Moros y cristianos

Part 3

Chapter 32,182 wordsPublic domain (Wikisource)

-¡Por esta razón me conviene menos! -replicó el andaluz con tan insultante socarronería, que su interlocutor dio un paso atrás como quien conoce que pisa terreno falso.

Reflexionó, pues, un momento, pasado el cual alzó la cabeza con entera resolución, echó los brazos a la espalda y dijo, riéndose cínicamente:

-¡Luego sabe usted que en aquel terreno hay un tesoro!

El tío juan Gómez se agachó, sentado como estaba; y, mirando al catalán de abajo arriba, exclamó donosísimamente:

-¡Lo que me choca es que lo sepa usted!

-¡Pues mucho más le chocaría si le dijese que soy yo el único que lo sabe de cierto!

-¿Es decir que conoce usted el punto fijo en que se halla sepultado el tesoro?

-Conozco el punto fijo, y no tardaría veinticuatro horas en desenterrar tanta riqueza como allí duerme a la sombra...

-Según eso, ¿tiene usted cierto documento?...

-Sí, señor: tengo un pergamino del tiempo de los moros, de media vara en cuadro en que todo esto se explica...

-Dígame usted, ¿y ese pergamino?...

-No lo llevo sobre mi persona, ni hay para qué, supuesto que me lo sé de memoria al pie de la letra en español y en árabe... ¡Oh! ¡No soy yo tan bobo que me entregue nunca con armas y bagajes! Así es que antes de presentarme en estas tierras escondí el pergamino... donde nadie más que yo podrá dar con él.

-¡Pues entonces no hay más que hablar! Señor Jaime Olot, entendámonos como dos buenos amigos... -exclamó el Alcalde, echando al forastero una copa de aguardiente.

-¡Entendámonos! -repitió el forastero, sentándose sin más permiso y bebiéndose la copa en toda regla.

-Dígame usted -continuó el tío Hormiga- y dígamelo sin mentir, para que yo me acostumbre a creer en su formalidad...

-Vaya usted preguntando, que yo me callaré cuando me convenga ocultar alguna cosa.

-¿Viene usted de Madrid?

-No, señor. Hace veinticinco años que estuve en la corte por primera y última vez.

-¿Viene usted de Tierra Santa?

-No, señor. No me da por ahí.

-¿Conoce usted a un abogado de Ugíjar llamado D. Matías de Quesada?

-No, señor; yo detesto a los abogados y a toda la gente de pluma.

-Pues, entonces, ¿como ha llegado a poder de usted ese pergamino? Jaime Olot guardo silencio.

-¡Eso me gusta! ¡Veo que no quiere usted mentir! -exclamó el Alcalde-. Pero también es cierto que D. Matías de Quesada me engañó como a un chino, robándome dos onzas de oro, y vendiendo luego aquel documento a alguna persona de Melilla o de Ceuta... ¡Por cierto que, aunque usted no es moro, tiene facha de haber estado por allá!

-¡No se fatigue usted ni pierda el tiempo! Yo le sacaré a usted de dudas. Ese abogado debió de enviar el manuscrito a un español de Ceuta, al cual se lo robó hace tres semanas el moro que me lo ha traspasado a mí...

-¡Toma! ¡Ya caigo! Se lo enviaría a un sobrino que tiene de músico en aquella catedral..., a un tal Bonifacio de Tudela...

-Puede ser

-¡Pícaro D. Matías! ¡Estafar de ese modo a su compadre! ¡Pero véase como la casualidad ha vuelto a traer el pergamino a mis manos!...

-Dirá usted a las mías... -observó el forastero.

-¡A las nuestras! -replicó el Alcalde, echando más aguardiente-. Pues, señor, ¡somos millonarios! Partiremos el tesoro mitad por mitad, dado que ni usted puede excavar en aquel terreno sin mi licencia, ni yo puedo hallar el tesoro sin auxilio del pergamino que ha llegado a ser de usted; es decir, que la suerte nos ha hecho hermanos. ¡Desde hoy vivirá usted en mi casa! ¡Vaya otra copa! Y, en seguidita que almorcemos, daremos principio a las excavaciones...

Por aquí iba la conferencia cuando la señá Torcuata volvió de misa. Su marido le refirió todo lo que pasaba y le hizo la presentación del señor Jaime Olot. La buena mujer oyó con tanto miedo como alegría la noticia de que el tesoro estaba a punto de parecer; santiguóse repetidas veces al enterarse de la traición y vileza de su compadre D. Matías de Quesada, y miró con susto al forastero, cuya fisonomía le hizo presentir grandes infortunios.

Sabedora, en fin, de que tenía que dar de almorzar a aquel hombre, entró en la despensa a sacar de lo más precioso y reservado que contenía, o sea lomo en adobo y longaniza de la reciente matanza, no sin decirse mientras destapaba las respectivas orzas:

-¡Tiempo es de que parezca el tesoro; pues, entre si parece o no parece, nos lleva de coste los treinta y dos duros de la famosa jícara de chocolate, la antigua amistad del compadre D. Matías, estas hermosas tajadas, que tan ricas habrían estado con pimientos y tomates en el mes de Agosto, y el tener de huésped a un forastero de tan mala cara! ¡Malditos sean los tesoros, y las minas, y los diablos, y todo lo que está debajo de tierra, menos el agua y los fieles difuntos!

- XIV -

Pensando estaba así la señá Torcuata, y ya se dirigía a las hornillas con una sartén en cada mano, cuando se oyeron sonar en la calle gritos y silbidos de viejas y chicuelos, y voces de gentes más formal, que decía:

-¡Señor Alcalde, abra usted la puerta! ¡La justicia de la ciudad está entrando en el pueblo con mucha tropa!

Jaime Olot se puso más amarillo que la cera al oír aquellas palabras, y dijo, cruzando las manos:

-¡Escóndame usted, señor Alcalde! ¡De lo contrario, no tendremos tesoro! ¡La justicia viene en mi busca!

-¿En busca de usted? ¿Por qué razón? ¿Es usted algún criminal?

-¡Bien lo decía yo! -gritó la tía Torcuata-. ¡De esa cara triste no podía venir nada bueno ¡Todo eso es cosa de Lucifer!

-¡Pronto! ¡Pronto! -añadió el forastero-. ¡Sáqueme usted por la puerta del corral!

-¡Bien! Pero déme usted antes las señas del tesoro... -expuso el tío Hormiga.

-Señor Alcalde... -seguían diciendo los que llamaban a la puerta-, ¡abra usted! ¡El pueblo está cercado! ¡Parece que buscan a ese hombre que habla con usted hace una hora!...

-¡Abrid al Juzgado de primera instancia! -gritó por último una voz imperiosa, acompañada de fuertes golpes dados a la puerta.

-¡No hay remedio! -dijo el Alcalde, yendo a abrir, mientras que el forastero se encaminaba por la otra puerta en busca del corral.

Pero el mayoral y el cabrero, advertidos de todo, le cerraron el paso, y entre ellos y los soldados, que ya penetraban también por aquella puerta, le cogieron y ataron sin contratiempo alguno, aunque aquel diablo de hombre desplegó en la lucha las fuerzas y la agilidad de un tigre.

El alguacil del Juzgado, a cuyas órdenes iban un escribano y veinte soldados de infantería, contaba entre tanto al despavorido Alcalde las causas y fundamentos de aquella prisión tan aparatosa.

-Ese hombre -decía- con quien usted estaba encerrado... no sé por qué, hablando de no sé qué asunto, es el célebre gallego Juan Falgueira, que degolló y robó, hace quince años, a unos señores de quienes era mulero, en cierta casería de la vega de Granada, y que se escapó de la capilla la víspera de la ejecución, vestido con el hábito del fraile que le auxiliaba, a quien dejó allí medio estrangulado. El mismísimo Rey (q. D. g.) recibió hace quince días una carta de Ceuta, firmada por un moro llamado Manos-gordas, en que le decía que Juan Falgueira, después de haber residido largo tiempo en Orán y otros puntos de África, iba a embarcarse para España, y que sería fácil echarle mano en Aldeire del Cenet, donde pensaba comprar una torre de moros y dedicarse a la minería... Al propio tiempo, el Cónsul español en Tetuán escribía a nuestro Gobierno participándole que una mora llamada Zama se le había presentado quejándose de que el renegado español ben-Munuza, antes Juan Falgueira, acababa de embarcarse para España después de asesinar al moro Manos-gordas, marido de la querellante, y de haberle robado cierto precioso pergamino... Por todo ello y muy principalmente por el atentado, contra el fraile en la capilla, S. M. el Rey ha recomendado con particular encarecimiento a la Chancillería de Granada la captura del tal facineroso y su inmediata ejecución en aquella misma capital.

Imagínese el que leyere el espanto y asombro de todos los que oyeron esta relación, así como la angustia del tío Hormiga, a quien no podía caber ya duda de que el pergamino estaba en poder de aquel hombre ¡sentenciado a muerte!

Atrevióse, pues, el codicioso Alcalde, aun a riesgo de comprometerse más de lo que ya estaba, a llamar a un lado a Juan Falgueira y a hablarle al oído, bien que anunciando antes al concurso que iba a ver si lograba que confesase a Dios y a los hombres sus delitos. Pero lo que hablaron en realidad ambos socios fue lo siguiente:

-¡Compadre! -dijo el tío Hormiga-, ni la Caridad lo salva a usted! Pero ya conoce que será lástima que ese pergamino se pierda... ¡Dígame dónde lo ha escondido!

-¡Compadre! -respondió el gallego-. Con ese pergamino, o sea con el tesoro que representa, pienso yo negociar mi indulto. Proporcióneme usted la Real gracia, y le entregaré el documento; pero, por lo pronto, se lo ofreceré a los jueces para que declaren que mi crimen ha prescrito en estos quince años de expatriación...

-¡Compadre! -replicó el tío Hormiga-, es usted un sabio, y celebraré que le salgan bien todos sus planes. Pero, si fracasan, ¡por Dios le pido que no se lleve a la tumba un secreto que no aprovechará a nadie!

-¡Vaya si me lo llevaré! -contestó Juan Falgueira-. ¡De algún modo me he de vengar del mundo!

-¡Vamos andando! -gritó en esto el alguacil, poniendo término a aquella curiosa conferencia.

Y, cargado que fue de grillos y esposas el condenado a muerte, salieron con él los curiales y los soldados en dirección a la ciudad de Guadix, de donde habían de conducirlo a la de Granada.

-¡El demonio! ¡El demonio! -seguía diciendo la mujer del tío Juan Gómez una hora después, al colocar de nuevo el lomo y la longaniza en sus respectivas orzas-. ¡Malditos sean todos los tesoros habidos y por haber!

- XV -

Excusado es decir que ni el tío Hormiga halló medio de negociar el indulto de Juan Falgueira, ni los jueces se rebajaron a oír seriamente los ofrecimientos que éste les hizo de un tesoro por que sobreseyesen su causa, ni el terrible gallego accedió a revelar el paradero del pergamino ni el sitio del tesoro al impertérrito Alcalde de Aldeire, quien, con tal pretensión, tuvo todavía estómago para ir a visitarlo a la capilla en la Cárcel Alta de Granada.

Ahorcaron, pues, a Juan Falgueira el Viernes de Dolores en el Paseo del Triunfo, y regresado que hubo a Aldeire el tío Hormiga el Domingo de Ramos, cayó enfermo con calentura tifoidea, agravándose de tal modo en pocos días, que el Miércoles Santo se confesó e hizo testamento, y expiró el Sábado de Gloria por la mañana.

Pero antes de morir mandó poner una carta a D. Matías de Quesada, reconviniéndole por su traición y latrocinio (que había dado lugar a que tres hombres perdiesen la vida) y perdonándole cristianamente, a condición de que devolviese a la señá. Torcuata los treinta y dos duros de la jícara de chocolate.

Llegó está formidable carta a Ujígar al mismo tiempo que la noticia de la muerte del tío Juan Gómez; todo lo cual afectó por tal extremo al viejo abogado, que no volvió a echar más luz, y murió de allí a poco, no sin escribir a última hora una terrible epístola, llena de insultos y maldiciones, a su sobrino el maestro de la capilla de la Catedral de Ceuta, acusándole de haberle engañado y robado y de ser causa de su muerte.

De la lectura de tan justificada y tremenda acusación dicen que originó la apoplejía fulminante que llevó al sepulcro a D. Bonifacio.

Por manera que solamente los barruntos de la existencia de un tesoro fueron causa de cinco muertes y de otras desventuras, quedando a la postre las cosas tan ignoradas y ocultas como estaban al principio, puesto que la señá Torcuata, única persona que ya sabía en el mundo la historia del fatal pergamino, guardóse muy bien de volver a mentarlo en toda su vida, por juzgar que todo aquello había sido obra del diablo y consecuencia necesaria del trato de su marido con los enemigos del Altar y del Trono.

Preguntará el lector: ¿cómo es que nosotros, sabedores de que el tesoro está allí escondido, no hemos ido a desenterrarlo y apoderarnos de él? Y a esto le responderemos que la curiosísima historia del hallazgo y empleo de aquellas riquezas, con posterioridad a la muerte de la señá Torcuata, nos es también perfectamente conocida, y que tal vez la refiramos, andando el tiempo, si llega a nuestra noticia que el público tiene interés en leerla.

VALDEMORO, 6 de julio de 1881.

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