# Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

## Part 12

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Alentado con esta conquista del reino de Pacen, en la que tuvo no pequeña parte, Morsamor se puso a las órdenes de Jorge Brito y fue con él a una expedición contra el rey de Achin, cuyos súbditos, inquietos y belicosos, infestaban con sus piraterías aquellos mares.

En balde reclamó Jorge Brito del rey Achin la entrega de mercancías, de armas y hasta de portugueses cautivos, de que se había apoderado por sorpresa o aprovechándose del naufragio de dos buques de Portugal en aquellas costas. Esto dio motivo o pretexto a Jorge Brito para romper las hostilidades, empeñándose imprudentemente en empresa muy peligrosa. En dos fustas y con menos de trescientos hombres de desembarco navegó contra la corriente del río hacia la capital de los achineses. Casi a la mitad del camino tenían estos una fortaleza, donde había bastantes arcabuceros y algunas bombardas, cuyos disparos impidieron a las fustas seguir adelante y mataron a cuatro de los hombres que las tripulaban.

Ansioso Jorge Brito de tomar venganza desembarcó con sus trescientos soldados, entre los cuales había no pocos ilustres y valerosos caballeros de la corte del rey don Manuel. Morsamor estaba entre ellos.

Muy reñidos y sangrientos fueron el ataque y la defensa del fuerte de los achineses, los cuales hicieron vigorosas salidas. En una de ellas estuvieron a punto de desordenar y derrotar por completo la hueste lusitana, merced a una inesperada estratagema de que se valieron, lanzando contra los portugueses una manada de búfalos que tenían acorralados.

Los portugueses, no obstante, iban ya triunfando de todo. Los sitiados, casi en fuga, se retiraban al fuerte, y ya Jorge Brito y Morsamor tenían la esperanza de tomarle por asalto cuando el propio rey de Achin llegó en defensa del fuerte con más de dos mil infantes, con algunos caballos y con seis elefantes poderosos adiestrados para la lucha, defendidos por muy firmes corazas y dirigidos por cornacas hábiles y denodados. Los portugueses estaban todos a pie. Casi envueltos por tan superiores fuerzas enemigas, retrocedieron con espanto hacia la orilla del río. Sólo reembarcándose podían lograr ya salvar las vidas, mas para reembarcarse era menester, no sólo hacer cara al enemigo, sino tenerle a cierta distancia durante algún tiempo.

Los valientes caballeros que de esto se encargaron hicieron prodigios apenas creíbles. En aquel trance murieron más de cincuenta portugueses, no pocos de ilustre familia y entre ellos el mismo Jorge Brito capitán de la hueste, y los cinco músicos que siempre llevaban consigo, Porque gustaba en extremo de que le exaltasen y animasen en el combate cantando y tocando instrumentos sonoros.

La muerte que amedrantó más a los portugueses fue la de Gaspar Fernández. El elefante más gigantesco le cogió con la trompa, le tiró por el aire, y no bien cayó al suelo, le acabó de matar estrujándole el pecho y rompiéndole el cráneo con sus gruesas patas delanteras.

Morsamor quiso vengar a aquel compañero de armas, que tal vez era el que más estimaba y quería. Acometió por un lado al elefante y logró derribar a su cornac hiriéndole de una estocada. El elefante se revolvió contra Morsamor y le asió también con la trompa. La espada se le cayó a Morsamor de la diestra; pero, con la rapidez del rayo, y sin dar tiempo a que el elefante le lanzase o le ahogase apretando, le agarró con la mano izquierda de una oreja, y desenvainando con la otra mano el acicalado puñal, que llevaba al cinto, le hundió hasta el puño en la cerviz de aquella fiera, con tino tan eficaz que en el acto perdió la vida, cayendo con estruendo por tierra su espantosa mole. Morsamor cayó también, pero cauto y ligero, no cayó debajo sino encima de su víctima.

Aunque Morsamor se levantó con rapidez, allí hubiera muerto, circundado de muchos enemigos, si los de la hueste portuguesa, maravillados y reanimados al ver su hazaña, no hubieran acudido en su auxilio. Aquella hazaña de Morsamor contuvo el ímpetu de las gentes del rey de Achin y prestó bríos y dio tiempo a los portugueses para que se reembarcasen, si bien con lamentable pérdida, no completamente derrotados.

-XIX-

De vuelta Morsamor a Goa para reposar sobre sus laureles, se complació en ver cundir su fama y crecer el número de sus admiradores, convertidos muchos de ellos en parciales devotos. La emulación y la envidia hacían que también sus enemigos se aumentasen. Y a todo contribuía en gran manera Tiburcio de Simahonda que, menos retraído y mucho más expansivo que Morsamor, se mostraba por donde quiera y trataba toda clase de gente. Tiburcio, como en Lisboa, sabía ganar amigos en la India, pero su buena fortuna con las mujeres y en el juego le creaba muchos envidiosos. Menester era de toda la prudencia y tino de Morsamor, para evitar riñas entre dichos envidiosos y los del bando que sin pretenderlo él querían seguirle y cuyo aparente adalid era Tiburcio. Los más desalmados aventureros y los menos favorecidos de la suerte, acudían a Tiburcio, esperando por su medio ganarse la voluntad de Morsamor y embelesados por lo pronto por el alegre carácter, burlas y chistes de aquel doncel atrevido.

Francisco Pereira Pestana, gobernador de Goa, recelaba de continuo que la rivalidad entre la gente que acaudillaba Tiburcio y los que le envidiaban y odiaban originase desórdenes sangrientos. El más vivo deseo del gobernador se cifraba en que Miguel de Zuheros y Tiburcio abandonasen la ciudad llevando consigo a los más turbulentos aventureros y acometiendo alguna arriesgada empresa de la que tal vez sería lo mejor que nunca volviesen.

Aunque movido Morsamor de sentimientos contrarios, coincidía con el gobernador en hallar difícil y enojosa su posición en Goa, ansiando salir de allí en busca de aventuras, con toda independencia de Portugal y campando por su respeto.

En tal situación de ánimo y después de aconsejar a Tiburcio que fuese circunspecto y sufrido a fin de vivir en paz, Morsamor le manifestó el ansia que tenía de salir de Goa y de buscar honra y provecho por nuevos y no trillados caminos.

Poco tiempo después de esta confidencia de Morsamor, Tiburcio, que al principio se había callado, hubo de hacerle el siguiente razonamiento:

--He meditado sobre lo que te trae caviloso y que días pasados me confiaste. He hecho más: he gustado de tu propósito y he empezado a abrir el camino para que se logre. Para nosotros siempre será aquí el peligro mayor que la gloria. Debemos, pues, salir de aquí. Fuera de aquí el peligro podrá ser grandísimo, pero la gloria estará en proporción y será también grande. Para que me entiendas bien, te diré el concepto que formo yo de la tierra en que ahora estamos y de la gente que la habita. Mi trato con ella y mi facilidad para entender su idioma, hacen que yo lo comprenda todo con más claridad y exactitud que los portugueses.

Lleno de curiosidad Morsamor, prestó grande atención a Tiburcio que continuó diciendo:

--Hay en la India muchas y muy diversas naciones, castas, lenguas y tribus, pero desde hace más de tres mil años, existe en la India una casta predominante, que se enseñoreó de todo y que supo conservar el imperio por fuerza, por astucia y por sabiduría. Mucho antes de que floreciesen Atenas y Roma, mucho antes de que Salomón e Hirán enviasen sus flotas a Ofir y de que los fenicios fundasen a Cádiz, bajó del montañoso centro del Asia a las fértiles llanuras que riegan el Indo y el Ganges, un pueblo nobilísimo e inteligente, valientes guerreros los más y algunos de ellos inspirados y divinos poetas, que los guiaban y entusiasmaban. Este pueblo de superior condición redujo a su obediencia y mandado a los otros pueblos que en la India vivían. Y de allí en adelante, los guerreros del pueblo conquistador fueron los reyes y los nobles de la India, y sus poetas o _richis_, convertidos en sacerdotes, sabios y filósofos, no sólo prevalecieron sobre las naciones conquistadas, sino también sobre los reyes y los nobles que las habían sometido. La primitiva y sencilla religión que los _richis_ habían formulado en sus himnos vino a convertirse en complicadísimo sistema y en sutil teología, cuyos intérpretes y depositarios fueron los descendientes de los _richis_ a quienes en el día llamamos brahmanes. Estos han conservado su poder, sobreponiéndose durante siglos a interiores rebeldías y a conquistas e invasiones extrañas. Amenazado se halla hoy este poder por los portugueses, pero sólo en el litoral. Los sectarios de Mahoma son quienes tierra adentro le combaten. ¿Por qué no hemos de ir nosotros tierra adentro a promover la rebelión de los brahmanes y a darles auxilio contra los muslimes?

--¿Qué ganaría yo con eso, interpuso Morsamor, o para mí, o para la nación a que pertenezco, o para la religión que sigo, aunque pecador y fraile escapado de su convento?

--Ganarías mucho--replicó Tiburcio--. En primer lugar, combatirías el islamismo y quebrantarías por aquí el imperio de turcos y de moros, que han sido hasta ahora los mayores enemigos de nuestra católica España. Y en segundo lugar, sólo Dios sabe hasta qué extremo de ventura, hasta qué dichoso y espantable éxito pudieras llegar con tu audacia. Si consiguieses dar aliento y ayuda a los brahmanes, vencer con ellos el Islam y restablecer en toda su amplitud el influjo y el imperio de casta tan inteligente, no lo dudes, los brahmanes, agradecidos, te reconocerían por nuevo y resplandeciente _avatar_ y harían que por tan alto carácter, todos los indios te reverenciasen y temiesen. Así acaso podrías tú más tarde, con habilidad y prudencia, convertir a la religión cristiana a los que fuesen súbditos tuyos y crear el reino del Preste Juan, que tal vez no existió nunca sino en la fantasía de los europeos, o renovarle con mayor esplendor y gloria, dado que existiese en el centro del Asia antes de que Temugin le destruyera, como sienten algunos autores. Setenta y dos reyes rendían homenaje, feudo, obediencia y tributo al antiguo Preste Juan, real o soñado. ¿Por qué habías tú de ser menos y no tener a tu servicio otros setenta y dos reyes?

--Todo eso estaría muy bien--dijo Morsamor--. Aunque parezca fantástico e inasequible, yo me siento capaz de todo. Pero, ¿dónde están los brahmanes que quieran sublevarse y sacudir el yugo del Islam?

--A eso voy--contestó Tiburcio--. Lo dicho hasta aquí es mero preámbulo antes de entrar en materia. Me han hecho proposiciones para ti y vengo a comunicártelas. Así como en España, cuando se hundió el Califato de Córdoba, surgió de sus ruinas multitud de Estadillos, donde alzaron sus trenes no pocos régulos, aquí también se han formado reinos musulmanes diversos, que se sostienen aún, a pesar de las sucesivas y pasajeras invasiones de los mongoles y a pesar de la malquerencia de los sectarios de Brahma que no han sabido sacudir el yugo extraño. Ahora al cabo tienen el propósito de sacudirle. En la ciudad santa de la India, foco ardiente y luminoso de su religión y centro de su antiquísima cultura, abrigan tan gran propósito. Conspiran para lograrle los brahmanes más ilustres y algunos _chatrias_ de generoso carácter y de regia extirpe. No cuentan bastante con el pueblo, ni confían en él considerándole enervado por siglos de esclavitud y porque además el pueblo no combatiría para ser libre, sino para sacudir un yugo y someterse a otro yugo. Los brahmanes esperan con todo que el pueblo combata en favor de ellos, impulsado por el fanatismo religioso que procuran infundirle. Mas al principio y para dar el primer golpe, necesitan de un núcleo, aunque pequeño muy firme, de varones esforzados, de héroes verdaderos, capaces de exponer la vida en los lances más terribles y de realizar prodigios de sobrehumana osadía. El núcleo de que hablo sólo puedes formarle tú o por mejor decir, le tienes ya formado con más de doscientos aventureros que hay en Goa dispuestos a seguirte a donde quiera que los guíes. La fama a llevado todo esto hasta la gran ciudad de Benarés. El jefe supremo de los brahmanes, el sublime y venerando Balarán, alma de la conjuración, sabe lo que vales y solicita misteriosa y recatadamente tu auxilio. Para alcanzarle ha venido a Goa en tu busca el sabio brahmán Narada, confidente de Balarán, que ha hablado ya conmigo y que pide audiencia para hablarte. Narada, que sabe muchísimas cosas, sabe también las lenguas latina e italiana y podrá entenderse perfectamente contigo. ¿Quieres oírle y tratar con él de tan importante negocio?

Exaltada la ambición de Morsamor con lo que Tiburcio acababa de revelarle, se prestó a recibir y a oír a Narada y le aguardó con impaciencia.

Guiado por Tiburcio e introducido en la estancia de Morsamor, no tardó en aparecer ante sus ojos el sabio Narada bajo el desarrapado traje de fakir o penitente vagabundo, a través de cuyo desaliño y de cuyos miserables harapos, resplandecían la majestad del noble e inteligente anciano, la despejada tersura de su frente y la limpia nitidez de su blanca y luenga barba.

Lo que dijo Narada a Morsamor merece capítulo aparte.

-XX-

--El brillo de tu gloria--dijo Narada--ha llegado hasta nuestra santa ciudad y ha penetrado en nuestros corazones cual rayo de esperanza. Yo vengo a buscarte para que la esperanza se logre. No; tú no eres para nosotros un ser humano inferior y de distinta raza. Sin duda eres puro y legítimo descendiente de egregios hermanos nuestros que, en edad remota, emigraron hasta las últimas regiones de Occidente desde la verde falda del Paropamiso. Tu pensamiento y tu creencia coinciden en el fondo con lo que nosotros pensamos y creemos: son radicalmente iguales: flores de la misma planta, frutos del mismo árbol. Ideas análogas nacidas en espíritus de idéntica condición y alta nobleza. No es nuestro Dios como el de los muslimes, déspota caprichoso y cruel, gobernando a los hombres, allá en su distante y cerrado cielo, como sultán que se esconde a los ojos de la vil muchedumbre de sus esclavos, y desde su encumbrado alcázar con vara de hierro los domina. Nuestro Dios está con nosotros y en nosotros. Presente por dondequiera, lo llena y lo penetra todo y más que todo nuestras almas. El alma enamorada que le busca, le halla y le goza en esta vida mortal. Para nosotros el hombre es divino, porque nuestro Dios es humano. No pocas veces ha tomado nuestro Dios ser y forma de hombre en el seno dichoso de una mujer escogida. Nuestros héroes son _avatares_ o encarnaciones de Vishnú. Crishna es el más glorioso de ellos y al que más devotamente adoramos. Libertador y redentor de las almas, las atrae, las enamora y con su hermosura las cautiva. Bello pastor apacienta su rebaño en la fértil orilla de un río de aguas limpias y claras y al melodioso son de su flauta danzan en torno suyo las _gopies_, las _apsaras_ y hasta Sarasvati y las otras diosas inmortales, humanadas y convertidas por él en lindas zagalas. Tal es Crishna en la tierra, como genio de paz y de amor, pero el acento blando de su flauta se trueca en el medroso resonar del clarín guerrero cuando su paciencia se agota, se despierta en su corazón la ira y se resuelve a librarnos del tirano Cansia. Terror de muerte invade y hiela entonces el ánimo de sus enemigos. Así es Crishna en la tierra, como hombre y viviendo vida mortal. En su ilimitada y superior existencia, dominador Crishna de los tres mundos, dirige al son de su música el eterno giro de las esferas celestes que en arrebatada consonancia producen el perpetuo cambio de luz y tinieblas, en día y en noche, de alternadas estaciones durante el año, y en ingentes períodos de siglos desde el renacer del universo hasta su caída, extinción y reposo en el seno de Brahma. Crishna nos protege, Crishna nos anuncia venturoso éxito, nos declara que la ocasión es propicia, y nos manda que acudamos a ti e impetremos tu auxilio para sacudir el yugo de los muslimes. Dos años ha, Babur, emperador de los mongoles, se apoderó de Lahor desde donde amenazaba conquistar con rapidez toda la India; pero Babur ha tenido que abandonar a Lahor para vencer a los rebeldes que pugnan por desbaratar todo su imperio. Bactra, Kiva, Bokara, y hasta su misma capital Samarcanda se han levantado contra él. Sus enemigos se conjuran en su daño por todas las fronteras de sus extensos dominios: los chinos por el Oriente y por el Occidente los turcos, poderosísimos en el día y contra los cuales luchan con corta eficacia las naciones europeas, enflaquecidas por constantes rivalidades y empeñadas hoy en largas guerras religiosas y políticas. Así el turco, aliviado del temor que esas naciones debieran inspirarle, puede hacer cara a Babur y a sus mongoles. Contra ellos se levantan los persas y los pueblos guerreros del Cáucaso, las gentes de Georgia, de Circasia y de Armenia, y más al Norte, otro pueblo belicoso recién salido de la barbarie, que vive en las regiones boreales, límites entre Asia y Europa, y que después de vencer y de humillar la Horda de oro penetra en Asia anhelando predominios y conquistas. La ocasión como he dicho es hoy más propicia que nunca. Para no perderla anhelamos tu auxilio. ¿Nos le concedes?

--Dime cuál es vuestro plan--respondió Morsamor.

--En Benarés--replicó Narada--reina hoy el tirano musulmán Abdul ben Hixen. Si le destronamos y si logramos enseñorearnos de aquella ciudad, centro de la cultura y de la religión brahmánicas, no será difícil promover la sublevación contra los demás príncipes muslimes y crear un Estado independiente y único, en que prevalezcan e imperen los adoradores de Vishnú y de Crishna, desde los lagos de Cachemira y las nevadas cumbres del Himalaya hasta el Kersoneso de oro y hasta el enriscado promontorio donde se levanta el templo de la diosa virgen Kumari. Así tal vez podamos fortalecernos y oponer eficaz resistencia a Babur, si por desgracia reconstituye su imperio y vuelve sobre la India para conquistarla y asolarla como hace más de un siglo hizo su espantoso antecesor Tamerlán o Timur.

--Tu proyecto me parece excelente--dijo Morsamor--, pero su realización harto difícil.

Narada entró luego en pormenores a fin de exponer y de explicar los medios con que contaba y las probabilidades de buen éxito.

El ambicioso Morsamor se dejó convencer al cabo.

Narada y otros importantes personajes que habían venido con él disfrazados de fakires, debían servir de guía a Morsamor y a su hueste, compuesta de 300 aguerridos y audaces aventureros. Irían estos en la expedición, no sólo impulsados por la esperanza de botín riquísimo, sino con grandes pagas, de que habían de cobrar por adelantado las de seis meses. Para esto, para otros gastos de la expedición y para excitar también la codicia y el celo de Morsamor, Narada entregó a este no corta cantidad de rupias de oro y además, en un pequeño saco de cuero, diamantes de Golconda y perlas rubíes de Ceilán, por cualquiera de los cuales había en Goa joyeros que darían considerables sumas.

Tiburcio, bajo la inspección y dirección de Morsamor eligió a la gente de leva, hizo el ajuste y enganche y con el mayor secreto lo dispuso todo para la partida.

-XXI-

Goa era en aquella edad la Síbaris del Oriente, centro de lujo, regalo y lascivia, donde los vencedores de Adamastor y de todos los genios del Mar Tenebroso recibían el galardón de sus estupendas victorias. En Goa, sin duda, hubo más tarde de inspirarse Camoens para imaginar aquella deliciosa y encantada isla que Venus hizo surgir del fondo del Océano, cubriéndola de amenos jardines, de fragantes selvas y de limpios y tranquilos lagos y poblándola de hermosísimas ninfas que, heridas todas por las ardientes flechas de un ejército de Amores, brindasen mil deleites a los felices héroes de su poema y se rindiesen a su talante y deseo. La riqueza y el esplendor de Goa habían atraído a su seno alegres y lindas mujeres de diversos y distintos países: almeas de Egipto; cortesanas de Bética, Italia y Grecia; odaliscas de Georgia, Armenia y Persia, y bayaderas y _devadasis_ de toda la India. Sus variados y exóticos cantares alegraban los oídos. Sus lánguidos y livianos bailes y la mórbida esbeltez de sus formas eran encanto de los ojos y dulce lazo en que los corazones quedaban cautivos.

En medio de tanto deleite, Morsamor se había mostrado impasible, silencioso y tétrico. Ninguna mujer había logrado prenderle, ni aun con las ligeras y frágiles cadenas en que donna Olimpia le había prendido. Al contrario, Morsamor había esquivado cuantos placeres Goa brindaba, y había mostrado singular repugnancia y disgusto hacia todas aquellas cantoras y bailarinas, como si recobrasen fuerza sus votos y renaciese en su espíritu la desatendida severidad del claustro. Las bayaderas de la India, sobre todo, le inspiraban horror. No sólo para alcanzar los triunfos que se prometía, sino también para dejar de ver a las bayaderas, Morsamor anhelaba impaciente salir de Goa. Muy pronto se cumplió su anhelo; pero antes, movido por sentimientos que llenaban su espíritu, que le atormentaban y que acabaron por desbordarse, hizo a Tiburcio, que sobre todo le interrogaba, confidencias que jamás a nadie había hecho y que en cifra declararemos aquí.

--Un recuerdo penosísimo--dijo Morsamor--se despierta en mí al ver la danza de las bayaderas y evoca un espectro que dormía desde hace medio siglo en los abismos de mi memoria, espectro que aparece ante mi conciencia, afligiéndola y atormentándola. Fue en mi primera juventud, en la magnífica feria de Medina del Campo. Allí vi y conocí a Beatriz: a la única mujer que de veras me ha amado.

Tiburcio quiso contradecir a Morsamor en este punto, suponiendo que le había amado también donna Olimpia, y hasta que doña Sol había estado a punto de amarle y tal vez le hubiera amado a insistir él con firmeza en sus pretensiones.

Morsamor no aceptó la lisonja. Harto probaban que lo era el frío desdén con que le despidió doña Sol y la traidora fuga de la italiana.

--Sí--prosiguió Miguel de Zuheros--, Beatriz es la única mujer que me ha amado. No era como doña Sol ninguna ilustre y orgullosa dama, ni siquiera, como donna Olimpia célebre daifa de alto precio; era una humilde muchacha, nacida y criada entre gente abyecta, sin patria y sin hogar; hija de una raza maldita y vagabunda, que no hacía muchos años se había difundido por toda Europa y al fin penetrado en España. Ignorábanse su origen y su procedencia. Ahora, cuando contemplo a las bayaderas, me explico de dónde aquella raza procede. Fue de seguro un pueblo de la India que, huyendo de los estragos que causó Timur, y aguijoneado por el miedo, llegó hasta los confines occidentales de Europa. A una tribu de este pueblo, a un errante aduar de gitanos, pertenecía Beatriz. Era como flor que brota en el cieno. Era como perla que se esconde en un muladar. Ella me amó con el fervor y la ternura que hubiera yo querido hallar para mí en el corazón de alguna gran señora o de alguna princesa. Y yo gocé mal de aquel amor sin llegar a comprenderle, y le desprecié y me harté de él después de haberle gozado. La plebeya ruindad de mi enamorada trocó mi afecto y mi gratitud en vergüenza. Abandonada Beatriz por mí, murió a poco trágica y misteriosamente. No falté yo a ninguna promesa, porque nada había prometido. Fueron, no obstante, enormes mi pena y mi remordimiento. Y más aún, cuando, poco tiempo después, tuve un raro encuentro en Sevilla. Pasando un día entre la Catedral y el Alcázar se me acercó una vieja y desarrapada gitana y se empeñó tan obstinadamente en decirme la buenaventura que no supe negarme a su ruego y le entregué mi mano para que la examinase. La vieja gitana me dijo:

