The Mirror of Literature, Amusement, and Instruction. Volume 10, No. 280, October 27, 1827

Chapter 1

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- I -

La antes famosa y ya poco nombrada villa de Aldeire forma parte del marquesado de Cenet, o, como si dijéramos, del respaldo de la Alpujarra, hacia Levante, y está medio colgada, medio escondida, en un escalón o barranco de la formidable mole central de Sierra Nevada, a cinco o seis mil pies sobre el nivel del mar y seis o siete mil por debajo de las eternas nieves del Mulhacen.

Aldeire, dicho sea con perdón de su señor cura, es un pueblo morisco. Que fue moro, lo dice claramente su nombre, su situación y su estructura; y que no ha llegado aún a ser enteramente cristiano, aunque figure en la España reconquistada y tenga su iglesita católica y sus cofradías de la Virgen, de Jesús y de no pocos santos y santas, lo demuestran el carácter y costumbres de sus moradores, las pasiones terribles cuanto quiméricas que los unen o separan en perpetuos bandos, y los lúgubres ojos negros, pálida tez y escaso hablar y reír de mujeres, hombres y niños...

Porque bueno será recordar, para que ni dicho señor cura ni nadie ponga en cuarentena la solidez de este razonamiento, que los moriscos del marquesado del Cenet no fueron expulsados en totalidad como los de la Alpujarra, sino que muchos de ellos lograron quedarse allí agazapados y escondidos gracias a la prudencia o cobardía con que desoyeron el temerario y heroico grito de su malhadado príncipe Aben-Humeya; de donde yo deduzco que el tío Juan Gómez Hormiga, alcalde constitucional de Aldeire en el año de gracia de 1821, podía muy bien ser nieto de algún Mustafá, Mahommed o cosa por el estilo.

Cuéntase, pues, que el tal Juan Gómez, hombre a la sazón de más de media centuria, rústico muy avisado aunque no entendía de letra, y codicioso y trabajador con fruto, como lo acreditaba, no solamente su apodo, sino también su mucha hacienda, por él adquirida a fuerza de buenas o malas artes, y representada en las mejores suertes de tierra de aquella jurisdicción, tomó a censo enfitéutico del caudal de Propios, y casi de balde, mediante algunas gallinas no ponedoras que regaló al secretario del Ayuntamiento, unos secanos situados a las inmediaciones de la villa, en medio de los cuales veíanse los restos y escombros de un antiguo castillejo, morabito o atalaya árabe, cuyo nombre era todavía La Torre del Moro.

Excusado es decir que el tío Hormiga no se detuvo ni un instante a pensar en qué moro sería aquél, ni en la índole o prístino objeto de la arruinada construcción; lo único que vio desde luego más claro que el agua fue que con tantas desmoronadas piedras, y con las que él desmoronara, podía hacer allí un hermoso y muy seguro corral para sus ganados; por lo que desde el día siguiente, y como recreo muy propio de quien tan económico era, dedicó las tardes a derribar por sí mismo, y a sus solas, lo que en pie quedaba del vetusto edificio arábigo.

-¡Te vas a reventar! -le decía su mujer, al verlo llegar por la noche lleno de polvo y de sudor, y con la barra de hierro oculta bajo la capa...

-¡Al contrario! -respondía él-. Este ejercicio me conviene para no podrirme como nuestros hijos los estudiantes, que, según me ha dicho el estanquero, estaban la otra noche en el teatro de Granada y tenían un color de manteca que daba asco mirarlos...

-¡Pobres! ¡De tanto estudiar! Pero a ti debía de darte vergüenza de trabajar como un peón siendo el más rico del pueblo, alcalde por añadidura.

-Por eso Voy solo... ¡A ver!... Acércame esa ensalada...

-Sin embargo, convendría que te ayudase alguien. ¡Vas a echar un siglo en derribar la Torre, y hasta quizás no sepas componértelas para volcarla toda!...

-¡No digas simplezas, Torcuata! Cuando se trate de construir la tapia del corral pagaré jornales, y hasta llevaré un maestro alarife... ¡Pero derribar sabe cualquiera! Y es tan divertido destruir!...¡Vaya!..., ¡quita la mesa y acostémonos!...

-Eso lo dices porque eres hombre. ¡A mí me da miedo y lástima todo lo que es deshacer!

-¡Debilidades de vieja! ¡Si supieras tú cuántas cosas hay que deshacer en este mundo!

-¡Calla, francmasón! ¡En mal hora te han elegido alcalde! ¡Verás como, el día que vuelvan a mandar los realistas, te ahorca el Rey absoluto!

-¡Eso lo veremos! ¡Santurrona! ¡Beata! ¡Lechuza! ¡Vaya!: apaga esa luz, y no te santigües más..., que tengo mucho sueño.

Y así continuaban los diálogos hasta que se dormía uno de los dos consortes.

- II -

Una tarde regresó de su faena el tío Hormiga muy preocupado y caviloso y más temprano que de costumbre.

Su mujer aguardó a que despachase a los mozos de labor para preguntarle qué tenía, y él respondió enseñándole un tubo de plomo con tapadera, por el estilo del cañuto de un licenciado del ejército; sacó de allí y desarrolló cuidadosamente un amarillento pergamino escrito en caracteres muy enrevesados, y dijo con imponente seriedad:

-Yo no sé leer, ni tan siquiera en castellano, que es la lengua más clara del mundo; pero el diablo me lleve si esta escritura no es de moros.

-¿Es decir, que la has encontrado en la Torre?

-No lo digo sólo por eso, sino porque estos garrapatos no se parecen a ninguno de los que he visto hacer a gente cristiana.

La mujer de Juan Gómez miró y olió el pergamino y exclamó con una seguridad tan cómica como gratuita:

-¡De moros es!

Pasado un rato, añadió melancólicamente:

-Aunque también me estorba a mí lo negro, juraría que tenemos en las manos, la licencia absoluta de algún soldado de Mahoma, que ya estará en los profundos infiernos.

-¿Lo dices por el cañuto de plomo?

-Por el cañuto lo digo.

-Pues te equivocas de medio a medio, amiga Torcuata; porque ni los moros entraban en quintas, según me ha dicho varias veces nuestro hijo Agustín, ni esto es una licencia absoluta. Esto es... un...

El tío Hormiga miró en torno suyo, bajó la voz y dijo con entera fe:

-¡Estas son las señas de un tesoro!

-¡Tienes razón! -respondió la mujer, súbitamente inflamada por la misma creencia-. ¿Y lo has encontrado ya? ¿Es muy grande? ¿Lo has vuelto a tapar bien? ¿Son monedas de plata o de oro? ¿Crees tú que pasarán todavía? ¡Que felicidad para nuestros hijos! ¡Como van a gastar y a triunfar en Granada y en Madrid! ¡Yo quiero ver eso! Vamos allá... Esta noche hace luna

-¡Mujer de Dios! ¡Sosiégate! ¿Como quieres que haya topado ya con el tesoro guiándome por estas señas, si yo no sé leer en moro ni en cristiano?

-¡Es verdad! Pues mira... Haz una cosa: en cuanto Dios eche sus luces, apareja un buen mulo; pasa la sierra por el puerto de la Ragua, que dicen está bueno, y llegate a Ugíjar, a casa de nuestro compadre D. Matías Quesada, el cual sabes entiende de todo... Él te pondrá en claro ese papel y te dará buenos consejos, como siempre.

-¡Mis dineros me cuestan todos sus consejos a pesar de nuestro compadrazgo!... Pero, en fin, lo mismo había pensado yo. Mañana iré a Ugíjar, y a la noche estaré aquí de vuelta; pues todo será apretar un poco a la caballería...

-Pero ¡cuidado que le expliques bien las cosas!...

-Poco tengo que explicarle. El cañuto estaba escondido en un hueco o nicho revestido de azulejos como los de Valencia, formado en el espesor de una pared. He derribado todo aquel lienzo, y nada más de particular he hallado. Debajo de lo ya destruido comienza la obra de sillería de los cimientos, cuyas enormes piedras, de más de vara en cuadro, no removerán fácilmente dos ni tres personas de puños tan buenos como los míos. Por consiguiente, es necesario saber de una manera fija en qué punto estaba escondido el tesoro, so pena de tener que arrancar con ayuda de vecinos todos los cimientos de la Torre...

-¡Nada! ¡Nada! ¡A Ugíjar en cuanto amanezca! Ofrécele a nuestro compadre una parte..., no muy larga, de lo que hallemos, y, cuando sepamos donde hay que excavar, yo misma te ayudaré a arrancar piedras de sillería.¡Hijos de mi alma! ¡Todo para ellos! Por lo que a mí toca, sólo siento si habrá algo que sea pecado en esto que hablamos en voz baja.

-¿Qué pecado puede haber, grandísima tonta?

-No sé explicártelo... Pero los tesoros me habían parecido siempre cosa del demonio, o de duendes... Además ¡tomaste a censo aquel terreno por tan poco rédito al año!... ¡Todo el pueblo dice hubo trampa en tal negocio!

-¡Eso es cuenta del secretario y de los concejales! Ellos me hicieron la escritura.

-Por otro lado, tengo entendido que de los tesoros hay que dar parte al Rey...

-Eso es cuando no se hallan en terreno propio como este mío...

-¡Propio! ¡Propio!... ¡A saber de quién sería esa torre que te ha vendido el Ayuntamiento!...

-¡Toma! ¡Del Moro!

-¡A saber quién sería ese Moro!... Por de pronto, Juan, las monedas que el Moro escondiera en su casa serían suyas o de sus herederos; no tuyas, ni mías...

-¡Estás diciendo disparates! ¡Por esa cuenta no debía yo ser alcalde de Aldeire, sino el que lo era el año pasado cuando se pronunció Riego! ¡Por esa cuenta, habría que mandar todos los años a África, a los descendientes de los moros, las rentas que produjesen las vegas de Granada, de Guadix y de centenares de pueblos!...

-¡Puede que tengas razón!... En fin, ve a Ugíjar, y el compadre te aconsejará lo mejor en todo.

- III -

Ugíjar dista de Aldeire cosa de cuatro leguas de muy mal camino. No serían, sin embargo, las nueve de la siguiente mañana, cuando el tío Juan Gómez, vestido con su calzón corto de punto azul y sus bordadas botas blancas de los días de fiesta, hallábase ya en el despacho de D. Matías de Quesada, hombre de mucha edad y mucha salud, doctor en ambos Derechos y autor de la mayor parte de los entuertos contra la justicia que se hacían por entonces en aquella tierra. Había sido toda su vida lo que se llama un abogado picapleitos, y estaba riquísimo y muy bien relacionado en Granada y Madrid.

Oído que hubo la historia de su digno compadre, y después de examinar atentamente el pergamino, díjole que, en su opinión, nada de aquello olía a tesoro; que el nicho en que halló el tubo debió de ser un babuchero, y que el escrito le parecía una especie de oración que los moros suelen leer todos los viernes por la mañana... Pero, sin embargo, no siéndole a él completamente conocida la lengua árabe, remitiría el documento a Madrid a un condiscípulo suyo que estaba empleado en la Comisaría de los Santos Lugares, a fin de que lo enviara a Jerusalén, donde lo traducirían al castellano; por todo lo cual sería conveniente mandarle al madrileño un par de onzas de oro en letra, para una jícara de chocolate.

Mucho lo pensó el tío Juan Gómez antes de pagar un chocolate tan caro (que resultaba a diez mil doscientos cuarenta reales la libra); pero tenía tal seguridad en lo deltesoro (y a fe que no se equivocaba, según después veremos), que sacó de la faja ocho monedillas de a cuatro duros y se las entregó al abogado, quien las pesó una por una antes de guardárselas en el bolsillo; con lo que el tío Hormiga tomó la vuelta de Aldeire decidido a seguir excavando en la Torre del Moro, mientras tanto que enviaban el pergamino a Tierra Santa y volvía de allá traducido; diligencias en que, según el letrado, se tardaría cosa de año y medio.

- IV -

No bien había vuelto la espalda el tío Juan, cuando su compadre y asesor cogió la pluma y escribió la siguiente carta, comenzando por el sobre:

«SR. D. BONIFACIO TUDELA Y GONZÁLEZ, Maestro de Capilla de la Santa Iglesia Catedral de CEUTA.

«Mi querido sobrino político:

-Solamente a un hombre de tu religiosidad confiaría yo el importantísimo secreto contenido en el documento adjunto. Dígolo porque indudablemente están escritas en él las señas de un tesoro, de que te daré alguna parte si llego a descubrirlo con tu ayuda. Para ello es necesario que busques un moro que traduzca ese pergamino, y que me mandes la traducción en carta certificada, sin enterar a nadie del asunto, como no sea a tu mujer, que me consta es persona reservada.

»Perdona que no te haya escrito en tantos años; pero bien conoces mis muchos quehaceres. Tu tía sigue rezando por ti todas las noches al tiempo de acostarse. Que estés mejor del dolor de estomago que padecías en 1806, y sabes que te quiere tu tío político,

MATÍAS DE QUESADA

15 de Enero de 1821.

POSDATA.-Expresiones a Pepa; y dime si habéis tenido hijos.»

Escrita la precedente carta, el insigne jurisconsulto pasó a la cocina, donde su mujer estaba haciendo calceta y cuidando el puchero, y díjole las siguientes expresiones en tono muy áspero y desabrido, después de echarle en la falda las ocho monedas de a cuatro duros que ya conocemos:

-Encarnación, ahí tienes: compra más trigo, que va a subir en los meses mayores, y procura que lo midan bien. Hazme de almorzar mientras yo voy a echar al correo esta carta para Sevilla, preguntando los precios de la cebada. ¡Que el huevo esté bien frito y el chocolate claro! ¡No tengamos la de todos los días!

La mujer del abogado no respondió palabra, y siguió haciendo calceta como un autómata.

- V -

Dos semanas después, un hermosísimo día de Enero, como sólo los hay en el Norte de África y en el Sur de Europa, tomaba el sol en la azotea de su casa de dos pisos el maestro de capilla de la catedral de Ceuta, con la tranquilidad de quien ha tocado el órgano en misa mayor y se ha comido luego una libra de boquerones, otra de carne y otra de pan, con su correspondiente dosis de vino de Tarifa.

El buen músico, gordo como un cebón y colorado como una remolacha, digería penosamente, paseando su turbia mirada de apoplético por el magnífico panorama del Mediterráneo, y del Estrecho de Gibraltar, del maldecido Peñón que le da nombre, de las cercanas cumbres de Anghera y Benzú y de las remotas nieves del Pequeño Atlas, cuando sintió acelerados pasos en la escalera y la argentina voz de su mujer, que gritaba gozosamente:

-¡Bonifacio! ¡Bonifacio! ¡Carta de Ugíjar! ¡Carta de tu tío! ¡Y vaya si es gorda!

-¡Hombre! -respondió el maestro de capilla, girando como una esfera o globo terráqueo sobre el punto de su redonda individualidad, que descansaba en el asiento-. ¿Qué santo se habrá empeñado para que mi tío se acuerde de mí? ¡Quince años hace que resido en esta tierra usurpada a Mahoma, y cata aquí la primera vez que me escribe aquel abencerraje, sin embargo de haberle yo escrito cien veces a él! ¡Sin duda me necesita para algo!

Y, dicho esto, abrió la epístola (procurando que no la leyese la Pepa de la posdata), y apareció, crujiente y tratando de arrollarse por sí propio, el amarillento pergamino.

-¿Qué nos envía? -preguntó entonces la mujer, gaditana y rubia por más señas, y muy agraciada y valiente a pesar de sus cuarenta agostos.

-¡Pepita, no seas tan curiosa!... Yo te lo diré, si debo decírtelo, luego que me entere.¡Mil veces te he advertido que respetes mis cartas!...

-¡Advertencia propia de un libertino como tú! En fin, ¡despacha!, y veremos si yo puedo saber qué papelote te manda tu tío. ¡Parece un billete de Banco del otro mundo!

En tanto que su mujer decía aquellas cosas y otras, el músico leyó la carta, y maravillóse hasta el extremo de ponerse de pie sin esfuerzo alguno.

Tenía, sin embargo, tal hábito en disimular, que acertó a decir muy naturalmente:

-¡Qué tontería! ¡Sin duda está ya chocheando aquel mal hombre! ¿Querrás creer que me remite esta hoja de una Biblia en hebreo, para que yo busque algún judío que la compre, imaginándose el muy bobo que darán por ella un dineral? Al mismo tiempo... -añadió para cambiar la conversación y guardándose en la faltriquera la carta y el pergamino-, al propio tiempo... me pregunta con mucho interés si tenemos hijos.

-¡Él no los tiene! -observó vivamente Pepita-. ¡Sin duda piensa dejarnos por herederos!

-¡Más fácil es que al muy avaro se le haya ocurrido heredarnos a nosotros!... Pero ¡calla!: están dando las once, y yo tengo que afinar el órgano para las vísperas de esta tarde... Me voy. Oye, prenda: que la comida esté dispuesta a la una, y que no se te olvide echar dos buenas patatas en el puchero. ¡Que si tenemos hijos!... ¡Vergüenza me da de haber de contestarle que no!

-¡Escucha! ¡Espera! ¡Oye! ¡La culpa no es mía! -contestó como un rayo la parte contraria-. ¡Bien sabes que en mis primeras nupcias tuve un niño muerto!

-¡Ya! ¡Ya! ¡En tus primeras nupcias! ¡Como si eso pudiera servirme de satisfacción! ¡Un día vas a dar lugar a que yo te cuente todas mis habilidades de soltero!

-¡Anda, zambombo, tonel, desagradecido! ¿Quién te habrá amado a ti en el mundo como esta necia, que, con ese barrigón y todo, te considera el hombre más hermoso que Dios ha criado?

-¿Sí? ¿Me has dicho hermoso? ¡Pues mira, Pepa -respondió el artista, pensando seguramente en el pergamino árabe-; si mi tío llega a dejarme por heredero, o yo me hago rico de cualquier otro modo, te juro llevarte a vivir a la plaza de San Antonio de la ciudad de Cádiz, y comprarte más joyas que tiene la Virgen de las Angustias de Granada! Conque hasta luego, pichona.

Y tirando un pellizco en la barba a la que de antemano tenía, ya el hoyo en ella, cogió el sombrero y tomó el camino... no de la catedral, sino de las callejuelas en que suelen vivir las familias moras avecindadas en aquella plaza fuerte.

- VI -

En la más angosta de dichas callejuelas, y a la puerta de una muy pobre pero muy blanqueada casucha, estaba sentado en el suelo, o más bien sobre sus talones, fumando en pipa de barro secado al sol, un moro de treinta y cinco a cuarenta años, revendedor de huevos y gallinas, que le traían a las puertas de Ceuta los campesinos independientes de Sierra-Bullones y Sierra-Bermeja, y que él despachaba a domicilio o en el mercado, con una ganancia de ciento por ciento. Vestía chilaba de lana blanca y jaique de lana negra, y llamábase entre los españoles Manos-gordas, y entre los marroquíes Admet-ben-Carime-el-Abdoun.

Tan luego como el moro vio al maestro de capilla, levantóse y salió a su encuentro, haciéndole grandes zalemas; y, cuando estuvieron ya juntos, díjole cautelosamente:

-¿Querer morita? Yo traer mañana cosa meleja; de doce años...

-Mi mujer no quiere más criadas moras... -respondió el músico con inusitada dignidad. Manos-gordas se echo a reír.

-Además... -prosiguió D. Bonifacio-, tus endiabladas moritas son muy sucias.

-Lavar -respondió el moro, poniéndose en cruz y ladeando la cabeza-. ¡Te digo que no quiero moritas! -prosiguió D. Bonifacio-. Lo que necesito hoy es que tú, que sabes tanto y que por tanto saber eres intérprete de la plaza, me traduzcas al español este documento.

Manos-gordas cogió el pergamino, y a la primera ojeada murmuró:

-Estar moro...

-¡Ya lo creo que es árabe! Pero quiero saber qué dice, y, si no me engañas, te haré un buen regalo... cuando se realice el negocio que confío a tu lealtad.

A todo esto, Admet-ben-Carime había pasado ya la vista por todo el pergamino y puéstose muy pálido.

-¿Ves que se trata de un gran tesoro? -medio afirmó, medio interrogó el maestro de capilla.

-Creer que sí -tartamudeo el mahometano.

-¿Como creer? ¡Tu misma turbación lo dice!

-Perdona... -replicó Manos-gordas sudando a mares-. Haber aquí palabras de árabe moderno, y yo entender. Haber otras de árabe antiguo o literario, y yo no entender.

-¿Qué dicen las palabras que entiendes?

-Decir oro decir perlas, decir maldición de Alah... Pero yo no entender sentido, explicaciones ni señas. Necesitar ver al derwich de Anghera, que estar sabio, y él traducir todo. Llevarme yo pergamino hoy, y traer pergamino mañana, y no engañar ni robar al señor Tudela. ¡Moro jurar!

Así diciendo, cruzó las manos, se las llevo a la boca y las besó fervorosamente.

Reflexionó D. Bonifacio: conoció que para descifrar aquel documento tendría que fiarse de algún moro, y que ninguno le era tan conocido ni tan afecto como Manos-gordas, y accedió a dejarle el manuscrito, bien que bajo reiterados juramentos de que al día siguiente estaría de vuelta de Anghera con la traducción, y jurándole él, por su parte, que le entregaría lo menos cien duros cuando fuese descubierto el tesoro.

Despidiéronse el musulmán y el cristiano, y éste se dirigió, no a su casa ni a la catedral, sino a la oficina de un amigo, donde escribió la siguiente carta:

«SR. D. MATÍAS DE QUESADA Y SÁNCHEZ.

»Alpujarra, UGÍJAR.

»Mi queridísimo tío:

»Gracias a Dios que hemos tenido noticias de usted y de tía Encarnación, y que éstas son tan buenas como Josefa y yo deseábamos. Nosotros, querido tío, aunque más jóvenes que ustedes, estamos muy achacosos y cargados de hijos, que pronto se quedarán huérfanos y pidiendo limosna.

»Se burló de usted quien le dijera que el pergamino que me ha enviado contenía las señas de un tesoro. He hecho traducirlo por persona muy competente, y ha resultado ser una carta de blasfemias contra Nuestro Señor Jesucristo, Ia Santísima Virgen y los santos de la Corte celestial, escritas en versos árabes por un perro morisco del marquesado del Cenet durante la rebelión de Aben-Humeya. En vista de semejante sacrilegio, y por consejo del señor Penitenciario, acabo de quemar tan impío testimonio de la perversidad mahometana.

»Memorias a mi tía: recíbanlas ustedes de Josefa, que se halla por décima vez en estado interesante, y mande algún socorro a su sobrino, que está en los huesos por resultas del pícaro dolor de estomago,

»BONIFACIO.

»CEUTA, 29 de Enero de 1821.»

- VII -

Al mismo tiempo que el maestro de capilla escribía la precedente carta y la echaba al correo, Admet-ben-Carime-el-Abdoun reunía en un envoltorio no muy grande todo su hato y ajuar, reducidos a tres jaiques viejos, dos mantas de pelo de cabra, un mortero para hacer alcuzcuz, un candil de hierro y una olla de cobre llena de pesetas (que desenterró de un rincón del patinillo de su casa); cargó con todo ello a su única mujer, esclava, odalisca, o lo que fuera, más fea que una mala noticia dicha de pronto y más sucia que la conciencia de su marido, y salióse de Ceuta, diciendo al oficial de guardia de la puerta que da al campo moro que se iban a Fez a mudar de aires por consejo de un veterinario. Y como quiera que esta sea la hora, después de sesenta años y algunos meses de ausencia, que no se haya vuelto a saber de Manos-gordas ni en Ceuta, ni en sus cercanías, dicho se está que D. Bonifacio Tudela y González no tuvo el gusto de recibir de sus manos la traducción del pergamino, ni al día siguiente, ni al otro, ni en toda su vida, que por cierto debió ser muy corta, puesto que de informes dignos de crédito aparece que su adorada Pepita se caso en Marbella en terceras nupcias con un tambor mayor asturiano, a quien hizo padre de cuatro hijos como cuatro soles, y era otra vez viuda a la muerte del Rey absoluto, fecha en que ganó por oposición en Málaga el título de comadre de parir y el destino de matrona aduanera.

Conque busquemos nosotros a Manos-gordas, y sepamos que fue de él y del interesante pergamino.

- VIII -

Admet-ben-Carime-el-Abdoun respiró alegremente, y aun hizo alguna zapateta, sin que por eso se le cayesen las mal aseguradas zapatillas, tan luego como se vio fuera de los redoblados muros de la plaza española y con toda el África delante de sí...

Porque África, para un verdadero africano como Manos-gordas, es la tierra de la libertad absoluta; de una libertad anterior y superior a todas las Constituciones e instituciones humanas; de una libertad parecida a la de los conejos no caseros y demás animales de monte, valle o arenal.

África, quiero decir, es la Jauja de los malhechores, el seguro de la impunidad, el campo neutral de los hombres y de las fieras, protegido por el calor y la extensión de los desiertos. En cuanto a los sultanes, reyes y beyes que presumen imperar en aquella parte del mundo, y a las autoridades y mílites que los representan, puede decirse que vienen a ser, para tales vasallos, lo que el cazador para las liebres o para los corzos: un mal encuentro posible, que muy pocos tienen en la vida, y en el cual muere uno o no muere; si muere, tal día hizo un año; y si no muere, con poner mucha tierra por medio no hay que pensar más en el asunto. Sirva esta digresión de advertencia a quien la necesitare, y prosigamos nosotros nuestra relación.