Monja y casada, vírgen y mártir

Part 8

Chapter 84,001 wordsPublic domain

--No tengo sino mucho amor por vos, y mucho empeño por todo lo que os concierne.

--¿Y á qué convento creeis mejor dirigirse?

--Mirad, se trata de fundar uno de Carmelitas descalzas, bajo la advocacion de Santa Teresa: sé, á no dudarlo, que Doña Beatriz de Rivera, alucinada por la Madre Sor Inés de la Cruz, profesa del de Jesus María, apoya la fundacion. Esta Madre Sor Inés tiene fama de ser inspirada, ha llegado á dominar á Doña Beatriz, ¿por qué no dominaria tambien á vuestra hermana mas débil que Doña Beatriz, hasta obligarla á tomar el velo?

--Pero ni yo, ni Blanca, conocemos á Sor Inés.

--No importa, haced una donacion de reales para la fundacion, que podeis enviar por medio de Blanca á Sor Inés para que la presente al Arzobispo, y es un medio muy gracioso para que comiencen esas relaciones; tanto mas, que Sor Inés es muy protegida de Doña Beatriz, amiga de vuestra hermana.

--Pero eso me costará la amistad de Don Alonso, y pierdo algunos negocios que con él tengo pendientes.

--¿Y esos negocios os producirán lo que perdeis en caso de que Doña Blanca no profese?

--Ni la décima parte.

--Entonces no hay ni que vacilar.

--Cada dia os encuentro mas digna de ser adorada--dijo Don Pedro besando á Luisa en la boca.

--Si pierdo con Don Alonso--pensó Mejía, ganaré tal vez con Doña Beatriz que tiene un rico dote.

--Si Doña Blanca profesara ó muriera--pensó Luisa--Don Pedro seria sumamente rico, y como me ama, y mi marido puede morir en el dia menos pensado, y Don Cárlos no se opondria, yo seria la muger de este hombre.

Los dos habian quedado meditabundos.

--¿En qué pensais?--dijo de repente Luisa.

--¿Y vos?--preguntó Mejía.

--Yo en que os amo.

--Y yo tambien.

Sonaron las doce y Mejía se levantó.

--¿Os marchais, Don Pedro?

--Sí, que son las doce: ¿podreis recibirme esta noche?

--¿A qué horas quereis venir?

--A las doce como siempre.

--Perdonadme, Don Pedro; pero esta noche es imposible: mi marido ha convidado á cenar al alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de Arellano, y estarán de sobre mesa hasta muy avanzada la noche, y querrán que les haga yo compañía.

--¡Ay!

--Qué.

--Que ese alcalde mayor me va dando en qué pensar.

--¡Ingrato! ¿Y creeis?.........

--No creo nada; pero todo el mundo dice.

--Don Pedro, os diré como vos á mí hace un momento: «dejad al mundo que diga lo que le plazca, mientras vos esteis seguro de mi amor: ¿lo estais?

--Teneis mucho talento y mucha gracia--dijo riéndose Don Pedro, y abrazando la delgada y flexible cintura de Luisa que se habia parado para despedirse.

Luisa pagó su galantería con un beso lleno de pasion.

Don Pedro salia.

--¡Ah!--dijo Luisa--¿sabeis que llegó ya la carga de la nao de China?

--No.

--Pues ya me avisaron, y dicen que vienen primores, esta tarde iré á ver antes de que vayan á ganarme.

--Enviad á vuestro mayordomo antes á mi casa.

--No, ¿para qué?

--Hacedme ese favor.

--No.

--Os lo suplico.

--¿Pero para qué?

--No me amais, puesto que no me dais gusto.

--Si os empeñais, irá.

--Me empeño.

--¿A qué hora?

--A las dos.

--Irá, caprichoso--dijo Luisa, corriendo adonde estaba Don Pedro detenido cerca de la puerta, y dándole un beso.--No olvideis mis consejos.

--De ninguna manera--contestó saliendo Don Pedro.

Luisa se quedó parada y con la cabeza inclinada, hasta que se perdió el eco de los pasos de Mejía, y entonces se enderezó ligeramente y lanzó una alegre carcajada.

--A pedir de boca--esclamó.

En este momento una puerta que estaba en el lado opuesto á la que acababa de cerrar Don Pedro, se abrió, y un hombre alto, grueso y con el vientre muy voluminoso, se presentó.

--Esposa mia, te veo muy alegre.

--Con razon, se acaba de ir Don Pedro de Mejía.

--Sí, he oido todo; pero vamos á comer que la mesa está puesta.

--Vamos, que como habrás oido es necesario enviar á las dos al mayordomo á la casa.

Luisa tomó del brazo á su marido y entraron al comedor.

Al deredor de una gran mesa cargada con una riquísima vajilla de porcelana de China, con grandes y brillantes botellones de cristal de Bohemia, llenos de vino; con hermosos fruteros, y canastos, y saleros, y cubiertos de plata primorosamente cincelados; habia algunos sitiales de ébano tapizados de cuero carmesí, con figuras de oro estampadas representande aves y mónstruos, árboles y flores, así tan fantásticos y tan estraños, como los conciben solo en su imaginacion los habitantes del Celeste imperio.

Los manteles y las servilletas eran de damasco, y encima de la mesa pendia del dorado arteson del techo una hermosa lámpara de plata, adornada con festones de flores sobre-dorados.

El gordo marido de Luisa, que seria un hombre de cincuenta y cuatro años, se sentó en la cabecera frotándose alegremente las manos y lamiéndose los labios, como un perro hambriento que olfatea la comida.

--¡Bendito sea Dios!--dijo, acomodando bien su plato--que nos ha dado de comer con abundancia y descansadamente, sin merecerlo.

--¿No vendrá hoy el señor Arellano?--dijo Luisa.

--Creo que sí; pero no me parece prudencia aguardarle mas, porque son ya las doce y cuarto.

--Ahí está--dijo Luisa, mirando entrar al comedor á un jóven como de treinta años, rubio, apuesto, y elegantemente vestido.

--Dios sea en esta dichosa morada--dijo el recien venido, con ese despejo propio de los hombres de buena sociedad.

--Él traiga á vuestra merced, señor alcalde mayor; que solo eso esperábamos para comenzar á comer.

--Siento haberos hecho aguardar; pero la señora sabrá disculparme, porque de ella me ocupaba.

--¡Cómo!--dijo Luisa.

--Separando algunos objetos para ella en la tienda de un comerciante amigo mio.

--¿Y qué objetos?--preguntó Don Manuel llevando á la boca una inmensa cucharada de sopa.

--Unos brocados, un tisú de plata, y otras frioleras de las que han llegado en la nao de la China.

--¡Gracias, señor Don Cárlos!--dijo Luisa dirigiéndole una mirada dulcísima.

--Poca cosa vino; pero en fin, como es necesario, aprovechamos lo que ha llegado.

--Vamos, sentaos pues, y comamos que el hambre apura.

Don Cárlos se sentó al lado de Luisa, y los piés de ambos se buscaron y se tocaron, porque aunque se rian nuestras lectoras, ya en el año del Señor de 1615 estaba en uso esa clase de telégrafo, que no ha dejado hasta nuestros dias de aprovecharse por los enamorados.

El amor es como los chinos, no varía de modas, y no se divierte ni se rie como nosotros los que nos llamamos hombres civilizados, de los trages de nuestros abuelos.

No hay mas que un amor: ciego y niño lo pintaron los griegos hace mas de veinte siglos, y despues de dos mil años, ni el niño tiene siquiera bigote ni hace la menor diligencia por quitarse la venda, y á tientas camina en el siglo del telégrafo, del vapor y del daguerreotipo, como en los de Ayax de Telamon, ó de Homero, ó de Temístocles.

Los hombres han inventado cruzar por el viento, y sobre los mares, medir las distancias de los astros y sus revoluciones; pero ni han descubierto otro modo de amar, ni han pensado en representar nunca al amor con ropilla y calzas, ó con frac y bota de charol, como un dandy de nuestra época.

--Acabo de encontrar en la calle al caballero Don Pedro de Mejía--dijo Arellano.

--De acá salia--dijo Sosa.

--¿Vino á veros?--le preguntó Arellano.

--No--contestó Sosa sonriéndose--ha dado en ser, como sabeis, el galan de mi muger.

--¿Sigue, acaso, en sus nécias pretenciones?

--Sí--dijo riéndose Luisa--y mas amartelado cada dia, ha creido que puedo alucinarme por un hombre que de cerca me parece un oso, y de lejos un Huitzilopochtli; el dios de los indios.

Todos se pusieron á reir alegremente.

Y la comida se prolongó hasta muy cerca de las oraciones de la noche.

Entonces Arellano se despidió, mas enamorado que nunca de la gracia de Luisa; pero sin haber notado que ésta habia estado con mucho empeño mirando las horas en una rica muestra de oro guarnecida de brillantes, y á las dos de la tarde habia salido del comedor con cualquier pretesto.

Era que á esa hora habia enviado á su mayordomo á la casa de Mejía.

Una hora despues, Arellano no habia hecho alto en eso tampoco: un lacayo habló en secreto á Luisa, y ésta volvió á salir del comedor.

El mayordomo habia vuelto de la casa de Don Pedro, trayendo dos mil pesos fuertes.

Luisa mandó guardar el dinero y volvió á entrar al comedor, sin mostrar alteracion ninguna.

Cuando Arellano se retiró Luisa salió á despedirse, y la despedida duró, por lo menos, una hora: entre amantes no es mucho.

Don Manuel de la Sosa se habia quedado desde cosa de las cuatro de la tarde, en un estado de somnolencia y de embrutecimiento, que ni hablaba, ni entendia nada.

Hacia como dos años que Don Manuel se iba volviendo cada dia mas estúpido, y solo pensaba en comer; desde las cuatro de la tarde se sentia como amodorrado; solo salia de su estado á las ocho de la noche para cenar, y se acostaba y dormia de un hilo hasta el dia siguiente.

Luisa, su muger, disponia y mandaba sin obstáculo en la casa: Don Manuel era como un niño; comiendo bien, era feliz. Y nada turbaba la inmensa tranquilidad de aquella dichosa pareja.

XVII.

En el que se ve que hasta las piedras rodando se encuentran.

Cuando Teodoro acabó de contar su historia al Oidor y al Bachiller, comenzaba ya á lucir la mañana, y alegres bandadas de gorriones y de golondrinas cruzaban cantando por encima de los techos y por las calles de la ciudad.

El Oidor se embozó en una larga capa, y seguido del Bachiller se dirigió á las casas en donde debia construirse el nuevo convento de Santa Teresa.

Una muchedumbre de obreros estaban allí esperando el momento de comenzar los trabajos de la demolicion de las antiguas casas. El Arzobispo y Don Fernando se habian ocupado la noche anterior de escribir cartas y excitaciones á los alcaldes y á los curas de los pueblos inmediatos, á fin de que con toda diligencia enviasen trabajadores para la obra: sus exhortaciones no podian haber sido mejor atendidas, porque antes de salir el sol la calle de las Atarazanas estaba llena de cuadrillas de hombres, habilitados cada uno con su respectivo instrumento de trabajo. No faltaban ni las carretas para conducir los escombros.

Los sobrestantes parece que no esperaban mas que la llegada del Oidor para comenzar la obra.

Un sonoro grito de «Ave María Purísima» dado por uno de los capataces, fué repetido en coro por todos aquellos hombres que se quitaron devotamente el sombrero. Las cuadrillas entraron á la casa, se señaló á cada una su tarea, y media hora despues por todas partes se escuchaban los golpes de las hachas y de las barretas, las caidas de las paredes, el derrumbe de los arcos y de las columnas de los corredores, y una inmensa y pesada nube de polvo se cernia constantemente sobre la manzana en que á poco tiempo debia levantarse el convento de Santa Teresa.

Don Alonso de Rivera que no habia podido dormir pensando en el resultado que tendria el plan concertado con Mejía, para asesinar á Quesada, no despertó al dia siguiente hasta las diez de la mañana, se levantó y encontró á un lacayo que le entregó una carta, y le anunció que un hombre le esperaba en el corredor.

Abrió la carta, era de Mejía, y decia sencillamente:

«Don Alonso. Se erró el golpe anoche y hemos sido descubiertos; pero no hay cuidado. En esta tarde nos veremos, esperadme en vuestra casa. Dios os guarde muchos años.

PEDRO DE MEJÍA.»

Don Alonso rasgó inmediatamente la carta.

--¿Quién me busca?--dijo con enfado al lacayo.

--Un hombre, que le urge ver á su señoría.

--Dile que pase.

El lacayo salió, y volvió á poco conduciendo á un hombre del pueblo, que entró respetuosamente con el sombrero en la mano.

--¿Qué se ofrece?--preguntó con altivez Don Alonso en el momento en que Doña Beatriz, sin que él la viera, penetraba en la habitacion por una puerta que quedaba á la espalda de Don Alonso.

--Señor, que vengo á noticiarle á su señoría, que están tirando las casas de su señoría, en la calle de las Atarazanas.

--¿Tirándolas? ¿y quién? ¿cómo?

--¡Una multitud de trabajadores!

--Es imposible--decia Don Alonso--si ayer á las tres dió órden el virey de suspender las obras.

--Pues no lo dude su señoría, que yo lo he visto, y quizá para esta tarde no quede una pared en pié, segun lo recio que se trabaja.

--Bien, ¿y quién os mandó á anunciármelo?

--Nadie, señor, yo que creí que el aviso seria útil á su señoría.

--¿Y quién dió la órden de comenzar?

--No lo sé, pero los trabajos empezaron al llegar allí el señor Oidor Quesadas.

--El Oidor, siempre el Oidor.

Doña Beatriz volvió á salir sin ser notada; al cerrar la puerta pudo verse el alegre rostro de Teodoro que la seguia.

--Está bueno, retiraos--dijo Don Alonso al de la noticia; pero el hombre no se movia.

--No os digo que os retireis, á qué aguardais.

--¿Nada merece mi empeño?

--Es verdad--dijo Don Alonso, dándole algunas monedas--es necesario gratificar al hombre que me avisa que me derriban mis casas, ¿y cómo os llamais?

--Señor, me conocen todos por el Ahuizote, para servir á su señoría.

--Vaya un nombre, retírate.

--Dios guarde á usía--dijo el Ahuizote, y bajó humildemente las escaleras llevando en la mano el dinero que Don Alonso le habia dado.

Al llegar á la calle se erguió, se caló su sombrero, y volviendo á la casa de donde acababa de salir--dijo arrojando al arroyo el dinero:

--Maldito seas tú y tu dinero, y tu dinero y tú; qué crees, que te vine á dar de buena fé la noticia, y que necesito de tu limosna. Garatuza tiene razon, es hombre de talento, y desde hoy tomo decididamente el partido del Arzobispo contra todos estos soberbios. La travesura de Garatuza ha estado buena, y hemos dado por desayuno á este gachupin una soberbia cólera. Vámonos.

El Ahuizote entró al Arzobispado á noticiar al Bachiller que habia ido á dar parte á Rivera del desastre de sus casas. Al salir del cuarto de Garatuza se encontró con el Arzobispo, que acompañado del Oidor Quesada, lleno de polvo pero radiante de orgullo, volvia de las casas de la calle de las Atarazanas. El Ahuizote se puso de rodillas y se quitó el sombrero, el Arzobispo le echó una bendicion, y como venia de buen humor se dirigió á él.

--¿A quién veniais á ver?--le preguntó.

--A Gara......... es decir, al Bachiller Villavicencio, Ilustrísimo Señor.

--¿Y qué negocio teneis con él?

--Le traje una razon, Ilustrísimo Señor.

--¿De quién?--preguntó el Arzobispo.

--De Don Alonso de Rivera--contestó con descaro el Ahuizote.

--¡De Don Alonso de Rivera!--dijo admirado el Arzobispo--¿y qué negocio tiene con él el Bachiller?

La comitiva de su Ilustrísima se agrupaba curiosa de saber lo que iba á contestar el Ahuizote; creian que se iba á descubrir alguna trama nueva de Don Alonso, á quien aborrecia entonces casi toda la gente de la Iglesia.

--Pues si su Señoría Ilustrísima no nos regañara al Bachiller y á mí, hablaria.

--Hablad--dijo el Arzobispo algo enojado.

--Bueno, Ilustrísimo Señor, pues el Bachiller me dijo esta mañana: «Hombre, Ahuizote»--porque ha de saber su señoría que á mí me dicen por mal nombre Ahuizote; pues me dijo--hombre, Ahuizote, yo estoy muy cansado y quiero acostarme, anda tú, y pégale en mi nombre una buena cólera á ese pillo, con enmienda de su Señoría Ilustrísima, Don Alonso de Rivera; pero buena, y antes de que se desayune, cuéntale que ya le tiraron sus casas: y fuí y ahora le vengo á dar la razon.

Todos los que acompañaban al Arzobispo se pusieron á reir, y él mismo no pudo conservar su gravedad.

--¿Y qué dijo Don Alonso?--preguntó el prelado, procurando en vano ponerse sério.

--Se puso rabioso, sobre todo, contra mi señor el Oidor.

--¿Contra mí?--dijo Quesada.

--Sí, señor, me dió una gala y me echó de su casa.

--¿Cuánto os dió?--preguntó el Arzobispo.

--No lo sé, Ilustrísimo Señor, porque al salir lo voté al arroyo sin contarlo ni verlo.

--Bravo tunante sois, idos, y esto no lo voteis al arroyo--dijo el Arzobispo dándole una moneda de oro.

--No, Ilustrísimo Señor, nunca--contestó el Ahuizote besando la mano del Arzobispo y la moneda.

--Ni esta--dijo el Oidor dándole otra.

--Mil gracias.

El Arzobispo siguió, y todos los que le acompañaban por imitar á su Ilustrísima, dieron al Ahuizote una gala.

--Valiente cosecha,--decia el truhan al salir á la calle sonando los bolsillos de sus calzones llenos de pesos.--Viva el Arzobispo.

El Arzobispo seguido del Oidor y de la comitiva, se dirigió directamente al cuarto del Bachiller y llamó.

Martin, que lo que menos esperaba era que fuese su Ilustrísima,--gritó medio dormido.

--Adelante.

Al abrirse la puerta alzó la cabeza y miró su pieza invadida de aquella multitud, al frente de la cual iban el Arzobispo y Don Fernando.

Martin estaba acostado sin zapatos, sin ropilla, con solo la camisa, los calzones y las medias calzas de lana negra, que usaban los servidores del Arzobispo. Su sorpresa fué tal que así se levantó.

--Señor Bachiller--dijo el prelado--buenas visitas teneis.

--Ilustrísimo Señor--dijo Martin atarantado con aquella política.

--He hablado con ese conocido vuestro que os vino á visitar, y que le dicen el Ahuizote, y me ha contado la burla que habeis hecho á Don Alonso.

--Perdóneme su Señoría Ilustrísima, ha sido solo una travesura--contestó Martin alentado con las risueñas caras del Arzobispo y de su comitiva.

--Bien; pero esos amigos son malos.

--Quizá lo sean, pero yo le aseguro á su Ilustrísima, que ese, y otros cien mas como ese que conozco, se dejarán matar por su Ilustrísima el dia que se ofrezca.

--Esos son muchos bríos, señor Bachiller--dijo con cierto orgullo el Arzobispo--la Iglesia no necesita del acero.

--Quién sabe cómo se pongan las cosas, y en todo tiempo cuenta su Señoría con esos hombres á vida ó muerte. Lisonjeándose el Arzobispo, quiso sin embargo cortar aquella escena, y dejando su afectada gravedad, se acercó al Bachiller y le tiró paternalmente de una oreja, mas bien como por cariño que como por castigo.

--Bachiller, Bachiller--le dijo--producciones tienes tú para andar á vueltas con la justicia.

El prelado salió con todo su acompañamiento, y Martin volvió á cerrar su puerta.

--Vaya, qué cosas--decia acostándose otra vez--van dos que amenazan con que tendré que habérmelas con la justicia; anoche la bruja y hoy su Ilustrísima, y á fé que puede que en el fondo tengan razon......... eh......... ya veremos.

Comenzaba á dormirse y bostezaba.

--¿Y cómo diablos se ha encontrado su Ilustrísima con el Ahuizote......... qué bien dicen......... «Las piedras rodando se encuentran»......... ah, qué sueño........ tengo, durmamos.

Martin daba cada bostezo como si hubiera velado diez noches seguidas, y en cada vez se hacia la señal de la cruz frente á la abierta boca, con tanta rapidez y tantas ocasiones, que parecia que trazaba una rúbrica en el aire.

A poco dormia profundamente.

Entre tanto las casas de Don Alonso de Rivera venian por tierra, con una rapidez que causaria envidia en nuestros tiempos al célebre Don Manuel Delgado.

Don Alonso corrió, al saber la noticia, á quejarse con el virey, pero su Excelencia se negó á recibirle, pretestando que despachaba su correspondencia de Madrid, y que no podia interrumpir sus trabajos porque la flota estaba ya aparejada en Veracruz para darse á la vela, esperando solo los despachos del vireinato.

Don Alonso desesperado, se encerró en su estancia, y á las oraciones de la noche el lugar en que por la mañana se levantaban sus casas, era ya una gran plaza dispuesta para comenzar la edificacion del convento y templo de Santa Teresa. En dos dias habia perdido la posesion y la esperanza. El Arzobispo y el Oidor eran personas que lo entendian.

Martin durmió hasta las ocho de la noche, y al despertar, miró al lugar en que estaba su balcon.

--Calle--dijo--pues es ya de noche, he dormido como si no tuviera alma que salvar.

Y comenzó á vestirse, se puso su balandrán y su sombrero y se lanzó á la calle.

Martin sabia que su Ilustrísima no lo necesitaria aquella noche, y que si acaso lo buscaba y sabia que andaba fuera, nada tenia que temer. La servidumbre de la casa del prelado era tan numerosa como la del virey, y los familiares y criados gozaban de una estraordinaria libertad.

Martin se encaminó á la tienda del Zambo, dos ó tres perdidos estaban allí en alegre conversacion, y el Bachiller fué recibido como un hermano.

--¿En qué pensais pasar la noche?--les preguntó el Bachiller.

--Nosotros vamos á una visita, ¿quieres venir?--le dijo uno de ellos.

--¿Adónde?

--Donde la Zurda, que tiene unas sobrinas tan bonitas y tan alegres, ¿has de ir?

--De ir tengo, que me placen las muchachas esas.

--Pues andando, que es tarde; pero poca gracia vas á hacerles con ese vestido de medio clérigo.

--Téngomelo de quitar si me esperais vosotros.

--Te esperamos.

--Zambo, dame unas calzas de venado y un ferreruelo, un talabarte habilitado con sus menesteres, y un sombrero con toquilla y pluma.

Aquella tienda era un estuche de curiosidades, y el Zambo una presea.

A poco tenia el Bachiller lo que habia pedido; pero todas las prendas eran más que elegantes, lujosas.

Martin comenzó á cambiarse el traje.

--Garatuza--dijo un truhan--si no te quitas la loba y el alza cuello, olerás mal que te pese á incienso; todavía los calzones pasan, pero lo demás.........

--Zambo, dame una ropilla.........

El Zambo trajo una lujosa ropilla de terciopelo morado con acuchillados negros.

El Bachiller estaba trasformado, y en verdad que aquel traje le iba á las mil maravillas, era jóven, bien formado, buen mozo, y sabia llevar con garbo la ropa.

--¿Y la tonsura?--dijo un truhan.

--Esa solo con la cabeza--contestó amostazado Martin--vámonos.--Salieron, y el Zambo cerró y se acostó.

La Zurda era una vieja que acostumbraba tener muchas sobrinas, siempre bonitas; debia aquella vieja haber tenido muchos hermanos y primos de distintas razas, segun lo poco que las niñas se asemejaban entre sí, generalmente eran mulatas, pocas indias, y algunas mas mestizas.

Entonces en México estaban muy marcadas las razas.

Españoles, indios, negros, mulatos: los hijos de español y negra, mulatos; los de español é india, mestizos; los de indio y negra, zambos; y luego una porcion de subdivisiones, como pardos, coyotes, salta á trás, &c.

Martin y su comparsa entraron á la casa de la tia Zurda.

Las sobrinas tenian algunas otras visitas y aquello era ya una tertulia animadísima, en que dos ó tres salterios tocados unas veces por las visitas y otras por las dueñas de la casa, alegraban los corazones.

Martin se aguardó allí hasta las once, y salió furtivamente para no ser detenido mas tiempo por las obsequiosas sobrinas de la Zurda.

México en aquellos tiempos era una de las ciudades en que la prostitucion era mas escandalosa.

Los hombres mas notables ostentaban públicamente á sus queridas, las esposas eran abandonadas muy á menudo por los maridos que compraban y emancipaban negras y mulatas para tenerlas á su lado por algun tiempo, hasta que cansados de ellas las abandonaban tambien, y ellas iban entonces á aumentar el increible número de mugeres perdidas que pululaban en la ciudad.

Y lo mas notable era que estos mismos hombres gozaban de grande fama de virtud, por sus excesivas limosnas á los templos y á los monasterios, y por las fundaciones piadosas que á cada momento hacian.

El Bachiller no tenia sueño, ni era posible que lo tuviera; habia dormido todo el dia, y pensando á donde acabaria de pasar la noche, tomó el rumbo de la casa de la Sarmiento.

Su última entrevista con la bruja lo habia dejado impresionado, y por mas que pretendia distraerse, las predicciones de la vieja no se borraban de su memoria.

Habia, ademas, otra razon para que Martin gustara de ir á la casa de la bruja: la muchacha sorda-muda le habia hecho gracia, tenia ya deseo de volverla á ver, y á riesgo de tener un lance con el Ahuizote, queria Martin probar fortuna.

Las calles estaban enteramente desiertas; pero al través de las hendiduras de la puerta de la casa de la Sarmiento, se descubria luz.