Monja y casada, vírgen y mártir

Part 3

Chapter 34,035 wordsPublic domain

--No os aflijais así, madrina, ante todo recordad que la noche avanza, enviad á avisar á Don Fernando que se precava, en tanto que yo vuelvo á mi casa, y si algo supiere, os doy mi palabra que lo sabreis, aun cuando entendiese perder la vida.

--¡Ah! gracias, gracias, voy á enviarle un aviso: ¿pero á dónde, á dónde?

--Os dejo, señora, porque en este momento necesitais de todo vuestro tiempo, y de toda vuestra libertad. Adios, adios, señora.

--Adios, Blanca, hija mia, que Dios te guarde.

Blanca descendió las escaleras, y á la mitad de ellas, se encontró con dos hombres que subian. Blanca vaciló y se puso pálida: aquellos dos hombres eran Don Alonso de Rivera y Don Pedro de Mejía.

--Por la carroza he conocido que mi hermana estaba de visita en esta casa,--le dijo Don Pedro,--y deseaba preguntarle si se acostumbra que una jóven salga sin licencia de su casa.

--Deseaba visitar á mi madrina......... contestó la jóven.

--Retírese á su casa la doncella inmediatamente, y espere que sabré reprimirla.

Y diciendo esto Don Pedro, se subió acompañado de Don Alonso, y Blanca, encendida de vergüenza, y con el llanto en las mejillas, subió á la carroza.

No hemos cuidado de describir á Doña Blanca, y es fuerza que el lector la conozca.

Diez y seis años tenia, y era esbelta como el tallo de una azucena, con esas formas que la imaginacion concibe en la Venus del Olimpo, con esa gracia de la muger que amamos, el óvalo de su rostro formaba en su barba uno de esos hoyos que son siempre un hechizo, su pelo y sus ojos negros, como las mugeres del medio dia y su cutiz sonrosado y fresco.

Doña Blanca era un ensueño, una ilusion vaporosa, espiritual, parecia deslizarse al andar, como las náyades en la superficie de los lagos, era de esas mugeres que la imaginacion concibe, pero que ni el pincel, ni la pluma pueden retratar.

Si amais á una muger con todo el fuego de vuestro corazon, procurad describírsela á un amigo, y os desafio á que quedeis contentos de esa descripcion, y á que no os parezca el retrato pálido y triste.

De Doña Blanca casi no podia decirse cómo vestia, porque las mugeres que impresionan parece que van cubiertas con un velo de nubes, y ante una belleza semejante no se piensa en detalles, deslumbra, ciega, preocupa.

--Mal la pasaremos,--decia á Doña Blanca una de las dueñas.--Don Pedro está azás mohino, y vos, Doña Blanca, nos habeis comprometido.

--Callad, Doña Mencia,--contestó Doña Blanca--que muchas son ya mis penas, para que yo os consienta que os tomeis la libertad de reconvenirme; dejad á D. Pedro mi hermano ese trabajo, y cuidad de no meteros sino en lo que á vos atañe.

La vieja no contestó, y la carroza siguió caminando hasta la calle de Ixtapalapa; allí entró en una de esas soberbias casas que tenian y aun conservan todo el aspecto de unos palacios.

La calle de Ixtapalapa, era esa larga y recta calle que hoy tiene en sus cuadras muy distintos nombres, y comprendia todas las que se estienden desde la garita de la Villa, hasta la de San Antonio Abad.

En aquellos tiempos no habia calles del Reloj, ni calles del Rastro, todas se conocian con el solo nombre de calle de Ixtapalapa.

Las calles que ahora se llaman Reales del Rastro, fueron las primeras en donde comenzaron á fabricar sus habitaciones los principales conquistadores, y por eso las casas de esa calle, en lo general tienen ese aire de antigüedad y de fortaleza.

Muchos años despues, cuando se colocó el reloj de Palacio, se les dió el nombre de calles de Reloj, á las que se dirigen al Norte de la ciudad.

Pero volvamos á nuestra historia.

La carroza que conducia á Blanca entró en el patio de una de esas grandes casas de la calle Real de Ixtapalapa, el escudero volvió allí á poner el estribo, y Doña Blanca, seguida siempre de sus dueñas, subió y se encerró en su habitacion, á esperar llorando la vuelta de su hermano D. Pedro de Mejía.

VII.

En donde el negro Teodoro y el Bachiller ponen en juego todos sus recursos.

Apenas se encontró sola Doña Beatriz, llamó precipitadamente á una de sus doncellas.

--Haced que venga luego Teodoro--la dijo--y que nadie nos interrumpa.

La doncella salió.

En nuestros tiempos y con las costumbres modernas, una muger no se atreveria á encerrarse con un hombre, aunque este fuera un negro, por temor á ese ¿qué dirán?

Pero entonces un negro, un esclavo no era un hombre, y una dama no temia nunca por su reputacion, aun cuando aquel negro pasase la noche en su mismo aposento; ¡tanta era la distancia á que los colocaba el color, que ni la misma calumnia se atrevia á acercarlos!

Teodoro se presentó, Teodoro era el negro confidente de los amores de Don Fernando y de Doña Beatriz, el negro de elevada estatura que hemos conocido al entrar con D. Fernando, por la puerta falsa de la casa de Doña Beatriz.

--Teodoro--dijo la jóven--un peligro de muerte amenaza esta noche á Don Fernando, y si á él le sucediera algo, yo moriria.

--Mande la señora; su esclavo está pronto á obedecerla: ¿qué dispone?

--¿Serás capaz de hacer lo que te encargue?

--La señora sabe que no tengo mas voluntad que la suya, ¿acaso no le debo la vida y la felicidad, no soy su esclavo, mas por la gratitud, que por el dinero en que me ha comprado?

--Pues bien, Teodoro, hoy espero la muestra de esa gratitud; corre al Arzobispado, y dile al Bachiller Martin de Villavicencio, que busque á Don Fernando, que le diga que quieren asesinarle esta noche, que por mi amor se guarde, y dile que le muestre como seña de que el recado yo le envio, esta sortija que él bien conoce.

Doña Beatriz desprendió de uno de sus dedos una hermosa sortija con una cruz de gruesos brillantes, y se la dió á Teodoro.

--¿No mas eso tengo que hacer?--preguntó Teodoro.

--No mas--contestó Doña Beatriz--¿por qué lo preguntas?

--Es que eso me parece hacer muy poco, cuando mi ama está tan afligida.

--¿Pues qué piensas tú?

--Si la señora mi ama me lo permite, yo seguiré á Don Fernando toda la noche, y le responderé á mi ama que nadie tocará uno de sus cabellos, hasta que Teodoro haya espirado.

--¿Harás eso? preguntó conmovida Doña Beatriz.

--Mi ama lo verá si lo permite. ¿Acaso Teodoro el negro no debe á la señora la vida?

--Te lo permito y te lo mando, vé.

El negro se inclinó reverentemente y salió de la estancia.

El Bachiller Martin de Villavicencio dormia en su cuarto, reponiéndose de la mala noche pasada la víspera; el Arzobispo le habia dado, por decirlo así, vacaciones, y el Bachiller las aprovechaba: su Ilustrísima, aunque eran ya las oraciones, no volvia del Palacio del Virey.

Llamaron á su puerta, y el Bachiller se levantó.

--Calle--dijo--me he dormido á las dos y son horas ya de las oraciones--¡adelante!

Habian vuelto á llamar. Teodoro entró con la gorra en la mano.

--Teodoro, ¿tú aquí? ¿qué manda mi señora Doña Beatriz?

--Mi ama, señor, me manda deciros que os sirvais avisar inmediatamente al señor Oidor Don Fernando de Quesada, que por el amor que la tiene, se guarde, porque en esta noche se tiene concertado el asesinarlo.

--¿Asesinarlo? ¿pero quién, cómo, en donde?

--Creo que mi ama tambien lo ignora, porque si no, me hubiera dicho que os lo dijera, para evitar el golpe.

--Pero Don Fernando creerá que es una conseja; ¿por qué Doña Beatriz ni aun escribió?.........

--Don Fernando os creerá, señor, porque para eso me manda deciros mi ama que os envia esta sortija que mostrareis por seña al señor Oidor.

--¿Pero á tí nada te encargó para evitar una desgracia?

--Yo velaré por mi señor D. Fernando toda la noche, y pasarán por el cadáver del negro Teodoro, antes que hacerle mal.

--Muy bien, ¿tienes armas por si se ofrece el caso?

--¿Armas? los esclavos no podemos usarlas, y menos despues del motin del Juéves Santo.

--Tienes razon, pero entonces ¿qué puedes hacer?

--El negro Teodoro no necesita del cuchillo, ni de la espada--dijo Teodoro con desden, y acercándose indiferentemente á uno de los balcones, tomó entre sus manos dos de los hierros del barandal, y sin esfuerzo aparente de ninguna especie, los reunió, como si hubieran sido débiles cañas.

--¡Jesucristo!--esclamó el Bachiller admirado--tienes una fuerza espantosa.

--Poco habeis visto--contestó con frialdad Teodoro--me voy si vos no mandais otra cosa.

--¿Adónde vas?

--A buscar á Don Fernando, para guardarlo toda la noche.

--Acompáñame que voy tambien á buscarle.

--Obedeceré porque así me lo mandais, pero al vernos juntos pudieran maliciar.

--Dices bien, ¿sabes que tienes mucho talento para ser negro?

--Dios me lo ha dado así.

--Bien, vete y cuidado.

El negro salió sin replicar.

El Bachiller se dirijió por su parte á la tienda del Zambo en la plaza, y de donde le vimos sacar una espada. Aquella tienda era un cuartejo de pésima apariencia; no tenia sino un pequeño armazon en donde se ostentaban algunas vasijas de barro y algunas reatas por toda mercancía, y una mesa sucia y vieja que hacia el oficio de mostrador.

Martin entró á la tienda, y se dirijió á tomar asiento en una mala cama que habia detrás del aparador. El Zambo lo seguia humildemente.

--Vamos á ver--dijo Martin--¿sabes que alguno de los nuestros, tenga ajustado trabajo para esta noche?

--Solo el _ahuizote_ me ha dicho que esta noche le tenga listas tres espadas buenas y tres dagas.

--¿Y de qué se trata?

--No he podido averiguar.

--¿Quiénes le acompañan?

--Lo ignoro, pero no deben ser de los nuestros, porque él no me dijo nada, sino que me advirtió que vendria él solo por las tres espadas.

--¿Cómo sabremos?

--Solo hablando al mismo _ahuizote_.

--¿Dónde podré hallarle?

--En casa de la bruja Sarmiento á la oracion de la noche.

--Iré allá; tenme preparadas á mí tambien tres buenas espadas y tres dagas para esta noche, toma.

El Zambo alargó la mano, y Martin puso en ella algunas monedas de plata.

Apesar de la riqueza casi fabulosa, de las minas de oro y plata de la Nueva España, los colonos no conocian ni usaban en sus mercados monedas de oro. Los reyes de España habian prohibido su acuñacion, y hasta el año de 1676 se consintió á la casa de moneda de México, labrarla y ponerla en circulacion, pregonándose y celebrándose la real cédula, saliendo á caballo los ministros de la casa de Moneda, con atabales y bajo de arcos, en medio de una gran solemnidad.

Las monedas de plata no eran redondas como ahora, sino de formas irregulares.

El Bachiller Martin salió de la tienda.

--Primero--pensó--iré á dar aviso á Don Fernando y luego me dirijiré en busca del _ahuizote_, me parece que él es el que se va á encargar de este negocio, veremos de advertir al señor Oidor, hay tiempo aunque muy corto, porque la tarde ya pardea.

Martin se dirijió á la casa del Oidor.

Enfrente vió á Teodoro, como un centinela de mármol negro, y pasó casi rozándolo.

--¿Ahí está?--dijo al pasar junto al negro.

--Sí--contestó Teodoro.

Martin entró á la casa, y encontró al Oidor, paseándose en uno de los largos corredores.

--Buenas tardes dé Dios á usía--dijo Martin.

--Así se las dé al señor Bachiller--contestó el Oidor.--¿Qué vientos os traen por aquí á esta hora? ¿El señor Arzobispo ha vuelto ya de palacio?

--Aun no estaba de vuelta su Ilustrísima, cuando he salido yo, pero urjíame ver á usía y hablarle á solas.

--Pues entrad, que aquí podeis estar á vuestro sabor.

El Oidor introdujo al Bachiller á una especie de despacho.

Aunque entónces los libros eran escasos entre la misma jente que por su profesion necesitaba de ellos, se encontraba allí algo que podia llamarse una biblioteca, y que en aquellos tiempos representaba un valor enorme.

Serian dos mil volúmenes, casi todos forrados de pergamino, y colocados en estantes de caoba con alambrados, pareciendo mas bien jaulas de pájaros ó ratoneras, que estantería para libros.

Una gran mesa cubierta de bayeta verde con libros, espedientes y papeles, un inmenso tintero de plata con una verdadera corona de plumas, y un Cristo, con dos candeleros de plata á los lados.

En toda la estancia, repartidos sin órden ninguno, grandes sitiales de madera de roble con asientos y respaldos de baqueta, tachonados de clavos de cobre.

Y sin embargo, aquel era un lujosísimo despacho de abogado en aquellos dias.

--Siéntese el señor Bachiller--dijo el Oidor.

--Poco tiempo tengo ya de que disponer--contestó Martin--que vengo solo á decir á vuestra señoría, que le manda avisar mi señora Doña Beatriz, que sabe de un concierto para asesinar esta noche á usía.

A pesar de su valor y sangre fría, el Oidor se puso mas pálido de lo que habitualmente estaba.

--Para que usía no dude,--agregó el Bachiller,--Doña Beatriz le envía esta sortija como seña.

El Oidor tomó la sortija.

--Suya, en efecto es,--dijo--ni cómo dudar de lo que vos dijeseis.

Martin hizo una caravana.

--¿Y no agrega nada mas, mi señora Doña Beatriz?

--Nada, sino que por su amor se guarde usía, que es una cosa que sabe á ciencia cierta.

--Gracias.

--Pues he cumplido mi comision me retiro, que voy á procurar, en esta misma noche, poner en claro quién y cómo atenta contra vuestra señoría.

--Quizá no consigais nada, y sea inútil pues yo me figuro ya, que mano anda en todo esto.

--Sin embargo, suplico á usía que me permita.

--Haced lo que os plazca.

--¿Supongo que usía no saldrá esta noche?

--¿Por qué no? dentro de una hora iré á verme con el señor Arzobispo.

--Pues tome usía sus precauciones.

--Nada temais señor Bachiller, id con confianza, que Dios protejerá su causa.

El Bachiller salió, Teodoro estaba en su mismo punto.

--Va á salir, cuidado--dijo Martin.

--Yo cuidaré--contestó Teodoro.

Y Martin se dirigió al _tianguis_ de Juan Velazquez, en busca del _ahuizote_, y de la casa de la Sarmiento.

Martin era un perdido, un truhan, hipócrita en presencia del Arzobispo, en cuya casa habia entrado en la clase de familiar hacia ya tres años, estaba en relacion con la peor canalla de la ciudad, muy jóven, muy valiente, con una gran inteligencia pero lleno de vicios. Martin de Villavicencio Salazar, álias Garatuza, como le decian sus compañeros debia figurar, y figuró como una notabilidad por sus crímenes en el siglo diez y siete.

Pero en medio de todo, era un tipo de lealtad, y de abnegacion para sus amigos, y para él, el Oidor era uno de ellos, cualquier sacrificio estaba dispuesto á hacer en servicio suyo, porque Martin era hombre de corazon.

VIII.

En donde el lector conocerá á la Sarmiento, y le hará una visita en su casa.

Por el lugar en donde ahora existe el Paseo de la Alameda, hubo en aquellos tiempos una especie de mercado miserable, y solo frecuentado por los indios, en un terreno invadido continuamente por las aguas de la laguna.

Se llamaba primero el tianguis de Juan Velazquez, y luego de San Hipólito, y estaba ya fuera de la _traza_.

Como quizá alguno de nuestros lectores, no sepan lo que era la _traza_, procuraremos darles de ella una idea.

Despues de la rendicion de México, la ciudad quedó casi reducida á escombros. Hernan Cortés trató de su reedificacion autorizado por el Emperador Cárlos V, y comenzó por señalar el terreno que en ella debian ocupar las casas de los conquistadores, y el que debia ser para los conquistados.

Los españoles ocuparon el centro de la ciudad, y la línea que marcaba esta parte privilegiada, que era un gran cuadro separado de los demás, por una inmensa acequia, fué lo que se llamó la _traza_.

Dentro de la _traza_ no podian vivir sino los españoles, ó algunos de los vencidos que fueran de una muy elevada categoría, como el desgraciado Guatimoctzin, último Emperador azteca.

Una parte del terreno que fuera de la traza ocupaba el mercado de San Hipólito, fué convertida en paseo, veinticuatro años antes de la época de nuestra historia; es decir, en 1592 por el virey D. Luis de Velasco, segundo, en la segunda vez que ocupó el vireinato. Se sembró de álamos y se cercó.

Esto no era sino una parte de lo que se llama hoy la Alameda.

Martin atravesó la acequia de la _traza_, por el Puente de San Francisco, y siguió hasta pasar el tianguis en el lado opuesto al que ocupaba el paseo de Don Luis de Velasco.

Vivia por allí en una miserable casita de adoves, compuesta de tres piezas con un corralon á la espalda, una vieja que tenia fama de hechicera, y que le decian la Sarmiento.

Las tres piezas de la casa eran una sala, una recámara y una cocina, casi desprovistas de muebles.

A pesar de la mala nota de la Sarmiento, nada habia allí que pudiera despertar la vigilante susceptibilidad del Santo Oficio.

La Sarmiento no tenia en su compañía, mas que dos hermanos, un varon de treinta años y una muger de veinte, ambos sordo-mudos; el hombre se llamaba Anselmo, y la muchacha María.

La Sarmiento habia traido consigo estas dos personas en un viaje que hizo á Valladolid, como se llamaba entonces Morelia, y contaba que por caridad las habia recogido.

Anselmo era sombrío, María alegre, bonita y graciosa. La Sarmiento se entendia con ellos perfectamente, y en el mayor silencio sostenian entre los tres una de las mas animadas conversaciones.

Anselmo y María en las noches, que estaban generalmente reunidos, solian enojarse y las señas degeneraban en horribles insultos. La Sarmiento, tranquilamente para cortar la cuestion sin tener que reñirles, apagaba la luz y todo terminaba; á oscuras ni se hacen, ni se reciben insultos por señas.

La vida de la Sarmiento era muy misteriosa, pocas veces salia de su casa, ni ella ni los sordo-mudos trabajaban en nada, y sin embargo, jamas les faltaba dinero; la casa que habitaban era de su propiedad.

Algunas noches se habian visto embozados y damas, llegar á la casa y entrar en ella, los vecinos le tenian una especie de respeto ó de miedo á aquella muger, pero algunas veces se atrevian á ir á espiar por las rendijas de las mal ajustadas ventanas, y nunca lograron descubrir nada.

Alguno llegó á pegar sus ojos á esas rendijas despues de haber visto entrar una dama, y solo vió á Anselmo y á María sentados delante de una vela, haciéndose señas imposibles de interpretarse.

Sin embargo, en aquella casa habia una cosa que no se ocultaba al público, que era quizá lo que mas horrorizaba á los vecinos, y en la cual no cuidaban de intervenir los familiares de la Inquisicion.

Anselmo y María domesticaban y criaban toda clase de animales, pero con mas predileccion víboras de cascabel, de las que tenian una respetable coleccion en jaulitas de madera que ellos mismos hacian.

Algunas veces por las tapias del corral, los curiosos veian que mientras la Sarmiento se dedicaba á sus oficios domésticos, los dos hermanos sentados al sol, y dando gruñidos semejantes á los de los perros, cuando están contentos, se ocupaban en dar de comer á seis ú ocho enormes víboras de cascabel.

Aquellos horrorosos reptiles salian de sus jaulas, subian por los brazos de Anselmo, se acomodaban en el torneado seno de la muchacha, arrimaban sus caras chatas al rostro de María, como un gato que hace fiestas, lanzando un silbidillo agudo, y moviendo su lengua ahorquillada con una rapidez asombrosa.

--Ah descreidos, en esas habeis de morir--decian los vecinos.

Pero no llegaba á sucederles nada, y los mas cristianos les imputaban que tenian «compacto con el diablo.»

Habia entrado ya la noche, cuando Martin llegó á la casa de la Sarmiento y llamó.

--La paz de Dios sea en esta casa--dijo.

--Amen--contestó la Sarmiento--¿qué se os ofrece, caballero?

--Venia en busca del Ahuizote--dijo Martin con un tono brusco.

--No ha venido hoy, pero siéntese usarcé señor Bachiller Don Martin de Villavicencio Salazar.

--Calle, ¿y de dónde conoceis vos mi nombre?

--Si buscais al Ahuizote y sabeis que ellos vienen por acá, ¿qué milagro será que os conozca?

--Teneis razon, y supuesto que entre nosotros no hay misterio, ¿podeis decirme adónde hallaré al hombre que busco?

--Costumbre tiene de venir aquí todas las noches á las oraciones, porque gusta mucho de esa muchacha--dijo la Sarmiento señalando á María, en quien no habia reparado bien el Bachiller.

--Oh, y por mi fé que es una preciosa mulata, buenas noches, hermosa.

--Es sorda y muda--dijo la Sarmiento.

--¡Qué lástima!--esclamó Martin--con que esta es la propiedad del Ahuizote.

--Poco á poco, le gusta y es todo, pero nada mas, que María es niña, y á ella no le hace gracia el indio, vereis.

La Sarmiento hizo una seña á María, que seguia los movimientos de los interlocutores, con sus ojos hermosos y llenos de inteligencia y de vida.

La muchacha contestó con un gesto de profundo desdén. Anselmo alzó los ojos, vió la seña, y una débil sonrisa se dibujó en su boca.

María era una muchacha tan perfectamente formada que parecia una Vénus de bronce, y como solo traia una camisa bastante descotada, su cuello, su pecho y sus hombros ostentaban toda su belleza y su morvidez; el brillo de sus ojos, y el carmin fresco de sus labios tenian una hermosura infernalmente provocativa. Los galanes del rumbo envidiaban á las víboras, y el Bachiller, hubiera sido de la misma opinion, si hubiera sabido las escenas que nosotros conocemos.

--¿Y creeis que vendrá esta noche el Ahuizote?--dijo Martin.

--Si he de decir la verdad, creo que no.

--¡Demonio!--dijo con impaciencia Martin.

--¿Qué quereis?--esclamó la vieja tan inmediatamente, que el Bachiller se espantó como si el demonio de veras hubiera contestado á su llamamiento.

--¿Sois vos acaso el demonio, que así contestais cuando se le nombra?

--No, pero tan impaciente os miro, que os ofrecia mis servicios.

--¿Sabeis qué clase de negocio tiene entre manos el Ahuizote esta noche?

--No lo sé, pero decidme si gustais, cuál es el que á vos os preocupa, que entonces mas fácil me será deciros lo que va á acontecer.

--¿Sereis bruja por ventura?

--¿Sereis vos familiar del Santo Oficio para requerirme?

--Nada menos que eso.

--Pues bien, decidme si quereis saber algo, que yo procuraré serviros, y no os mezcleis en asuntos ajenos.

--Quisiera saber de un hombre á quien se pretende asesinar en esta noche.

--Un vuestro enemigo.

--Por el contrario, amigo mio.

--¿Sois de los nuestros?--dijo la Sarmiento, lanzando el grito de una lechuza.

--Sí--dijo Martin, contestándole con el mismo grito.

--Seguidme.

La Sarmiento encendió un candil de cobre, hizo una seña á los sordo-mudos, y se dirigió á la cocina, seguida de Martin.

En uno de los rincones habia una cuba vacía, que apartó la muger con gran facilidad, y debajo una gran losa con un anillo de fierro oculto por un monton de basura.

La Sarmiento tiró del anillo, se levantó la losa, y á la luz del candil, se descubrió la entrada de un subterráneo y los primeros escalones de un caracol de piedra.

--Bajad--dijo la Sarmiento, mostrando la entrada á Martin.

Martin vacilaba.

--Bajad y no tengais miedo--insistió la vieja.

Para que un hombre resista á la palabra «_miedo_» salida de la boca de una muger, aun cuando esta muger sea una harpía, se necesita que este hombre, esté como se decia en aquellos tiempos: «dejado de la mano de Dios.»

Martin entró sin vacilar al subterráneo, y la Sarmiento le siguió cerrando tras sí la entrada.

Descendieron como veinte escalones, y el Bachiller se encontró en una gran bóveda, que á lo que pudo ver con la escasa luz del candil, daba paso á otras varias de la misma especie.

Entonces la bruja se puso delante de él, y le dijo:

--Aquí sí yo os guiaré, porque no conoceis el terreno, seguidme.

IX.

Cómo el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas.

EL Oidor era hombre de un valor á toda prueba, no de los que se animan ante el peligro, sino de los que lo buscan y lo desafian. Un peligro le amenazaba aquella noche en la calle, y sentia una necesidad, una especie de vértigo para buscarlo y encontrarlo cuanto antes.

Don Fernando estaba enamorado, y todos los enamorados han sido, y serán siempre, lo mismo. Doña Beatriz sabia que se tramaba su muerte, y Don Fernando se hubiera creido deshonrado si hubiera dejado de salir á la calle esa noche; creeria Doña Beatriz que habia tenido miedo.

Además, tenia urgente necesidad de ver al Arzobispo, de saber la resolucion del virey.