# Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

## Part 8

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Empleado Morsamor en sus rendimientos y obsequios a doña Sol, no había vuelto a ver y apenas había recordado a donna Olimpia, desde que la vio salir de Belén el día del Rey: pero donna Olimpia, aunque distraída y empleada también a su manera, nunca había dejado de recordar a Morsamor desde entonces, porque le hizo impresión viva y profunda y porque daba por cierto que en toda nuestra península no había ni podía haber galán más apuesto y hermoso, ni más gallardo y gentil hombre.

Tiburcio que, libre de amores platónicos, privaba tiempo hacía con Teletusa, sabía por ella el buen concepto que donna Olimpia tenía de su amigo y la inclinación que hacia él le llevaba.

Aquella tarde vio Tiburcio a Teletusa, y juntos concertaron un plan muy alegre y una grata sorpresa para donna Olimpia.

A la hora de ánimas, Miguel y Tiburcio cenaron juntos en su posada, y ya solos y de sobremesa, con la regocijada confianza que el haber comido y bebido bien inspiran, Tiburcio expuso a Morsamor lo sustancial de su plan, venció su repugnancia y logró que le aceptase para desechar melancolías y para consolarse de los desdenes y sobreponerse a la altivez de la noble amiga de la Reina.

Para no dar tiempo a que Morsamor lo reflexionase y se arrepintiese, Tiburcio le condujo enseguida a la casa de campo donde las dos ninfas vivían.

A un silbido de Tiburcio, que era la convenida señal, Teletusa, que estaba aguardando, abrió sin ruido la puertecilla falsa del jardín, y guiándolos por lo más umbrío de la frondosa espesura, los introdujo en la casa, subió con ellos la escalera, atravesó corredores y salas, y vino a parar a amplio dormitorio escasamente alumbrado por tres velas de cera, puestas en un candelabro de plata, sobre una mesa que estaba en el centro de la estancia. Teletusa que tenía a Morsamor de la mano, le dijo entonces con voz dulce y sumisa:

--Quedaos aquí, señor Morsamor, que pronto vendrá quien os alegre y se alegre de veros.

Y dicho esto, sin que hubiese vagar para contestación o pregunta, desaparecieron Teletusa y Tiburcio con ella, dejando a Morsamor solo.

Solo ya, recapacitó Morsamor sobre lo que había hecho y casi se arrepintió y se afligió de su viciosa ligereza. Indigno del héroe que él anhelaba ser, hallaba aquel tan ruin comienzo de altas caballerías: entrar con engañoso recato en casa ajena como ladrón astuto, y todo para alcanzar los venales y fáciles favores de una cortesana.

Donna Olimpia tardaba en venir, y con la soledad y, con la impaciencia crecía en Morsamor el disgusto de haber cedido a los propósitos de su doncel, tan juicioso cuando hablaba en contra de las locuras sublimes, como ligero y hasta cínico cuando se trataba de otra clase de locuras.

Contrariado Morsamor, se sentó en una silla en el rincón más obscuro de la estancia y casi a los pies del lecho con colgadura que había en ella.

En medio de sus cavilaciones, oyó o creyó oír de súbito voces y carcajadas que a lo lejos sonaban por el lado derecho del sitio en que estaba él. Sin tiempo para pensar en lo que aquello sería, pero movido de recelosa curiosidad, intentó Morsamor ir adonde sonaba el ruido a fin de enterarse de todo. En pie estaba ya para realizar su intento, cuando por el lado contrario, se abrió una puertecilla, penetró por ella un bulto y Morsamor oyó una voz varonil que decía:

--¡Voto a los demonios todos del infierno! ¡Olimpia! ¡Olimpia! ¿Estás ahí? Al fin, tropezando en la obscuridad y dándome de calabazadas contra las paredes creo que he logrado llegar a tu cuarto. Esa maldita vieja Claudia me dejó solo, prometiendo volver para guiarme. Tardaba en volver y yo me cansé y he venido sin guía. Aquí estoy, Olimpia.

Con pasmosa serenidad y reposo, aunque harto previó las fatales consecuencias que podía tener aquel encuentro, Morsamor se adelantó hacia el personaje que había entrado y le dijo:

--Mucho lamento, señor Pedro Carvallo, pues la luz de las bujías os da de lleno en la cara y os he reconocido, que la casualidad nos reúna aquí donde y cuando los dos esperábamos encuentro más grato y suave.

Era Pedro Carvallo, el hombre de más violento carácter y más iracundo que hubo en Portugal en aquellas edades. Terrible era además su encono contra Morsamor, primero por natural antipatía, y después por su rivalidad en amores con doña Sol, de quien Morsamor, en cierto modo había sido harto más favorecido.

Pedro Carvallo ardió, pues, en cólera al oír y ver a Morsamor, y le replicó de esta suerte:

--Mi encuentro contigo, no será ni quiero que sea suave, pero me será grato. Tiempo ha, que me tienta el demonio con el prurito de matarte, y ahora me ofrece la ocasión más propicia. ¡Defiéndete, miserable!

Y Pedro Carvallo desenvainó la espada y se puso en guardia adelantándose hacia Morsamor.

Este, desdeñando la provocación y el insulto y procurando aún excusar un lance que le parecía poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo:

--Sosegaos, señor, y no llevemos a tan crudo extremo este negocio. Ruin fundamento tendrían nuestro duelo y la muerte de cualquiera de nosotros dos en esta casa extraña, y que ambos hemos asaltado. Vergonzosa sería la victoria del que saliese vivo de aquí, y más vergonzoso el término de quien aquí quedase muerto o herido.

--La poca vergüenza--contestó Pedro Carvallo feroz y groseramente--es la de esas viles palabras con que tratáis de disimular vuestra cobardía. Defendeos o mataros he como a un perro.

Pedro Carvallo se abalanzó entonces con furia contra Morsamor.

Morsamor sacó la espada, le recibió con calma y paró con inaudita destreza todas sus cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darle muerte. Estaba seguro de su inmensa superioridad. Lo descompuesto y sin arte del ataque ponía en su poder a Pedro Carvallo; pero Morsamor, por eso mismo, consideraba más odioso dar sangriento término a la lucha con aquel energúmeno, ciego por el rencor y la soberbia.

La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro Carvallo, aunque inhábil, era fuerte y menudeaba sus golpes con tanto brío, que los quites de Morsamor tenían que ser también muy violentos. En uno de estos quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de su contrario, que le derribó por tierra la espada.

Generosamente se contuvo Morsamor, para que el desarmado volviera a armarse. Y ya Pedro Carvallo había recogido la espada; y sin tener en cuenta en su furiosa locura la magnanimidad de Morsamor, se disponía de nuevo a embestirle, cuando Morsamor se sintió de repente ceñido el cuerpo en estrecho abrazo y cubierto el rostro de besos.

Donna Olimpia,

_In tutto il vezzo, della sua persona,_

le tenía asido y exclamaba con jubiloso entusiasmo:

--_¡O gioja ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!_

-IX-

Las tiernas y repentinas caricias de la vaga italiana, fueron acompañadas de un diluvio de improperios y de blasfemias, que salían de la boca de Pedro Carvallo, haciéndole coro con risotadas alegres Teletusa y Tiburcio.

Pedro Carvallo sólo podía herir ya con la lengua. Dos robustos y estupendos rufianes le tenían bien cogido entre sus enormes manazas fuertes como el hierro, y Teletusa y Tiburcio, sin dejar de reír, le ataban de pies y manos con suma destreza y valiéndose de lienzos retorcidos a falta de cuerdas que por allí no había.

--¡Matadme o soltadme para que le mate!--gritaba Pedro Carvallo.

Y Tiburcio respondía riendo siempre:

--Tiempo te sobró para matarle cuando estabas suelto. Ahora te atamos por caridad y para que no mueras.

Blasfemó, chilló e insultó de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa pensó y propuso ponerle una mordaza, pero no lo consintió donna Olimpia y con voz imperiosa dijo:

--Llevadle al desván con los otros, echad la llave y traédmela. Que pasen allí la noche. Ya veremos cómo sin peligro ni escándalo se les da suelta cuando sea de día.

Aquellos dos formidables satélites, escuderos de donna Olimpia, y que ella traía siempre consigo para imponer respeto y tener a raya a los insolentes, sobre todo, cuando eran _spiantati_, oído el mandato de su señora, tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al desván con delicadeza y esmero cuidadoso.

Donna Olimpia así lo recomendaba diciendo:

--Nada de malos tratamientos. No le hagáis el menor daño. Hasta podéis desatarle las manos cuando esté en el desván y llevarle de comer y de beber y un colchón para que duerma.

Dirigiéndose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo:

--Yo os ruego, señor, que me perdonéis el grave disgusto que os ha causado el venir a verme. No hubo en ello la menor culpa mía. Toda la culpa fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin encomendarse más que a su propia codicia, y creyendo que podía disponer a su antojo de Teletusa y de mí, cuando menos lo recelábamos, cuando ni sabíamos que estuviesen en Cintra los señores Carvallo y Acevedo, los introdujo aquí a ambos furtivamente. Dejó solo a Carvallo para que aguardase por un momento su vuelta y vino con Acevedo a la estancia de Teletusa. Hallábase allí vuestro amigo el señor Tiburcio, mancebo prudente y listo a maravilla. Buen doncel y consejero tenéis en él. Si la imaginación humana fuese tan viva y creadora en nuestros días como lo fue en la antigua Grecia, yo me daría a sospechar que la diosa Minerva, así como acompañó y guió a Telémaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, así os acompaña y guía al presente bajo la figura de un garzón barbilindo, disfraz más adecuado, en mi sentir, que el de un vejestorio barbudo. Pero dejando a un lado alabanzas, diré en cifra y resumen, que Acevedo, lo mismo que Carvallo, quiso llevarlo todo por la tremenda, y que prevenidos a tiempo mis dos escuderos, que andan siempre alerta y ojo avizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio desenvainasen las espadas, se apoderaron de Acevedo, y con el auxilio de Teletusa y de vuestro doncel, le ataron chistosamente abrazado a la vieja Claudia y traspusieron con ellos al desván, donde se los encontrará el Sr. Carvallo cuando allí llegue. La algazara promovida por estos sucesos que atrajo al cuarto de Teletusa en donde ocurrían. Tal ha sido la causa de mi tardanza en venir por aquí, donde algún indicio leve tenía yo de que tan dulce bien me aguardaba. Por dicha, y merced a vuestra destreza, serenidad y generosa sangre fría, todos hemos llegado a tiempo de evitar una tragedia.

--Y ya que no la hubo--dijo Teletusa--celebrémoslo bebiendo un trago a la salud de los amos de esta casa que no tienen mal provista la despensa. No os propongo que cenéis, porque no tendréis gana. Tal vez habréis cenado ya. Siempre, no obstante, habrá quedado lugar para un bocadillo de algo picante y salado que sea despertador de la sed. Las dos criadas de esta casa van a serviros al punto en esta misma mesa.

En efecto, salió Teletusa y a poco volvió, riendo, brincando y bailando, con un gran plato levantado en alto en sus manos como si representase a Herodias.

--No os asustéis--exclamó--que no os traigo la cabeza de Juan, sino la de un jabalí, rellena de verdes alfónsigos y de lengua y lomo con mucha sal, pimienta y otros aliños. Estas manos, que se ha de comer la tierra, lo han condimentado todo. Estoy orgullosa de mi habilidad culinaria. Ha sido mi tarea del día de hoy.

--Bien puedes decir como Tito--interpuso donna Olimpia--que no has perdido tu día.

--¿Lo oyes, Tiburcio? Llámame tu Tita que es más breve y más dulce que tu Teletusa.

Y diciendo esto, puso sobre la mesa el plato con la cabeza de jabalí.

Las dos criadas, que entraron en pos de ella, colocaron también sobre la mesa blanco pan, anchas copas y sendos y grandes jarros.

Señalándolos Teletusa con el dedo, habló así:

--Este es vino rancio y seco de Chipre, néctar exquisito, consagrado a Venus, cuya fue aquella isla, allá en las edades felices en que vivieron y reinaron las diosas entre los mortales. Este otro es moscatel de Siracusa, vino del que se embriagaba el Cíclope para consolarse de los desdenes de Galatea, con el que Arquímedes se inspiraba para sus más raras invenciones y del que siempre bebía Teócrito antes de componer sus idilios. No os pasméis, señores, de mi notable erudición. No en balde soy la discípula predilecta de donna Olimpia. De tal palo tal astilla, como suele decirse.

Donna Olimpia y Tiburcio aplaudieron a Teletusa. Y Morsamor, algo pensativo aún y no muy conforme con que todo aquello se aviniese bien con su papel de héroe, empezó a rendirse y a contagiarse del regocijo harto profano que allí reinaba. Morsamor se sintió ebrio antes de beber el vino.

--Que mis escuderos vuelvan aquí también--dijo donna Olimpia--para que coman y beban patriarcalmente con nosotros, que bien lo merecen después del primor con que se han conducido.

--Y vaya si lo merecen--dijo Teletusa--. ¡Hola! Asmodeo y Belcebú, acudid a beber y a regocijaros. Y vosotros, señores Morsamor y Tiburcio, no os maravilléis ni asustéis de los fingidos nombres que damos a estos dos galanes (y como ya habían entrado los señalaba), porque sus nombres verdaderos se guardan para mayores cosas. Ambos son de noble prosapia y aun creo que algo parientes de donna Olimpia.

--No hay duda en ello--interpuso esta--. Nuestro parentesco es evidente aunque remoto. Soy prima quinta de Belcebú y sexta de Asmodeo.

--Pues que sea enhorabuena--dijo Morsamor, desechando escrúpulos, echado a rodar su formalidad y tomando parte y aun haciendo el papel principal en la orgía que hubo de seguirse.

-X-

Resbaladizo y difícil sería describir aquí lo que allí ocurrió después. La cabeza de jabalí casi desapareció. Los dos enormes jarros quedaron vacíos. A las risas, a los brincos y a los cantares, con que se animó la cena, sucedió profundo silencio. Tiburcio y Teletusa se fueron por un lado. Asmodeo y Belcebú, por otro.

Sólo la tenue luz de una lámpara velada por el vaso de alabastro en que ardía iluminó la estancia tranquila, hasta que rayó el alba y sus resplandores primeros penetraron por la ventana, entreabierta a causa del calor del estío, penetrando también fresco y manso vientecillo, impregnado de aromas de mil flores, y el gorjeo de los pájaros que cantaban en la enramada y saludaban el día naciente. Poco más tarde, en la gran sala de la quinta, aparecieron Morsamor y Tiburcio, donna Olimpia y Teletusa y los dos formidables escuderos. Todos se movían y se afanaban como en el momento que precede a un largo viaje.

Donna Olimpia y Teletusa estaban hartas de Portugal y habían resuelto acompañar a Morsamor y a Tiburcio al extremo Oriente. Los hijos de Lusitania no se les habían mostrado pródigos de los tesoros que de allá venían y así determinaron ellas ir a buscarlos. El imprevisto lance, además, de la noche anterior podría acarrearles no pocas desazones, sobre todo cuando las abandonaran sus dos triunfantes amigos.

Donna Olimpia había expresado su resolución del modo más terminante.

--Os seguiremos--había dicho--y os seremos fieles. Unidos, conquistaremos el mundo. Si fuese menester, hasta nos convertiremos en amazonas. Teletusa será Bradamente y yo la propia Pentesilea. Yo estaré contigo, Morsamor, hasta que se harte de mí tu alma. Sólo entonces, y si acertamos a dar con el verdadero y legítimo Preste Juan, que tantos han buscado en balde hasta ahora, yo le rendiré, le cautivaré, me sentaré en su trono y vendré a ser la Papisa Juana del Oriente.

Teletusa, Tiburcio y los dos jaques, holgaron mucho de oír este razonamiento; le aplaudieron y le celebraron con risas estrepitosas.

Allá en su interior, todo aquello repugnaba no poco a Miguel de Zuheros; pero cierto vehemente atractivo de amor vicioso luchaba con la repugnancia y la vencía. Morsamor no quiso o no se atrevió a rechazar los propósitos y ofrecimientos de donna Olimpia.

Dichos propósitos se cumplieron.

Apenas despuntó el día, acudieron a la puerta de la quinta dos criados de Morsamor y Tiburcio con caballos y bagaje. Donna Olimpia y Teletusa, auxiliadas por los dos jaques, empaquetaron y embaularon sus alhajas, vestidos y demás prendas.

Todo esto, así como las mismas damas y sus escuderos, habían de viajar en mulas que los genoveses tenían en la caballeriza y de las que se dispuso como de bienes mostrencos. Y no mucho después, antes de que el sol apareciese y dorase con sus rayos la tierra, todos se pusieron en marcha, formando alegre caravana y caminando a paso largo hacia Cascaes.

La llave del desván quedó en poder de las sirvientas de los señores Adorno y Salvago, para que pusiesen en franquía a la vieja Claudia y a los señores Carvallo y Acevedo, a las tres horas de haber salido de la quinta Morsamor y su acompañamiento.

La nave que mandaba Morsamor era grande y capaz y él podía tripularla a su antojo. Con holgura, pues, instaló en ella a su gente. Y aquel mismo día, antes de que el sol rayase en lo más alto del cielo,

_Yá no largo Oceano navegavam_, _As inquietas ondas apartando_: _Os ventos brandamente respiravam_, _ Das naos as velas concavas inchando_.

-XI-

Donna Olimpia y Teletusa no se mareaban. Se hallaban en el mar como nacidas: como si fuesen nereidas y no mujeres. Morsamor se sentía también más a gusto que en tierra, lleno de esperanzas y forjando en su mente los más audaces y ambiciosos planes. En cuanto a Tiburcio eran de maravillar sus conocimientos náuticos, su alegre humor y su útil actividad a bordo. Por la traza seguía pareciendo mancebo de menos de veinte años, mas por las acciones podría suponérsele viejo y experimentado navegante. Así se lo decía Lorenzo Fréitas, piloto de la nave, que tenía más de sesenta años, que había navegado mucho y que había hecho ya otros dos viajes de ida y vuelta a la India.

Pronto Lorenzo Fréitas trabó amistad íntima con Tiburcio y se ganó el afecto y la confianza de Morsamor y de las damas aventureras.

Iba asimismo en la nave un piadoso y entusiasta misionero franciscano, cuyo nombre era Fray Juan de Santarén. Grandísima gana llevaba este de difundir la luz del Evangelio, de convertir idólatras y mahometanos y de bautizarlos a centenares. No se oponía todo ello a que Fray Juan, reservando la gravedad solemne para sus futuras predicaciones, fuese por lo pronto jocoso y alegre como unas sonajas, inclinado a cuidarse y a tratarse bien para sufrir más tarde las fatigas del apostolado, y harto propenso a contar chascarrillos y a decir chirigotas, que no siempre despuntaban por su urbanidad y delicadeza.

Como cielo y mar estaban serenos y el viento era próspero, el viaje iba haciéndose con felicidad y prontitud.

Al subir una mañana sobre cubierta, nuestros seis principales personajes se extasiaron admirando el azul transparente de las aguas, rizadas apenas por el soplo de la brisa, donde se reflejaban el más claro azul del cielo y las ligeras nubes, que parecían de nácar, purpura y oro. La luz del sol, que se iba levantando, formaba en las ondas rieles luminosos y se diría que penetraba por curiosidad en el seno transparente del agua para iluminar las grutas y los alcázares submarinos que allí se esconden.

La costa europea había quedado lejos. Sólo mar y cielo se hubiera visto, sino apareciese ante los ojos encantados de los de la nave, no lejos de ella y en medio del piélago azul, algo a modo de ingente y precioso canastillo de flores y verdura, que parecía flotar sobre la superficie del Atlántico. Mil lozanos y frondosos árboles subían hasta la cima del cerro que en el centro de la isla se alzaba, como ramillete en forma de piña, en cuya punta, destacándose sobre el limpio fondo del aire, resplandecía un blanco santuario de la Virgen, dorado ya por los casi horizontales rayos del sol naciente.

--Esa--dijo Lorenzo Fréitas a nuestros cuatro aventureros--es la isla de Madera, descubierta por Juan Gonzalves y Tristán Vaz en tiempo del glorioso Infante Don Enrique, instigador y fundador de nuestras grandes empresas marítimas, hoy tan en auge.

A la vista de la isla de Madera, tomando el fresco sobre cubierta y bajo un toldo, se desayunaron aquel día Miguel y Tiburcio, ambas damas, el misionero Fray Juan y el viejo piloto.

No hemos de seguir nosotros punto por punto a los viajeros. Pasaremos de largo cuando nada les ocurra de singular y memorable. Si ahora nos detenemos aquí es por considerar que, durante aquel desayuno, todos estuvieron expansivos y casi elocuentes y dijeron cosas muy importantes a la narración que vamos haciendo.

Hasta el desayuno que tomaron los seis, sentados en torno de una mesa redonda, tenía algo de exótico para los europeos de entonces, porque bebieron en hondas tazas, mezclada con leche y azúcar, una infusión de cierta hierba olorosa y salubre, que llamaban cha y que ya se traía a Portugal de los remotos reinos del Catay, que están mucho más allá del Indo y del Ganges.

--Larga y penosa--dijo Miguel de Zuheros--va a ser nuestra navegación hasta llegar a las regiones del extremo Oriente. Enorme es el rodeo que tenemos que dar, bajando hasta el Cabo de las Tormentas, hoy de Buena Esperanza, que Bartolomé Díaz dobló por vez primera. Pasman el esfuerzo constante y el secular empeño, primero del Infante Don Enrique y después de sus sucesores y de su pueblo para conseguir el triunfo que han conseguido.

--Con menos tiempo y trabajo--repuso donna Olimpia--me parece a mí que, si mis compatriotas los venecianos se hubiesen puesto de acuerdo con árabes y turcos y con el Soldan de Babilonia y con el de Egipto, tal vez hubieran podido abrir algún ancho canal por donde sin tantos rodeos hubieran pasado sus naves del mar Mediterráneo al mar Rojo, encaminándose luego por allí hasta más allá de Trapobana, a Cipango y al remoto país de los seras. El pensamiento de abrir ese canal no es cosa nueva. Ya le tuvieron algunos Faraones, y sin duda le tuvieron también Salomón e Hiran rey de Tiro, cuando unidos en estrecha alianza enviaban sus flotas a Ofir, de donde volvían cargadas de riquezas. Si tal pensamiento se hubiera realizado no hubieran perdido Venecia y toda Italia la supremacía en la navegación y en el comercio, y el poder que consigo trae y que hoy tienen los portugueses.

Fray Juan de Santarén tomó parte en la conversación y exclamó:

--Lo que menos importa al bien de la cristiandad y del humano linaje es que decaigan Venecia y otros Estados de Italia a causa de los descubrimientos y conquistas de los portugueses. Más alto es el fin que estos han tenido y han de tener en lo futuro. No van los de mi nación a despojar en Oriente a los venecianos: van a que la religión de Cristo prevalezca allí sobre la de Mahoma: van a quebrantar allí el poderío de turcos, árabes y persas; y van, por último, a despertar del hondo sueño de muchos siglos a las dormidas naciones orientales, que aletargadas e inertes yacen en el seno letal de la idolatría.

--Todo eso, estará muy bien--interrumpió Tiburcio, riendo como tenía de costumbre--. Pero ¿a qué tanto rodeo? ¿A qué ir por tan extraviado camino hasta el extremo Sur de África? ¿A qué dejar atrás misterioso e inexplorado, este continente enorme, en cuyo centro, que nos fingimos abrasado, acaso esté el Paraíso que perdieron nuestros primeros padres? ¿A qué, en fin, dar tan desaforada vuelta y buscar el bien tan lejos, cuando le tenemos cercano?

El piloto Lorenzo Fréitas, aunque sospechaba que Tiburcio no hablaba con seriedad, sino para embromarlos, se enojó y no quiso consentir que ni en broma se tildara de poco razonable la gloriosa y secular empresa de los portugueses, y habló así en su defensa:

