Monja y casada, vírgen y mártir

Part 5

Chapter 54,039 wordsPublic domain

«Venid, Don Pedro, mi ánima está triste sin veros, y me atormentan horribles pensamientos, vuestra esclava soy que nací para amaros y serviros, y si me olvidais moriré sin remedio: Venid.

«Quien besa humildemente vuestra mano y será siempre vuestra»

«LUISA.»

Don Pedro puso la carta sobre el pupitre, apoyó su frente en las palmas de sus manos, y quedó meditabundo.

--Pobre Luisa......... me ama......... me ama y ¿yo quiero abandonarla.........? pero mi palabra empeñada con Don Alonso......... y que por otra parte, mi matrimonio no es simplemente un negocio de amor, es el complemento de mi fortuna......... veremos......... ante todo, bueno será calmar á la pobre Luisa......... mañana, mañana; lo del matrimonio despues.

Dobló la carta y volvió á ponerla en el cajon secreto.

--Ahora es necesario ver qué se hace con este malhadado negocio de Don Fernando de Quesada que tan mal salió: ¿quién seria ese demonio que se apareció en su defensa? ¿qué habrá sucedido con Tirol? ¿moriria? lo habrán dejado abandonado? y José que no viene!

En este momento llamaron á la puerta del aposento.

--¿José?--dijo Don Pedro.

--Aquí estoy, señor--contestó un lacayo entrando.

--¿Qué sucedió?

--Nada hemos encontrado, fuimos hasta frente á la Catedral nueva en donde pasó el lance, ni un vestigio, ni un rastro siquiera de sangre.

--¿Y Tirol?

--Nada, señor, nada, si murió se ha recogido su cadáver, si no, se lo llevaron herido.

--Pero pues no habia sangre, no estaria herido.

--No lo comprendo eso, yo lo ví caer, cuando el demonio, que sin duda él fué, se apareció en defensa del Oidor. Tirol cayó sin mover pié ni mano, pero si estaba herido no dejó ni una huella de sangre.

--Está bien, retírate á recojer, mañana tal vez aclararemos este misterio.

Y Don Pedro se acostó vestido sobre su cama.

La víctima y el verdugo bajo el mismo techo no podian conciliar el sueño; el dolor y la ambicion devoraban aquellos dos corazones tan diferentes entre sí.

XII.

Lo que hablaron el Oidor y el Bachiller y quién era el herido.

--Permítame su señoría--decia Martin--que le haga una pregunta, no por mera indiscreta curiosidad, sino por saber cuál es su opinion en materia para mí tan delicada.

--¿Y cuál es?

--Dígame usía, ¿se puede creer en las brujas y en sus profecías?

--En tan apurado trance me poneis, que yo á mí mismo no sabria qué contestarme; pero supuesto que el Santo Oficio las persigue y las condena á la hoguera, de existir deben, que de lo contrario ni tal cuidado se tomaria el Tribunal de la Fé, ni nosotros presenciariamos esas ejecuciones.

--¿Pero qué opina usía de lo que ellas predicen?

--Que por diabólicas artes se inspiran, y mas pueden ser engaños y astucias del demonio cuanto digan, que verdades hijas de Dios, y en todo caso mas vale no tener con ellas tratos ni averiguaciones, que eso solo es gran pecado; ¿pero por qué me haceis semejante pregunta? Supongo, señor Bachiller, que no hablaréis con tales personas.

--Líbreme Dios; como cuestion de doctrina háme ocurrido ayer, y me tranquiliza el parecer de usía; pero hablando de otra cosa, usía sospecha de dónde haya partido el golpe de esta noche.

--A no sospecharlo, la librea que viste el hombre que está abajo herido, me lo diera á conocer muy claro. Ese hombre es de la servidumbre de Don Pedro de Mejía que pretende la mano de Doña Beatriz, y es amigo íntimo de Don Alonso de Rivera enemigo mio, por el asunto de la fundacion del Convento de Santa Teresa.

--¿Quereis que veamos si ese hombre ha vuelto á sus sentidos para examinarlo?

--Sí tal; y si así fuese, hacedle subir.

Martin bajó á ver al herido, y el Oidor se desciñó la espada y se sentó á esperar.

El Bachiller volvió con el herido, no había sufrido mas que una pasajera congestion á resultas del puñetazo que descargó Teodoro sobre su frente.

El hombre entró á la estancia en que le aguardaba el Oidor, todavía atarantado, y sin hacerse bien cargo de lo que habia pasado.

--Venid acá, amigo--le dijo Don Fernando con dulzura.

El hombre se acercó.

--Quereis decirme, pero hablad con franqueza, ¿quién sois, y qué motivo os impulsó para buscar mi muerte, cuando yo ni os conozco, y vos quizá apenas me conoceis?

--Señor,--contestó el hombre--aunque tengo la librea de lacayo, me llamo Tirol, y soy el mayordomo de la casa de mi señor Don Pedro de Mejía.

--Bien, ¿y qué causa os movió para pretender asesinarme?

--No me culpe su señoría, debo muy distinguidos favores á mi amo hace muchos años, como el pan de su casa, y fuí mandado.

--¿Y no comprendéis que despues de lo que ha pasado, puedo mandaros matar, no solo impunemente sino con justicia?

--¡Señor!--dijo arrodillándose cobardemente Tirol.

--Alzad, que solo delante de Dios y de su Magestad debeis estar así; alzad, que nada os haré, pero referidme lo que ha pasado.

--Casi nada sé--dijo Tirol levantándose--esta tarde, mi señor Don Pedro y Don Alonso de Rivera me llamaron y me ordenaron que tomara dos hombres de la casa, que fueran de toda confianza, y que hoy en la noche al salir, como lo tiene usía de costumbre del Arzobispado, lo atacase y le matase sin misericordia.

--¿Y estábais dispuesto á cumplirlo?

--Señor.........

--¿La verdad?

--Señor, por Dios.........

--Contestad.

--La verdad......... sí señor.........

--Bien, ¿y cómo sabíais que estaba yo en el Arzobispado hoy en la noche?

--Uno de los hombres que me acompañaban se apostó en la acera de enfrente hasta ver entrar á usía, y entonces me dió aviso.

--¿Y despues?

--Despues venimos á ocultarnos entre el material de la nueva iglesia, hasta que usía pasó.

--¿Y luego?

--Ya eso lo sabe usía; al quererlo atacar, de entre nosotros mismos salió un hombre á quien no habíamos visto, y ya no sé mas, sino que sentí un golpe terrible en la cabeza y perdí el sentido.

--¿Conoceis á ese hombre?

--No señor.

--Bien, quedaos aquí esta noche, y mañana temprano regresad á la casa de vuestro amo y llevadle esta carta; nada teneis ya que temer, os perdono el mal que habeis intentado contra mí.

El oidor escribió una carta á Don Pedro, que decía así:

--«Os devuelvo á vuestro mayordomo, cuidad de emplear para otra vez hombres mas útiles. Os besa la mano

FERNANDO DE QUESADA.»

Tirol besó la mano del Oidor, y recibió la carta que se guardó en el pecho.

--Señor Bachiller--dijo por lo bajo Don Fernando á Martin--hacedme la gracia de que dén habitación á este hombre para que pase la noche, mañana temprano que se vaya para su casa, y traedme á Teodoro sin que se miren ambos.

El Bachiller volvió á salir seguido de Tirol.

El Oidor abrió un armario y sacó de él una bolsa grande de seda que figuraba una piña amarilla con hojas verdes en el cuello, y largos cordones para cerrarla que remataban en pequeñas piñitas formadas de cuentas de vidrio de colores.

Colocó la bolsa sobre la mesa y volvió á sentarse.

Teodoro conducido por el Bachiller entró al aposento.

--Me envía á llamar su señoría--dijo Teodoro cruzando sobre el pecho sus brazos y haciendo una profunda reverencia.

--Sí, te debo en esta noche la vida, y quisiera mostrarte mi agradecimiento.

--Bastante es ya mi recompensa con haber conseguido eso; además, yo lo hice conforme á las órdenes de mi ama.

--Yo no estoy satisfecho con eso; yo te doy en nombre de Doña Beatriz tu libertad; además en esta bolsa hay una gran cantidad de monedas de oro, que por ser escasas en México tienen muy alto valor, tómala para que vivas feliz.

Teodoro se arrodilló á los piés del Oidor y le besó la mano, pero no tomó la bolsa que éste le alargaba.

--Por toda mi vida--dijo--grabaré las palabras de su señoría en mi corazón, pero por ningún dinero dejaré de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz; si ella me despidiera, el negro Teodoro se moriria de tristeza.

--Bien--contestó el Oidor--comprendo tu lealtad y tu cariño para con Doña Beatriz; es un ángel á quien es preciso amar, pero al menos toma este dinero.

--Perdóneme su señoría, quiero tener solo la recompensa del placer por haberle servido de algo; además.. señor......... yo........ soy muy rico.

--¡Muy rico!--esclamó el Bachiller espantado de que un esclavo fuese muy rico, y acercándose como para contemplar mejor aquel ser mitológico.

--¡Muy rico!--repitió el Oidor, que aunque no tanto como el Bachiller, pero estaba admirado.

--Sí, señor--contestó Teodoro inclinando como ruborizado la cabeza.

--Estos pobres se creen poderosos cuando tienen cien reales--dijo Martin.

Teodoro se sonrió con desdén, y Don Fernando lo advirtió.

--¿Cuánto será tu capital, Teodoro?--preguntó.

--Cien veces lo que contiene esa bolsa--contestó tranquilamente.

--¿Sabes lo que dices? esta bolsa contiene mas de mil escudos de oro.

--Así me lo pensaba.

--¡Cien veces mil escudos!--dijo el Bachiller mas asombrado á cada respuesta de Teodoro--¡Cien mil escudos! ¿entonces por qué eres esclavo? ¿por qué no compras á Doña Beatriz tu libertad?

--Ya dije á su señoría que por ningún caudal dejaria de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz, le debo la vida y la felicidad.

Martin abria los ojos como dos patenas, y la boca como una puerta cochera; aquello estaba para él fuera de lo natural, era casi un prodigio.

--A fé mia--dijo Don Fernando, que aquí se encierra un misterio profundo; ¿sabe tu ama, Teodoro, que eres tan rico?

--Mi ama sabe tambien que seria jo libre si quisiese, y que jamas lo seré.

--Dígale usía que nos cuente, que nos esplique todo eso.

--No, señor Bachiller, mucho le debo á Teodoro para obligarlo á que me descubra sus secretos, por mas que me anime el deseo y la curiosidad de conocerlos, principalmente por la parte que en ellos tenga Doña Beatriz.

--No serán secretos para su señoría--dijo el negro--que me basta que su señoría sea quien es, y tan alto lugar tenga en el corazón de mi ama, para que yo le confiara lo que guardo en mi seno, tanto mas que fío en su discreción como en la de mi confesor. ¿Quisiera su señoría conocer mi historia?

--Te confieso que me seria muy satisfactorio.

--Larga es.

--No importa, te permito que te sientes.

El negro se sentó humildemente en el suelo y á los piés de Don Fernando.

--¿Y yo?--preguntó Martin.

--¿Tienes inconveniente en que escuche Don Martin?

--No, señor--dijo Teodoro, volviendo su vista á Martin--quedaos, que yo sé cómo aseguraré con vos mi secreto.

Martin contento de escuchar la historia tomó asiento en un escabel.

El Oidor comenzaba á comprender por todo, que Teodoro no era un esclavo comun, aquel hombre era otra cosa de lo que á primera vista parecia.

XIII.

La historia del esclavo.

Mi madre, señor, era esclava de la casa de Don José de Abalabide, comerciante español, que tenia una de las mejores tiendas mestizas que se hallan en la Plaza principal. Mi padre, esclavo tambien de la misma casa, habia servido muchos años á Don José y habia muerto pocos dias antes de mi nacimiento, á resultas de una caida que le dió un caballo.

«Mi padre, señor, lo mismo que mi madre, eran de sangre real; os hago esta advertencia, porque esto viene mucho á esplicar algunos acontecimientos de mi vida que vereis mas adelante.

«Mi amo no tenia familia y vivia solo conmigo y con mi madre: era un hombre muy honrado, buen cristiano y caritativo con los pobres; aunque si he de decir verdad, tenia mucho apego á las riquezas y procuraba atesorarlas, viviendo con sobrada economía.

«Como no frecuentaba amistad ninguna y hacia tantos años que mi madre era su esclava, el Sr. Abalabide me tenia un gran cariño, y así conforme fuí creciendo y ayudaba en los quehaceres de la casa, mi amo se fué interesando mas por mí, y en las noches cuando ya la tienda estaba cerrada se entretenia, despues de rezar el rosario, en enseñarme á leer y á escribir.

«Llegué así á cumplir veinte años y mi amo estaba muy contento de mí: era yo fuerte para el trabajo, y le ayudaba yo en todo.

«Mi amo debia ser rico, pero no sabiamos adonde tenia su dinero porque él lo ocultaba.

«Cerca de la tienda del Sr. Abalabide estaba otra de uno que se decia Don Manuel de la Sosa, y que por motivo sin duda de ser menos conocido, ó menos antiguo, tenia muy pocas ventas que casi todos los marchantes se iban á la de mi amo; esto le causaba á Don Manuel tanto desprecio, que casi nunca pasaba por delante de la casa de Don José de Abalabide sin proferirle alguna injuria; pero como éste era ya hombre de edad y de buen juicio, nunca quiso tomar la demanda.

«Mi madre comenzaba ya á ser inútil para el trabajo, y mi amo se decidió á comprar á un conocido suyo una esclava cocinera, que tenia una hija mulatita que servia de galopina. Llamábase Clara la madre y la muchacha Luisa.

«Luisa era muy jóven, pero muy agraciada: en la casa de sus antiguos amos la trataban muy mal y estaba muy delgada y muy enferma cuando llegó á la casa de Don José.

«Al principio traté á Luisa con indiferencia, pero despues comenzó á engordar y á robustecerse, y se puso tan bonita, que á poco me encontré enamorado de ella. El continuo trato nos hizo entrar en relaciones amorosas y yo iba á pedir licencia á mi amo para unirme con ella, cuando un incidente me hizo vacilar.

«Comencé á observar que Luisa andaba mas alegre y mas compuesta que de costumbre, y que se asomaba frecuentemente á una ventana desde donde se divisaba la casa de Don Ma nuel; yo la amaba con delirio y me empecé á entristecer: ella lo notó y me preguntó la causa: le cobré celos, y se rió.

--«No seas tonto, Teodoro--me dijo--yo te encargo que estés contento; todo esto es cosa que nos va á hacer mas felices: no me preguntes nada, y ya verás.

«Me tranquilicé un tanto y no volví á decirle nada; me puse alegre como de costumbre, y me determiné á hablarle á mi amo.

«Dormia yo en la trastienda con el objeto de estar mas al cuidado: una noche me pareció oir un ruido por el interior de la casa, y me levanté sin encender luz y sin hacer ruido y me entré por las piezas.

«Conforme me iba aproximando al aposento que tenia la ventana para la casa de Don Manuel, iba siendo mas perceptible el rumor, hasta que penetrando en él ví asomada una muger á la ventana hablando con alguien que estaba por fuera; debia haber escuchado, pero la luna que penetraba en el aposento me hizo reconocer á Luisa, y la cólera y los celos me cegaron y me arrojé sobre ella.

«Luisa al verme lanzó un grito, y el hombre de fuera huyó.

--«Traidora--la dije:--¿conque así me engañabas?

«Luisa se desprendió de mí, furiosa como una leona.

--«¿Y qué derecho tienes para reconvenirme?--me dijo.--¿Eres mi amo? ¿Eres ya mi marido?

--«¡Infame! ¿Y tú no me habias dicho que me querias?

--«Te queria, pero ya no te quiero, y no quiero ser esclava: un hombre libre me ama, me va á comprar y á darme mi libertad para que yo sea suya, y tú no harás esto por mí, y tú me dejarás esclava, y mis hijos serán esclavos, y yo no quiero que mis hijos sean tambien esclavos como mis padres.

«En el fondo Luisa tenia razon.

--«¿Pero nunca me has amado, Luisa?

--«Sí, te he amado; pero me tiene cuenta amar ahora al que me da mi libertad: ¿me la puedes dar tú, seré tuya; te seguiré amando; puedes?

«Comprendí toda la fuerza de lo que me decia Luisa, y casi llorando contesté:

--«No.

--«Pues entonces si me quieres, como dices, no me quites lo que no puedes darme.

«No tuve ni que replicar: callé, y me retiré con un puñal de fuego en mi corazon.

«Era esclavo, y no podia ofrecer á esa muger que amaba mas que á mi vida, sino la esclavitud, y no podia dejar á mis hijos sino la esclavitud, y Luisa me habia hecho comprender lo espantoso de mi situacion.

«¿Qué hacer? No tenia mas remedio que perderla para siempre, y verla en brazos de otro. Entonces la tristeza mas profunda se apoderó de mi alma, y casi me enfermé.

«Luisa, á pesar de todo, me amaba; pero su corazon no era bueno.

«Un dia teniendo quizá lástima de mí, me dijo:

--«Teodoro, ¿qué esto no tendria remedio? Porque yo no puedo dejar de quererte enteramente.

--«¿Y qué remedio?--la dije--¿qué remedio hay para un esclavo?

--«Si tú fueras rico y nos pudiéramos ir muy lejos á vivir los dos solos en nuestra casita, queriéndonos mucho, cuidando á nuestros hijitos.

--«¿Pero de dónde tomaria yo ese dinero?

--«El amo es muy rico.

--«Y nada nos dará.

--«Por su voluntad ya lo creo......... pero hay otros modos.........

--«¡Luisa!

--«No, no te alarmes, piénsalo: él duerme solo, no podria resistirse. ¿Por qué él débil ha de ser nuestro amo? Con lo que él tiene, podemos ser muy felices: piénsalo.

--«No Luisa, por Dios no me tientes.

«Luisa no me contestó, pero yo en toda la noche me pude dormir: soñaba yo rios de oro y de plata, pero mezclados con sangre, y veía á mi amo muerto de una puñalada, y despues me sentia yo al lado de Luisa, que era ya mia, que no éramos esclavos; en fin, no sé cuántas cosas, pero pasé la noche mas agitada de mi vida.

«Me levanté y la luz del dia disipó aquellas visiones.

«Luisa estaba cada dia mas bella, y procuraba provocar mi pasion de cuantas maneras podia; ya descubriendo al pasar, y como por descuido, el nacimiento de su pierna torneada y bella; ya desprendiendo de sus hombros el trage como por causa de la fatiga, cuando conocia que yo la espiaba; ya cantando con pasion, de modo que pudiese oirla, coplas y endechas amorosas y provocativas.

«Al decaimiento moral de mi alma sucedió una excitacion verdaderamente peligrosa; pero que ella con una astucia infernal sabia mantener viva y darle la direccion que le convenia; jamás habia vuelto á alcanzar de ella favor de ninguna clase; olvidando la escena que yo mismo habia presenciado, le pedia de rodillas besar una de sus manos; la pasión ahogó los celos; pero era inflexible, y á todo me contestaba:

--«Yo quiero ser libre y rica: yo no me dejo besar de un cobarde.

«Una noche me agitaba inquieto en mi cama, sin poder dormir, sin olvidar un momento á Luisa, cuando sentí el roce de un vestido en la puerta y una escasa claridad alumbró la trastienda en que dormia: me senté creyendo que soñaba y me es tremecí: era Luisa, Luisa que se acercaba con un pequeño candil en la mano, media desnuda, cubierto apenas su hermosísimo seno con una manta que á cada movimiento de sus brazos caia, y que ella volvia á levantar.

«Su negro y rizado pelo se derramaba sobre sus hombros desnudos: brillaban sus ojos con un fuego desacostumbrado.

«Llegó hasta mi lecho y se sentó tomando una de mis manos.

--«Teodoro--me dijo--¿es verdad que me amas?

--«Sí,--le contesté,--te amo tanto, que estoy sintiendo cada dia que mi razon se va; que me vuelvo loco.

--«Pues entonces ¿por qué no quieres la felicidad que te ofrezco?

--«Luisa, porque es un crímen horrible lo que me propones.

--«No te parezco bastante hermosa para obtenerme por ese precio--dijo descubriéndose su seno.

«Atraje su cabeza y nuestras bocas se unieron, los labios de Luisa me abrasaron, pasé mi mano por la piel suave y aterciopelada de su pecho, sentí un vértigo, y abrazé su delgado talle.

--«Teodoro--me dijo retirándose--no seré tuya mientras no seamos libres y ricos: vírgen me encontrarás, y ésta será tu recompensa.

--«Haré lo que me mandes--contesté, comenzando á vestirme precipitadamente.

--«Así te quiero, así, Teodoro: valiente, decidido--y se acercó á mí y puso en mis labios el beso mas lascivo que pudo haber nunca inventado el amor, y el deseo de una muger de la raza negra.

«Estaba yo vestido.

--«Busca una arma--me dijo--Don José duerme, es apenas media noche; cuando amanezca estaremos muy lejos.

--«¿Y tu madre?--le pregunté decidido ya á todo.

--«Nos seguirá á nosotros, ó á Don José, me contestó. «Quedé horrorizado, y dudé.

--«¿Vacilas, amor mió?--me preguntó abrazándome, y poniendo uno de sus pies desnudos sobre uno de los míos, desnudo también.

«Al sentir aquel pié, aquellos brazos, aquel pecho que despedían fuego, volví á encenderme, besé á Luisa y busqué en la tienda una arma para consumar el crímen.

«Luisa me tomó de una mano y me condujo para el aposento de mi amo.

«Temblaba mi mano con el arma, pero aquella muger tan hermosa, tan seductora, tan provocativa, dejándome entrever tantos encantos, oprimiendo mi mano, comunicándome por allí el fuego de su diabólica exaltación, me cegaba, me enloquecia.

«Llegaba á la puerta del aposento en que dormia tranquilamente mi amo y me detuve.

--«Anda--me dijo Luisa dulcemente, levantándose sobre la punta de sus piés, apoyado su cuerpo sobre el mio para darme un beso--anda.

«Puse la mano en el prestillo, iba á abrir, cuando en la puerta de la tienda sonaron acompasadamente tres golpes vigorosamente aplicados.

«Luisa y yo quedamos inmóbiles, y sin atrevernos ni á respirar, no sé qué de pavoroso había en aquellos golpes.

«Trascurrieron así algunos instantes y los golpes volvieron á repetirse tan acompasados como la vez primera, pero aplicados con mas fuerza.

«Entonces Luisa se deslizó á su aposento y yo volví á la tienda.

--¿Quién va?--pregunté, procurando dominar la emocion que hacia vacilar mi voz embargada por la escena que acababa de tener lugar.

--Abrid á la Inquisicion, abrid al Santo Oficio--me contestó desde afuera una voz cavernosa.

«Tan grande fué mi sorpresa que dejé caer el cuchillo que llevaba aun en la mano, y que no me había acordado de poner en su lugar.

«El nombre del Santo Tribunal heló mi sangre; llegaba en el momento en que iba yo á cometer un crímen; me parecia que Dios lo enviaba para castigar mi intencion, que en el rostro iban á conocer mis pensamientos.

«Inmóbil permanecia como clavado en la tierra, cuando aquella voz repitió desde afuera:

--«Abrid á la Inquisicion, abrid al Santo Oficio.

«Volví entonces en mí, y corrí precipitadamente al cuarto de mi amo que habia ya despertado, y que encendiendo luz habia comenzado á vestirse.

--«¿Qué hay, Teodoro?--me preguntó.

--«Señor, señor, el Santo Oficio.

--«¡El Santo Oficio!--dijo dando un salto de la cama.

--«Sí, señor, sí, señor.

«Se levantó precipitadamente y tomó la luz.

«Abrimos la tienda, y un comisario de la Inquisicion seguido de ocho ó diez familiares cubiertos con sus capuchones, estaban en la calle, traian varios faroles y se habian detenido ocupados en levantar las piedras que formaban el quicio de una de las puertas. Hicieron una seña á mi amo que se detuvo mientras terminaba la operacion.

«Levantaron algunas piedras, rascaron un poco la tierra, y mi amo dió un grito de espanto: un Santo Cristo grande de bronce estaba allí enterrado, precisamente en el lugar por donde entraban los marchantes.

--«¿Don José de Abalabide?--dijo con voz solemne el comisario del Santo Oficio.

--«Yo soy--dijo temblando mi amo.

--«Dese preso á la Inquisición.

«Mi amo quedó preso entre dos familiares, y los demas se entraron á registrar la casa, llevándome en su compañía.

«En el cuarto de mi amo, en un rincon, se encontró otro Cristo de madera grande con huellas de golpes y algunas disciplinas de alambre cerca de él, todo tirado en el suelo, y el Cristo aún sucio en el rostro, como de señales de salivas.

«En lo demas de la casa, nada: yo noté con asombro que solo Clara estaba allí, y que Luisa habia desaparecido.

«Un depositario se encargó de todo en nombre de la inquisicion; se pusieron los sellos del Santo Oficio en todas las puertas y ventanas, en todos los cajones y armarios, y mi amo y Clara, y yo, fuimos conducidos presos.

«Luisa estaba en mi pensamiento, sobre toda preocupacion, y al salir, acercándome á Clara, deslizé en su oido estas palabras:

--«¿Y Luisa?

--«Nada sé--me contestó.

--«Agaché la cabeza, y seguí á los familiares que me llevaban.»

XIV.

En que el negro continúa su historia.

«Llegamos á las cárceles del Santo Oficio, y allí nos separaron á los tres.

«Algunos dias trascurrieron sin que se ocuparan de mí; al fin me sacaron á dar mi declaracion.

«Preguntáronme si era esclavo y cristiano--y contesté--que sí.