Part 3
Con mayor atención que nadie, y con avidez reconcentrada y silenciosa, oía Fray Miguel todos los discursos del Padre Ambrosio, y su alma ardía cada vez más en el fuego de dos violentas pasiones. Una de ellas, el orgullo de nación y de casta, plenamente satisfecho, ensanchaba su corazón y tal vez le hacía latir, brioso y alegre, como allá en los años de su juventud primera. La otra pasión era de envidia, de creciente abatimiento, de rabia y de menosprecio de sí mismo, al considerar su obscura insignificancia, y sus ocios viles y abyectos, durante mis de cuarenta años, en los cuales se había renovado el mundo, se había revelado y más que duplicado a los ojos de las asombradas naciones europeas, y España había surgido entre ellas y se había levantado por cima de ellas, triunfante, cubierta de laureles, abriendo ancha entrada y largo camino a un porvenir de mayores glorias y conquistas. Este segundo sentimiento predominaba en el alma de Fray Miguel y le ponía más tétrico y silencioso. Ninguno de los frailes, sus compañeros, notaba ni por indicios el tormento infernal que desgarraba el corazón del ambicioso Fray Miguel, y que para un observador perspicaz y que sintiese por él algún afecto, se vislumbraba en su pálido y demacrado rostro, en las muecas nerviosas y como de réprobo que involuntariamente hacía de vez en cuando, y en el brillo calenturiento de sus hundidos negros ojos, a los cuales, así como a la despejada y blanca frente, daba casi siempre sombra la capucha.
El Padre Ambrosio fue el único que entrevió el tempestuoso estado del ánimo de Fray Miguel y la ambición y la envidia que le devoraban y que el propio Padre Ambrosio, al principio irreflexiva e involuntariamente, había con sus discursos solevantado y exacerbado.
El Padre Ambrosio tuvo compasión de Fray Miguel: pensó en consolarle y hasta en curarle y anheló en esta obra de misericordia desplegar todos los poderes que su ciencia oculta le había dado y acudir a los misteriosos recursos de la magia, de la alquimia y de otras artes adquiridas por él a fuerza de estudios y de largas vigilias.
El Padre Ambrosio jamás había ejercido ni querido ejercer cargo en el convento. Hubiera podido ser guardián, pero era sencillamente un fraile como otro cualquiera. Su extraordinaria reputación inspiraba, no obstante, el respeto más profundo. Y más que el Padre guardián por su dignidad y oficio, se hacía él respetar, obedecer y temer por las singulares prendas de su carácter, por su inteligencia, por su saber y por los poderes sobrenaturales que se le atribuían.
Movido a compasión como ya hemos dicho, y excitado también por la curiosidad y el empeño de penetrar en el fondo obscuro de un corazón humano cuya profundidad vislumbraba, el Padre Ambrosio, después de uno de los discursos que solía pronunciar bajo los álamos, citó a Fray Miguel para que fuese a hablar con él en su celda.
--Tengo--le dijo--no pocas cosas que confiarle y muchas más que preguntarle a las que quiero que en puridad me responda, sin reserva ni disimulo.
Fray Miguel acudió a la cita a altas horas de la noche, entre completas y maitines.
El Padre Ambrosio aguardaba en su celda. Sobre la mesa de nogal ardía una lámpara que iluminaba el rostro del Padre Ambrosio. Era el Padre más anciano que Fray Miguel. Su frente calva y su barba luenga y blanquísima le daban muy venerable aspecto. Sobre la mesa, además de la lámpara, había recado de escribir, un crucifijo de metal sobre una cruz de ébano, varios libros manuscritos e impresos y una calavera.
Cuando entró Fray Miguel, el Padre Ambrosio le indicó para que se sentase un sillón de brazos, al otro lado de la mesa y enfrente al que él ocupaba.
Sentado Fray Miguel y en silencio, el Padre Ambrosio habló de esta suerte:
--Hermano, mi vista, que penetra y escudriña los corazones, ha penetrado en el tuyo y ha visto que está lleno de ambición, de codicia, de sed de deleites, honores y poder, y de desesperación, porque en tu mocedad no pudiste alcanzarlos, y hoy, abrumado por la vejez, no te queda ni la más leve esperanza. Por despecho, hace ya más de cuarenta años, abandonaste el mundo y la vida activa, creyéndote capaz de la vida contemplativa y mística. Mas por el pensamiento eres menos capaz de elevarte que por la acción, y ahora, al ver cuánto han conseguido por la acción los hombres de tu edad y de tu pueblo, aunque como español te enorgulleces, te acibaran el patriótico orgullo y te roen las entrañas la envidia de esos hombres y la contemplación de la obscura y estéril inercia en que tú has vivido. Si yo creyese que se aproximaba la plenitud de los tiempos y que el linaje humano en las vías que sigue, trazado por el mismo Dios, se hallaba cerca del término que deseo y que considero infalible, yo condenaría esas pasiones que te agitan y te atormentan. Pero como hay mucho que combatir y muchos obstáculos que vencer todavía, tal vez durante siglos, yo aplaudo los poderosos estímulos que en ti hay, y aunque renacidos tan tarde y tan fuera de sazón, no quiero sofocarlos, sino darles pábulo y hasta satisfacción en cuanto esté a mi alcance, valiéndome para ello de mi ciencia portentosa. Yo, al contrario que tú, he desdeñado siempre la acción material; en vez de dominar el mundo, me he satisfecho con contemplarle, pero al contemplarle, le he comprendido, y comprendiéndole, me he enseñoreado de él con poder más amplio y más hondo y seguro que el de los más poderosos soberanos. Ellos además no dominan sino lo presente; el término de su vida ha de ser el término de su imperio. Yo hasta cierto punto domino también en el porvenir. Mi dominio es de dos modos: uno por el conocer; en los casos humanos hay una parte que indefectiblemente se cumple en virtud de leyes eternas y de plan divino. La marcha de los sucesos es como el curso de los astros: no hay potencia humana que los desvíe de la senda que tienen trazada desde la eternidad, en el tiempo y en el espacio, en la tierra y en el cielo. Pero al comprender yo la ley que siguen, mi inteligencia se enseñorea de la ley como si la impusiera, porque mi voluntad coincide en tan elevado punto con la inteligencia y con ella se identifica. Dentro de esta ley, dentro de la amplia senda que siguen los sucesos, se mueve con holgura el libre albedrío del hombre, y caben determinaciones y hechos, que nosotros podemos modificar o producir.
En esta parte secundaria puedo yo valerte. Acudiré a una comparación a fin de que mejor lo entiendas. Figúrate que la historia de nuestro linaje es como drama maravilloso, compuesto por un divino poeta, el cual ni consiente ni puede consentir que se altere, ni se cambie ni una sílaba, ni un tilde de lo que ha compuesto. El drama ha de representarse sin modificación, sin supresión y sin añadidura: tal como lo escribió el poeta: pero tal vez el sabio empresario, tal vez el director de escena pueda repartir a su gusto los papeles. La sabiduría eterna, que todo lo prevé, previó también esta repartición, pero no la dispuso. Dejó que la libertad humana la dispusiera. Ahora bien, yo creo, o mejor dicho, yo doy por seguro que, en virtud de mi ciencia y por los poderes que mi ciencia me otorga, puedo conceder o dar un papel brillante a quien mejor me parezca, aunque no ciegamente, sino después de ciertas pruebas y examen que justifiquen mi elección y que me demuestren a las claras ser digno de ella el elegido. Las pruebas son terribles. ¿Querrás tú, podrás tú someterte a esas pruebas?
En el rostro de Fray Miguel, al escuchar con atención el anterior discurso, se pintaban muy diversos sentimientos que ya se sucedían, ya coexistían, combatiendo unos contra otros por la posesión de su alma. Interrogado por el Padre Ambrosio, le contestó de esta manera:
--Me deleita y me pasma lo que dices, pero he de confesarte que entiendo algo de ello de un modo confuso, que hay algo que no entiendo de ningún modo, y que sin dudar de tu buena fe, dudo del poder de tu ciencia y recelo que el amor propio te lleve a dilatar fantásticamente sus límites mucho más allá de donde en realidad llega su imperio. No negaré yo que tú has leído en mi alma como en un libro abierto y sabes cuanto en ella hay. No admiro, sin embargo, tu penetración. Antes de que años ha te fueses a Roma, ganaste mi confianza y lograste que te descubriera yo entonces parte de las pasiones que me agitaban. No lo has olvidado. Después ha sido fácil y es poco pasmoso, aunque yo nada te he dicho, que hayas adivinado que mi mal, en vez de remediarse, ha ido en aumento. De lo que yo dudo ahora es de que esté en tu mano dar a mi mal remedio. Ni mi mal le tiene ni tú se le buscas ya por medio de la religión. Lo repugna mi espíritu cada vez más pervertido y agriado. Cuando abandoné el siglo y el mundo y vine a refugiarme en el claustro, me impulsaban y halagaban ambiciosas esperanzas que también al fin se han desvanecido. En la tierra no había logrado yo, o por caprichos de la adversa fortuna, o por mengua de mi entendimiento, o de mi voluntad, elevarme entre los demás hombres por fama, poder o riqueza, pero confiaba en que con las energías de mi anhelo podría yo conquistar el reino de Dios y alcanzar en él bienes superiores a todo el poder que en la tierra despliegan los hombres, a toda la riqueza de que gozan y a toda la fama y crédito que conceden. En el día de hoy estoy ya desesperado. Reconozco que todo fue vana ilusión de mi orgullo. Ignoro si es culpa mía o de mis hados adversos. Bien puede ser que mi entendimiento carezca de alas para elevarse a ciertas alturas, que no haya impulso en él para penetrar en el abismo de lo sobrenatural, ni que mi alma acierte a hundirse en él valerosamente por un arranque de abnegación y por la irresistible fuerza del amor divino. Ello es que yo, y perdóneme Dios el concepto grosero que formo de su reino, ello es, repito, que aun suponiendo que, acrisolado y purificado por mil tormentos, que hacen un purgatorio de mi vida, logre entrar en el cielo, haré en él tan insignificante, vil y desairado papel como el que en la tierra he hecho. ¿Qué seré yo al lado de los santos gloriosos, de los heroicos mártires, de los que asombraron al mundo con sus penitencias, de los que difundieron por cuantos son sus climas y, regiones la hermosa doctrina del Cordero inmaculado? En el cielo, pues, será delirio de mi imaginación perversa, pero aun cuando yo me ponga, me pongo entre la más baja plebe. Y mi envidia, y mis celos, y mi rabia, en intensidad y en duración, toman las colosales proporciones de la vida eterna, y me burlan y me convierten el cielo en infierno. A extremo tan horrible ha venido a parar mi fe religiosa, que hasta imaginándome salvado, soy precito. Mi ser íntimo está formado de suerte, que nunca en mi sentir, ni en otra vida mejor, como nunca no atine yo a ganarlas en esta, podrá hallar satisfacción, paz y ventura. El desengaño amargo, el conocimiento de mi impotencia, el recuerdo ponzoñoso de mis derrotas, subirán conmigo a la gloria, aunque yo suba a la gloria, y me la trocarán en espantoso infierno. Sí, Padre, el infierno está en mi alma; en lo más profundo de ella he querido esconderle, pero no he podido engañar a Dios; Dios lo ha visto y no me llevará a su cielo cuando el infierno está en mí. Yo me explico la abnegación, yo me siento capaz de todo sacrificio, yo desdeñaría honras, poder y deleites, y lo dejaría todo, y haría vida penitente y me abrasaría entonces en amor divino; pero necesito antes tener esas honras, alcanzar ese poder, tener en mi mano cuantos deleites y venturas hay en la tierra, para poder luego desdeñarlos y sacrificarlos. Pero no teniéndolos ¿qué desdeño ni qué sacrifico? Yo me he metido fraile creyendo que no servía sino para fraile. Luego he descubierto con horror y asco de mí mismo que ni para fraile sirvo. Ahora quisiera yo desgarrar y tirar mis hábitos, volver al mundo y acometer y llevar a cabo empresas tales que justificasen mi ambición, que la justificasen a mis propios ojos y que anonadasen el desprecio con que a mí mismo me miro y con que al mirame me mato, pero con muerte que no tiene fin y cuya horrible eternidad está en mi conciencia.
--Singular extravío de tu espíritu--interpuso con calma el Padre Ambrosio--fue el que te trajo al claustro, confundiendo y tomando el despecho por verdadera y santa vocación. Pero tú eres tan valiente como ambicioso, si nada te asusta ni te arredra, yo podré, no remediar tu mal, pero ponerte en situación de que tú mismo le remedies, de que satisfagas tus ambiciosos propósitos, de que apartes de ti la duda que puedes o de que no puedes, y de que realices los esfuerzos de tu voluntad, haciéndolos fecundos. Mi ciencia, por ti, puede hacer un milagro. Te advierto, no obstante, que no puede hacerle ni le hará mi ciencia sin tu auxilio. En la producción del milagro, por tanto o por más que mi ciencia han de entrar y han de ser parte tu fe, tu plena confianza en mí, tu firme decisión y tu brío. He de poner a prueba tu valor. Veremos si desfalleces.
-VIII-
El Padre Ambrosio, en pago de la confianza que a Fray Miguel infundía, quiso mostrarse no menos confiado.
--Yo no puedo revelarte--le dijo--mi oculto saber. Se oponen a ello por sentencia unánime los iniciados y maestros. En el estado que hoy tiene la sociedad humana, divulgar mis secretos sería causa de una perturbación espantosa. El gran Raimundo Lulio amenaza con la condenación eterna a quien los divulgue. La doctrina debe permanecer oculta y sólo transmitirse entre los iniciados por medio de misteriosos símbolos y para el vulgo indescifrables figuras. La llave del tesoro ha de confiarse sólo a quien sea capaz de custodiarla. La ciencia no es un sueño vano. Todo está escrito desde hace más de sesenta siglos, pero son pocos, muy pocos los que entienden lo escrito y lo interpretan. Hermes, tres veces grande, con un buril de diamante hecho ascua grabó todo lo sustancial de la ciencia en una lámina de esmeralda y dejó escondida la lámina en la mayor de las pirámides de Egipto, en recóndito y estrecho aposento, a donde no podía llegarse sino por un revuelto e inextricable laberinto, o bien por la violencia de un héroe conquistador de sobrehumanas facultades. Alejandro de Macedonia halló la lámina de esmeraldas, pero no la comprendió. Ni Aristóteles ni ninguno de los sabios que después ha habido, la han interpretado y comentado como se debe. Yo me lisonjeo de entender todo su sentido, pero no quiero ni puedo explicártele ni me entenderías aunque te le explicase. El que le entiende, la lámina misma lo declara, tendrá toda la gloria del mundo y de en torno suyo se apartarán las tinieblas. Yo no puedo darte la ciencia. La ciencia que poseo es intransmisible, pero puedo y quiero darte los bienes que de la ciencia dimanan, que yo desdeño porque soy superior a ellos, pero que sujeto a mis órdenes. Sígueme si tienes valor; sube conmigo a mi laboratorio y allí verás cómo se agitan los misteriosos poderes y cómo las energías ocultas realizan transformaciones y van más allá, y trasmutan las sustancias, y de lo sólido y duro sacan el oro, y en lo aéreo y difuso hallan el movimiento y la fuerza y los medios de renovar y de reconstituir la vida. Si tienes valor, si presencias sin temblar y sin desmayarte mis tremendas operaciones y te sometes a ellas, yo te prometo que te devolveré el vigor de la mocedad y los medios de ponerte a prueba por segunda vez, y sin perder tiempo ver de un modo definitivo si vales o no vales.
Dicho esto, el Padre Ambrosio, tomando en la mano la lámpara que ardía sobre la mesa y sirviendo de guía, hizo entrar a Fray Miguel en la mezquina alcoba donde tenía su cama. Allí había en el ángulo formado por las paredes del fondo y lado derecho una estrechísima escalera de caracol, por donde ambos frailes subieron más de treinta escalones. Al extremo de ellos había una compuerta que el Padre Ambrosio levantó con facilidad. Ambos se encontraron entonces en un espacioso camaranchón, lleno de extraños objetos que provocaron la admiración y el asombro y despertaron la curiosidad de Fray Miguel de Zuheros. En varios anaqueles multitud de vasijas de barro, ampolletas de vidrio, redomas y pomos, que contenían sin duda extrañas drogas; arrimados a la pared o suspendidos de ella dos esqueletos humanos y pájaros y reptiles disecados; en diversos poyos, en mesas, en hornillas y en anafes, retortas, embudos y vasos de metal y de arcilla; en la gran chimenea de campana, que estaba en la pared opuesta al sitio por donde habían entrado, ardía un poco de leña en medio de rescoldo y ceniza. En el centro de la estancia una lámpara de bronce, pendiente del techo por una cadena, derramaba luz más viva, clara e intensa que la producida por la combustión de la cera y del aceite. Casi debajo de la lámpara había un atril y en el atril un gran libro manuscrito en pergamino. El Padre Ambrosio se acercó al libro y dijo:
--Esta es la Alegoría de Merlín.
Luego leyó, extractando e interpretando en nuestra lengua vernácula el contenido de las páginas por donde el libro estaba abierto:
«Él quiso beber del agua que le agradaba. Se la trajeron y bebió. Se puso muy pálido. Sintió grandes dolores como si le arrancasen con tenazas pedazos de su cuerpo. Invadieron su ser la pesadez y la fatiga. Cayó por último en profundo letargo. Ha muerto, decía la gente. El médico que le dio el agua le ha envenenado. Menester será enterrarle o quemarle antes de que se pudra e inficione toda la tierra. Pero el sabio médico no consintió que le enterrasen. Le puso en una caja de hierro en forma de cruz, ungiéndole antes con raros linimentos y olorosos bálsamos. Cercó de fuego y de llamas el féretro metálico, y pronto, muy pronto volvió a la vida el que parecía muerto, y volvió tan lleno de hermosura y de fuerza, que todos le amaban y los reyes y los poderosos de cuantas naciones hay en el mundo le honraban y le temían».
El Padre Ambrosio cerró entonces el libro y continuó hablando de esta suerte:
--Algo semejante al procedimiento alegórico del sabio puedo yo hacer contigo. De tu confianza en mí y de tu valor depende el logro de tu deseo. Un extracto, una quinta esencia de la piedra filosofal es ardiente líquido que puede y debe dar, ya que no la inmortalidad, juventud, fuerza y plena duración de vida. Si te sometes, me atrevo a hacer en ti la peligrosa experiencia. Hay quien afirma que mi maestro Lulio consiguió remozarse, que Alán de la Isla vivió cerca de dos siglos, que Nicolás Flamel vivió cuatro, y que frisó en la edad de mil años el sabio Artefio. Algo de esto entiendo yo que podré hacer contigo si tú te prestas y si Dios me ayuda.
Fray Miguel de Zuheros permaneció en silencio por no saber qué contestar, lleno de dudas y recelos. Era naturalmente incrédulo y desconfiado, y su corta ventura y los muchos y tristes años que había vivido, habían arraigado en su alma y acrecentado más cada día la incredulidad y la desconfianza. Ora dudaba del saber del Padre Ambrosio atribuyendo a jactancia sus ofrecimientos, ora recelaba de un modo confuso que el Padre Ambrosio intentaba hacerle juguete de una burla cruel para reprimir y humillar su ambición impotente e inveterada.
Notando el Padre Ambrosio que la vacilación, que el recelo causaba el silencio de Fray Miguel, habló de nuevo y dijo:
--Te callas y vacilas y no lo extraño ni lo censuro. Para que yo haga contigo lo que puedo hacer, se necesita que te fíes de mí por completo, que me rindas todas las potencias de tu alma, que seas entre mis manos, mientras duren mis operaciones mágicas, como masa inerte, sin voluntad, sin entendimiento y sin sentido. No bastaría que yo por fuerza o por astucia te despojase de todo. Se requiere que tú mismo te despojes y te sometas a mi poder con abnegación sin límites. Y no quiero ni exijo yo que esto sea de repente y como por sorpresa. Te concedo tres días para que lo pienses y lo decidas. Al cabo de ellos, ven por aquí, a la misma hora en que has venido esta noche, a decirme la determinación que hayas tomado. Ahora vete a tu celda.
Respondiendo sólo con una profunda inclinación de cabeza, obedeció Fray Miguel; bajó del camaranchón antes que el Padre Ambrosio, y despidiéndose de él atravesó los oscuros claustros, levemente iluminados por la luz de las estrellas y por una lamparilla que ardía ante un crucifijo pendiente del muro, y se retiró a su celda, todo conmovido por los mil encontrados pensamientos, deseos y temores que combatían por la posesión de su alma.
-IX-
Desde que se retiró a su celda Fray Miguel de Zuheros, hasta que pasaron los tres días y se cumplió el plazo señalado por el Padre Ambrosio, la agitación del ánimo de Fray Miguel fue grandísima y apenas le dejó pocos instantes de reposo. Su sueño fue breve y lleno de extrañas visiones. La destemplanza de su sangre y la excitación de sus nervios ya le hacían tiritar con intenso frío, ya sofocarse hasta sudar con el calor de la calentura. Motivo y no pretexto tuvo para no asistir por enfermo ni al coro ni al refectorio. Acudió, no obstante, aunque sin comer apenas y casi sin desplegar los labios sino para murmurar sus rezos.
Fray Miguel no habló con nadie, pero habló mucho consigo mismo, en aquella conversación interior y profunda, cuyas palabras y frases no es menester que suenen o en la que tal vez se dice y se representa todo de un modo más directo y más vivo, sin acudir a los signos arbitrarios de las frases y de las palabras.
Punto menos que imposible, es reproducir aquí lo que Fray Miguel pensó y se dijo. En todo discurso, si se enuncia por el lenguaje humano, las imágenes, las pasiones y los pensamientos van tomando forma, sucediéndose y mostrándose con cierto orden y gradación, unos en pos de otros. En Fray Miguel no era así: en silencio exterior estaba él, sin voz y sin acento que pudiesen percibir los sentidos; pero allá en los abismos de su alma se levantaba tempestad espantosa. Recuerdos, esperanzas, dudas y desengaños, todo acudía en tumulto y asaltaba y atormentaba su mente. Fray Miguel por involuntario impulso hacía un raro examen de conciencia. El bien y el mal de cuanto había hecho se le aparecían como presente y no como desvanecido y pasado, y al mismo tiempo hacían irrupción en su espíritu, en tropel contradictorio y confuso, triunfos y derrotas, crímenes y virtudes, gloria y oprobio y mil portentosos lances y sucesos, que flotaban sin encadenamiento que los ligase, en un porvenir nebuloso.
Arduo sería penetrar en el espíritu de Fray Miguel y descubrir cuanto en aquel momento le agitaba; pero aún es arduo el empeño de distinguir lo que bullía en aquel caos y darlo a conocer por medio de la palabra escrita. Haré, no obstante, un esfuerzo, a fin de que se sepa algo de lo que entonces Fray Miguel sentía y pensaba. Lo que en su mente era simultáneo no podrá menos de sucederse en el soliloquio, pero lo que él interiormente se hablaba, carecía de conclusión y de principio y se manifestaba todo a la vez.
Desesperado de lograr en el mundo la fortuna que buscaba, Fray Miguel a los treinta y cinco años de su edad se había refugiado en el claustro. Su última derrota había sido en la batalla de Toro, donde militó en defensa de doña Juana, en las huestes portuguesas.