Monja y casada, vírgen y mártir
Part 29
Aquella misma noche al paso que por un lado llegaba Luisa conducida á la inquisicion por órden del Capitan general, entraba por otro á las mismas cárceles, Don Cesar á quien se habia perseguido y aprehendido de órden tambien del Santo Oficio, por complicidad en la causa de Sor Blanca.
La inquisicion tenia un modo de sustanciar los juicios tan enteramente contrario al de los tiempos modernos, que en vano por lo que vemos ahora, quisieramos juzgar de lo que pasaba entonces. A los complices de un mismo delito, se les juzgaba separadamente, de tal manera, que cada uno de ellos tenia su causa particular; se procedia contra un hombre por cualquier denuncia, aun cuando esta fuese hecha en un anónimo. El acusado ni conocia á sus acusadores, ni á los testigos que deponian contra él, ni tenia la libertad de la defensa, si negaba, la cuestion del tormento le haria confesar, á no ser que prefiriese morir en la tortura, porque á pesar de que todos los autores que servian de norma en sus juicios á los inquisidores, opinaban, que el que resistia la prueba del tormento sin confesar, debia ser absuelto, no por eso se llevaba esto á efecto, sino que acumulándose una á otra tortura, llegaba al fin el momento en que ó la víctima espiraba por la fuerza de los dolores, ó incapaz ya de resistir, confesaba prefiriendo consumirse en la hoguera á seguir sosteniendo aquellos bárbaros combates entre el dolor y la conciencia.
El Tribunal de la inquisicion, llegó hasta el grado de arrojar á los reos á profundos estanques metidos en un saco, y atados á una gran piedra, y declarando, que el que se hundia y se ahogaba era culpable.
El mas leve indicio, la menor sospecha, bastaba para prender á un hombre, y para hacerle atormentar hasta que confesara, y el silencio se tenia por confesion y era algunas veces el principal motivo para aplicar la tortura.
El mundo debe al Papa Inocencio III la creacion de este Tribunal en 1216, cuyo primer inquisidor fué Santo Domingo de Guzman, y México en el año de 1571 recibió del cardenal Espinosa, inquisidor general de España esa institucion, siendo primer inquisidor Don Pedro Moya de Contreras, que fué despues Arzobispo de México.
La inquisicion tomaba como modelo de sus juicios, y con arreglo á eso procedia, del juicio que, segun ellos, formó Dios contra Adan y Eva, y así lo probaba con mil copias de razones Don Luis de Páramo Boroxense, Arcediano y canónigo de la santa iglesia de Leon é inquisidor del reino de Sicilia, cuyo libro gozaba de gran crédito y servia como de texto para la resolucion de grandes dudas.
Los que niegan que la inquisicion en México quemara multitud de personas, no tienen sino que ocurrir á los autos de fé que corren impresos por todas partes. Y se procedia con tanta diligencia, que habiéndose fundado la inquisicion en México en 1571, en 1574 se celebró ya el primero y solemne auto de fé, al que se llevaron ochocientos penitenciados de ambos sexos, quemándose unos en efigie y otros en cuerpo; unos vivos y otros despues de ajusticiados.
En los límites de una novela no se puede tratar una cuestion de esta clase; sin embargo, si álguien levantase la voz negando los hechos que referimos, y defendiendo al Tribunal de la inquisicion, documentos irreprochables tenemos para confundirles.
VII.
En donde se prueba que un Arzobispo podia sacar una ánima del Purgatorio, pero no un acusado de la Inquisicion.
Por dar una muestra de simpatía á sus partidarios, y por exaltar mas los ánimos en el pueblo, el Arzobizpo se aprovechó de la noticia de Luisa. Dispuso hacer magníficas exequias al Ahuizote, probando con esto el alto aprecio en que tenia á los que habian tomado parte contra el virey.
El entierro del Ahuizote fué verdaderamente escandaloso.
El cajon en que iba el cadáver fué llevado en hombros hasta el cementerio por los principales amigos del Arzobispo, marcharon tras él las hermandades, las comunidades religiosas, multitud de personajes del clero, y la misma carroza del Arzobispo acompañó aquel duelo.
Cualquiera persona que hubiera llegado aquel dia á México, hubiera creido, cuando menos, que aquel cadáver era el de un obispo.
Con menos pompa se enterraron tambien en sagrado, todos los que murieron en el motin, peleando del lado de los sublevados, pero el Arzobispo negó sepultura eclesiástica á los que habian perecido en la defensa de palacio; y solo alcanzaron sus deudos sepultarles en un cementerio á costa de algunos sacrificios pecuniarios.
El pueblo creyó firmemente que el Arzobispo libraba de culpa y pena en la otra vida, á aquellos de sus partidarios que habian muerto en su defensa, y el prelado celebró una solemne funcion de honras, con la que sacó á todas aquellas ánimas del purgatorio.
Teodoro y Martin no quedaron satisfechos con esto, el santo oficio se habia apoderado de sus mugeres y ellos necesitaban sacarlas de sus garras.
La influencia del Arzobispo no era dudosa, y ellos tenian derecho de usar de esta influencia, para conseguir lo que deseaban.
Martin conduciendo á Teodoro entró al Arzobispado, y conocedor de los usos y costumbres del palacio y del prelado, no tardó en encontrarse cerca de Don Juan Perez de la Cerna.
Martin podia serle todavía muy útil al Arzobispo, y por eso éste procuraba grangearle; así es que apenas le vió le llamó, y le hizo sentar á su lado.
--¿Qué andas haciendo tú por aquí?--dijo el Arzobispo.
--Venimos--contestó Martin--Teodoro y yo, á ver á V. S. Ilustrísima, para un negocio muy grave que nos ha ocurrido.
--¿Y quién es Teodoro?
--Aquel negro que fué esclavo de Doña Beatriz de Rivera, (que en paz descanse) y de quien su Señoría Ilustrísima ha de haber oido hablar mucho, porque mucho tambien es lo que ahora nos ha ayudado.
--En efecto, valiente muchacho; ¿conque necesitais hablarme?
--Sí señor, y quisiera que su Señoría Ilustrísima le permitiera entrar y nos concediera un rato de audiencia.
--¿Y por qué no? hasle que pase, y decidme ambos á lo que venís.
Martin salió á llamar á Teodoro, y entrando despues los dos á la cámara en que estaba el Arzobispo, entornaron cuidadosamente la puerta.
--Ahora, decidme--les dijo el prelado, haciéndoles seña para que se sentasen.
--Pues señor, es el caso--dijo Martin--que el santo Oficio tiene en prisiones á mi muger y á la de Teodoro, y queriamos valernos del respeto de su señoría, para ver si conseguiamos su libertad.
--¿Y por qué están presas?--preguntó el Arzobispo.
--Si se ha de decir la verdad--contestó Martin--toda la culpa es nuestra, por haber dado asilo, en nuestras casas, á una monja que se habia fugado de su convento.
--Gravísima falta es ella--dijo el prelado--pero calculo, que si no es mas que eso, facilmente podré conseguir lo que deseais á condicion de que hayan pasado las cosas, tales como me las habeis referido.
--Para no engañar á su señoría Ilustrísima--dijo Teodoro, debo advertirle que la dicha monja tuvo un novio.
--¡Ah! entonces ya la cosa es mas séria.
--También es preciso contarle á su señoría, que la dicha monja contrajo matrimonio con el tal novio.
--¡Oh! entonces la cosa es grave.
--Y finalmente--dijo Teodoro--sabrá vuestra señoría Ilustrísima como el tal novio, llegó á hacer armas contra los ministros del Santo Oficio para impedirles en una vez que prendiesen á la monja.
--Vamos, el caso es sumamente grave; sin embargo, no hay que desesperarse que aun supuesto todo eso, poca culpa deben tener en ello vuestras mugeres. ¿Cuánto tiempo hace que están presas?
--Desde la víspera del dia del tumulto.
--¿Y cómo se llama esa monja y ese amante?
--La monja--dijo Martin--es Sor Blanca, la hermana de Don Pedro de Mejía, y el amante Don Cesar de Villaclara.
--¡Ah!--pensó el Arzobispo--conozco esta historia perfectamente, es la que me refirió Luisa la muger de Don Melchor, y la misma que yo denuncié al inquisidor mayor, creo que no me costará trabajo dar gusto á estos hombres, y luego dirijiéndose á ellos, les dijo.
--¿Cómo se llaman esas muchachas presas?
--María, una muda que es mi muger, y Sérvia la esposa de Teodoro.
--Bien--dijo el Arzobispo, apuntando los nombres--esta noche hablaré con el señor inquisidor mayor y mañana me vereis temprano, creo que todo se consiguirá.
Martin y Teodoro, se levantaron y se retiraron llenos de esperanza.
El Arzobispo se preparaba en la noche para salir en busca del inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores, cuando éste se hizo anunciar en el Arzobispado.
El prelado vió como milagrosa su venida, saludáronse cortesmente, y el Arzobispo entró en materia temeroso de que álguien llegase á interrumpirle.
--En busca de su señoría--dijo el prelado--iba á salir en estos momentos, que le necesito á su señoría para el empeño de unos mis servidores, á quienes trato de favorecer en un negocio.
--Su Ilustrísima debe estar satisfecho--contestó el inquisidor--que es para mí buena ocasion toda la que sea de servirle.
--Se trata--dijo el Arzobispo--de suplicar á su señoría, en favor de dos jóvenes, negra una y muda la otra, que segun he sabido por sus maridos están en las cárceles del Santo Oficio, por haber dado asilo á Sor Blanca, la monja prófuga del convento de Santa Teresa.
--¿Y qué deseaba Su Ilustrísima, respecto de esas dos mugeres?
--Aun cuando yo no las conozco, pero hánme servido muy bien sus maridos, y con verdadero riesgo de sus vidas, que son ellos quienes positivamente han sostenido á la Iglesia contra los desmanes del marqués de Gelves.
--Méritos grandes, en verdad--contestó hipócritamente el inquisidor--y en cuanto valga mi humilde persona con Su Majestad, que Dios guarde, me empeñaré, si así lo dispone su señoría Ilustrísima, porque á esos dos hombres se les premie como merecen; pero respecto á las mugeres, aunque de riguroso secreto son las causas que están sometidas á nuestro conocimiento, por respeto y atencion al carácter de su señoría Ilustrísima, le descubriré que no es tan sencilla la acusacion que pesa sobre esas dos mugeres.
--¿De qué se las acusa pues?
--En cuanto á la negrilla, es seguro que no solo prestó auxilio á la llamada Sor Blanca, sino que ha sido el principal agente y cómplice en el sacrílego matrimonio que celebró ella con Don Cesar de Villaclara; de tal manera que esa consideracion sola podrá convencer á Su Ilustrísima de que no es fácil, aunque se deseara, concederle su libertad. En cuanto á la otra, es decir la muda, esa sí efectivamente no hizo sino dar entrada en su casa á Sor Blanca sin conocer sus antecedentes, y ya despues de celebrado el matrimonio sacrílego.
El Arzobispo pensó, que supuesto que la muda era la esposa de Martin, que era por quien abrigaba verdadero interes, y ya que no podia sacar á las dos de las garras del Santo Oficio, por contento deberia darse si conseguia la libertad siquiera de una, y así determinó dejar á Sérvia que corriese la suerte que Dios le deparara, y hacer todo el esfuerzo posible en favor de María.
--Pues siendo así como dice su señoría--dijo--creo que la pobre muda puede muy pronto ser dada por libre.
--Lo seria, en efecto, pero hay que advertir que la tal muda ha sido denunciada ante el Santo Oficio como hechicera.
--¿Cómo hechicera?--¿Pero de dónde pueden inferirlo?
--Viósela de muy jóven amansar y tratar con suma confianza, serpientes y otros animales venenosos.
--Lo cual no prueba maleficio de ninguna especie, que las serpientes son fáciles de amansar por artes naturales, por ejemplo con el canto y la música; recuerde su señoría que dice Petronio: _Hircanique Tigres etc._, y Virgilio, en la Egloga octava, _Frigidos impratis_ cantando, etc. Lucano en su Farsalia, libro sesto dice: _Hunanoque cadit serpens_, etc.; y finalmente, Silius Italico ha dicho: _Serpentes dico exarmare veneno_.
--En verdad que Su Ilustrísima tiene razon; pero autores son esos profanos cuyas doctrinas no pueden valer en la Iglesia. La muda por su propio defecto no puede haber cantado á las serpientes, y el encantamiento y mansedumbre de estos animales debe tenerse siempre por sospechoso, como se infiere de lo que enseña el gran padre San Agustin en el lib. 11 In Génesis, cap. 28. Jeremías en el cap. 8º dice aquellas célebres palabras: «Yo os enviaré serpientes, basiliscos, contra los cuales no valdrán los encantamientos,» y el Salmo LVII espresa: «que hay una que no escuchó la voz de los encantadores.» Todo esto es una robustísima prueba de que el comercio con esta clase de animales, indica el ejercicio de artes reprobadas por la religion, como juzga muy bien el sabio Martin del Rio en su libro 6º de las artes mágicas.
--Efectivamente que puede ser sospechosa esa conducta de la muda, pero quizá sin conocimiento de causa ejerceria tales actos, siendo por ellos inculpable, y esto puede saberse por las declaraciones que de ella hayan podido conseguirse.
--Ningunas declaraciones se han obtenido hasta hoy; que á ella nada se le ha podido sacar, y por razon de su misma enfermedad no se le ha aplicado el tormento: que conforme á las doctrinas de Ghirlando Carerio y del maestro Antonio Gomez, citados por el licenciado Don Francisco de Torreblanca y Villalpando, á los mudos no puede ni aplicárseles el tormento, ni aun aterrorizarles; de manera que nada ha podido conseguirse en este punto.
--Crea su señoría que tengo para mí que quizá sea esta pobre muda mas bien víctima de alguna ilusion, que verdaderamente culpable, que ya su señoría sabe á cuánta discusion y argumento ha dado lugar aquel párrafo del Concilio de Ancira en el cap. 26, cuest. 5ª en que casi se declara que estos delitos de mágia, mas son sueños é ilusiones del demonio que consistencia de verdad y materia de juicio, y está condenado por el mismo Concilio y refutado por Alciato en el libro 8º, cap. 22.
--No puedo condescender con la opinion de usía Ilustrísima, porque aun confesando que el tal capítulo citado, fuera del Concilio de Ancira, solo habla de algunas mugeres ilusas, y éstas tambien deben ser castigadas con el mismo rigor; de manera que la pena se les aplicará no porque corporalmente hayan tenido tratos con el demonio, que el Santo Oficio _está convencido muchas veces de que no lo han tenido, sino porque han creido tenerlo y han gozado con esta creencia_.
El Arzobispo comprendió que nada podria obtener, y varió la materia de la conversacion; persuadido firmemente de que era mas fácil sacar una ánima del Purgatorio, que un acusado de las garras del Santo Oficio.
VIII.
De lo que pasó en las cárceles del Santa Oficio.
En las celdillas de la cárcel de la inquisicion se encerraban siempre uno ó dos presos, cuidando de que fuesen de aquellos cuyos delitos tuvieran alguna semejanza.
Luisa fué introducida á un calabozo, en uno de cuyos ángulos, observó á una muger acostada que se quejaba dolorosamente.
Al principio su situacion no le permitió pensar mas que en sí misma. Apartada del mundo vió lentamente y de un modo tan inesplicable, y para ella tan maravilloso, que era muy natural que si en aquello intervenia algo de encantamiento ó hechicería tuviera necesariamente que venir á desenlasarse todo en el Tribunal de la Fé; pero ella se consideraba víctima inocente. ¿Porqué se la trataba allí como á culpable? esto era lo que tampoco podia llegar á comprender, y en aquellos momentos, la muger perdida que solo habia pensado en saciar todas sus pasiones, se acordó de Dios, se volvió creyente y cayó de rodillas y sollozando en el ángulo opuesto del calabozo al que ocupaba la muger que se quejaba dolorosamente.
Mas de una hora permaneció Luisa con la cara cubierta con sus manos orando y llorando al mismo tiempo, y dejando correr al través de sus dedos, el torrente de lágrimas que brotaba de sus ojos.
Un gemido mas fuerte y mas agudo la sacó de aquella situacion. Volvió la cara y vió á la pobre muger que dando señales de sufrir horriblemente, procuraba incorporarse en el húmedo lecho de paja para tomar un jarro de agua que estaba cerca de ella.
Luisa enmedio de sus sufrimientos se habia vuelto caritativa.
¡El corazon mas empedernido se ablanda con el dolor y con la desgracia!
La caridad es la flor que brota en el corazon llagado por los pesares; donde ya ningun humano sentimiento ha dejado el fuego de la desgracia, viene la caridad á cubrir las heridas, como la yerba que brota sobre el campo arrasado por una tormenta.
Luisa se levantó precipitadamente para auxiliar á la pobre enferma.
Aquella muger estaba devorada por la fiebre. Debajo del sucio y roto lienzo que le servia de abrigo, descubria un brazo blanco y torneado, pero lleno de manchas moradas, azules, cárdenas y rojas, y de escaras sangrientas ó negras.
Luisa se horrorizó al mirar aquel brazo; sin que nadie se lo dijera comprendió que aquella desgraciada habia sufrido el tormento, y se estremeció de pavor considerando que quizá aquella misma suerte le estaba preparada.
--¿Quereis agua?--le preguntó arrodillándose á su lado.
--Si--murmuró penosamente la enferma abriendo apenas los ojos.
Luisa la sostuvo con una mano mientras que con la otra tomó la pequeña vasija que contenia el agua, y la levantó para darle á beber.
Entonces aumentó mas su horror y al mismo tiempo su compasion, los labios de la enferma estaban hinchados y abiertos por muchas partes; en su rostro se conservaban aun señales de sangre que habia corrido sobre él, quiso tomar el agua y Luisa observó que algunos de sus dientes estaban rotos, y que su lengua estaba herida y comenzaba á hincharse.
Poco á poco y con trabajo aquella desgraciada pudo beber algunos tragos, movió después la cabeza y Luisa dejando la vasija en el suelo, volvió á acostarla con tanta delicadeza, como podria haberlo hecho una madre con un hijo enfermo, la cubrió cuidadosamente, se quedó contemplándola por un instante, y volvió á llorar pero aquellas lágrimas eran ya de compasion.
Era la primera vez que el corazon corrompido de la esclava de Don José de Abalabide, sentia la inspiracion de ese santo dolor que hace llorar al hombre sobre las desgracias de sus semejantes.
Aquellas primeras lágrimas eran precursoras de una redencion; aquella alma comenzaba á purificarse en el martirio.
Sonó la cerradura de la puerta del calabozo, y Luisa tembló, era seguramente á ella á quien venian á buscar.
Tres hombres enteramente cubiertos con sus capuchones, penetraron al calabozo, y Luisa se refugió en uno de los ángulos.
Uno de los hombres llevaba una linterna, los otros dos algunas piezas de ropa de muger.
--Vamos negra--dijo con desprecio el del farol--aquí están estos trapos para que te quites esas indecentes ropas de hombre, que ya verás lo que te van á costar.
--Bueno--dejádmelas ahí--contestó Luisa temblando--que yo me mudaré dentro de un momento.
--¿Cómo se entiende?--dijo el del farol--cambiarás ahora mismo el traje que no estás aquí para hacer tu voluntad.
--¿Pero delante de vosotros?--dijo Luisa casi indignada de lo que se atrevian á proponerle.
--Vaya, y por qué no, bonitos remilgos son esos para una negra hechicera; mugeres hermosas de veras han tenido que quedarse delante de nosotros completamente desnudas, y si no pregúntale á esa buena moza que duerme en aquel rincon; con que vete acostumbrando, que pronto te llegará la hora del tormento, y no andarás entonces con esas niñerías.
--¿Dios mio! ¿qué me darán tormento? ¿por qué? ¿yo qué he hecho?
--Yo no sé, ni venimos aquí á esplicaciones, ¿te desnudas, ó no?
--¿Pero cómo?...
--Cambiadle la ropa dijo el del farol á los que le acompañaban.
Los dos asieron á Luisa de los brazos.
--No, por Dios, dejadme, yo me vestiré sola--gritó Luisa. La enferma alzó la cabeza, y dijo con una angustia profunda.
--¿Qué? otra vez el tormento, yo diré, yo diré todo, pero que no me vuelvan á atormentar.
--Cállate bruja--dijo bruscamente el carcelero, miren á la monja casada como escarmentó.
La enferma habia vuelto á acostarse.
Luisa se desnudaba precipitadamente, y recibia en cambio de sus ropas de hombre, otras de muger viejas y maltratadas.
Una camisa y unas enaguas de manta, un vestido de vellorí pardo, y un justillo semejante, viejos y llenos de agujeros, que no eran ni con mucho de las medidas de su cuerpo.
--Vaya--dijo el carcelero--ni mandada hacer está la ropa, era de una bruja que mandó quemar el santo oficio, en el último auto de fé, á ver si á tí te toca la misma suerte.
Luisa se estremeció y el carcelero despues de aquella infernal chanzoneta, salió con sus compañeros, cerrando el calabozo, y dejando á Luisa mas aterrada que antes.
Con el vestido que la habian dado no traia calzado, y hacia mucho tiempo que ella no habia andado descalza; sus piés se habian vuelto delicados, y el piso frio, disparejo y húmedo del calabozo, comenzó á molestarla, pero no habia remedio, era preciso acostumbrarse. La idea del tormento y de la hoguera, no se apartaban un momento de su imaginacion, y naturalmente al pensar en el tormento, pensaba en la muger que gemia en su calabozo; y al pensar en la hoguera, recordaba á la desgraciada que habia llevado el vestido, que ahora le servia de abrigo.
--Debe ser una cosa horrible la hoguera--pensaba Luisa--el fuego, el humo, ardores espantosos, sofocacion, ¡Dios mio! ¡Dios mio! que dichosos deben ser los que no mueren en la hoguera, ¡Jesus! que miedo tengo, que pavor; y luego el tormento......... ¿cómo será? ¿qué le harán á uno?
Deben sentirse cosas horrorosas, ¡ay! ¿qué haré yo, qué haré para que no me vayan á atormentar? ¿confesaré todo? ¿pero qué? si no he sabido lo que me pasa, si no tengo que confesar y entonces no me creerán, y me atormentarán, ¿qué haré? ¿qué haré?
¡Oh! Le preguntaré á esa muger, quizá ella sabrá, quizá podrá aconsejarme, me dirá al menos lo que se siente, veremos, porque es tan horrible lo desconocido, ¿qué será muy grande el dolor? ¿podré yo resistirlo? A ver probaré, probaré.......
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Y Luisa tomaba una de sus manos con la otra, y procuraba torcérsela hasta causarse dolor, para probar su sufrimiento, pero la dejó caer tristemente esclamando:
--¡Dios mio! ¡Dios mio! soy muy débil, y muy cobarde para el dolor, mándame la muerte, antes que el tormento, y que la hoguera.
La enferma devorada por la ardiente sed de la calentura, volvia á incorporarse en su lecho, para buscar agua.
Luisa quiso aprovechar aquel momento para hablarla, y despues de darla el agua, le dijo dulcemente.
--¿Cómo os llamais señora? ¿por qué estais aquí?
La enferma abrió los ojos, y miró á Luisa, largo rato, casi sin pestañar, pero sin contestarle tampoco.
Luisa volvió á repetir su pregunta.
Entonces la enferma le contestó penosamente.
--Yo no sé nada, nada, nada mas, que lo que os he dicho.
--Volved en vos señora, es una voz amiga la que os habla: ¿cómo os llamais? ¿por qué estais aquí? ¿por qué os dieron tormento?
--¡Tormento!--repitió la enferma estremeciéndose y enderesándose con una rapidez increible, en el estado de postracion en que se encontraba.
--¡Tormento! ¡tormento! no, yo os diré todo, todo lo confesaré.
--Espantoso debe ser el tormento--pensó Luisa.
--Tengo sed--dijo la enferma--dadme de beber y hablaré.
Luisa volvió á darle agua, y antes de acabar de beber apartó la boca del jarro, y dijo, con una voz que parecia salir de su corazon.
--Yo soy Doña Blanca de Mejía, y cayó desmayada.
--¡Doña Blanca!--gritó Luisa, dejando caer en el suelo la vasija del agua, que se hizo mil pedazos, con que es decir ¿qué yo soy la causa de las desgracias de esta muger? ¿con que estoy encerrada aquí, al lado de la víctima de mi denuncia, y mirando en ella, los tormentos que me esperan? ¡Dios mio! ¿cómo puedo esperar compasion si aun está vivo mi delito? ¡Oh! yo no sabia lo que era un remordimiento, y es peor, sí, es peor, que todos los tormentos de la inquisicion.