Part 3
--¿Cómo se llama ella? ¿Quién es?--interrumpió Monsalvat, disgustado de oir aquellas cosas, temiendo que su amigo continuase refiriendo monstruosidades en las que él no podía creer, no quería creer.
--Su nombre de guerra es Lila, y se llama Ignacia Regules. Nacha Regules le dicen. La madre tenía una pensión de estudiantes, que todavía existe. Yo la conozco a la madre, porque una vez...
--Cuénteme de Nacha, mejor.
--Ah, quiere saber su historia, ¿eh? ¡Cómo le interesa!--dijo el médico socarronamente y gozándose en la curiosidad de su amigo, sonrosado de mostrar tanto interés por una muchacha de la vida.--Le contaré algo de lo que sé. Pero no todo, ¿eh? Lo más interesante lo reservo. Bueno. El caso es que Nacha, en la pensión, se enamoró de un estudiante. Huyó con él de la casa. Una barbaridad, porque allí mismo hubieran podido... ¿eh?... El tipo la usó dos años, creo. Después la abandonó en un estado que... ¿se da cuenta? Nacha fué al hospital. El hijo nació muerto. Al salir del hospital entró ella en una tienda. Quería ser honesta. Pero usted sabe lo que pagan las tiendas, ¿eh? Una miseria. Y hay las multas. Y hay también el gerente que exige... ¿comprende? Total, que con estas cosas y el mal ejemplo de algunas compañeras, acabó por frecuentar ciertas casas donde ganaba diez veces más que en la tienda y con un trabajo... ¿eh?... relativamente fácil y agradable...
Y guiñaba un ojo, mirando a Monsalvat.
--Y usted, ¿cómo sabe esas cosas?
--Ah, eso no se dice...
Nacha había sido amiga de un íntimo de Torres. Una vez que él la atendió como médico, ella le contó su historia. Pero Torres, misterioso, lleno de cábulas, un poco mistificador, gozaba en ocultar sus fuentes informativas. Así creía dar más valor a sus noticias, y saboreaba el placer, para él exquisito, de intrigar a su interlocutor.
Monsalvat no había cesado de remover sus sufrimientos. Miraba a su amigo con fijeza, miraba hacia la orquesta, dejaba a sus ojos recorrer las caras de los desconocidos que le rodeaban. Pero en su lugar veía a su hermana, seducida y abandonada, prostituida tal vez; veía a su madre, llorando su propia ignominia y la de su hija; veía a Nacha Regules, bajo la garra brutal del Pampa Arnedo; se veía a sí mismo feliz, viajando, conquistando bellas mujeres, escribiendo artículos, o en el Club o en una fiesta, mientras Eugenia Monsalvat caía cada vez más abajo, se vendía al primer pasante, y mientras millones de mujeres padecían idéntica miseria; y veía al mundo de los bienhallados, insensibles a la tortura eterna de los de abajo, orgullosos de su dinero, de su fácil virtud, robando a los pobres sus mujeres, comprándoselas, pervirtiéndoselas, y gozando egoístamente de sus placeres, al mismo tiempo que sus hermanos los pobres, hombres como ellos, seres que han de morir como ellos, seres con una alma como la de ellos, sufren tormentos espantosos, bajo los tentáculos de aquellos monstruos apocalípticos que se llaman el Hambre, la Miseria, la Prostitución.
--¿Y después?--exclamó Monsalvat, notando que Torres le observaba, y deseando saber la vida de Nacha, toda la vida de esa mujer que en aquellos momentos imaginaba como un símbolo de las desgraciadas.
--¿Después? Dejó la tienda. ¿Y sabe por qué? ¡Porque quería ser decente! Decente... ¿eh? Se ocupó entonces en trabajos más modestos, no recuerdo cuáles, hasta que fué a dar a un café-concierto como camarera. ¡Fíjese! Decente y camarera... ¿Se da cuenta?
Monsalvat, sombrío de sufrimiento, casi mudo de indignación contra la sociedad, insinuó que tal vez Nacha fuese buena. Su deseo de trabajar y ser honesta demostraba algo en su favor.
--¿Buena? Sí, todas son buenas, casi todas. Se las juzga mal a estas infelices. Yo las conozco, ¿comprende?, y puedo asegurar que tienen corazón. Si hacen maldades es inconscientemente, sin saber... Y sus ideas morales son a veces elevadas. Elevadas, así como lo oye...
Ahora Torres ya no sonreía. Sin duda se habían metido en su espíritu, desalojando su aparente y superficial escepticismo, algunos recuerdos de los innumerables que tenía del mundo de las tristes, algunos recuerdos de bondades, de extrañas lealtades, hasta de heroísmos: oscuros, silenciosos y bellos heroísmos.
Ante los ojos de Monsalvat estaba Nacha. Allí estaba exigiéndole que fuera a salvarla. Y él la salvaría de su vida lamentable, de sus horas futuras y del recuerdo de sus horas pasadas. En su espíritu se instaló el deber de hablar con ella. ¿Cómo la vería? ¿Dónde? ¿Para decirle qué? Lo ignoraba. Pero él la vería, él la salvaría. Y la salvaría no sólo por ella, no sólo porque era un pobre ser humano desgraciado, no sólo porque era linda y se había mirado con él. La salvaría por su hermana, por él. Sí, por él mismo.
--Son simples víctimas estas infelices--agregó Torres.--Nacha me contó una vez que en la tienda, en las fábricas donde trabajó, en las oficinas donde pedía empleo, en todas partes, los hombres la perseguían. Y es que nosotros los hombres... ¿eh?... somos todos, hasta los que parecemos decentes, unos vulgares canallas. ¿No le parece, ché? Y dígame si una mujer que apenas gana para comer, que vive miserablemente, puede resistir a la tentación de un individuo amable, tal vez buenmozo, que le ofrece sacarla del infierno en que vive... No, ellas no tienen la culpa...
Monsalvat, ahora, veía al mundo como un astro siniestro, poblado por seres infames. Todo era negro, horriblemente negro; un abismo de perversas sombras. Él mismo era un criminal. Había seducido, había comprado caricias con recomendaciones y favores. Comprendía que era un canalla, tal vez como aquel vecino, y como el otro y como todos los hombres que allí estaban y como todos los hombres del mundo. Aquella modistilla que sedujo, aquella obrerita que fué su amante, ¿serían también rameras, más o menos disimuladas? ¿Y por culpa suya? ¿Se venderían también? ¿Habrían perdido todo derecho al aprecio del mundo, todo derecho a ser personas, todo derecho a ser compadecidas? ¿Y por culpa suya? Se despreció a sí mismo enormemente, y este desprecio le hizo soportable su dolor.
Mientras tanto, el valse de _La viuda alegre_ flotaba lánguidamente sobre la espesura del aire, como tules sinuosos, ondulantes, armoniosos, luminosos, casi impalpables. Pero a Monsalvat aquella música se le envolvía a su cuerpo, se le envolvía hasta el infinito, como una venda interminable, como una venda que cada vez le oprimía más y que aumentaba sus sufrimientos traidoramente. Una melancolía de placeres mundanos se desflecaba de cada frase musical, de cada compás, de cada nota, para derramarse sobre el aire espeso del local. Siempre a Monsalvat le tornaron triste estas músicas de los bares y de los cafés, pero esa noche todo su ser llagaba, y los tules flotantes de aquellas melodías herían su alma lamentablemente.
--¿Y después?
Torres, que había callado, contestó a la pregunta casi mecánica, casi inconsciente de su amigo, refiriendo cuanto sabía de Nacha. La unión con un poeta bohemio, un muchacho romántico, Carlos Riga. La miseria espantosa, el alcoholismo de Riga, el abandono por Nacha, que no soportaba el hambre y que creía perjudicar al amante, quedando a su lado. Luego, el convencimiento de que era inútil querer ser honesta. La prostitución disimulada: dos meses con uno, seis con otro... Hasta que un día aceptó la idea de que viviendo con uno sólo, era infiel a Riga, al que adoraba. Y se entregó "a la vida", frecuentó las casas de citas. En una casa la encontró Arnedo. Bonita, inteligente, con mucho trato adquirido en "la pensión" de su madre, con cierta cultura que se le pegara cuando vivió con el poeta y entre muchachos escritores, Nacha era un tesoro para el Pampa, que deseaba una querida que luciese.
--¡Qué tristezas!...--exclamó Monsalvat lúgubremente.--¿Y habrá muchas como ella que...?
--¡Miles y miles! Lo sé porque soy médico. Médico de policía, ¿comprende? Y mi tesis, ¿eh? fué precisamente sobre prostitución.
Habló del tema, con los detalles más horribles. Monsalvat, que lo ignoraba, tenía sus ojos, sus oídos, sus sentidos todos, su alma entera y todo su cuerpo, ávidamente, en las palabras del amigo. Torres habló de las prostitutas vergonzantes, perdidas por el hambre; de aquéllas otras, víctimas de la maldad humana y de las preocupaciones morales: del novio que las sedujo y de la feroz moral paterna. Habló luego de las otras, las desdichadas convertidas en cosas, sin personalidad, sin alma, sin libertad. Esclavitud monstruosa, bajo la avaricia del traficante y de "la patrona". Esclavitud en la degradación obligatoria, sometidas las tristes mujeres a suplicios enormes. Esclavitud aceptada por la sociedad y por el Estado y protegida por las policías. Habló Torres de cómo los traficantes engañaban a las muchachas en Austria o en Rusia, llegando hasta casarse y traer la esposa virgen a Buenos Aires, para obtener de su venta un mayor precio; de cómo las mujeres eran vendidas a otros traficantes en pública subasta; de cómo estos hombres ganaban millones, tenían clubs, daban varios miles de votos a los políticos y se codeaban con personajes; de cómo las mujeres eran violentadas, atormentadas, y de cómo Buenos Aires era un vasto mercado de carne humana.
Monsalvat no podía hablar. Pensaba en su hermana, imaginaba su vida. Veíala abandonada, luchando por no caer, cayendo quizá. Veíala luchando de nuevo, por no caer más abajo. Y hundiéndose al fin en el lodo, tal vez bajo la garra de los traficantes; torturada, esclavizada, muerta... No podía hablar Monsalvat. Inmóvil seguía oyendo, seguía viendo. El mundo era una pesadilla lúgubre. Al cabo, pudo decir, balbuciente:
--¿Y qué se hace para remediar...?
--¿Qué se va a hacer? Nada. Sería preciso deshacerlo todo. Construir de nuevo la sociedad...
Y entonces Monsalvat, oprimiendo con fuerza extraña un brazo de su amigo, con los ojos húmedos de emoción, con la voz solemne de los grandes momentos, dijo lentamente, firmemente:
--Pues se deshace todo, se destruye todo... ¡Y se levanta una nueva sociedad!
Torres asintió con su expresión, sugestionado por la fuerza moral que sentía en Monsalvat, por el ambiente de emoción que acababa de crearse entre ellos, por aquel gran Bien y aquella gran Bondad que hablaban las palabras y los ojos del amigo. Asintió... Pero en seguida vino la reacción. Se defendió en su interior contra el lirismo ingenuo de Monsalvat. Miró a su alrededor. Volvió enteramente a la realidad. El hombre instintivamente generoso desapareció. Surgió el hombre de mundo, el hombre como todos, el hombre formado por las ideas y los sentimientos de todos, que empezó a encontrar ridículo todo aquello: Monsalvat, sus palabras, sus quijoterías, su dolor por cosas irremediables, aceptadas, sancionadas, necesarias. Surgió en seguida, casi encima, el médico. ¿No era todo eso cosa de nervios, de desequilibrio? Y dijo, escéptico, superficial como antes:
--Es un problema complejo, sin solución...
Monsalvat no le oyó. No oía sino una voz milenaria que le gritaba su culpa propia, su parte de culpa en el gran crimen social. Una campana lúgubre, hueca, desesperada era su corazón. Sus ojos veían el mundo como un escenario trágico. La tragedia de su madre, primero: de su madre engañada, sufriendo toda su vida, haciendo desgraciados a sus hijos. La tragedia de su hermana, luego. La tragedia de Nacha, después. Y como un coro lamentable, como un coro eterno, el coro más doloroso, más horrible, los llantos de las desgraciadas, los llantos de sus padres y sus hermanos, los ayes de sus hijos suprimidos, los gritos de la vergüenza, los clamores del hambre.
--¿Qué le pasa?--le preguntó Torres.--Será mejor que nos vayamos. Son las tres de la mañana.
Monsalvat accedió a marcharse. Dijo no sentirse bien. Se despidió de Torres, que iba hacia el norte, y él bajó hacia el sud, hacia la Avenida de Mayo, donde vivía.
En cuanto llegó al hotel, se acostó. Pero no durmió en toda la noche. Sin saber por qué, recordaba la matanza de los proletarios en la plaza Lavalle, y su canción se mezclaba molestamente, quitándole el sueño, con uno de los tangos del cabaret. Después, en una especie de semisueño, fué una cabalgata de imágenes espantables, un gemido aullante que se acercaba y crecía y se acercaba cada vez más, y era el gemido de la humanidad sufriente. Ya de día, dormitó unos instantes; pero esta sombra de sueño le trajo una pesadilla que le atormentó el corazón. Un fantasma monstruoso, cubierto de oro, sedas y piedras preciosas, y con unas fauces de bestia apocalíptica y unas garras trágicas, estaba allí, en su cuarto. Apenas cabía. Se acercaba a la cama, abría sus fauces, iba a devorarle. Y ese monstruo de vientre repugnante, donde yacían infinitas generaciones de los tristes del mundo, era la Injusticia Social.
Monsalvat se levantó tarde. Estaba tranquilo. Sentía una nueva vida en él. Las cosas todas tenían una nueva vida, un nuevo sentido. ¿Cuál era la nueva vida? Lo ignoraba. Pero sabía que en su interior comenzaba a crecer ahora una gran claridad.
Almorzó y salió a la calle. Pensó, sin decisión, en ir a casa de su madre. Pero caminando, caminando, sus pasos le llevaron en dirección distinta. Iba distraído, impregnado su espíritu de serenidad. No advertía por cuáles calles andaba. Cuando se enteró, vió con asombro que estaba a pocos metros de la casa de Nacha. Atribuyó el hecho a una voluntad del destino, y sin vacilar, con calma, seguro de que hacía una cosa buena, entró en la casa.
IV
Nacha no había podido dormir. Pocas veces en su vida de sufrimiento pasó una noche tan angustiosa. Al llegar del cabaret, Arnedo se acostó sin decir palabra, Aquella mudez de indio aterrorizó a Nacha. El miedo de ser abandonada y de tener que refugiarse en "la vida", el miedo a aquel hombre malo y violento, se mezcló entonces a las inquietudes de ese día: a la inquietud por su antiguo amante, Carlos Riga, el poeta bohemio que agonizaba en un hospital; a la inquietud por aquel hombre del cabaret, apasionado y noble, y cuya acción caballeresca sólo mereció de ella una burla, una burla de miedo, de timidez; de inconsciencia; a la inquietud por algo que esa noche creció en su alma extrañamente y que ella debió ocultar a Arnedo como si fuese un crimen. No había dormido un solo minuto. Presentía su desgracia. Adivinaba que el Destino quería su perdición. Un film incoherente y fragmentario, hecho de reminiscencias de esa tarde, de retazos de su vida, de sufrimientos futuros, de inmensos miedos, de raquíticas esperanzas, pasaba ante sus ojos. Pasaba a veces precipitadamente, a veces con ritmo de locura, a veces lento y doloroso como una trágica paz.
¡Cómo había ansiado que aquella noche transcurriera rápidamente! Para que no quedaran ni huellas de las horas de tormento que estaba viviendo, imaginaba sepultarlas bajo eternidades de olvido. Mientras tanto, esperando el amanecer, a cada rato encendía luz para ver la hora. Vió las cuatro, las cuatro y media, las cinco... ¡Nunca, nunca tardó tanto el día en llegar! Más de una vez pensó que el reloj atrasaba; se levantó para mirar si amanecía. Pero todo estaba oscuro y sombrío; apenas si una vaga lividez, allá en el fondo del cielo, presagiaba la posibilidad del amanecer. ¡Cuándo llegaría la mañana, para traer un poco de luz a su tristeza!
Toda la noche vió al hombre del cabaret. ¡Cómo la miraba! Nunca la miraron de ese modo. No había en los ojos de aquel hombre los deseos que ella advirtió siempre en los demás. Era otra cosa, otra cosa... Sobre todo desde que comenzaron a burlarse de ella. ¿Pero por qué la miraba así? Ya algunas noches antes, estando en el cabaret con el Pampa y sus amigos, sus ojos se encontraron con los de ese hombre. Su mirada se sintió atraída por la de él. No había podido evitarlo. Él la siguió, sin duda para ver dónde vivía; esperó en la calle y ella salió un instante al balcón. ¿Quién era? ¿Pretendía separarla de Arnedo y llevarla con él? ¿Y por qué quiso defenderla, perjudicándola? Él era culpable, en gran parte, del enojo de Arnedo. Ella lo odiaba al Pampa, pero no podría dejarlo. La tenía dominada. La insultaba, la abofeteaba, y ella, en lugar de rebelarse, seguía más sumisa que nunca. ¡Qué extraña, la vida! Nacha pensaba que jamás se entendería a sí misma. A veces creía tener en su interior otra persona que la obligaba a las cosas inexplicables que hacía contra su voluntad. Y si no, ¿por qué se condujo tan desagradecidamente, tan vilmente con ese hombre que la había defendido, que se interesaba por ella, que la quería, tal vez? ¿Por qué cometió esa indignidad? Durante toda la noche había tratado de no pensar en el desconocido. Pero era inútil. En sus actitudes, en sus ojos y en sus palabras veía algo de grande y de fascinante que le diferenciaba de cuantos ella conocía. ¡Qué coraje y qué rareza el atreverse con la patota! Se sentía incomprensiblemente atraída hacia él. Temía encontrarle alguna vez y al mismo tiempo deseaba verle de nuevo. ¿Y para qué deseaba verle? No sabía, no sabía y no deseaba saberlo.
Pero si esta preocupación era absorbente, no lo era menos el imaginar su porvenir. ¡Ah, si el Pampa la arrojase de su casa! Era horrible tener que buscar otro hombre, mendigar una protección, caer quizás en lo que tanto temía. Decíase que aceptaría los favores del sujeto más perverso, del más brutal, antes que vivir pasando de mano en mano. Lo que llamaban "la vida" se le presentaba como un fantasma aterrador. Ella se había dado a "la vida" en dos ocasiones de su existencia, y sabía que el vivir así significaba un atroz tormento, inagotables temores, la angustia del mañana. Prefería morir antes que resignarse a aquello. Ella quería ser buena, ser honesta, y nada envidiaba tanto como la situación de las mujeres que tienen la enorme dicha de poder vivir normalmente. Ella no se arrepentía de lo que había sido, de lo que era todavía. ¿Era suya la culpa? Un miserable la engañó; su madre, dominada por un hombre inconsciente y falto de toda simpatía humana, se negó a recibirla, arrojándola así al vicio; y en las tiendas, las fábricas, en todas partes donde estuvo empleada, la persecución de los hombres y la penuria de los sueldos la obligó a envilecerse. Pero ella no guardaba rencor contra nadie. A su madre ya la había perdonado y hasta le encontró razón. No, nadie tenía la culpa. Todo era obra del destino, que la condenara a ser mujer de la vida. Una implacable fatalidad la había empujado violentamente hacia el mal. Inútil defenderse, luchar. El mal era más poderoso que la voluntad de una pobre mujer. El mal la había vencido, arrojándola torpemente sobre un infame lecho de alquiler.
En cuanto al poeta bohemio que fué su amigo, el recordarlo atenuaba un poco los sufrimientos de la noche. Fué bueno, leal, compasivo. Tenía un gran corazón, sabía las más bellas palabras de consuelo que se inventaron en el mundo. Riga la había hecho más inteligente y le había enseñado a aceptar sin protesta las injusticias del destino. Y ahora, ¿estaría muriéndose? ¿Habría muerto ya, tal vez? La tarde anterior había leído en un diario la noticia de la enfermedad del poeta. Y esto la aniquiló, poniendo en su alma tal tristeza que en toda la noche del cabaret no pudo desasirse de ella un solo instante.
Nacha creíase casi culpable de la muerte de Riga. Porque ella le abandonó precisamente cuando él más necesitaba su apoyo. ¿Por qué hizo eso? ¿Por qué esa eterna contradicción en su vida? Dejó su casa cuando más quería a su madre y a su hermana; adoraba a Riga, y huyó de su lado; sentía simpatía y admiración por aquel hombre del cabaret y se burlaba de él. ¿Por qué era así? La noche entera pensó en Riga, desde el instante en que le conoció hasta el minuto trágico del abandono.
Fué en la casa de huéspedes de su madre. Allí se hicieron los dos bastante amigos. Más tarde, perdida ya ella, supo las desgracias del bohemio, y en medio de las gentes infames o groseras que le rodeaban le recordó como una alma noble y pura. Años después se encontraron, cuando ella trabajaba como camarera en un café-concierto. Riga pasaba por momentos de inmensa angustia. Se vieron algunas noches, se contaron sus penas, se emocionaron por sus mutuos sufrimientos. Y se unieron. Vivieron juntos tres años, adorándose, adorándose en medio de la miseria, del dolor, de la desesperación. Los dos trabajaban, pero el Destino, que quería ensañarse en ellos, fué más fuerte y los venció. Y cayeron, cayeron... Riga se hundió en el vicio, dejó de escribir. Ella padeció hambre, quitándose el pan de la boca para que él no pereciera. Pero llegó un día en que todo debía concluir. No era posible padecer ya más. La vida y la juventud reclamaban sus derechos. Y entonces ella se fué, llorando, sufriendo hasta más no poder, destrozada física y moralmente.
Poco antes de las siete saltó otra vez de la cama sin que Arnedo la sintiera, y, envuelta en su kimono, salió a la puerta del departamento. Vivían en un cuarto piso. Se acercó al ascensor y tocó el timbre para llamar al portero. Cuando el hombre subió, le pidió ansiosamente el diario _La Patria_, al que se hallaba suscrito Arnedo; y como le dijese que aún no llegara, lo mandó comprar con urgencia. Mientras el portero iba en busca del diario, Nacha, inquieta, no hacía sino asomarse a la ventana de la calle y salir a la puerta del departamento. La mañana estaba neblinosa y el cielo tenía un color amarillento, sucio. Había mucha humedad y los vidrios y las maderas sudaban largas gotas. Nacha tuvo un doloroso presentimiento. ¿Qué podía anunciar un día semejante sino tristezas? Pálida, temblando, corrió hacia la puerta, donde ya el hombre esperaba con el diario.
Abrió el periódico, buscó ávidamente... Allí estaba la terrible noticia que le traspasaba el corazón y la estremecía y le apretaba la garganta como una garra implacable. Sin fuerzas, pudiendo apenas caminar, fué hasta la salita y se arrojó en un sofá, con el diario en la mano. Se sentía deshecha. Allí permaneció mucho tiempo. Lloraba, lloraba la pobre Nacha... Aquel muerto, que el diario despedía con frases de cariño, era Carlos Riga, el poeta todo corazón, todo bondad, que había sido su amante y su amigo en los mejores años de su vida; el muchacho ingenuo que había purificado a su alma de lo material; el idealista que la había llenado de ilusiones y de ensueños; el hombre bueno que jamás tuvo para ella una palabra que no fuese afectuosa. ¡Ah, cómo no iba a llorar la muerte de un alma como aquélla! Ella no lo veía jamás, no podía verlo, pero deseaba saber que vivía para no ser del todo mala y no caer en el fango completamente.
¡Cómo lloró! Y era que aquella muerte se llevaba para siempre las únicas horas felices de su existencia de esclava, de su horrible existencia de paria. ¡Se llevaba su sola esperanza de redención! Toda su vida iba a ser trastornada ahora. Era llegado el momento de hacer examen de conciencia, de recordar, de recordarlo todo, todo... ¡Y estaba tan olvidada del pasado! Pero no porque hubiese querido olvidarse de su madre, de su hermana, de los años de la casa de huéspedes, de las dulces horas de amor que viviera con Carlos Riga. Era que para poder vivir necesitaba olvidarse de todo aquello. ¡Una continua lucha por olvidar había sido su vida!
Cuando Nacha se levantó del sofá, después de haber leído infinitas veces el cariñoso suelto de _La Patria_ en elogio del poeta muerto, ya no tenía lágrimas, de tantas que había llorado. Compuso su rostro, pues temía que el Pampa ya estuviera en pie y viese su fisonomía alterada, y se dirigió a su cuarto de vestir. No oía ruido ninguno en el dormitorio, y se asomó. El Pampa roncaba, ignorando el drama interior que se desarrollaba a su lado. Entonces Nacha fué a su ropero y sacó el libro de Riga. Ella lo había comprado antes de ser su amante. Después él le puso una dedicatoria, amorosa y sentimental, que ocupaba las dos primeras páginas en blanco. La leyó apresurada, temiendo que Arnedo se levantase, hojeó el volumen varias veces y terminó por besarlo enternecidamente, con los ojos en lágrimas.