Monja y casada, vírgen y mártir

Part 35

Chapter 354,011 wordsPublic domain

--Tendreis los seiscientos, que en el precio no paro para cumplir un antojo; ¿y cuándo?

--Mañana en la noche.

--Vengo de seguro.

--Venid.

--Hasta mañana.

Guzman se despidió y Bárbara se entro á meditar su plan.

A la mañana del otro dia la vieja comenzó á preparar á Doña Blanca.

--Hija mia--la dijo--¿pensais permanecer aquí toda vuestra vida?

--Por Dios, señora, ¿ya os enfadé?

--Por el contrario hija, deseara veros siempre á mi lado; pero como os quiero de veras y sois tan jóven, me causais lástima, aquí remontada como yo que soy una vieja.

--Pero ¿qué he de hacer?

--Algun hombre podria amaros y sacaros de aquí y llevaros muy lejos, donde nadie os conociera, donde de nada tuviérais que temer.

--Hacedme favor, señora, de no hablarme de eso jamás, si es que no deseais que me vaya, aunque me aprehenda la justicia.

--Bien, no os incomodeis, y dejemos esa conversacion. ¿Qué tal os sentís hoy?

--Cada dia mejor, gracias á vos.

--Muy pronto estareis completamente buena, con una bebida que voy á daros esta noche, y que os hará descansar mucho.

--Tomaré lo que querais, que bien sé lo que son vuestras medicinas.

--Voy á prepararla desde ahora.

La vieja estuvo toda la mañana hirviendo yerbas y probando los cocimientos hasta que pareció quedar satisfecha.

A cosa de las diez de la noche se llegó á Blanca llevándole una taza con una bebida.

--Tomad--dijo--y recojeos para que os haga provecho.

Doña Blanca bebió sin desconfianza todo el contenido.

--Está muy amargo--dijo.

--Es medicina, hija, es medicina.

Doña Blanca sintió que comenzaba á faltarle la voz--La vieja salió de la casa, y con un silbato de barro dió dos silbidos agudísimos.

Se oyó entonces el ruido de un caballo que se acercaba, y luego la voz de un hombre que decia á Bárbara:

--¿Ya está?

--¿A dónde está primero el dinero?

--Tomadlo, y en oro.

--Bien.

--¿Está privada, ó va con su voluntad?

--Ni uno ni otro.

--¿Pues qué hay entonces?

--Como queriais las cosas tan pronto y yo no tenia otra cosa, le he dado el toloatzin que la hace disvariar; pero que la deja muda y sin fuerzas por algun tiempo: aprovechad, que me habeis dicho que saliendo de aquí, todo corre de cuenta vuestra.

--Vamos, pues.........

Doña Blanca estaba en un estado de somnolencia, de dibilidad, que le parecia estraño; jamas habia esperimentado síntomas tales; sus brazos se aflojaban, su cuello se doblaba como negándose ya á sostener la cabeza, y sus ojos se iban cerrando.

Pero en medio de todo sentia un placer, que no sabia tampoco como esplicarse, una especie de tranquilidad, de descanso tan agradable, que sonreía sin querer.

A poco le pareció que se dormia y que comenzaba á soñar: una luz azulada, iluminaba su aposento, y entre esa claridad, como flotando en ella, aparecian los séres mas queridos de su corazon, Don Cesar, Doña Beatriz y Teodoro, y hasta la muger de Don Melchor, la protectora de la pobre Sor Blanca.

Aquellas figuras fantásticas no tocaban el suelo, se deslizaban, como una ráfaga de luz en el espacio.

De repente, vió tambien mezclados entre esos séres tan conocidos para ella otros nuevos: eran Bárbara la vieja curandera, y un hombre que ella no conocia, pero entre todas aquellas sombras, solo estas dos parecian tener cuerpos.

Se acercaron, Blanca sintió entonces, que la alzaban del lecho, quiso gritar y resistirse pero no pudo.

El hombre desconocido cargó con ella y la llevaba, alumbrando la vieja.

Llegaron á la puerta de la casa: se desprendia del cielo una tempestad horrible; entre la densa oscuridad, que todo lo envolvia cruzaban los rayos atronando los bosques, y las cañadas: el agua caía á torrentes, y rugia el viento entre los encinos de la selva.

Una ráfaga de viento apagó la luz que llevaba la vieja. Doña Blanca no vió mas, pero sintió que pasaba á otros brazos.

--Horrible está la noche señora Bárbara.

--Témome que os vayais á caer por ahí.

--Conocemos muy bien el camino de nuestra casa.

--Pero vais á llegar como una sopa.

--No le hace, ya me pagará esta buena moza estos trabajos.

El hombre soltó una carcajada.

--Y muy pronto--contestó riéndose tambien Bárbara.

--Puede que antes de que amanezca; ya nos vamos.

--¿Estais listos?

--Sí, adiós.

--Que Dios os lleve con bien.

La vieja cerró su puerta.

La tempestad seguia á cada momento mas fuerte: todas las pequeñas vertientes de la montaña eran rios caudalosos, y los rayos, y el viento y el agua, formaban un estruendo horrible.

Si se rasgaba la densa oscuridad, con la luz pasajera de algun relámpago, era para volver mas negra que ántes.

Guzman llevaba á Blanca en la silla, y un criado le seguia; pero apenas se podia caminar, la tormenta borraba el camino.

--Sotero--dijo Guzman--tú que caminas mas libre pasa por delante para darme la vereda y reconocer, no vayamos á dar á una barranca.

El hombre pasó adelante y siguieron el camino, paso á paso.

Todos estaban empapados, y Blanca comenzaba á volver en sí, y á comprender lo que le pasaba.

Las imágenes de su sueño se confundian sin embargo, con la realidad, y no podia separarlas completamente.

¿Qué iba ella haciendo, en medio de aquella noche tan horrorosa? ¿Quién la llevaba? ¿A dónde se dirijian?

El movimiento del caballo la molestaba mucho, quiso hablar, no le fué posible, quiso alzar un brazo, y tampoco.

Seguía lloviendo: de repente el guía se detuvo.

--¿Qué sucede? preguntó Guzman con impaciencia.

--Que creo que hemos estraviado el camino.

--¡Maldita sea mi suerte!--gritó Guzman acompañando estas palabras con horribles juramentos, que hicieron estremecer de pavor á Doña Blanca--á ver, baja de tu caballo, reconoce el terreno, mas de tres años hace que andas conmigo por aquí.........

El hombre bajó del caballo, y procuró adivinar el camino.

--¿No encuentras nada?

--No, señor.

--¡Maldita sea tu raza! ven acá á tenerme á esta muger mientras yo reconozco en donde estamos; cuidado que te se vaya á caer, porque á tí y á ella os arrojo á la barranca.

Si Blanca hubiera podido, hubiera gritado de espanto; el lenguaje de aquel hombre la horrorizaba mas que los tormentos de la Inquisicion; habia llegado á comprender que estaba á disposicion de aquella fiera, y que no era la muerte la que le esperaba; pero su situacion le parecia tanto mas desgraciada, cuanto que creia que en lo de adelante no se podria mover mas, y aquel hombre dispondria de ella como de un sér sin voluntad.

--¡Simple!--gritó Guzman--¿cómo no has podido reconocer en dónde estamos? es buen camino.

--¿Buen camino?

--Sí, ¿á que no sabes qué es aquí? mira bien.

--No reconozco.

--Pues aquí está la barranca que pasa por nuestro rancho, y este es el paso que le llaman de «La Monja Maldita.»

Aquello era una especie de anuncio, de aviso del cielo, entendió Blanca; el nombre de la «Monja Maldita» despertó en su corazon tantos recuerdos y tantos temores, que lanzó un débil gemido.

Guzman, que estaba ya cerca, le oyó.

--¡Hola, Sotero! ¿qué estarás haciendo á esa niña?

--Nada, señor.

--¿Nada? ¡ya verás maldecido!

Volvió á subir Guzman á la grupa del caballo en que estaba Blanca, y continuaron caminando.

Doña Blanca comenzó á quejarse.

--¿Qué tienes, mi vida?--dijo Guzman acariciándole el rostro.

Doña Blanca hubiera deseado morir antes que continuar en aquella situacion, pero por fin su voluntad comenzó á ser obedecida por sus miembros, y pudo levantar ya un brazo para apartar de su rostro la mano de Guzman.

--¿Te haces la desdeñosa?--pues toma, dijo Guzman--y plantó sus labios sobre la boca de Doña Blanca.

Blanca quiso gritar, y gritó.

Comenzaba á salir de su estado de inmovilidad y de mutismo.

Era ya la mañana, la tempestad habia cesado, y la luz bañaba toda la montaña, cuando llegaron al rancho de Guzman.

XXII.

En que se sabe lo que habia sido de Martin y de Don Cesar.

Don Cesar, Martin y María, tomaron la misma noche de su fuga de la Inquisicion el camino de Acapulco.

Siguieron por varios dias su marcha sin interrupcion pasando con nombres supuestos, que prudentemente se habian dado, hasta llegar á la cañada de Cuernavaca.

Allí Martin resolvió quedarse.

La Inquisicion no era á él á quien perseguia, su muger podria escapar fácilmente en los dias primeros de la persecucion, y luego, cuando todo se hubiera ya calmado, volverian á México, en donde podrian seguir viviendo cómodamente.

--Cierto que es un excelente plan--dijo Don Cesar cuando lo hubo oido--pero tiene tantas ventajas para vosotros como inconvenientes para mí.

--¿Por qué?

--Mirad; que tanto cuanto es fácil para vos tener oculta á María, á mí me es imposible ocultarme; el Santo Oficio se fijará en mí mas que en ella, y es casi seguro que á estas horas, exhortos habrá por todos los pueblos para mi aprehension; así es que cuanto ántes necesito huir y ponerme muy fuera del alcance del Santo Oficio.

--Entonces, ¿qué pensais hacer?

--Pienso dirijirme al puerto de Acapulco. En estos momentos se apareja allí la gente de todas armas que el gobierno del virey, marqués de Gelves, va á enviar á Filipinas; calcúlome llegar hasta allá sin novedad, presentarme como voluntario en las nuevas tropas del rey, embarcarme con ellas, pasar á Manila, y pensar allí lo que puedo hacer para estar libre.

--Acertada es vuestra resolucion.

--Detiéneme, sin embargo, solo una cosa.

--¿Cuál es ella?

--El abandonar á Doña Blanca á su propia suerte.

--Así estaria aun cuando vos permanecieseis por aquí, que en el Santo Oficio ha caido, y ni esperanzas hay de poderla valer de algo.

--¿Pues cómo nos salvamos, María, yo, y Sérvia?

--Por lo mismo, esos casi son milagros que no se repiten á menudo, y por haber acontecido éste debeis de tener mas seguro que no sucederá otro muy pronto. Los ministriles han de estar con tantos ojos abiertos, y se redoblarán las precauciones á tal grado, que á no ser un verdadero prodigio, en muchos años no oireis decir de otra fuga.

--Sin embargo, paréceme una ingratitud.........

--Escuchad, Don César, y no os preocupeis; por vos no es posible que nada alcanceis: ahora, respondedme: ¿os queda algun influjo poderoso que mover? y en caso que querais procurároslo, ¿no temeis que á los primeros pasos os prendan y quedeis peor que ántes? El delito de que era acusada María era leve en comparacion del que se os imputa, yo tenia con el Arzobispo motivos grandes para pedir una gracia, él se ha empeñado tambien por su parte, y sin embargo, ¿qué consiguió? nada, nada, y si no hubiera sido por la astucia de Teodoro, aun tienen en la Inquisicion á estas desgraciadas. Creedme, D. Cesar, y partid; si en algo necesita de mí Doña Blanca, le serviré con la lealtad que me conoceis, y tendrá en mí un apoyo; pero vos, partid.

Don Cesar reflexionó un poco, y por fin, levantando con resolucion la cabeza, exclamó:

--Partiré ahora mismo--¡pobre Blanca!

--¡Gracias á Dios que os resolveis!

Don Cesar, sin hablar ya mas, se despidió de Martin y de María, y montando á caballo, tomó el camino de Acapulco; Don Cesar conocia aquel camino porque lo habia andado cuando salió desterrado por su desafío con Don Alonso de Rivera, y cuando volvió de ese destierro.

Martin y su muger se internaron por los pueblitos de la tierra caliente buscando un hogar en donde pudieran pasar algunos meses sin ser conocidos.

Cosa de doce dias tardó Don Cesar en llegar hasta Acapulco, el camino habia sido para él una constante lucha: á cada momento intentando volverse en busca de Blanca, y recordando luego las reflexiones de Martin, se detenia algunas ocasiones á meditar, y perdido en sus pensamientos, permanecia una hora entera, en medio del camino sin moverse.

Por fin llegó al puerto.

Acapulco era en aquellos tiempos, el puerto mas importante de toda la Nueva España, por allí se hacia el comercio con la China, por allí entraban todas las mercancías, y por allí salia la gente y los refuerzos que de Nueva España se remitian á las Filipinas.

Cada virey procuraba que en su tiempo se hiciesen mayores envíos tanto de dinero á la corona de España como de gente á Manila.

El marqués de Gelves en los dias del tumulto, preparaba una grande espedicion, que no pudo ver realizada por todos los acontecimientos de México, pero un sobrino suyo encargado de este asunto en particular, continuó con mas brio, y con mayor empeño armando y equipando gente.

La audiencia de México como todo usurpador, veia en todo un amago á su seguridad, y una conspiracion contra su poder: la noticia de la gente que se armaba y disponia en Acapulco, llegó á la capital de la Colonia, y se aumentó y se comentó la noticia; se representó aquella gente como un ejército dispuesto á marchar ya sobre México á derribar á la audiencia y á restablecer en el vireinato al marqués de Gelves.

En consecuencia, salieron órdenes disponiendo que se suspendiera todo apresto.

Cuando Don Cesar llegó á la plaza de Acapulco, habia en ella una curiosa animacion.

Españoles, indios, negros, chinos, mulatos, todos cruzaban por las calles, alegres y conversando en voz alta en sus diferentes idiomas, los soldados y los marineros que iban á partir se despedian, los que se quedaban en tierra se empeñaban á porfia en ofrecer á los que se marchaban, frutos de la tierra que muchos de ellos no debian volver á probar en su vida.

En la bahia se balanceaban majestuosamente en medio de una mar tranquila y azulada, los bajeles de la flota que iba á partir para Filipinas. Todos esperaban con terror ó con ilusion aquella partida, y en medio de aquel rumor, se aguardaba á cada momento escuchar el cañonazo que anunciara la marcha.

Don Cesar se dirijió á uno de los soldados que encontró en la calle.

--¿Podriais indicarme señor soldado--le dijo--en donde me seria posible presentarme para tomar lugar en vuestras filas?

--Mirad allá--donde está la banderita del rey, vive el intendente; pero si quereis yo os conduciré, que en la compañía en que sirvo y debe partir hoy, tenemos vacante.

--Me hareis señalado servicio con acompañarme.

--¿Sabeis leer y escribir?

--Sí que sé.

--¿Conoceis el servicio?

--Conózcolo.

--¿De mar y tierra?

--De mar y tierra.

--En ese caso, puede que llegueis muy pronto á ser oficial.

--Dios lo quiera.

El soldado llevó á Don Cesar ante el intendente. Don Cesar era bien apersonado, sabia leer, y conocia el servicio, y un soldado así no le podia perder Su Magestad.

En un momento se facilitó todo, se le hizo jurar bandera y se le puso listo.

Poco despues sonó en la bocana un cañonazo al que contestó, una inmensa gritería: era el momento.

Comenzó el embarque de la tropa, que se prolongó demasiado hasta entrar ya la noche. El viento soplaba favorable, las velas se tendieron, los buques se aparejaron para partir, y levantaron las anclas.

Don Cesar en medio de un grupo de soldados, contemplaba las luces del castillo y de las casas del puerto, que iban desapareciendo entre las sombras de la noche al alejarse las embarcaciones.

A la mañana siguiente, el mar desierto ya azotaba las playas del puerto: á la animacion habia sucedido, el silencio, á la vida, el sueño, y solo como un punto blanco se divisaba á lo lejos uno de los bajeles de la flota.

XXIII.

En el que se conocerá el rancho del Gavilan, que era el castillo feudal de Guzman.

Cuando Guzman llegó á su casa, Blanca habia vuelto en sí completamente, y pudo bajarse del caballo sin auxilio de nadie; lo que le habia pasado durante aquella noche fatal le parecia una pesadilla, pero al verse allí sola y á merced de aquel hombre, comprendia cuán terrible era su situacion.

La casa de Guzman era un rancho situado en lo mas escarpado de una montaña, rodeado de barrancas profundísimas; no podia llegarse á él sino por una penosa y angosta vereda, que podia desde la puerta de la casa esplorarse hasta una gran distancia, merced á las sinuosidades del terreno.

Detrás de la casa seguia el bosque, pero espeso, tupido, impenetrable casi; era una retirada segura para un lance apurado.

El barranco que cruzaba á la derecha de la casa tenia una profundidad espantosa, y nadie se atrevia siquiera á acercarse á la orilla, porque aquellas rocas cortadas como á pico, aquel torrente que se azotaba, por decirlo así, entre las peñas del fondo, aquellas espumas á las que casi nunca herian los rayos del sol, causaban vértigos, aquel abismo atraia.

El rancho se llamaba del Gavilan, y era el cuartel general de Guzman, el gefe de los ladrones de aquel rumbo.

Dos ó tres mugeres andrajosas y sucias salieron á recibir á los recien venidos.

--Queremos desayunarnos--les dijo Guzman sin saludar; que nos preparen algo, pero antes á ver si hay ropa que le venga á esta señora para que se quite la que trae puesta, porque viene la pobrecita mojada hasta los huesos.

Doña Blanca oyó esto, pero no se movió; tenia miedo de todo.

--Anda vida mia--la dijo Guzman, tomándola un brazo, anda.

Doña Blanca se desprendió de la mano de aquel hombre y le dirigió una mirada de indignacion.

--Vamos señora--dijo una de las mugeres.

Blanca no contestó, y se sentó sobre una piedra.

--Si no quiere, déjenla por ahora, hoy se amansará, yo voy á mudarme que tengo frio: el desayuno.

Guzman se entró á la casa, haciendo al retirarse una seña al criado que como un centinela vino á colocarse al lado de Doña Blanca.

La pobre jóven meditaba con la frente apoyada en sus manos.

¿Qué seria de ella en poder de aquel hombre? ¿De dónde podria venirle la salvacion?

Levantó el rostro y miró al cielo, y sus miradas se perdieron en el espacio.

Media hora permaneció así, hasta que sintió que la tocaban familiarmente en la espalda. Era Guzman que se habia cambiado el traje, y que salia de la casa vestido como un caballero, con una ropilla y unos gregüescos de vellorí pardos y unas calzas finísimas de cuero de venado.

--¿Quieres desayunarte, alma mia?

Doña Blanca no contestó.

--Vamos, toma alguna cosa, entra al menos en la casa, el sol comenzará pronto á calentar y puede hacerte mal.

Doña Blanca ni le miraba siquiera.

--Entonces si no quieres entrar, yo comeré aquí; que me has causado tanta pasion, que no quiero abandonarte ni un momento.

Guzman habló á las mugeres, y poco despues allí mismo habian tendido en el suelo, y á los piés de Blanca una soberbia servilleta de damasco, y habian servido el desayuno.

Las tazas, los platos, las jarras, todo era de plata ricamente cincelado, todo de mucho lujo; aquel hombre debia de ser muy rico.

Las mugeres se retiraron y Guzman quedó solo con Doña Blanca.

--Toma alguna cosa, ángel mio, decia Guzman: mira, aquí serás mas que la vireina; aquí tú sola mandarás y tendrás cuanto quieras, porque soy muy rico, mucho. Si ves que vivo en esta casa tan triste, es porque no tengo á quien darle gusto, pero viniendo tú todo cambiará; ¿me oyes? Porque yo conozco que á tí sí te voy á querer de veras. Oyeme, mi vida: muchas mugeres han venido aquí y han hecho poderíos por agradarme, pero me han cansado, nunca he podido llegar á quererlas, y á tí sí te he de querer mucho, porque has de ser buena, y yo tengo necesidad de querer á una muger buena.

Guzman estaba enternecido, y Blanca concibió alguna esperanza.

--Si quereis una muger buena--contestó--¿por qué me habeis traido así, por fuerza? ¿Qué conseguireis con tener aquí contra su voluntad á una pobre muger que no os ama, que no puede amaros?

--¿Amas á otro?--dijo Guzman con furor.

--¿Para qué quereis saberlo? Basta que os diga que no os puedo amar.

--Pero me amarás, serás mia.

--No lo espereis.

--¡Ah! mas soberbias que tú han llegado aquí muchas, y han acabado por llorar el dia que las he despachado á sus casas.

--Mal me conoceis si me confundis con esas mugeres--contestó indignada Blanca.

--Oyeme, no quiero que nos incomodemos tan pronto; toma algo paloma mia, estás muy débil, toma algo y hablaremos despues; quizá me convenzas, y te deje yo volver libre á la casa de Bárbara.

Doña Blanca quiso probar con aquel hombre la dulzura.

--Sí, os acompañaré, tomaré algo con vos, pero es necesario que vayais reflexionando, que vuestra accion no es buena: ¿qué pretendeis de mí, de una pobre muger sin amparo? Si no fuera mi situacion tan triste, si yo tuviera algun amparo sobre la tierra, no seria tan cruel lo que pensais contra mí; pero quizá la única esperanza que me quede sobre la tierra sereis vos. Sed mi amigo, mi protector; no os empeñeis en ser mi verdugo.

Guzman miró fijamente á Doña Blanca: sus ojos pardos, brillaron bajo sus cejas negras y espesas de una manera estraña.

--¡Ah! tú sabes mucho, mucho; casi, casi me estas enterneciendo: calla, y no me hables así.

Doña Blanca sintió que su corazon se dilataba con la esperanza.

Calló por un momento, y comenzó á tomar una taza de leche.

Guzman habia concluido y las mugeres llegaron á retirar todo lo que habia servido para el desayuno. Pero Doña Blanca observó con terror que habian dejado cerca de Guzman una botella.

Blanca permaneció silenciosa, pero á poco su terror subió de punto, porque vió salir de la casa al criado y á las mugeres y alejarse hasta perderse por la vereda. Quedaba enteramente sola con Guzman.

Guzman se llevó á la boca la botella y dió un trago como para adquirir valor.

--Oyeme--dijo limpiándose los labios--yo te quiero, y necesito que tú me quieras tambien; yo soy mozo y sabes que soy rico, podemos ser aquí muy felices.

--Pero.........

--Escúchame: yo sé que andas prófuga, que te persigue la justicia, la inquisicion tal vez, porque tú llevas en tu cuerpo las señales del tormento, aquí nadie es capaz de alcanzarte; quiéreme, sé mia por bien, estás en mi poder, ninguno podrá libertarte, y si resistes, fuerza tengo para obligarte á sucumbir.

--Oidme, por Dios--contestó Blanca--es verdad que estoy en vuestro poder, que ando prófuga, pero la historia de mis desgracias enterneceria á un tigre. Sola en el mundo, el destino me ha arrebatado á todos mis protectores; Doña Beatriz de Rivera mi madrina, murió; luego encontré amparo en Don Melchor Perez de Varais, y en su muger Doña Isabel, pero mas tarde supe por mi último amigo, por el negro Teodoro que Doña Isabel mi protectora era una aventurera llamada Luisa, y entonces ya no me quedaron sobre la tierra mas que gentes que pasageramente se interesan por mí, ¿por qué vos no habeis de ser el ángel protector de mi vida? Sois bueno, generoso, fuerte, sed mi abrigo, ved en mí una muger que necesita de apoyo y no una víctima, un juguete de vuestras pasiones......... ¿me oís.........?

Guzman habia escuchado en silencio á Blanca y tenia la cabeza inclinada.

De repente tomó la botella y volvió á llevarla á sus labios.

Doña Blanca se estremeció.

--Siempre he pensado en que seas mia.

--¿Pero no os conmueve mi llanto ni mis súplicas?

--Todas las mugeres son lloronas.

--Mirad que os lo pido de rodillas--dijo Blanca arrodillándose.

El manto que la cubria cayó de su espalda y quedó descubierto su cuello blanco y torneado.

Guzman volvió á tomar otro trago y se quedó mirando á Blanca.

--De veras que eres linda--la dijo--¿y quieres que mirándote esa garganta y esos hombros te dejara ir cómo tú te lo supones?

Doña Blanca se cubrió precipitadamente, pero ya no era tiempo.

--¿Para qué te tapas?--dijo Guzman queriendo quitarle el manto--¿para qué te tapas? ven acá, comenzaré por darte un beso.

Y estendió su mano para acariciarla.

Doña Blanca se retiró violentamente y volvió el rostro como buscando amparo, pero estaba sola, completamente sola; no se oia mas ruido que el rumor del viento entre la fronda y los ecos del torrente que se despeñaba en las profundidades de la barranca de «la Monja Maldita.»

Guzman se paró vacilante: sus facciones anunciaban que habia llegado á un estado temible de embriaguez.

Doña Blanca al verle en aquella situacion perdió toda esperanza.

Doña Blanca retrocediendo se encontró detenida por un árbol, y Guzman pudo asirla de la falda.

--¿A dónde vas? ¿á dónde vas?--balbutia aquel hombre, ven acá, si hoy vas á ser mia.

--¡Por Dios dejadme! ¡por Dios! por vuestra madre, por lo que mas ameis en el mundo.........

--Si tú eres lo que mas amo en el mundo, ven aquí, no me hagas enojar.........