Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Part 16

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Entonces salió de la espesura un viejo, algo encorvado por la edad, que parecía llegar a cien años, y con airado acento censuró la cruel conducta de Tomás Cardoso y hasta le amenazó con un castigo. Con burla y desprecio respondió el portugués al pobre anciano y dirigió sobre él el caballo para asustarle. Mas, ¡oh raro prodigio!, el viejezuelo alzó en el aire el báculo en que se apoyaba y dirigió la contera hacia el caballo que sobre él venía. El caballo dobló al punto las rodillas y bajó la cabeza hasta el suelo, como para besarle con humildad. Aquellos movimientos fueron tan rápidos, y fue tanto el descuido de Tomás Cardoso, por no preverlos, que el caballo le botó de la silla y le apeó por las orejas, excitando el caído la risa de sus compañeros a pesar del asombro que el sobrehumano poder del viejo les había causado.

Se adelantó entonces Tiburcio, y, sirviendo de intérprete, en vulgar dialecto indostaní, preguntó al viejo quién era él y en qué país se hallaban ellos.

El viejo contestó al punto en un idioma de cuyos vocablos no sabían uno siquiera ni Tiburcio, ni Morsamor, ni ninguno de los que iban acompañándolos.

Pero esto fue lo más raro y maravilloso. Ni Tiburcio, ni Morsamor, ni el más rudo de los allí presentes dejó de entender lo que el viejo decía, como si a cada uno en su patria lengua le hablase.

El viejo les dijo:

--Os hago saber que yo soy ayuda de cámara, secretario o fámulo del muy egregio señor Sankarachária. Gracias a él, y comunicados por él, poseo varios importantes dones. Es uno de ellos el de adivinar los pensamientos ajenos, y es otro el de sugestionar o infundir los pensamientos propios en las ajenas mentes sin valerme del auxilio de la palabra y del intermedio de los sentidos corporales. Os he escuchado y os he hablado por costumbre y rutina y para no faltar al uso corriente, pero sin hablar entiendo y me hago entender y así continuaremos nuestra conversación. Os digo con franqueza que no comprendo cómo habéis podido llegar hasta aquí. Mi amo me lo explicará todo, porque todo lo sabe. Ahora conviene que os lleve a su presencia. Es cortés y benigno; perdonará vuestra audacia y os recibirá amistosamente. Seguidme y os serviré de guía.

Dicho esto, volvió la espalda, empezó a andar y todos le siguieron.

-XXX-

No tardaron mucho en hallarse a la vista de un edificio tan suntuoso, grande y de tan florido estilo, que en su comparación, parecía miserable choza, la casa más capaz y elegante de Padres Jesuitas, sin exceptuar la que tienen en Loyola. Sobre la puerta principal había una inscripción en gruesas letras de oro. Como ya estaban todos sugestionados por el fámulo, aunque la inscripción estaba en sánscrito, la leyeron y entendieron, como si estuviese en portugués o en castellano. La inscripción decía: _Cenobio de la jubilación varonil_.

El fámulo aclaró el concepto de esta suerte:

--Los señores que aquí viven, son los señores más sabios que hay en el mundo. Con su exquisito régimen higiénico, con su dieta herbívora, y con su prudente y morigerada conducta, prolongan mucho la vida. Aquí no contamos por decenas sino por docenas. El término natural y ordinario de la existencia, es aquí de una gruesa de años o dígase de ciento cuarenta y cuatro. Cuando alguien por accidente muere antes, decimos que se malogra. Siete son los principios o elementos que en armonioso conjunto constituyen el ser humano. El número siete es simbólico y posee no pocas virtudes. Según nuestra Constitución social y política, histórica y filosófica, interna y externa, la vida de acción acaba en cada individuo cuando este cumple siete docenas de años. El día en que los cumple, es el día de su jubilación y él se retira a este _Cenobio_ y pasa de la vida activa a la vida contemplativa.

Así, el fámulo iba enterando de todo a Morsamor y a su tropa. Y gracias a la sugestión, no sólo les daba noticias, sino que también les inspira sanos, juiciosos y vehementes deseos. El de bañarse, fregarse y escamondarse, fue el primero que les inspiró, y para que le lograsen, como le lograron, los introdujo en unas maravillosas termas, donde brochas y suaves cepillos automáticos los ungieron con aromático y espumoso jabón y les dieron gratas y purificantes fricciones. Recibieron luego duchas de agua perfumada, se secaron con finísimas sábanas de lino y quedaron como nuevos de puro lustrosos. Todos parecían más guapos y más jóvenes que antes. Al revestirse, notaron con agradable pasmo que la ropa interior había sido lavada y planchada, (permítaseme lo familiar de la expresión) en un periquete, y que asimismo olía muy bien, gracias a un exquisito sahumerio. Los coletos, los gregüescos, las calzas y demás ropilla exterior todo se había limpiado, quedando muy decente y desapareciendo las manchas sin el empleo de la bencina ni de otras sustancias apestosas.

El fámulo les dijo que era muy conveniente que ellos se presentasen de un modo decoroso ante el señor Sankarachária.

Los llevó enseguida a un bonito y capaz refectorio, donde almorzaron sutiles extractos, que paladeaban y saboreaban con raro deleite y que eran tan nutritivos y tan poco groseros, que bastaba para alimentar y satisfacer a un jayán, lo que cabe en una jícara de chocolate.

A todo esto, Morsamor y los suyos notaban con extrañeza que no aparecía nadie y que el _Cenobio_ estaba como desierto. Adivinó el fámulo lo que pensaban y aclaró el caso de este modo:

--No quiero que andéis maravillados y suspensos al ver esta mansión desierta. En ella no hay en este momento sino otros pocos fámulos como yo, retirados sin duda, cada uno en su celda. Los señores han salido todos. No volverán hasta tres horas después de mediodía, porque hoy tienen _Recordatorio galante_.

Impaciente Morsamor por averiguar lo que aquello significaba, interrumpió al viejo preguntándole:

--¿Y qué _recordatorio_ es ese?

--El _Recordatorio galante_--contestó el viejo--consiste en la costumbre que tienen los señores de ir una vez por semana al cercano _Cenobio de la jubilación femenina_, donde las señoras ancianas, dulces compañeras de su mocedad, los reciben de visita, los agasajan con un delicado banquete, recuerdan con ellos los juveniles gozos y hasta cantan y bailan y huelgan y se entretienen, si bien con la majestad, el entono y el sereno juicio que importan en la edad madura.

Paseando por los alrededores del _Cenobio_ y admirando los vergeles que le circundaban, estuvieron Morsamor y su gente hasta que pasaron las horas del _Recordatorio_ y volvieron al _Cenobio_ los señores ancianos.

Cosa de encanto les pareció el verlos venir. Con pausa solemne venían en dos hileras, como dos centenares de venerables viejos, vestidos de largas, flotantes y cándidas vestiduras. Todavía eran más cándidos y relucientes sus cabellos levemente rizados y sus luengas y bien peinadas barbas. Al andar, se apoyaban algunos en dorados báculos. Otros traían y tocaban arpas, violines y salterios. Guirnaldas de verdura y de flores ceñían las sienes de todos aquellos ancianos.

El fámulo, que para verlos pasar se había echado a un lado con los forasteros, dijo a estos cuando llegó frente de donde estaban el viejo tal vez de mayor estatura y de más gravedad y belleza de rostro.

--Ese es mi amo, el señor Sankarachária. Trae, como veis, una guirnalda de hiedra y de violetas, con que le ha coronado hoy su esposa, para simbolizar el púdico, modesto y apretado lazo con que siempre la tuvo ceñida y prendida.

Al son de los instrumentos músicos, venían todos cantando, con deliciosa melodía, un himno del _Rig-Veda_, del que Morsamor comprendió milagrosamente y conservó en la memoria, no sabemos si con entera fidelidad, las siguientes estrofas:

«Áureo germen de luz apareciste al principio. Soberano del mundo llenaste la tierra y el cielo. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Tú das la vida y la fuerza. Los otros dioses anhelan que los bendigas. La inmortalidad y la muerte son tu sombra. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Las montañas cubiertas de nieve y las agitadas olas del mar anuncian tu poderío. Tus brazos abarcan la extensión de los cielos. ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

«Tú iluminas el éter. Tú afirmas la tierra y difundes la claridad por entre las nubes. Cielo y tierra te miran temblando a ti que los criaste. De tu radiante cabeza nace la aurora. Sobre las aguas que engendraron la luz primera y que se precipitan en el abismo, tiendes tú la serena mirada. Sobre todos los númenes te elevas cual Dios único. ¡Oh custodia y faro de la verdad! ¿Eres tú el Dios a quien debemos ofrecer holocausto?».

-XXXI-

Como los sabios ancianos venían algo fatigados de la inocente huelga que habían tenido, el fámulo dejó que reposasen y durmiesen la siesta un par de horas, y luego llevó a Morsamor y a los suyos a la presencia del señor Sankarachária, quien los recibió con distinguida afabilidad y extremada finura.

Ya sabía Morsamor por el fámulo que el señor Sankarachária era el escritor más notable que había entonces en el _Cenobio_ y en toda aquella República. Los libros que había compuesto y que componía, eran epítomes o brevísimos compendios, en estilo llano, para poner al alcance del vulgo los más útiles conocimientos. Por el método, orden y nitidez de la exposición, ensalzaba el fámulo, entre dichos libros, los que se titulan _Tattva Bodha, Conocimiento de la existencia; Atma Bodha, Conocimiento de yo (Dios)_; y _Viveka Chudamani, El Paladión de la sabiduría_.

--Aunque estos libros--añadía el fámulo--son sólo rudimentos y preparativos para iniciación más alta, nadie consiente por acá que se comuniquen a los europeos, cuya inteligencia carece de la sólida madurez que para comprenderlos se requiere. Sólo dentro de tres siglos y pico, podrán ser y serán traducidos, leídos y semi-comprendidos en Europa por algunas pocas almas excepcionalmente superiores.

Ya conjeturará el lector de la singular historia que vamos escribiendo, el mar de confusiones en que un espíritu tan escéptico y tan crítico, como el de Morsamor, hubo de engolfarse y hasta de anegarse al ver y al oír tan estupendas cosas.

--¿Qué diantres de personajes serán estos viejos?--se preguntaba él cavilando--. ¿Serán en realidad profundamente sabios, estarán de buena fe, llenos de vanidad y de soberbia por la comodidad y el regalo con que viven, gracias a sus envidiables inventos o habrá en ellos algo de embaucadores y de farsantes?

Así discurría Miguel de Zuheros, pero se callaba y ni al doncel sutil confiaba su discurso. De todos modos, Miguel de Zuheros sentía muy picada su curiosidad y anhelaba investigar y averiguar más de lo que ya sabía por el fámulo. Y como el señor Sankarachária era muy conversable y muy fino, procuró charlar con él, lo consiguió fácilmente y le interrogó sobre diversos puntos. De las contestaciones que obtuvo el sabio viejo, hemos podido recoger aquella parte que por ser menos profunda está más a nuestro alcance y vamos a ver si acertamos a transcribirla clara y fielmente.

--El _ocultismo_--dijo Morsamor--no acaba de justificarse a mis ojos. ¿Por qué escondéis avara y egoístamente vuestra ciencia, si vuestra ciencia es buena y puede hacer a los hombres, mejores y más dichosos?

--No transmitimos nuestra ciencia--respondió el sabio viejo--porque lo esencial de ella es intransmisible. Cada ser humano la crea en sí y para sí, sumergiéndose en el abismo de su propia alma, con intuición sólo eficaz cuando el alma está ya purificada y educada, exenta de egoísmo, libre de pasiones, apetitos y concupiscencias vulgares y apta para entrar en el santuario íntimo de la conciencia suprema, donde todo es uno, el conocer, el que conoce y lo conocido. Para adquirir esta indispensable previa aptitud, jamás basta una sola vida. Sólo puede conseguirse después de muchas _reincarnaciones_.

--¿Sabes tú--preguntó Morsamor--por cuántas has pasado ya?

--Mi _clarividencia_, en este punto, no es completa todavía--replicó el anciano--; pero entreveo y percibo en la penumbra confusa de mis recuerdos _ultranatales_ que he muerto y renacido ya treinta veces en esta mansión terrenal. Y todavía sé poco y todavía para seguir estudiando tendré que morir y que renacer dos o tres veces más antes de alcanzar el _nirvana_.

--¿Y qué es el _nirvana_?--dijo Morsamor.

Declárartelo bien--contestó el viejo--implicaría dos cosas tan difíciles que rayan en lo imposible. Es la primera que si lo supiese yo, yo estaría ya en el _nirvana_ y sería omnicio o digase conocedor de cuanto ha sido, es y será; del sujeto, del objeto y de la síntesis en que se enlazan e identifican, siendo todo y uno y disipándose las aparentes ilusiones que distinguen, individualizan y separan. Y es la segunda que, aun poseyendo yo tan alta bienaventuranza, no hallaría para transmitirte su concepto medio alguno de expresión en lenguaje humano, ni tampoco en la sugestión directa y pura. Por ahora, reprime tu curiosidad y aguántate sin saber lo que es el _nirvana_. Acaso, dentro de algunos siglos, cuando subas a vida más alta, trasluzcas o columbres lo que es.

Morsamor se resignó porque no había otro remedio; mas para consolarse hizo preguntas menos trascendentes.

--Aunque lo más substancial y elevado de vuestra ciencia sea intrasmisible, todavía no me explico y deploro que viváis tan aislados en este esquivo rincón del mundo, sin influir en las andanzas del humano linaje, y sin enseñar a alguien que no sea de los vuestros, ya que no lo más elemental de vuestra ciencia, el método o camino que a ella conduce.

--Tu suposición es infundada--dijo el anciano--. Nosotros distamos mucho de vivir aislados. Desde hace miles de años estamos en comunicación y tenemos trato con no pocos espíritus selectos, aun de los que han vivido y viven más lejos de aquí. Nosotros les hemos comunicado generosamente algo de lo que sabemos y podemos comunicar. Sobre todo, hemos sido dadivosos, espléndidos, con aquellos que han logrado penetrar hasta aquí y hacernos una visita. Uno de los primeros que vino a vernos desde Europa fue Pitágoras de Samos, y a nosotros se nos debe no pequeña parte de su sistema filosófico. A despecho de nuestra prudencia y de nuestra ancianidad, he de confesarte que pecamos por un exceso de galantería, y siempre que aparece en nuestra tierra alguna dama extranjera de distinción y aficionada a saber, la recibimos con finísimas atenciones y hacemos cuanto está a nuestro alcance para ilustrarla. Valgan como ejemplo la famosa Sibila Eritrea y más aun la linda hija de un honrado _lucumon_ etrusco que vino acompañándola. Ella cautivó de tal suerte con su gentil presencia y con su mucha discreción a nuestros antepasados, que consiguió la dotasen de pasmosa sabiduría. Cuando volvió a Italia con su señor padre, se prendó de cierto reyezuelo de un pequeño Estado, tuvo con él frecuentes coloquios y le dio tan sanos consejos y le inspiró tan admirables leyes, que su ciudad, única en la historia, se enseñoreó de lo mejor del mundo y fundó hasta hoy el más persistente de los imperios. Ya comprenderás que hablo de Egeria, la ninfa inspiradora de Numa. Otros peregrinos se han presentado por aquí, que se han aprovechado muy mal de nuestras generosas lecciones, moviéndonos a arrepentirnos de habérselas dado. No se han servido de ellas con el desinterés y la abnegación indispensables para que den buen fruto, sino con malvado egoísmo, para engañar al prójimo y seducirle. Cuando esto ocurre, la magia blanca o _rajah yoga_ que nosotros aprendemos y transmitimos, se malea y se tuerce, y convertida en _hatha yoga_ o magia negra, suele hacer mil estragos como si fuese obra de los númenes infernales. Entre estos peregrinos que nos han dado chasco, te citaré a Simón el Mago, a Apolonio de Tiana, a Máximo de Efeso, consejero de Juliano el Apóstata, y por último, al encantador Merlín, a quien consideran en Europa como hijo del diablo, lo cual no hay para qué decir que es absurda mentira.

--¿Pero es menester--preguntó Morsamor--llegar a estos sitios para participar de vuestra sabiduría?

--En manera alguna--dijo Sankarachária--. Los más aprovechados e iluminados de entre nosotros, poseemos la facultad de entendernos, si queremos, con las personas que están más distantes. Nuestro cuerpo material y pesado es como la creación de nuestro cuerpo etéreo y plasmante, cuya ligereza raya casi en ubicuidad. Nosotros podemos desprender del cuerpo material y pesado dicha forma etérea, mal llamada cuerpo, recorrer con ella inmensas distancias, filtrarnos o colarnos por cualquier resquicio en la más severa clausura y conversar a todo nuestro sabor con nuestros amigos y adeptos. Así nos comunicamos y entendimos, hace ya sobre poco más o menos veintidós siglos, con el príncipe Sidarta, entrando en el hermoso palacio de Kapilavastu, donde su padre Sudhodan, rey de los sakias, le tenían encerrado. Con nuestras amonestaciones y consejos fomentamos su vocación e ilustramos su nobilísimo espíritu. Bien podemos, pues, jactarnos de haber influido en que se fundase una religión que en el día profesan más de cuatrocientos millones de seres humanos.

--¿Y habéis tratado y seguís tratando de la misma suerte a algunos sabios europeos, yendo vosotros de visita donde ellos residen?

--¿Y cómo no?--contestó Sankarachária--. Yo tengo y visito así a varios amigos de Europa. Uno de ellos, suizo de nación, médico excelente y filósofo de raro y agudísimo ingenio, está avecindado en Basilea, y es generalmente conocido con el nombre de Paracelso; otro, no menos singular, se llama Cornelio Agripa, natural de Colonia, en las orillas del Rhin; otro, que tiene más fama de brujo que los demás, y dicen que va siempre acompañado de un diablo en figura de paje, lo cual ya comprenderás que es una patraña, se llama el doctor Juan Fausto; y otro, por último, con quien estoy yo en más frecuentes y cordiales relaciones, vive ahora junto a Sevilla, en un convento en la margen del Guadalquivir, y se llama el Reverendo Padre Fray Ambrosio de Utrera.

Suspenso y como turulato se quedó Morsamor al oír en boca de Sankarachária el nombre de su benéfico amigo.

--Entonces--exclamó--sabrás quién soy yo. El Padre Ambrosio te lo habrá contado todo.

--Y vaya si me lo ha contado. Yo sabía quién tú eras, he influido en que vengas por aquí; puedo asegurar que invisiblemente te he guiado para llegar adonde no llega nadie sin nuestra venia, y encargando a mi fámulo el disimulo, le ordené que te aguardase en el soto, como, en efecto, lo hizo.

-XXXII-

No fue una sola vez, sino varias, las que tuvo Morsamor diálogos por el estilo con el sabio viejo. Así aclaró o creyó aclarar muchas dudas y formar idea, aproximada ya que no exacta, del país a que había llegado y de la gente que en él vivía.

Pondremos aquí, en resumen, el resultado de sus investigaciones o dígase lo que él acertó a comprender y lo que nosotros podemos expresar sin trabucarlo ni alterarlo.

Era aquel país el de los llamados _mahatmas_, rodeado de montañas tan intransitables, que los profanos no podían llegar a él. Era como unas Batuecas, no groseras y rústicas, sino cultas, elegantes y felices. Cuatro mil años, sobre poco más o menos, hacía ya que los habitantes de aquel país vivían apartados de la mayoría del humano linaje, formando una República pacífica y próspera, cuyo único gobierno era el consejo de los señores del _Cenobio_ o sea de los _mahatmas_.

Sankarachária explicaba de modo harto singular el origen de aquella República. Lo que él contaba dista mucho de parecer verdadero; antes bien, lo consideramos como fábula impía y absurda, pero nos parece tan curiosa que no podemos resistir a la tentación de ponerla aquí, en breves palabras, remitiendo a los lectores que quieran saber más sobre ello a un libro escrito no hace mucho tiempo y cuyo título es _Dios y su tocayo_.

Prescindamos de la mayor o menor antigüedad de la especie humana. Dejemos a la prehistoria, ya fundada en la geología, ya valiéndose del estudio comparativo de los idiomas y de otros primitivos documentos, conceder muchos miles o pocos miles de años a la existencia del hombre en nuestro planeta. Tengamos sólo por cierto, para no disputar con el señor Sankarachária, que, antes de que apareciese la raza blanca, hubo otras razas que progresaron y se elevaron a no pocos grados de civilización. Así la raza negra, la amarilla y la raza de piel roja, cuyos individuos se llamaron atlantes y se esparcieron por el mundo cuando la Atlántida se hundió. No hablemos aquí de los proto-scitas o hiperbóreos, colonia de los atlantes que se estableció más allá de las Montañas Rifeas y que fue muy culta y floreciente. A nuestro propósito basta saber que más de dos mil y cuatrocientos años antes de la era vulgar, había dos poderosos y civilizados imperios: uno en Egipto, de atlantes y de negros mezclados, y otro en China, no menos adelantado o quizá más adelantado que el de los egipcios. En China reinaba en aquella época un Emperador llamado Iao, y hacía muy poco que, por evolución y selección, había aparecido sobre el haz de la tierra la raza blanca, que es la más perfecta de todas.

Ciertos espíritus, muy pulidos y desbastados ya, después de pasar por bastantes _reincarnaciones_, no se avinieron a _reincarnarse_ en chino, ni en negro, ni en mulato. Con la fuerza plasmante que tenían en su forma etérea se condimentaron o confeccionaron cuerpos sólidos más perfectos, y de esta suerte creía el sabio viejo, cuyas ideas extractamos, que apareció la raza blanca en el mundo. En una fértil y bonita comarca del Tibet, vivió y se propagó, bajo la dependencia del ya citado Emperador de la China, a quien sus súbditos llamaban Iao y Padre Celeste. Este soberano empezó a temer que aquellos nuevos hombres se instruyesen demasiado, se ensoberbeciesen y se rebelasen. Procuró, pues, conservarlos en la ignorancia, pero ellos desobedecieron sus mandatos y aprendieron muchas cosas buenas y malas. Iao entonces envió un ejército contra ellos, que los expulsó del paraíso en que vivían. Y ellos, expulsados ya, fueron poco a poco emigrando por diversas regiones y dominando y acogotando a las razas inferiores donde quiera que llegaban. Algo, no obstante, se pervirtieron, malearon y bastardearon con el trato y convivencia de las tales razas, harto inferiores, como ya queda dicho.

Sólo una escasa minoría de la raza blanca se conservó pura y sin mezcla y subió como la espuma en virtud y en saber. Para ello, en el momento de la expulsión ordenada por Iao, tuvo la cautela de escabullirse en aquel valle recóndito, circundado de altísimos montes y de casi impenetrables desfiladeros. Tal fue el origen de la República de los _mahatmas_, según ellos mismos lo entendían y declaraban.

--¿Y cuándo saldréis de vuestro retraimiento?--preguntó Morsamor a Sankarachária.

Y Sankarachária contestó:

--Cuando la Humanidad sea capaz de comprendernos. Cuando nazca a la vida colectiva.

--Pues qué, ¿no ha nacido aún?

--Aún dista mucho de nacer. Está en germen caótico: en incubación. No nacerá a la vida colectiva hasta dentro de quince mil años.

--¿Y cómo no hacéis nada para que la incubación se apresure?