Moral social

Part 11

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Entre dos deberes, se ha de cumplir primero el más inmediato, el más extenso, el más concreto.

CAPÍTULO XXI

DEBERES DEL HOMBRE PARA CON LA HUMANIDAD

Confraternidad.—Filantropía.—Cosmopolitismo.—Civilización.

La moral social, además de incompleta, sería muy corta en su alcance y muy mezquina en su propósito, si sólo ligara al hombre con la sociedad nacional de que forma parte. Á más alcanza y más elevado es su propósito: la moral social indaga y establece las relaciones de cada hombre con cada uno de los grupos que inmediatamente lo contienen, porque cada uno de esos grupos es una porción de humanidad, de modo que cada deber cumplido con una sociedad particular es cumplido con la humanidad entera. Lejos, por tanto, de excluir la relación de humanidad, la moral social debe incluirla, hasta tal punto, que la primera verdad que se aprenda y la última que por medio de ella se utilice, sea la de que el hombre es una parte de la Humanidad, que el seno natural de todo hombre es la Humanidad entera.

Ya en la enumeración de deberes que se derivan de cada una de las relaciones morales del hombre, vimos que el trabajo, la obediencia, el sacrificio y la educación toman nombres distintos, según son los grupos sociales á que se refieren.

Veamos ahora qué nombres toma cada uno de esos deberes en el grupo que comprende á los demás. El deber de trabajo se llama aquí _confraternidad_; el de obediencia toma el nombre de _filantropía_; el de sacrificio, _cosmopolitismo_; el de educación _civilización_.

_Confraternidad._—Es el deber que el hombre individual, en cada uno de los grupos sociales, tiene de trabajar en pro del desarrollo mejor y más completo de la especie humana á que pertenece.

En realidad, tan ligadas están por la naturaleza racional del sér humano todas las entidades, individuales ó colectivas, que todo trabajo de cualquiera especie, hecho por cualquier individuo ó por cualquier grupo, con objeto de bien ó fin de mal, transciende á la humanidad entera, ya como ejemplo, ya como palpable resultado.

Pero no son estas consecuencias fatales de los actos del hombre, sobre los seres todos de su especie, lo que la moral social conoce con el nombre de _confraternidad_. Si este es un deber, ha de ser concienzudo, y si es concienzudo ha de ser racional, y, por lo tanto, la confraternidad nos compele á ejercitar deliberadamente, con plena conciencia del objetivo á que debemos consagrarlas, todas las actividades y las fuerzas de nuestra razón, nuestra voluntad y nuestra conciencia.

Considerándonos hermanos los unos de los otros, todos de todos, porque todos procedemos de la misma especie, de la misma humanidad, la humanidad es nuestra familia universal; y así como á nuestra familia particular le prestamos el auxilio de nuestros músculos, de nuestros nervios, de nuestra voluntad y de nuestro cerebro para sustentarla y sostenerla, así debemos hacer efectivo con nuestros actos, con nuestro trabajo, con nuestro esfuerzo, el sentimiento de fraternal inclinación que despierta en nosotros la presencia de la especie humana en la Historia, ó la idea de la Humanidad en nuestra mente. Aunque no queramos, aunque no lo sepamos así lo hacemos: la historia de la civilización, en su alcance moral, no es otra cosa que prueba palpable de la inconsciente confraternidad de los seres humanos.

Pero ya es tiempo de que el hombre quiera y sepa ser hermano del hombre y tenga conciencia, clara y efectiva conciencia de su origen, de las relaciones naturales de su origen, de los deberes que su origen le impone para con la familia humana, y del interés de familia, de hermano, de inmediato deudo que tiene en trabajar y en esforzarse por servir al aumento de bienestar, de felicidad, de libertad, de cultura y de justicia en su familia universal.

Cuando la Revolución francesa, confundiendo el derecho con el deber y la expresión de la justicia con la expresión de la moral, puso la fraternidad como primera persona de su trinidad social, erró, sin duda, ante el derecho; pero acertó, sin duda, en cuanto al deber final de toda organización jurídica, que, estableciendo el orden en la libertad, debe llevar á establecer el orden en el bien. Lo que era una invocación, sea un propósito deliberado; ya es tiempo. Ya hace más de un siglo que los atormentados por el odio que los concitó, y por el odio que excitaran, elevaron á principio de organización el que no es un principio, sino un deber, no una base de organización jurídica, sino una base de ordenación moral.

_Filantropía._—Hasta ahora la filantropía no ha pasado de ser un sentimiento, una mera expresión de sensibilidad individual ó colectiva que manifiesta el afecto natural del libre al libre, no por ser connacional, ó convecino, ó deudo, ó amigo, sino por ser hombre.

De aquí en adelante, si prevalece la moral fundada en la realidad de la naturaleza humana, la _filantropía_ será considerada como un deber social.

Ya como mero sentimiento produjo aquella explosión de dulces afectos y de amor á los hombres todos, que honrará para siempre los últimos años del siglo XVIII. Ya como mero sentimiento produjo en el albor de nuestra era aquella dulce personificación de igualdad y caridad que se llamó Jesús. Ya antes de Jesús había ella producido á los estoicos. Ya antes que á los estoicos produjo la misma caridad universal al Jesús revolucionario de la India, Buda. En China produjo á Confucio; en Grecia, á Sócrates; entre la horda infame que desde Roma deshonra con el nombre de emperadores á la estirpe humana, produce á Marco Aurelio; en el menguado imperio bizantino produce á los neoplatónicos; en la Edad Media de Europa, á Rogerio Bacon; en todas las edades, á algún generoso personificador del sentimiento de unión entre los hombres.

Pero el momento de la Historia en que más palpitante se ha mostrado ha sido el siglo en que los conscientes y los inconscientes lo invocaban, y desde el padre de Mirabeau hasta el padre de la Revolución francesa y sus errores, todos volvían la cabeza hacia el porvenir como esperando una era en que todos los hombres, amándose con verdadero amor, veneraran juntos la imagen de la madre Humanidad.

La explosión de filantropía fué tan formidable, que á ella, más que á la acción deletérea de las pasiones y de los errores, se puede atribuir el aborto de monstruosidades que produjo.

No por ser madre de monstruos dejó la Revolución francesa de ser uno de los más nobles estallidos de humanidad que ha habido en el mundo, así como no por infecundo en su inmediato resultado, lo fué en sus resultados ulteriores el sentimiento de filantropía que la produjo.

Mas la prueba de que ese sentimiento no basta para edificar sobre él una moral menos cambiadiza que la usual, está en que detrás de cada una de esas detonaciones históricas de la filantropía, vienen simultáneamente una horrible reacción de los sentimientos egoístas contra los generosos en el vulgo de los hombres y una lenta elaboración de la inteligencia y la conciencia, que, asiéndose de ese sentimiento, intentan retenerlo en el mundo y construir en él una realidad social un poco más humana que la triste realidad de egoísmos disociadores, de pasiones batalladoras, de exclusivismo anárquico, de localismos, de provincialismos y nacionalismos enervantes.

Á ese propósito de alta razón y alta conciencia sólo puede llegarse considerando un deber lo que hasta ahora se ha considerado como un sentimiento sin responsabilidad.

Pero, ¿se puede elevar á la categoría de deber el sentimiento de amor universal? Tan se puede, que en vez de hacer esa pregunta se debería hacer la contraria. ¿Cómo ha sido posible que no haya ligado siempre á todos los hombres el deber que la Naturaleza nos ha impuesto de amarnos todos como nos amamos nosotros mismos?

Sí; la filantropía es un deber de cada hombre y de cada uno de los grupos sociales en que el hombre se desarrolla.

Es un deber, porque la Naturaleza ha procedido de tal modo en la realización y en la organización del ser humano, que es imposible que el individuo ó los grupos humanos prescindan de aquella constante relación que une el hombre al hombre, como el átomo al átomo, como la gota á la gota. Es un deber, porque la razón reconoce en la comunidad de origen, de naturaleza y destino de todos los hombres un medio natural expresamente preestablecido para llegar á un fin común. Es un deber, porque la gratitud por los bienes que el hombre debe al hombre tiene por necesidad del plan de relaciones y de consecuencias que ha establecido el orden moral, que dar por consecuencia un deber que corresponda á ella.

El deber, la filantropía, es tan preciso como la relación, la gratitud. Si reconocemos, como reconocen los dotados de vista intelectual, que los unos hombres somos deudores de los otros, todos de todos, los de esta humanidad de los de la humanidad anterior, los de hoy de los de ayer, los de acá de los de allá, por los beneficios que incesantemente nos prestamos, reconocemos subsecuentemente que la gratitud es una relación positiva entre todos, y deducimos el deber de manifestárnosla por medio del amor.

Hay, pues, un deber, y es preciso, concreto y positivo. La Moral debe cultivarlo, no sólo para repetir la explosión de generosos afectos que produjo la Revolución francesa, sino para evitar los errores y extravíos que han hecho de ella y del solemne sentimiento que la hizo tan expansiva y tan fecunda, tantos enemigos cuantos son los hipócritas que afectan terrores que no sienten, ó los ingenuos que se dejan engañar por los hipócritas.

_Cosmopolitismo._—Hay en el mundo una porción de desgraciados que, so color de que la patria de los hombres es el mundo, se desentienden de la patria, y dicen que para ser ciudadanos del mundo. No es ese el cosmopolitismo que consideramos nosotros un deber. El que abjura de un deber no puede cumplir con otro deber más compulsivo. Ese no es más que un egoísta astuto, que con su hipocresía intenta cohonestar su falta de virtud.

Cosmopolita no es el hombre que falta al deber de realizar los fines que la Patria le impone, sino el que, después de realizarlos ó batallar por realizarlos, se reconoce hermano de los hombres, y se impone el deber que reconoce de extender los beneficios de su esfuerzo á cualesquiera hombres en cualesquiera espacio y tiempo.

Cosmopolita es el patriota en toda patria. Empieza por serlo en la de origen geográfico y concluye por serlo en la de origen zoológico. Empieza por ser verdadero hombre en su patria, y acaba por ser verdadero patriota en la Humanidad entera. Tiene la completa noción de dignidad que se desarrolla en los seres de conciencia cultivada, y por lo mismo que las utilidades calculadoras son incapaces de moderar sus impulsos hacia el bien, tiene de la utilidad la idea exacta que ha de tener el que quiera fabricar en la realidad de la Naturaleza humana, y reconoce que el uso mejor que podemos hacer de nuestros medios de acción es el que hacemos en provecho de los hombres todos. Entonces, para él, todo el mundo es patria, porque todo el mundo es la repetición exacta de la porción de Humanidad de que procede, y en todas partes tiene el deber de hacer lo que quiso, deseó ó intentó para su patria, y porque en todas partes trabaja para ella, no sólo por ser solidarios entre sí todos los bienes de los pueblos, sino porque el mérito que adquiera ante otros pueblos refluirá como honra y gloria para el suyo.

_Civilización._—El hombre no tiene solamente el deber de educación moral é intelectual que deben proporcionarle la Familia, el Municipio, la Provincia y el Estado; el hombre, cada hombre, cada grupo de hombres tiene también el deber de comunicar á los demás las nociones, las ideas, los principios, las doctrinas, los procedimientos, los métodos, las teorías, las reformas y las innovaciones que hayan hecho. Los conocimientos prácticos y teóricos en que se funda el desarrollo de los bienes materiales, morales é intelectuales, son patrimonio de la Humanidad. No éste, no aquél, no esotro pueblo; no éste, no aquél, no esotro individuo son los capaces de realizar por sí mismos los fines de la Humanidad. Todos tienen que concurrir, todos son hijos de la Humanidad. Esa comunidad de propósitos constituye el deber, en cada hombre y grupo de hombres, de cooperar á sabiendas á la realización del destino común de nuestra especie. No cumpliría con ese deber el individuo ó sociedad que negara el beneficio de su cultura particular á las demás sociedades é individuos. Y al faltar á ese deber, sufriría la pena de su culpa, privándose á sí mismo de los elementos de cultura peculiar que pudieran tener aquellos pueblos ó individuos á quienes negara el contingente de sus conocimientos y adelantos. Por su parte, la sociedad universal desconocería el derecho que cada sociedad particular tiene de contar con el ejemplo y con la educación del ejemplo que recibe con el espectáculo de la civilización; y cada vez que consiente ó aplaude ó favorece desarrollos de barbarie, y mientras abrigue en el seno mismo de sus civilizaciones el hormiguero de bárbaros que hacen las injusticias, la ignorancia y las desigualdades de derecho, que siempre están ojo alerta esperando el momento de abalanzarse sobre los opresores que les niegan la parte de suelo y cielo que todos recibieron en común, la sociedad universal faltará al deber de presentarse á la contemplación é imitación de los hombres, como el sér colectivo que vive para todos haciendo el bien de todos.

No tardará en llegar el día en que la Sociología presente la civilización, no como hasta ahora se presenta, concierto casual ó indeliberado de actividades múltiples en múltiples tiempos y lugares, sino como una verdadera ley natural de la sociedad humana y de cada sociedad particular. Tal vez entonces no extrañe tanto como ahora puede extrañar el que se incluya entre los deberes sociales el de civilizarse. Pero aun sin el auxilio de la ciencia madre, la moral puede hacer comprender la realidad del deber de civilización, haciendo entender lo que hay dentro de ese concepto. Y como civilizarse no es más que elevarse en la escala de la racionalidad humana, es evidente que civilizarse es un deber.

CAPÍTULO XXII

DEBERES COMPLEMENTARIOS

Sinopsis de los deberes sociales primarios y secundarios.—Sinopsis de las virtudes sociales, políticas y económicas.

Ya averiguado que el deber es fuente de moralidad, único principio verdadero de moral, el mejor entre los auxiliares de los fines de la vida individual y social, el más moralizador de cuantos medios pueden aplicarse á la consecución del propósito de la Humanidad, veamos si de los deberes enumerados se puede hacer derivar, ó por naturaleza se derivan, algunos deberes secundarios que contribuyan á hacer más efectivos los primarios y á hacer más fácil, en la recíproca relación del individuo y cada grupo social, y de cada uno de los grupos con el individuo y con ellos entre sí, el cumplimiento del destino del hombre en sociedad. En realidad, deberes secundarios no hay ni puede haberlos; todos los deberes son primarios, porque todos tienen importancia primaria en la eficacia de las relaciones que enlazan la vida individual con la social. Pero es innegable que hay cierto número indefinido de deberes que auxilian á los otros en su función moral, que los completan, los facilitan y operan ó pueden operar como medio mecánico, ó, mejor diremos, como medio funcional, para establecer la costumbre del deber.

La propiedad de ser discontinuos que tienen esos deberes complementarios los hacen menos austeros á los ojos de la muchedumbre y les dan más brillo y atractivo en la imaginación popular, por lo cual son preciosos auxiliares de los deberes genéricos y del conjunto de relaciones que activan.

No hay necesidad de enumerar los deberes complementarios, porque derivados, como son, de los primarios ó genéricos, cada ejercicio de virtudes que requiera el cumplimiento de los deberes genéricos será un deber complementario. Pero como las virtudes no son más que casos concretos de deberes, y conviene enumerarlas para saber á qué casos de un deber primario corresponde cada una de ellas, trazaremos aquí un cuadro general de los deberes complementarios que requiere el cumplimiento de los deberes primarios del hombre social.

Para comprender mejor la sinopsis siguiente adviértase que si en la segunda dividimos los deberes secundarios ó virtudes en tres grupos, el de las sociales, el de las políticas y el de las económicas, no es porque en el fondo sean todas ellas un esfuerzo reflexivo para mejor contribuir al bien social, sino porque así se presentan más claramente adaptadas al género de beneficio que producen.

SINOPSIS NÚMERO 1.

DEBERES

PRIMARIOS SECUNDARIOS

Trabajo Ahorro. Contribución Previsión. Fomento Constancia. Patriotismo Dignidad. Confraternidad Beneficencia. Obediencia Veneración. Sumisión Benedicencia. Adhesión Reverencia. Acatamiento Resignación. Filantropía Benevolencia. Sacrificio Solidaridad. Unión Legalidad. Cooperación Integridad. Abnegación Magnanimidad. Cosmopolitismo Tolerancia. Educación doméstica Prudencia. Educación fundamental Equidad. Educación profesional Firmeza. Educación universitaria Justificación. Civilización Imparcialidad.

SINOPSIS NÚMERO 2.

VIRTUDES Ó DEBERES SECUNDARIOS

_Sociales_ { Tolerancia. „ { Benevolencia. „ { Beneficencia. „ { Benedicencia. „ { Imparcialidad. „ { Discreción. „ { Justificación. „ { Solidaridad. „ { Resignación. „ { Veneración. „ { Reverencia.

_Políticos_ { Dignidad. „ { Solidaridad. „ { Legalidad. „ { Integridad. „ { Constancia. „ { Firmeza. „ { Prudencia. „ { Equidad.

_Económicos_ { Ahorro. „ { Sobriedad. „ { Previsión. „ { Frugalidad.

Según claramente lo expone la sinopsis primera, los deberes secundarios se derivan inmediatamente de los primarios, ó se generan de los deberes genéricos, para auxiliarlos y completarlos.

En la relación de necesidad, de la cual se deducen todos los deberes del trabajo, éste es auxiliado y completado por el ahorro; el deber de contribución, por el de previsión; el de fomento, por el de constancia; el de patriotismo, por el de dignidad; el de confraternidad, por el de beneficencia. No es difícil ver el nexo natural que hay entre los deberes genéricos y los generados. Sin embargo, descubrámoslo.

La economía social, que, científica lo mismo que históricamente, está fundada en la economía doméstica, empieza por ser un deber en el hogar para ser un instrumento del capital y del trabajo en la industria general. De un modo tan efectivo auxilia al trabajo que tiene por objeto la sustentación de la familia, que es proverbial, en la vida de ese grupo, la fuerza que le da. El ahorro, por su mismo carácter, es un ejercicio doméstico. Las instituciones económicas que han venido hoy (la Caja de Ahorros entre todas) á ampliar los beneficios del ahorro, no son más que extensiones del hogar y centralizaciones de la caja doméstica de varios hogares asociados libre y anónimamente para beneficiar en común el cumplimiento del deber de salvar una parte del producto del trabajo para cimentar en él un capital.

En los países en donde la tributación municipal es muy compleja, la salvaguardia del vecino es la previsión. Esperando siempre la tasa, siempre tiene pronto el tributo. Sobre el imprevisor caen juntos la tasa y el apremio, la carga y el bochorno, la derrama y la vergüenza. Así, cuando restrinjamos el vasto deber de contribución á la simple relación económica de tributante y tributario en que están respectivamente la sociedad municipal y el vecino para cuanto hace referencia á las necesidades materiales del municipio, todavía será el deber de previsión un precioso auxiliar del que completa.

Pero bien sabemos que la contribución á que moralmente se obliga á todo asociado en la vida comunal no es exclusivamente económica, pues lo relaciona también con la actividad sensitiva, volitiva é intelectiva de esa segunda sociedad. Pues bien: en todo caso, en cada caso de contribución moral á la civilización y perfeccionamiento de la comunidad, es su complemento necesario la previsión, pues de la suma de todas las previsiones resultan la fuerza expansiva, el desarrollo, el adelanto y la prosperidad de la asociación comunal.

Sin constancia, no hay fomento. Fomentar, como lo da á entender la etimología, es obligarse consigo mismo, el que fomenta, á seguir paso á paso en su desenvolvimiento, crecimiento y expansión, un fomes, germen ó núcleo capaz de evolucionar y dar un fruto. La suma de continuos esfuerzos y el minucioso y constante trabajo que esa inspección, favorecimiento, adopción y aplicación de procedimientos al fomento de una finca, de una industria ó de una sociedad, requiere en los casos mencionados, el mismo ejercicio de constancia, aunque en menor escala, que reclama de sus hijos la sociedad provincial. No basta en ella que todos cumplan con el deber de fomentarla, desarrollando los gérmenes de riqueza y bienestar, de derecho y libertad, de autonomía y gobierno de sí propio que por naturaleza tengan: es necesario que ese deber primario se complete con la práctica y ejercicio de otro deber: el de constancia.

El patriotismo pasa de sentimiento á deber cuando el patriota tiene tan exacta idea de su dignidad personal y de la dignidad colectiva de la sociedad nacional, que llega á refundir todos los afectos, deseos, ideas, derechos y deberes afijos á la noción de Patria, en el sentimiento, ideas, derecho y deber de conservar, defender, sostener y sacar victoriosa la dignidad de la naturaleza humana en la nacional y en la suya propia. Sin dignidad no hay patriotismo; sin individuos profundamente dignos no hay patriotas. Podrá en un instante de exaltación de los sentimientos colectivos, ó de las pasiones nacionales, ó de los instintos de turba, parecer que hay patriotas aun entre individuos despojados de toda dignidad personal; acaso esos indignos, revestidos de la dignidad del patriotismo, sirvan de algo cuando es preciso vociferar, aturdir, desconcertar, revolucionar y demoler; pero tan pronto como el tiempo los ponga á prueba, ó el sacrificio los experimente, ó el soborno los busque, el patriotismo se va con la dignidad que él mismo les prestó.

Cuando la dignidad no es prestada, sino ejercicio consuetudinario y concienzudo del deber de respetar en todos y hacer respetar en nosotros la alteza natural del ser humano, el deber de ser dignos hace insobornable, inviolable, inquebrantable el deber del patriotismo.