Part 13
Se objetará con razón que, siendo progresivo ó evolutivo, el derecho no puede mejorarse por arte y ciencia del legislador; pero se salva la objeción pensando que también es progresiva y evolutiva la moral á que está enlazado por su origen y órgano común, que es la conciencia. Si la una progresa, el otro la seguirá en su progreso; y recíprocamente, si el derecho progresa, con él progresará la moral. Esta no es una simple verdad de inducción, que también lo es de experimentación. Basta ver en sus efectos históricos el desarrollo repentino del derecho civil, en Francia, á consecuencia de las reformas revolucionarias del siglo XVIII, el impulso pasmoso dado por los constituyentes anglo-americanos al derecho político, la verdadera transformación del derecho penal iniciado teóricamente por Beccaria y Bentham y secundada en la práctica por Filadelfia y Nueva York, primero; por todo el mundo, después, para ver cuán positiva es la acción del derecho positivo sobre la moral social y sobre la moralidad individual. El mismo derecho de gentes, no obstante lo informe, no obstante lo estacionario que lo hace el privilegio de modificarlo y alterarlo que aún conservan las llamadas grandes potencias, atestigua la influencia del Derecho en la Moral, mostrando con su actual incapacidad para regir y moderar la primacía de la fuerza bruta internacional, la inmoral iniquidad de esas naciones, cuya torpe grandeza se reduce á amenazarse los iguales, á imponerse por la fuerza los superiores á los inferiores.
En la vida internacional, como en la nacional y en la privada, el espectáculo de la inmoralidad concluye por ser agente de moral, y no es dudoso que así como el aumento de racionalidad ha hecho de los tratados particulares entre naciones una verdadera ley que las liga positivamente mientras rige; que así como el aumento de necesidades y experiencias ha empezado á hacer de las convenciones y congresos internacionales una fuente de jurisprudencia; que así como el desarrollo de la filantropía reflexiva ha hecho necesarios los tratados de extradición y el derecho de ambulancias; que así como el progreso de la moral universal trata de infundirse en el principio de arbitraje, así el progreso del derecho público y privado de gentes coadyuva al de la moral y al de la moralidad internacional. Urge que así sea. Cuando, fatigados de la lucha con la inmoralidad privada, los hombres de bien recorran con avidez los grupos de sociabilidad en que sucesivamente, y de un modo cada vez más complejo, se va realizando el vivir humano, y en todas partes lo ven contaminado de los mismos instintos y pasiones, y al llegar á la sociedad internacional esperan que, por ser ella más extensa, se habrá debilitado el egoísmo, y en vez de encontrarlo más débil, lo encuentran más robusto, porque el egoísmo nacional es un monstruo sin sensibilidad, ni razón, ni responsabilidad, que devora sin remordimiento ni piedad la vida de millares, los bienes de millones, la industria de los siglos, los ahorros de la Humanidad, las esperanzas de mañana, la fe de hoy, la caridad de ayer, no pueden tener ya confianza en el bien que los dirige. Y ese continuará siendo el espectáculo que les dé la vida de relación de las naciones, mientras el derecho internacional positivo siga careciendo de la fuerza moral que no puede tener cuando, como ya ha sucedido tres veces en este siglo de las luces y en el seno de la civilización occidental, basta que la guerra, la perversidad ó la venganza corone á un ambicioso, ó supedite á un pueblo, ó haga victoriosa una raza, para que el mundo entero absuelva la victoria, por inicua que haya sido, y se postre ante los hechos consumados por el mal con más devoción de la que tiene para los hechos realizados por el bien.
Al par de ese espectáculo desconsolador, el siglo nos da el estimulante espectáculo del progreso jurídico sirviendo en lo civil, en lo político y en lo criminal á la mejora y moralización de muchas esferas de actividad individual y colectiva; pero en todos esos progresos parciales faltan la convicción de contribuir al bien por medio del derecho, y el propósito de perfeccionar la moral pública perfeccionando el derecho positivo.
Si en vez de atemperarse en las reformas civiles á las tradiciones del derecho romano ó del derecho bárbaro, se atendiera á las relaciones naturales del derecho y se instituyera la familia y la propiedad con arreglo á sus relaciones naturales y á su propia finalidad social, el derecho civil sería mucho más efectivo auxiliar de la moral práctica y teórica.
Si en vez de atenerse en la enmienda de las constituciones políticas ó en la fundación de sociedades jurídicas sobre un pacto constitucional, á los consejos de propósitos parciales, se atuvieran los constituyentes al propósito de concurrir al bien social, esforzándose con firme esfuerzo por asegurar el desarrollo de la iniciativa individual y social por medio de un reconocimiento incondicional de la autonomía de los individuos, los municipios, las regiones y la nación, no se favorecería el creciente desarrollo de inmoralidad que origina la burla frecuente de las leyes fundamentales.
Si en vez de fundar en deducciones convencionales la noción de pena, se estableciera sin vacilar en su inducción legítima, y sobre esa inducción se fabricara una teoría racional del derecho de penar, y de la teoría se derivaran las instituciones penales que tan fácil, tan útil, tan honroso y tan beneficioso sería derivar, el enlace de la moral con el derecho positivo sería manifiesto, porque el derecho penal es tanto una rama de la Moral como de la Jurisprudencia. Pero ninguno de esos servicios á la Moral puede hacerse sin generalizar el cumplimiento de los deberes afectos al ejercicio del derecho y sin divulgar teórica y prácticamente la idea exacta, verdadera, persuasiva y convincente de la íntima correlación entre la moral y el derecho positivo.
CAPÍTULO XXV
ENLACE DE LA MORAL CON LA POLÍTICA
No hablemos de la política teórica: le basta ser una rama del Derecho para estar ligada á la Moral, ya lo hemos visto. Hablamos de la política activa, del continuo aplicar el Derecho á las formas del vivir social, del continuo lidiar de poderes con derechos en la lucha continua por el poder.
La ineficacia de la moral en la política se ha convertido en regla de conducta universal. En los países poderosos y en los débiles, en las viejas nacionalidades y en las naciones recién nacidas, cuando el Estado está fundado en tradiciones, lo mismo que cuando es guiado por el derecho, si el objetivo de la política nacional es la prepotencia internacional, ó si la insuficiencia de medios y recursos reduce la política á querellas de caudillos, en todas partes está la política tan divorciada de la moral, que es una prueba de incapacidad política el mostrarse inclinado á ser moral.
Á excepción, en Europa, de aquellos países en los cuales la adherencia de los grupos sociales es por sí sola una fuerza moralizadora, en todas las demás es necesariamente corrompida y corruptora la administración pública.
Á excepción, en América, de aquellas sociedades fundadas en la tradición jurídica de los anglo-sajones, y de dos ó tres de origen latino que han reaccionado vehementemente contra la desorganización del coloniaje, las restantes son organismos corroídos.
En todas partes, además de la grosera sugestión del egoísmo que establece entre la moralidad pública y la privada la independencia que le conviene, operan las mismas causas: de una parte, el poder absorbente del Estado unitario; de otra, la insuficiencia jurídica de la organización social.
El Estado unitario es corruptor de nacimiento. Todo Estado unitario, en cualquier tiempo, espacio y forma de gobierno, es siempre personal: el Estado es el jefe del Estado. Y como absorbe la iniciativa de los organismos provinciales y municipales, sustituye con la ley de su voluntad la autonomía de esas sociedades; de aquí la desorganización, y de ésta la corrupción. Dispone de la fuerza pública, y con ella corrompe por miedo ó por soborno. Dispone de todos los empleos, y con ellos corrompe por soborno ó por miedo.
El derecho entra á veces por tan poco, y la tradición semifeudal entra por tanto en la organización social, que, no obstante la Revolución francesa, una inmensa porción de tierra europea, en vez de ser propiedad del trabajo, lo es del ocio, y una considerable porción de los beneficios del trabajo va á manos del capital voraz, en vez de ir á mejorar la vida del trabajador. De aquí la guerra económica, que se exaspera en proporción á la indiferencia, la torpeza ó las provocaciones del Estado, representado por satisfechos, por imprevisores ó por tímidos que, lejos de afrontar con el Derecho el problema social, lo que sería empezar á resolverlo, se esfuerzan en eludirlo y aplazarlo, lo cual es aumentar las causas de inmoralidad que frecuentemente se manifiestan en explosiones criminales de los que exigen, y en criminales represiones de los que se niegan á las exigencias del proletariado.
Verdad es que al par del espectáculo inmoral de los políticos ofrece Europa el espectáculo de los economistas y de los sociólogos, que, secundados por capitalistas y fabricantes inteligentes ó por filántropos y por asociaciones generosas, proponen planes fundados en ciencia y experiencia, ó aplauden los experimentos de Rochdale, Mullhouse, Berlín, y convergen, con los bien intencionados, al orden y á la moral.
Pero como no pueden bastar para contrarrestar la influencia maligna de los instintos, pasiones, envidias y furores, las predicaciones de los pensadores, las tentativas de cooperación industrial y comercial, la construcción de casas, de barrios y de ciudades para obreros y la participación concedida á algunos en las ganancias á que contribuyen como primer agente de producción, el estado moral de las sociedades en donde la propiedad no es del trabajo, y en donde el fruto del trabajo no es proporcional, para el trabajador, al esfuerzo que hace y al beneficio que produce, es necesariamente disolvente. No todos los estadistas europeos se guían por la inmoral indiferencia que distingue entre la moralidad privada y la pública; pero los estadistas verdaderos son tan pocos en el mundo, que actualmente no hay en Europa más que uno, y no es Bismarck. En cambio, son muchos los que, como este funesto afortunado, no ven en la política más que el arte de utilizar el Poder contra el Derecho, y como de esos es el formar escuela, cuanto más triunfan ellos más triunfante se muestra la doctrina que divorcia de la Moral á la Política.
Es claro: si los dos Napoleones no necesitaron de ninguna moral para tener á sus pies á toda Europa; si Alemania, para ser una, no hubo menester de un justo, y con un simple artero le bastó para imponer su voluntad á Europa, nada tiene que ver la moral con la política.
Nada tiene que ver á los ojos de los deslumbrados por esos ejemplos en Europa; nada tiene que ver á los ojos de los que en América ven con admiración que el personalismo cínico hace poderosos y potentados á ridículos imitadores de esos modelos repulsivos; pero á los ojos del que ve la realidad, se presenta como evidente la relación que enlaza á la moral con la política.
La realidad es que siendo el arte político un derivado de las ciencias que tienen por objeto el estudio del orden social y del orden jurídico, que directamente se basan en el orden moral, el arte tiene que buscar sus reglas en donde buscan sus leyes las ciencias de que emana. Y no hay más que decir; con eso basta. Sólo á ignorantes absolutos ó á consumados hipócritas ha podido ocurrir la idea de separar lo que es inseparable por naturaleza, y de quitar al arte de ponderar el poder con el derecho, la dignidad que le da su origen. Política sin moral, es indignidad; cualquier juego de azar, siendo tan indigno como es el juego, es más digno que la política divorciada de la moral, porque al menos en sus lances repugnantes no aventura más moralidad que la del jugador y sus cómplices. Pero el político inmoral aventura con su ejemplo la moralidad pública y privada de su patria.
Faltando á todos sus deberes los que usufructúan el poder, faltan al suyo cuantos tienen alguna dependencia del Estado, y la sociedad, que es víctima de esas faltas, empieza á cometerlas para vengarse y resguardarse, y concluye por cometerlas por la costumbre adquirida de incurrir en ellas. Así es como, poco á poco, y sin pensarlo, ni quererlo, ni sentirlo, van los pueblos, guiados por la política indiferente á la moral, perdiendo una por una sus virtudes, sus cualidades y su carácter; así es como las familias van en ellas perdiendo, sin notarlo, la dignidad de su fin social, la afinidad de sus elementos, la pureza de sus costumbres, la grandeza de su institución; así es como los individuos van, sin advertirlo, perdiendo el decoro, la dignidad, la veracidad, la firmeza, la lealtad, y convirtiéndose en momias semovientes que engañan hasta con el aparato de una personalidad y de una vida que no tienen.
CAPÍTULO XXVI
LA MORAL SOCIAL Y LAS PROFESIONES
Una vez, una madre de las que en la América latina pueden, por la ternura, servir de modelo á cualesquiera madres, decía, refiriéndose á uno de sus pequeñuelos:
“—Y éste será sacerdote.
—Si tiene esa vocación, enhorabuena—dijo su marido.
—Y aunque no la tenga: el sacerdote no tiene que luchar tanto con la vida como otros.
—Es un error: en la vida, todos son sacerdocios, y todos imponen deberes costosos.
—Pero el sacerdote tiene siempre el pan á la mano.
—Pero no siempre lo tiene á la conciencia.
—¿Qué quieres decir?
—Que no siempre es tan fácil para la conciencia el acercarse al pan que se toma fácilmente con la mano.
—¿Por qué?
—Porque el pan se digiere solamente en el estómago.
—¿Pues acaso hay algún otro aparato digestivo?
—Varios: la razón, que juzga de nuestro modo de ganar el pan, es uno; la voluntad, que á veces se resiste á determinados modos de ganar el pan, es otro; la conciencia, que aprueba ó condena los modos de subsistencia que se adoptan, otro.
—Y el sacerdocio eclesiástico, ¿es uno de esos modos de ganar la vida que la razón juzga mal, que la voluntad resiste y que la conciencia condena?
—Si lo adopta la vocación, no; cuando lo adopta el egoísmo cauteloso é inmoral, sí.
—Y ¿por qué?
—Por lo mismo que es inmoral hacerse abogado ó médico, ó maestro, ó periodista, ó comerciante, ó peluquero, sin más mira que la de ganar el pan.
—Pero aun así, cuando el objeto es evitar los vicios de la ociosidad y la deshonra del vicio...
—Menos malo, en efecto; pero es malo.
—Pero si así se hace un bien á la familia...
—Á la verdadera familia no se le puede hacer un bien que sea un mal para la sociedad.
—Y ¿por qué es un mal para la sociedad el seguir sin vocación una carrera?
—Porque todo oficio, carrera, profesión ó función social requiere un número determinado de deberes, que se cumplen tanto menos cuanto mayor es la repugnancia con que los reconocemos, y toda vocación extraviada impone deberes repugnados.
—Pero eso, en último caso, será un mal para el extraviado de su vocación.
—Para él, para la familia, para sus convecinos, para sus comarcanos, para su patria y para la Humanidad entera.
—¿Cómo así?
—Porque lo que la sociedad humana quiere y requiere de sus miembros es que coadyuven al orden social, y para eso hay que cumplir con su deber; y para que el cumplimiento del deber sea general, hay que hacer del deber una causa y origen de felicidad.”
El mismo movimiento de cabeza que hizo para meditar la tierna madre, lo hacen para protestar los millares de padres á quienes intentan la razón y la moral desviar del torpe empeño de hacer que sus hijos sean en sociedad lo que á ellos conviene, no lo que al orden social á que es deber y conveniencia de todos concurrir. Á no dudarlo, la competencia de los servicios es demasiado activa en el mundo, y todavía demasiado primitiva la organización social para que pueda exigirse á la moralidad privada el sacrificio de los medios de subsistencia individual y de familia por _simples escrúpulos_ de conciencia. Pero también, á no dudarlo, es cínica la inmoralidad con que se adoptan profesiones y oficios sin consideración, antes con absoluto menosprecio, de los deberes que imponen las funciones sociales.
Si se adoptara el procedimiento de la estricta honradez, que aprende lo que no sabe para hacerlo bien, ó que vence las repugnancias que impone una función inapropiada para desempeñarla con sujeción á los deberes inherentes á ella, menos mal. Pero universidades, academias, institutos, seminarios, colegiatas, catedrales, parroquias, fábricas, almacenes, barcos, naves de guerra, arsenales, astilleros, aduanas, bancos, contadurías, receptorías, solios, sitiales y curales, están llenos de favoritos de la herencia ó la fortuna, de desesperados ó de desocupados que hacen en la colmena social la competencia privilegiada á los hijos de su trabajo, de su esfuerzo, de su deber y de sus méritos. Aun en las mismas relaciones industriales que, en fuerza de la ley natural de los servicios, se rigen generalmente por la oferta y la demanda, aun ahí compite con la vocación la ineptitud, y con el deber cumplido la burla del deber no conocido ó no aceptado.
El desorden que resulta del falseamiento de las vocaciones, no puede ser más inmoral. Malea al individuo, porque ó le infunde una anárquica confianza en su idea, si ésta triunfa, ó una pusilanimidad, si fracasa, que corrompe el carácter; malea á la familia, porque la hace aceptar la subsistencia, no del trabajo fecundo para la sociedad, sino del exclusivamente ventajoso para la institución doméstica; malea á las sociedades particulares, porque la alteración del orden en las funciones sociales es una alteración del orden moral; malea á la humanidad de una época, porque la priva de los beneficios que debiera esperar de la aplicación de grandes vocaciones individuales á la múltiple actividad de la vida.
Entre las varias causas que convergen á ese desorden, no es la menor la vanidad insana, ni la mayor es la falta de recursos de existencia; necesidades, instintos y pasiones, á veces hasta la misma honradez, que es el deseo ideal de cumplir con el deber, concurren á la inmoralidad que resulta del abandono ó del extravío de las vocaciones. Pero ninguna causa más inmediata de ese mal que la usual reserva de las funciones del poder temporal y del espiritual, hecha en favor, no de méritos adecuados á esas funciones, sino de intereses momentáneos de grupos particulares del Estado ó de la Iglesia.
Así es como el mal ejemplo que se da en la provisión ó en el desempeño de las funciones sociales más transcendentales, se insinúa en el cuerpo y en el alma de la sociedad entera, y así es como, sirviendo todos para todo, nadie sirve para nada.
El objetivo es parecer, no ser; el propósito, tener, no hacer. De ahí, especialmente en los países de origen autocrático, la manía, la verdadera manía de los empleos públicos y la universal preferencia de las llamadas profesiones liberales, como si éstas fueran la vocación natural, y como si las profesiones industriales fueran incapaces de despertar en la juventud de nuestros pueblos la fructuosa vocación que ha formado á los Palissy y á los Jacquard, á los Franklin y á los Fulton, á los Watt y á los Stephenson, á los Morse, á los Edison, á los Bell, á los mil, á la legión de bienhechores que, centuplicando las fuerzas de la Industria, han multiplicado los goces legítimos de la vida civilizada.
Es cierto que la actividad industrial no exime de tendencias viciosas á las sociedades que de un modo más poderoso la despliegan: la pasión del dinero, que estrecha los linderos de la vida social; la embriaguez, que seca en su fuente el sentimiento de la dignidad humana; el egoísmo frío, que congela la sensibilidad individual y colectiva, parecen fatalidades inevitables en el cumplimiento, cuando es muy extenso, de las vocaciones económicas. Pero la pasión del dinero, la embriaguez, el egoísmo insensible, ¿no son tendencias también de las sociedades inactivas ó en donde la vocación social parece limitada al ejercicio de las funciones políticas, literarias y eclesiásticas? ¿Hay endineramiento más repugnante, alcoholismo más general, sensualidad más perversa, egoísmo más seco que los que chocan y contrastan con la apariencia espiritualista de las sociedades ociosas y letradas? ¿En dónde ha degenerado en farsa más horrible la administración de justicia; en dónde es burla más descarada la profesión de principios religiosos; en dónde ociosidad más perniciosa el empleo público; en dónde periodismo más innoble ó más estúpido; en dónde casta de literatos más estólida y más refractaria; en dónde la curia es más artera; en dónde más venenoso áspid el abogado; en dónde esfinge más siniestra el médico; en dónde es menos brazo armado de su patria el militar; en dónde la civilización más corrompida; en dónde más corruptor el progreso material; en dónde sociedades más hondamente inmorales que las de allende y aquende los mares, en que el prevalecimiento de las profesiones liberales demuestra el descarrío de las vocaciones, la anteposición del interés á la vocación, el ejercicio de la actividad mental ó muscular por lo que da, no por el bien que puede hacer?
Nuestro siglo no es peor que otro siglo; al contrario, puesto que tiene más conciencia del mal hecho ó del bien que ha dejado de hacer. Mas no por eso es digno de la indiscreta admiración que nos inspira. Los tres hechos esenciales de él—aplicación metódica de la ciencia al aumento de vida, aumento de razón, aumento de conciencia—pudieran y debieran dar por fruto una más ordenada aplicación del deber á las manifestaciones de la vida. No la ha dado. El ejercicio de las funciones industriales é intelectuales, la mala distribución de vocaciones, el pésimo uso de los poderes temporales y espirituales de la sociedad demuestran la incompetencia general de los funcionarios, lo cual demuestra á su vez el olvido general del deber.
Sociedad en donde éste sea universalmente cumplido, no existirá jamás, porque nunca llegará una porción cualquiera de humanidad á aquel desarrollo de razón y de conciencia en que el conocimiento de las relaciones y de los deberes en ellas incluídos sea tan íntimo y tan claro que obscurezca los instintos, las pasiones, los deseos, los errores y los extravíos de vocación que se oponen al cumplimiento constante del deber. No es eso lo que se pide; no es eso lo que insensatamente pretende la moral social. Pretende ella, pide el sentido común, que pues hemos llegado á la sociedad industrial, en que la vida toda del sér social puede considerarse como una industria, tanto vale decir como una actividad moral, mental ó muscular, en busca de un producto; y que, pues, el producto material se obtiene por trabajadores de la materia que, para manipularla, manufacturarla y transformarla, tienen que cumplir con el deber de trabajar, los productos espirituales y mentales se obtengan por quienes tengan vocación para obtenerlos, cumpliendo con los deberes que imponen el trabajo espiritual y el mental, sin desviarse de su vocación, por infructífera, ni buscarla por fructuosa.