Morsamor peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Part 19

Chapter 194,067 wordsPublic domain

A veces asaltaba a los atrevidos navegantes el recelo de no acertar a salir de aquel laberinto y de tener que morir allí. Los peligros, que en cierto modo habían sido silenciosos e invisibles en el grande Océano, se mostraban allí más a la vista y turbaban los espíritus y molestaban y herían los oídos con acentos y voces. Ya aparecían en los peñascos voraces lobos marinos, ya se veían revolando y cerniéndose a grande altura águilas o buitres de mayor tamaño y pujanza que los de Europa, ya seguían o cercaban la nave bandadas de enormes _albatros_, hostigados por el hambre y buscando alimento. Lorenzo Fréitas y algunos otros marinos que, a falta de catalejo, tenían muy perspicaz la vista, aseguraban haber columbrado en la costa de la izquierda vagar hombres salvajes y feroces de descomunal corpulencia. No vacilaban en conjeturar que el menor de dichos hombres era de tan colosal estatura, que de fijo el más alto de cuantos iban en la nave no le llegaría con la cabeza debajo del brazo. Para acrecentar más el susto, no bien declinaba la tarde salían de sus ocultas madrigueras feos murciélagos, que tenían en el hocico como un hierro de lanza y que se suponía que eran vampiros y vagaban en torno de la nave y hasta se posaban en los mástiles y en las velas. En medio de las tinieblas nocturnas solía oírse el lúgubre silbido de las lechuzas y de los búhos.

Como no hay mala ventura que no tenga término, la nave _Argo_ logró casi vencer los obstáculos todos y se encontró al final del estrecho y muy próxima a lanzarse en la amplitud del Atlántico. Larga y profunda calma tuvo, sin embargo, parada la nave e impaciente su tripulación durante muchas horas. Pero, no hay mal que por bien no venga. Sin esta forzosa detención no hubiera ocurrido el extraño caso de que se dará cuenta en el siguiente capítulo.

-XXXIX-

Cuán pasmosa no sería la sorpresa de Morsamor, de Tiburcio y de sus compañeros, cuando, al llegar la noche del día desde cuya mañana estaban detenidos, oyeron lastimeros gritos que se alzaban por el costado izquierdo de la nave y que decían en lengua castellana: ¡Socorrednos: tened compasión de nosotros! ¡Recibidnos a bordo!

Dirigieron entonces las miradas hacia el punto de donde venían las voces y vieron cerca de la orilla a dos hombres vestidos a la europea, si bien con trajes desordenados y rotos. Echaron al agua la chalupa, fueron en busca de aquellos dos hombres, los trajeron y se los presentaron al capitán que, maravillado y compasivo, contemplaba los desencajados rostros, la palidez enfermiza y el aspecto abatido y miserable de sus huéspedes imprevistos.

--¿Quiénes sois, desventurados?--les preguntó Morsamor.

Uno de ellos, al parecer el más joven y el menos fatigado y enfermo, tomó la palabra y dijo:

--Yo, señor, soy Juan de Cartagena y salí de Castilla mandando uno de los cinco bajeles que trajo el portugués Fernando de Magallanes para lograr su propósito de ir más allá de este continente, de llegar a la India, caminando siempre hacia el Oeste. La insufrible soberbia del portugués y los malos modos y la aspereza con que me trataba me movieron a rebelarme contra él cuando aún estábamos en el Golfo de Guinea. Magallanes me venció y me tuvo preso. Fue tanta su crueldad que permanecí en el cepo, durante muchas semanas, hasta que llegamos cerca de estos lugares. Hartos mis compañeros de sufrir al portugués, a quien ya tenían por loco, y recelando que los llevaba a perdición segura, se sublevaron contra él en una bahía que no dista mucho de aquí. Tres fueron los bajeles sublevados. Las principales cabezas de la sublevación fueron Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada. Ellos me pusieron en libertad, y yo combatí en favor de ellos. Sólo dos bajeles quedaron sujetos al portugués. De los otros tres disponíamos nosotros. Magallanes, no obstante, pudo vencernos. Entró al abordaje en nuestros navíos y Luis de Mendoza murió cosido a puñaladas. Horribles fueron los castigos que Magallanes impuso. A Gaspar de Quesada, por mano de su propio criado, que sirvió de verdugo, hizo que le cortaran la cabeza. Y descuartizados los miembros de Quesada y de Mendoza, fueron suspendidos de los mástiles para espantoso escarmiento de todos. No sé por qué Magallanes me perdonó la vida y tuvo compasión de mí, si compasión puede llamarse. El feroz capitán, al ir a entrar en el Estrecho, me dejó abandonado sobre la costa inhospitalaria. Él siguió su viaje con sólo tres bajeles, porque de los cinco uno naufragó y otro, el _San Antonio_, logró escapar, y yo espero en Dios que a estas horas se hallará de vuelta en Sevilla, donde dará cuenta de la ferocidad y de la locura de que hemos sido víctimas.

Al oír Morsamor aquel relato, reflexionó melancólicamente que los laureles incruentos que él había imaginado acaso eran imposibles en aquella edad en que él vivía. Pensó que sin duda era menester regarlos con sangre: que el temple de voluntad de quien los cultivase había de ser como el del acero y las entrañas como las del tigre. Así se absolvió de su pecado, si le hubo, en la muerte de Tomás Cardoso. Así se calificó hasta de benigno. No por eso en absolución fue acompañada de alegría, sino que sintió pesar más negro en el fondo del alma al imaginar cuán difícil era, sin culpa, sin estrago y muerte, conquistar por la acción la suspirada gloria.

Sustrayéndose luego a las tristes reflexiones de su harto exagerado pesimismo, Morsamor preguntó a Juan de Cartagena:

--¿Y quién es este que Magallanes dejó abandonado en tu compañía?

--Este--respondió Juan de Cartagena--fue quien más nos solevantó y alborotó con sus discursos. Es un fraile cordobés, llamado Fray Blas de Villabermeja.

Morsamor fijó entonces su atención en el fraile, le reconoció, fue hacia él y le echó los brazos al cuello.

--¡Querido Paisano!--le dijo--. Cuánto me alegro de poder servirte y valerte en esta ocasión. Tú eres de un lugar que apenas dista un cuarto de legua de mi patria, Zuheros.

Morsamor y también Tiburcio reconocieron en el fraile abandonado a un antiguo colega del mismo convento en que ellos habían vivido, pero el fraile no reconocía a ninguno de los dos por más que maravillado los contemplaba. Se lo impedían el mágico remozamiento del uno y la gallarda e insolente apostura del otro, tan distinta de la humildad claustral que había afectado cuando era novicio. Pero sin que le importase mucho reconocerlos o no, Fray Blas de Villabermeja se dejó querer y agasajar y dio gracias al cielo que de su abominable destierro le libertaba.

Después de tan raro encuentro, la historia de la navegación de la nueva _Argo_ nada notable ofrece ni refiere durante más de cuarenta días. Sólo se sabe que Morsamor fue tan venturoso, que navegó con velocidad increíble. Al fin vino a hallarse a corta distancia, casi a la vista de Sagres, como si la Providencia dispusiese que en el punto que había hecho famoso el Infante don Enrique, iniciador de los grandes descubrimientos, terminase su viaje el hombre que iba a cerrar el ciclo y a dar comienzo a nueva Era.

-XL-

No todas las dificultades se habían allanado. Nadie hasta el fin puede cantar victoria. A veces el más hábil auriga, al ir a alcanzar la palma salvando la meta, suele tocar en ella y dar lastimoso y mortífero vuelco.

De repente vieron Morsamor y los de su nave un gravísimo peligro que venía sobre ellos, de que ya no podían esquivarse con la fuga y que era menester arrostrar con heroica y casi sobrehumana valentía.

Una enorme galera se aproximaba dándoles caza. En su proa y en su popa tenía sendas bombardas, y tres falconetes en cada costado. Estrecho era el barco de babor a estribor, y la longitud de su eslora hacía que hendiese rápidamente las olas a impulso de los treinta remos que llevaba en cada banda.

Lorenzo Fréitas no dudó ni un instante de que aquella nave era de corsarios argelinos.

--Salvarse huyendo--decía--sería un milagro que no debemos esperar de la bondad divina. Nuestra artillería vale poco o nada, y, si la empleamos, sólo conseguiremos provocar y enojar al cosario, que con la suya nos echará pronto a pique, sobreponiéndose su cólera a la codicia que le mueve a apoderarse de la presa. Rica debe de imaginársela. Nuestro barco no tiene aspecto guerrero, sino trazas de lo que es: de nave mercante que vuelve de la India. En su imaginación verá ya el corsario los ricos tesoros de que pronto va a hacerse dueño. Podemos pelear y defendernos, pero sin esperanza. Señor Miguel de Zuheros, creo de mi deber deciros mi opinión con franqueza.

--Yo la acepto y la estimo--respondió Morsamor--. Y con la misma franqueza voy a exponer mi parecer, aunque ya en forma de órdenes imperativas e ineludibles, porque no hay tiempo para discusiones ni discursos. Espero que todos cumpliréis con vuestro deber, me obedeceréis ciegamente y haréis con puntualidad y exactitud lo que yo prescriba.

Soldados y marineros juraron obedecer a su capitán. Morsamor entonces dispuso las cosas con arreglo al plan que había concebido y dividió en tres partes sus fuerzas: la marinería al mando del piloto; al mando de Tiburcio lo mejor de la hueste, contándose en ella Juan de Cartagena y Fray Blas de Villabermeja, a quienes excitó para que se luciesen, pagando así la franca hospitalidad con que los había acogido. Él guardó bajo su inmediato gobierno a veinticuatro de sus más leales, astutos y valientes aventureros, en cuyo número figuraban los mestizos mongoles-castellanos.

En seguida dio Morsamor sus instrucciones a los jefes y ordenó que ocupase su puesto cada uno. La nueva _Argo_ siguió huyendo, pero con muestras de desesperación y de miedo, sin desplegar más velas, como si pareciese resignada ya a entregarse al enemigo.

El corsario, impaciente, lanzó, no obstante, tres disparos de falconete para que la nueva _Argo_ se rindiera. Una de las balas tocó en el casco del buque y abrió en él ancho agujero, aunque por fortuna muy sobre la línea de flotación, cerca de la popa. Sólo con mar muy alborotado y con arfar muy violento podría la nave hacer agua. Nada contestó Morsamor a aquel daño y a aquel ultraje. Su nave, inerme, dejó que se le aproxímase la galera, que la prendiese con enormes garfios, y que los corsarios, armados de hachas, se lanzasen al abordaje, o más bien, confiados en su poder incontrastable, a tomar posesión de la nave sin recelar resistencia alguna.

Así fue en un principio. Morsamor y los veinticuatro capitaneados por él cejaron como amedrentados, aunque sin desordenarse ni separarse. Los corsarios, con su capitán al frente, llenaban ya la cubierta. El grupo de Morsamor se arrinconó hacia la popa; hacia la proa, Fréitas y sus marineros. En el barco no parecía haber más tripulantes. El aspecto de ambos grupos inspiraba compasión y fomentaba la confianza y el descuido de los corsarios. Sin duda Morsamor y Fréitas querían rendirse anhelando sólo las menos duras condiciones. No intentaban hacer uso de las armas, aunque las tenían en las manos. A fin de que las entregasen, los corsarios se dividieron, dirigiéndose a un grupo y a otro.

En la pequeña cámara de Morsamor, que estaba sobre cubierta, no parecía posible que hubiese capacidad bastante para que en ella se ocultasen muchos hombres armados. En ella, no obstante, estaban hacinados y apretados Tiburcio y su tropa.

De súbito abrieron la puerta de la cámara y salieron con inaudita rapidez. Todos corrieron hacia el lado opuesto al en que estaban Morsamor y Fréitas y hacia el punto en que la nueva _Argo_ estaba asida al barco corsario. Con prodigiosa agilidad y con tal prontitud que no dieron tiempo para que se apercibiesen y cerrasen paso, saltaron todos en la galera. Y entonces, más listos y expeditos aún, dieron muerte a los cómitres, quitaron grillos y cadenas y pusieron en libertad a los galeotes, que eran más de sesenta cristianos cautivos. Estos hallaron sin dificultad armas de que apoderarse.

Tarde semi-comprendió el capitán corsario la estratagema que le habían urdido, mas no desmayó por eso. Antes bien, arremetió impetuoso contra el grupo de Morsamor, mientras que otro buen golpe de su gente caía sobre Fréitas y sus marineros, los cuales tuvieron por desgracia que luchar proporcionalmente contra mayor número de contrarios. Fréitas fue uno de los primeros que perdieron la vida, abierta su cabeza de un hachazo. Otros ocho de su tropa sucumbieron también, al principio casi de la pelea.

Morsamor, entre tanto, parecía invulnerable, pero también sus enemigos eran más que los hombres de que él disponía. Acorralados Morsamor y los suyos se mantenían a la defensiva.

Todo esto, no obstante, fue obra de pocos minutos. Tiburcio supo darse prisa. En la galera corsaria dejó a Juan de Cartagena y a Fray Blas con diez hombres más de su fuerza y con veinte galeotes, ya libres y armados, y se precipitó en la nueva _Argo_ con todos los demás que le seguían y que eran más de sesenta. Ansiosos de combatir se sentían todos, y particularmente los ya libres forzados, a quienes aguijoneaba el rencor e impulsaba el deseo de curar con la sangre de los corsarios las llagas y los verdugones que la penca del cómitre había hecho en sus espaldas desnudas.

Atacados los corsarios por todas partes, no pudieron resistir. Aunque vendieron caras sus vidas, perecieron los más valientes y el capitán argelino, rindiéndose a discreción los otros, que fueron aherrojados y convertidos en nueva chusma.

Morsamor pasó en triunfo a la conquistada galera. Resonar de clarines, vivas, altos aplausos y el estampido de algunos disparos de los falconetes solemnizaron la victoria. Con lamentos y hasta con lágrimas se deploró la muerte de Fréitas y de las otras víctimas.

Para escarmiento ejemplar y para dar testimonio del brillante éxito de aquella lucha, Morsamor mandó colgar el cadáver del capitán argelino en el mástil de la galera, sobre el cual dispuso que se izase la bandera de Castilla.

Rodeado de Tiburcio, Cartagena, Fray Blas y otros, se hallaba Morsamor presenciando aquella maniobra y recibiendo plácemes, cuando a deshora apareció una rubia y majestuosa dama, vestida de luto, y se arrojó en los brazos de Morsamor y cubrió su rostro de besos, exclamando entusiasmada:

_--¡O givia ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!_

-XLI-

Más sorprendido que complacido vio Morsamor la aparición de donna Olimpia de Belfiore, pues no era otra la dama enlutada que le saludó con tanto entusiasmo y cariño.

Hermosa como siempre estaba donna Olimpia. El tiempo no imprimía la destructora huella en su rostro, en el cual se notaba mayor majestad que antes y honda tristeza.

Donna Olimpia no había aparecido sola. Teletusa, tan regocijada como de costumbre, apareció con ella. Y aparecieron igualmente entre los libertados galeotes, siendo de los que mejor pagaron la libertad combatiendo a los corsarios, los dos fieles y robustos escuderos a quienes llamaban Asmodeo y Belcebú, más por broma que con suficiente motivo.

Para satisfacer la curiosidad natural de Morsamor y de Tiburcio, donna Olimpia, en presencia de Teletusa y del doncel, no tardó en contar a grandes rasgos sus aventuras. Y como donna Olimpia era tan latina y tan abastada de erudición clásica, empezó diciendo como el Eneas de Virgilio:

_¡In fandum, Morsamor, jubes renovare dolorem!_

Traía ella consignados en precioso manuscrito todos los peregrinos sucesos de que había sido testigo, agente o paciente. Con ellos, imitando a César, se proponía dar al público sus comentarios. Es indudable que si los hubiese publicado y si no se hubiesen perdido, serían casi tan interesantes como los del Dictador romano. Si nosotros los poseyésemos o pudiésemos reconstruirlos, compondríamos con ellos una historia no menos extensa que la presente, pero aquí deben entrar como episodio, y el episodio no debe extenderse más que el principal asunto. Para no faltar a esta regla de los preceptistas y cumplir con el _semper ad aventum festina_ de Horacio, nos abstendremos de referir las cosas con la pausa con que las refirió donna Olimpia, y las referiremos tan en resumen, que más parezcan el plan o el índice de la historia que la historia misma.

Con la presencia en Melinda de nuestras dos damas, la corte estaba brillantísima: las fiestas y diversiones se sucedían sin tregua: cacerías, banquetes, cabalgatas, simulacros de batallas, o algo a modo de bárbaros torneos, todo se sucedía con grande lujo y no menores gastos. El pueblo, negro y tacaño, se hartó de tanta magnificencia y halló que le costaba muy cara. Donna Olimpia tuvo indicios de que se conspiraba contra ella y contra el rey. Para aquel generoso príncipe temió un mal percance y para ella fin no menos trágico que el de la famosa Raquel, judía de Toledo, o que el de doña Inés de Castro, tan celebrada más tarde por los poetas épicos y dramáticos portugueses.

Donna Olimpia sabía eclipsarse y evadirse a tiempo. En esta ocasión no le faltó su habilidad. Con raro disimulo ganó el corazón y hechizó al capitán de una nave lusitana que tocó en Melinda de paso para Massauá a donde iba a reunirse con la flota, que había llevado a don Rodrigo de Lima y que debía volver a la India con dicho señor y con toda su pomposa Embajada, después que hubiesen visitado al Preste Juan, o sea al monarca de Abisinia o por otro nombre de la alta Etiopía.

No tenemos espacio para describir aquí aquel país desconocido hasta entonces de los europeos ni para relatar los peligros y trabajos que pasaron y los triunfos que obtuvieron nuestras dos atrevidas viajeras.

La Etiopía alta era y es a modo de inmensa fortaleza natural, de nava dilatadísima, que se levanta, sostenida por abruptos cerros, muy sobre el nivel de las otras circunstantes tierras africanas. Allí encastillado, resistiendo a la creciente inundación del Islamismo, vivía, desde muy antiguo, un pueblo cristiano, y había un reino un tanto decaído ya, pero en otro tiempo muy poderoso que se extendía por Arabia y por otras regiones.

Hacía ya más de treinta años que Pedro de Covillán había sido enviado a aquel reino por el príncipe perfecto don Juan II. Aquel varón simpático y astuto se había ganado la voluntad de los etíopes y singularmente la de la sapientísima reina Elena, quien le tuvo por consejero y muy por su privado. Pedro de Covillán se había hecho abisinio, Grande del reino y Gobernador o más bien príncipe feudatario de fértiles y dilatadas comarcas. Él influyó para que viniese a Lisboa y viviese en la corte de don Manuel el ilustre señor Mateo, Embajador del rey David y de la reina Elena.

En respuesta a dicha Embajada, había ido a visitar al Preste Juan el ya mencionado don Rodrigo de Lima con gran pompa y séquito. En el séquito descollaba el Reverendo Padre Fray Francisco Álvarez, elocuente y verídico historiador de la Embajada misma, a cuya narración nos remitimos, y alma además de las negociaciones diplomáticas, porque el tal don Rodrigo era _muito parvo_, si hemos de dar crédito a las hablillas y murmuraciones de sus subordinados. Todo esto, no obstante, importa tan poco a nuestra historia, que debiéramos pasarlo en silencio. Bástenos decir que donna Olimpia se ingenió de tal suerte y se dio tan buena maña, que se hizo amiga de Pedro de Covillán, de don Rodrigo, y de todo el personal de la Embajada. Por este medio fue presentada en la corte que iba siempre vagando de un lugar a otro y habitaba bajo hermosas tiendas en campamento vastísimo capaz de contener y que contenía más de veinte mil personas, desde el Abuna o Patriarca, la clerecía, las princesas de la sangre y los altos dignatarios, hasta los soldados y sirvientes.

En fin, y para no cansar a los lectores, consignaremos sin más preámbulo que el Preste Juan o soberano de aquella tierra que se llamaba entonces David, se enamoró perdidamente de donna Olimpia, y acabó por casarse con ella.

David era ya casado, pero esto no era óbice, porque allí el rey podía y solía tener dos mujeres legítimas: una se llamaba _cuan-baaltihat_ o reina de la mano derecha, y la otra, _gerâ--baaltihat_ o reina de la mano zurda. Esta última dignidad fue la que obtuvo donna Olimpia, mas no por eso fue menos considerada, y según la etiqueta de la corte, severa y minuciosa por todo extremo, donna Olimpia fue tratada, respetada y atendida como esposa del _Negus Nagat_, o Rey de reyes y Soberano Señor de Aksum, de Homer, de Raydan, de Habaset, de Sabá, de Silhi, de Tiyam, de Kas, de Bega y de otros Estados, de la mayor parte de los cuales, ya _in partibus infidelium_, sólo quedaba el título.

Algo influyó donna Olimpia en la renaciente cultura de los abisinios, y de ello con razón se jactaba. Censuró y condenó las muy frecuentes borracheras de onfacomeli, bebida de que se abusaba mucho en Abisinia, y de cuya composición, tal como la explica el diccionario de la Real Academia Española, tantos donaires y chistes acertó a decir nuestro amigo don Manuel Silvela. Con más eficaz energía se opuso aún a que los súbditos de su esposo comiesen carne cruda, y sobre todo, a que los refinados y sibaríticos la comiesen invirtiendo los trámites, o sea (no lo creeríamos si no nos lo contasen autores de grave autoridad y respeto), cortando la carne del buey vivo para que, sazonada con sal y pimienta, entrase en la boca conservando aún el calor vital inimitable y delicioso.

Nuestra heroína logró modificar también el desorden abominable con que solían terminar los banquetes, cuando se abusaba del onfacomeli y del buey vivo. El desenfreno era tal, que el pudor de donna Olimpia hubo de sublevarse, transmitiendo tan honrada sublevación a su esposo. Como en aquel país hay muchísimas hienas, que tan cobardes como carniceras devoran las bestias de carga y tienen miedo del hombre, aunque rodean e invaden a veces el campamento regio, cada personaje de la corte y el mismo rey van siempre armados de un látigo para osear y castigar las hienas con que tropiezan a su paso. De este látigo se valió, pues, el rey David, incitado por donna Olimpia, para infundir recato y compostura a sus cortesanos y hasta a las princesas de la real familia en una de aquellas orgías endemoniadas.

Un poco atenuó también donna Olimpia lo sobrado servil de algunas etiquetas o ceremonias de aquel ambulante palacio, impidiendo que en lo sucesivo se pusiesen todos de rodillas, besasen la tierra y prorrumpiesen en jaculatorias o breves y fervorosas oraciones, no sólo cuando aparecía el _Negus_, sino cuando cualquier rumor, como suspiro, tos o estornudo, indicaba su cercanía.

Con tales mejoras, con tan buenos consejos y con el ameno trato de donna Olimpia, el rey estaba cada día más prendado de ella. El nacimiento de un Principito puso el colmo a la ventura de amantes esposos. Pero el rey enfermó y creyó a pies juntillas que era llegada su última hora.

No había que vacilar ni que retardarse. Muerto el rey, le sucedería al punto su primogénito, hijo de la reina de la mano derecha, príncipe muy apegado a los antiguos usos y muy receloso además. De seguro que no bien empuñase el cetro, encerraría a donna Olimpia y a su vástago en cierto castillo, levantado a este propósito encima de muy alta y escarpada roca, a donde sólo podía subirse por estrecha escalera abierta en los duros peñascos y muy bien defendida y custodiada. En aquel retiro, a fin de evitar contiendas civiles, eran encerrados cuantos podían tener algún derecho a la sucesión de la corona, arrancándoles a menudo los ojos con sabia cautela.

Era menester evitar tan ruda catástrofe. El _Negus_ tenía que enviar un Embajador al bajá que, derribado ya el poder anárquico de los mamelucos, gobernaba en el Cairo. El Abuna, al mismo tiempo, tenía que enviar un mensajero y parte del diezmo al Patriarca de Alejandría, de quien era sufragáneo. Se aprovechó, pues, aquella excelente ocasión, y con la lucida y bien custodiada caravana, se largó de Abisinia donna Olimpia, en compañía del Principito, de Teletusa y de sus dos fieles escuderos que nunca la abandonaron.

En su tránsito por Egipto, vio y admiró donna Olimpia la esfinge, las pirámides y multitud de otros monumentos del tiempo de los Faraones.