Monja y casada, vírgen y mártir

Part 7

Chapter 74,027 wordsPublic domain

«Pero de repente la alarma se hizo mas notable, y el Mártes Santo en la tarde se dió la órden por la Audiencia gobernadora de suspender todas las ceremonias del Juéves Santo.

«Vivia aún mi amo Don Juan Luis de Rivera, y el Mártes Santo en la noche quiso pasar al palacio á ver al Oidor decano para ponerse de acuerdo con él, respecto á ciertas medidas que habia que tomar.

«Mi ama Doña Beatriz se resistia á que saliera, y al fin condescendió con la condicion de que yo, que era para ella el de mas confianza, lo acompañara; consintió mi amo, y nos dirigimos á palacio.

«Como Don Juan Luis de Rivera era persona de tan alta importancia, llegó sin dificultad hasta la cámara en que habitaba el señor Otalora, que era el Oidor decano, y yo quedé en una de las antesalas esperándolo.

«Hacia media hora que allí estaba, cuando llegó un hombre lujosamente vestido, y dirigiéndose á uno de los criados, le dijo en voz alta:

--«Hacedme favor de pasar recado al señor Oidor, que Don Cárlos de Arellano, alcalde mayor de Xochimilco, desea hablarle para un negocio muy urgente del servicio de Su Magestad.

«El criado entró el recado y el hombre quedó esperando, y paseándose con grandes muestras de impaciencia.

«Poco despues salió el Oidor, habló cortesmente á Don Cárlos, y lo llevó á un aposento inmediato.

«Conversaron allí largo rato y luego salió demudado el Oidor: se despidió de Arellano y volvió á meterse á su cámara.

«Desde este momento comenzaron en el palacio un movimiento y una agitacion estrañas: entraban y salian gentes de justicia, y alabarderos, y personas principales llamadas por el Oidor á palacio; yo comencé á entrar en sospechas.

«Aquella noche habia junta en la casa desierta de Don José, y yo por acompañar á mi amo no habia podido asistir.

«Casi á media noche se retiró mi amo de palacio, y me causó estrañeza encontrar las calles llenas de patrullas de vecinos armados, que hacian la ronda con los alcaldes y corregidores.

«Doña Beatriz esperaba á su tio con gran cuidado, habia sentido tambien el rumor y estaba pesarosa de su tardanza.

--«Cuánto cuidado--le dijo saliendo al encuentro--he tenido por vos.

«Ya lo suponia yo, hija mia--pero no era posible otra cosa; todo se ha descubierto esta noche.

--«¿Y cómo?

--«Ahora te contaré; retírate Teodoro.

«Yo me retiré, y mi ama y su tio se encerraron en su aposento. Como todos dormian ya en la casa, pude sin temor acercarme á la puerta cerrada y percibir la conversacion, porque adentro hablaban alto.

--«Esto ha sido providencial--decia Don Juan Luis de Rivera.--¡Por estraños caminos dispone la Providencia cumplir sus designios!

--«¿Pero cómo ha estado eso?--preguntaba mi ama.

--«Figúrate, hija mia, que el alcalde mayor de Xochimilco, Don Cárlos de Arellano, tiene en México una dama, que Dios se lo perdone, es una muger casada: esta señora tiene cuatro esclavas jóvenes, y hoy en la noche queriendo salir á la reja para hablar con Don Cárlos, notó que las esclavas habian salido, se alarmó, y logró averiguar que las cuatro salian á la reunion que tienen los negros para tratar de alzarse con el reino; y supo mas, que estas juntas se tenian en la casa abandonada de Don José de Abalabide, preso en la Inquisicion; que esta casa tenia entrada por un subterráneo por una casa del rumbo de Coyohuacan; que esta noche estaban juntos, y que mañana al amanecer debian dar el golpe. La dama, con una caridad y un celo verdaderamente cristianos, en vez de departir de amores con Don Cárlos, contóle de lo que averiguado habia, y le envió al Oidor decano para que le diese parte, autorizándolo, para dar mejor testimonio, á referir sus amorosas relaciones, consintiendo en perder su fama con tal de salvar los intereses de Su Magestad.

«Yo habia escuchado hasta el fin esta relacion, y no necesité mas para comprender que todo estaba perdido, y que quien habia hecho la denuncia era la dama de Don Cárlos de Arellano, y que ésta debia ser sin duda el ama de las cuatro esclavas con quienes yo habia tratado, y que habia sido la que aquella conspiracion habia inventado; solo ella estaba en aquellos secretos, y solo ella podia conocer el lugar y la hora de la reunion: además, la circunstancia de ser cuatro sus esclavas, y ser éstas las mismas mugeres que estaban en el secreto, me hacia tener mas seguridad en mis conjeturas.

«Aquella era la traicion mas horrible que se podia imaginar; promover una conspiracion, animarla, exaltar los ánimos, y despues denunciar á los comprometidos, era infame, inícuo.

«Bajo tan penosas impresiones me retiré á mi aposento sin saber qué hacer de mí; huir, era declararme yo mismo culpable; esperar, era esperar la muerte; aquella muger sabia por sus esclavas que yo estaba en el complot, y podia perderme; una víbora semejante, era capaz de todo. En fin, despues de reflexionar mucho, pensé que lo mejor era quedarme y confiárselo todo á mi ama Doña Beatriz.

«Pasaron los dias santos, las prisiones seguian y yo no me atrevia á salir á la calle.

«En la Pascua Florida la Audiencia ordenó la ejecución de los reos que habian sido presos en la Semana Santa, y la mayor parte de los amos dispusieron que sus esclavos fuesen á presenciar la ejecucion para que les sirviese de escarmiento.

«El dia fijado fuí yo tambien entre la servidumbre de la casa de Rivera á la Plaza Mayor, adonde debia tener lugar la ejecucion de la sentencia.

«Aquel ha sido el dia mas espantoso de mi vida; aun me parece que lo veo.

«La Plaza Mayor y las calles vecinas eran verdaderamente un mar de gente que se apiñaba por presenciar un espectáculo tan horrible.

«En el frente de palacio se elevaban dos horcas. El concurso inmenso se agitó, se levantó un rumor sordo, y los ajusticiados aparecieron saliendo de la cárcel, que estaba al costado de palacio. Eran veintinueve hombres y cuatro mugeres; las cuatro esclavas que yo habia conocido. Las cuatro eran jóvenes y eran las que debian morir primero: se les habia concedido esto como gracia para evitarles el martirio de ver ajusticiar á los hombres.

«Aquellas infelices, mas muertas que vivas, caminaban, ó mas bien se arastraban al patíbulo, sostenidas por dos hombres que las llevaban de los brazos: al lado de cada una de ellas venian dos sacerdotes exhortándolas en voz alta, á grandes gritos, encomendándolas á Dios: llevaba cada una en la mano un Crucifijo, que apenas tenia fuerzas para llevar á la boca.

«Estoy seguro de que no habia una sola persona en aquel inmenso concurso que no se sintiese horriblemente conmovida: llegaron las dos primeras á la horca y las subieron los verdugos: les ataron los lazos corredizos en el cuello y se apartaron las escaleras que les servian de apoyo; los cuerpos quedaron suspendidos en el aire, agitando convulsivamente las piernas, y dos verdugos enmascarados, con una agilidad verdaderamente infernal, subieron á caballo sobre los hombros de las víctimas, y mientras que con ambas manos les tapaban la boca y las narices, con los piés les aplicaban furiosos golpes sobre el pecho y sobre el estómago.

«Poco á poco fueron quedando inmóbiles aquellos cuerpos, hasta que puesta otra vez la escalera los verdugos descendieron y se descolgaron aquellos dos primeros cadáveres.

«Siguieron las otras dos mugeres. Una subió resignada; pero la otra en el momento de pisar el primer escalon se rebeló.

--«No quiero morir--gritaba la infeliz--por Dios, señores, que me perdonen; no quiero, no quiero; por Dios, por su Madre Santísima, que me perdonen.........

«Y luchaba, y se debatia; los verdugos no podian hacerla subir: otros vinieron en su auxilio, pero aquella muger, la mas jóven de todas, tenia en esos momentos una fuerza terrible: habia logrado desatar sus manos y golpeaba y arañaba; pero á pesar de todo subia, subia arrastrada por los verdugos. Al colocarle el lazo fué necesario emprender otra nueva lucha: estaba casi enteramente desnuda, porque toda su ropa habia caido hecha pedazos: mordia, escupia, gritaba. Aquello era un espectáculo que hacia erizar los cabellos.

«Le colocaron el lazo, se retiró la escalera y quedó en el aire: el verdugo subió sobre sus hombros y quiso taparle la boca; pero ella tenia las manos libres y apartó violentamente las del verdugo: el hombre perdió el equilibrio, quiso sostenerse y cayó á tierra arrancando el último pedazo de lienzo que cubria á la infeliz, que quedó completamente desnuda á la vista del inmenso concurso; pero la escena no dejaba á nadie pensar en esto, á pesar de que aquella muger tendria á lo mas diez y ocho años. Lo que estaba pasando era espantoso: habia logrado meter las manos entre el lazo que rodeaba su cuello, y así se sostenia abriendo con espanto los ojos, é implorando gracia con una voz sofocada.

--«Gracia, gracia, por Dios, por Dios--gritaba, haciendo inmensos esfuerzos para sostenerse en las manos.

«Uno de los verdugos brincó y se abrazó de sus piés; pero como estaban desnudos y ella hacia esfuerzos para desprenderse de él, el hombre se soltó, llegó otro y se aferró con todas sus fuerzas; entonces comenzó para la infeliz muchacha una agonía imposible de describir: como sus manos impedian correr bien el lazo, el nudo no apretaba pronto, y la muerte llegaba, pero lenta, dolorosa: la jóven no gritaba, pero producia una especie de ronquido: no podia mover las piernas porque un hombre estaba suspendido de ella; ni las manos, porque las tenia aprisionadas en el cuello; pero su seno se agitaba rápidamente. No pude soportar aquello: cerré los ojos, y me cubrí la cara con las manos.

«La infeliz, debió hacer algo espantosamente ridículo en medio de las ansias de la agonía, porque sentí un murmullo de horror entre la multitud, y al mismo tiempo unas alegres carcajadas: volví el rostro espantado buscando al autor de aquella profanacion impía, y en una carroza que estaba cerca de mí descubrí tres personas que reían burlándose de la esclava infeliz: eran Don Manuel de la Sosa, (el antiguo vecino de D. José de Abalabide), el hombre que habia ido á denunciar la conspiracion, y que, segun entendí, se llamaba Don Cárlos de Arellano, y Luisa, Luisa la mulata, la esclava de Don José; la muger que me habia inspirado una pasion tan vehemente.

«Los tres estaban ricamente vestidos; terciopelo, sedas, oro, plumas, joyas; aquella carroza parecia de unos príncipes.

«Don Carlos estaba al lado de Luisa, y al frente de ellos D. Manuel.

«Infinitas sospechas se alzaron en mi alma; casi lo comprendí todo; pero quise cerciorarme acercándome al carruaje, sin que ellos, ó al menos Luisa, me conocieran, y alcanzar algunas palabras de su conversacion.

«Descolgaban en estos momentos los cadáveres de las dos esclavas.

--«Eran dos muchachas muy serviciales--decia Luisa.

--«Pero yo respondo de que la Real Hacienda os indemnizará la pérdida, no solo de éstas dos, sino de las cuatro, en recompensa del servicio que habeis hecho á la ciudad--contestó Arellano.

--«Así se lo habia yo dicho á mi esposo, agregó Luisa.

--«Y tal lo creo--dijo entonces Don Manuel, que bien merece el beneficio que á costa de nuestros propios intereses hemos hecho, el que Su Magestad se acuerde de nosotros.

«La multitud volvió á alzar un murmullo que me impidió continuar escuchando: era que comenzaba la ejecucion de los hombres.

«Yo no necesitaba saber mas, y todo estaba claro para mí: el hombre libre que habia hecho libre á Luisa, era Don Manuel: él, sin duda, por envidia era el que habia enterrado el Cristo en la puerta de la tienda de Don José, y lo habia denunciado despues al Santo Oficio para perderlo, y Luisa habia sido su cómplice, y seguramente ella era la que habia introducido furtivamente el otro Cristo al cuarto de mi amo, y ella sabia que aquella noche terrible debian llegar los familiares á la casa de mi amo, y me precipitaba á cometer el delito para librarse tambien de mí, y su fuga estaba ya preparada..........

«Porque era seguro, era Luisa la muger casada que estaba en relaciones con Arellano, y que habia denunciado la conspiracion despues de exaltarla.

«Aquella muger era un demonio, con un rostro tan hechicero y una alma tan infernal.

«Las ejecuciones terminaron: los cadáveres fueron decapitados, y treinta y tres cabezas se clavaron en escarpias en medio de la Plaza.--En la noche de ese dia tenia yo fiebre.

«Un mes estuve luchando entre la vida y la muerte: mi ama nada omitió para salvarme, y gracias á eso la enfermedad cedió.

«Entre las esclavas encargadas por mi ama Doña Beatriz de asistirme, habia una jóven que se llamaba Servia, y que fué la que con mas constancia se dedicó á mi curacion.

«Cuando estuve sano, el recuerdo de Luisa que me venia como un remordimiento, cedió ante el amor puro que concebí por Servia; la jóven inocente me amo tambien.

«Pero yo no podia dejar de ser una amenaza para Luisa, y ella debió comprenderlo, porque apenas estuve sano fui preso de órden de la Audiencia, y conducido á las cárceles de palacio.

«Mi sentencia no era dudosa, y recibí la noticia de prepararme á morir como cristiano.

«Servia desolada se arrojó á los piés de mi ama Dª Beatriz, y le declaró nuestro amor, y mi ama se compadeció de nosotros.

«El dia de mi ejecucion estaba señalado, yo no conservaba ya esperanza ninguna, ¿quién se habia de interesar por este pobre esclavo?

«Pocos dias antes habia tomado posesion del vireinato, segun supe despues, el señor Marqués de Guadalcazar, que vino con su esposa y sus niñas; la fama de virtud y de hermosura de mi ama Doña Beatriz, cautivó á la vireina, que hizo llamar á mi amo Don Juan Luis de Rivera, para conseguir de él que mi ama entrase en palacio en calidad de dama de honor.

«Don Juan Luis llegó á la casa contentísimo con aquel honor, pero temeroso de que Doña Beatriz se rehusase, y acertó á llegar en el momento en que Servia de rodillas le pedia que implorase por mi vida.

«Doña Beatriz escuchó la noticia que le llevaba su tio encareciéndole el empeño de los vireyes; y como alumbrada por un rayo de caridad, se hizo ataviar ricamente y conducir á la presencia de la vireina.

«Mi ama tan bella y tan soberbiamente prendida, fué recibida en palacio con regocijo; pero apenas vió á los vireyes, se arrojó á sus piés.

«En vano la instaron á levantarse.

--«Señora,--dijo dirigiéndose á la vireina--si tanto honor me haceis escogiéndome entre vuestras damas, hacedme una gracia y servicio distinguido.

--«¿Qué podeis pedir, Doña Beatriz,--contestó la vireina--que estando en mi mano os lo niegue?

--«Señora, interponed vuestro amor y respetos con Su Excelencia, para obtener el indulto de un condenado á muerte, de mi esclavo Teodoro.

--«Y por salvar á un esclavo tomais tanta pena?

--«Señora, le debo mi vida y la de mi tio, que salvó poniendo en riesgo su existencia; aunque era un esclavo, entonces no lo era nuestro, y siempre le debo gratitud.

--«Pero segun sé, Doña Beatriz,--dijo el virey que habia permanecido en silencio--ese esclavo es culpable.

--«Por eso mismo pido el indulto á Su Excelencia, porque el indulto es el perdon, y el perdon se hizo para los criminales y no para los inocentes.

--«Teneis razon de sobra,--dijo el virey--alzad, que yo os lo prometo.

«Cuatro dias despues estaba yo fuera de la prision, mi ama dió su libertad á Servia y me la entregó por esposa, yo no quise nunca mi libertad, referí mi historia toda á mi ama, sin tener para ella secreto, y sigo y seguiré siendo siempre el mas humilde de sus esclavos.

«Ahora su señoría verá cómo tenia razon en decirle que debo á Doña Beatriz, mi vida y mi felicidad.

XVI.

De lo que se decia en la ciudad de la muger de Don Manuel de la Sosa, y de lo que pasaba en la casa de éste.

Doña Luisa, la muger del comerciante Don Manuel de la Sosa, era sin disputa una de las mas bellas y elegantes damas de la ciudad.

Nadie habia conocido á sus padres, y de la noche á la mañana, como decia el vulgo, Don Manuel apareció casado con ella, celebrando con gran suntuosidad sus bodas. El marido contaba á sus amigos que Luisa era española, y que al llegar á Veracruz la enfermedad le habia arrebatado en una semana á sus padres, grandes amigos de Don Manuel; que ella le habia escrito, él la habia mandado traer para que no quedase abandonada, y que luego mirándola tan bella y tan buena, la habia hecho su esposa: Luisa además, era al decir de Don Manuel, perteneciente á una familia noble de Estremadura.

Aunque todo esto tenia mucho aire de novela, el público lo creyó, por lo mismo que el público es mas afecto á creer lo maravilloso que lo natural, y además, porque á los ricos se les cree muy fácilmente lo que dicen, y Don Manuel si no lo era, pasaba la plaza de tal.

Vivieron así algunos años sin tener hijos, y Luisa ostententando un lujo asiático. Apenas los ricos cargamentos que llegaban por Acapulco en la nao de China se anunciaban en México, Luisa se apresuraba á comprar.

Soberbios pañuelones bordados, telas finísimas de nipis, tibores y jarrones fantásticos, vajillas de porcelana, adornos y juguetes de plata y de marfil; todo lo mas valioso y lo mas escogido iba con seguridad á parar á la casa de Don Manuel de la Sosa.

Los comerciantes hacian entre sí el balance de los capitales de Sosa, que ellos poco mas ó menos conocian, y aquellos capitales no alcanzaban para el lujo de su muger, pero ella pagaba cada dia mejor, y en atencion á esto, los comerciantes acababan por convencerse de que no es bueno formar juicios temerarios.

El pueblo, menos escrupuloso, comenzaba á murmurar de la honestidad de las relaciones de Luisa con Don Cárlos de Arellano, á quien todos llamaban el mariscal, y con el rico propietario Don Pedro de Mejía.

En este estado iban las cosas en el punto en que volvemos á tomar el hilo de nuestra historia.

En una soberbia cámara, Luisa sentada en un sitial cerca de una ventana, dirigia de cuando en cuando indolentes miradas á la calle. Esperaba, pero sin empeño, sin deseo, sin impaciencia.

Serian las once de la mañana, y un lacayo anunció al señor Don Pedro de Mejía.

--Que pase luego--dijo Luisa, procurando tomar inmediatamente un aire lánguido y triste.

Don Pedro entró en la cámara, y puso sobre un sitial su sombrero adornado con una pluma blanca prendida con una deslumbradora joya de diamantes.

Don Pedro estaba muy lejos de ser un hombre simpático y bien formado, su estatura menos que regular, su barba fuerte y espesa, sus cejas juntas, su mirada torba y sus espaldas anchas y levantadas, le daban el aspecto de un hombre de la clase mas baja del pueblo, parecia mas bien un verdugo que un caballero.

Vestia siempre con ostentacion repugnante, cargado de cadenas y de joyas.

--Querida Luisa--dijo sentándose al lado de ella sin ceremonia y tomándole una mano--¿qué teneis que os encuentro tan triste? ¿Estais enferma?

--Pluguiese á Dios--contestó Luisa afectando una conmocion profunda, y pasando su pañuelo como para limpiar una lágrima por sus ojos, mas secos que una mañana de Mayo.

--¿Cómo pluguiese á Dios? es decir, Luisa, que deseais enfermaros?

--¡Morirme!

--¡Moriros! ¿Y por qué? ¿No sois feliz?

--Sí, muy feliz, y vos decís eso, vos que habeis encendido en mi alma esta pasion, que me habeis hecho faltar á mis deberes, y que ahora me abandonais quizá cuando mas os amo.........

--¡Abandonaros, Luisa! ¿y quién puede decir que os abandono?

--¿Quién? ¿quién? yo que lo conozco, Don Pedro, yo misma, yo, ¡ah Dios mio! ¡Dios mio! qué desgraciada soy, tú me castigas por mis faltas!

Luisa se cubria el rostro fingiendo la mas profunda desesperacion.

--Calmaos, señora, calmaos--decia Don Pedro--calmaos, y oidme en nombre del cielo, que nunca pensé en abandonaros; y os juro que mi amor por vos es mayor cada dia.

--¿Me amas?--dijo Luisa calmándose repentinamente y sintiendo una alegría infantil é inocente,--¿me amais? ¡ah, sí! ya lo decia yo, que no podiais haberme engañado, jugando con un corazon vírgen como el mio; porque ya os lo he dicho Don Pedro, vos habeis sido mi primer amor; yo casada con Sosa por compromiso casi, sin saber lo que hacia, porque era yo casi una niña, no conocia lo que era una pasion, os ví, me hablásteis de amor, y un sentimiento nuevo brotó en mi corazon, y amé, amé por la primera vez de mi vida, y por vos he sacrificado todo, honor, virtud, religion y tranquilidad.........

--¡Luisa! ¡Luisa! yo tambien os adoro.

--¿Me adorais?--dijo Luisa como volviendo á caer en otra duda--me adorais, y sin embargo, todo el mundo habla ya de que antier habeis pedido formalmente la mano de Doña Beatriz de Rivera.

--Dejad á todo el mundo que diga lo que le plazca, mientras esteis vos segura de mi amor; ¿lo estais?

--Sí, á pesar de todo; pero decidme la verdad, ¿por qué se habla de ese casamiento?

--La verdad, Luisa, porque he tenido necesidad de atraerme así la amistad de Don Alonso de Rivera su hermano, para ciertos negocios de interes; pero os aseguro que nunca se efectuará esa boda.

--¿Y eso es de veras, no me engañais?

--No os engaño.

--Jurádmelo.

--Os lo juro.

--Ahora sí estoy contenta--dijo Luisa alegremente, y tomando una de las toscas y mal formadas manos de Don Pedro entre las suyas,--ahora sí estoy contenta. Ya lo veis, Don Pedro, jugais con mi corazon, con mis sentimientos, á vuestro arbitrio; me poneis triste ó contenta á vuestro antojo. ¿Pero decidme, vos para qué teneis necesidad de halagar á nadie por vuestros negocios? ¿No sois inmensamente rico?

--Por ahora sí.

--¿Por ahora sí? y decís eso con un aire tan triste, como si no dependiera de vuestra voluntad.........

--No depende.........

--No depende, porque no haceis caso de mis consejos. Don Pedro, como en todo el dia no pienso ni me ocupo sino de vos, creedme, mis consejos son el fruto de profundas meditaciones.

--No es posible.........

--Oidme, ¿qué tiempo le falta á vuestra hermana para entrar en el goce de su caudal?

--Cosa de tres años, si no se casa antes.

--¿Creeis que se casará?

--Ah, eso no, porque yo lograré impedirlo.

--¿Pues entonces.........?

--Entonces, yo no veo mas medio sino que ella muriera antes, y goza de una salud admirable.

--¿Y si profesara monja?

--¡Monja! seria magnífico eso, porque desapareceria del mundo como si hubiera muerto.

--No hay mas que obligarla.........

--¿Y cómo, no queriendo ella?

--Querrá, querrá; aun os quedan tres años, ¿quereis seguir mis consejos?

--Dadmelos.

--¿Tiene novio? ¿amores?

--No, que yo sepa.

--Pues bien, en primer lugar, debeis saber que las mugeres, y sobre todo las jóvenes, necesitamos tener el corazon lleno con un gran afecto, con una pasion grande; la religion, el amor, la ternura de un hijo, algo, y la que no lo tiene lo busca, si no, mirad la prueba, yo que no amaba á mi marido, he necesitado de vuestro amor para ser feliz.

Don Pedro besó con deleite la mano de Luisa, que le dirigió una mirada ardiente y provocativa.

--Sentado este principio--continuó Luisa--lo que importa es que vuestra hermana odie el mundo y conciba ese ardiente deseo de profesar, que es á lo que las devotas llaman vocacion.

--¿Y cómo alcanzar eso?

--Muy fácilmente; para que aborrezca el mundo, hacedle insoportable la vida en vuestra casa, para eso vos os dareis modo.

--Comprendo.

--Y luego prevenidle que visite monjas, que estreche relaciones con ellas, dadle gusto siempre que pretenda ir á verlas ú os pida algo para ellas, que las monjas harán lo demás.

--Es decir que yo ganaré á las monjas para que le aconsejen que tome el velo.

--No, no me entendeis, con hablarles á las monjas nada conseguiriais, porque esas pobres mugeres no se prestarian si comprendian alguna maquinacion; pero no hay necesidad, las personas que por impulso de su corazon siguen una carrera en el mundo sea la del vicio y la prostitucion, sea la de la gloria ó la virtud, tienen siempre como principio atraer á sí, y á su circulo á cuantos pueden; por eso las monjas procuraran convencer espontáneamente á Blanca á tomar el velo, y con mas razon y mejor éxito, si ella, como es natural, les cuenta sus penas y se queja con ellas.

--Es verdad, Luisa, teneis un talento admirable.