Part 17
--Hacemos lo que se puede--dijo Sankarachária--. Ya te he citado a no pocas personas que recibieron antiguamente nuestra inspiración y a algunas que la reciben hoy en Europa, ávida de saber y con la curiosidad científica muy despierta. Así los mencionados Paracelso, Cornelio Agripa, Fausto y tu valedor, Fray Ambrosio de Utrera. Pero quien más ha de influir en que la incubación siga preparándose sin que salga huero lo que se incuba, ha de ser una mujer privilegiada, semi-tudesca, semi-moscovita, que el cielo no subcitará en Europa hasta dentro de unos tres siglos. Pronosticado está que esta mujer vendrá a visitarnos, nos encantusará, se apoderará de muchos de nuestros secretos, los divulgará en luminosos tratados y enseñará una ciencia que poco modestamente apellidará teosofía. No será lo que enseñe sino los prolegómenos de nuestra ciencia verdadera; pero, aun así, se pasmará el mundo de oírla y de leerla y se crearán escuelas teosóficas en todas las naciones.
Ya suponemos que el pío lector habrá adivinado que Sankarachária, aunque no la nombra, alude a la señora Blavatski.
Todavía Morsamor, no satisfecho con las primeras nociones de aquella ciencia nueva, imitó proféticamente lo que hacen los periodistas del día en las _interviews_ y siguió preguntando. Para abreviar, sin que nada de lo más importante quede obscuro, prescindiremos de consignar las preguntas y sólo pondremos aquí tres o cuatro de las más notables contestaciones que Morsamor obtuvo. Por ellas empezará a comprender las doctrinas teosóficas quien esto lea y a sentir el prurito de estudiarlas a fondo en la multitud de libros que sobre el particular han escrito y publicado recientemente la citada señora Blavatski, el coronel Olcott, Annie Besant, Francisco Hartmann, Sinnett y otros autores, españoles algunos de ellos. Entiéndase, con todo, que esta ciencia de la teosofía no debe con propiedad llamarse nueva en Europa. Debe llamarse renovada. Sus adeptos de hoy le dan ya antiquísimo origen entre nosotros o sea fuera de la India. Hermes Trimegisto fue teósofo, y, bastantes siglos después, cultivó y propagó la teosofía entre griegos y latinos el ilustre Ammonio Sacas, fundador de la escuela de Alejandría.
Pero no divaguemos y vamos a las contestaciones que dio Sankarachária y que no conviene queden en el tintero.
El caudal de experiencias y de merecimientos con que el ser humano se va afirmando en sus diferentes vidas y haciéndose digno de más altas _reincarnaciones_ se llama _Karma_.
El principio que persiste, que no muere y que se _reincarna_, es el tercero de los siete que componen nuestro ser, se llama _Manas_, y es como la raíz imperecedera de nuestro individuo. Por cima de _Manas_ no hay más que _Budhi_ y _Atma_. _Atma_ es el más alto principio de vida, el alma del Universo, y _Budhi_ el lazo que a _Atma_ nos une. Por bajo de _Manas_ hay otros cuatro principios: el del amor, del odio y demás afectos, la fuerza vital, el cuerpo etéreo, y, por último, el cuerpo sólido, visible y tangible.
Sankarachária enseñó además a Morsamor que había dos métodos científicos: uno, por lo común empleado en Europa, que, valiéndose de los sentidos corporales e informándose de lo que se ve, se oye o se palpa, investiga las leyes de todo y procura elevarse a la causa primera; y otro, que es el indiano o teosófico, que se funda en la introinspección y por medio de _Budhi_ logra que _Manas_ se encarame y se enlace con _Atma_, y entonces no hay cosa que el hombre no sepa, y apenas hay cosa que el hombre no pueda. De aquí la verdadera magia blanca, que, según queda dicho, se llama _rajah-yoga_, aunque alguien la designa también con el nombre de _lokothra_ o ciencia y poder nacidos de nuestro interior desenvolvimiento, en oposición a _laukika_, magia blanca también, pero vulgar y rastrera, que se funda en conocimientos experimentales y exteriores y en el empleo de drogas, hierbas y otros ingredientes.
-XXXIII-
Morsamor hablaba a menudo con Tiburcio, que andaba retraído, y le comunicaba cuanto iba aprendiendo. Tiburcio le oía, no daba crédito a nada y se reía de todo.
--Pero no me negarás--le decía Morsamor--que Sankarachária sabe y puede mucho.
--Yo no te lo niego--contestó Tiburcio--. Lo que te niego, es que su saber y su poder se funden en lo que él dice.
Y Tiburcio no pasaba nunca más adelante, ni aclaraba mejor su pensamiento. Por sus reticencias, con todo, presumía Morsamor que Tiburcio atribula las artes y las ciencias de los _mahatmas_ a la intervención del diablo.
--¿Crees tú--le decía Morsamor--que el diablo interviene en esto?
Tiburcio no contestaba sí, ni no. Se reía y se callaba.
Entretanto, ni Morsamor, ni Tiburcio, ninguno de la pequeña hueste, podía ir a la ciudad de los _mahatmas_ jóvenes o no jubilados, ni mucho menos ver a las mujeres. Sin duda era ley inquebrantable aquel retraimiento, mil veces más severo que el que hubo más tarde en el Paraguay, para evitar que las ciudadanas y los ciudadanos fuesen perturbados y contaminados por extrañas visitas.
Todos los forasteros, por consiguiente, aunque estaban muy agasajados en el _Cenobio_ y tratados a qué quieres boca, se aburrían de muerte y ansiaban salir de allí para gozar de plena libertad aunque tuviesen que sufrir trabajos.
El mismo Morsamor empezaba a cansarse. Dispuso su partida, pero antes de despedirse de Sankarachária, le hizo una última pregunta y le pidió un favor.
--Yo estoy harto--dijo Miguel de Zuheros--de guerras y de amores. En extremo me afligen los estragos y las muertes que preceden o suceden a cada victoria y a cada triunfo. Aún ansío laureles, pero han de ser incruentos y pacíficos. ¿Y qué más pacíficos laureles que los que yo alcanzaría, si me embarcase de nuevo, y por mar, navegando siempre hacia oriente, volviese a mi patria? Dime si esto es posible.
--Ya sabes--contestó el anciano _mahatma_--que mi ciencia es más de lo interior que de lo exterior. Todo eso y más sabré yo cuando llegue a enlazarme con _Atma_. Por ahora, ni lo sé, ni me importa saberlo, ni te lo diría aunque lo supiese. Y la razón es obvia. Si te dijera que es imposible, te quitaría la esperanza, te retraería de la empresa y te despojaría del mérito de haberla acometido. Y si te dijera que es posible, aún te despojaría más del mérito y de la gloria, porque con la seguridad de alcanzar fin tan alto, ¿quién, a no ser muy cobarde no pone los medios? No extrañes, pues, que me calle y dame gracias por mi silencio.
En el favor que pidió Miguel de Zuheros fue más dichoso que en la consulta. Sankarachária se le otorgó a medias. Morsamor quiso ver y hablar al Padre Ambrosio. Y el _mahatma_, si bien se excusó de ponerle al habla con el Padre para que el Padre no averiguase que él había revelado sus ocultas relaciones y tratos, todavía le prometió hacer que le viese, y en efecto, cumplió la promesa.
Para ello, exigiendo primero a Morsamor, que no había de chistar, ni alborotar, ni moverse, viera lo que viera, le condujo a un obscurísimo sótano y le sentó en una silla, donde había de quedar, y quedó como clavado.
De repente brotó un punto luminoso en el seno de las tinieblas. El punto se desenvolvió luego en multitud de rayos que trazaron un círculo lleno de claridad. Morsamor percibió en él con asombro el camaranchón donde el Padre Ambrosio tenía su laboratorio. El Padre estaba de pie, delante del atril donde leía un libro de magia. La lámpara que ardía sobre el atril, colgada del techo, parecía ser el punto o foco de luz, por cuya dilatación el círculo se había formado. Otro fraile estaba al lado del Padre Ambrosio con la capucha calada y volviendo a Morsamor las espaldas. Inesperadamente cambió este fraile de postura y mostró a Morsamor la cara. El pasmo de este rayó entonces en delirio. Creyó ver su propio rostro como en un espejo, pero no joven y gallardo, sino marchito, lleno de arrugas y con la barba blanca como la nieve. Su terror casi fue más intenso cuando notó que aquel rostro, que se le había aparecido, caía como una máscara o se disipaba como vapor muy tenue dejando en la capucha un hueco. La capucha y todo el hábito se diría que no encerraban ya sino aire vano: una ilusión, un espectro. El sayal vacío continuaba erguido, no obstante, y hasta se movía y marchaba, como si le llenase y le animase un espíritu.
Vio después Morsamor que el féretro donde le habían encerrado se hallaba en el mismo lugar; que el Padre Ambrosio levantó la tapa, y que dentro había un cuerpo humano tendido e inmóvil. No descubrió quién era. Un lienzo velaba su cara. El Padre Ambrosio alzó un pico del lienzo, hasta descubrir la boca del que allí reposaba, e introduciendo en aquella boca el agudo extremo de un pequeño embudo, vertió por él algunas gotas del líquido contenido en un pomo que llevaba en la mano.
La visión se disipó enseguida, como las figuras de una linterna mágica o de un cinematógrafo.
No acertó Morsamor a explicarse bien todo aquello por ningún estilo, pero pensó en su propio ser, se tocó y se reconoció materialmente, y tanto en lo exterior como en lo íntimo se declaró a sí mismo que el verdadero Morsamor era él y no otro. Encomendó a todos los diablos a Sankarachária, a los demás _mahatmas_ y al _Cenobio_ de la jubilación varonil, y no bien despuntó la próxima aurora se escapó de allí con Tiburcio y los demás de su hueste.
-XXXIV-
Los diversos apuntes manuscritos de los que hemos ido extractando y compaginando esta historia hasta ahora clarísima, presentan aquí contradicciones que conviene resolver y obscuridades que conviene disipar por medio de hipótesis.
¿Cómo pudo Morsamor salir del misterioso y fantástico país de los _mahatmas_ y hallarse de nuevo en terreno de ser y realidad más reconocidos?
Sin el poderoso auxilio de Sankarachária, jamás acaso hubiera logrado tal cosa. Nunca Morsamor hubiera salido de allí ni hubiera vuelto al mundo real, como volvió el doctor Fausto desde el país de las quimeras. Allí se hubiera quedado, no durante años, como se quedó Bompland en el Paraguay, sino para siempre: hasta la consumación de los siglos.
Morsamor, pues, y su hueste salieron, según unos, en una barca encantada, que se hallaron junto a la orilla de un lago, y que, arrastrada por la corriente, los lanzó en un río, por donde el lago se desaguaba, y cuyas ondas por rapidísimo declive se abrían cauce en la estrecha y tortuosa garganta que formaban tajados peñascos de empinadísimos cerros. Aseguran otros que Morsamor y su hueste se fueron por el aire, en una máquina o ingenioso artificio que les suministró Sankarachária y que sin ser juguete de las corrientes atmosféricas como los globos aerostáticos de ahora, se movía en la deseada y prescrita dirección, atraído por la fuerza psíquica o magnético-espiritual de un gran sabio, amigo de Sankarachária, que vivía en la ciudad de Lasa y era nada menos que el Secretario de Estado o ministro principal del Dalai-Lama. Si es lícito comparar lo falso con lo verdadero y la mala copia o remedo con el original, este Secretario de Estado era, respecto al Dalai-Lama, lo que fue Pedro Bembo respecto a León X.
Como quiera que sea, lo cierto es, que Morsamor y su hueste se hallaron en Lasa como por encanto.
La lámina de oro o salvoconducto de Babur les valió de mucho. ¿Cómo no habían de respetar en el Tibet, las encarecidas recomendaciones del sucesor de Tamerlán y de Kubilai-Kan, príncipe que había conquistado la China, que había reinado benéfica y gloriosamente en ella, y que por los consejos e insinuaciones de su privado Marco Polo, había fundado el poder temporal del Dalai-Lama como Constantino y Carlo Magno el de los pontífices de Roma?
El aviso además, que al Secretario de Estado dio Sankarachária por los medios mágicos de que disponía, y que dicho Secretario trasmitió a varios adeptos de los muchos que entonces tenían los _mahatmas_ en el Tibet y en China, facilitó el largo y peligroso tránsito de Morsamor por todos aquellos países, inexplorados hasta entonces por los europeos.
Taciturno y afligido Morsamor, había hecho voto de no enamorar ya a mujer alguna, de no reñir con ningún hombre y de no tomar parte en ninguna contienda armada. Y como merced a las recomendaciones de Babur por un lado y a las del _mahatma_ por otro, se le facilitaron todos los medios de comodidad y de transporte, no se ha de extrañar, que Morsamor, por sus pasos contados, con la mayor premura posible, y sin que nada memorable le sucediera, llegase a Canton felizmente.
De lo que vio y observó en la China, bien pudiéramos poner aquí bastante, ya que en los archivos de Sevilla, privados y públicos, se conservan curiosísimas notas de Morsamor y de Tiburcio. Pero nosotros juzgamos conveniente pasar por alto todo esto. Nuestros ilustres viandantes sólo figuran como meros observadores y las noticias que dan no difieren mucho de las consignadas en las relaciones de viajes del Reverendo Padre Agustino Fray Juan González de Mendoza, del nunca bien ponderado Fernán Méndez Pinto, del Padre Maestro Fray Domingo Fernández Navarrete, de la orden de predicadores, y de otros sinólogos, españoles y portugueses no pocos de ellos, sin excluir a don Sinibaldo de Más, nuestro antiguo amigo.
Lo que aquí nos importa saber es que Morsamor se fue enseguida desde Cantón a Macao, pequeña colonia recién fundada por los portugueses.
En la rada de la nueva ciudad, Morsamor halló lo que deseaba y esperaba, según lo había concertado con el piloto Lorenzo Fréitas. Su nave, hacía dos o tres semanas que estaba allí aguardándole, lo cual no pesaba al señor Vandenpeereboom que había traficado con los chinos y hecho muy buenos negocios, ni pesaba tampoco a Fray Juan de Santarén, que predicaba con gran fruto, aunque valiéndose de intérpretes, y que bautizaba chinos a centenares, hallando sus neófitos entre la gente pobre y trabajadora que hoy pudiéramos llamar _coolies_.
Ni el comisionista, ni el misionero, gustaron de la nueva empresa que Morsamor quería acometer; pero Morsamor poseía grandes riquezas y con ellas se allanan dificultades y todo se compone. A Fray Juan le proporcionó recursos suficientes para socorrer a sus más desvalidos catecúmenos y fundar un asilo piadoso, y al señor Vandenpeereboom, que tenía amplios poderes de los señores Adorno y Salvago, le compró la nave, pagándola espléndidamente, por una mitad más de su justo precio.
El piloto Lorenzo Fréitas y muchos de la tripulación, decidieron no abandonar a Morsamor e ir con él donde quisiera llevarlos.
Bajo la inteligente dirección de dicho piloto, hábiles calafates del país, limpiaron los fondos de la nave, que estaban harto sucios, la carenaron bien y la pusieron como nueva.
Morsamor y el piloto la proveyeron, por último, de todo género de vituallas y bastimentos como para una navegación muy larga.
Más de la mitad de los guerreros portugueses que hasta allí habían acompañado a Morsamor, resolvieron quedarse en Macao; pero los otros más decididos, así como los antiguos tripulantes, formaban muy completa dotación para la nave a la que Morsamor quiso cambiar el nombre que antes tenía sin duda, aunque no sabemos cuál fuese, y la confirmó con el antiguo, clásico y mitológico nombre de _Argo_.
No pocos días se pasaron en tan importantes asuntos, y si bien Morsamor se empleaba en ellos, lejos de mostrarse comunicativo y alegre, andaba triste y silencioso, esquivaba el trato y la conversación de todos, hasta del fiel Tiburcio, y para reposar de sus afanes gustaba de ir a escondese en cierta pintoresca gruta que había entre los peñascos de un cerro y desde la cual se oteaba el mar azul y se descubría muy extenso horizonte.
Al escribir la historia de Morsamor, nosotros haríamos célebre esta gruta, aunque ya no lo fuese, pero nos ahorra el trabajo de darle celebridad la que ya tiene desde antiguo por la circunstancia de haber imitado a Morsamor, sin saberlo, el glorioso poeta Luís de Camoens, que, pocos años después, solía ir allí a meditar y a entregarse a los más poéticos soliloquios. Los de Morsamor eran poéticos también, aunque todavía más que poéticos eran filosóficos, por lo cual pondremos aquí muy en resumen uno de estos soliloquios, a fin de que el sentir y el pensar de Morsamor sean entendidos sin que se fatiguen y sin que califiquen el soliloquio de _latoso_ los lectores poco inclinados a la filosofía.
-XXXV-
--Mi segunda mocedad--decía Morsamor--ha sido peor empleada que la primera. _¡Vanidad de vanidades!_ Todo es vanidad y singularmente nuestros afanes, trabajos y aspiraciones. Pienso a veces que me valiera más no haberme remozado; pero, arrastrado por esa corriente de ideas negras, voy más lejos aún y exclamo: ¡mejor sería no haber nacido! He buscado el amor para gozarle y he hallado vergüenza, desolación y muerte. Doña Sol paga mi amor con su desprecio. El desprecio mío mata el amor de donna Olimpia. Y cuando no nos despreciamos y nos amamos, la ira y los celos dan espantosa muerte al objeto de mis amores. Mi ambición no ha sido menos burlada que mi cariño. Salvo una ruin satisfacción de amor propio; ¿qué ventaja he sacado, ni para mí ni para mis semejantes, de mis triunfos guerreros?
Así discurría Morsamor con profunda tristeza. Luego, para consolarse, imaginaba tener una misión y cumplir con ella. Se creía factor poderoso en el engrandecimiento de su patria. Pero también de esto dudaba; y mirando con inquietud hacia el porvenir, conceptuaba tal engrandecimiento caduco y efímero.
Cierta idea, más clara y consistente en nuestra edad que en la suya, aparecía después a su espíritu, para justificar su ambición; para que sus propósitos no fuesen tenidos por vanos. Morsamor suponía que el humano linaje iba subiendo a más altas esferas de bondad y de luz y que él contribuía enérgicamente a la ascensión magnífica, predeterminada por el cielo. Desconsoladoras reflexiones venían al punto a invalidar o al menos a poner muy en duda, el valer de esto último.
--No escatimaré yo mis alabanzas, ni negaré mi admiración--pensaba nuestro héroe--a los descubrimientos, invenciones y adelantos que los hombres realizan. Se diría que doman la naturaleza material, que encadenan con su inteligencia y sujetan a su voluntad las fuerzas del universo, y que se valen de ellas para evitar fatigas y crear placeres y goces. Laudable es, en este sentido, el fecundo renacimiento en Europa de ciencias, artes y letras. Laudable es la activa curiosidad de nuestros navegantes que atraviesan nunca surcados mares y penetran en las más apartadas e incógnitas regiones. Y si no es más laudable, es mil veces más asombroso el mágico saber de los _mahatmas_, que no puedo negar, porque de él he sido testigo. ¿Pero en lo fundamental, hay progreso acaso o hay mejora en Europa, en la India o en la China? Yo sospecho lo contrario. En las antiguas edades los hombres acertaban a veces o por estar más cerca de la revelación primitiva, o porque alambicaban menos y no se quebraban de puro sutiles, o porque la mente de ellos, no abrumaba aún con la pesada carga de lo observado y experimentado, levantaba el fácil vuelo a las esferas superiores y era capaz de una inspiración inocente y casi divina. Hoy, a fuerza de cavilar y de sutilizar, el entendimiento se pervierte y disparata mucho. No hay progreso, sino perversión, desde el himno compuesto hace más de tres mil años, que venían cantando los _mahatmas_, cuando los vi volver al _Cenobio_, hasta las doctrinas que me expuso luego Sankarachária y que implican la negación de Dios, el concepto de que el mundo casi es ilusión y fantasmagoría, y la mal velada afirmación de que la conciencia nace de lo que no tiene conciencia, la voluntad del ciego prurito de los átomos, y de sus desordenadas evoluciones el entendimiento y las leyes a que el entendimiento sujeta así lo exterior y visible como lo más hondo e íntimo del alma. Cuanto he oído en Benarés en boca de los brahmanes y cuanto después me ha expuesto Sankarachária en su misterioso retiro son la corrupción del mencionado himno del _Rig-Veda_, donde el vate de los primeros tiempos busca a Dios, le columbra y le admira en las cosas creadas y le reconoce y le adora. En este mismo Imperio en que ahora estoy, he conversado con los mandarines y sólo he visto en su saber ateísmo materialista y grosero; he conversado con lamas y bonzos y despojando sus doctrinas de supersticiones y de símbolos, sólo he visto en ellas la confusión de Dios y del mundo y el destino y el fin del alma humana fluctuando entre el aniquilamiento y la apoteosis.
Así cavilaba Morsamor y creía sacar en claro de sus cavilaciones la verdad real de su ser, del universo y de Dios que lo ha creado todo. Las muchas contradicciones que al afirmarlo así surgían en su mente le repugnaban mil veces meros que todas las otras contradicciones nacidas de cualquier otra metafísica por sutil y profunda que fuese.
--Hará ya más de dos mil años--decía Morsamor--que vivió en este Imperio el filósofo Laotse y escribió su doctrina del Tao. Allí está la verdad, al menos en germen. Cuanto después han inventado los chinos o han importado de la India es perversión o extravío.
De esta suerte, en la misma gruta donde más tarde meditó Camoens, Morsamor meditaba y filosofaba, se lisonjeaba de ir por el buen camino, y, hasta cierto punto se consideraba desengañado. Morsamor, no obstante, no se resignaba a despojarse de toda ambición. Aún quería recobrar el tiempo perdido, ganar gloria sobre la tierra, hacer inmortal su memoria entre los hombres, cosechar laureles sin verter sangre, revelar arcanos y realizar algo de inaudito o de antes no realizado por nadie. ¿Cuál sería el término de aquel inmenso mar que ante sus ojos se extendía? ¿Podría llegar por él hasta el mundo por Colón descubierto, salvar el valladar que le opusiera y volver a su patria navegando siempre hacia oriente?
Los letrados chinos, a quienes había consultado, nada sabían de todo esto. Acaso el extremo de aquel Océano oriental recelaba un obscuro abismo, algo de inaccesible para el hombre. Más allá tal vez estaría un infinito piélago de color y de luz, de donde al amanecer surgiría la aurora vertiendo claridad y oro, zafiros y rubíes por el éter, y abriendo paso al resplandeciente carro del sol, que vendría en pos de ella. Tal vez eran sueños y delirios las opiniones de antiguos sabios griegos sobre la esfericidad de la tierra. Tal vez era fábula cuanto había oído contar a los letrados de la primera expedición mística al Fusang de los discípulos de Fo en busca de un elixir que los hiciese inmortales. Tal vez eran fábulas también otras expediciones ulteriores. Los barcos de la flota que Kubilai-Kan envió a la conquista del Japón, dispersos e impulsados por una tempestad, pudieron llegar acaso al Fusang misterioso; pero de seguro que jamás volvieron de allí trayendo nuevas de lo que habían visto. No era el Fusang el mundo de Colón, sino un país imaginario donde la fantasía vulgar y materialista de los chinos ponía mayor fertilidad, abundancia y riqueza que los europeos pusieron más tarde en el Dorado. Lo único cierto era que más al oriente del Japón poco o nada conocían los chinos. Sólo presumían la indefinida extensión de un Océano mucho más ancho que el que separa a España de las tierras por Colón descubiertas. ¿Qué había en el extremo de este Océano? Quién sabe. Acaso el extremo de la tierra en que vivimos; el borde del disco; los lazos que atan la tierra al firmamento y que la sostienen suspendida en el éter. Morsamor veía en todo esto un misterio hasta entonces velado; pero le impulsaban a romper el velo su misma oscuridad y la vaga esperanza de que fuese cierto lo que habían pensado los sabios antiguos de Grecia y lo que Colón había intentado y hasta había creído demostrar yendo por Occidente al extremo Oriente.
Decidido, pues, Miguel de Zuheros, y habiendo infundido en los de la nave confianza en su decisión, dejó en Macao al señor Vandenpeereboom y a Fray Juan de Santarén, haciendo el uno negocios, y haciendo sermones el otro, y zarpó con su nave con rumbo hacia la desconocido.
-XXXVI-