Monja y casada, vírgen y mártir

Part 30

Chapter 303,925 wordsPublic domain

¡Ah!--dijo arrodillándose cerca de Blanca y tomando una de sus manos--Perdóname, perdóname, pobre criatura, ¡cuánto te he hecho padecer! Yo he sido una pantera, pero me arrepiento. ¡Dios mio! me arrepiento, quisiera mil veces sufrir lo que sufre esta desgraciada, primero que haber cometido los crímenes que llevo sobre mi conciencia: ¡Jesus, y qué negra está la noche de mi conciencia, y cuántos cadáveres he regado en mi camino! Don José Abalabide, Don Manuel de la Sosa, los esclavos ajusticiados en la Pascua......... quizá por eso Dios me ha castigado, y mi color se ha vuelto negro..................

--Agua, agua, que me ahogo, que me abraso--dijo Doña Blanca volviendo en sí--agua.

--¿Agua?--dijo Luisa--¿agua? y yo he roto la vasija en que estaba ¿conque yo he de atormentar á esta infeliz en todas partes?

--Agua--decia Blanca--agua. Luisa como una loca se lanzó á la puerta del calabozo, y comenzó á golpear con las manos furiosamente, pero el ruido que sus manos delicadas, producian sobre aquella macisa puerta se escuchaba apenas dentro del mismo calabozo.

Blanca volvió á quedar en silencio, y Luisa con las manos hechas pedazos, cayó de rodillas junto á la misma puerta.

IX.

En donde se verá que hubo un “meeting” en el año del Señor de 1624.

El de Gelves permanecia retraido en San Francisco, y mas podria decirse prisionero que libre. La Audiencia tenia destinados trescientos hombres solo para la guarda del convento, y nadie podia hablar con el virey, y cuanto él escribia era leido por los oidores.

La Audiencia no le permitia salir de la Nueva España como él pretendia para ir á la Corte y presentarse al rey, y aunque reclamaba que de no permitírsele la salida se le volviese el gobierno de la colonia, los oidores se negaban á todo tenazmente con palabras y comunicaciones altaneras y poco corteses.

El de Gelves se valió como para intermediarios de aquella negociacion, de su confesor el guardian de San Francisco, y del inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores; pero nada pudieron éstos conseguir, y solo obtuvieron por única respuesta «que la Audiencia esperaba la resolucion de Su Majestad á quien habia enviado ya en comision á uno de los rejidores de la ciudad de México.»

Sin embargo, los oidores comenzaron á temer lo que se diria en España de que ellos retuviesen tan violentamente el gobierno, é hicieron correr la voz de que iban á entregárselo otra vez al de Gelves.

Como era natural, conocido el rigor y la severidad del marqués, todos los comprometidos en el tumulto comenzaron á temer, y volvió la alarma en la ciudad, y volvieron los gritos sediciosos y los preparativos para otra nueva tempestad. Esto era precisamente lo que deseaba la Audiencia, que determinó llamar á una gran junta á todas las autoridades civiles y eclesiásticas, y á todas las personas notables de la ciudad, con el objeto de consultarles el caso, seguros, como estaban los oidores, de que todos habian de opinar porque no se volviese el gobierno al de Gelves, sino que lo conservase la Audiencia hasta la definitiva resolucion de Su Majestad.

El dia destinado para la gran reunion llegó por fin. Los oidores esperaban ya en su sala de audiencia, y poco á poco comenzaron á llegar los invitados.

Alcaldes, regidores, clérigos, frailes, abogados, comerciantes, en fin, gentes de todas clases y estados; aquello era una torre de Babel, era una inmensa confusion, todos hablaban, todos discutian entre sí, y nadie llegaba á entenderse.

Don Pedro de Vergara presidia aquella reunion, y no lograba poner órden en la multitud.

Hablaron los oidores esplicando el objeto de la reunion, y pidiendo parecer á los circunstantes; tomaron la palabra algunos padres graves, nadie les escuchó, y terminó todo con decir que todos habian aconsejado á la Audiencia que retuviese el gobierno de la Nueva España, para evitar mayores desórdenes y escándalos.

La reunion se disolvió, volviéndose sin duda, cada uno tan enterado de lo acontecido, como si nada hubiera pasado.

Los amigos mismos del de Gelves fueron invitados á asistir, porque los oidores comprendian que no podian oponerse, y que pasarian como aprobando la conducta de la Audiencia. Por esto los amigos del marqués se vieron, mas que nadie comprometidos á presentarse.

Don Pedro de Mejía no faltó, el viento no soplaba ya del lado del virey, y era preciso que él comenzara á ver por donde se acomodaba: siempre en política ha habido esta clase de hombres, que están, como ellos mismos dicen, «al sol que nace.»

Por el éxito de aquella reunion podia conocerse, que en muchos meses el de Gelves no podria salir de San Francisco, y si de tantas personas principales iban á España informes, mal debia salir la causa del virey.

La reunión se disolvió y todos comenzaron á retirarse. Mejía con el protesto de despedirse, quiso hacerse notar por el licenciado Vergara.

--Dios guarde á V. E. muchos años.

--Adios, mi señor Don Pedro, ¿os retirais?

--Háse acabado la junta, y solo esperaba despedirme de V. E.

--Muy bien: ¿pero qué nuevos lunares teneis sobre una ceja?

--Son unas gotas de pintura--contestó imprudentemente Mejía.

--Pintura muy negra debe ser y muy firme, porque supongo que no os ha caido en estos momentos.

--No señor, aunque sí hace pocos dias, dos ó tres despues del tumulto.

--Es estraño--pensó el licenciado Gaviria comenzando á sospechar, y luego queriendo inquirir mas, dijo distraidamente--¿y que pintábais?

--Um--contestó como sorprendido Mejía--una mesa, una mesa..........

Vergara acostumbrado á tratar á los criminales y á formar procesos desde su juventud, adivinó una historia en la turbacion de Mejía que venia á ayudar sus sospechas, y variando repentinamente de tema de conversacion, y como si estuviera no despidiéndose Mejía, sino departiendo con él en su aposento y con la mayor tranquilidad, le preguntó:

--¿Y no habeis sabido vos, Don Pedro, lo que aconteció á Luisa la muger de Don Melchor Perez de Varais?

Mejía se puso encendido, cruzó por su cerebro la idea de que el licenciado Vergara lo sabia todo, y se turbó completamente.

--No señor, no,--balbutió--y luego agregó queriendo cortar la conversación--si V. E. no manda algo, me retiro, que tengo muy grandes ocupaciones.

--No señor Don Pedro, puede V. S. retirarse.

Mejía se retiró, y el licenciado Vergara se quedó pensando:

--O mi larga práctica forense ha sido inútil, ó cómo haber Dios que he dado con el hilo en el negocio de la muger de Don Melchor, y éste Don Pedro no está en todo de lo mas inocente; lástima que se haya ido ya Don Melchor, él podria saber qué motivos haya ¿seria una venganza?......... ¿por qué? quizá por sus trabajos en contra del marqués, que este Don Pedro era muy su amigo: verémos, verémos, si no puede ser hoy, mañana iré á ver al inquisidor Don Juan Gutierrez Flores que conoce de este negocio.

El licenciado Vergara se habia engolfado tanto en sus pensamientos, que ni contestaba las ceremoniosas carabanas que le hacian los que se iban retirando, y siguiera así á no haberle llamado la atencion el doctor Galdos de Valencia que estaba cerca tocándole en la mano.

--Muy distraido está V. E.--dijo el doctor.

--Sí que lo estaba--contestó el licenciado, pero ya os hablaré de esto en que pensaba, que es un curioso caso de derecho.

--¿De qué se trata?

--Aun no es tiempo de que os lo refiera; mas adelante, mas adelante.

La sala estaba completamente despejada, y los oidores se encerraron para acordar entre sí......

* * * * *

* * * * *

Entre tanto, habia comenzado en el Santo Oficio el juicio de Don Cesar de Villaclara.

Don Cesar acusado de haber contraido matrimonio con una religiosa y á sabiendas, era naturalmente culpable para la inquisicion, de sacrilegio por el matrimonio, y de herejía, porque segun los sábios autores que se consultaban en aquellos tiempos, el matrimonio de un religioso ó religiosa profesos, envolvia el desprecio de los votos, y esto importaba un desprecio á Dios, y por consiguiente una herejía.

La cosa era tan clara como la luz del dia, al menos para los consultores del Santo Oficio.

Don Cesar fué llamado á dar su declaracion, y con el mismo aparato que siempre, se le tomó juramento y se comenzó el interrogatorio.

Jóven, orgulloso, valiente, y además enamorado, Don Cesar era incapaz, por temor, de decir una mentira, ni aun en presencia de la inquisicion; y á la primera pregunta confesó que se habia casado con Blanca, que sabia cuando lo hizo que era religiosa profesa, y que la amaba aun.

--¿Y no sabias--le dijo el inquisidor--lo feo de vuestro delito, y las terribles concecuencias que podia traeros?

--Lo sabia--contestó Don Cesar.

--¿Y así insistias en él?

--Así.

--Cuando de tanta obcecacion haceis gala, quizá os hayan dado algun filtro para turbar vuestra razon.

--Estoy cierto de que nada me han dado, ¿y quién podria haber hecho semejante cosa?

--La misma Sor Blanca.

--Ella ¡ah! no la conoceis, tan pura, tan cándida, incapaz de hacer mal á nadie, si ella ha caido en esta profunda desgracia, nadie sino yo tiene la culpa, nadie sino yo merezco el castigo.

--Y sin embargo, jóven--dijo bondadosamente el inquisidor, vuestra misma exaltacion, y vuestro ardor prueban que nada tiene de natural vuestra pasion; y cosa es mas segura para quien tiene antecedentes contrarios á lo que decis.

--¿Contrarios señor, y por qué?

--Sí, porque Sor Blanca ha confesado tener pacto esplicito con el demonio.

--¡Jesus!--esclamó espantado Don Cesar, ¿ella pacto con el demonio? ¿ella tan buena? ¡imposible! no lo creais.

--Mirad vuestra obstinacion: Sor Blanca lo ha confesado todo en el tormento.

--¡Oh! ¿la habéis atormentado?--dijo Don Cesar como fuera de sí, al considerar que Blanca habia sido atormentada por los inquisidores--¿la habeis atormentado? sois unos tigres, unos infames, y así es preciso, habrá dicho cuanto vos hallais querido, infames.........

El inquisidor y el escribano estaban solos con Don Cesar, y aunque ellos eran dos y el reo tenia esposas de fierro en las manos, sin embargo, el lance les comenzó á parercer comprometido, porque Don Cesar estaba como un furioso.

El inquisidor agitó la campanilla violentamente, y los carceleros se presentaron.

--Llevad á ese reo á su calabozo--dijo el inquisidor.

Dos carceleros se apoderaron de Don Cesar que habia caido en una profunda meditacion despues del acseso de furor, y sin que él dijera una palabra lo condujeron á su calabozo.

Los carceleros recibieron órden de conducir á Luisa ante el inquisidor.

X.

Salvarse en una tabla.

Luisa quedó casi desmayada junto á la puerta del calabozo. Con el silencio que allí reinaba podia escucharse su débil suspirar, y la respiracion agitada y penosa de Doña Blanca.

Así permanecieron largo tiempo las dos, hasta que el ruido de la llave que entraba en la cerradura hizo volver en sí á Luisa, que se levantó precipitadamente: los carceleros le causaban horror, hubiera preferido morir á sentirse tocada por ellos.

Se abrió la puerta y dos familiares cubiertos con sus capuchas, penetraron en el calabozo.

--La llamada Luisa--dijo uno de ellos.

--Señor--contestó Luisa temblando.

--Síganos.

--¿A dónde?

--No le importa; obedezca.

Luisa siguió sin replicar mas á sus guardianes, no sin volver el rostro tristemente hácia el rincon en que estaba la pobre Sor Blanca; quizá no volveria á verla.

En aquel momento recordó que la pobre no tenia agua, y que por razon de la fiebre que la devoraba debia de tener una sed intensa: olvidó por un instante el pavor que le causaban los carceleros, y se detuvo antes de salir del calabozo.

--¿Qué sucede?--preguntó uno de los hombres.

--Que esta pobre señora no tiene agua y se muere de sed.

--Que se muera, á ella le importa solo: deje de cuidar vidas agenas.

--Pero mirad que está muy enferma.

--Vamos--contestó bruscamente uno de los hombres.

--Agua, agua--murmuró débilmente Blanca.

--¿Lo oís?--dijo Luisa--dadle agua, está enferma.

Sin contestarle volvieron los carceleros á cerrar la puerta del calabozo, y llevaron á Luisa al través de largos y oscuros callejones hasta la sala de audiencia, en que esperaban el inquisidor y el escribano.

Luisa estaba mas espantada ante el aparato de aquella sala, que en el anterior de su negro calabozo; algo de terriblemente siniestro veia en aquellos rostros frios y severos; aquellos eran para ella algo mas que hombres: comprendia instintivamente que en aquellos corazones se embotaria la súplica y el llanto; que no tenia esperanza sino en Dios.

Como siempre, el nombre de Dios y la señal de la cruz fueron el principio del interrogatorio.

Luisa pensó que si el tormento era para arrancar la confesion, ella debia confesarlo todo para huir del tormento, aunque tuviese segura la muerte; que la misma muerte le parecia dulce despues de haber visto el estado que guardaba Sor Blanca.

Sin vacilar, sin turbarse, Luisa refirió toda su historia al inquisidor, no omitiendo ni el menor detalle ni la mas pequeña circunstancia; pero cuando llegó al cambio de su color, á los acontecimientos que precedieron inmediatamente á ese cambio, no pudo esplicar nada, porque ella misma no los comprendia.

El inquisidor escuchó atentamente la relacion de aquella vida tan estrañamente tejida entre los crímenes y los placeres, y con su natural desconfianza y suspicacia, no quizo creer ni por un momento en que Luisa no tenia parte en su transformacion.

--Supuesto que habeis confesado--la dijo--todos vuestros crímenes, ¿por qué os deteneis? ¿cómo no decis tambien el diabólico artificio de que os habeis valido para cambiar el color de vuestra piel, con objeto sin duda, de engañar al mundo y libertaros de la justicia, ó tener mas facilidad de seguir en el camino de vuestras maldades?

--Señor, juro á su señoría, por Dios y por su Santísima Madre, que ignoro como ha pasado esto, que ha sido obra sin duda de mis enemigos, ó castigo de su Divina Majestad.

--No pretenda engañar con falsos juramentos, declare la verdad, y mire que ello le importa mas de lo que cree.

--Señor, cuanto tengo dicho es la verdad, nada sé; si he declarado cosas que puedan costarme la vida, ¿por qué habia de ocultar eso que no seria por cierto el peor delito de los que yo hubiera cometido?

--¿Insiste en no decir la verdad?

--La verdad he dicho, señor.

--Entonces, á vuestra obstinacion culpad si se os sujeta por este santo Tribunal á cuestion de tormento.

--¡Oh, no señor!--dijo Luisa cayendo de rodillas--no, por Dios, no me atormenteis, no, yo sé lo que es el tormento; ¿pero qué puedo deciros allí, señor, por mas que me hagais pedazos mi cuerpo, si nada mas sé, y lo mas que consiguireis será que os diga una mentira?

--¡Una mentira!--esclamó furioso el inquisidor--ésta muger se burla del Santo Oficio; haber, llevadla á la sala del tormento.

Al sonido de la campanilla, dos carceleros se presentaron y se apoderaron de Luisa.

--¡Perdon! señor, no quise decir lo que vos entendisteis perdon............

Pero sin escuchar sus quejas la arrastraron fuera de la sala de la Audiencia, por la puerta que daba entrada á la sala del tormento.

En el momento en que desapareció Luisa, el inquisidor quedó tan sereno como si nada hubiera pasado, y el escribano con la misma impasibilidad siguió dando cuenta con otra causa.

Llamaron á la puerta suavemente, y luego un portero se presentó anunciando, que su Excelencia el señor Licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria deseaba hablar con el señor inquisidor general.

--Que pase Su Excelencia--dijo el inquisidor.

--¿Me retiro?--preguntó el escribano.

--Nó, que ser debe algun negocio de los que median entre la Audiencia y el marqués de Gelves, que no pueden tener el carácter de secretos.

Don Pedro de Vergara entró y el inquisidor le hizo sentar á su lado.

--Si el negocio de que quiere V. E. que hablemos, es secreto, puede retirarse el señor escribano--dijo el inquisidor.

--Nó--contestó Don Pedro--que de autos debe constar el asunto que traigo, y que sin duda va á pareceros muy estraño.

--Dígame V. E.

--¿Recuerda su señoría, la negrita de que venimos á hablarle Don Melchor Perez de Varais y yo, y que fué remetida por mí á este Santo Tribunal?

--La tengo tan presente que en este momento acabo de recibir su declaracion.

--¿Y dijo algo respecto al cambio de su color?

--Permitiéndome V. E. que no le refiriera pormenorizadamente su declaracion, solo le diré que respecto á ese punto permanece en el mas obstinado silencio.

--¿Pero cómo lo esplica?

--Nada dice, protesta su ignorancia, y ni reflexiones ni amenazas pueden nada con ella; y dice á todo que nada sabe que será obra tal vez de sus enemigos.

--Puede que tenga razon.

--¿Cómo? sabe algo V. E.

--Un indicio que para otro cualquiera que no tuviese la práctica que yo en los negocios, seria insignificante, á mí me ha impresionado de tal modo que vengo á comunicároslo, á vos que sois el juez y podeis tener antecedentes del caso.

--¿Pues qué ha sabido V. E.?

--Escuche su señoría: en la mañana de hoy celebrose junta para consultar los ánimos de las principales personas y corporaciones de esta ciudad, y para conocer su disposicion respecto á la vuelta del marqués de Gelves al gobierno, á cuya junta tuve el honor de invitar á su señoría..................

--Mis graves ocupaciones me privaron de asistir............

--Está bien, pero en esa junta ocasion tuve de hablar con Don Pedro de Mejía, persona de gran caudal y amigo íntimo y favorito del de Gelves.

--Le conozco--dijo el inquisidor comenzando á interesarse en el relato del licenciado por lo que Luisa le acababa de referir.

--Pues como os iba diciendo, hablé á este Don Pedro, y le advertí sobre una de las cejas, no sé si sobre la izquierda ó la derecha, tres manchas ó lunares negros, que no le habia yo visto nunca; tuve la indiscrecion de preguntarle que cosa era aquello, y me contestó sencillamente que era una pintura; como estaba yo preocupado con la historia de la negrilla, no sé por qué, pero cruzó por mi alma la sospecha de que aquellas manchas tenian algo que ver con esta historia, y variando de conversacion repentinamente, preguntéle si sabia de Luisa la esposa de Don Melchor Perez de Varais. Tal fué la turbacion que noté entonces en su semblante, que mis sospechas se convirtieron en certidumbre, y no lo dudeis, esa señora ha sido víctima de un crímen; si esas manchas no han podido borrarse de la frente de ese hombre, la tinta que las produjo debe ser muy firme, capaz de cambiar el color de una persona en donde quiera que se la aplique, y Luisa puede haber sido de alguna manera privada de sentido y desfigurada de ese modo; y Don Pedro si no ejecutó la operacion debe por lo menos, haberla presenciado. ¿No parecen racionales á su señoría estas inducciones?

--Verdaderamente V. E. me dá en que pensar, porque yo tengo mis razones para pensar que Don Pedro de Mejía, esperaba un momento para vengarse de esa muger.

--Como que fué esta señora una de las personas que mas activa parte ha tomado contra el de Gelves, amigo y protector de Mejía como sabeis.

El inquisidor no contestó, estaba pensativo; por fin, despues de un rato de silencio dijo al licenciado Vergara.

--¿Sabe V. E. que la ocasion de salir de nuestras dudas no puede tardar?

--¿Por qué?

--Don Pedro de Mejía está citado para venir aquí á tratar de negocios relativos á su hermana Blanca que está presa en las cárceles del Santo Oficio.

--¿Y á qué hora?

--No tardará, si es que aun no viene, y le haremos entrar, y entonces no creo muy dificil que deje de arrancársele el secreto si existe verdaderamente, veremos.

El inquisidor agitó la campanilla.

--Que si ha llegado Don Pedro de Mejía pase á esta sala, dijo á un portero que se presentó--y vos, señor, escribano, salid, pero no os alejeis que podemos necesitaros.

Don Pedro de Mejía entró á pocos momentos, y el escribano se retiró.

Mejía fué recibido con mucho agrado.

--Os he hecho venir--dijo el inquisidor--que hablaros necesito acerca de la causa de vuestra hermana, presa en las cárceles de este santo Tribunal.

--Y aquí me tiene su señoría.

--Supongo que sabreis que esa señora está convicta y confesa del delito de sacrílego matrimonio, de herejía y de pacto esplícito con el diablo.

--Su señoría me lo dice.

--Y que como es natural, tenga que sufrir la última pena.

--El santo Tribunal de la Fé sabe lo que hace, y mi hermana, (que por desgracia lo es) culparse debe á sí de lo que le acontezca, que yo ponerla he procurado siempre en el buen camino.

--Es verdad, pero en obsequio vuestro he querido llamaros, porque siempre en una familia, grave cosa es y dura para la descendencia, tener una persona que haya sido ajusticiada publicamente por un delito.

--Pena es esa que no me ha dejado descansar hace muchos dias, y que diera algo por quitármela de encima.

--Doña Blanca vuestra hermana podria muy bien ser ejecutada dentro de las mismas cárceles, escusándose el bochorno de verla salir en el auto general de fé; pero esto demandaría costas y gastos que deseaba yo saber si vos abonariais, porque el Santo Oficio no puede hacerlos hoy.

--Su señoría dispone de mi hacienda, y no tiene si no que decirme el monto total, que satisfaré luego y antes que ver el nombre de mi familia con semejante mancha.

--Muy bien, y ahora que decis mancha, permitidme que os pregunte, ¿esas que teneis sobre la ceja, son naturales?

Tentado estuvo Don Pedro de contestar que sí, pero estaba allí el licenciado Vergara que le habia preguntado lo mismo y no quiso caer en contradiccion.

--No señor--dijo--es una tinta.

--Muy firme debe ser supuesto que no os las habeis podido quitar, siendo como me habeis dicho, que las teneis hace varios dias.

--En efecto es muy firme tinta--dijo contrariado Don Pedro, del giro que tomaba la conversacion.

--Conozco esa tinta--dijo el inquisidor, y tambien el remedio con que se quita y vuelve el natural color.

--¿Conoce su señoría el remedio?

--Sí, y es muy sencillo y probado; con él volví á su natural figura y color á Dª Luisa la muger de Don Melchor Perez de Varais que estaba manchada así como vos, con la misma tinta.

Mejía se demudó, y comenzó á moverse como indicando que estaba para retirarse.

--¿Y sabeis quién pintó á Doña Luisa?--preguntó con torbo ceño el licenciado Vergara.

Mejía mas y mas turbado contestó:

--No señor, lo ignoro.

--Pues ella asegura que fuisteis vos, en venganza de antiguos agravios--agregó con dureza el inquisidor.

Mejía perdió el aplomo.

--Señor, no la creais.

--Dice haberlo visto todo--dijo el licenciado Vergara.

--Imposible, si estaba privada--contestó imprudentemente Mejía.

--Señor Don Pedro--dijo el licenciado Vergara, en vano negais; vuestra conciencia os denuncia, vuestro delito os vende.

--Yo aseguro á V. E..................

--Estais preso de órden del Santo Oficio--dijo con severidad el inquisidor.

Don Pedro dejó caer el sombrero que tenia en las manos, y se cubrió la cara.

El inquisidor sonó la campanilla y se presentó el portero.

--Don Pedro de Mejía queda preso de órden del Santo Oficio, entregadle en las cárceles--dijo el inquisidor.

El portero hizo seña á Don Pedro que le siguiera, y él completamente anonadado le siguió, sin recojer siquiera su sombrero y como maquinalmente.

--Tenia razon Su Excelencia--dijo el inquisidor, esa muger ha sido víctima de una venganza.

--Supongo que saldrá en libertad.

--Tiene algunos pecadillos, pero corresponde su castigo al brazo secular; mande por ella V. E. esta noche á una ronda, yo la entregaré y V. E. dispondrá de ella.

--Muy bien.

El licenciado se retiró radiante de placer, salvaba á una amiga y perdia á un enemigo.

El inquisidor decia sentenciosamente al escribano:

--Son inescrutables los designios de la Providencia.

XI.

En que se sabe cosa que es increible, pero muy verdadera.

Luisa fué sacada de la sala del tormento en el momento en que esperaba que iba á comenzar su martirio, y conducida ante el inquisidor, oyó con verdadera sorpresa que aquella misma noche saldria de la inquisicion.