Monja y casada, vírgen y mártir
Part 27
Tal vez ni un pensamiento impuro cruzó por la cabeza de aquellos hombres al contemplar á Blanca, porque estaban muy acostumbrados á esas escenas, y porque hay cierta especie de lascivia en la crueldad que ahoga todos los demas sentimientos.
--El ordinario--dijo el inquisidor--y los familiares tomaron á Blanca que estaba casi desmayada de la vergüenza y en peso la llevaron hasta uno de los aparatos del tormento.
Era una gran mesa en donde la acostaron, y en los brazos y en las piernas le pasaron unas sogas, que apretaban conforme daban vuelta á una de cuatro ruedas que habia á los lados de la mesa, y que correspondian á cada uno de los brazos ó de las piernas.
En un instante quedó Doña Blanca enteramente sujeta: entonces le parecia que soñaba, veia á aquellos hombres tocarla por todas partes con sus toscas manos, sin respeto, sin decencia, sin miramiento alguno, y no sentia ya ni encenderse su rostro por el rubor: habia casi perdido la sensibilidad del alma.
El escribano no cesaba de repetir:
--_Se le amonesta á que diga la verdad si no se quiere ver en tan gran trabajo._
Pero ella no escuchaba nada.
Todos rodearon aquella mesa en donde estaba tendida Blanca, mirando para todas partes con ojos, no ya de asombro, sino de estupidez.
El inquisidor hizo una seña, llamó á los atormentadores, dió la primera vuelta á una de las ruedas, y Blanca como volviendo repentinamente en sí se estremeció y lanzo un grito de dolor.
--Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan duro trance--dijo impasiblemente el escribano.
Blanca no contestó, estaba espantosamente pálida, volvió los ojos á donde estaba el inquisidor y dos lágrimas como dos diamantes rodaron de sus ojos.
El segundo verdugo dió una vuelta á la rueda del brazo izquierdo.
--¡Jesus me acompañe!--esclamó la desgraciada arrojando la voz como de lo mas hondo de su pecho.
--Se le amonesta que diga la verdad--volvió á repetir el escribano, y esperó la respuesta.
Los inquisidores no daban un tormento agudo; pero pasagero, se prolongaba el dolor, se hacia lento, se iba aumentando en intensidad, y todo para hacerlo mas cruel para conseguir una confesion.
Blanca seguia llorando.
La rueda de la pierna derecha dió una vuelta.
--¡Dios mio! ¡Dios mio! qué dolor tan horrible--decia Blanca.
Pasó un momento y la rueda de la pierna izquierda dió tambien la vuelta.
--¡Madre mia! ¡madre mía!--gritaba Blanca--aquellos cuatro dolores intensos, horrorosos, hacian temblar sus carnes y comenzaban á agitar su respiracion.
La rueda del brazo derecho jiró por segunda vez, y entonces la jóven no pudo contenerse.
--Señor, señores, por Dios, ¡ay! ¡ay! que me rompen los brazos: por Dios, ¿qué he hecho yo? ténganme compasion ¡ay!
Y sus lágrimas corrian sin cesar.
--Se le amonesta que diga la verdad.
--Pero si ya dije, ya dije, por Dios, por su Madre Santísima--¡ay! ¡ay!--en este momento daba la segunda vuelta la rueda del brazo izquierdo--me rompen los brazos--gritaba la infeliz--por Dios, déjenme porque la he dicho la verdad, lo juro--lo juro.
--Se le amonesta á decir la verdad..........
--Pero si ya lo he dicho todo.
La rueda de la pierna derecha jiró segunda vez.
Y jiró tambien la de la izquierda.
Imposible fuera describir la agonia de aquella desgraciada criatura, sus lágrimas, sus gritos, sus sollozos, sus ruegos y sus lamentos.
Cuando las ruedas acabaron de dar la tercera vuelta, habia trascurrido media hora de tormento, y Blanca no era ya la jóven hermosa y cándida que hemos conocido.
Sus ojos estraviados parecian quererse saltar de sus órbitas; rodeados sus párpados de un círculo morado y azul daban á su rostro espantosamente pálido un aspecto que horrorizaba; con los labios y la lengua enteramente secos, con una crispatura repugnante en la boca que hacia dejar descubiertos sus dientes blanquísimos, con la frente inundada de un sudor frio y viscoso que hacia pegarse allí sus cabellos--Blanca que era una hermosura, en aquel momento causaba espanto.
Su pecho se agitaba como un fuelle, arrojando un aliento pequeño y entre cortado.
Y nada habia declarado.
Pero tambien ¿qué habia de decir?
Habia quedado ya como desmayada, no gritaba, no se estremecia, no se quejaba; apenas unos gemidos débiles se escapaban de cuando en cuando entre su jadeante respiracion.
--Se ha desmayado--dijo el escribano.
--Tal vez sea una astucia, de las que acostumbran tan comunmente los reos--contestó el inquisidor--Que se dé otra vuelta entera para probar.
Doña Blanca habia cerrado un instante los ojos como vencida por el sufrimiento.
A la voz del inquisidor las cuatro ruedas giraron simultáneamente.
Los huesos de Blanca produjeron una especie de crujido siniestro. La jóven como un cadáver galvanisado, se estremeció hasta en sus cabellos, abrió los ojos estraordinariamente y volvió á todos lados la mirada, como si fuera á perder la razon y esclamó con una voz que nada tenia de humana.
--¡Jesus me ampare!
Y quedó desmayada.
--Veis como no estaba desmayada--dijo el inquisidor.
--Se le amonesta á que diga la verdad--repitió el escribano.
Blanca no se movió, y las ruedas volvieron á girar.
Entonces la jóven no dió indicio de haber sentido nada.
--Ahora sí puede suspenderse la diligencia--dijo el inquisidor--para continuarla cuando vuelva en sí.
Los verdugos soltaron las ligaduras y Blanca continuó insensible.
--Dad fé señor escribano--dijo el inquisidor--de que no tiene ningun miembro roto ni descompuesto.
El escribano y los verdugos pasearon sus impuras manos por todo el cuerpo de la infeliz víctima.
El escribano asentó que en la diligencia del tormento no habia Doña Blanca perdido ningun miembro y se retiraron á descansar al fondo de la sala mientras que podia continuarse la diligencia.
Blanca quedó abandonada sobre la mesa; desnuda como un cadáver en el anfiteatro y mostrando las señales de su horrible tormento. Si Don Cesar pudiera haberla visto habria muerto de dolor.
III.
De lo ocurrido en la ciudad despues del motin.
Gran parte de la noche, del dia en que aconteció el motin, siguió ardiendo el palacio y se enviaron allí algunos hombres para cortar el fuego que se habia apoderado, de lo que él llamaba las cajas reales.
El saqueo y la destruccion habian sido completos; en las habitaciones del virey nada se respetó, y apellidando «religion, y muera el hereje» los sublevados no dejaron de robarse ni los vasos sagrados, ni los ornamentos de la capilla.
El marqués de Gelves se refugió con Don Cesar en el convento de San Francisco, pero el licenciado Don Pedro de Vergara hizo rodear todo el convento de tropa para impedir que el fugitivo tuviese comunicacion con algunas personas.
Luisa se retiró con Don Melchor en cuanto hubo cerrado la noche, y les llegó la noticia de que el pueblo habia allanado palacio y que el virey se habia retraido á San Francisco.
Luisa ignoraba aún lo que habia acontecido al Ahuizote, y estrañaba que no hubiera cumplido con sus prevenciones, segun las cuales, si el tumulto tenia el éxito que se aguardaba, el Ahuizote debia conducir á la plebe á la casa de Don Pedro de Mejía, incendiarla y buscar á éste para matarle.
A cada momento Luisa esperaba saber que estaban ya los sediciosos en la casa de Don Pedro, porque se sabia que ya habian atacado varias, y entre ellas la de Cristóbal de Osorio el secretario, pero pasó la noche y nada hubo.
A la mañana siguiente el tumulto habia cesado, pero la alarma era espantosa en la ciudad, á cada momento habia carreras en las calles, y portazos y gritos porque circulaban mil noticias á cual mas alarmantes, ya de que los indios de Santiago venian en son de guerra contra la ciudad, ya de que los negros bozales bajaban de los montes sobre México.
Luisa vistió muy temprano su traje de hombre, y seguida de cuatro lacayos, se dirijió á palacio á procurarse noticias del Ahuizote, y saber porque no habia cumplido con sus órdenes.
Multitud de curiosos invadian la plaza y todo el lugar del combate, y aun no habia cuidado nadie de hacer levantar los cadáveres que yacian tirados en las escaleras, en los corredores, y en los mismos aposentos, entre su misma, sangre; algunos conservaban sus ropas y otros habian sido desnudados.
Las gentes formaban círculos en derredor de estos cadáveres procurando averiguar sus nombres si no les conocian, ó comunicándoselos en caso de saberlos.
Luisa pensó.
--Puede que haya muerto, y comenzó á rejistrar los cadáveres.
Se retiraba ya segura de que no estaba entre ellos el Ahuizote, cuando oyó decir que en la misma cámara del virey habia otro muerto, y hácia allá se dirijió.
Una multitud de curiosos rodeaba el desnudo cuerpo de un hombre que tenia la garganta atravesada por una terrible estocada.
No hizo mas que verle Luisa y le reconoció; pero aquella alma de fiera, no tuvo ni un dolor, ni un suspiro para el hombre que habia muerto sirviéndola. Se tapó con disgusto las narices y se retiró diciendo en su interior:
--¿De quién me valdré ahora?
Al salir de palacio atravesaba el Arzobispo llevado en una silla de manos, y seguido de muchos clérigos y pueblo que le victoreaban; conoció á Luisa, y con esa espancion que sienten todos los hombres despues de un triunfo, la hizo una seña para que se acercase.
--Completo ha sido el triunfo--dijo el prelado.
--Sí señor, completo--contestó Luisa.
--Y con pocas pérdidas.
--Sí señor, aunque yo he tenido una muy grave.
--¿Cuál?
--¿Recuerda Su Ilustrísima aquel hombre de confianza de que le hablé que le llamaban el Ahuizote?
--Sí que le recuerdo.
--Pues ha muerto.
--Murió, (R. I. P.) ¿y en dónde?
--En la cámara misma del virey, atravesado de una estocada que quizá, el de Gelves mismo le haya dado.
--Es muy posible; pero ahora es necesario hacer por ese hombre cuanto sea dable, voy á dar órden de que se le hagan unas honras suntuosas y un entierro régio; ya vereis si soy agradecido. Dad órden á vuestros criados de que recojan el cuerpo y le pongan en una caja y le lleven á depositar á la capilla del Arzobispado: ya vereis señora, ya vereis. Adios, no se os olvide, y decid á vuestro esposo que le espero esta tarde para hablar de negocios que importan á la salud del reino.
El prelado sonó la caja de la silla con la mano, y los lacayos que la llevaban echaron á andar.
Luisa dió órden á sus criados de recojer el cuerpo del Ahuizote, y como era dia claro y no temia ya el andar sola, quizo por, sí misma ver cuál habia sido el destrozo en la ciudad.
--Quién podría sustituir al Ahuizote--pensaba, y caminaba tan distraida que no advirtió en una de las calles solitarias que atravesaba, que una puerta se entreabria y que una cabeza medio oculta tras ella la observaba.
Luisa seguia caminando pero al llegar frente á la puerta, ésta se abrió de repente, dos manos asieron á Luisa del brazo y la atrajeron hacia adentro, y antes que ella hubiese tenido tiempo de dar un solo grito se encontró ya en un aposento completamente oscuro, porque la puerta de la calle habia vuelto á cerrarse.
Todo esto se habia verificado con tanta rapidez, que nadie podria haberlo observado en la calle aun cuando no hubiera estado desierta.............
* * * * *
El virey habia seguido retraido en San Francisco, y sin embargo comenzaba á efectuarse una reaccion en todos los ánimos, y, ó bien por el temor de lo que podia venir de España, ó bien porque todo el mundo temblaba por el giro que podian tornar las cosas; lo cierto es, que el comercio y todas las principales personas trabajaban porque el virey volviese á gobernar.
El primer dia ninguna de las personas que acompañó al de Gelves, se atrevió á salir del convento de San Francisco; pero al siguiente comenzaron á animarse mas.
Los frailes de San Francisco para dar una prueba pública del disgusto con que habian visto el tumulto del dia 15, castigaron á los hermanos de la Tercer Orden, que como hemos visto, marchaban á la cabeza de la columna de los sublevados, que mandaba el licenciado Vergara, y les quitaron el uso del hábito. Nadie murmuró de esta medida, y los partidarios del virey comenzaron á alentarse.
El convento de San Francisco continuaba rodeado de centinelas, pero que no impedian á los amigos del de Gelves la entrada ni la salida.
Don Cesar se habia retraido tambien con el virey, pero la impaciencia le devoraba, y cuanto antes queria salir en busca de Blanca.
Como no habia podido separarse del de Gelves, ni hablar con Martin, ni volver á ver á Teodoro, ignoraba completamente lo acontecido con Blanca, y la creía, si no con mucha comodidad, sí al menos muy tranquila en la casa de Garatuza.
Despues de meditar mucho, se decidió por fin una noche á salir del convento, procuró disfrazarse lo mejor que pudo, y envuelto en una larga capa y con un gran sombrero, salió á la calle atravesando la línea de los centinelas, sin que nadie, al parecer, le hubiera notado.
Cerca estaba del monasterio de San Francisco la casa que habia servido de habitacion á Doña Blanca; de manera que podia decirse que los que vigilaban el monasterio cuidaban tambien de aquella casa.
Don Cesar se dirijió á la puerta, la encontró cerrada y sobre ella vió, con el mayor espanto, los sellos del Tribunal de la Fé.
En aquel momento no supo ni qué hacer; buscar á Teodoro ó á Garatuza que debian estar entre los sublevados, era entregarse él mismo en poder del enemigo; preguntar á los vecinos era hacerse sospechoso; volverse al convento en aquella incertidumbre, era para él peor que caer en manos de sus enemigos: inclinó la cabeza y quedó pensativo.
Poco á poco, y sin que él lo sintiera, un grupo de embozados habia llegado hasta cerca de él y le habia rodeado. Uno de ellos sacó de debajo de la capa una linterna sorda, que al abrirse bañó con su luz el rostro de Don Cesar.
El jóven dió un paso atrás y llevó la mano á su espada, creyendo habérselas con una ronda de los sublevados; pero el hombre del farol sin hacer uso de sus armas, le dijo gravemente, y tomándole de la mano.
--En nombre del Santo Oficio, Don Cesar de Villaclara, daos á prision.
--¿Yo?--preguntó Don Cesar espantado--¿Y por qué?
--Allá lo sabreis; entregadnos vuestras armas.
Don Cesar no pensó siquiera en resistir: entregó humildemente su espada, y siguió al comisario rodeado de los familiares. Pensaba en el camino que quizá podria encontrar á Blanca en las cárceles del Santo Oficio, servirla de algo, hablarla, verla siquiera; y distraido en estos pensamientos no volvió en sí hasta que oyó el ruido que hacian al abrirse las puertas de las cárceles de la inquisicion.
IV.
De como Luisa sufrió una gran desgracia.
En uno de los aposentos de la casa de Arellano se encontraban reunidos el viejo Don José de Abalabide, Don Pedro de Mejía, y Don Cárlos de Arellano.
En las facciones del anciano Don José podia advertirse una agitacion febril, volvia con impaciencia las hojas de un grueso libro forrado en pergamino que tenia colocado en una mesa delante de sí; á su lado á pocos pasos en una gran retorta de cristal, colocada dentro de una vasija de agua, que hervia al fuego lento de un brasero, habia un líquido negro, pero trasparente y que daba, de cuando en cuando, herido por los rayos de luz que penetraban por una gran ventana, destellos rojos ó dorados. Don Pedro y Don Cárlos le contemplaban casi con respeto.
--Este secreto es un tesoro--esclamó por fin el viejo.--La receta es infalible, y solo una inspiracion pudo habérmela hecho encontrar.
--De manera--dijo Don Cárlos--que vos la juzgais infalible.
--Y tanto como juzgais vos, que habrá luz siempre que haya sol.
--Pues entonces--dijo Don Pedro--estando todo dispuesto, ¿hay sino aplicarlo? ¿En qué nos detenemos?
--Creo que nada debe detenernos--dijo el viejo.--¿En dónde está Luisa?
--Allá abajo--contestó Don Cárlos--desde ayer en la mañana esta ahí.
--¿Duerme ya?--preguntó el viejo.
--Profundamente--contestó Don Cárlos--no supo ni adonde habia entrado, ni quien la habia metido allí; encerrada todo el dia en un aposento oscuro, se negó tenazmente á tomar alimento, hasta que hoy en la mañana vencida por la sed, ha bebido un vaso de agua, en el que yo habia mezclado de antemano el licor que vos me habiais dado; pocos momentos despues se recostó en el suelo y se durmió profundamente.
--Muy bien--contestó Abalabide--ese sueño, segun la cantidad, que os dije que mezclárais en el agua, debe durar veinticuatro horas, tiempo mas que suficiente para terminar nuestra operacion que debe hacerse en esta misma sala; de manera que creo que debemos comenzar.
--¿Me permitireis que esperemos á Don Alonso de Rivera, á quien he prometido que presenciaria esta ejecucion?--dijo Don Pedro.
--¿Tardará mucho?--preguntó Don Cárlos.
--Allí está--contestó Mejía.
La puerta se abrió y Don Alonso de Rivera entró al aposento.
--Ahora sí, cuando gusteis--dijo Mejía.
--Pues vamos agregó Arellano--Don Pedro y yo, iremos á traer á Luisa, Don Alonso, nos hará favor de quitar todo lo que hay sobre aquella gran mesa, para que allí se verifique la operacion, y entretanto Don José preparará lo necesario.
Mejía y Arellano salieron y Don Alonso comenzó á quitar de encima de una gran mesa, que estaba en la mitad del aposento, todo cuanto habia en ella.
Abalabide aunque con suma dificultad se paró, sacó la retorta que contenia el líquido negro de la vasija de agua, la acercó á la mesa y trajo en seguida una gran palangana de plata y dos gruesas brochas como las que sirven á los pintores, sacó despues una gran cantidad de lienzos blancos, y los colocó tambien al pié de la mesa.
Don Pedro y Arellano volvieron conduciendo á Luisa, y la colocaron encima de la mesa sin que ella hubiese hecho el menor movimiento.
Luisa estaba en un estado de insensibilidad tan completo, que á no haber sido por su respiracion tranquila, y por el calor y la flexibilidad de sus miembros, se hubiera creido que era un cadáver.
Los cuatro hombres rodearon la mesa.
--Es preciso desnudarla--dijo Don José.
Todos sin hablar una palabra comenzaron á desnudar á Luisa, y muy pronto quedó terminada la operacion.
--Ahora--dijo Don José tomando unas grandes tijeras--despeinadla.
Don Cárlos de Arellano deshizo el sencillo tocado de Luisa, y los negros cabellos de ésta quedaron flotando á un lado de la mesa. Don José cortó aquella hermosa mata de pelo de un solo tijeretazo, y despues siguió recortando hasta dejar aquella cabeza como la de un lego de convento.
--Ya está esto--dijo el viejo--vamos á la otra operacion: cada uno de vosotros, Don Pedro y Don Cárlos tomareis una de estas brochas que empapareis en el líquido, que voy á verter en esa palangana, y untareis todo el cuerpo de esa muger. Don Alonso nos hará favor de ir envolviendo con esos lienzos conforme se vaya untando el cuerpo. Cuidado señores con que os caiga una sola gota, porque esa mancha Dios solo es capaz de borrarla.
Don José vertió cuidadosamente el líquido que habia en la retorta, y Mejía y Arellano tomaron cada uno su brocha. Luisa seguia profundamente dormida.
--Vamos en nombre de Dios--dijo Don José.
Las dos brochas se empaparon en el líquido y comenzaron á recorrer el cuerpo de Luisa.
--Hermosa muger--dijo Don Cárlos.
Don José volvió á mirarla, y sus ojos parecian de fuego. Don Cárlos se calló y continuó la operacion.
No parecia sino que se trataba de barnisar una estátua, segun el cuidado y la delicadeza con que trabajaban aquellos dos hombres.
Los torneados miembros de Luisa tomaban el color negro y brillante del ébano, el líquido se secaba inmediatamente, y Don Alonso iba envolviendo en los lienzos, que le habia dado Don José, todas las partes del cuerpo.
Llegó por fin la pintura al rostro y á la cabeza y entonces se observó que el pelo se retorcia y se encrespaba, y que la nariz se recojia un poco, dilatándose mas sus poros. Don Alonso cubrió la cabeza y Mejía y Arellano dejaron las brochas.
--Os advertí--dijo Abalabide á Don Pedro--que cuidárais mucho en no mancharos, y la brocha seguramente os ha salpicado, porque teneis tres lunares nuevos en la frente.
Don Pedro se acercó á un espejo y se miró en efecto tres manchas de aquella tinta encima de la ceja izquierda, sacó su pañuelo y procuró limpiarse.
--Es inútil cualquiera diligencia, vuestro cadáver llevará todavía esas tres manchas--dijo Don José.
Media hora despues Abalabide dijo á los demas.
--Es necesario volver á vestir á esa muger.
Se acercaron á la mesa, y separando los lienzos volvieron á ver á Luisa. Era imposible figurarse un cambio mas completo; no solo su color habia variado, sino que tenia todo el aspecto de una negra: su pelo pequeño, crespo y duro, sus labios hinchados y salientes, su nariz gruesa y achatada, todo le daba un aspecto estraño.
--¡Negra!--dijo Arellano.
--Y para siempre--contestó Abalabide--vestidla.
Sin replicar volvieron todos á vestir á Luisa.
--¡Horrible castigo!--esclamó Don Alonso.
--Y que nunca sabrá ella de dónde le ha venido--contestó Don Pedro.
Luisa estaba completamente vestida.
--Llevadla--dijo Don José--y cuidad Don Cárlos de ponerla en la calle, tan pronto como sea de noche, procurando conducirla lo mas lejos que sea posible.
--Me parece bien--contestó Don Cárlos--ahora que vaya á acabar de dormir por allá abajo.........
* * * * *
* * * * *
A la mañana siguiente una ronda que venia ya de retirada percibió con la escasa claridad de la aurora á un hombre acostado en una de las aceras de palacio.
--¿A ver quién es ese?--dijo el alcalde.
Uno de los alguaciles se bajó á examinarle.
--Es un negrito que duerme--contestó.
--Pues muévele--dijo el alcalde--no vaya á ser que esté muerto.
El alguacil movió á aquel hombre que volvió en sí, como atarantado de un sueño penoso y largo.
--¿Qué sucede?--le dijo el alcalde--¿qué haces aquí?
--Pues no sé--contestó levantándose.
--¿Cómo te llamas?
--Luisa--contestó instintivamente--soy la muger del corregidor Don Melchor Perez de Varais.
Una alegre carcajada del alcalde y de los alguaciles fué la única respuesta.
--Vamos--dijo el alcalde--ó éste negro está loco, ó quiere burlarse de nosotros, le llevaremos á que vuelva en sí á la cárcel, no vayan á decir que no hemos hecho nada en toda la noche.
Luisa creía volverse loca al mirarse tratada así.
De repente miró sus manos y lanzó un grito de espanto.
Estaba negra, completamente negra, se descubrió un brazo. se tentó la cabeza, y no habia duda, alguna cosa horrible la habia pasado; ó estaba soñando ó se habia vuelto loca.
El alcaide que nada comprendia se volvió á los alguaciles y les dijo.
--Lo dicho, este negrillo está loco y furioso á lo que parece, aseguradle antes de que vaya á correr.
El alcalde no hablaba con sordos, ni los alguaciles habian echado en olvido su oficio, y antes que Luisa comprendiera lo que iba á pasar, ya tenia los brazos fuertemente atados por detrás, ó como se decia en el lenguaje de los corchetes, «codo con codo» y caminaba á empujones para la cárcel de cíudad.
V.
Como Luisa conoció que su situacion era desesperada.
Atada llevaron los alguaciles á Luisa, y como ciertamente no creyeron que fuese una muger, la pusieron en la parte de la cárcel destinada á los hombres, y la encerraron por calcularla como un loco furioso, en un calaboso solitario.
Luisa no recordaba sino que habia estado en una pieza oscura y que no habia comido en mucho tiempo, y despues nada.
En aquella época el diablo era á quien de todo se culpaba, los hechizos y los encantamientos entraban en todo; y como era caso tan raro en el que aquella muger se encontraba, juzgose hechizada ó encantada por sus enemigos.
La historia de aquel nuevo preso referida por los alguaciles á los que estaban en la cárcel, voló de boca en boca y poco despues todos sabian que habia allí un negrito que tenia la locura de decirse «la esposa del corregidor,» y todos los pillos de la cárcel ansiaban por conocerlo y por reír un rato á su costa dirvirtiendo así el fastidio de la prision.