Monja y casada, vírgen y mártir

Part 9

Chapter 93,961 wordsPublic domain

Martin llamó, y como si le hubieran estado esperando ya, la puerta se abrió inmediatamente y la bruja asomó la cabeza.

--¿Qué venís solo?--preguntó como admirada.

--Pues con quién diablos queriais que viniese--contestó Martin.

--Ah, dispensadme--dijo la vieja algo contrariada--dispensadme, señor Martin, que os tomé al principio por otra persona.

--Señal es esa de que esperais á alguien--dijo Martin entrando á la casa.

--En efecto, espero á quien no debe quizá dilatar.

--¿Os serviré acaso de estorbo?

La vieja reflexionó antes de contestar.

--No--dijo al fin--si consentis en ayudarme.

--Yo ayudaros, ¿y en qué?

--Antes sabré si consentís, que de no ser así nada os diré.

--Consiento--contestó Martin impulsado por la curiosidad.

--¿Y guardareis secreto?

--Sabeis que soy de fiar.

--Entonces venid.

La Sarmiento encendió un candil y descendió al subterráneo que conocemos ya, seguida de Martin.

--Mirad--dijo la vieja al llegar al lugar en que habia predicho la muerte del Oidor--una dama muy principal vendrá esta noche á ciertos negocios; vos os ocultareis allí, detrás de esa puertecilla, venid á ver; en esta jaula está un chivo negro, cuando lo oigais evocar dadlo libre; y cuando vuelva á vos, encerradlo otra vez, y lo mismo hareis con este gato negro.

--¿Y es todo?

--¿Os parece poco?

--No.

--¿Entonces?

--Entonces, es decir que esta noche os voy á ayudar en vuestras burlas.

--Callad, ó me hareis arrepentir de que os haya ocupado: llamais burla á que os encargue abrir su prision á mis _familiares_.

--¿Son estos vuestros espíritus familiares?

--Lo son; pero escuchad.

Se oyó llamar á la puerta de la calle.

--Ocultaos con ellos--dijo la Sarmiento.

Martin se ocultó tras la puerta secreta, en una especie de calabozo pequeño, y la Sarmiento subió á abrir.

Martin sintió miedo; sin creer en nada de aquello, tuvo pavor de encontrarse solo y á oscuras en aquel antro rodeado de objetos tan estraños, que aunque por entonces no los veia, pero los adivinaba.

No queria ni moverse por no tocar algo que le causase mas horror.

La Sarmiento tardó pero descendió al fin ayudando á bajar á una dama vestida de negro, y cubierta con un espeso y largo velo. Martin se volvia todo ojos.

--Podeis aquí separar el velo, señora, que nadie os verá.

La dama se abrió el velo y el Bachiller quedó asombrado de su gracia y hermosura.

--Mucho ha tardado mi señora Doña Luisa--dijo la Sarmiento.

--Estaba en casa de visita el señor Don Cárlos de Arellano, grande amigo de mi marido--contestó la dama.

--Aguardo--dijo Martin--que conozco esta alhaja; nada menos que la Luisa de la historia de Teodoro. Qué bien dice el refran: «que las piedras rodando se encuentran.»

XVIII.

En que Martin conoce otros secretos de Luisa.

Luisa se habia sentado en un sitial, y la Sarmiento permanecia á su lado.

--Esta noche--dijo Luisa--vengo á consultar con vos, negocios para mí de mucha gravedad.

--¿Quereis que comencemos?--preguntó la Sarmiento.

--No: dejad para otro dia los negocios, y hablemos; sentaos.

La Sarmiento acercó un taburete y se sentó.

--Os escucho.

--Bien, comenzaré: en primer lugar os debo las gracias por vuestros polvos que son maravillosos.

--Cuando yo os decia.........

--Y teniais sobrada razon: con la dócis que me habeis recetado se ha obtenido un resultado magnífico; mi marido duerme como una piedra desde las cuatro de la tarde hasta el dia siguiente; y para conseguir que se levante á la hora de la cena, para no llamar la atencion, uso de la redomita que me habeis dado, aplicándosela á las narices para hacerlo aspirar su contenido.........

--Y de génio, ¿qué tal sigue?

--Perfectamente: no tiene mas voluntad que un niño.

--¿Y aun teneis de esos polvos?

--Hánseme agotado, y quiero llevarme hoy mas.

--Tomadlos--dijo la Sarmiento, sacando de una caja un pequeño paquete envuelto cuidadosamente en hojas secas de maíz--suponia yo que se os habrian agotado, y los tenia aquí á prevencion.

--¿Y el dia que yo quiera que esto termine?

--Mezclad en el vino de vuestro esposo tres gotas del líquido contenido en la redomita, y lo vereis completamente sano.

--No, no me entendeis, no quiero decir que sane, sino que.....

--Os comprendo: doblad la dósis de los polvos y romped la redoma, y entonces podeis asegurar que estais ya viuda.

--Muy bien......... ahora oidme: necesito que me ame un hombre, lo oís; necesito que me ame, porque yo le amo á él, y le amo como no he amado nunca.

--¿Y qué quereis?

--Quiero algunos polvos, alguna bebida, algo para que él me ame.

--Doña Luisa, tan hermosa sois y tan seductora, que no habeis de necesitar esos polvos: si ese hombre os mira, á menos de estar loco, os amará.........

--Y sin embargo, no me ama.

--¿Os conoce?

--Sí, por mi desgracia.

--¿Es amigo vuestro?

--No: héle visto pasar por mi casa algunas veces; ha reparado en mí, y sin embargo no me ama.

--Pero eso ¿cómo lo sabeis?

--¿Cómo lo sé? Os figurais que una muger deja de comprender cuando un hombre la ama, por oculto y por disimulado que sea su amor: no, él no me ama, y yo necesito su amor; dadme algo para conseguirlo y no os pareis en el precio, así me costara una onza de oro cada gota de ese elíxir.

--¡Ay Doña Luisa! ¿Cómo podrá lisonjearos ese amor que se consigue así?

--Aun cuando no sea mas de una hora que yo le llame mio; aun cuando despues me esperara el infierno, yo lo quiero.......

--Bien, voy á daros un elíxir; pero cuidad de que tome dos gotas todos los dias.

--¿Y en qué debe tomar esas gotas?

--En cualquiera cosa, tanto da que sea en agua, como en vino, como en pan, ó en una fruta.

--¿Y este licor es eficaz?

--Eficaz.

--Ah, gracias, gracias.

--Dadme ahora el nombre de ese hombre, por si viniere á consultarme en algo y ayudaros yo.

--Don Cesar de Villaclara.

--No le conozco.

--Pero no olvideis el nombre.--Y ahora tengo que pediros que interpreteis un sueño que me ha visitado varias noches, y que no puedo comprender.

--Decidlo.

--Era un campo que yo contemplaba desde los balcones de mi casa, y era por demas florido y bello, y habia en él un hermoso pichon blanco: yo tenia en mis brazos una paloma, que solté, llegó á do estaba el pichon, y apenas comenzaron á arrullarse amorosamente retumbó un trueno, y un humo denso y color de sangre eclipsó todo, y no mas; pero yo he soñado ya esto muchas veces.

--Eso es muy fácil de esplicar: el pichon es un caballero, la paloma sois vos, que se irá con él, y el trueno y el humo indicios son de que estos amores serán el principio de grandes y sangrientos trastornos en esta tierra.

--¿Y no son señales de muerte para mí?

--No aparece ninguna.

--¿Podriaís decirme, poco mas ó menos, si me faltará mucho que vivir?

--Con tal que tengais valor para soportar la respuesta, cualquiera que sea.

--Le tengo--contestó Luisa con resolucion.

--Entonces veremos.

--Oíd--dijo la vieja--voy á evocar á mi familiar: si viene en la figura de un chivo, vivireis largo tiempo; si de un gato, morireis pronto.

--¿Qué diablos haré?--pensó Martin, soltaré el gato ó el chivo: vale mas el chivo, que mejor será la paga que la Sarmiento le saque á esta víbora.

En este momento la vieja gritaba palabras en idioma enteramente estraño para el Bachiller, y la dama esperaba con impaciencia.

Martin abrió una jaula y el chivo dando un salto llegó hasta donde la Sarmiento le tendia las manos.

--Viviré mucho--dijo Luisa conmovida--y animándose con el buen éxito preguntó á la vieja--¿y cómo moriré?

La tentacion fué tan grande para Martin, que no pudo resistir, y antes de que la Sarmiento pudiese responder, él, ahuecando la voz y procurando darle un acento estraño--contestó:

--¡Emparedada!

--¿Emparedada?--dijo Luisa trémula.

--¡Emparedada!--repitió Martin--¡emparedada!

La Sarmiento conoció lo que pasaba, pero no le era posible otra cosa sino seguir adelante y darse por engañada ella misma delante de Luisa.

--¿Lo oís, señora?--preguntaba ésta temblando--¿lo oís?

--Lo he oido.

--¿Y qué decís de eso?

--Digo, que yo os exhorto á tener valor, y que lo estais necesitando.

Luisa estaba completamente turbarda.

--Quiero irme--dijo.

--Vamos--dijo la Sarmiento--tomando el candil.

Y sin hablar una sola palabra salieron del subterráneo.

Luisa se cubrió con su velo, puso en manos de la Sarmiento una gran bolsa llena de dinero, y acompañada del Ahuizote que la habia traido, salió de la casa profundamente preocupada y silenciosa.

Cuando la Sarmiento volvió al subterráneo, encontró á Martin riéndose con todas sus ganas.

--Por vida mia, señor Bachiller--dijo la bruja--que no sé en qué pensásteis para haber asustado así á tan amable dama.

--Já, já--decia Martin riendo--os aseguro, señora Sarmiento, que por muchos dias va esa muger á soñar las paredes, y no en pichones ni en palomas.........

--Pero habeis cometido una mala accion.

--Sí, soltándole al chivo, cuando soltar debí al gato para acabarla de espantar.

--No os burleis, que como yo lo he dicho, sus amores producirán grandes trastornos en esta tierra.

--Señora, si antes tenia tan poca fé en vuestras artes y hechicerías, hoy no tengo ninguna; porque ya he representado mi papel de mago, y no es de lo mas peor; si nó que lo diga esa Luisa.

--Es decir que continuais en vuestra incredulidad.

--Mas que nunca--¿y quereis decirme qué elíxir de amor es ese que habeis dado á la dama?

--Eficacísimo.

--Quisiera hacer una prueba.

--Seria capaz de daros una redomita solo por convenceros.

--Dádmela.

--Antes decidme en quién pretendeis probarlo.

--Toma, en vuestra protegida, en la muda.

--Entonces no.

--No, ¿y por qué?

--Porque la verdad, es que sois un libertino, y la arrojariais, saciado vuestro capricho, á pedir limosna.

--Os doy mi palabra de que no.

--Jurádmelo.

--¿Al diablo?

--No, esto á Dios.

--Os lo juro; siempre vos con esos juramentos.

--Bueno, tomad la redomita; si no le hace efecto, será porque ella estará prevenida.

--Tan pronto la disculpa, tretas y engaños serán vuestros lo de la tal redomita.

--Quizá os le niegue si seguís así burlando.

--No, ya no burlo mas, dádmele.

--Tomad, y no olvideis lo prometido.

El Bachiller recibió el pomito igual al que la Sarmiento habia dado á Luisa, conteniendo un licor blanco y cristalino.

Cuando salieron del subterráneo, Martin preguntó á la bruja:

--¿Dónde está María?

--Duerme--contestó la vieja.

--¿Seria bueno despertarla?

--¿Para qué?

--Ansío por probar el elíxir.

--Por probarlo, confesad mejor que os comienza ya á interesar la muchacha.

--No os lo niego.

--¿Y el Ahuizote?

--Yo sabré componerme con él.

--¿Pero qué quereis que tome á esta hora María?

--Entonces esperaremos á la madrugada.

--Impaciente sois, si los hay--¿y quereis que yo me desvele por un antojo vuestro?

--Cuando los antojos se pagan bien, no veo inconveniente, que vuestro oficio es ese.

--Como gusteis; pero seria mejor que durmiérais un tanto.

--No miro en dónde.

--En uno de esos sitiales, arrebujado en vuestro ferreruelo, ¿es verdad que vale mas?

--Puede que tengais razon, acepto, al fin no tengo adonde ir á pasar la noche, y falta poco para que amanezca.

--Pues buena noche, os dejo ese candil.

--No, de nada me sirve que estoy acomodado ya.

La Sarmiento se llevó la luz y se encerró en su cuarto; Martin como hombre precavido, puso su espada desnuda á su lado y al alcance de su mano, y comenzó á dormitar, pero soñando ya en María.

Llamaron en la puerta de la calle, y el primer impulso de Martin fué incorporarse y contestar, pero reflexionó y se quedó callado.

Trascurrió un intervalo, y volvieron á llamar.

Entonces la bruja apareció por la puerta de su cuarto y preguntó.

--¿Quién va?

--Hacedme favor de abrir--contestó de fuera una voz--que necesito hablaros, y os tendrá cuenta.

La Sarmiento se dirigió á la puerta haciendo seña á Martin de que entrase á su aposento; el Bachiller tomó la espada, y caminando sobre la punta de sus piés entró al aposento de la bruja.

Habia allí luz, Martin cerró por dentro y examinó el cuarto; en un rincon estaba la cama de la Sarmiento dando indicio de que ésta no se habia acostado siquiera, en el otro María acostada ya, pero despierta, mirando á Martin con unos ojos tan brillantes, que podia decirse que alumbraban el aposento.

La muchacha se cubria escrupulosamente con las sábanas hasta la barba.

--Preciosa criatura--pensó Martin, y sin darse él mismo la razon de por qué, comenzó á tener alguna confianza en el elíxir de la Sarmiento.

Es que los hombres cuando tienen ilusion por una muger, creen el mayor absurdo con tal que lisonjee sus deseos.

Martin hizo un cortés saludo á María, que le contestó con una sonrisa silenciosa pero hechicera.

--A esta criatura--dijo entre sí el Bachiller--Dios no le dió ni oido ni voz, porque oye y habla con los ojos: pero veamos quién es el nocturno visitador, y aplicó el ojo á la cerradura.

--Vamos, mi señor Don Pedro de Mejía, y qué vientos os traerán por acá, oigamos.

--Tened cuenta--decia Don Pedro, pues era él quien hablaba con la Sarmiento--que pago bien, pero no gusto de que me engañen.

--¿Quiere usía--contestaba la vieja--deshacerse de un hombre?

--Será el Oidor--pensaba Martin.

--Sí--decia Don Pedro.

--Por supuesto sin que se note nada: y dígame usía, ¿es jóven?

--No mucho.

--Lo dicho--pensaba Martin.

--Dadme sus señas--decia la Sarmiento.

--Es alto, grueso, con el vientre abultado, gusta de comer bien y duerme mucho.

--¿Soltero?

--No, casado.

--¡Ah! ya caigo, el triste de Don Manuel de la Sosa debe ser, que se murmura mucho de Don Pedro con Luisa--pensó Martin.

--Bien--contestó la Sarmiento--mañana á esta hora puede usía venir por lo que necesita.

--Pago bien, pero quiero ser bien servido--dijo con orgullo Don Pedro embozándose en una larga capa y disponiéndose á salir--¿vos me conoceis?

--Si señor, que á todos los caballeros principales conozco, y no es uno de los menos mi señor Don Pedro de Mejía.

--Pues guardad el secreto y quedad con Dios.

--Que él acompañe á su señoría.

--Don Pedro tiró un puñado de monedas sobre la mesa y salió.

--¿Qué os parece?--dijo la Sarmiento al Bachiller.

--Paréceme que teneis un crédito muy grande, que estais en un peligro inminente de que os lleve á la hoguera el Santo Oficio, y que algun pecado tiene que purgar en esta vida el marido de Luisa, que tantas asechanzas le tienden.

XIX.

De la conversacion que tuvieron Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, y de lo que resultó en ella.

--Sabeis, señor Don Pedro, que el Arzobispo se ha burlado grandemente de nosotros--decia Don Alonso de Rivera á su amigo Don Pedro de Mejía, paseándose con él en uno de los salones de la casa de la calle de Ixtapalapa.

--Por mi vida, que no hubiera sido así, si no cuenta con el auxilio de Don Fernando de Quesada.

--Tirol fué asaz desgraciado, pero supongo que no habreis echado en olvido nuestros planes.

--Empeñado mas que antes estoy en ellos, que D. Fernando es sin duda el mayor obstáculo que se opone á mi proyectada boda con mi señora Doña Beatriz, vuestra hermana.

--De grado ó por fuerza, preciso será quitárnosle de enmedio, que aun cuando vos no pretendiéseis la mano de Doña Beatriz, mal pudiera yo querer en mi familia hombre que tanto mal me ha hecho.

--Sin él en esta tierra, y con mi hermana Doña Blanca en un convento, os aseguro que seria yo el mas feliz de los hombres.

--Quitar de enmedio á Don Fernando, paréceme mas fácil que conseguir la profesion de vuestra hermana.

--Si vos me respondiérais de lo primero, me encargaria yo de lo segundo.

--¿Y es cierto, perdonad mi indiscrecion que si vuestra hermana se casara, llevaria la mitad de vuestro caudal?

--Cierto es Don Alonso, que á vos que tan cercano pariente mio debeis ser, no quiero ocultar nada por mas que para evitar tentaciones, lo haya tenido esto siempre como un secreto, asegurando que Doña Blanca no tiene sino el necesario dote para profesar.

--Entonces el peligro es mayor de lo que yo creia.

--No os lo dije, la cosa es grave.

--Bien, en todo caso contad conmigo--dijo Don Alonso tomando su sombrero.--Os dejo, que es hora en que tengo un negocio de importancia.--Don Alonso salió preocupado.

--Yo soy soltero--pensaba--Doña Blanca tiene una herencia colosal......... pedírsela á Don Pedro seria locura. Este negocio me conviene......... pero como hacerlo......... visitar á la muchacha, además de que seria dificil, Don Pedro maliciaria......... ¿cómo? ¿cómo?--Y caminaba pensativo.

De repente se dió una palmada en la frente.

--Ya tengo el hilo--dijo--ya tengo el hilo--y se puso en precipitada marcha hasta llegar á una casa de gran vecindad que habia en la plaza de las Escuelas, que era adonde está hoy el Mercado principal.

Aquellos rumbos eran muy concurridos de estudiantes troneras y de mozas alegres, y estos formaban la mayor parte de la vecindad de la plaza.

Don Alonso se dirijió á un hombre sumamente viejo, encorvado, cojo, y cubierto de harapos, que sentado en el suelo, comia unos pedazos de tortilla de maíz, duros y secos.

--¿Sabes si vive aquí Cleofas la beata?--le dijo.

--Entre su Señoría, que debe encontrarla en el cuarto de enfrente.

Don Alonso entró y en efecto á poco andar, descubrió dentro de uno de los cuartos á la beata que conocen ya nuestros lectores, desde las primeras escenas de esta historia.

--¡Ave María Purísima!--dijo la beata al ver entrar á Don Alonso.

--En gracia concebida--contestó Rivera quitándose el sombrero.

--Qué milagro Señorito, que andais por esta pobre casa.

--Milagro debiera ser, y vos Doña Cleofas debíais agradecerlo mas á la Providencia que nadie, si recordais lo que conmigo habeis hecho.

--¿Y que os he hecho Señorito?

--Una de las mayores y mas grandes traiciones de la vida.

--Alabado sea el Santísimo Sacramento.

--Amen--contestó Rivera tocándose el sombrero--dejad señora Cleofas de hipocresías que mal sientan palabras de alabanza á su Divina Magestad en bocas que usan del engaño.

--¿Del engaño? ¿qué quereis decir señorito?

--Oidme, señora Cleofas, y no os hagais de las nuevas, que mas agravais vuestro delito, contestadme ¿no os habeis criado en casa de mi tio Don Juan Luis de Rivera?

--Sí señorito.

--¿Y no le habéis comido su pan antes y despues de que hicísteis voto de ser beata descubierta de nuestro Padre San Francisco, viviendo hasta hoy con la limosna que yo os envío cada mes?

--Fuera ingratitud el negarlo.

--¿Entonces cómo llamareis á esa conducta que habeis conmigo observado, uniéndoos con mis enemigos y facilitando á media noche la entrada á los criados y familiares del Arzobispo que pusieron el altar en mis casas, en donde se celebró la misa que sabeis.........?

--Señorito--dijo la vieja completamente turbada.

--Negad vos, que me habeis traicionado, que me habeis vendido, que sin vuestro auxilio aun no tomaria el Arzobispo posesion de mis casas.

--Por el Sagrado nombre de Jesus.........

--¡Eh! callad, que no vengo ahora ni á reconveniros ni á escuchar vuestras disculpas, necesito que me ayudeis en un negocio.

La beata respiró con el nuevo giro de la conversacion.

--Mandádme, señorito.

--¿Conoceis á Doña Blanca de Mejía, hermana de Don Pedro?

--La conozco, que muchas veces me ha dado mi caridad.

--¿Entrais á menudo á su casa?

--Tanto de á menudo no, pero sí algunas veces.

--Bien; necesito que vayais á ver á Doña Blanca lo mas pronto posible.

--¿Y cuándo quereis que vaya?

--Esta misma tarde si se puede.

--Iré, señorito.

--Y le hablareis.

--¿Y qué le diré?

--Toma, eso lo sabeis vos, que las viejas saben mas de esos asuntos que el diablo.

--Jesus, y qué cosas me decís, ¿pero indicadme siquiera?

--Pues qué mas claro, decidla que un caballero jóven, acaudalado, español, en fin, como yo, pena por ella, y desea con ansia saber si podrá alentar esperanza de ser correspondido.

--¿Y si preguntare vuestro nombre?

--Segura vos de su prudencia, dádselo.

--Convengo, solo por serviros, que bien conoceis que yo no me mezclo en estos negocios, pero supongo que vuestros fines.........

--Son tan honestos como cristianos.

--Bien, iré; pero no os respondo del buen resultado.

--Id, que es lo que importa, ¿cuándo tendré razon?

--Pues yo os avisaré.

--No me atengo á que vos me aviseis, esta noche estaré aquí, cuidad de que me abran la puerta.

--¿Tan pronto?

--Sí, que por mí, ya quisiera estar en gracia con Doña Blanca; con que despachad, y hasta la noche.

Salió Don Alonso sin esperar respuesta, y la vieja beata se colocó sobre los hombros un manto de lana negro, se cubrió la cabeza, y cerrando su puerta con una llave de madera, se dirigió á la casa de Doña Blanca, á cumplir su comision.

La buena Cleofas sabia que el arreglo de aquel matrimonio podia producirle un resultado maravilloso; ella no tenia voto perfecto de pobreza, y calculaba cristianamente que no ofendia ni á Dios ni al Seráfico Padre San Francisco, ayudando á Don Alonso; además ella habia oido algo de que el matrimonio podia considerarse como un estado perfecto para servir á Dios en el mundo.

Pensando en esto llegó hasta la puerta del aposento de Blanca; los criados la habian visto allí otras veces ocurrir por su limosna, y no le pusieron obstáculo.

Llamó y entró en la cámara de Blanca sin esperar respuesta.

Doña Blanca y una de las dueñas cosian cerca de una ventana que caia á un patio.

--Que la paz de Dios sea en esta casa--dijo la beata.

--Amen--contestó la dueña.

--Madre Cleofas--dijo Doña Blanca--¡qué dichosos ojos los que os miran por acá, despues de tantos dias de ausencia!

--¡Ay hija! no sabeis cuántos trabajos he pasado para mudarme ahora que su Ilustrísima nos pidió que desocupásemos las casas.........

--¡Ah, y es verdad! que vos viviais en las casas que se han derribado.

--Sí, y que no sabia adónde mudarme; pero gracias á su Divina Magestad, ya estoy muy tranquila en mi casita, á lo pobre, pero Dios no me abandona.

--Vaya, cuánto me place.

--¡Gracias á Dios!

--¿Quereis tomar algo?

--Si me haceis ese favor, chocolatito.

--Doña Mencia--dijo Blanca dirigiéndose á la dueña--¿quereis mandar que sirvan chocolate á la madre Cleofas?

--Sí señora--¿aquí ó en el comedor le quereis?

--Aquí, si me haceis esa merced.

Doña Mencia salió, y la beata quiso aprovechar el tiempo para su negocio.

--¡Ay hija mia qué cansada estoy!--dijo.

--¿Pues qué andais haciendo?

--Qué he de andar haciendo, este corazon que Dios me ha dado que no puedo ver lástimas sin condolerme, y tengo ahora el alma en un puño, hija mia, en un puño.

--¿Qué es lo que tanto os afecta, madre Cleofas?

--¡Ay! la desgracia de un pobre hombre, que solo vos podeis remediar.

--¡Yo!

--Sí, solo vos, y nadie mas en el mundo.

--¿Y cómo es ello?--preguntó inocentemente Blanca.

--Este es el secreto--contestó la beata, para excitar la curiosidad de la jóven.

Pero Blanca aun no despertaba á la malicia, y no se movió á curiosidad, cayó y se puso á coser.

A Cleofas no le convenia esto y volvió á la carga.

--¡Pobrecito!--dijo--causa de veras compasion, tan jóven, tan bien presentado, y luego tan triste que ni come ni duerme.

--¡Está enfermo!

--¡Ay! peor que eso, hija mia, peor que eso.

--¿Pues qué tiene?

--Si me guardarais secreto os lo diria.

--¿Cosa tan grave es?

--Muy grave, ¿me prometeis secreto?

--Sí, decidlo, que nada cuento yo, y aunque quisiera no lo diria, que á nadie veo.

--Pues bien, ese pobre jóven está enamorado, apasionado.

--¡Jesus! pues el remedio es muy fácil, ¿por qué no se casa?

--¡Alma mia de él! qué bien quisiera, pero hay un gran obstáculo.

--¿Es pobre? ¿se opone alguien á su boda?

--Mejor fuera, ni es pobre ni se opone nadie á su boda, que es rico y libre, lo mismo que la dama á quien sirve.

--¿Entonces?

--Es que él no sabe si ella lo amará.

--¿Ya se lo dijo?

--No.

--¿Pues qué aguarda?

--Que ella le dé permiso que tan enamorado es, como respetuoso.

--Si tan delicado se muestra que pida el permiso á la dama.

--¿Creeis vos que se lo dará ella?

--No la conozco.

--¿Pero á juzgar por vos?

--De concederlo tiene, siendo él tan respetuoso como galan.

--¿Esa es vuestra opinion?