The Sunshade, the Glove, the Muff
Chapter 3
¡Momento solemne en la existencia de entrambos! No se habían hablado nunca; no se conocían el metal de voz; y cuando don Juan vino a abrir en persona, porque la criada había salido al mercado, los adversarios y antiguos rivales se miraron con estupor consiguiente a aquella rara entrevista. Don Juan parecía una visión del otro mundo en el negligé matutino, con su elástica de franela amarilla, su gorro negro y sus babuchas; y don Pedro, al acercársele, sintió una mezcla de aborrecimiento, de asombro y, fuerza es decirlo, de consideración involuntaria. No obstante, entró con paso marcial, sin saludar más que por medio de un «felices días» seco y áspero. Pasó al salón, y ante el silencio orgulloso e interrogador de don Juan, que le miraba con altanería, perdió el aplomo, turbóse y balbució:
-Ya comprenderá usted el objeto de mi visita... Hay cosas que le ponen a uno en compromisos muy serios..., ¡muy serios! Cuando uno es caballero y lo ha sido toda su vida... El papel de delator es odioso... Y, al mismo tiempo, la conciencia de los deberes de ciudadano y de hombre honrado..., ¡de hombre honrado!, porque me precio de serlo...
-Haga usted el favor de explicarse inmediatamente -pronunció don Juan, que estaba purpúreo, y cuyas masas de carne temblaban como gelatina puesta en el plato.
-Que..., que si usted sigue celebrando aquí reuniones sediciosas que den lugar a escenas tan horribles como la de anoche, con mucho ¡con mucho! sentimiento mío me veré precisado a..., a... delatarle a las autoridades. Ya lo sabe usted, ¡ea!; ya lo sabe usted..., ya lo sabe. La ley ante todo..., la ley. Se inclinarán ustedes ante la ley..., mal que les pese. Tendrán ustedes que disolverse y... que respetar el orden establecido.
Todo el cuerpo de don Pedro vibraba a impulsos de la pasión interior; sus pupilas centelleaban, sus labios se contraían convulsos; sus mejillas estaban lívidas. Por impulso unánime los dos viejos se levantaron, y andando un par de pasos trágicamente, se quedaron a muy poca distancia el uno del otro. Se comían con la vista, y sus puños se crispaban. Al fin, don Juan rompió a hablar, trabándose de lengua.
-¿Con que..., con que usted me toma en boca... a la ley? ¿A la ley... eh? Usted... liber... libertino, la ley..., la ley... ¿Y qué ley reconoce un difamador..., ateo, como usted? ¿Eh? ¡La ley del..., del cerdo!
-Y usted..., hipócrita..., ¿porqué llama a los demás ateos?... Creemos en Dios... más que usted. ¡Usted..., bajo esa capa de religión, encubre... delitos, delitos como el de anoche! ¡Ateos nosotros..., los liberales de... siempre! ¡Nosotros no somos capaces de... acogotar a..., un ser humano! ¡No somos a... asesinos!
-¿A quién..., a quien he asesinado yo..., calumniador, disoluto?
La verdad es que don Pedro no lo sabía, a pesar de lo cual, penetrado de su razón, se empinó en las puntas de los pies, porque no era muy alto, cerró los puños y, hecho ya una fiera, anduvo, anduvo, anduvo hasta metérselos a don Juan por la cara... Y con voz que tenía todo el timbre de los años verdes, gritó:
-¿Qué a quién? ¡A la Libertad..., y... a... tu santa esposa..., mamarracho!
Una pálida criatura, ya reducida a polvo, surgió de repente entre los dos hombres. ¡Quién le dijera que aún podían acordarse de ella en el mundo de los vivos! Y don Juan, enarbolando una silla, aulló más que contestó:
-¡Yo te daré la esposa..., seductor, ladrón de honras ajenas!
Al querer descargar el silletazo, las fuerzas del viejo le hicieron traición, y enredándose en los pies cayó de bruces, desplomado, contra el suelo.
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Dad un empujón al muro vetusto y ruinoso y se vendrá a tierra. Así sucedió a aquel par de estantiguas. Ninguno de los dos pudo resistir la descarga eléctrica del odio acumulado tantos años. Casi al mismo día enfermaron y se encamaron para no levantarse más. Una diferencia curiosa hubo, sin embargo, entre sus últimos instantes, y es preciso consignarla para dar a cada uno lo suyo, según manda la justicia.
Apenas vislumbró don Pedro que la cosa iba de veras, llamó a un sobrino suyo, única persona que velaba a su cabecera, acaso atraído por el olor del testamento, y murmuró a su oído con gran misterio y humildad, como quien pide una gollería:
-Anda a buscarme... un confesor
-¡Tío, qué disparate! No parece sino que se va usted a morir mañana.
-Que me busques un confesor te digo..., y basta que yo lo diga, que ahora no es ocasión de bromas. Mira..., tal vez esté ocupado el cura de la parroquia... Si está..., me traes..., me traes..., aunque sea..., aunque sea un jesuita... Ahí cerca creo que viven.
Un jesuita vino, en efecto, y él preparó aquella alma para salir, sin duda alguna, a vida mejor y más hermosa. Cuando el padre se encontraba enfrascado en su santa faena, haciendo repetir al moribundo los actos de fe, llamóle precipitadamente a la antesala un tertuliano de los más fieles de don Juan, que venía afligidísimo, pues a vueltas de diabluras y judiadas habían llegado todos a cobrar al patriarca un apego y cariño piadoso.
-Se nos va por la posta -dijo el tertuliano, que no era sino Mosquera-. Tememos que no pase de esta noche; y mire usted, padre, por más raro que a usted le parezca, nos encontramos con que no hay medio de meterle en la cabeza que debe confesarse. Ni indirectas del padre Cobos, ni directas, ni nada sirve con él; indudablemente que era muy buen cristiano y su conciencia estará limpia; pero de todas maneras como está es la de vámonos...
-Comprendo y no me admira eso tanto como ustedes imaginan -cuchilleó el hijo de Loyola-. Bajaré en cuanto me sea posible, y ya se arreglará el asunto; pero en este instante...
Y con la cabeza señaló hacia la alcoba de donde acababa de salir.
-¿Y... ése? -preguntó Mosquera.
-¡Ah! Perfectamente, gracias a Dios...; perfectamente. En realidad, puedo decirlo..., una muerte edificante. Con permiso de usted... Allá me vuelvo. La sábana mortuoria cubría ya la faz de don Pedro cuando el confesor empezó a trastear a don Juan para hacerle entender que era ocasión de prepararse para el viaje eterno, del cual nadie ha regresado, y el ejemplo y el fin del miliciano nacional fue asunto de la exhortación con que dispusieron a bien morir al hojalatero, absolutista. Costóle mucho trabajo, pero, al fin, no tuvo remedio sino de enterarse de la más desagradable noticia: desagradable siempre, hasta a los ochenta, hasta en el fondo de un calabozo, hasta al que nada espera ni de nada sirve, que tal es la ley natural y ninguno puede eludirla.
Don Pedro y don Juan fueron enterrados, con diferencia de horas, en dos nichos contiguos, queriendo la suerte que ni en el cementerio separasen su morada. Atravesando el tabique que los aísla ¿riñen todavía sus espíritus? Al sentirse tan cerca, ¿crujen de rabia sus huesos en el fondo del ataúd? Bien quisiera saberlo... y también quisiera sospechar qué diría don Juan Boina, si levantase la cabeza, del cisma que se ha movido entre los tradicionalistas desde hace un año. ¿Seguiría a la progenie de Robledal o a don Carlos de Borbón?
«La España Moderna», enero 1889.
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