# Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

## Part 20

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Llegada sana y salva a Alejandría, se embarcó con su gente en un barco mercante de Venecia, que navegaba con diploma o patente del gran turco Solimán, a quien para obtener tales diplomas pagaba un considerable tributo anual la Señoría.

A la vista ya de la costa occidental de Italia ocurrió la enorme desventura de que el barco veneciano fuese apresado por el corsario o más bien por el feroz y desalmado pirata cuya merecida y trágica muerte hemos ya narrado. El diploma del gran Sultán de los osmanlíes, aunque fue exhibido, estaba escrito en vítela con letras de púrpura y oro y era una maravilla caligráfica, no sirvió absolutamente de nada. El pícaro corsario supuso que era falso a fin de no darle cumplimiento y se llevó a remolque el barco veneciano, transbordando a su galera y hasta a su camarote a donna Olimpia y a Teletusa.

-XLII-

Terrible situación era esta para una reina, aunque fuese de Abisinia y de la mano zurda.

Según los anales etiópicos, allá en tiempo del Rey Salomón, hubo en Etiopía una señora llamada Makeda que no fue otra sino la misma reina de Sabá, la cual visitó al monarca de Israel, examinó y tomó el pulso a su sabiduría poniéndole mil acertijos y enigmas, y le enamoró además, hasta el punto de volver ella a su país muy ilustrada y en estado interesante. El augusto niño que nació de resultas, se llamó Menilek o Menelik y fue antiquísimo y reverendísimo tronco de la dinastía a la sazón reinante, en cuya comparación eran frescas, plebeyas de ayer y de mañana todas las dinastías de Europa.

Ansiosa estaba donna Olimpia de rivalizar con la señora Makeda y aun de obscurecer la gloria de otra reina de Etiopía llamada Candace que se hizo cristiana y difundió la verdadera religión entre sus súbditos, inducida a ello por su virtuoso valido, aquel eunuco a quien convirtió el diácono Felipe, explicándole un texto obscuro de Isaías.

Donna Olimpia proyectaba criar y educar a su Principito con el mayor esmero por monjes benedictinos, ya que todavía ni San Ignacio de Loyola, ni San José de Calasanz habían fundado escuelas; y luego que estuviese bien educado y crecido, enviarle a conquistar la Abisinia y a sacarla de la barbarie en que había caído.

El corsario argelino había venido en mal hora a contrariar tan altos proyectos.

Durante dos o tres días, sin embargo, renació la esperanza de donna Olimpia.

El Mediterráneo se hallaba a la sazón surcado de continuo por muchas galeras de los Caballeros de San Juan de Jerusalem, los cuales vagaban sin hogar de un punto a otro. Acababan de perder la isla de Rodas que era su dominio. Solimán, poderoso monarca de los osmanlíes, había dirigido todas sus fuerzas contra aquella isla, la cual, después de largo asedio y de una defensa pasmosamente heroica en que perecieron más de cien mil turcos, tuvo necesidad de rendirse. Honrosa fue la capitulación que firmó el Gran Maestre Felipe de Villiers de Lisle Adan, quien salió con armas y banderas desplegadas y con cinco mil personas que le siguieron. La noble emulación entre los Caballeros de las ocho lenguas, su espíritu militar y su ardiente fe religiosa, dieron aspecto de triunfo a aquella pérdida, hermoseándola con palmas y laureles.

Los expulsados Caballeros de Rodas vagaban por el Mediterráneo en sus galeras, ansiosos de tomar en los corsarios algún desquite.

Dos galeras de los Caballeros de Rodas avistaron la galera del corsario y la persiguieron con ahínco; pero la galera del corsario era ligerísima y despiadados sus cómitres. El rebenque, cayendo sobre las espaldas de los forzados, acrecentó su fuerza locomotora, y el corsario logró escapar de la persecución, aunque sin arribar a Argel, sino llegando en su fuga hasta cerca de las costas de Málaga. Desde este puerto, divisaron el bajel corsario barcos de guerra de Castilla que salieron a darle caza. Acosado el corsario por todas partes, pasó el Estrecho de Gibraltar para ponerse en cobro.

En aquellos días de angustia, el corsario, como era natural, estaba muy rabioso y se sentía capaz de toda suerte de atrocidades. Infortunadamente, el Principito estaba muy empalagoso con los dolores y molestias de la dentición. De noche, sobre todo, tomaba estruendosas perras, berreaba mucho y no dejaba que ni donna Olimpia, ni Teletusa, ni el corsario, pegasen los ojos. El corsario, durante tres noches, lo aguantó todo por galantería; pero en la noche cuarta, se puso tan nervioso y tan frenético que apenas nos atrevemos a decir lo que hizo, tanto es el horror que nos causa. Imitando, o mejor diremos, prefigurando al héroe de una novela de Gabriel d'Anunnzio, aunque sin premeditación ni alevosía, sin sutilezas psicológicas y sin celos retrospectivos, sino en el arrebato y en la excitación del insomnio, agarró al Principito y lo arrojó al mar por la ventana del camarote.

Desgarradores fueron los gritos que en aquella ocasión lanzó donna Olimpia, al considerar que se ahogaban sus más bellas esperanzas. Donna Olimpia tuvo, sin embargo, que callarse, porque el corsario, brutal e iracundo, la amenazó con arrojarla también al mar si no se callaba.

De lo que ocurrió al día siguiente ya hemos dado cuenta. Ya sabemos cómo el corsario pagó de una vez todos sus delitos.

Cuando Morsamor supo los lastimeros ocasos que acabamos de referir, se compadeció de donna Olimpia y procuró consolarla; pero el cuidado de su nave le preocupaba más todavía. Y como iba ya acercándose a la costa, Fréitas había muerto y no era muy de fiar el contramaestre, Morsamor velaba y sólo por breve rato entraba a reposar en la cámara.

-XLIII-

Antes de amanecer, se levantó Morsamor y fue sobre cubierta.

Fresco vientecillo de Poniente empujaba la nave hacia la costa. Era de esperar que, al rayar el alba llegase la nave a la desembocadura del Tajo y penetrando y subiendo por el río, se presentase frente a Lisboa.

En pos de la nave de Morsamor iba el barco del vencido corsario argelino, brillante trofeo de la recién alcanzada victoria.

Tiburcio de Simahonda había tomado en él el mando. La bandera de Castilla, izada en el mastelero de gavia, continuaba allí en señal de posesión, a pesar de la noche. De las entenas pendían, cual horrible adorno y para ejemplar escarmiento, los cadáveres del capitán argelino y de ocho satélites suyos, cada uno de ellos colgando por el pescuezo con un lazo escurridizo.

Densísima niebla lo envolvía todo. En la vaga penumbra del crepúsculo sólo se percibía la forma indecisa del bajel apresado, como negro bulto que se destacaba sobre un fondo de color de ceniza.

Ni los cercanos montes de la costa, ni las pálidas y moribundas estrellas, ni mar ni cielo se percibían con claridad. Si algo se vislumbraba era como a través de muy tupido velo.

Morsamor triunfante se engreía y deleitaba en la contemplación de su gloria, sólo compartida acaso por Fernando de Magallanes. ¿Habría este logrado o iría pronto a lograr su propósito después de pasar el Estrecho donde encontró Morsamor el rastro y las muestras de su cruel energía? Morsamor se lo preguntaba y no acertaba a responderse. Pero fuera cual fuera la respuesta que diese al cabo el destino, la gloria de Morsamor, aunque compartida, no menguaba. Él había circunnavegado el planeta, obtenido experimental conocimiento de su magnitud y de su forma, y cerrado el ciclo de los grandes descubrimientos y navegaciones.

Soberbio, engreído estaba Morsamor por todo ello. Y sin embargo, en vez de ensancharse su corazón y de regocijarse, se sentía abrumado en aquellos momentos por amarga tristeza. Un enjambre de pensamientos desconsoladores acudían a su espíritu y le atormentaban y picaban con ponzoñoso estímulo. Y en aquel estímulo ponzoñoso había, como en el estro de los poetas, la eficacia de revestir de imágenes lo pensado, prestándoles movimiento y vida y poblando y animando con ellas el ambiente de nieblas que a Morsamor circundaba.

No, no era arco triunfal el que acababa de erigir y por donde gloriosamente se entraba en la edad moderna. Era más bien puerta con que él cerraba y terminaba un inmenso periodo histórico, una larga serie de más de treinta siglos, durante los cuales los pueblos que habitan en torno del Mar Mediterráneo habían sido guías, iniciadores, maestros y hierofantes del humano linaje. Egipto, Fenicia, Grecia, Italia y España, habían tenido sucesivamente el primado, el cetro y la virtud civilizadora.

El mismo orgullo de Morsamor, el superior valer que atribuía a sus hechos se revolvía en daño suyo y servía para deprimirle. Acabada por él la obra que incumbía a los pueblos meridionales de nuestro continente, la fuerza, el imperio y la inteligencia dominadora iban a pasar a otras manos.

Al reconocer Morsamor tal como es la tierra en que vivimos, había disipado el encanto que nos hizo señores de ella. La abandonaba su fe y con su fe la abandonaban los genios, los dioses y los poderes e inteligencias sobrenaturales que sucesivamente su fe había creado. Esquilmado y seco el suelo, no se prestaba ya, aun herido de nuevo por el corcel con alas, a que brotase de él otra Hipocrene. Circe y Calipso huían buscando refugio y sin hallar en los mares espacio misterioso y esquivo y afortunadas islas donde erigir espléndidos palacios, socavar frescas grutas y plantar deleitosos jardines para recibir, agasajar y embriagar de amor a los héroes. Venus no surgía ya del seno de las ondas salobres, ni las Nereidas, abandonando sus alcázares submarinos, venían a consolar a Aquiles por la muerte del amigo, ni aparecían en limpia y hermosa desnudez ante los ojos mortales de Jasón y de sus compañeros que iban a conquistar el Vellocino. Los oráculos callaban; cesaban los milagros. Parados y ocultos los cíclopes, ni en Letnos ni en las cavernas del Etna forjaban armaduras lucientes. Apolo y las musas sentían el prurito de abandonar a Delos, el Parnaso y el Pindo, de salvar las Montañas Rifeas y de instalarse en las regiones hiperbóreas, mientras no las visitaba algún viajero curioso y les quitaba todo su hechizo. En suma, era tan temeroso y destructor el desencanto que Miguel de Zuheros imaginaba haber producido, que hasta los santos y los ángeles se iban volando y abandonaban nuestra tierra desengañada. Pero las cristalinas esferas se habían desbaratado y roto, no giraban ya en arrebatada consonancia y nadie podía oír su musical armonía en los arrobamientos del éxtasis. Soledad y fúnebre silencio reinaban en la fría y desierta amplitud del éter sin límites. Muy lejos, muy lejos de los hombres tenían que subir los coros celestiales para acercarse al primer móvil y descubrir el Empíreo.

Así se atormentaba Morsamor con cavilaciones nacidas de vanidad atrabiliaria en que muchos después de él han caído y caen. Han creído que llevaban en una mano la férula del progreso y la antorcha de la razón en la otra, y que iban arrollando con ellas cuantas creencias y poesía se les paraban delante, despejando el mundo de visiones y de fantasmas para que sólo quedase en él la realidad monda y escueta.

Y sin aquietarse Morsamor y pasando adelante en su cavilar lastimoso, supuso, por último, que la ciencia empírica, hija del exterior sentido, iba a arrebatarnos el imperio y a dársele a los pueblos del Norte, patentizando el jactancioso embuste de las profecías del Padre Ambrosio. Morsamor dio entonces forma y vida a este nuevo pensamiento, y vio en torno suyo, discurrir entre la niebla diminutas y vaporosas semideidades, geniecillos sutiles que apenas eran algo y casi se convertían en flores retóricas: gnomos deformes y enanos, que trabajaban sin cesar en el centro obscuro de la tierra y sacaban de allí para sus naciones favoritas piedras y metales preciosos, raros documentos de los archivos subterráneos, y primitivas selvas, alimento del fuego, motor y artífice infatigable. En pos venían los silfos y las ondinas. Y luego las aladas salamandras extraían del escondido seno de las cosas una incomprensible virtud, de mayor ligereza que la luz y el fuego, rápida y potente como el rayo, y se la prestaban a los hombres para que iluminasen y moviesen con ella los seres inertes y obscuros y transmitiesen con instantánea y casi ubicua rapidez el pensar y el sentir, la palabra y el sonido.

Salió al fin Morsamor de aquel piélago de tristes meditaciones en que se había engolfado.

El sol, que se alzaba sobre los montes, desgarró los velos de niebla que los envolvían. Morsamor vio entonces el promontorio que estaba cerca y hacia donde dirigía el rumbo su nave. En seguida reconoció que eran los cerros de Cintra, cubiertos de feraz y lozana verdura. En la más alta cima de la Peña, creyó distinguir con envidia al enamorado Bernardín Riveiro, que todavía oteaba la extensión del Atlántico y buscaba con lágrimas la estela de la nave que le arrebató a doña Beatriz.

Y vagando por la frondosidad umbría de aquellos valles, apareció también a Miguel de Zuheros la virginal figura de doña Sol de Quiñones, que no le censuraba, sino que le compadecía de que volviese a verla, olvidado de su poético enamoramiento y acompañado y consolado por donna Olimpia. La Ínsula Firme se había sumergido también en el Atlántico como otras mil fábulas venerandas. En ningún mapa habría ya sitio en que ponerla. Ni era menester porque el mágico Apolidón había derribado el Arco de los leales amadores, enojado de que ya nadie pasara por él, como pasó Amadís fiel a Oriana.

-XLIV-

Poco satisfecho estaba Morsamor de sí mismo en aquellos instantes. Cuando iba a llegar al término de su peregrinación, un fúnebre presentimiento contristaba su alma. La agitaba negra tempestad de pasiones.

De súbito se encapotó el cielo con densas nubes. Por breve rato hubo calma abrumadora como si algo pesado oprimiese el ambiente. Pero pronto se desencadenó la tempestad más furiosa. El viento del Norte sobrevino con ímpetu rabioso y sacudió y levantó las aguas del mar en gigantescas olas. Chocaron las nubes con estruendo. Intensos relámpagos iluminaron siniestramente el aire. Los rayos le surcaban de continuo.

El bajel apresado no tardó en apartarse de la nave de Morsamor. La borrasca le llevó lejos de su vista.

Morsamor hizo esfuerzos inauditos para salvar su nave, harto trabajada ya por larguísima navegación y por el choque y combate con el bajel corsario.

Los marineros todos le ayudaron con celo y con brío en la ruda faena, mientras que conservaban esperanzas; pero la nave, impulsada por los vientos y por las olas, ya parecía elevarse a las nubes, ya hundirse entre dos enormes montañas de agua, y no obedecía al timón, y se ladeaba a veces como si fuera a volcarse, y el agua subía por cima de la cubierta, la barría con furia y penetraba hasta el fondo.

Muchos tripulantes, en el delirio ya de la desesperación, blasfemaban o rezaban y no acudían a la maniobra.

Casi abandonada la nave de dirección y de auxilios humanos, corrió aún no poco tiempo con velocidad vertiginosa, a merced del huracán que la impelía sobre la líquida faz del Océano, que ya la levantaba en sus oleadas, ya la precipitaba en la medrosa hondura que entre dos montes de agua a cada momento se abría.

La nave de Morsamor no pudo resistir más. Acaso bastó a destrozarla el furor de los vientos y de las olas. Acaso fue a romperse, chocando contra oculto bajío. Ello es que la nave, desbaratada la trabazón de sus tablas se deshizo en pedazos.

Cada uno de los que la tripulaban luchó por la vida y procuró salvarse como pudo.

En aquel momento de angustia, Morsamor cayó en el agua y pensó salvarse nadando, pero pronto sintió un peso que le oprimía, que le estorbaba nadar y que fatalmente iba a ahogarle. Despavorida donna Olimpia, pálida por el miedo de la muerte, frenética de terror y de funesto cariño, se había agarrado a Miguel de Zuheros, ciñéndole y estrechándole entre sus brazos.

O la falta de brío o la sobra de piedad impidió a Morsamor apartar de sí aquel obstáculo que se oponía a su salvación; aquella mujer por quien iba a perderse sin que ella se salvara.

Morsamor, en vez de rechazarla, en aquellos instantes, acaso los últimos de su vida, la cogió con ternura. Y movida ella por gratitud y por amorosa vehemencia, unió su boca a la de Morsamor y la regaló con hondo y prolongadísimo beso.

Extrañas fueron las impresiones de Morsamor. Se figuró que donna Olimpia absorbía con sus labios toda la mocedad y toda la vida nueva que las pociones mágicas del Padre Ambrosio le habían infundido. Volvió la vejez a apoderarse de su cuerpo y empezó a sentirse casi decrépito. El frío del agua atravesaba su carne, penetraba en sus huesos y le congelaba los tuétanos y la sangre descolorida y pobre.

Todavía se sostuvo Morsamor en la superficie del agua a su parecer por extraño e imprevisto socorro.

Tiburcio de Simahonda le tenía asido por la cabeza, impidiendo que se hundiese; pero de sus hombres brotaron negras alas que velaron a Morsamor la horrenda claridad de aquel día.

Por último, una sensación grotesca, a par que espantosa, vino a colmar el delirio de aquella en su sentir postrera agonía. Los dos tremendos rufianes, Asmodeo y Belcebú, le habían cogido cada uno por una pierna, tiraban de él y le arrastraban al fondo de los mares.

Entonces Morsamor perdió el conocimiento y el sentido.

Reconciliación suprema

-I-

Después de las portentosas aventuras que acabamos de referir y del trágico fin que tuvieron, bien podemos asegurar que no murió Morsamor. No nos consta de qué suerte pudo salvarse. En nuestra historia hay aquí una tenebrosa laguna. Saltemos por cima de ella y volvamos al convento en que el Padre Ambrosio seguía viviendo y ejerciendo sus artes mágicas.

Por su virtud, aunque se ignore de qué manera, nadie en el convento había notado la ausencia de Fray Miguel y del hermano Tiburcio.

Acaso el Padre Ambrosio había evocado y atraído a dos espíritus, que habían tomado la apariencia del fraile y del lego. Acaso, sin evocar espíritu alguno, aquel gran mago había creado dos fantasmas que reemplazasen en el claustro a los dos ausentes. Ello es que nadie los echó de menos. Por lo demás, según imaginaban los otros frailes, Fray Miguel vivía siempre retraído, encerrado en su celda y casi de continuo postrado en cama.

Lo que es ahora, bien podemos asegurar también nosotros que Morsamor o Fray Miguel, de vuelta ya de sus excursiones, yacía en cama, en muy mísero estado. Sin duda su segunda mocedad se había consumido toda en el cumplimiento de las grandes empresas a que su voluntad y la ciencia del Padre Ambrosio la consagraron. Fray Miguel se hallaba casi ciego, más viejo, más acabado, más baldado por los dolores que antes de remozarse y de encontrarse apto para la fuga. Se diría que aquel impetuoso renacimiento de vitalidad, que aquella fuerza nueva que de la profundidad de su ser había surgido, se había derramado como torrente, se había volcado como ingente catarata, y se había gastado toda con rapidez en inauditas acciones, sin dejar resto alguno, sino llevándose y arrastrando en su curso parte de la vida que él conservaba aun antes del cambio prodigioso.

Pasaron algunos días en esta situación. Fray Miguel estaba cada vez más enfermo y débil. Y sin embargo, lejos de ofuscarse o de anublarse, su inteligencia se sentía bañada en luz serena y clara y Fray Miguel creía o más bien estaba seguro de que iban disipándose las nieblas o rasgándose los velos que le encubrían la verdad, y de que empezaba a ver las cosas todas sin alucinación alguna que se las desfigurase y trastrocase. Era, no obstante, tan sigiloso y tan reservado que nadie, ni el mismo Padre Ambrosio, descubría los cambios que iban realizándose en el fondo de aquel alma, aunque el Padre Ambrosio visitaba a menudo a Fray Miguel y era perspicaz zahorí de los pensamientos ajenos.

Llegó por fin un momento en que Fray Miguel se encontró menos agobiado de sus males, con la mente despejada, con las piernas y los brazos más firmes para accionar y moverse y con la voz entera para poder expresar sin fatiga ni esfuerzo cuanto sentía y pensaba.

Desvelado, en las altas horas de la noche, se levantó de su mezquino lecho, se vistió precipitadamente el sayal, encendió con eslabón, yesca y pajuela, una lamparilla de hierro, salió de su celda, atravesó los claustros desiertos y sombríos, se dirigió a la puerta de la celda del Padre Ambrosio, y llamó golpeando en ella.

Había cierto reposo enérgico en el espíritu de Fray Miguel; mas, aunque parezca contradictorio, coexistía con este reposo la impaciente decisión, que no daba espera, de hablar al Padre Ambrosio, de interrogarle sobre no pocas dudas y de pedirle cuenta y explicaciones que las resolviesen.

El Padre Ambrosio se oyó llamar, reconoció la voz de Fray Miguel, no pudo resistirse al imperio con que este exigía que le oyese, se vistió el hábito y le abrió la puerta refunfuñando.

Entró en la celda Fray Miguel, colocó su lamparilla sobre la mesa, donde había papeles y libros, y la misma calavera y el mismo crucifijo que la primera vez que allí había entrado. Se sentó Fray Miguel en la silla en que también se había sentado la primera vez, y diciendo, tengo que hablarte, excitó por señas al Padre Ambrosio a que tomase asiento.

El diálogo que hubo entre ambos, y que Fray Miguel comenzó, requiere capítulo aparte.

-II-

--¿Qué delirio es el tuyo?--dijo el Padre Ambrosio--. Me pasma que hayas venido a verme. Si te he de hablar con franqueza, no creía yo posible que pudieses salir de tu celda, débil como estás, baldado por los dolores y velados tus ojos de densa nube que desde hace algún tiempo apenas te deja ver distintamente las cosas, sino de un modo vago y confuso y como al través de una neblina. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué has venido hasta aquí, con paso vacilante e incierto, a tientas y sin duda apoyándote en las paredes? ¿Qué es lo que de mí pretendes todavía?

Fray Miguel contestó:

--Pretendo que seas conmigo franco y leal, como yo lo he sido contigo. Yo abrí para ti los más escondidos senos de mi alma y te mostré todos sus arcanos. Nada te oculté ni de mis pensamientos ni de mis pasiones. Mi espíritu, lleno de confianza en ti se te rindió por completo. Derecho tengo a que tú también seas franco y leal conmigo. Vengo a pedirte cuenta de tu conducta y de tus promesas. Dime toda la verdad. ¿Te has burlado de mí? ¿Me has hecho víctima de un engaño? ¿Es cierto cuanto me ha ocurrido o ha sido todo, como yo recelo, una endiablada fantasmagoría? ¿Acaso las pociones mágicas que me administraste, hundiéndome en hondo letargo, han suscitado visiones en mi cerebro, grabándose en él con el poderoso vigor y con la clara distinción de la realidad misma?

Interrogado el Padre Ambrosio tan de improviso y de manera que hacía imposible toda respuesta ambigua, permaneció en silencio y como quien duda y cavila sobre lo que le incumbe contestar y sobre la forma en que la contestación ha de ir expresada, para que implique la justificación o la disculpa al menos. Después de larga pausa, contestó al cabo el Padre Ambrosio:

