Monja y casada, vírgen y mártir

Part 4

Chapter 43,950 wordsPublic domain

El negocio de la fundacion del convento de Santa Teresa, estaba de tal manera identificado con sus amores, que creía servir á Doña Beatriz ayudando al Arzobispo.

Cerró la noche y D. Fernando se dispuso para salir.

Sin embargo de su valor, creyó necesarias algunas precauciones.

Vistióse bajo su ropilla, una ligera cota de maya de acero, perfectamente templado, y que podia resistir el golpe de un puñal sin perder uno solo de sus anillos; y ademas de su espada y de su daga prendió en su talabarte dos pequeños pistoletes, se caló un ancho sombrero adornado de una pluma negra, se cubrió con un ferreruelo de vellorí y salió á la calle.

Registró con la vista por todos lados, pero nada pudo descubrir á pesar de que el cielo no estaba entoldado como la víspera, y la luna alumbraba bastante.

Don Fernando echó á andar, y detrás de él se destacó un bulto que comenzó á seguirle á cierta distancia; pero sin alejarse mucho ni perderle de vista.

El Oidor caminaba de prisa, pero podia notarse que cuidaba siempre que le era posible de ir por la mitad de la calle, y no torcer en las esquinas cerca de los muros de las casas.

El hombre que le seguia debia ir descalzo, porque sus pisadas no producian el menor ruido marchando como los gatos, sin que pudieran sentirse sus pasos.

En esos dias estaba en construccion el templo de la Catedral, y casi todo el terreno que esta ocupa, estaba lleno de andamios, de montones de piedra, de madera, de inmensos bloques de granito, en fin, de todo eso que formando para los profanos un caos inesplicable, es el pensamiento del arquitecto que va con la luz de la inteligencia á moverse, á ordenarse, á colocarse, á formar una maravilla del arte, y á materializar en una mole gigantesca una idea encendida en la pequeña cabeza de un hombre.

Desde allí se descubria la puerta del Arzobispado, y entre aquellos materiales acumulados se perdió, como que se desvaneció, el hombre que seguia al Oidor. Era indudablemente el lugar mas propio para ocultarse, y para vigilar á todos los que entrasen ó saliesen del palacio del Arzobispo.

Don Fernando preguntó por su Ilustrísima, y un familiar le hizo entrar inmediatamente.

--¡Albricias!--dijo alegremente el Arzobispo al ver á Don Fernando.

--De las mismas--contestó el Oidor, siguiendo el humor del prelado.

--El virey da su beneplácito para continuar la obra inmediatamente; aquí está la órden.

--Mil parabienes.--¿Pero cómo logró tan pronto su Ilustrísima.........

--¡Ah! no ha sido poco el trabajo: su Excelencia estaba realmente prevenido, ese Don Alonso de Rivera, y su amigo Don Pedro de Mejía (Dios se los perdone), han trabajado con un teson digno de santa causa.

--Pero al fin.

--Ahora vereis, al llegar al palacio pareciome mas prudente consejo tener vista con mi señora la vireina, que como sabeis, muestra particular empeño en nuestra fundacion porque allá en su mocedad estuvo algunos meses en un convento de Carmelitas descalzas, y su santo celo nos ha dado tambien en sus dos hijas piadosos auxiliares para nuestra empresa. Su Excelencia debia entrar á la cámara de la vireina pocos momentos despues que yo, pero tiempo tuve suficiente para prepararla, así como á las dos niñas; de manera que ellas y yo, tanto instamos y rogamos, y suplicamos, que su Excelencia no pudo menos de darme la órden que yo solicitaba. ¡Ah, señor Oidor! Este ha sido un triunfo que hemos alcanzado, y que es preciso aprovechar sin pérdida de tiempo.

--Yo aseguro á vuestra señoría Ilustrísima, que mañana en la tarde no conocerá el lugar en que las casas existieron.

Y el Arzobispo y el Oidor continuaron, lo menos por dos horas, hablando de sus planes..............................

Teodoro, que seguia á D. Fernando, se ocultó en las obras de la nueva Catedral: buscó un lugar desde donde observar la puerta del Arzobispado, y colocándose á su sabor se quedó inmóbil.

Una hora habia permanecido allí confundido por su color negro con la sombra del naciente edificio, cuando sintió un leve rumor de pasos que se acercaban por el mismo camino que él habia traido.

Con mucha precaucion levantó la cabeza y vió tres hombres que procuraban ocultarse tambien, muy cerca de el lugar que él ocupaba.

--Está seguro--dijo uno de ellos al otro: está en el Arzobispado.

--Tan seguro, que yo le ví entrar desde la pared de enfrente adonde me dijiste que me quedara de vigía.

--Sí debe ser, porque quien nos manda me dijo que debia venir esta noche á ver al Arzobispo, y que por aquí debia pasar al retirarse.

--Seguro es el golpe.

--Ahora esperad, y silencio.

Y todos callaron: Teodoro no habia perdido una palabra.

Mucho tiempo trascurrió así, y Teodoro observaba de cuando en cuando una cabeza que se alzaba muy cerca de él para mirar la calle que venia del Arzobispado: la luna estaba ya en la mitad del cielo.

Por fin sonó una puerta y se percibió un bulto negro que, saliendo del palacio del Arzobispo, se dirigia al lugar de la emboscada.

--¿Es él?--dijo uno de los hombres.

--Debe ser--contestó otro;--pero es necesario estar muy seguros, y sobre todo no precipitarnos, porque anda siempre bien armado, y es diestro.

--Pero solo.

--No le hace.

El bulto se acercaba mas y mas.

--Él es, dijo uno.

--Listos!--contestó el otro.--Y los tres sacaron de la vaina sus puñales sin levantarse.

El bulto se percibia ya claramente; era el Oidor y pasaba por delante de los hombres ocultos.

Entonces sin hacer ruido, y como si hubieran sido unas sombras todos, se alzaron; pero no advirtieron que no eran ya tres sino cuatro.

--¡A él!--gritó uno precipitándose; sobre el Oidor; pero antes que hubiera podido acercársele recibió en la cabeza un golpe terrible, que le hizo caer á tierra sin sentido. Don Fernando tiró de la espada y se puso en guardia; pero la precaucion era inútil: al mirar su actitud, el auxilio inesperado que le llegaba y la caida de uno de ellos, los asesinos echaron á huir.

Ni Don Fernando ni el negro pensaron en seguirles, el Oidor quedó con su espada en la mano, y el negro con su habitual indiferencia, cruzados los brazos, contemplándole y teniendo en medio de ellos el cuerpo de aquel hombre, que no se sabia si estaba muerto, ó privado.

--¿Quién sois, y qué quereis?--preguntó Don Fernando al mirar que el negro no se movia.

--Soy el negro Teodoro, y solo quiero servir á su señoría en lo que me mande.

--¡Teodoro! ¿qué haces aquí?

--Seguir á usía.

--¿Seguirme? ¿y para qué?

--La señora mi ama sabia que esta noche querian la muerte de usía.

Don Fernando se puso pensativo.

--¿Ella te ha mandado?

--No, yo le pedí licencia para acompañar á usía en esta noche.

El Oidor volvió á callar por un rato.

--¿Este hombre está muerto?

Teodoro se inclinó y puso su mano en la boca, y luego en el corazon del hombre.

--Está vivo--contestó.

--¿Con que le heriste?

--Con mi mano.

--Seria bueno llevárnosle.

El negro sin esperar mas, levantó al herido, que gimió débilmente; como hubiera podido alzar á un niño, y se volvió como para esperar una nueva órden.

--Vamos, dijo el Oidor, mirando si en el suelo habia algo.

--Aquí está el arma de éste--dijo Teodoro levantando un puñal del suelo.

Don Fernando guardó su espada y se puso en marcha seguido del negro que llevaba á cuestas al herido, avanzaron un poco y se oyó un rumor de pasos: eran dos hombres que traian la direccion opuesta y con los que debian encontrarse.

--¡Ah de los que van!--dijo uno de los dos.

--¡Alto los que vienen!--contestó Don Fernando sacando la espada.

A la luz de la luna se vieron brillar los estoques de los que venian. Teodoro puso en el suelo con mucho cuidado al herido, y se colocó al lado de Don Fernando.

--¿Quién va?--dijo una voz.

--Oidor de la Real Audiencia--contestó Quesada adelantándose.

--Mi señor Don Fernando de Quesada.

--Señor Bachiller--contestó el Oidor.

--Loado sea Dios, que encuentro á su señoría, porque en alas del temor, hemos venido en su busca. ¿Ha tenido su señoría.........?

--Un mal encuentro; pero á Dios gracias que con el refuerzo de Teodoro, ni yo tuve por qué sentir, ni ellos por qué alegrarse: mirad.

--Teneis un cautivo.

--Es la proeza de Teodoro, pero retirémonos que no seria prudente que así nos viesen.

--Si no le disgusta á usía, me tomaré la licencia de acompañarle.

--No cabe disgusto en lo que causa satisfaccion: acompañadme.

Teodoro alzó su carga y los cinco llegaron á la casa del Oidor.

--Ahora, señor Bachiller, dijo el Oidor, tócame mi turno de ofreceros en esta noche la hospitalidad que á tales horas, témome que no encontreis abierta vuestra habitacion.

--De grado acepto--contestó Martin--y no temo incomodar á su señoría, porque algunas cosas tengo que poder comunicarle.

--Pues pasad.

--Permítame usía despedir á este compañero.

El Bachiller habló algunas palabras con el embozado que le acompañaba, y éste se retiró, haciendo una profunda carabana al Oidor.

El negro habia permanecido firme cargando á su hombre.

Cuando estuvieron dentro ya de la casa y cerrado el zaguan, el Bachiller dirigiéndose al herido, dijo:

--¿Y de éste, qué dispone su señoría?

--Lo veremos.

Un lacayo trajo un candil.

--No lo conozco--dijo Martin.

--Yo sí--agregó el Oidor,--y sobre todo por la librea. Es un paje de la casa de Don Pedro de Mejía; por mi fé que no perdona mi señor Don Alonso medio de oponerse á la fundacion.

--¿Creeis?

--Estoy seguro.

--Encargaos de ese hombre--dijo á sus criados Don Fernando, y subid vosotros conmigo--agregó dirigiéndose á Martin y á Teodoro.

X.

Lo que habia visto y sabido el Bachiller en la casa de la Sarmiento.

La Sarmiento guiaba alumbrando á Martin en el subterráneo; en el fondo de la segunda bóveda habia una mesa cubierta con una bayeta negra, vieja, y llena de manchas y de agujeros.

Las bóvedas eran un confuso depósito de objetos raros y horribles, esqueletos, cráneos, animales vivos ó disecados, cajas y vasijas de figuras estrañas, armas, vestidos, libros, papeles, bolsas y sacos de todos tamaños, hornillos y braceros, yerbas, flores, ramas y troncos de árboles, pero así, como perdiéndose, ocultándose entre sombras sin contornos, sin precision, como desvaneciéndose unos objetos en los otros.

Martin era hombre de talento, y procuró no mostrarse admirado de nada.

--Valiente coleccion de porquerías guardais aquí--dijo á la Sarmiento.

La vieja volvió el rostro para verle, entre admirada y colérica.

--¡Qué entendeis vos de todo esto!--contestó--sentaos.

El Bachiller se sentó en un sillon de baqueta negra sin bra zos, y que tenia un respaldo alto, que casi terminaba en punta.

--Hablemos--dijo la Sarmiento.

--Ante todo, permitidme que os diga que con perdon del Santo Oficio, tanto creo en las brujas, como creer en el Purgatorio, y así podeis escusaros de intentar conmigo hechizos, que será perder vuestro tiempo.

--Mas convencido quedareis al salir de aquí, de vuestra ignorancia, que yo lo estoy de que teneis que acabar vuestra vida en las cárceles secretas del Santo Tribunal.

--No me digais eso ni de chanza, que de la Inquisicion tengo tanta fé de que existe como de Dios.

--Producciones teneis para salir con el sambenito.

--Dejemos eso y vamos á lo que me habeis prometido.

--Vamos--decis que se trata de asesinar esta noche á un hombre.

--Sí.

--¿Y quereis saber si morirá hoy ó muy pronto?

--Holgárame de saber la verdad.

--Bien, ¿teneis sobre vos alguna prenda suya?

El Bachiller se registró.

--Ninguna.

--Entonces escribid su nombre en este pergamino.

La bruja presentó un pequeño pedazo de pergamino al Bachiller, tomó éste una pluma y puso el nombre del Oidor.

La bruja encendió un candil de forma estraña.

--¿Qué es eso?--preguntó Martin.

--Es un candil que se alimenta con sangre humana, y la mecha está sacada de sudario de un ajusticiado.

El Bachiller se sonrió con desprecio. La bruja tomó el pergamino y lo acercó á la llama, el pergamino se incendió produciendo una luz blanca y hermosa.

--Este hombre está enamorado y correspondido.

--¿En qué lo conoceis?

--En la luz blanca.

Luego se apagó repentinamente.

La Sarmiento recogió las cenizas.

--Este hombre no poseerá á la muger que ama.

--¿Por qué?

La luz se apagó de repente, y las cenizas quedaron negras.

La Sarmiento trajo una gran bandeja de acero y mezcló alli diferentes líquidos, pero siempre quedaban trasparentes y limpios.

--Poned cuidado--dijo al Bachiller--si al arrojar las cenizas en esta agua se pone roja inmediatamente, vuestro amigo morirá hoy de mala muerte; si no, cada burbuja de aire que salga será un mes de vida que le quede, hasta que el agua cambie de color y entonces morirá, si el agua se torna verde, su muerte será tranquila; si roja, morirá de mala muerte.

Martin no creia, y sin embargo, estaba trémulo y su corazon latia con una violencia terrible y no se atrevia á separar los ojos de la vasija.

La bruja dijo entre dientes algunos conjuros y arrojó en el agua las cenizas.

Martin contuvo hasta la respiracion; la Sarmiento tenia las manos estendidas sobre la vasija, una víbora silvaba en uno de los rincones de la bóveda, los dos candiles encendidos encima de la mesa producian una especie de chisporroteo siniestro.

El agua permaneció limpia, derrepente se agitó en el medio y una burbuja apareció en la superficie y reventó luego.

--Una--dijo Martin, arrojando su aliento contenido.

Volvió á agitarse el agua y otra burbuja apareció.

--Dos--dijo Martin.

Las burbujas continuaban brotando.

--Tres, cuatro, cinco.

--Cinco--repitió el Bachiller, mirando con ansiedad que no salia otra,--cinco.

El agua parecia querer hervir, arrojó una especie de humo y repentinamente se puso roja como si hubiera sido de sangre.

--¡Jesus!--dijo Martin apartando el rostro espantado.

--Cinco meses de vida, y morir de mala muerte--dijo con solemnidad la Sarmiento.

--Es imposible--dijo Martin--os habeis equivocado.

--Lo desearia, porque tanto veo que os apena, pero temo que no.

--Cinco meses no mas, y morir.........

--Asesinado.........

--¿Asesinado?

--¿Quereis saber quién le matará?

Martin reflexionó.

--¿Podré matarle yo antes?--dijo.

--No, porque entonces faltaria el pronóstico.

--Entonces no.

--Como gusteis.

Martin inclinó la cabeza, y luego repentinamente dijo:

--Sí, sí, probad á decirme quién le matará, ¿¿podeis??

--Haré por conseguirlo.

La Sarmiento puso sobre la mesa un hornillo y comenzó á meter en él trozos de madera que tenian formas y colores raros, y entre los cuales algunos parecian manos, otras cabezas, otros brazos.

--¿Qué leña es esa?--preguntó Martin preocupado.

--Son pedazos de estátuas de santos.

El Bachiller no estaba para objetar aquella profanacion.

La bruja encendió en el candil una pajuela de azufre, y la colocó entre la leña: la llama se alzó.

El humo de la pajuela y el que arrojaba la pintura de la madera que servia de combustible, producian un olor sofocante.

La bruja colocó sobre el hornillo la vasija con el líquido que habia quedado rojo, y comenzó á decir conjuros dando vueltas en derredor de la mesa.

Poco tardó el líquido en entrar en ebullicion y exhalar un vapor luminoso: la Sarmiento mató la luz de los candiles.

Martin creia soñar con el resplandor rojizo de la llama, la casa de la Sarmiento, y los objetos que alcanzaban á alumbrarse tomaban formas fantásticas; parecian animarse y moverse los esqueletos, los animales disecados, todo se agitaba con la vacilante claridad de las llamas, y en medio de todo, la vasija arrojando un vapor luminoso y blanco, en el que Martin nada veia, pero en el que la Sarmiento parecia leer.

--Ese hombre morirá por mano de un amigo suyo.

--Pero ¿quién es? ¿Una seña? ¿Un indicio?

--Es un jóven......... sí, muy jóven......... esta tarde le ha visto......... ahí están......... juntos......... el amigo le da una cosa......... no les veo los rostros......... le da una alhaja, una alhaja de la muger que el muerto ama......... un cintillo....

--¡Muger!

--Sí, le da un cintillo......... y ese......... ese es el que lo matará......... su asesino.

--Mientes, mientes bruja infernal--esclamó el Bachiller precipitándose sobre ella y tomándola de un brazo.--¿Dí que mientes; ó aquí tú serás la que muere.

--Estais loco,--contestó la Sarmiento sin inmutarse,--¿por qué os he de decir que miento? Vos quisisteis saber la verdad; no os agrada; tanto peor para vos.

--¿Pero estás cierta de lo que dices?

--Jamás evocacion ninguna, me ha salido tan clara.

--Pues sácame de aquí; sácame pronto.

--¿No quereis saber nada mas? Esta noche estoy de buenas.

--Nada quiero saber, sácame de aquí.

--Sea como quereis; pero esperad.

La Sarmiento volvió á encender la luz que le habia servido para bajar al subterráneo, apagó el fuego del hornillo y colocó todo en su lugar.

--Vamos--dijo impaciente Martin.

--Vamos: pero antes juradme que ni en el Santo Oficio, puesto en cuestion de tormento revelareis la existencia de este lugar, ni vuestras relaciones conmigo.

--Lo juro á Dios.

--No, no es á Dios á quien debeis jurarlo.

--¿Pues á quién?

--Al diablo--dijo la Sarmiento, haciendo una especie de reverencia.

El Bachiller vaciló:

--¿Qué hay?--dijo la bruja.

--Pues lo juro al diablo.

La vieja tiró de una reata que pendia del techo, y se oyó un rumor como el que produce un carro que rueda en un empedrado.

--¿Qué es eso? preguntó Martin.

--Vuestro juramento ha sido recibido.

A pesar de su valor y de su esceptisismo, Martin se estremeció.

--Vamos--dijo.

--Vamos.

Subieron la escalera del caracol y se encontraron en la casa.

Con los sordo-mudos habia un nuevo personaje.

Era un hombre de la raza indígena pura, con su tez cobriza, su pelo negro y lacio, sin barba, y con un escaso bigote.

Vestia una ropilla ordinaria de velludo, con calzon de escudero y unas medias calzas de venado: estaba envuelto en un tabardo gris y conservaba en su cabeza un sombrero de anchas alas.

Al sentirse en otra atmósfera, el Bachiller recobró su sangre fria y le pareció como que todo no habia sido sino una pesadilla.

--Ahuizote--dijo al recien venido--creía que tenias aventura esta noche.

--Sí--contestó el Ahuizote--un riquillo que queria que lo acompañáramos á sacarnos una muchacha, pero le entró miedo y se arrepintió.

--¿Y podrás acompañarme?

--¿A dónde?

--Vamos á impedir que asesinen á un amigo mio.

--Te ayudaré--dijo el Ahuizote, parándose.--¿Quién es él?

--Don Fernando de Quesada--el Oidor.

--No voy--dijo sentándose otra vez el Ahuizote: yo no defiendo gachupines.

--Es un amigo.........

--Aunque.

--Bien, no vayas; pero recuerda que no es él quien te pide compañía, sino yo. Quedad con Dios, señora Sarmiento.

--Él guie á su merced, señor Bachiller.

Martin abrió la puerta.

--Oye--dijo el Ahuizote.

--¿Qué cosa?

--Siempre te acompaño.

--Vamos.

--_Nican timocuepas_--dijo la Sarmiento en idioma mexicano al Ahuizote--que queria decir--vuelve acá.

--_Moztla teotlac_--contestó el Ahuizote--mañana en la tarde.

--_Tlacoyohuac tihuallas, âmo teotlac_--(á media noche vienes, y no en la tarde).

--_Quemâ_--(sí)--contestó el Ahuizote saliendo.

El Bachiller no entendió ni una palabra, pero tampoco preguntó.

Y los dos se dirigieron precipitadamente en busca del Oidor hasta encontrarlo, acompañado de Teodoro que conducia al herido.

XI.

Doña Blanca y Don Pedro de Mejía.

QUIZÁ no habia en toda la gran estension de la Nueva España un caudal mas rico, que el que al morir legara á sus hijos el padre de Don Pedro y Doña Blanca de Mejía.

Inmensas haciendas en la tierracaliente y la tierra fria: minas, casas, ganados, esclavos, abundantes vajillas de plata y oro, alhajas, incalculables existencias de mercancías, y sobre todo, una fabulosa cantidad de reales.

Por la última disposicion del testador, Don Pedro su hijo, mayor que Doña Blanca, en mas de quince años debia manejar toda aquella colosal fortuna, hasta que ella cumpliera veinte años ó se casara.

Don Pedro y Doña Blanca solo eran hermanos de padre, porque eran hijos de dos matrimonios: Don Pedro habia nacido en España y Doña Blanca en México. De aquí la gran diferencia de edad entre ellos, y el poco cariño que Don Pedro habia tenido siempre á Doña Blanca.

El conocimiento de la voluntad, testamentaria de su padre, y la idea de tener que entregar á Blanca la mitad del caudal, apagaron en el corazon de D, Pedro la última chispa del amor fraternal, el demonio de la codicia sopló en su cerebro, y entonces fué odio lo que concibió por su hermana.

A medida que los años pasaban, Don Pedro veia acercarse el dia tan temido para él: podia evitar que se casara Doña Blanca, pero no que cumpliera veinte años; y en la época á que nos referimos, la doncella tenia ya diez y siete.

Entonces comenzó aquella série de malos tratamientos, de que Doña Blanca se quejaba con Doña Beatriz de Rivera.

Doña Blanca permanecia esperando en su aposento la llegada de su hermano: presentia una tempestad, porque al encontrarse en las escaleras de la casa de Doña Beatriz habia visto á Don Pedro, mas severo y mas sombrío que de costumbre.

Las horas corrian y Don Pedro aún no aparecia por el aposento de Doña Blanca: la jóven sabia que él y D. Alonso de Rivera habian concertado para aquella noche la muerte del Oidor Quesada; pero no conocia los pormenores de la trama, podia ser que su hermano mismo fuese entre los que atacaran á Don Fernando, y esta idea la hacia temblar: ella veía á Don Pedro como á su hermano: le amaba á pesar de todo, y la idea de un combate entre él y Don Fernando, el amante de Doña Beatriz, de su única amiga, la hacia estremecer por el resultado, cualquiera que éste fuese. No se acostó y se estuvo rezando.

A la media noche oyó tocar en la puerta de la calle, luego rumor en los patios y en los corredores, y despues todo volvió á quedar en silencio.

Entonces oyó ruido por el pasillo que guiaba á su aposento, llamaron, y abrió. Don Pedro estraordinariamente pálido y sombrío se presentó.

--Estraño es--la dijo sin saludar--que á esta hora aun no os hayais recogido.

--Rezaba--contestó Doña Blanca tímidamente.

--Horas son estas en que solo las monjas rezan. ¿Os sentis acaso con la vocacion necesaria?

--Yo.........

--Doña Blanca, supongo que no habreis olvidado que os he encontrado fuera de la casa, de donde sin mi permiso habeis osado salir.

--Deseaba ver á mi madrina Doña Beatriz.

--Aun cuando así fuese, esto no volverá á repetirse, os lo advierto.

--Lo prometo.

--Podeis prometerlo ó no, que de mi cuenta corre el impedirlo; desde hoy no saldreis de este aposento, ¿lo entendeis?

--Sí.

--Aquí os servirán la comida.

--Pero.........

--Así lo he dispuesto, y con eso basta--dijo Don Pedro saliendo y cerrando tras sí la puerta.

Doña Blanca llorando, se arrojó vestida sobre su lecho.

--¿Por qué su hermano la trataba así, á ella tan sumisa, tan obediente, tan amorosa?

Muy lejos estaba aquella alma vírgen de comprender las negras pasiones que agitaban el corazon dañado de Mejía.

Don Pedro se encerró en su aposento y se sentó frente á un inmenso pupitre negro que tenia primorosas incrustaciones de marfil, representando aves, flores, hombres y edificios.

Sacó de la bolsa de los gregüescos un manojito de llaves de plata unidas por una argolla de oro, y abrió uno de los secretos del pupitre, buscó, y sacó un papel doblado en forma de carta.

Lo desdobló cuidadosamente y se acercó á la bujía de cera que ardia en un candelero de plata.

El pliego tenia un márgen blanco como se acostumbra poner les á los memoriales, y á guisa de sello ó de membrete, decia: «único dueño de mi albedrío,» y luego una carta.

«Dos dias hace que no venis á calmar mis amorosos anhelos, y estos dos dias hánme parecido dos siglos: ¿por qué me desdeñais? por vuestra vida que es la mia, venid.»

«Hánme dicho (lo que no quisiera ni imaginar) que tratais de vuestra boda con Doña Beatriz de Rivera; mas quisiera morir que creer en ello. Tan hermosa y rica dama, merece bien que en ella fijeis vuestros ojos, ¿pero podrá ella nunca amaros como yo? ¿podreis vos en un dia olvidar mi amor y vuestros juramentos?