Monja y casada, vírgen y mártir

Part 34

Chapter 343,953 wordsPublic domain

--Si quiere permanecer allí que permanezca, pero si por causa de su salud, pretende seguir su viaje no se lo estorbeis, que nada tiene ella que ver en todo esto; sin embargo, cuidad de que tampoco ella comprenda lo que pasa.

--Muy bien, Excelentísimo señor.

El hombre montó á caballo y partió en la misma noche.

Al dia siguiente el licenciado Vergara despachaba en la Audiencia, y al medio dia se le presentó el alcalde con el rostro triste y compunjido.

--¿Qué nos dice de nuevo el señor alcalde?--dijo el licenciado.

--Traigo malas noticias á S. E.

--¿Malas noticias? ¿Qué ha ocurrido?

--Sabrá V. E. que al conducirse á la Santa Inquisicion, de órden de V. E. la señora que estaba presa en la cárcel de ciudad, fue quitada á los alguaciles por un negro.

--Lo sé, pero supongo que debe haber sido reaprehendida, porque un hombre á pié, y cargado con una muger, como se me refirió que iba, puede muy pronto ser alcanzado.

--Lo fué en efecto aunque no con mucha facilidad, porque el negro corria como un venado y tenia la resistencia de un toro.

--Adelante.

--Pues en la persecucion se empleo gran parte de la mañana, y hasta el dia siguiente, es decir hasta ayer no volvian los alguaciles con la presa á quien traian en un carro, por estar muy enferma.

--Adelante, adelante--dijo el licenciado comenzando á entreveer algo de lo que habia pasado.

--En el camino encontraron al Señor Don Melchor Perez de Varais que venia para la ciudad, y que se acompañó con ellos.--Repentinamente, todos se encontraron rodeados por una cuadrilla de forajidos, compañeros sin duda del negro que robó á la presa, y los alguaciles tuvieron que sucumbir despues de una desesperada resistencia.

--Supongo--dijo el licenciado con una sonrisa maliciosa, que vendrian muchos heridos, y que habria algunos muertos.

--Dios no lo ha permitido señor, y aunque es cierto que los salteadores se llevaron á la presa y al Señor Don Melchor, pero no tenemos que lamentar desgracia alguna.

--Es un milagro; pero hágame su señoría el favor de que se advierta á esos alguaciles que no han cumplido con su deber, y que si hablan ellos del negocio y se divulga por culpa suya con mengua del crédito de la justicia, á quién pone en ridículo este lance, los mando ahorcar á todos ¿lo entiende su señoría?

--Sí Señor Excelentísimo.

--Bueno, y no tomeis ya medidas de ninguna clase, ni os mezcleis para nada en este asunto, que tomo yo esclusivamente por mi cuenta, para enseñaros cómo se manejan estas cosas de la justicia; id señor alcalde.

El alcalde hizo una reverencia y salió.

El licenciado se puso á escribir inmediatamente para dar órden de que no dejaran comunicar ya á Doña Blanca con Don Melchor y que la remitiesen presa á México inmediatamente.

Quizá ya ella habria referido todo á Perez de Varais, y entonces todo el plan consertado por el inquisidor era inútil.

Salió el correo en el acto y llevando órdenes de reventar el caballo si era preciso para llegar pronto.

Veamos entre tanto lo que habia pasado con Blanca.

La vieja curandera habia logrado en una sola noche, mejorar á Blanca de una manera extraordinaria.

A los que no conocen cuanta inteligencia tienen esos curanderos de los campos, y cuantos secretos poseen sobre las virtudes maravillosas de plantas, árboles y piedras, les parecerá verdaderamente una vulgaridad, el que se crea que sanan algunas ocasiones heridas y enfermedades, con tanta rapidez como no lo haria el cirujano mas práctico; y sin embargo nada es mas cierto, y algunos de esos secretos han llegado á ser, como el huaco, el anacahuite y la raíz de Jalapa, puestos al alcance de la ciencia, altamente apreciados.

A la mañana siguiente Blanca estaba tan repuesta que conocia á todos, y pudo dar á Don Melchor noticia de cuanto habia ocurrido.

Don Melchor creyó encontrar alguna relacion entre lo que le referia Blanca y su situacion, y pensó ante todo salvar á aquella jóven.

Durante su conversacion con Blanca, la vieja curandera dormia, y Don Melchor la despertó. Comenzaba á aclarar la mañana.

--Señora--le dijo Don Melchor--os estoy tan obligado que mi reconocimiento no se satisfará con solo daros dinero, sino que haré por vos cuanto querais, pero quisiera preguntaros una cosa.

--Sí señor.

--Si fuera posible que saliera de aquí esta jóven, ¿podriais llevarla, pagándoos por supuesto, á un parage seguro y oculto?

--Cómo ¿para ocultarla, de quién?

--¿Sereis capaz de guardar mi secreto?

--El oficio que llevo os lo garantiza.

--Pues bien, para ocultarla de la justicia.

--Podeis confiar.

--¿Con toda seguridad?

--Con toda seguridad.

--Bien, entonces vamos á ver de qué manera la sacamos de aquí, de grado ó por fuerza ¿sabeis quiénes son nuestros guardianes?

--No señor, yo no vivo lejos de aquí, pero jamas habia visto á estos hombres, esta finca estuvo casi siempre abandonada, ayer dos enmascarados han ido por mí, y me han traido, nada mas sé.

Esperaremos que entre alguno de ellos, le hablaré para ver si se consigue algo por bien, y mientras pondré á Doña Blanca al tanto de cuanto ocurre y hemos consertado.

El hombre que habia ido á verse con el licenciado Vergara volvió ya al amanecer y comunicó las órdenes que habia recibido. Doña Blanca era para los comisionados de Vergara un verdadero estorbo, y por ésto, y por demostrar buena disposicion á Don Melchor, se apresuraron á darle noticia de todo.

El que funjia de gefe entró á la cámara de Don Melchor, y cuando éste se preparaba á decir algo que le indicase la disposicion de ánimo de sus guardianes con respecto á Doña Blanca, el hombre le dijo:

--Su señoría ha escuchado que por órden de la persona que aquí le guarda, tendrá su señoría cuanto apetezca, y en lo que á esa dama atañe, libre es si gusta ella y su señoría lo dispone de seguir su marcha y atender en otra parte al cuidado de su salud.

Don Melchor llegó á pensar que en todo esto habia una especie de milagro.

--Gracias--contestó--en tal caso dispondremos que salga luego, que su situacion peor está á cada momento y témome una catástrofe por la falta de asistencia.

--Como su señoría lo ordene.

--Pero no pudiendo moverse, supongo que podrá la curandera ir á traer algunos indios que la lleven cargando.

--No hay inconveniente.

Don Melchor entró precipitadamente.

--Es necesario no perder un instante, todo está arreglado, id por unos hombres que saquen á la enferma de aquí, y por si no pudiere yo hablaros luego, procurad tan luego como salgais al campo con ella, estraviar camino por si quisieren perseguiros.

--Nada temais.

La vieja salió lijera y Don Melchor entró á hablar con Blanca.

--Doña Blanca--la dijo--pronto estareis libre.

--Libre, ¿y cómo?

--He conseguido que estos hombres que no os conocen os dejen salir, la curandera os lleva y ella ha prometido ocultaros.

--¡Ay señor cuánto os debo! pero creo que todo será inútil, el cielo no quiere que yo me salve y cuantos esfuerzos se hagan serán inútiles, y yo no conseguiré si no arrastrar en mi caida á cuantos pretendan impedirla.

--Doña Blanca, tened valor; si el cielo hasta hoy no os ha abandonado, ¿por qué desconfiais de Dios? valor y fé Doña Blanca, y os salvareis, yo os lo aseguro.

--¡Qué Dios os escuche!

Serian ya las dos de la mañana, cuando volvió la vieja con algunos hombres que conducian una especie de camilla formada de ramas.

Colocaron en ella á Doña Blanca, y salieron de la casa sin obstáculo de ninguna especie. La vieja recibió de Don Melchor una cantidad de pesos que ella no contó pero que le pareció suficiente y siguió alegremente á la camilla.

De buena gana hubiera solicitado Don Melchor permiso para salir á ver la direccion que tomaban, pero se guardó muy bien de hacerlo por no infundir sospechas á sus guardianes.

Haria á lo mas una hora que habia partido Doña Blanca, cuando oyó Don Melchor gran ruido en el patio, se asomó y vió que ensillaban precipitadamente sus caballos algunos de los hombres que le custodiaban.

--¿Qué hay novedad?--preguntó.

--Sí señor--contestó el gefe, acaba de llegar violentamente un correo para que no se permita salir de aquí á la señora que venia con su señoría.

--Pero ahora ya se fué.

--Salen á caballo algunos á alcanzarla.

--¿Y de quién es la órden? preguntó Don Melchor esperando saber algo por la respuesta que le dieran.

--De quién puede darla--contestó el hombre.

Esto era lo mismo que nada, pero supuesto que Doña Blanca estaba perseguida por la justicia, y aquellos hombres tenian órden para detenerla, claro estaba que ellos recibian órdenes de la justicia: entonces no eran ni ladrones, ni enemigos suyos particulares; ¿qué era pues aquello? aunque se hubiera vuelto loco, no lo hubiera adivinado nunca.

Los hombres salieron en busca de Blanca, y Don Melchor quedó con la mayor inquietud, aunque siempre con la esperanza de que la vieja hubiera seguido fielmente sus instrucciones, y que hubiera estraviado camino al salir.

Trascurrieron así algunas horas, de la mayor ansiedad para Don Melchor que á cada momento esperaba ver entrar á Blanca.

Oyó de repente las herraduras de un caballo que penetraba en el patio, se asomó, y era un correo que entregó un pliego á uno de los guardas y volvió á marcharse: el jefe recibió el pliego, lo leyó y dió despues algunas órdenes que Don Melchor por mas que hizo no pudo percibir.

Vió entonces que de una cuadra sacaban su mismo caballo, que le ensillaban con sus mismos arreos, y que ya embridado y listo, un hombre le tenia en medio del patio y el jefe se dirijia para su aposento.

Don Melchor le salió luego al encuentro.

--Tengo órdenes--dijo el hombre, para que su señoría pueda seguir su viaje; el caballo está listo y en su misma habitacion recibirá su señoría todo su equipaje ésta misma noche.

--Pero ¿cómo?

--Nada mas podre decir á su señoría.

--¿Y la señora que fueron á buscar?

--Aun nó vuelven los compañeros.

--¿Podré esperarme hasta saber el resultado?

--No es posible.

--Pues vamos.

Don Melchor montó á caballo, y se puso á caminar en la direccion que le dijeron que estaba México.

XX.

Adonde fué á dar Blanca y lo que allí le aconteció, y de lo que pasó á Don Melchor en México.

Al salir de la hacienda la camilla en que llevaban á Blanca, la vieja guió en direccion del Norte; pero apenas perdió de vista la casa se salieron del camino y contramarcharon tomando un rumbo tan enteramente diverso, que vinieron á resultar á poco al Sur de donde habian partido: esta precaucion les salvó. Los jinetes que salieron en su persecucion se dirijieron por el mismo camino que les habian visto tomar, y á medida que en él mas se avanzaban, mas lejos se ponian de los fugitivos.

Cruzando por veredas casi intransitables, y por medio de bosques desiertos, Blanca llegó al anochecer á una pequeña casa que estaba situada en la hondonada de un barranco, y á la cual era preciso tener mucho conocimiento en el terreno para llegar.

--Vamos--dijo la vieja--ya aquí estais en completa seguridad, aquí nadie os buscará, ni aun cuando os buscaran os encontrarian; para llegar hasta aquí no hay mas camino que el que hemos traido, y creo que no es de lo mas fácil encontrarlo; á esta casa traigo yo á curar á algunos enfermos y heridos que necesitan secreto, ahora solo tengo aquí un negro que ese vino caído del cielo y yo no le traje.

--¿Cómo caído del cielo?

--Sí: figuraos, señora, que por allá arriba pasa una vereda que apenas es transitable, pues yo no sé que iba haciendo este pobre negro, quizá borracho, porque se desprendió de allá arriba y vino rodando hasta que cayó en el arroyo..............

Apenas Blanca conservaba una idea vaga de la caida de Teodoro, pero se figuró luego que seria él.

--¿Y en dónde está? ¿Se murió?

--No, no murió, casi estaba exánime; pero le recojí, le asistí muy bien, y aunque no puede decirse que está salvado, sí hay ya mucha esperanza.

--¿Pero á dónde está?

--Por allá adentro, ¿quereis verle?

--Sí, sí.

--Bien, ¿podeis andar algo? Apoyaos en mi hombro y vamos.

Blanca se paró con inmensas dificultades, y sosteniéndose de la vieja comenzó á andar.

--Figuraos--decia la anciana--que yo curo á todos los que andan huyendo de la justicia, y hasta ahora ni uno me han pizcado. ¿Se tendrá confianza en que no os encuentren á vos?

Llegaron á una puerta que abrió la vieja, y en el fondo, en un jergon, Blanca pudo descubrir á Teodoro que estaba acostado contra la pared y con la cara y la cabeza llena de vendas y de parches.

Teodoro por su parte la reconoció tambien.

--Señora, dijo, queriendo inútilmente levantarse.

--Teodoro--contestó Doña Blanca intentando en vano apresurar el paso.

--Vamos, vamos, quietos--dijo la vieja--nada de imprudencias: ¿conque ustedes son conocidos?

--Mucho, mucho--contestó Blanca estrechando una mano de Teodoro.

--Mucho--agregó éste besando la mano de Blanca.

--Cuánto me place--dijo la curandera--siquiera así no se desconfiarán los dos, porque la señora viene aquí tambien á curarse; ¿lo entendeis?

--Sí, contestó Teodoro.

--Entonces puesto que sois conocidos, aquí se queda la señora mientras voy á disponerle su lecho.

Doña Blanca quedó á solas con Teodoro y le refirió cuanto le habia pasado, sin poder entre ambos esplicarse todo lo que aquello significaba.

La vieja sin duda tenia relaciones con toda la gente perdida, porque en la noche dos ó tres veces llegaron algunos hombres á darle recados y á recibir de ella frascos y yerbas que indudablemente eran remedios; y aun llegó á pasar por allí una partida de hombres á caballo que sin disputa podia asegurarse que no eran tropas del rey, porque departieron un rato con la vieja y se fueron luego.

En otras circunstancias todo esto hubiera espantado á Blanca, pero habia pasado por tantas peripecias, que ya todo le parecia indiferente; sentia además, cierta confianza por encontrarse tan cerca de Teodoro, en quien veia una especie de protector á pesar del estado de postracion en que él se encontraba.

Aquella noche la vieja curó cuidadosamente á Doña Blanca.

* * * * *

* * * * *

Don Melchor Perez de Varais tomó la direccion que le indicaron, y á pocas horas comenzó ya á descubrir á lo lejos el caserío de México, sus arboledas y las torres y cúpulas de sus iglesias, que aunque no eran en tanto número como hoy, pero ya indicaban una ciudad poblada y religiosa.

Don Melchor tenia, como todos los alcaldes mayores de aquellos tiempos, una casa dispuesta siempre en la ciudad para recibirlo. Todos eran una especie de señores feudales, que hacian grandes gastos y vivian con toda especie de comodidades, sosteniendo la servidumbre de dos ó tres casas distintas que tenian en diversos puntos de la Nueva España.

Don Melchor, merced á la proteccion de la Audiencia que le habia concedido ser á la vez alcalde mayor de Metepec y Corregidor de México, estaba muy rico, y en su casa de Metepec y en la de México no solo estaba siempre lista la servidumbre, sino que se servia la comida á las horas de costumbre como si él estuviera presente, y en algunas veces por medio de cartas invitaba á algunos amigos para que fuesen á comer á su casa, encargando á uno de ellos que hiciese en su nombre los honores á los convidados.

Tales eran las fastuosas costumbres de aquellos personajes, á quienes tan poco trabajo costaba reunir grandes riquezas.

Llegó á su casa Don Melchor, y como si solo se hubiese separado de allí para dar un paseo en algunas horas, sus criados le presentaron sus vestidos de córte y le pusieron la cena.

Don Melchor no quiso salir aquella noche y se contentó con enviar á su mayordomo con un atento recado al Capitan general Don Pedro de Vergara Gaviria, notificándole de su llegada y suplicándole le escusase si no pasaba á verle inmediatamente por estar muy cansado y un poco enfermo.

Vergara sabia por su parte muy bien que aquella noche debia de estar ya en México Don Melchor.

A la mañana siguiente, cuando el Capitan general hacia su despacho, le anunciaron al señor Don Melchor Perez de Varais.

Vergara le recibió con las mayores muestras de cariño, y antes de darle tiempo á otra cosa, hizo recaer la conversacion sobre Luisa.

--Escribí á su señoría--le dijo--sobre lo que por el señor inquisidor se habia descubierto.

--Y eso me trae mas que de prisa--contestó Don Melchor.

--Témome que tengais un desengaño bien triste.

--¿Por qué? ¿acaso se engañaria S. E. y no seria esa muger la pobre Luisa?

--Desgraciadamente ella es, y desgraciadamente digo, porque las artes de que fué víctima, aunque descubiertas, no han podido ser hasta hoy contrariadas; la pobre señora sigue tanto peor en su naturaleza fisica, cuanto en su estado moral.

--¿Hase llegado á afectar su inteligencia?

--De una manera grave; quizá por sus muchos sufrimientos, y por la misma naturaleza del hechizo, no es ni la sombra de lo que fué en otros tiempos; está casi en el estado de imbecilidad.

--¡Pobre Luisa!--dijo Don Melchor profundamente conmovido.

--Juzga el señor inquisidor que quizá el cuidado y las atenciones, y algo que tambien pueda influir vuestra presencia, volverán algun dia á esa pobre señora á su primitivo estado.

--Dios lo quiera; ¿pero nada se ha podido averiguar respecto de los autores del delito?

--Nada, por mas que el señor inquisidor y yo nos hemos empeñado en descubrirlo.

--Sea por Dios, ¿y dónde está Luisa?

--En la inquisicion.

--¿En la inquisicion?

--Sí, y no os admire, que no está en calidad de presa.

--Bien, pero como vos me escribisteis tenerla ya en vuestro poder..........

--Así se habia acordado, pero supuso el señor inquisidor que siendo ya el lance tan público, hubiera sido dar pábulo á la curiosidad haberla sacado del Santo Oficio, mientras vos no estuvierais aquí para recojerla.........

--¿Y cuándo podré ir por ella?

--Ahora mismo, y porque veais qué empeño tengo en este negocio, quiero acompañaros yo mismo, aunque suspenda por ahora el acuerdo: ¿habeis venido en vuestra carrosa?

--En el patio me espera.

--Bien, vamos.

Tomó el licenciado su sombrero y bajó en compañía de Don Melchor, montaron en la carrosa y se dirijieron á la inquisicion.

El inquisidor mayor, prevenido por Don Pedro de Vergara, esperaba ya la visita y les recibió con mucha ceremonia.

--Verdaderamente--dijo--me apena la desgracia del Señor Don Melchor Perez de Varais, y espero que Su Divina Majestad dará á su esposa el alivio, y á él el consuelo que tanto necesitan.

--Y solo de Él le espero--contestó Don Melchor--que cosas hay que parecen no tener remedio sobre la tierra.

--¿Quereis ver ya y recibir á vuestra esposa?

--Sí señor.

--Pues vendrá, pero armaos de valor porque el golpe va á ser muy fuerte para vos.

--Tendré resignacion.

El inquisidor ajitó la campanilla, y dió en voz baja algunas órdenes á un familiar.

Poco despues se abrió la puerta, y entre dos ministros del Santo Oficio penetró en la sala una negra.

Los familiares se retiraron y la negra siguió avanzando.

La estatura y el cuerpo tenian mucha semejanza con el de Luisa, tenia como ella cortado el pelo, pero la fisonomia en ningun caso podia confundirse con la de aquella.

Aquellos ojos con su mirar bajo, aquella boca, siempre entre abierta, aquel aire profundamente estúpido, no podian dar ni un indicio de la viva é inteligente fisonomía de la esposa de Don Pedro de Mejía.

Don Melchor la miró con fijeza, se puso densamente pálido, y sin decir una palabra, se cubrió el rostro con las manos y se puso á llorar.

--Aquí teneis á vuestro esposo, al señor Don Melchor--la dijo en voz alta el inquisidor.

La negra en lugar de contestar, se puso á reir estúpidamente, produciendo una especie de gruñido.

--Cada dia está peor--dijo con hipocresía el licenciado Vergara--Don Melchor, tened paciencia.

--La tendré--contestó con resolusion--y luego levantándose se dirijió á la negra.

--Luisa, Luisa, me conoces.

La negra volvió á reir.

--Me la llevo si me lo permite su señoría--dijo Don Melchor.

--Como gusteis.

--¿Tendrá su señoría la bondad de ordenar que me presten una silla de manos para llevarla á mi carroza?

--Sí, contestó el inquisidor y sonó la campanilla.

Entró un portero, el inquisidor le dió sus órdenes y poco despues dos familiares llegaron con una silla de manos.

Don Melchor hizo entrar á la negra que obedeció como una niña.

--Señor, adios--dijo Don Melchor--dispensen su Excelencia y su señoría que les deje así; pero ya pueden considerar mi situacion.

--Sí, id y que Dios os consuele.

Don Melchor salió lloroso tras de su silla, y el licenciado y el inquisidor se quedaron riendo de su dolor.

XXI.

De cómo salió Doña Blanca de la casa de la vieja curandera.

Doña Blanca se restablecia con una facilidad y una rapidez extraordinarias, en dos dias se habia mejorado ya de tal modo que comenzaba á andar sin dificultad, y á pesar de su palidez y de la falta de sus dientes, estaba ya otra vez hermosa.

La vieja salia algunas veces, y estaba fuera varias horas; entonces Doña Blanca pasaba el tiempo conversando con Teodoro que aun no se podia mover.

Doña Blanca habia adquirido gran confianza con la vieja curandera; sabia ya que se llamaba Bárbara, que ejercia en los pueblos y en las haciendas su oficio honradamente, pero que en aquella casa, abrigaba á los ladrones heridos, y á todos los que andaban prófugos de la justicia, lo cual le producia bastante dinero, y buenas relaciones que la ponian á cubierto de todo peligro á que podia estar espuesta por el aislamiento de su casa. Ella por su lado la había referido gran parte de su historia, y la habia confesado que parentezco ninguno la unia con Don Melchor Perez de Varais, el cual sin duda por solo favorecerla habia hecho todo aquello.

Doña Blanca tenia pues una gran confianza en Bárbara. Cada vez que venia alguna gente perdida á la casa, Doña Blanca tenia cuidado de encerrarse y no salir hasta que todos se habian marchado.

Una noche sin embargo, llegaron á la casa tres hombres á pié y envueltos en largas capas negras, completamente armados, y con toda la traza de facinerosos.

Blanca quiso retirarse, pero no era ya tiempo, y aquellos hombres la vieron.

El que hacia de gefe, la saludó con tanta cortesania, como si fuera un hombre de buena sociedad. Bárbara le distinguia con el nombre de Guzman; Blanca permaneció un rato allí y luego viendo que ese hombre la miraba con tenacidad se retiró.

--Guapa moza teneis aquí, Bárbara--dijo Guzman cuando hubo salido Doña Blanca.

--¿Os gusta?

--Mal gusto tuviera yo si de ella no gustara, que puede ser la moza de un rey.

--Pobrecita, anda tambien retraida de la justicia como vosotros.

--¿Debe muerte?

--No, que cosas son de amoríos y enredos.

--Pues cara tiene de una santita.

--Caras vemos, que corazones no conocemos.

--La verdad que me gusta la criatura como un dulce.

--Está linda, y que aun no sana bien.

--¿Pues qué tenia?

--Estaba enferma porque la dieron tormento.

--¿En la _cocina grande_?

--No llameis así al Santo Oficio.

--_Con el rey y la inquisicion chiton_, ¿es verdad? Bueno, ¿y cómo salió?

--Fugose.

--¿Fugose? pues cada vez me conviene mas. Oid Bárbara y hablemos como amigos: ¿cuánto quereis por esa moza?

--¿La vendo acaso? ¿ó creis que tenga comercio de eso?

--Vamos, y no os vengais haciendo de las nuevas conmigo, que no habreis olvidado, que en cien pesos me vendisteis aquella vuestra criada india.........

--Ah, pero esa era una india, y esta.........

--Será, mas española que una vireina; pero todo lo hace el precio, por aquella dí cien, y por ésta doscientos.

--No puedo, es de responsabilidad.

--Vaya trescientos.

--Cómo, ¿y si lo saben?

--Cuatrocientos.

--Ella quizá no quiera.

--Por último, quinientos duros y lo arreglais todo.

--Convenido, pero cómo hacer para que ella no se resista.

--Sáquela yo de aquí, y lo demas corre de mi cuenta.

--Pero ¿y para que salga?

--O con engaños, ó la emborrachais, que es fácil.

--Nunca toma ni un trago.

--Si no es fuerza que sea con vino, con teloatzin, con mariguana, con cualquiera yerba.

--Convenido, pero me dais no quinientos sino seiscientos; sé que estais muy rico.