable cualquier asunto obscuro; así obraré conforme á razón. De igual modo que los médicos, al propinar á los niños amarga medicina, untan de sabrosa miel los bordes de la copa en que la administran, á fin de que, inexpertos y atraídos por la dulzura que gustan sus labios, sin recelo beban el licor amargo y deban la vida á traición agradable, así yo, ahora que he de explicar asuntos ásperos y desabridos para los que no están acostumbrados á ellos, y fastidiosos para el vulgo, quiero exponerte mi doctrina en el ameno lenguaje de las Piéredes, y con acento de dulce harmonía, para que, al buscar recreo en la lectura de mis versos, adquieras conocimiento de las leyes de la vida y del orden universal[42].

[42] Repetición de los versos 933 á 957 del canto primero.

26. _Sed quoniam docui, cunctarum exordia rerum..._

Ya he considerado los principios elementales de las cosas y las diferentes formas que afectan, los movimientos á que se hallan sujetos eternamente los cuerpos simples por su propia condición y la manera como de ellos pueden ser creados todos los seres, y, por último, la naturaleza del alma, síntesis de las fuerzas que al cuerpo animan, y la reversión de ésta á sus primeros principios, cuando se disgrega de un cuerpo cuya vida sensible había constituido. Ahora deseo comunicarte algunas otras ideas pertinentes á los mismos temas, y para hacerlo con fruto debo empezar por decirte que hay algunas entidades, á las que vamos á dar el nombre de simulacros de las cosas, las cuales son como unas membranas que rodean á todos los cuerpos, cada cual á aquel de que procede, en forma de emanaciones vaporosas que lo circundan, que vuelan hacia uno y otro lado á impulso de las auras, y que, unas veces, cuando estamos despiertos, se nos ofrecen con terrorífica apariencia, y otras, cuando el sueño nos abate, se nos muestran con figuras horribles, de tal manera, que en la obscuridad nos producen terror y cierta soporífera languidez, y dan ocasión para que algunos entiendan que los simulacros son almas escapadas del Aqueronte, ó sombras de los difuntos errantes entre los vivos, ó restos que después de la muerte de cada individuo permanecen entre nosotros; como si el cuerpo y el alma no perecieran juntos y no se resolvieran en los elementos que los constituían.

Digo, pues, que los simulacros, tenues membranas producidas por desprendimientos de la totalidad del cuerpo de los seres, forman una especie de substancia cortical, libre, aérea, que reproduce con exactitud la imagen ó efigie de los cuerpos de que se derivan[43].

[43] Pensaba Epicuro que de los cuerpos surge un tejido imperceptible, que es elemento de los dioses, origen de nuestras ideas y causa de la visión: el filósofo griego dió á esas emanaciones los nombres de εἴδωλα y τύποι. Lucrecio las llama _simulacra_, _effigies_, _imagenes_.

51. _Id licet hinc quamvis hebeti cognoscere corde._

Esta explicación es fácil de entender aun para aquellos que tengan rudo ingenio, porque todos pueden ver y sentir á cada momento densas emanaciones de algunos cuerpos difundidas en el aire, como el humo que de la leña se desprende y el calor que se origina del fuego; pero todavía existen otras de contextura más condensada y viva, como la túnica de abrigo que la cigarra suelta en la estación ardiente, las membranas que los novillos de su cuerpo despiden al nacer y el vestido que lúbrica serpiente deja entre los espinos á merced del viento. Esas observaciones demuestran que de las superficies de los cuerpos emanan propias sutiles imágenes, las cuales unas por condensación de sus moléculas componentes se hacen ostensibles, mientras que otras, por disgregación de estas mismas, no adquieren apariencias fenomenales; permiten asegurar los hechos estudiados que esas partes desprendidas de la superficie de todos los objetos en cierto modo conservan la forma de sus cuerpos generadores, de los cuales más se apartan á medida que más obstáculos se les oponen en el momento de su aparición.

Porque no solamente de lo interior de los seres se exhalan esos corpúsculos sino también de lo exterior, como antes he dicho y como podemos comprobar con los colores: las colgaduras amarillas, rojas ó moradas que ondean pendientes de las vigas de los teatros tiñen de su color la escena, las decoraciones, á los senadores, á las matronas y las estatuas de los dioses; y cuanto más se evita que en el teatro penetre la plena luz del día, más encantos ofrece á la vista el reflejo movedizo de los colores[44]. Si éstos se desprenden, como creemos notar, de la superficie de los paños, también habrá otros cuerpos que de igual modo emitan sus propias imágenes, pero muy sutiles y finísimas, tanto que sean imperceptibles para nuestra vista, aunque ofrezcan fieles vestigios de los cuerpos que las hayan producido.

[44] Tres clases de colgaduras usaban los romanos en los teatros: cortinas, tapices y paños; éstos servían para proteger de los rayos del Sol á los espectadores.

88. _Præterea, omnis odos, fumus, vapor, atque aliæ res..._

Los olores, el humo, el calor, y otras emanaciones similares á éstas, se difunden fácilmente en el aire porque tienen su origen en lo interior de los cuerpos, y al salir de éstos hallan obstáculos que los obligan á separarse de la línea recta y á esparcirse por donde logran abrirse camino; pero la tenue película de los colores, puede, al extenderse, conservar la misma forma que tiene en los cuerpos de que procede, porque, de lo exterior surgida, nada se le opone para que siga la dirección recta.

Los simulacros se muestran en los espejos, en el agua, en las superficies pulimentadas; y pues tienen la misma apariencia de los seres que representan, han de ser imágenes de estos mismos. Es indudable que los cuerpos sensibles de fáciles emanaciones se reflejarán mejor que aquellos otros de moléculas muy tenues cuyo poder para manifestarse ha de ser muy escaso.

Cuerpos hay, no obstante, que nos dan sus imágenes muy disipadas, y, por lo extendidas, invisibles; pero si las emanaciones que repetidamente exhalan chocan en un espejo, se recogen, se reunen, se reflejan y se hacen perceptibles para el sentido de la vista: por esta causa los espejos representan fielmente la figura de las cosas que tienen delante.

Ahora debes considerar cuán delicadas y sutiles han de ser las imágenes de cuerpos que existen sumamente pequeños, tanto que la vista más perspicaz apenas distinguirlos consigue. Con este motivo voy á confirmarte en pocas palabras lo que ya sabemos acerca de la tenuidad de los primeros principios de las cosas.

113. _Primum animalia sunt jam partim tantula, eorum..._

Animales hay tan pequeños que son como la tercera parte del tamaño que tienen los cuerpos más diminutos que puede la vista dominar. ¿Cómo calcularemos el volumen de los intestinos de esos animales? ¿Cómo será el tejido muscular de su corazón? ¿Cómo sus ojos, sus miembros, sus articulaciones? ¡Qué pequeñez! ¿Y podremos concebir la sutileza de los elementos que componen su ánimo y su alma? ¿Podrás imaginar algo más pequeño y más delicado?

La panace, el amargo ajenjo, el suave abrótano y la triste centáurea exhalan penetrante olor, significativo de los simulacros que de esas plantas brotan y luego vuelan de muchos modos, aunque sin energía para hacerse perceptibles á la vista; pero nadie podrá apreciar la relación que existe entre el tamaño de las moléculas componentes de esas emanaciones y el de los cuerpos de que se han producido.

Pero no pienses que en el aire vagan solamente los simulacros que de los cuerpos se desvían; hay también otros que se forman espontáneamente y residen en ese cielo, que es llamado aire, en el cual afectan distintas figuras y no cesan de moverse de muchos modos: son los que forman las nubes que crecen y cambian de apariencias en el cielo, cuya extensión visible muchas veces cubren; en unas ocasiones parecen gigantes que vuelan y poco á poco extienden la obscuridad por todas partes; en otras semejan grandes montes, que de la tierra se desprenden para acompañar al Sol en su curso; y algunas veces se muestran con la forma de bestia feroz, que guía y distribuye las nubes.

140. _Nunc ea quam facili, et celeri ratione genantur..._

¡Con cuánta facilidad los simulacros de esa clase emanan continuamente de las cosas, y con cuánta rapidez se desvanecen! Unos penetran en cuerpos de condiciones análogas al paño; otros son detenidos por objetos como la madera y las piedras, incapaces para reflejarlos; pero otros simulacros emitidos por seres colocados frente á un espejo ó cuerpo diáfano, lúcido y compacto, si bien no entran en éste como en el paño, tampoco se desvanecen como si estuvieran en presencia de cuerpos opacos y antes de ser reproducidos en imagen, por virtud del fenómeno de la reflexión. Tan pronto como un cuerpo se halla enfrente de una superficie pulimentada, en ésta aparece la efigie de aquél; este hecho, repetido muchas veces, te demostrará que de los objetos se derivan tenues figuras de textura tenue. Luego los simulacros se producen con rapidez incomparable.

Y así como la luz solar en breve tiempo se propaga en el espacio mediante emanaciones innumerables, de igual modo es preciso que los simulacros se emitan incesantemente en todas direcciones para que sea posible que en cualquier sitio donde se coloque un espejo, éste reproduzca la imagen de las cosas que se le presentan, con su forma peculiar y con su propio color.

En ocasiones, cuando el cielo está claro y limpio, de repente la obscuridad reemplaza á la luz, como si todas las imaginadas tinieblas del infierno se hubieran precipitado para ocupar las cavidades celestes; todo lo envuelve noche tempestuosa; ruidos procedentes de las alturas llenan de pavor á los mortales. Pues bien; nadie podrá explicar la relación exacta que exista entre la imagen que se nos muestra y el cuerpo que produce el fenómeno que absortos contemplamos.

211. _Quare etiam atque etiam mitti hæc fateare necesse est..._

Preciso es declarar con insistencia que esas emanaciones, al ponerse en contacto con nuestros ojos excitan el fenómeno de la visión[45]. Constantemente de ciertos cuerpos se desprenden olores, como de los fluidos surge frío, del Sol calor y de los mares sal que socava los edificios situados en las playas: por el aire vagan siempre muchos sonidos; cuando paseamos por las orillas del mar notamos el gusto á salobre que nos impresiona débilmente; cuando asistimos á la preparación del absintio paladeamos el amargor de esa planta perenne. Luego es indudable que de todos los cuerpos se desprenden mínimas partes que se diseminan por el espacio; no permanecen en reposo, ni pueden ser detenidas en su curso; por su medio experimentamos continuas sensaciones, y en todo caso podemos ver, oir y oler.

[45] Parece que hay contradicción entre lo que ahora sostiene Lucrecio y lo que expuso en los versos contenidos en los números 739 al 852 del canto segundo; pero debe tenerse en cuenta que, según Epicuro, cuya doctrina siguió Lucrecio, para que se efectue el fenómeno de la visión se necesita la concurrencia de dos clases de emanaciones, una procedente de todos los cuerpos y otra de la luz que se mezcla con la anterior.

Además, si en la obscuridad reconocemos por el tacto un cuerpo que antes hubiéramos visto á la luz, deben ser muy semejantes las causas inmediatas del tacto y de la visión; por igual motivo, si en las tinieblas tocamos un objeto de figura cuadrangular y de él adquirimos idea, ¿lo podremos confundir á la luz con otro de distinta forma? Luego la principal causa para la visión la dan las mismas imágenes, sin las cuales no podríamos tener representaciones de las cosas.

234. _Nunc ea, quæ dico, rerum Simulacra, feruntur..._

Los simulacros de que ahora hablo se emiten de todos los cuerpos y se dispersan por todas partes; y como los ojos no nos sirven más que para ver, cualquiera cosa á la cual los convertimos solamente nos da la imagen de su propio color y de su propia forma, único medio de conocer los cuerpos á distancia, pues tocan á nuestros ojos las emanaciones que los cuerpos exhalan y de las cuales se llena el espacio: la corriente de esas emanaciones circula por el aire, se desliza junto á los órganos visuales, roza levemente la pupila y sigue su curso. También de ese modo conocemos las distancias que nos separan de las cosas; porque á medida que es mayor la masa de aire movida por las emanaciones al tocar nuestros ojos, más velozmente se aleja y más distante se nos figura el objeto que miramos. Ese movimiento es sumamente rápido, y por esta razón simultáneamente formamos juicio de las cosas y de las distancias á que se encuentran.

Y no debe producir extrañeza el hecho de que los simulacros, si bien formados por pequeñísimas partes invisibles afecten el órgano de la visión y nos permitan percibir las cosas: también sentimos el aire frío, no por la influencia de cada una de sus moléculas componentes, sino por el efecto que nos comunica la totalidad del fluido aéreo. Parecida impresión recibimos por el contacto con cualquier otro cuerpo: si ponemos un dedo sobre una piedra tocaremos de ella un punto de la superficie colorada; pero la representación que en el acto nos formemos será correspondiente á la cualidad y dureza de toda la piedra.

264. _Nunc age, cur ultra speculum videatur Imago..._

Ahora considera por qué motivo en el espejo se ve la imagen de las cosas, y por qué parece reflejada á cierta distancia de aquél: ese fenómeno obedece á la misma causa que nos hace ver á lo lejos desde lo interior de la casa, cuya puerta esté abierta, los objetos que se hallan fuera, aunque fronteros. Dos corrientes de aire hieren la vista; se extiende una entre la puerta y el observador, y conduce á los ojos de éste la imagen de la puerta y la de las cosas que se hallan á los dos lados de esta última; la otra que impresiona en segundo lugar, y es procedente de fuera, guía las imágenes de los objetos exteriores. Lo mismo se nota en el espejo, cuya imagen viene á nosotros conducida por el aire existente en el espacio que media entre él y nuestros ojos. Así la vemos de seguida, lo primero; y después, en segundo término, cuando la vista puede fijarse en el espejo, percibimos en él reflejada nuestra propia imagen, que otra corriente de aire nos trae. Queda así explicada la causa que nos hace ver la imagen á cierta distancia del espejo. Dos corrientes de aire, una después de otra, producen este resultado.

Todas las cosas que están á nuestra derecha, en el espejo se ven á la izquierda, porque la imagen del cuerpo que de frente se halla ante el metal bruñido, también de frente se refleja, y, por tanto, en posición cambiada. Igualmente, si en una mascarilla de greda aplicas barro humedecido y lo aprietas fuertemente, obtendrás una figura, en la cual, además de aparecer las partes salientes como entrantes, notarás que el ojo derecho se muestra como izquierdo, y el izquierdo como derecho.

Sucede también que la imagen transmitida por unos espejos á otros, cinco ó seis veces se reproduce. Todo lo que detrás de ti queda, ó debajo ó á los lados, aun cuando se halle muy distante, lo puedes ver reflejado varias veces en los espejos con que adornas tu casa; cada uno copia la imagen proyectada en otro, y si uno la presenta hacia tu derecha, otro la da á la izquierda, y en un tercero la verás restituida á su primera posición.

No obstante lo dicho, las imágenes aparecen iguales en un espejo compuesto de varias facetas; al mismo lado ofrecen todas la parte correspondiente á nuestra mano derecha; pero también sucede que las imágenes reflejadas se encuentren, se junten y den otra en la forma primitiva, ya porque la simetría se deshaga por la conjunción de unas y otras, ó ya porque la figura se cambie al convertirse para nosotros.

Los simulacros avanzan y se alejan con nosotros, é imitan nuestros movimientos; pero si nos retiramos definitivamente del sitio en que se halle el espejo, éste deja de dar nuestra efigie. Es ley de la Naturaleza, en todo caso, que la imagen recibida en el espejo sea igual á la reflejada.

319. _Splendida porrò oculi fugitant, vitantque tueri._

La presencia de cuerpos brillantes ofende á los ojos, los cuales procuran evitarla; el Sol ciega á aquel que lo mira de frente, porque sus rayos son intensos y porque los simulacros que emite con rapidez atraviesan las distancias, y con sus fulgores lesionan los ojos y trastornan el aparato visual; una claridad viva contiene moléculas de fuego, y como éste, quema los ojos al penetrar en ellos.

Los ictéricos ven todas las cosas teñidas con el color amarillo, como si de su organismo dimanaran partículas de aquel color, las cuales se mezclaran con los simulacros, ó bien porque sus ojos están saturados de moléculas de esa coloración é impresionan las imágenes que se les aproximan.

Desde un sitio obscuro vemos los objetos que se encuentran rodeados por la luz, porque si bien las sombras que se hallan próximas á los ojos invaden á éstos, son inmediatamente rechazadas por los rayos luminosos que también penetran en los órganos de la vista, y por su acción enérgica, viva y veloz, disipan las tinieblas; cuando todas las partes de los ojos que habían sido ocupadas por la obscuridad quedan iluminadas, los simulacros de los cuerpos que están en la luz se introducen en ellas y se efectúa el fenómeno de la visión. Por lo contrario, desde un sitio bañado por la claridad no se puede ver lo que haya en un próximo lugar obscuro, porque las sombras, al llegar en segundo término, obstruyen los órganos de la visión y no dejan que pasen los simulacros emanados por los cuerpos.

348. _Quadratasque procul turres cùm cernimus urbis..._

Muchas veces desde lejos contemplamos las cuadradas torres de las ciudades, y se nos figura que son redondas, porque los ángulos rectos de sus lados contiguos se nos representan como obtusos, ó bien porque se desvanecen á nuestra vista y no los podemos precisar: á proporción que aumentan las distancias los simulacros pierden poco á poco su forma por el choque de los cuerpos que flotan en el aire; y cuando el ángulo degenera lentamente á nuestra vista, nos imaginamos ver el volumen de un cilindro de piedra, no perfecto, sino algo desvanecido y confuso.

Parece que nuestra sombra se mueve en el Sol, imita nuestros movimientos y sigue nuestros pasos, como si fuera posible que el aire, de luz privado, tuviese idoneidad para repetir los actos de los hombres y copiar sus gestos, ya que nada más que aire envuelto en la obscuridad es lo que llamamos sombra: falta el Sol en algunos puntos de la Tierra porque nuestros cuerpos impiden el libre acceso de los rayos del astro luminoso; pero cuando el obstáculo se retira, el Sol luce y por ese motivo creemos que la sombra nos acompaña siempre. Constantemente se dispersan los haces luminosos que se forman sin cesar, como se encogen y consumen los hilos de lana que sucesivamente se arrojan al fuego. Es fácil de explicar, pues, que la Tierra pierda la luz y que al recobrarla desvanezca las negras sombras que la hubieran envuelto.

No concedemos que los ojos se engañen: propio de ellos es distinguir si hay luz ú obscuridad y en qué sitio; pero incumbe á la razón el discernir si la sombra que vemos en un lugar es la misma que estuvo en otra parte, ó si es diferente, como he dicho antes de ahora: los ojos no pueden conocer la Naturaleza de las cosas: no atribuyas, por tanto, á los ojos defectos propios del ánimo.

382. _Qua vehimur navi, fertur, cùm stare videtur..._

Nos parece que está inmóvil el barco en que navegamos, y se nos figura que marchan cosas que están fijas: cuando con velas hinchadas la nave que nos conduce hiende las ondas y nos transporta velozmente, creemos que huyen de nosotros los campos y las colinas: las estrellas se nos muestran como estacionadas en la bóveda etérea, aunque siempre están en movimiento y aparecen en un lado para ir á perderse en el opuesto después de haber lucido su brillante masa en los espacios siderales: de igual manera creemos ver en reposo el Sol y la Luna, aunque la razón nos dice que se mueven: desde el mar se observa, como si formaran una sola isla que brotase de las aguas, varias montañas entre cuyas gargantas podría maniobrar numerosa flota: los niños, después de dar muchas vueltas creen al pararse que la casa anda con movimiento de rotación, y que giran las columnas de la sala en que juegan, y aun temen que el edificio se desplome sobre ellos.

Cuando en cumplimiento de las leyes de la Naturaleza el Sol comienza á dirigir sus trémulos rayos por encima de las montañas, y crees ver que el rojo disco reposa en ellas y con su manto de fuego las toca, repara que esos montes no distan de nosotros dos mil tiros de saeta, y muchas veces ni aun quinientos; entre esas montañas y el Sol median muchos mares que tienen por cubierta el cielo, é innumerables tierras ocupadas por diversas clases de gentes y muchas especies de fieras. En un charco de agua de muy escasa profundidad, formado entre las piedras de la calle, parece que se ven un cielo abierto, nubes aglomeradas, un profundo abismo y muchos cuerpos escondidos bajo la tierra.

416. _Denique ubi in medio nobis equus acer obhæsit..._

Cuando en medio de un río que pasamos por un vado se detiene el caballo que montamos y dirigimos la vista hacia las aguas, nos parece que el cuadrúpedo, aunque inmóvil, es llevado contra la corriente; y si á cualquiera otra parte convertimos la mirada creeremos que todos los objetos son arrastrados de igual manera.

Si contemplamos un pórtico de columnas paralelas é iguales, de modo que nuestra vista domine toda su extensión en sus dimensiones de longitud y latitud, notaremos que las columnas parecen juntarse cada vez más; que se estrecha el espacio que las separa; que el techo se aproxima al suelo; que los dos lados se tocan; y por último, veremos una capacidad confusa de forma cónica: los navegantes, que no ven más que cielo y agua, piensan que el Sol nace en las ondas y que en ellas oculta su fulgor. No creas, temerario, por estos hechos que los sentidos engañen.