Nacha Regules: Novela

Part 9

Chapter 94,077 wordsPublic domain

Mientras tanto, Nacha vivía del dinero que le entregaron por algunas alhajas. Se arrepentía no haber aceptado la suma que quiso darle Arnedo. Al fin y al cabo, ¿no era ella una... mujer perdida? ¿Qué tantos escrúpulos para aceptar un dinero, ella, que vendía su cuerpo por dinero? Mademoiselle había exigido el pago adelantado de la pensión, de modo que tuvo que desprenderse de una pequeña alhaja el mismo día que se instaló. Quedábanle otras, pero tan modestas, que no le darían ni para vivir un mes.

Al salir para siempre de la casa de Arnedo no tuvo la intención de ser honrada. Convencida de que su destino era ser una mala mujer, tenía resuelto volver de nuevo a la vida. Pero ahora, dos cosas la detenían: el recuerdo de Monsalvat, y mademoiselle. Mientras viviese en aquella casa jamás incurriría en una falta grave; sería cometer una deslealtad para con mademoiselle. La virtud de la francesa la tenía impresionada, y le había hecho admirar la Virtud. Encontraba un gran encanto, una verdadera tranquilidad en vivir honestamente. No era la ausencia de remordimientos lo que más le atraía, sino la pureza en sí misma.

Pero más fuerte que todo esto, mucho más fuerte, era el recuerdo de Monsalvat. Ella lo había arrojado de la casa, hasta creía haberlo injuriado. Pero él la había vencido, dejándole una marca para siempre, inyectándole algunos conceptos y argumentos fundamentales que ella jamás olvidaría. Con amor o sin amor hacia aquel hombre, el hecho era que no pasaba un cuarto de hora que no pensase en él, y que este recuerdo, mientras permaneciese en su espíritu, le impediría recomenzar "la vida". Si alguna vez, llevada no por exigencias de dinero sino fisiológicas o simplemente por hábito del vicio, pensó en caer de nuevo, inmediatamente la imagen de Monsalvat se le presentó a sus ojos, tiránica y a la vez bondadosa, conminándola a abandonar la tentación.

Transcurrió así un mes y medio. Nacha vivía en el aburrimiento y en la más absoluta inacción. Se levantaba a las once, almorzaba con los demás huéspedes, pasaba la tarde recostada en un sillón, pensando, leyendo, o dejando vagar a su imaginación un tanto lenta, o en charla confidencial con mademoiselle. No salía casi nunca. A la noche, después de comer, jugaba a las cartas con algunos de los huéspedes y se acostaba muy tarde.

No quería visitar a sus amigas, temiendo que le devolviesen la visita y la comprometieran con mademoiselle. Y menos a sus antiguos amigos, que podrían ir a la casa con cualquier pretexto. Sólo deseaba salir para averiguar algo sobre Monsalvat. No tenía la menor idea sobre sus ocupaciones, sus amistades, su posición, los lugares que frecuentaba. Estaba segura de que al cabaret sólo había ido por excepción, casualmente quizás, y que, no teniendo esperanza de encontrarla a ella, no volvería jamás.

Con los pensionistas había hablado de él, pero no logró ningún dato porque ellos no lo conocían. Solamente uno dijo haber leído artículos suyos en el gran diario _La Patria_. Nacha habló por teléfono a _La Patria_, preguntando el domicilio de Monsalvat, pero le contestaron que lo ignoraban.

Uno de los pensionistas, que sospechó lo que era Nacha, le hizo el amor apenas habló con ella dos veces. Era un empleado de un banco, un sujeto meloso y pegajoso, feo, vulgar e insípido. La invitaba a pasear. Quería que fuese con él a Palermo, al cine, a algún teatro, a tomar el té en tal o cual parte. Nacha le manifestaba desprecio, pero el hombre insistía. Terminó por ofrecerle dinero, de pronto, a boca de jarro, una noche que conversaban en el balcón del cuarto de Nacha.

Las pocas noches que Nacha salió fué con mademoiselle. Una tarde la francesa se empeñó en llevarla a una reunión. Nacha, curiosa y deseando divertirse, aceptó. Fueron en carruaje a una casa de la calle Independencia, lejos del centro. En la puerta, Nacha leyó una pequeña placa puesta en la pared, donde debajo de un nombre había estas palabras: "Se enseña la felicidad". Dentro, en una sala de reducido tamaño, había varios bancos y sillas y unas cuantas personas. Un individuo idéntico a los tziganos de las orquestas, de pie, frente al auditorio, hablaba. En el instante de entrar, el individuo ordenó: "Cadena general". Nacha no pudo menos de reir, porque aquellas palabras le recordaban el baile llamado de lanceros. Mademoiselle la amonestó con una mirada seca y solemne. Los concurrentes, hombres y mujeres, apenas oyeron la voz de mando, se dieron todos de la mano y así permanecieron un instante hasta que el individuo, adoptando una actitud llena de unción, dijo que ya el espíritu había penetrado en él. Uno de los presentes hizo varias preguntas al espíritu y el hombre contestó a todas, en un tono quejumbroso, lánguido, como de ultratumba. Cuando terminaron las preguntas, Nacha, que estaba asustada al principio, quiso hablar con Riga para preguntarle qué debía hacer. Pero no se atrevió, además de que ya era tarde y el hombre dió por concluida la sesión.

Cuando volvieron a la casa no hablaron Nacha y mademoiselle sino de la reunión espiritista. Mademoiselle creía a pie juntillas en todo aquello. Y al mismo tiempo era católica, muy devota, y hasta amiga de unos Padres franceses que solían ir a la casa. Nacha preguntaba a mademoiselle si los espíritus lo sabían todo.

--Oh, _oui_, todo, todo... El pasado, el porvenir, lo que a usted le conviene, todo, todo...

--¿Mejor que las cartas, entonces? ¿Y que las adivinas?

--Oh, mucho mejor, _ma petite_. Las adivinas, ciertas veces, engañan. Pero los espíritus, usted sabe, _ma cherie_, no engañan _jamais_. ¿Cómo quiere que un espíritu engañe? _Oh, c'est pas possible, mon amour!_

Nacha solía recibir la visita de una mujer que le sacaba las cartas, una vez por semana. Pero eran tan vagas las respuestas que pensó consultar a la madre Antonia, la famosa adivina de Barracas. Ahora prefería hablar con Riga, mediante el profesor de felicidad. Sabía que el poeta no iba a engañarla, pues era bueno, sincero y la quiso siempre de veras. Sin embargo, en las otras dos o tres veces que fué a la reunión espiritista no se animó a invocar el espíritu de Riga. No fué por vergüenza o por pudor, sino porque temió que Riga se enojase y le reprochara duramente su vida.

Una mañana le ocurrió a Nacha con mademoisselle un incidente pintoresco.

Nacha solía entrar en la pieza de mademoiselle sin llamar. Pero siempre entró a la tarde, o a la noche, o en las altas horas de la mañana. Ocurrió que aquella mañana de octubre era domingo y Nacha, que había madrugado para ir a misa, quiso abrir la puerta de mademoisselle, que resistía como si estuviese atrancada con una silla. La francesa debió gritar: "no entre", pero Nacha, oyendo mal, empujó. Y apenas pisó el umbral dió un grito, y, cerrando la puerta bruscamente, huyó corriendo. Había visto a mademoisselle incorporada en la cama, con los ojos inyectados, y junto a ella dos tremendos bigotes que pretendían ocultarse.

--Oh, señorita Nashá, si usted supiera...--le dijo después mademoisselle, muerta de vergüenza, colorada, tartamudeando.

--No se preocupe mademoisselle. ¿Cómo cree que yo me voy a asombrar? Yo sé bien que una persona no puede vivir sin querer. Y menos una persona tan buena como usted.

--¡Oh, no, no! Usted es una santa, _ma petite_. Yo he cometido un pecado muy grave, muy grave.

Se afligía tanto que Nacha, para consolarla, le contó algunas cosas de su vida. No le dijo que había frecuentado las casas de citas, pero sí que tuvo muchos amantes. La francesa se iba consolando y a la vez poniéndose seria. Cuando Nacha terminó, dijo que tenía varios quehaceres y se fué.

Nacha creyó que su amistad con mademoisselle, después de lo ocurrido, sería más íntima que nunca. Una semana después, mademoisselle le pidió el pago del mes que le debía.

--Oh, señorita Nashá, no es por nada, usted sabe, pero las cosas andan mal. Los pensionistas... algunos... no pagan puntualmente.

--Yo le pido que espere un poquito, mademoisselle. Un mes no es nada para usted. Mire que estoy muy pobre. He vendido las pobrecitas alhajas que tenía. Buscaré un empleo, trabajaré... Pero no me apremie. Sí, sea buena, por favor...

Y le tomó una mano, cosa que mademoisselle solía antes hacer con ella, y que había hecho sin fin de veces aquel domingo cuando rogaba a su pupila para que no revelase a nadie el tremendo secreto que le sorprendiera. Mademoiselle retiró la mano con alguna sequedad y se levantó.

--No, no puedo esperar, señorita. Mañana me trae su pensión. No le cuesta nada ganarla. Usted tiene amigos muy... benévolos, que se la darán gustosamente. ¡Oh, gustosamente! _C'est ça._

Nacha enrojeció de vergüenza y de ira y contestó:

--Está bien. Mañana tendrá el importe de mi pensión.

Toda la noche la pasó Nacha llorando.

Una de las cosas que más le preocuparon fué la conducta de mademoisselle para con ella. La creyó una persona excelente, buena, cariñosa; y ahora veía que se había equivocado. La creyó una alma pura, sin defectos, y había sorprendido un secreto que estaba lejos de certificar su pureza. Pero si no era pura, ¿por qué afectaba serlo? Nacha se desesperaba. Había creído conocer la pureza de cerca, había imaginado que era cosa factible y bella la virtud, y ahora sabía lo que eran la pureza y la virtud.

--Porque mademoisselle--pensaba--, no sólo se dice pura sino que los demás también lo creen. Sí, lo creen, y la prueba es que tiene sacerdotes amigos que vienen a visitarla. Si no fuese tenida por santa, esos sacerdotes no vendrían, no serían sus amigos... Entonces, quiere decir que la virtud consiste en ocultar las cosas... Sí, así debe de ser. Y ahora me acuerdo de muchos señores considerados como personas respetabilísimas, que, en las casas de citas, me proponían... Claro, así es. La virtud no existe. Los virtuosos, los honestos, los puros son los que se ocultan, "los que se cuidan", como suele decirse.

Pero Nacha no lloraba por esto, aunque había tenido una inmensa desilusión. Lloraba porque sus esfuerzos por ser honrada, como ella decía, eran inútiles. Al día siguiente volvería a ser lo que fué. Y todo por culpa de mademoisselle, que, pura y de tan santos principios, la arrojaba en el mal tranquilamente y como pago de su discreción. Ya no dudaba de que el destino era cruel con ella, de que se había empeñado en que fuese una perdida. Y bueno: lo sería, ya que no había otro modo de vivir, ya que todos se lo ordenaban.

Al día siguiente, a las tres de la tarde, se vistió con su mejor vestido y--cosa que desde un mes y medio atrás no hacía--, se puso en la cara crema Simón y en los labios un poco de rojo. Elegante, voluptuosa, tentadora, salió a la calle y se dirigió en un coche al escritorio de un abogado amigo, de aquél íntimo de Torres que durante varios meses la protegiera.

--Cien pesos, nada menos--decía el abogado, moviendo la cabeza de arriba a abajo, con los labios apretados y el inferior alargado en una mueca de asombro.

--Para usted no es nada--argüía Nacha, intimidada por la frialdad del recibimiento.

--Es mucho m'hijita. ¡Cien patacones en estos tiempos! Te daré cincuenta... Es todo lo que puedo. ¡Tantos gastos! Mi mujer es muy gastadora, y después las niñeras, las amas, qué sé yo. ¡Un titeo! En fin, yo creo que con cincuenta del _páis_ se pueden hacer muchas cosas...

Nacha tomó los cincuenta pesos desilusionada, y dijo que se los devolvería. El abogado hizo un vasto gesto redondo sobre su cabeza, como diciendo que no pensara en ello y se ocupó en mirar a su visitante. Debió gustarle, porque se puso un poco nervioso. La miraba con los ojos brillantes, cuando ella se levantó para irse.

--¿Ya? Pero no nos podemos despedir así. Eso no, m'hijita. ¿Nunca te acordaste de mí, de aquellos tiempos?...

Nacha había ido a pedir dinero a este hombre porque lo creía el más desinteresado de sus amigos y tenía la esperanza de que por simple simpatía y amistad le prestase o le diese la suma que necesitaba. Y así cuando el abogado se le acercó, la abrazó y fué a cerrar la puerta con llave, ella tuvo un gran disgusto. Intentó defenderse, pedirle que la dejara, decirle que ahora quería ser honrada; pero pensó que no tenía derecho a nada de eso. ¿Qué era ella, sino una...? Además, ¿no le había dado dinero él? Entonces podía hacer lo que quisiera. Eso era lo lógico y lo humano.

Una hora después, medio llorosa y muy triste, entregó a mademoisselle los cincuenta pesos correspondientes a la primera quincena.

--Oh, pero aquí falta, señorita. ¿Y la otra quincena? _Pardon_, yo no puedo, absolutamente no puedo esperar.

--Unos días, dos o tres, nada más--dijo Nacha, con rabia, mirando agresivamente a mademoisselle.

--No, _pas possible_. Hoy estamos a catorce de octubre. Tiene su pensión pagada hasta mañana. Esperaré sólo hasta mañana.

Había pensado Nacha en recurrir a Torres, cuando al día siguiente, muy temprano, la sirvienta le dijo que uno de los Padres deseaba hablarla. Nacha fué a la salita. Allí el Padre la esperaba. Era un hombre redondo. Redonda la figura, la cabeza, la cara. Redondos los gestos, los gruesos y cortos dedos. Hablaba redondeando la pequeña boca. Nacha no salía de su asombro por aquella visita inimaginada.

--Sí, pues... es el caso... que... mademoisselle...

El Padre, de pie, parecía meditar en el modo de salir del paso. Miraba al suelo y tenía una mano derecha sobre la boca, retirándola sólo para hacer un molinete en el aire con los dedos o una ligera castañuela.

--Usted sabe bien lo que es mademoisselle. ¡Una señorita tan austera, tan perfecta! Sus padres, desgraciadamente, no habían recibido la Luz, eran protestantes. Pero buenas personas, gentes muy virtuosas, a pesar de todo, que temían a Dios... La Providencia había velado por mademoisselle. Usted sabe que sus padres murieron y que la recogió una tía, muy buena católica, y que en casa de esta santa señora _devino_ católica...

Nacha miraba con asombro al Padre, sin saber a dónde iría a terminar todo aquello. El Padre tenía actitudes pilluelescas, y a veces daba tales saltitos que parecía que le hiciesen cosquillas. A lo mejor, no encontrando una palabra, se detenía, levantaba los ojos al cielo, los bajaba, hacía un molinete complicado, luego una castañuela y un pequeño salto cambiando la colocación de las piernas, como en un cuadro de baile. Pero ni por ésas aparecía la palabra, y el buen Padre debía hacer un rodeo que resultaba a Nacha interminable.

--Y bueno, usted sabe, comprende que... En fin, señorita, me parece que su vida no ha sido... ¿cómo diré?... precisamente... ejemplar... No sé si me explico... Y usted sabe, comprende, que en esta casa, donde... donde... ¿cómo diré?...

Aquí una castañuela, un blanqueo de los ojos y un par de movimientos de costado. Preparaba un magnífico molinete cuando la palabra buscada apareció, y radiante, feliz, exclamó:

--Donde... resplandece... precisamente... resplandece la más acrisolada virtud... usted, con su vida, con sus costumbres, no... no... es decir... en fin, que no conviene que permanezca aquí...

--En una palabra: me echa de la casa--dijo Nacha, roja de indignación.

--Oh, precisamente, echarla... usted sabe... usted comprende...

--Está bien, Padre. Hoy mismo me iré. Y hágame el favor de dejarme sola.

El Padre le hizo una gentil y redonda reverencia, y salió. Pero apenas había puesto los pies en el corredor, volvió, oyendo que Nacha le llamaba.

--¿Alguna cosa...?

Nacha había pensado decirle quién era la virtuosa mademoisselle y las exactas noticias que ella tenía sobre su "acrisolada" pureza. ¡Cómo iba a gozar viendo la cara del Padre Chatelain al oir evocar la escena del dormitorio! Ahora se vengaría de aquella mujer perversa, hipócrita, canallesca hasta ser repugnante.

--¿Y bien, señorita? Yo estoy esperando...

Pero Nacha se entristeció de pronto y pensó que las miserias de la vieja maldita no justificaban su venganza. No sería mala por nada de este mundo. Que la echara a la calle la francesa, que contase a los Padres cuanto ella le contó en secreto para consolarla, que la injuriase, que hiciera con ella lo que quisiese, jamás revelaría a nadie lo que prometió callar.

--No es nada, Padre. Déjeme sola, no más...

Apenas el sacerdote desapareció, la infeliz se arrojó sobre una silla. Y con el cuerpo doblado hacia adelante, las manos en la cara y los ojos estupefactos, permaneció casi un cuarto de hora. Después suspiró hondamente, sacudió la cabeza con violencia como para alejar algún pensamiento triste, y exclamó:

--¡Es mi destino!

Luego se vistió poniéndose el mismo vestido que el día antes y salió a la calle. Detuvo un automóvil que pasaba y le dió la dirección de una casa de huéspedes de la calle Lavalle, donde vivían muchachas de mala vida.

XI

La casa de madame Annette, situada frente a una plaza, era lo más aristocrático que Buenos Aires poseía en el género. Allí acudían los millonarios, los grandes políticos, los nombres de más alta alcurnia social. A veces se encontró medio ministerio, aunque no reunido en consejo sino disperso en diferentes sitios de la casa. Y era voz pública que cuando en la cámara de diputados no había quórum, solía telefonearse a aquella distinguida mansión y que jamás esta medida poco reglamentaria dejó de producir el más brillante resultado. Desde la entrada, no se respiraba allí sino lujo: sedas, bordados, dorados, muebles elegantes, ricas alfombras, espesos cortinados. Un persistente olor a agua de rosa circulaba por los cuartos, cerrados, misteriosos, invitando a los más dulces coloquios.

Nacha esperaba en una pequeña salita interior, en compañía de una desconocida. Madame había salido para recibir a un visitante. De pronto apareció en el umbral una figura que era familiar a Nacha. Al verse, las dos mujeres se saludaron y se besaron.

--Pero vos aquí... ¿Cómo? ¿No te casaste?--decía Nacha, un poco avergonzada por Amelia, y en voz baja para que no oyese la desconocida.

--Sí, me casé, ché... Pero, ¿qué querés? ¡Así es la vida!

Hablaba a gritos, riendo y con una desfachatez sin igual. Movía con voluptuosidad su cuerpo de serpiente y accionaba sin cesar con sus largos brazos un poco delgados. Olía fuertemente a violeta y vestía de un modo algo fantástico y exuberante pero no desprovisto de elegancia.

--No me hagás cargos. Escucháme un poco, hija. Te prevengo que me casé dispuesta a ser honrada... No te exagero. El diablo harto de carne dirás... ¡Pero si vieras qué nene era mi marido! ¡Un horror! Siendo soltero, trabajaba. En un bazar. Pero después de casarse dejó el empleo y pretendió vivir a mi costa. Quería que yo fuese la de antes. Y vas a ver... Entonces, yo le dije: "Eso no, ché. Yo seré una tal por cual, pero, ¿darte de comer a vos? ¡En la vida, hijito!" Lo eché, vas a ver... Y entonces, volví a la vida. Y aquí me tenés... ¿Cómo me encontrás? ¿No me voy poniendo vieja, ché?

--Espléndida, Amelia. Más elegante que nunca. ¡Qué cuerpo!

--De primo cartello, ¿verdad? Pero aquí, esto no se aprecia. Nada más que vejestorios. ¡Un horror! Y a mí que tanto me gusta la juventud, la fuerza, el entusiasmo, el... ¿Te acordás de cuando era anarquista, de cuando decía que era preciso vivir la vida? ¡Qué tiempos aquéllos, Nacha! Ésos eran los buenos tiempos.

--Y ahora, ¿ya no sos anarquista?

--¿Yo? Pero estás loca, m'hija. Esas son pavadas. Mirá: yo he acabado por convencerme de que nosotras, las mujeres de la vida, somos una de las más sólidas columnas de la sociedad...

Había dicho esta última frase declamatoriamente, con intención sarcástica. Luego, ante el asombro de Nacha, se puso a reir, inclinándose muellemente hacia un lado, con sensual _nonchalance_.

Interrumpió el diálogo la llegada de madame. Al ver a Amelia, la francesa la saludó con adulonería y la llamó aparte. Las dos salieron inmediatamente. La desconocida miró a Nacha con intención de hablarla. Pero Nacha estaba absorta, pensando en las extrañas causas que llevan a la perdición a una mujer. Amelia era pura franqueza y si dijo que se casó en el deseo de volverse honrada, así debía de ser. Y he ahí que el marido, a quien ella, por honestidad, refiriera toda su vida, la arrojaba otra vez en el vicio, ahora para siempre.

La entrada de una chica la interrumpió en sus pensamientos. Nacha miró con encanto y a la vez con estupor a la deliciosa personita; una niña graciosa, bella, con aire de ingenuidad. Como Nacha no le quitase los ojos y quisiese como sonreirle, la chica le dijo, sencillamente:

--¿Cómo se llama usted? ¡Qué buena parece!

--No soy buena, pero quisiera serlo.

La chica sentóse al lado de Nacha y hablaron las dos con mutua simpatía. Nacha se enteró con verdadero disgusto que la recién llegada tenía diez y siete años apenas. Y como era bajita, muy delgada, frágil, y tenía aquel aspecto ingenuo, representaba menos aún: catorce o quince años. Nacha pensaba con horror en el crimen infame que significaba dejar que se perdiese una criatura así. ¿No sabrían los padres? Y madame Annette, ¿cómo aceptaba recibirla? Y los hombres que la conocían, esos respetables señores tan amigos de madame, ¿era posible que no tuviesen una palabra de protesta, de indignación o siquiera de lástima? ¡Ah, ella no comprendía el mundo! A ella y a todas las mujeres como ella el mundo las despreciaba, las injuriaba, les arrojaba todos los delitos y todas las miserias, y sin embargo ella se apiadaba de una criatura como la que tenía a su lado, y conocía muchas mujeres de su clase que nunca hubieran permitido un crimen semejante. Nacha quería preguntar a la chica algo importante, pero no se animaba. Sobre todo la presencia de la otra mujer la cohibía.

--Pero decíme--susurró Nacha dando a su voz un tono confidencial y tomando una mano de su reciente amiga:--¿Por qué...? ¿Cómo es que...?

La chica levantó hacia Nacha sus grandes ojos claros e ingenuos, interrogándola.

--¿Por qué venís a esta casa?--terminó Nacha ruborizándose de su curiosidad.

La chica puso una encantadora carita de pena, y alzando otra vez los ojos hacia Nacha, y mirándola con franqueza, le contestó naturalmente, sin asomo de reproche hacia nadie ni de malicia:

--Me manda mi tía.

--¿Y hace mucho que hacés esta vida?

--Dos meses.

--Y antes, ¿tuviste un novio, verdad? Te engañó, te deshonró...

--No, nunca tuve un novio. Mi tía me obligó a venir...

--¡Pero es posible! ¿De modo que aquí conociste el primer hombre?

--Aquí, sí...

Nacha se quiso morir. Enrojeció de indignación. La chica le contó su breve historia. Sus padres eran españoles y vivían pobremente en La Coruña. Hacía como ocho años llegó una hermana de la madre a aquella ciudad; una señora rica, dueña de una tienda en Buenos Aires. La chica tenía diez hermanos y la tía propuso a los padres llevársela a Buenos Aires, donde iba a prosperar; y los padres, naturalmente, aceptaron. La tía fué muy buena para con la criatura, pero la tienda marchaba cada vez peor hasta que vino la quiebra. Entonces, la mujer llamó un día a la sobrinita, y diciéndole que estaban muy pobres y que necesitaba su ayuda, le prometió mandarla a una casa donde ganaría dinero con muy poco trabajo.

--No teníamos ni qué comer--continúo la chica. ¡Qué iba a hacer mi tía! Yo no sabía de qué se trataba y vine. Pero al volver a casa le dije a mi tía, llorando, que esa casa no era seria, y le conté lo que había pasado. Mi tía me rogó que me conformara y me pidió que hiciese su voluntad, asegurándome que ella era la responsable de todo. Pero a mí... no sé... no me pareció bien todo eso. Yo pensaba que debía ser una cosa mala lo que hacía. Pero ella me convencía de que no. Según mi tía, todas las mujeres tenemos que ser así. ¿Será verdad? ¿Qué le parece a usted?

Nacha, acongojada, no sabía qué contestarle.

--Y yo, ¿haré mal? ¿Qué le parece?

Madame Annette entró de nuevo y se llevó a la chica. Nacha se levantó y quiso ir hacia madame, pero al pisar el umbral del cuarto vecino vió un hombre y se detuvo. Volvióse entonces a la desconocida, y que hasta ese instante le fuera antipática, para exclamar: