Monja y casada, vírgen y mártir
Part 33
Cerca de la puerta de la casa Municipal, Teodoro se paseaba impaciente; pronto iba á ser ya de dia y no habia aparecido la silla de manos en que debian conducir á Doña Blanca á la inquisicion.
Teodoro estaba desesperado, si tardaba mas Doña Blanca ya no era posible llevar á efecto el plan que habia meditado.
Teodoro hubiera arremetido contra diez alguaciles en medio de la oscuridad, y se sentia con ánimo para hacerles huir, pero en pleno dia y en calles tan concurridas como las que tenian que atravesarse de la casa de la ciudad á la inquisicion, le parecia mas que locura.
Por fin, las puertas de la prision se abrieron y apareció una silla de manos conducida por dos presos, y custodiada por dos alguaciles.
No habia mas dificultad que en lo avanzado de la hora; pero Teodoro determinó jugar la partida y esponer el todo por el todo.
La silla tomó el camino de la inquisicion y Teodoro la siguió á una regular distancia; aun habia muy poca gente y apenas paraban la atencion en lo que conducian los alguaciles.
Llegando cerca de la esquina de Tacuba, Teodoro avivó el paso y alcanzó á los alguaciles que conversaban descuidadamente, asió con cada mano á cada uno de ellos por el cuello, y dándoles un movimiento de oscilacion les lanzó con toda la fuerza de sus poderosos brazos á una distancia increible.
Los dos alguaciles cayeron en tierra espantados, pero era tal el impulso que les habia dado Teodoro, que anduvieron aún de narices un largo trecho, dejando en el suelo restos empolvados de la ropilla y de las calzas.
Los presos que llevaban la silla al ver aquel lance, la pusieron en tierra, y aprovechando la ocasion echaron á correr con toda la fuerza de sus piernas.
Teodoro abrió la puerta de la silla y dijo á Doña Blanca que le miraba espantada.
--Salid, Doña Blanca, huyámos.
Doña Blanca se sonrió tristemente.
--No es posible, contestó, no puedo andar; el tormento me ha dejado baldada.
Teodoro comprendió todo y no contestó, sino que inclinándose tomó á Blanca entre sus brazos como hubiera podido hacerlo con un niño, y atropellando á los curiosos que se habian reunido allí tomó el rumbo de la Alameda, por la calle que se llamaba ya de Tlacopan, ó Tacuba.
Los alguaciles habian vuelto en sí de su sorpresa, y comenzaban á apellidar socorro, sin atreverse á ir ellos en persecucion de los fugitivos.
Teodoro aunque sin correr apresuraba el paso, y llegó sin ser perseguido hasta atravesar la Alameda. Ganando el campo se creia seguro.
Estaba ya fuera de la ciudad, cuando observó que venian á lo lejos algunos jinetes.
--Nos siguen--dijo Doña Blanca.
--Pero no nos alcanzarán--contestó Teodoro y abandonando el camino real, tomó entre unos sembrados de maiz, que por desgracia no tenian bastante altura para cubrirle.
Los jinetes comenzaron á galopar, por que advirtieron la marcha que habia seguido Teodoro.
--¡Por Dios, Teodoro! que están ya muy cerca.
--No temais, Doña Blanca, yo os salvaré.
Los perseguidores no encontraron paso para entrar á los sembrados y fueron á dar vuelta: Teodoro comenzó á correr.
--Déjame, déjame--decia Doña Blanca--sálvate tú y no te comprometas más; déjame seguir mi desgraciada suerte.
Teodoro no contestaba y seguia corriendo.
Los jinetes habian encontrado ya el paso, y aunque caminaban con dificultad entre los surcos, avanzaban, sin embargo, con una rapidez desesperante para Teodoro y para Blanca.
Llegaron á una de esas grandes cercas de piedra que cierran en México las heredades, y Teodoro bendijo á Dios porque aquel obstáculo, dificil de salvar por sus perseguidores, era poca cosa para el que iba á pié; pasó primero á Doña Blanca y luego pasó él, volvió á tomarla entre sus brazos y siguió corriendo.
Sucedió lo que él habia pensado: los que venian á caballo necesitaron buscar un portillo para salvar la cerca y él ganó entre tanto mucho terreno. Pero los caballos salvaron muy pronto aquella distancia y se veian ya muy cerca.
Blanca rogaba á Teodoro que la abandonase, pero era imposible que él hiciese semejante cosa.
Teodoro comenzaba ya á fatigarse, su respiracion era muy agitada, su frente estaba cubierta de sudor, y su marcha era cada vez mas lenta.
Comenzaba á desesperar; oia ya el rumor lejano de los pasos de los caballos de sus perseguidores.
De repente Teodoro se animó: á lo lejos vió un hombre que venia en un caballo; encontrarle pronto era salvarse; avivó el paso y muy pronto estuvo al lado del viajero.
Teodoro puso á Doña Blanca en tierra, y antes que el viajero se apercibiese se arrojó sobre él y le derribó del caballo.
El hombre se espantó, de modo que no opuso resistencia, y Teodoro se apoderó inmediatamente del caballo, que no era un animal notable pero que sin embargo debia servirle porque él se encontraba ya incapaz de seguir conduciendo á Doña Blanca en sus hombros.
Entre tanto los perseguidores venian ya muy cerca y podian escucharse sus gritos de ¡ténganse al rey, dénse á la justicia!
Teodoro subió á Doña Blanca en el caballo y él se colocó en las ancas del animal, y echaron á caminar, pero el dueño del caballo vió tan cerca el refuerzo que se animó á hacer algo ya de su parte por no perder su propiedad, y se afianzó de una pierna de Teodoro.
--Soltad--dijo el negro.
--Nunca, nunca, ladron, negro, deja mi caballo.
--Soltad, que yo os pagaré diez veces lo que vale el caballo.
El hombre no soltaba, y la situacion era comprometida.
--Pues no sueltas--dijo Teodoro--toma.
Y levantando la mano descargó sobre la frente del viagero un puñetazo capaz de derribar un buey; el hombre lanzó un gemido sordo, y rodó entre el polvo como un muerto.
Teodoro puso entonces á escape su caballo.
El animal no tenia trazas de aguantar mucho, y su carrera no era ni firme ni ligera.
--Teodoro, déjame aquí--decia Doña Blanca--déjame, sálvate, que ya nos alcanzan.
--No temais señora aun hay esperanzas, repetia el negro. El demonio parecia conducir á los que perseguian á Blanca, porque á cada momento estaban mas y mas cerca, ya se percibia el aliento fatigoso de sus caballos, y se escuchaban perfectamente las voces.
Se habia perdido el camino y Teodoro corria por un sendero angosto y sembrado de árboles que estaba al lado de un barranco profundo.
A lo lejos se descubrió un puente de madera, llegar á ese puente, atravesarlo, y derribarlo despues, era la ilusion de Teodoro, si lo conseguia estaba salvado.
Aguijó al caballo y estaba ya muy cerca del puente cuando el animal tropezando cayó del lado del barranco.
Perseguidos y perseguidores todos lanzaron un grito de espanto; Teodoro lanzado violentamente rodó por aquella pendiente entre los matorrales y las piedras, y se oyó el ruido de su cuerpo al caer en el arroyo que cruzaba por el fondo.
Doña Blanca desprendiéndose de la silla quedó prendida por la falda al tronco de un árbol y suspendida sobre una inmensa profundidad.
Los perseguidores llegaban en este momento al lugar de la desgracia.
XVII.
De como llegó á México en busca de su Luisa Don Melchor Perez de Varais, y de lo que le pasó.
El propio, enviado por el licenciado Vergara Gaviria, llegó á Metepec y entregó las cartas que llevaba á Don Melchor, que estaba entregado á la mas profunda melancolía.
Don Melchor habia tenido por Luisa una verdadera pasion, y quizá le hubiera afectado menos, que ella le hubiera abandonado, que la aventura que no habia podido esplicarse y de la que él ó Luisa habian sido víctimas.
La llegada del correo le puso como fuera de sí de placer, inmediatamente comenzó á disponerlo todo para regresar á México, é hizo volverse en el acto al correo con una carta en que avisaba al licenciado Vergara que pronto se ponia en marcha para la Capital, y que tratase á Luisa con cuantas consideraciones pudiese no escaseando gastos de ninguna especie: la carta debia llegar á México tres dias antes que Don Melchor.
El licenciado Vergara recibió esa carta, y sin pérdida de tiempo se dirijió en busca del inquisidor.
Don Juan Gutierrez Flores estaba frenético, hacia muchos años que no se oía decir de una fuga en las cárceles del Santo Oficio, y en aquellos dias, sin que pudiese culparse á nadie, se habian fugado Don Cesar, María y Sérvia, y Doña Blanca habia sido arrebatada en esa mañana misma á los alguaciles.
Su señoría estaba temible en aquellos momentos.
La visita de Don Pedro Vergara con las noticias que traía no podia ser mas inoportuna.
El inquisidor fingió una amabilidad tan repugnante, como seria la sonrisa de un tigre, y Don Pedro nada conoció.
--Acabo de recibir--dijo--noticias de Metepec.
--¿Y qué sabe S. E. de nuevo?--contestó el inquisidor.
--Nada mas, si no que Don Melchor Perez de Varais me anuncia su próxima llegada á esta Capital.
--Paréceme eso de poca importancia.
--Creo al contrario de su señoría, que es de mucha y muy grave.
--Permítame V. E. que no comprenda............
--Don Melchor viene en pos de Luisa. ¿Y qué podrá decírsele?
--No sé qué derechos pueda alegar para interesarse por ella supuesto que sabemos que no era su esposa, si no de Don Pedro de Mejía.
--Con derechos ó sin ellos, lo cierto es que como creía yo que me habia sido remitida, le escribí lo acontecido, y puede ahora interesarse por ella.
--No tiene derecho alguno, y así se le puede contestar.
--Lo cual no nos salvará de un gran escándalo, que á mi juicio tanto cede en mengua mia como de la justicia del Santo Tribunal, que ejecuta á un reo por otro.
--En efecto, dice bien Su Excelencia.
--Pues es necesario dar un paso, si á su señoría le parece.
--Piense V. E. si será mejor detener á Don Melchor en su camino, ó esperar á que llegue para hacerle aquí desistir de su empresa, y que deje todo por olvidado ¿cuándo cree S. E. que llegará Don Melchor?
--Segun su exaltacion mañana debe estar aquí.
--En ese caso lo mejor seria detenerle en el camino, mientras disponemos algo que evite el natural escándalo y menosprecio que causaria la muerte de Luisa y los estraños acontecimientos que á ella dieron lugar.
--¿Cúal es pues, el plan de su señoría?
--Aun no me fijo perfectamente, pero en primer lugar, es fuerza detener á Don Melchor, y despues vacilo en decidirme, si le presentamos un cadáver de negra, diciéndole que es Luisa, que murió de enfermedad natural, ó una negra viva que le hagamos tambien creer que es ella.
--¿Y será posible que lo crea?
--Todo está en la clase de muger que se le presente.
--Cuidaremos entonces de buscar una muy inteligente.
--Por el contrario, la mas estúpida que podais encontrar, con tal de que sea jóven y tenga una estatura semejante á la de Luisa, porque diremos á Don Melchor, que su situacion hizo perder el juicio á la pobre muchacha, y de esa manera, cualquier cosa que oiga, lo atribuirá á locura. Con esto no quedará por tierra el honor de la Santa Inquisicion y nadie podrá descubrir lo que ha pasado en este negocio.
--Me parece un buen plan.
--Si se le presentára un cadáver, Don Melchor seria muy capaz de querer hacerle honras tan suntuosas que llamarian la atencion, y darian orígen al escándalo que tratamos de evitar.
--En efecto.
--Bien, pero es necesario que disponga V. E. las cosas, de manera de detener siquiera el dia de mañana á Don Melchor.
--Eso corre de mi cuenta.
--¿Y cómo?
--Mañana enviaré al camino que debe traer algunos enmascarados que le detengan, y le lleven prisionero por unos dias á una quinta de los alrededores, y luego le soltarán.
--Pero pudieran acontecer muchas desgracias, si él se resiste.
--No se resistirá, que enviare tal cantidad de gente que conocerá que toda resistencia es inútil.
--Así creo que está todo bien combinado ¿y V. E. se encarga de que le lleven la esclava que debe presentársele á Don Melchor?
--Si su señoría no tiene de quién echar mano.........
--No tengo por ahora, pero mañana cuando venga V. E. para que hablemos, y que llegue la noticia de haber sido detenido Don Melchor, le diré si por mi parte he encontrado lo que necesitamos.
--Bueno, voyme á preparar las cosas para mañana, y estaré aquí mañana al medio dia.
--El licenciado se despidió del inquisidor y cada uno fué á dar por su parte las órdenes respectivas..........................
* * * * *
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Los caminos estaban plagados de malechores, y en aquellos dias era una cosa muy espuesta viajar sin el acompañamiento de una muy fuerte escolta, pero tal habia sido la precipitacion, con que Don Melchor habia salido de Metepec, que apenas se habia hecho acompañar por dos criados.
En aquellos tiempos, Toluca era una poblacion inferior á Metepec y á Ixtlahuaca; no habia ese comercio, ni esa ancha vía de comunicacion que atraviesa por medio del Monte de las Cruces: angostas y escabrosas veredas de herradura daban paso á los que á pié ó á caballo pasaban de uno á otro de los pueblos, ó á México.
Por lo que se ha dicho se conocerá con que desconfianza caminaban todos, procurando reunirse en carabanas para ponerse mas á cubierto de los asaltos de los ladrones.
Don Melchor atravesó sin novedad alguna el monte, y luego el valle de México sin haber encontrado ni ladrones ni viajeros.
Estaba ya cerca de la ciudad cuando notó que delante de él caminaba un grupo de gentes á caballo custodiando un carro de dos ruedas: los hombres tenian trasa de gente de justicia y en el carro no podia distinguirse lo que llevaban porque iba cubierto con un toldo de _petates_.
Don Melchor quiso aprovechar aquella compañia, porque aun en las mismas puertas de la ciudad solian acontecer robos y muertes.
Don Melchor saludó á los que iban á caballo, y ellos le reconocieron luego como que habia sido por algunos meses corregidor de México.
--¿Y qué llevais en ese carro? preguntó Don Melchor.
--Señor--contestó uno de ellos--nosotros salimos en persecucion de un negro y una muger que atacaron á la justicia y se fugaron, y nos hicieron correr mucho, pero el negro cayó del caballo hasta el fondo de una barranca, y la muger hubiera seguido la misma suerte, pero se atoró de la falda en una rama y la recogimos; al negro ni modo siquiera de buscarle.
--¿Y cuándo fué eso?
--Ayer señor, pero nuestros animales estaban cansados, y esta muger no podia andar, tuvimos que pedir posada, y conseguir un carro para traerla y ahí va.
--Bien, nos iremos acompañados.
--Como mande su señoría.
Don Melchor caminaba por delante, y paso á paso para que pudiera seguirle el carro y habian avanzado ya algo, cuando de repente de una arboleda se desprendieron una porcion de enmascarados que estaban ocultos allí y rodearon á Don Melchor y á los que le acompañaban.
Ninguno pensó en defenderse, y los enmascarados comenzaron á hacer bajar á todos de los caballos.
XVIII.
En que se cuenta lo que pasó á Don Melchor y á Blanca.
Los enmascarados que rodearon á Don Melchor terminaron tranquilamente su tarea, ataron los caballos de los que custodiaban á Doña Blanca, y de los criados de Perez, y luego á este le acomodaron tambien con Blanca y echaron á caminar llevándose el carro con tanta confianza como si no dejaran amarrados á los agentes de la justicia.
Anduvieron así hasta muy cerca de anochecer, sin que Perez hubiera comprendido cuales eran sus intenciones, y á cosa de la oracion llegaron á una hacienda y entraron al patio de la casa.
Allí fué donde aquellos hombres apercibieron que habia otra persona mas en el interior del carro.
Blanca durante el viaje, ni habia hablado una palabra, ni se habia descubierto el rostro; acostada y casi sin moverse habia pasado todo el camino, quejándose solo algunas veces porque el movimiento la hacia pasar terribles dolores. La fiebre habia vuelto á apoderarse de ella, y la agitacion de su espíritu y los acontecimientos por los que habia tenido que pasar, eran superiores ya á sus fuerzas.
--Aquí hay una muger--dijo un enmascarado, luego que hicieron bajar á Don Melchor y le obligaron á entrar en una habitacion.
--Será alguna criada ó esclava del corregidor, contestó otro.
--Haber, háblale--dijo un tercero.
--Señora, señora, está durmiendo creo.
--Pues muévela que se despierte.
--Señora, nada, creo que viene enferma.
--Sube al carro y descúbrele la cara.
El hombre subió al carro y descubrió el rostro pálido y desfigurado de Blanca.
--Es una enferma--dijo.
--¿Pues qué hacemos?
--La hubiéramos visto allá, allá la dejamos.
--Pero ahora ya no es posible.
--Entonces si viene con su señoría, de su familia debe ser; la bajaremos y la acostamos en una cama en la misma habitacion, que las órdenes de Su Excelencia son que se le guarden á él y á los que le acompañan toda clase de miramientos.
--Por eso los dejaste en el camino amarrados y mirándose unos á los otros.
--Deja de chanzas, y baja á esa señora.
El que estaba adentro tomó cuidadosamente á Doña Blanca entre sus brazos y la llevó hasta una de las piezas del alojamiento destinado á Don Melchor.
Doña Blanca se quejaba, pero no decia una sola palabra; miraba por todas partes con ojos estraviados, y dejaba que hicieran con ella cuanto quisiesen.
Don Melchor estaba como soñando; nada le habian dicho, y aquellos enmascarados le trataban más como á su gefe que como á su prisionero.
Les vió entrar conduciendo á Blanca y colocarla en su mismo aposento, y creció su admiracion.
Los hombres se retiraron y Don Melchor quedó solo con la enferma, meditando en la estraña aventura que le pasaba.
La curiosidad le hizo acercarse al lecho en que gemia Blanca.
La jóven le miró fijamente, pero sin dar el menor indicio de admiracion ni de disgusto.
Perez acercó su mano á una de las mejillas encendidas de Blanca.
--Terrible calentura tiene esta pobre muger; ¿será un tabardillo? mal estoy entonces aquí, pudiera contagiarme.
Y se retiró precipitadamente.
Blanca comenzó á disvariar, y entre frases cortadas á pronunciar los nombres de Don Cesar, de Teodoro, de Luisa y de Don Melchor.
Éste al principio paró poco la atencion en lo que la jóven hablaba.
--Malo--dijo--disvaria.
Pero Blanca pronunció el nombre de Luisa y el de Don Melchor, y la cosa le pareció á él digna de atencion.
--Calle--dijo--parece que la presa me conoce bien y á Luisa, ¿pues quién será?
A pesar de su miedo volvió á acercarse, y á examinar su rostro, pero en vano, tanto habia variado la pobre Sor Blanca á quién el conoció en el convento de Santa Teresa, que le hubiera sido imposible recordarla.
--Teodoro--decia Blanca--Teodoro......... nos alcanzan..... hay vienen......... muy cerca......... La pobre negrita me deja salir en su lugar.................................................
¡Qué cosa tan horrible es el tormento, cómo tengo los brazos......... mirad!
Don Melchor vió los brazos que descubria Blanca aún con las terribles huellas del tormento.
--Es mi esposo......... sí, por eso le amo......... no soy monja......... no soy......... no soy......... Don Melchor Perez de Varais y su esposa......... hoy me lo han dicho......... vinieron ¡qué buenos!......... señora Luisa ¿es verdad que el Papa relaja mis......... mis......... mis......... ¿cómo se llaman?........ Teodoro nos alcanzan.
Don Melchor la miraba fijamente, y procuraba encontrar entre sus recuerdos algo que parecia cruzar por su imaginacion.
Por fin, dándose una palmada, en la frente esclamó:
--¡Ah! ya caigo--esta es, ¿pero será posible? la monja, la protegida de Luisa, la hermana de Don Pedro de Mejía, ¿cómo se llamaba? ¿Beatriz? no, ¿Estela? tampoco......... Sor....... Sor.......... Blanca, Blanca, eso es Blanca, ¿pero será ella? veremos.
Y acercándose á la enferma, le dijo dulcemente.
--Blanca, Sor Blanca, Sor Blanca.
--¿Quién me habla? ya no soy Sor Blanca, soy la esposa de Don Cesar de Villaclara. ¿Quién es?
--Blanca, Blanca, ¿me oís?
--Sí, ¿quién sois? no os conozco.
--Yo soy Don Melchor Perez de Varais.
--Mi protector, ¡ah sí! me acuerdo, ¿dónde está Doña Luisa mi protectora? ¿A dónde está?
Los batientes de la puerta sonaron, Don Melchor volvió el rostro, y vió entrar á varios enmascarados que depositaron sobre una mesa todo lo que podia necesitar para hacer una buena comida.
Se retiraron despues, y solo quedó uno allí para servirla.
Don Melchor quiso por él averiguar alguna cosa y comenzó á interrogarle.
--Hombre, supuesto que estamos solos, decirme podras, ¿con qué objeto se me ha traido aquí, qué se pretende conmigo?
--Nada sé, señor.
--¡Cómo! ¿Pues qué órdenes has recibido?
--Solo servir á su señoría en cuanto pida y necesite.
--¿Pero quién te ha dado esas órdenes?
--Eso es lo que no puedo revelar.
--Pero yo te daré por ello lo que me pidas.
--No pida su señoría lo que no me es posible darle.
--¿Dices que tienes órdenes para darme cuanto yo necesite?
--Sí señor.
--¿Y si yo quisiera una persona que viniese á curar á esta señora enferma?
--Se haria venir inmediatamente.
--Pues por ahora es lo que mas necesito, pero que sea muy pronto.
--Tan luego como acabe de servir á su señoría, iré á buscar esa persona.
--Entonces puedes ir, pues no te ocuparé ya para nada.
El hombre obedeciendo inmediatamente salió y Don Melchor volvió á acercarse á la cama de la enferma.
Blanca parecia dormir, y estaba menos inquieta.
Habia cerrado ya la noche cuando el criado volvió á entrar conduciendo á una muger anciana.
--Señor--le dijo á Don Melchor--por aquí no hay ni físicos ni cirujanos, y esta es una _componedora de huesos_ y herbolaria, que sabe muchas medicinas y por eso la traigo.
--Venga vd. por acá, señora--dijo Pérez--vea vd. á esta enferma, haber qué puede hacerle.
La vieja se acercó al lecho de Blanca, comenzó á examinarla, la miró cuidadosamente las contusiones y heridas de los brazos, y luego con grande aplomo dijo:
--Yo la sanaré muy pronto, no se necesita sino _quitarle el molimiento_, por eso está ahora hecha un _vivo fuego_, voy á traer unos menjurges, ¿podré ir para venir despues á quedarme aquí con ella toda la noche?
Don Melchor no contestó, pero se quedó mirando al hombre de la máscara y éste dijo.
--Puede vd.
La vieja salió, se estuvo fuera una hora y volvió despues trayendo un hornillo con lumbre, vasijas, yerbas y redomillas.
Don Melchor se encerró en un aposento y la vieja comenzó sus curaciones.
XIX.
En que se continúa la materia del anterior.
Los que condujeron á Don Melchor, que como el lector habrá comprendido eran enviados por el licenciado Vergara de acuerdo con la inquisicion, enviaron en la misma noche parte de todo lo acontecido al licenciado.
Uno de ellos fué en persona para dar noticia de cuanto habia ocurrido, y con objeto de consultarle sobre algunas dudas.
El licenciado Vergara quedó sumamente complacido.
--¿Conque no hicieron ninguna resistencia?--preguntó.
--No señor, cayeron como unos pajaritos.
--Mas vale así, que á fé que hubiera yo sentido cualquier desgracia, cuando solo se trata de detener unos días á Don Melchor sin causarle daño.
--¿Y dígame V. E. qué se hace con una señora enferma que venia con su señoría?
--¿Una señora?
--Sí, una dama que le acompañaba.
--¿Y qué dama era esa?
--Debe ser de la familia, aunque apenas pudimos verla, porque venia enferma y acostada dentro de un carro.
--¿Y qué hicisteis?
--Como supusimos que era de la familia, y no criada, ni esclava, ni cosa así, por no disgustar á su señoría el señor Don Melchor, la hemos puesto en su mismo alojamiento.
--¿Y qué dijo él sobre esto?
--Nada absolutamente.
El licenciado se puso á reflexionar, que Don Melchor ni tenia familia, ni era posible que viniendo á buscar á Luisa, hubiera traido consigo una muger: esta debia sor alguna enferma que venia sin duda á curarse á México, y habia aprovechado la marcha de Don Melchor para tener mas seguridad en el camino; esta idea le pareció muy acertada y se fijó en ella.
--Todo ha estado muy bien--dijo--volved inmediatamente, y decid de órden mia, que se siga reteniendo á Don Melchor, tratándole con toda especie de consideraciones; y sobre todo que nada sepa de la causa de su detencion, ni que conozco á nadie, ¿lo entendeis?
--Sí Excelentísimo señor--¿y la dama?