Monja y casada, vírgen y mártir

Part 28

Chapter 283,933 wordsPublic domain

Luisa tenia hambre, y hasta el medio dia no se abrió la puerta del calabozo, y dos hombres muy sucios y medio desnudos entraron siguiendo al carcelero; el uno llevaba un saco grande henchido de trozos de carne de res cocida, y el otro un canasto de pan.

El carcelero entregó á Luisa una torta y una racion de carne, sin ceremonia de ninguna especie.

El carcelero y los que le acompañaban se reian maliciosamente, y en la puerta se apiñaban los otros presos mostrando en sus semblantes la curiosidad y la burla.

--Tomad, señora correjidora--dijo con marcado sarcasmo el carcelero.

--Oyeme--le dijo Luisa atrayéndolo de una mano--si me consigues que hable yo siquiera un momento con el Capitan general Don Pedro de Vergara, y si envias á llamar á Don Melchor Pérez de Varais, prometo hacerte tan rico como no lo has soñado nunca.

--¿Será muy rica mi señora correjidora?--preguntó el carcelero sonrriéndose.

--Sí--contestó Luisa--muy rica soy.

--¿Pero muy rica?

--Mucho, mucho--tú lo veras, te daré oro, piedras preciosas, cuanto quieras, pero envia á llamar de mi parte al Capitan general, y á mi esposo.

--¿Y vendrán?

--Inmediatamente.

--Bueno, pues ahora mismo voy á llamarles yo.

--¿De veras?

--Ya lo vereis, esperadlos.

El carcelero salió y cerró la puerta. Luisa quedaba muy consolada, pero sintió helarse su sangre, cuando al través de la puerta oyó que aquel hombre decia á los que habia allí:

--Este pobre negrito está loco de remate; pero mientras lo tengan aquí fuerza sera _llevarle el barreno_ para que no se ponga furioso.

A pesar del hambre que la devoraba, Luisa no pudo probar un bocado: se sentó en un rincon y se puso á llorar de rabia.

La anécdota circuló por la ciudad, y llegó, como era natural, á los oidos de Don Pedro de Vergara, que gobernaba en nombre de la Audiencia.

Don Melchor creyó que Luisa satisfecha con su venganza, se habia separado ya de él, segun se lo habia ofrecido, y esperó dos dias; Luisa no pareció y D. Melchor, de acuerdo con la Audiencia, determinó volverse á su provincia de Metepec.

Quizo dar su despedida al Capitan general, á quien tanto debia, y se encaminó á palacio.

Don Pedro de Vergara Gaviria estaba con su secretario en el acuerdo cuando Don Melchor se presentó.

--Señor Don Melchor--dijo alegremente Don Pedro--cuánto me alegra el veros por aquí, que hace poco que de vos nos ocupábamos.

--Venia á despedirme y á tomar órdenes de V. E., que pienso salir mañana, Dios mediante, para la provincia de Metepec.

--Cuánto me alegro--contestó Vergara--y supongo que no llevareis con vos á vuestra esposa.

Vergara hacia referencia á la anécdota del negro, que suponia al alcance de Don Melchor; pero éste preocupado con la desaparicion, supuso que estaba en conocimiento del Capitan general aquel lance, y le turbó de manera que apenas pudo contestar.

--No......... no señor, me voy solo.........

--Pues es lástima, porque os ha pasado en esto, el lance mas divertido de que haya memoria: supongo que conocereis todos los detalles del asunto.

--No......... no señor......... contestó Don Melchor sudando de congoja.

--¡Oh, pues sentaos, que esta historia por curiosa merece que la sepais de la cruz á la fecha, porque es la de moda en México. Figuraos que vuestra pretendida esposa--y Don Pedro reía.

--¡Jesús!--pensó Don Melchor--ya averiguaron que Luisa no es mi muger legítima.

--Pues figuraos--continuó Vergara, dejando de reír--que como os iba diciendo, vuestra pretendida esposa, que dice llamarse Luisa, tambien es en este momento la diversion de todos los presos.

--¡Está en la cárcel pública!--esclamó espantado Don Melchor.

--Sí, en la cárcel de los hombres.

--¡De los hombres!--dijo mas asombrado el Corregidor.

--¿Pues en dónde, si ha resultado que es un hombre?

--¡Ave María Santísima!--dijo Don Melchor levantándose, y luego pensó--¿es un hombre? El demonio anda en esto.

--Sentaos, sentaos, razon teneis para semejante espanto; pero yo creía que ya lo sabriais todo.

--Nada absolutamente, nada.

--El señor secretario os lo referirá, que aunque yo oí la relacion por curiosa, me place volver á escucharla, y si quereis luego iremos á la cárcel á ver á vuestra esposa.........

Y al decir esto el licenciado Vergara reía con todas sus ganas, y Don Melchor comenzaba á sentirse amostazado.

El secretario tosió, se acomodó bien en su sitial y comenzó á contar al asombrado Don Melchor cuanto sabia de la historia del negrito que se decia esposa del Correjidor de México, y Alcalde mayor de la provincia de Metepec.

Crecia el espanto de Don Melchor al par que la risa de Don Pedro y del secretario, y lo que para ellos era solo una locura graciosa, para el Correjidor era una cosa misteriosa é incomprensible, que coincidia con la desaparicion de Luisa.

El secretario terminó su relacion y Don Melchor quedó pensativo.

--¿Qué os parece?--preguntó el licenciado Vergara.

--Estraño lance--respondió distraido Don Melchor--estraño lance..........

--Vamos, veo que os preocupa esa tontera.

--No puedo negarlo: hay en todo esto algo de misterioso que yo no puedo comprender.

--Iremos, si gustais, á la cárcel para ver de cerca á ese negrito.

--Tendria en ello mucho placer, quizá se disiparia esta nube que envuelve mi pensamiento.

--Pues vamos, seguidme.

El licenciado Vergara se levantó, y seguido del secretario y de Don Melchor se dirijió á la cárcel que se habia formado en las casas de cabildo, porque el incendio del dia del tumulto habia destruido la que estaba en el palacio de los vireyes.

Don Melchor y el licenciado Vergara, llegaron hasta la puerta de la prision: entonces Don Melchor pensó que tal vez iba á pasar alguna escena ridícula, que iba él también á servir de diversion á los carceleros y á los presos y se detuvo.

--Sabe V. E.--dijo al licenciado Vergara--que no creo conveniente entrar.

--¿Por qué?

--He pensado que quizá algo vaya á pasar y sea yo tambien la fábula de la ciudad.

--¿Pero qué pudiera ser eso?

--Cualquier lance ridículo. Si V. E. me lo permite prefiero esperar aquí á que vuelva.

--Como gusteis, pero no veo inconveniente.........

--Esperaré á V. E.

Don Melchor quedó en la puerta, y el licenciado Vergara penetró en las prisiones.

En medio del silencio mas profundo y respetuoso de los presos, el Capitan General llegó hasta el calabozo que ocupaba Luisa y que le fué abierto con mil ceremonias.

Quizá á la luz del dia, sin prevencion, y con los conocimientos de estos tiempos, Vergara y cualquiera tal vez, hubieran conocido que el color de Luisa, no era el de un negro, y que aquel color no podia ser natural.

Pero en la penumbra del calabozo, y ya preocupados con la historia del alcalde y de los alguaciles, todo el mundo se empeñaba en que Luisa era un negro y se habrian incomodado si se les hubiese querido convencer de lo contrario.

Ahora tambien, pero mas entonces, era mas fácil convencer al pueblo de que existia un hecho milagroso, que sacarle de un error, y preferian buscar la esplicacion de una cosa mejor en lo maravilloso que en las causas naturales.

Luisa conoció inmediatamente á Don Pedro de Vergara y se arrojó á sus pies.

--Señor, señor, amparadme, defendedme; me pasa una cosa espantosa, de la que no hay ejemplo.

--Álzate hijo mió--dijo con venevolencia el licenciado Vergara--¿qué quieres? ¿qué te pasa?

--Señor, ¿no me reconoceis? yo soy Luisa, Luisa la esposa de Don Melchor Perez de Varais..........

--Pero hombre como puedes tu ser la esposa de Don Melchor.

--Señor, soy muger, no sé lo que me ha pasado pero soy Luisa, señor.

--¿Tú eres muger?--dijo sonriéndose el licenciado Vergara.

--Os lo juro señor--contestó con desesperacion Luisa.

El licenciado seguia sonriendo.

--Mirad--dijo ella de repente y en un rato de desesperacion abriendo su ropilla y mostrando al licenciado su seno desnudo ¿dudais aún?

--No en verdad--contestó Vergara, comenzando á vacilar entonces.

--Pues bien, señor, soy Luisa; os daré señas mas exactas, que solo siendo quien soy puedo saber; ¿recordais nuestras reuniones en el aposento en que estaba retraido Don Melchor? ¿recordais que os dijo una noche el señor Arzobispo que era yo una de las mugeres fuertes de la Biblia, la noche que entré á hablar á solas con él? ¿lo recordais señor?

--Sí--dijo el licenciado Vergara espantado de aquellas reminicencias.

--¿Os acordais señor, tambien, que allí acordamos el modo de promover el tumulto, y la excomunion del virey, y la presencia de Su Ilustrísima en la audiencia?

--Sí, sí, ¿pero cómo sabeis vos eso?

--Porque yo soy Luisa, porque allí estaba yo siempre.

--Pero entonces ese cambio de color y de cara ¿cómo me lo esplicais?

--No lo sé, no puedo esplicarlo, se pierde mi razon, recuerdo solo que me metieron á un aposento oscuro, allí estuve sin comer, dormí y al despertar estaba yo ya como me veis.

El licenciado quedó pensativo y de repente dijo.

--Que llamen á Don Melchor Perez de Varais que estar debe á la puerta, y que se le diga que es aquí de suma importancia su presencia.

--¡Ah!--esclamó Luisa, Don Melchor está ahí, que venga, él me conocerá, yo os lo aseguro.........

--Esperad un poco--dijo el licenciado.

--¿Os vais?--preguntó Luisa tristemente.

--No, afuera esperaré.

Vergara salió á esperar á Don Melchor y Luisa quedó encerrada en el calabozo.

--¿Qué manda V. E.?--dijo llegando el Corregidor.

--Os he enviado á llamar porque ese que dicen ser negro es una negra, y no sé qué pensar acerca de ella segun me ha hablado. Tales cosas me refiere y tales noticias secretas, que fuerza será que esa muger tenga pacto con el demonio, sino fuera la misma Luisa, pero yo estoy seguro de que no es ella porque la conocí bien en los dias que estuvisteis en Santo Domingo.

--¿Y qué dispone V. E.?

--Entrad solo con ella y que os hable, que secretos tales podrá deciros, que os convenza y vos me direis lo que as parece, que quizá solo vos podais hallar el hilo de este ovillo.

Don Melchor entró solo al calabozo y la puerta volvió á cerrarse; el licenciado Vergara quedó afuera esperando con impaciencia el resultado.

Trascurrió así largo tiempo, y comenzaba ya Vergara á impacientarse, cuando Don Melchor salió del calabozo estraordinariamente pálido y espantado.

--¿Qué hay?--preguntó Don Pedro.

--Dispénseme á solas una palabra V. E.

Se apartaron los dos de los que les rodeaban, y Don Melchor dijo conmovido.

--Señor, si Dios no me ayuda creo que voy á volverme loco. Creo que esta muger no es Luisa, y sin embargo me ha recordado cosas tan secretas de mi vida íntima, que ella sola podria saber. ¿Dígame V. E. puede una persona tener pacto con un demonio que le rebele secretos tan ignorados?

--Evidentemente, ¿pero estais seguro de que no es Luisa?

--Sí señor, y aun que algunas veces creía yo reconocer sus facciones, su voz, sus maneras, todo, todo, temblaba al considerar que pueden estas ser tambien artes y amaños del demonio.

--Puede ser así.

--Entonces, señor, ¿qué hacemos?

--Pues lo mas prudente me parece irnos de aquí á consultar directamente con el señor inquisidor mayor, para descargo de nuestra conciencia y mejor servicio de Dios.

--Tiene razon V. E.

--Pues vamos.

Y los dos se dirijieron á la inquisicion, y el calabozo volvió á cerrarse á pesar de los gritos de Luisa que se oian en toda la prision.

VI.

De cómo Tirios y Troyanos, iban todos á parar á la Inquisicion.

Doña Blanca volvió de su desmayo, y se sentó espantada sobre la mesa.

Casi no recordaba nada de lo que le habia pasado, miró á su alrededor, y sintió lleno de dolores su cuerpo, bajó los ojos y advirtió su desnudez. La memoria le volvió tambien y dió un grito, y buscó algo para cubrirse porque á pocos pasos estaban sus verdugos contemplándola.

--Ha vuelto en sí--dijo uno de los carceleros.

El inquisidor y el escribano se dirijieron á ella: Blanca los miraba espantada.

--Recuerde lo que ha sufrido por su obstinacion en no confesar--dijo el escribano, y piense que la misericordia de Dios y la bondad del Santo Tribunal de la fé son tan grandes que tiempo la dan aún de arrepentirse, y de confesar sus culpas antes de verla padecer mas de lo padecido.

Doña Blanca callaba.

--Reflexione que nada ha sufrido en comparacion de lo que le falta, continuó el escribano; que aun puede libertarse con la franca confesion de sus pecados y la abjuracion de sus culpas.

--Doña Blanca estaba como fuera de sí, miraba sucesivamente á todos los que la rodeaban y permanecia muda.

--Por última vez--dijo el escribano--considere que va á sufrir la cuestion del tormento estraordinario si no confiesa, y que á sí, y no á la justicia, debe imputar lo que padeciere.

Sus exhortaciones no obtuvieron respuesta alguna, se volvio á ver al inquisidor y éste con gran solemnidad, dijo:

--Pues ella lo ha querido, á cargo sea de su conciencia, que se proceda á la diligencia.

Los verdugos se apoderaron de Doña Blanca que apenas hizo resistencia, pero que exhalaba quejas sintiendo renovarse los dolores de su cuerpo con aquellos tratamientos bruscos; y la colocaron encima de otra mesa que era una especie de plano inclinado y en el que la cabeza quedaba un poco elevada respecto al cuerpo. Habia en la mesa porcion de argollas clavadas, y con ellas aseguraron á Blanca de tal manera que no tenia libertad para hacer el menor movimiento.

El escribano comenzó con la formula de costumbre: Se le amonesta á decir la verdad si no quiere verse en tan duro trance.

Pero como Blanca no contestaba, se procedió á darla el tormento.

Uno de los verdugos trajo una especie de embudo que introdujeron en la boca de la víctima, y otro vertió en él una medida de agua que contendria como dos cuartillos.

Los ojos de Blanca se abrieron de una manera horrorosa, su rostro se puso encendido, y su pecho y su vientre se ajitaron espantosamente, y sin embargo, tragó toda el agua sin que una sola gota cayese fuera.

Los verdugos retiraron el instrumento de la tortura.

--¡Jesus!--esclamó Blanca--respirando penosamente--señor, ¡por Dios! me van á ahogar, me sofoco, me muero.

--Se le amonesta á que diga la verdad.

--Pero si no tengo que decir, por María Santísima, por Dios--gritaba con todas sus fuerzas Blanca, ¡por Dios! ¡piedad señores! ¡por Dios, por Dios!

El escribano hizo una señal y volvieron á acercar el aparato á la boca de la infeliz, ella apretó los dientes de una manera terrible pero los verdugos con una espantosa serenidad la taparon la nariz, y la introdujeron en la boca una delgada palanca de acero.

Blanca desesperada no queria abrirla pero la palanca obró su efecto, y Blanca tuvo que ceder.

La sangre corria por sus mejillas, sus lábios estaban hechos pedazos, y los verdugos la habian roto los dientes. Sin apartar de su boca la palanca que destrozaba tambien su lengua, volvieron á colocar el embudo y á vaciar en él otra medida.

Entonces pudo verse materialmente crecer el vientre de aquella desgraciada, y pudo oirse un ruido siniestro en el interior de aquel cuerpo.

El tormento del agua era uno de los mas horribles, porque aquella cantidad que apenas podia contener el estómago, maltrataba, destrozaba el interior del cuerpo, causando dolores espantosos, ansias mortales.

--Se le amonesta á que diga la verdad.........

--¡Oh! sí, la diré--esclamó Blanca--la diré porque no es posible resistir, pero por Dios que me quiten de aquí que me dejen sentar porque me ahogo, tengo la boca hecha pedazos prometo decir todo, todo, pero que me quiten de aquí; que me quiten.

El inquisidor hizo seña á los verdugos y desataron á Blanca y la sentaron.

--Comience su declaracion.

--¡Ah! dejadme respirar, mañana lo diré todo.

--No, ahora mismo.

--Si no puedo ahora ni recordar.

--Atadla otra vez, y que siga la diligencia.

--¡No! ¡no! ¡no! voy á hablar, voy á hablar.

--Pues diga, ¿confiesa tener pacto esplícito con el demonio?

--Sí señor, sí señor.

--Y cómo lo hizo, por escrito, ó de palabra.

--De palabra.

--¿Y cómo?

--No recuerdo bien.

--Mirad que si no decís todo sigue la diligencia.

--¡Ah! no señor yo os diré todo.

--Referid sin olvidar nada.

--Pues bien señor, una noche estaba yo en mi celda enfadada de vivir en el convento, y dije, le daria mi alma al diablo por salir de aquí, y en ese momento se me presentó el diablo en figura de un caballero jóven de barba y pelo negro, vestido de encarnado, con sombrero de plumas, solo que sus piés eran como los de un gallo--y me dijo, «aquí estoy ¿qué me quieres?» y como me espanté, nada le dije, pero seguí enfadándome y él visitándome hasta que una noche le declaré mi deseo y él me dijo «si me das tu alma te sacaré y te haré feliz» y yo le dije que sí; entonces me hizo dormir y cuando desperte estaba ya en la calle.

--¿Y no la hizo renegar de Dios y de sus santos?

--No señor.

--Diga la verdad y recuerde que solo con la verdad se libra del tormento.

--¡Ay! no señor, la verdad es que me dijo «que yo esclamara--Reniego de Dios y de todos sus santos» y yo no queria, pero al fin renegué.

--¿Y ha vuelto á verle despues?

--No señor.

--¿Y confiesa su herejía por haberse casado teniendo tan sagrados votos?

--Sí señor.

--¿Y confiesa haber cometido este pecado con entero conocimiento de lo que iba á hacer?

--Sí señor.

--Dad fé, señor escribano, de esta confesion: que firme la culpable, y que se asiente que no ha perdido miembro alguno en el tormento.

El escribano asentó por diligencia que Blanca no habia perdido ningun miembro, firmaron todos, y el inquisidor y el escribano se volvieron á la sala de Audiencia, encargando á los carceleros que vistiesen á Blanca, y la condujesen á su calabozo.

Con gran trabajo la pobre jóven logró vestirse, sus piés y sus manos estaban terriblemente hinchados, sus labios hechos pedazos, y podia apenas hablar por la fractura de sus dientes. Como no podia dar un paso, dos carceleros la levantaron entre sus brazos, y la fueron á dejar á su calabozo, en donde teniendo en consideracion que era ya confesa, la pusieron una cama de paja, una luz y algunos alimentos.

Despues que confesaban los reos, fuera voluntariamente, ó fuera por razon del tormento, comenzaba á tenérseles mas consideraciones, cualquiera que fuese el resultado que debia tener la causa.

Cuando el inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores volvió á sentarse bajo el dosel de la sala de Audiencia, uno de los ministros del Santo Oficio, le anunció que solicitaban hablarle en lo reservado el Exmo. Señor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria, y el Corregidor Don Melchor Perez de Varais.

El inquisidor mayor hizo salir al escribano, y quedando enteramente solo recibió á aquellos dos señores.

--El asunto que aquí nos trae--dijo el licenciado Vergara, despues de los saludos de costumbre--es, si no grave para los asuntos temporales de estos reinos de Su Majestad, sí muy importante para la causa de la Fé, cuya defensa ha sido encomendada á ese tan sagrado tribunal.

--Perplejo estoy--contestó el inquisidor porque muy grave debe ser ese negocio, que á V. E. obliga á venir hasta acá, en compañía de mi señor Corregidor.

--Escuche su señoría, que el lance por lo estraño, es muy digno de ser conocido. Es el caso que siendo casado Don Melchor Perez de Varais, con una jóven de estimables dotes, desapareció una mañana de su casa sin que Don Melchor hubiera podido saber á que atribuir aquella desaparicion. Dos dias despues la ronda encuentra en las calles, una negrilla con un traje de caballero, que fué al principio tenida por hombre, y que decia ser la esposa misma de Don Melchor; él y yo hemos ido al calabozo en que está la negrilla, y aunque por la figura corporal no hemos podido reconocerla, por tal esposa de Don Melchor, sin embargo, díjonos cosas tales de secretos, que solo la dicha señora podia saber, que causando grande confusion en nuestro ánimo, hemos convenido de concierto, en veniros á consultar por vuestro conocimiento y práctica, en estos negocios sobrenaturales, sí creeis que por permision divina, puede el demonio apoderarse de los secretos de una alma cristiana para entregarlos á alguno de sus secuaces, ó si por algún hechizo ó encantamiento provenido de malas artes, puede ser trasformado, de tal manera el cuerpo de alguna criatura, que desconocido sea aun de los mas íntimos amigos, y de las personas de mas trato y familiaridad.

--Graves cuestiones son esas que me habeis propuesto, y aunque no se ha tratado ese caso espresamente por los autores, sin embargo quieroos decir mi opinion á reserva de estudiar el punto mas detenidamente. En primer lugar preguntáisme, que si el demonio pudiera dar á alguno de sus secuaces conocimiento de secretos que parecieran enteramente ocultos. Debo deciros que conforme á las mas sabias doctrinas recibidas en este Santo Tribunal, el demonio puede comunicar gran copia de secretos, y gran vigor á las potencias intelectuales del hombre; así, pues, nos lo ha enseñado recientemente el eminente Don Francisco de Torreblanca en su célebre tratado de mágia, y tenemos las pruebas en Roman Ramirez condenado á la hoguera en Toledo, en el año del Señor de 1600, que conocia todos los secretos de la medicina por artes diabólicas; y que el demonio puede enseñar artes y ciencias no solo por internas sujeciones, sino apareciendo en forma visible y hablando con los hombres, lo enseña el divino maestro Santo Tomás en la cuestion 96 artículo 1º; y el demonio puede sin duda alguna volver mas sutíl y mas perfectas las operaciones del ingenio y del juicio: lo enseña el sabio Rafael de la Torre en su tratado de vicios contrarios á la religion. Plinio asegura que Mitridates sabia veinte idiomas, y que Cesar dictaba cuatro cartas á un mismo tiempo; de la misma manera que los demonios pueden destruir ó quitar las facultades intelectuales, como aconteció á Mesala Corvino, orador que perdió repentinamente hasta la memoria de su mismo nombre, segun dice el mismo Plinio y el gran Damaceno; de manera que en verdad os digo, Excmo. Sr., que no veria yo grave inconveniente en que el demonio hubiera comunicado á esa negrilla conocimientos tales, que pudiera saber cosas que para vosotros fueran enteramente ocultas.

--Pero dígame su señoría--dijo Don Melchor--¿posible habrá sido que por artes del demonio, se haya mudado el aspecto de mi esposa, hasta quedar completamente desconocida?

--Ciertamente que no solo tornar á una muger de blanca en negra, seria cosa fácil para el malo, sino que aun tornarla en bestia y cambiarla el sexo pudiera hacerlo muy facilmente.

--¿Qué?

--Infinitos ejemplos nos citan los autores de éstas trasformaciones, Marcelino Donato en su historia de cosas maravillosas, y Ponsan en su libro de cosas celestiales, hablan de la muger de un pescador que á los catorce años de casada, se trasformó en hombre, y de otra que habiendo tenido un hijo se tornó en hombre despues.

Miguel de Montano nos habla de Magdalena Muñoz, monja en la ciudad de Húbeda, y otros mil ejemplos de esta clase; ahora el diablo puede tambien hacer aquellas trasformaciones de blanco en negro aun en los mismos cabellos como lo enseñan Aulo Gelio y otros, de lo cual estoy muy dispuesto á deciros: que supuesto el prodigio y la maravilla que me contais, no sabria yo hasta examinar detenidamente á la negrilla, á quien haceis referencia, si tiene conocimientos de ajenos secretos ó si ha desfigurado su natural persona para tomar ajena representacion. En todo caso, negocio es este en el que manifiestamente tiene que estar mezclado el demonio, que ni por causas naturales, ni con la divina intervencion, pudo haberse verificado cosa que tanto repugna á la armonía de los universales efectos, y debeis enviar á esa muger á este Santo Tribunal.

Edificados salieron Don Melchor Perez de Varais y el licenciado Vergara con la respuesta del inquisidor, y dispuestos por no gravar su conciencia á hacer que aquella misma noche trasladasen á Luisa á las cárceles del Santo Oficio, para dejarla entregada al brazo de su justicia.