Monja y casada, vírgen y mártir

Part 32

Chapter 323,901 wordsPublic domain

Al salir de allí estaba la acequia que pasaba por la espalda de la inquisicion y era adonde salia á desaguar aquella atargea.

Era preciso atravesar aquella acequia con el agua mas arriba de la cintura.

Teodoro salió el primero, y tomó á María que le seguia inmediatamente sobre sus espaldas, luego Martin que hizo lo mismo con Sérvia, y en seguida apareció Don Cesar.

La noche estaba tan oscura que estando todos tan inmediatos apenas se distinguian unos á los otros.

Atravesaron la acequia y salieron del otro lado, entonces sin hablar Martin echó á caminar por delante y los demás en su seguimiento; y por calles solitarias y estraviadas lograron salir hasta fuera de la traza á un gran edificio que tenia el aspecto de una vieja casa de campo.

Allí estaba ya todo dispuesto, habia caballos ensillados, y hombres á propósito para esa clase de caminatas.

Desde que el marqués de Gelves, habia dejado el gobierno de la Nueva España, los ladrones, habian vuelto á sus antiguas costumbres, y habia cesado la seguridad en las ciudades y en los caminos, y toda la clase de gente perdida estaba contentísima y se cantaba por todas partes una cancion que comenzaba:

Vivimos en nuestra ley, _Que ya se acabó el virey_.

A Martin indudablemente no le podian faltar auxiliares de esta clase, y á ellos debia ocurrir en semejante lance.

Los fugitivos comenzaron á disponer y arreglar sus planes.

Martin determinó tomar el camino de Acapulco, llevando en su compañía á Don Cesar.

Y Teodoro prefirió ocultar á Sérvia dentro de la ciudad, y permanecer él en ella como si nada hubiera acontecido.

Todo esto se determinó en un momento, y poco tiempo despues, salian de la casa todos, Martin, María, y Don Cesar á caballo para comenzar la peregrinacion, y Teodoro y su muger á pié para buscar un refugio en donde ocultar á esta última.

Serian las tres de la mañana y era seguro que la evasion no se advertiria en las cárceles del Santo Oficio hasta las siete, que era la hora en que se acostumbraba entrar á los calabozos para llevar á los presos el alimento y agua para todo el dia, y hacer el registro de costumbre.

Los fugitivos contaban con cuatro horas cuando menos de tranquilidad, y en cuatro horas se puede hacer mucho.........

* * * * *

* * * * *

Santiago, habia ayudado y favorecido como hemos dicho la fuga de Don Cesar y de las dos mugeres, y habia recibido una fuerte suma de mano de Teodoro, pero su conciencia de carcelero, y de hermano de la cofradía del glorioso San Pedro Mártir no estaba enteramente tranquila, y á medida que avanzaba la noche, y que se figuraba, que ya llegaba el momento de la evasion, comenzaban á ser mas y mas fuertes sus remordimientos y sentir miedo por los resultados.

Santiago no podia sosegar, no se acostaba, ni podia estar un momento tranquilo; á cada instante se acercaba á la puerta de su casa esperando algo nuevo, temiendo que lo mandasen llamar del Santo Oficio, que todo se hubiese descubierto allí, y en fin que los inquisidores conocieran la parte que habia tenido él en todo.

Era ya la media noche, y Santiago no pudo resistir, tomó su capa y su sombrero y se dirijió á la inquisicion.

Como allí nunca dejaba de estar en pié una guardia de familiares que de dia y de noche asistian al Tribunal, Santiago tuvo con quien hablar inmediatamente.

El hermano que estaba de guardia vió entrar á Santiago, y en el rostro demudado del antiguo ministril, conoció que algo extraordinario le acontecia.

--¿Qué pasa?--le preguntó.

--Una novedad--contestó Santiago: acaban de hacerme la denuncia de que unos reos quieren hacer fuga en esta misma noche.

--¿Cómo?

--No lo dudeis, que así será como me lo han referido, que de persona muy veraz tengo la noticia y me he apresurado á traerosla, por lo que pudiera importar.

--¿Pero en qué parte de la prision se intenta esa fuga? ¿por quiénes? ¿qué pormenores teneis de eso?

--Nada mas os puedo decir, que otra cosa no sé--dijo Santiago, no atreviéndose á dar mayores datos contra sus amigos.

--Entonces, ¿qué os parece que hagamos?

--Pues creo, que debia comenzarse por pasar ahora mismo una visita á todos los calabozos.

--Seria alborotar la prision, y si no hay nada.........

--¿Y si por desgracia hubiere, y vos por negligencia fuerais culpable?

--Os sobra razon--acompañadme, y vamos á practicar la visita.

El hermano comisario de guardia y Santiago tomaron dos faroles, y avisando á los carceleros comenzaron á esa hora un escrupuloso registro general en todos los calabozos.

Todos los reos despertaban espantados: allí donde se temia la muerte y el tormento á cada instante, un rumor á media noche, una visita inesperada de los carceleros y del comisario, eran para estremecer á cualquiera.

Los reos se incorporaban en sus pobres lechos de paja y con ojos inquietos miraban á esas horas que los ministros del Santo Oficio buscaban por todas partes, removian la paja de las camas, tocaban en las paredes, y luego que estaban satisfechos, se retiraban sin hablar una palabra.

Llegaron por fin las pesquizas hasta el calabozo que ocupaba Don Cesar.

El carcelero dió Vuelta á la llave y Santiago se puso á temblar porque habia llegado el momento supremo, iba ó á descubrirse la fuga, ó á impedirse que tuviera efecto y Santiago no sabia que era lo que deseaba que sucediera mejor.

El carcelero dió vuelta á las llaves, corrió los cerrojos y empujó la puerta, pero la puerta no cedió, redobló sus esfuerzos y la puerta permaneció cerrada; indudablemente habia por dentro un fuerte obstáculo que impedia abrirse.

--¿Qué sucede?--preguntó el comisario.

--No puede abrirse--contestó el carcelero--aquí sí hay alguna cosa sospechosa.

--¿Quién está preso aquí?

--Don Cesar de Villaclara--contestó Santiago.

--Es preciso abrir y pronto--agregó el comisario.

Y todos reunieron sus esfuerzos y empujaron aquella maciza puerta que tenia por el interior nada menos que la loza que le habia puesto Teodoro.

Resistió por mucho tiempo la puerta, pero al fin cedió abriéndose con extraordinaria violencia.

Los familiares penetraron y reconocieron el calabozo.

--¡Vacio! dijo uno.

--¡Vacio! contestaron todos.

El comisario se puso á examinar el agugero que habia en el suelo.

--Por aquí fué la fuga--esclamó; y luego mirando horadado el techo: ¡y los de arriba tambien, esto es muy sospechoso!

Santiago no podia ni respirar del miedo.

XIV.

Dios lo ha dispuesto.--Concluye.

Como nuestros lectores estarán impacientes por saber lo que habia acontecido á Luisa, y nos hemos adelantado un dia por seguir á Teodoro y á Martin, vamos á volverlos á llevar á la inquisicion.

El estraño cortejo se colocó en derredor del sillon, y sin interrumpir su rezo.

Un hombre con el mismo saco y capucha de los familiares, pero con los brazos descubiertos, atravesó el círculo que formaban los de las velas, y acompañado de otros dos que lo seguian, se dirijió al ángulo en que se habia refugiado Luisa y se apoderó de ella.

Hasta aquel momento Luisa no se habia atrevido ni á pronunciar una palabra, le parecia que soñaba; aquellos hombres entraron y se colocaron sin fijarse al parecer en ella, como si ella fuera estraña á lo que iba á pasar allí.

Cuando Luisa se sintió asir por aquellos tres hombres, lanzó un grito y quiso desprenderse de ellos, pero fué imposible; quiso resistirse, pero en vano.

--¿Qué se va á hacer conmigo? tengo miedo señores, por Dios, ¿qué me van á hacer?--decia procurando resistir.

Nadie le contestaba, y los tres hombres la arrastraban con extraordinaria facilidad hasta el fatal sillon.

--Pero por nuestro Señor Jesucristo, ¿qué pretendeis? ¿Es acaso para darme tormento? ¿Quereis matarme? Yo lo diré todo, todo, contestadme siquiera señores; á un cristiano no se le niega el habla; ¡por Dios! siquiera que me respondan.

Los de las velas continuaban rezando en voz alta, y en un tono triste y monótono.

Habian sentado á Luisa y comenzaban á atarla fuertemente contra el aparato los piés, los brazos y la cintura, sin que valieran en nada sus esfuerzos.

--¡Ay!--decia Luisa, ¡ay Dios mio, que me matan! ¡Señores que vais á cometer una grande injusticia! Señores, por la salvacion de vuestras almas, yo no soy la muger destinada á muerte, yo no soy Doña Blanca, yo soy Luisa, soy Luisa.....

--Ponle una mordaza--dijo por lo bajo un carcelero á otro, no vaya á ser la desgracia que se aparezca el inquisidor, ó alguno de estos hermanos vaya á creer lo que dice esta loca y vayamos á tener que sentir.

El carcelero sacó violentamente de debajo de su hábito una mordaza de esas que tenian la figura de una pera, y cuando Luisa abrió la boca para gritar, se la introdujo tan perfectamente y con tanta rapidez que podria asegurarse que tenia gran práctica en aquella operacion.

Los verdugos nada dijeron, pero la voz de Luisa se apagó repentinamente, y solo por los lados de la mordaza se escapaba una especie de silbido.

Los hermanos de la «cofradía de San Pedro Mártir» seguian en su rezo como si nada estuviera pasando allí.

Luisa estaba completamente asegurada, y solo tenia movimiento en los ojos que volvia suplicantes á todos lados, sin encontrar ni un rostro ni una mirada compasiva; al través de los capuchones se adivinaban rostros feroces, ó sonrisas sarcásticas.

En aquel momento quizá pensó Luisa en la esclava ejecutada en la plaza mayor, y de quien ella se habia reido.

Los verdugos pasaron una cuerda al derredor del cuello de Luisa y por detrás la aseguraron al centro de las aspas.

Uno de los hermanos hizo una seña y todos se arrodillaron; los verdugos con una rapidez extraordinaria, comenzaron á voltear las aspas.

Luisa abrió por un instante los ojos espantosamente, su seno se agitó con extraordinaria violencia, gruesas gotas de sudor se desprendieron del nacimiento de sus cabellos, se estremeció convulsivamente, inclinó la cabeza dejando salir de su boca la lengua larga y amoratada, y luego no se movió mas.

Estaba muerta.

Los verdugos seguian volteando las aspas, y los hermanos rezando, hasta que á una señal del gefe de aquellos hombres todos se pusieron de pié y en silencio.

En este momento se presentó en la puerta el inquisidor mayor, Don Juan Gutierrez Flores.

--¿Habeis concluido?--preguntó.

--Todo ha pasado--contestó el escribano.

--Dios la haya perdonado--agregó el inquisidor, haciendo un movimiento para retirarse; pero de repente miró la cara de la muerta que le habian ocultado intencionalmente los hermanos, y lanzando una esclamacion se dirijió á ella.

--¿Qué habeis hecho? ¡Esta no es Doña Blanca!

--Señor--contestó el escribano--es la misma á quien he notificado en esta mañana la sentencia.

--Pero esta muger debia estar libre, ó por lo menos en poder de la justicia ordinaria; esta era Luisa.

--Señor, eso decia ella--dijo el escribano.

--Pero ¿por qué no me avisásteis nada?

--No podia yo mas que asentar la apelacion si interponia el recurso; pero no admitir escepciones, ni dilatorias, ni perentorias..........

--¿Pero cuando esta infeliz os hacia notar vuestro error?

--No hacia fé en juicio su declaracion.

--¿Y á dónde está Sor Blanca, la otra muger que estaba presa con ésta?

--Recibí órden de su señoría para que fuera entregada á la ronda que debia venir por ella.

--¿Conque es decir que todo lo habeis trastornado? Mañana mismo es preciso levantar sobre todo esto un proceso, porque no puede quedarse así. ¡Pobre muger! agregó mirando á Luisa. La Providencia te ha castigado: debias estar muy lejos de aquí. En fin, Dios lo ha dispuesto así...

* * * * *

* * * * *

Al dia siguiente el inquisidor envió á llamar muy temprano al licenciado Vergara Gaviria, para un negocio muy importante.

Aunque Vergara tenia la investidura de Capitan general, con la inquisicion se andaba muy sumiso, tanto por el poder y la influencia que tenia ese Tribunal, como por lo que los inquisidores podian informar al rey bien ó mal del tumulto contra el marqués de Gelves.

Don Pedro de Vergara asistió muy puntual al llamado del inquisidor.

--¿Ha visto V. E.--le dijo éste--á la muger que le remití?

--No--contestó Don Pedro--que tanto me preocupan los negocios del Estado que no he tenido tiempo para ello.

--Pues de saber tiene Su Excelencia que ha pasado aquí un lance, que me ha parecido en estremo desagradable y me obliga á llamaros.

--¿Qué hay, pues?--dijo espantado Vergara.

--Que los encargados de cumplir las órdenes no enviaron á Luisa, sino que en su lugar dejaron salir á una muger sentenciada á la pena de garrote vil.

--Pues nada hay perdido, porque la muger está segura en las prisiones de la ciudad.

--Pero es que en el lugar de ella quedó Luisa y.........

--¿Y qué?.........

--Que ha sufrido anoche la última pena.

--¡Jesus nos ampare! esclamó pálido como un muerto Vergara. ¿Y qué hacemos?

--Reflexione V. E. que no se puede hacer aquí otra cosa sino guardar silencio respecto á Luisa, y que me remita V. E. la muger que le mandé entregar para que sufra la pena á que fué condenada.

XV.

En donde se vé como volvieron á encontrarse dos antiguos conocidos.

Los sabuesos de la inquisicion se pusieron en movimiento. Los fugitivos no podian ir muy lejos segun los cálculos de los inquisidores, á quienes se dió parte de la evasion, y en la madrugada por todas partes se encontraban en las calles rondas y familiares.

Martin y Don Cesar que tomaron camino fuera de la ciudad, no pudieron observar este movimiento, pero Teodoro y su muger lo conocieron inmediatamente.

A cada instante tenian que ocultarse ó variar de direccion, porque sentian rumor de gente ó descubrian algun farolillo á lo lejos que venia aproximándose.

A medida que avanzaban mas hácia el centro de la ciudad, notaban mayor agitacion entre las gentes de justicia: una fuga de las cárceles del Santo Oficio era una cosa casi fabulosa que causaba admiracion, que pocos se atreverian á creer, y que sin embargo de todo habia costado muy poco trabajo á Don Cesar y á las dos mugeres.

Continuó Teodoro avanzando con Sérvia, hasta que llegó á una calle larga, estrecha y oscura que le pareció la mas propia para transitar.

Iban ya cerca de la mitad de la calle cuando por el frente observaron una patrulla que desembocaba; Teodoro creyó prudente retroceder y no encontrarse con ella: así lo hizo, pero entonces advirtió que por el otro estremo entraba tambien gente de justicia.

La situacion de Sérvia y de Teodoro era angustiosa: no podian ni avanzar ni retroceder sin encontrarse con alguna de las dos rondas; y permanecer allí era entregarse irremisiblemente en manos de la justicia.

Felizmente para ellos la noche era muy oscura todavía, y aun no podian haber sido descubiertos.

Teodoro se puso á buscar alguna salida, pero no habia por allí ninguna puerta compasiva que se abriera. Casi desesperado levantó la cabeza, y á poca altura vió un balconcillo.

Entonces pensó que aquel era su último recurso, alzó con sus robustos brazos á Sérvia que se asió del balcon y pasó dentro del barandal, luego saltó él mismo, y asegurándose de la reja pasó tambien á colocarse al lado de su muger.

Ya era tiempo porque la claridad de los faroles de la ronda comenzaba a invadir el lugar en que ellos estaban.

Sin embargo, el balconcillo estaba muy bajo y podian verles, y entonces si no habia otro remedio, Teodoro y su muger se finjirian vecinos que salian atraidos por la curiosidad; pero Teodoro quiso probar antes si las puertas del balcon estaban cerradas, las impulsó suavemente, y contra todo lo que él se figuraba, las puertas, cediendo al impulso, se abrieron suavemente sin producir ninguna clase de ruido. En estos momentos se encontraban las dos rondas al pié del balcon.

La estancia en que penetraron Teodoro y Sérvia estaba alumbrada: cerca de una gran mesa cargada de libros, de frascos y de retortas, un anciano leía á la luz de un mechero de aceite.

El anciano al sentir que se abria el balcon volvió hácia allí el rostro, alzando su mano para cubrirse el resplandor del mechero que le deslumbraba.

Teodoro se quedó parado, y Sérvia se arrodilló poniendo un dedo sobre sus labios y como implorando silencio y socorro.

Ni una palabra dijo el anciano, y luego despues de haber reflexionado un poco hizo una seña para que se acercasen.

Teodoro y Sérvia obedecieron, y llegaron hasta cerca de la mesa.

El anciano los seguia examinando en silencio y con grandísima atencion; su rostro se iba animando poco á poco hasta que al fin, como dudando, esclamó:

--¡Teodoro!

Teodoro no contestó, y miró de hito en hito al anciano.

--¡Teodoro!--repitió el anciano--¿eres tú?

--Sí, señor. ¿Pero vos quién sois, que así me conoceis?

--¿No te acuerdas de mí, hijo mio?

--No señor--dijo Teodoro vacilando.

--Don José, yo soy Don José de Abalabide, hijo mio......

Apenas pudo concluir el anciano, porque Teodoro se habia arrojado á su cuello, y lloraba, como lloraba tambien el viejo.

--Teodoro, decia Don José--no me conocias, hijo mío, ingrato; tú el único que no me olvidó en mi desgracia.........

--Sérvia, Sérvia--decia Teodoro conmovido: mira, mira, éste es nuestro padre de quien tanto te hablaba.--Señor, es mi muger, la madre de mis hijos......... Abraza á Don José, Sérvia, abrázale: señor, permitidle que os abrace; es negrita, pero muy buena y os ha querido siempre.

--Y Don José abrazaba á la negrita que, mirando á los dos tan emocionados, lloraba tambien.

--Vamos, vamos, calmaos--decia Don José--que ya es mucho y pueden dañarme tantas emociones: siéntate Teodoro, siéntate hija. ¿Qué andais haciendo así, entrando por los balcones? Supongo que tú Teodoro no te habrás vuelto un perdido, hijo mio.

--Ah, no señor--respondió Teodoro--soy rico porque recojí todos vuestros bienes ocultos, y en lugar de disminuir han aumentado: sí, señor, Dios nos bendijo, y puedo entregaros buenas cuentas de todo; están vuestros intereses mejor que antes.........

--Vamos, vamos--dijo Don José pasando su mano por la cabeza de Teodoro como podia haberlo hecho un padre con un hijo.--Vamos, loco, ¿quién habla aquí de intereses, ni qué tienes tú que darme á mí cuenta de dinero que es tuyo? Si ha disminuido, por tí lo siento; y si por el contrario aumentó, como tú me dices, me alegro, y que Dios te haga muy feliz con él; que todo lo mereces, porque eres agradecido y bueno, y tienes el corazon grande y limpio.

Teodoro conmovido besaba la mano del viejo. Sérvia lloraba.

--Vamos, cálmate--continuó Don José--cálmate y cuéntame que andais haciendo, entrando así por los balcones y á estas horas.

--Señor--dijo Teodoro--veniamos huyendo perseguidos por la justicia.

--Por la justicia ¿pero qué habeis hecho vosotros?

--¿Qué? á vos nada puedo ocultaros, mi esposa señor se ha fugado esta noche de las cárceles de la inquisicion.

--¡Fugado de la inquisicion! ¡pero eso es maravilloso! ¿cómo?

--Con ayuda de un amigo, que tambien tenia allí presa á su muger.

--¿Y os han visto?

--No señor, la calle estaba oscura, y aunque las dos rondas venian á encontrarnos en medio, Dios me inspiró la idea de asaltar este balcon, y ya lo veis, nos hemos salvado.

--Es necesario cerciorarse de que nada observó la justicia, asómate, y yo ocultaré la luz para que no te vayan á descubrir.

Abalabide ocultó la luz detrás de la carpeta que cubria la mesa, y Teodoro con gran precaucion y casi arrastrándose se asomó á la calle.

Las dos rondas se habian encontrado y habian retrocedido juntas, apenas se distinguia á lo lejos la luz de los farolillos.

--Estamos salvados--dijo Teodoro, se han ido.

--Bien, ¿y qué pensais hacer ahora?

--Volvernos--dijo Teodoro por donde hemos venido, que necesito al menos por algunos dias, tener oculta á mi muger, mientras, se calma la persecucion.

--¿Pero á dónde vas á ocultarla?

--Yo no sé, pero buscaré adonde.

--Mira hijo, lo mejor será que la dejes aquí unos dias, esta casa es grande y no puede ser sospechosa.

--¿Es vuestra señor?

--Como si lo fuera es de un caballero amigo mio que se llama Don Cárlos de Arellano.

--¡Don Cárlos! el amante de Luisa; el que denunció la conspiracion...........................

Llamaron á la puerta y Teodoro calló repentinamente.

--Ocultaos allí en ese aposento--dijo en voz baja Don José, pero pronto..........

Teodoro y Sérvia obedecieron sin replicar.

Habian vuelto á llamar á la puerta.

--Pasen--dijo Don José, procurando dar á su rostro un aire indiferente.

Don Cárlos de Arellano entró mirando curiosamente á todos lados.

--Habia creido--dijo--que hablabais con álguien.

--Tengo algunas veces, como sabeis, la costumbre de estudiar en alta voz y en este momento me sucedia que entusiasmado con un trozo de Alberto Magno casi declamaba, ¿pero qué novedad os trae por acá á estas horas?

--Una grande y secreta: acabo de llegar de la casa de Don Pedro de Mejía.

--¿Y bien?

--Que Don Pedro ha sabido muy secretamente por uno de los secretarios del Capitan General, que su hermana Blanca presa en la inquisicion se ha fugado.

--¿Se ha fugado?--dijo Don José pensando que tal vez habia salido con la muger de Teodoro.

--Sí, mirad como estuvo la cosa. Luisa que estaba en el calabozo con ella consiguió por medio del Capitan general salir de la inquisicion, pero á la hora de la salida, Blanca tomó su lugar y ella fué y no Luisa la que consiguió la libertad.

--¡Caso mas raro!

--Pues aun hay mas: Blanca debia sufrir esa noche la pena de garrote, y como Luisa habia quedado en su lugar, ella la sufrió y la han ahorcado.

--¡Jesús! dijo Don José.

--Y hay mas aún.

--¿Qué? decidme que estoy espantado.

--Descubierto todo, el inquisidor llamó al licenciado Vergara, le refirió el hecho y dispuso, que vuelva Sor Blanca á la inquisicion, para que sufra tambien la muerte á que estaba sentenciada.

--¡Pobre muger! pero eso ya es demasiado y Don Pedro ¿qué dice?

--Aquí en confianza, Don Pedro tiene un negro corazon, y ni se afecta con la muerte de Luisa, ni se apura por la suerte que aguarda á su pobre hermana.

--¿Pero ese hombre es un tigre?

--Creo que sí ¡pobre Blanca!

--¡Pudiéramos salvarla!

--Ojalá.

--Decidme está ya en la inquisicion.

--No, pero hoy antes que salga la luz la conduciran para allá.

--Quizá haya esperanza de hacer algo por ella.

--Como á estas horas no tenemos de quien valernos y el negocio es muy peligroso.

--¿Quién podrá ayudarnos, quién?

--Yo--dijo Teodoro presentándose.

Don Cárlos retrocedió, llevando la mano al puño de su espada.

--¿Quién es este hombre? ¿Qué quiere aquí?--dijo.

--Calmaos--contestó Don José: es casi mi hijo y á vos esplicaré despues, por ahora decidle lo que pensais respecto á Blanca, y él os comprenderá y os ayudará, yo le fio.

--Bien está--dijo sosegándose Don Cárlos--has oido ya de lo que se trata.

--Sí señor.

--¿Y qué te parece?

--Me parece que todo se puede hacer muy fácilmente.

--¿Cómo?

--¿Decís que hoy deben llevar á Doña Blanca á la inquisicion?

--Sí, antes que haya luz.

--¿En dónde está ahora?

--En la cárcel de la ciudad.

--Entonces voy á esperar que la saquen, la sigo y en donde me sea posible se las quito á los alguaciles y la salvo. En ese caso, ¿á dónde podré llevarla?

--A mi casa de la Estrella, ¿sabes?

--Sí señor.

--Allí estará segura.

--Pues no hay que perder el tiempo. Me voy, adios, encomendadme á Dios; en todo caso, señor, os dejo á mi pobre muger.

--Confia en mí--contestó Don José.

Teodoro besó la mano del viejo y se dirijió al balcon, abrió las puertas, y saltó lijero á la calle.

Don Cárlos se asomó y permaneció allí hasta que se perdió el eco de las pisadas de Teodoro.

XVI.

De como Teodoro no “reparaba en pelillos” como decia el refran.

La mañana comenzaba ya á blanquear el horizonte; comenzaba ya á sentirse ese ruido que constituye, por decirlo así, la vida de una ciudad. Las campanas de los templos llamaban á la primera misa, y los muy devotos y los hombres trabajadores se levantaban á toda prisa y se lanzaban á la calle como las avejas atraidas por el sonido de las campanas.